
Lo cuenta en los comentarios de la entrada anterior Lorenzo. Anécdota presencial: en una papelería-librería “no les suena” el Lazarillo de Tormes y vendedora ¿de chuches no comestibles? y madre de la criatura forzada a leer la obra preguntan insistentemente por “el autor”. Durante años el espejo de la picaresca española fue de lectura obligada en los colegios, veo que ahora también. Hay que saber qué nos ha tejido, qué nos sustenta, y entendiendo la crítica (anónima por miedo) a un sistema de valores, basado en el robo y la trampa, que hoy provoca orgullo e hilaridad.
Pero ésa es otra historia. Hace tiempo que vengo observando que la cultura se remansa en compartimentos parcelados e impermeables y que quizás más que nunca –aunque resulte paradójico por la divulgación de Internet- la cultura se olvida y, como todo, se impregna de la moda.
Resulta evidente que sólo los grandes creadores traspasaron su tiempo. Mozart, Goethe, Goya y todos los demás, convivieron con artesanos de sus géneros que quedaron aparcados. Lo que me asombra es el olvido durante el tiempo de vida. Conservo el imaginario de mis padres –que no fue demasiado amplio dado cómo tenían que luchar por sobrevivir- y mi propio hijo conocía el nuestro (el de su padre y su madre) con nombres que brillaron antes de que él naciera. Ahora consumimos la cultura con extrema rapidez, como todo lo desechable.
Cuando en 2005 le dieron el Premio Nobel de literatura a Harold Pinter, me quedé petrificada al escuchar en el telediario a Lorenzo Milá (con 45 años entonces) decir que había recaído en un escritor “poco conocido”. Harold Pinter fue un mito en los sesenta tardíos, en los setenta, cuando el Mayo francés pedía luchar por lo imposible, otros países le condecoraron con el más alto galardón de las letras hace bien poco, y aquí había pasado al olvido. Los ejemplos son innumerables y acrecientan una sensación de vejez molesta.
Pero, al mismo tiempo –y regreso al principio-, veo a gente de mi generación anclada en el pasado. No han salido de sus ídolos y formas de juventud. Como las generaciones de menos edad tampoco parecen molestarse en echar el anzuelo a la cultura anterior, se crean parcelas condenadas a no entenderse, y a no crecer en la suma. Viator suele hablar en su blog de cultura -tiene pocas visitas (como esta entrada tendrá menos de lo habitual)-. Es una de las personas más preparadas que conozco, como varios que escribís en los comentarios, Pati_Difusa, altamente a tenor de sus enlaces, y no os cito de uno en uno, porque estáis muchos en esa línea. Ninguno parece acabar de salir del parvulario. Tienen –porque la buscan- esa amplitud de conocimientos exigible para que la cultura no se extinga.
Nunca ha habido mayor acceso a ella. Internet nos la sirve en bandeja, mientras no prosperen completamente los decididos propósitos de cercenar La Red, en aras del beneficio económico de particulares. Quizás hay un exceso de oferta y, por ello, la paradoja de que es mucho más difícil encontrar lo valioso.
Anoche, Iñaki Gabilondo y sus tertulianos (gente con amplitud de miras) se asombraban de esta sociedad que adora a becerros soeces (y según se ha sabido ya de ultraderecha), como el último en aparecer. Sólo Javier Valenzuela habló de la búsqueda de espectáculo a cualquier precio, de la televisión como causa. Coincido absolutamente con él, formateó a la sociedad -con sus mensajes cortos y fáciles- para venderle mejor los productos de quienes –de una forma u otra- la pagan. Los demás concluyeron que seguramente era Internet el origen, el miura que desconocen. Cuando la basura es predominante en la televisión e Internet recoge todo el conocimiento, además –por supuesto- de los excrementos de la sociedad, y de nuevas formas audiovisuales que abren caminos. Y tiene, sobre todo, una ventaja imparable: nos interrelaciona, nos convierte en actores en lugar de espectadores tan sólo.
Sigamos pues comentándonos el Lazarillo de Tormes, y Dune, y No logo, y La doctrina del shock, y la pintura, la música, la arquitectura, el cine -si nos deja tiempo el ruido–. Mantengamos, como en la premonitoria Farenheit 451 de Ray Bradbury (1953), la memoria de la cultura. Sólo ella aporta instrumentos de pensamiento crítico para defenderse del masivo adocenamiento al que nos inducen.














