Una profunda desigualdad de fuerzas

“Pido que Catalunya se convierta en un estado independiente en forma de república y que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independencia y se abra un dialogo y una negociación”. De esta forma Carles Puigdemont despejaba la incógnita que ha tenido pendiente a España y a medio mundo a través de numerosos medios de comunicación extranjeros que retransmitían la sesión en directo.  Largo suspense, en el que Puigdemont ha aprovechado para dar su versión al exterior -quizás también al interior si se le ha escuchado- de las vicisitudes del largo proceso.

Punto culminante -para Puigdemont y para todo conocedor- el Estatut de autonomía aprobado, siguiendo los mandatos de la Constitución, por una mayoría del 88% en el año 2005. Cómo vieron recortado su contenido por sentencia del Tribunal Constitucional, “compuesto por magistrados de los dos grandes partidos”, atendiendo al recurso del PP.  “Un texto irreconocible, doblemente recortado y no ratificado por los catalanes. Una humillación”. Ésa es la explicación dada para emprender el nuevo camino.

Puigdemont ha planteado, después, lo que se conoce mucho más, el 1-O: “Es la primera vez que en la Unión Europea se desarrolla una jornada electoral con la policía golpeando a los votantes”. Heridos, urnas rotas, violaciones de correspondencia, incautaciones, detenciones, ataques informáticos, no impidieron el voto, describía. Y ha recordado las graves penas que pesan sobre políticos catalanes por haber participado en el proceso. Ha apelado continuamente a la serenidad, al respeto, a tener en cuenta las opiniones de todos. “La Constitución es un marco democrático pero hay democracia fuera de la Constitución”, ha resaltado. Eso sí, optar por la moderación que le aconsejaban, ha producido decepción en quienes esperaban una declaración de independencia nítida. Es probable una crisis de gobierno.

La CUP, su socio de gobierno, no ha aplaudido. Y ha expresado su malestar.

Llegado al punto en el que nos encontrábamos, el Govern no podía hacer ya otra cosa que declarar algún tipo de independencia acorde con los planes que se derivaban del referéndum. No se iba a librar de seguir recibiendo el castigo implacable que se le había prescrito. El mayor error de Puigdemont y su equipo ha sido no calcular en toda su dimensión a quien se enfrentaban. Su petición de divorcio -ilegal, dicen, y así será-  ha sido penada ya con violencia y sanción económica, con advertencias de manual: Nos van a obligar a lo que no queremos hacer, no tendré más remedio, casi un me duele más a mí que a ti. España dijo no al derecho a decidir y siempre fue no. Con la ley en la mano, con la misma que tantas veces se pervierte en esta España con instituciones deterioradas por la corrupción.  Las heridas abiertas son traumáticas y lo peor es lo que queda por venir. ¿Qué país puede vivir así?

De momento, el Constitucional anulará este miércoles la declaración del Govern. Y seguirá el pulso. Es posible que, aunque no se declare la independencia plenamente, se le aplique el artículo 155 de la Constitución, interviniendo las instituciones catalanas.  El PP anuncia que tiene “medidas más elaboradas”. Otro artículo que acarician el gobierno y sus socios es el 116 previsto para acallar la contestación social a las restricciones anteriores y que regula los estados de alarma, excepción y sitio, en gradación ascendente de recorte de libertades civiles. El PSOE no prohibirá aplicar el 155, como ha pedido En Comú Podem en el Congreso.

El escenario a día de hoy es desolador, preocupante. Sobre todo por lo que ha aflorado esta crisis. Nunca se ha visto a más infractores enarbolar el Estado de Derecho.  Se ha hablado de legalidad no para resolver sino para herir. Hasta la ultraderecha, desplegada por distintas ciudades sin cortapisas, utiliza como argumento la Democracia.  Políticos y voces relevantes pidiendo palo duro y humillación. A Albert Rivera le falta clamar para que se aplique a la Catalunya que representa un recorte de derechos. A los del PP ni siquiera les basta. La amenaza de Pablo Casado a Puigdemont con el destino de Companys, el President que proclamó el Estado Catalán dentro de la República Federal española y que acabaría fusilado por el franquismo, fue sin duda fruto de la escasa preparación de sus discursos pero no oculta que exigía pena máxima. Algunos colegas del PP lo han refrendado.

El intento del Govern de independizarse de España ha despertado –ya no paran de confirmarlo- “el toro español” también llamado “la bestia dormida”. Ésa que tiene un inequívoco, pestilente y dañino olor a franquismo, siquiera a la vieja intolerancia autoritaria de tan amargo recuerdo en nuestra tierra. Hemos visto estos días a personas  arrancando de las manos a un vecino un cartel que pedía diálogo. Rasgar y descolgar otro cartel desplegado en el Ayuntamiento de Barcelona que solo decía, en catalán: Más democracia. Un odio furibundo. Como los distintos apaleamientos, oficiales y privados, saldados con notoria desproporción. Niños a quienes se enseña a gritar: “Puigdemont al paredón”, niños  que están precisando terapia en el colegio para entender por qué la policía les destrozó las instalaciones. No todos los catalanes sabían de la xenofobia que despiertan en la parte más fanática de los españoles.  Hoy su intento de ruptura los ha aglutinado.

Hemos visto a periodistas volcados, no en informar o analizar, sino en la defensa del bloque que se llama a sí mismo constitucionalista por más que -siempre lo digo-, no armó revuelo alguno cuando se cambió la Carta Magna en perjuicio de los ciudadanos. Algunos de estos ciudadanos se han llevado muchas sorpresas al oírles a cara descubierta, porque es cierto que han sido días –y serán- de retratarse sin afeites.

Incluso la manifestación españolista del domingo en Barcelona fue saludada sin apenas reflexión crítica. Los catalanes por la unidad de España, que nunca estuvieron silenciosos, venían de Cataluña y de distintos lugares de España, por avión, tren, coche o autobús. En el escenario imágenes imposibles de un líder xenófobo como García Albiol, un premio Nobel de Literatura  -que no precisamente de la paz, como dijo en su arrebolado posicionamiento TVE- y un intelectual serio como Josep Borrell, con un marcado anti-independentismo. Su intervención “ganó” el acto, nos dijeron, aunque no mencionara la represión policial.  Son tiempos de definirse y todo ha quedado muy nítido.

Los ultraderechistas de la Plaza Urquinaona, y de muchas otras plazas de España, no son unos jóvenes haciendo chiquilladas. Es mucho más serio. El silencio de los notables asusta y mucho. Hay quien comenta que habla en voz baja, no se vaya a molestar a alguien. Para algunos es como volver a la infancia, cuando las paredes oían.

Unida o desunida la España que queremos, la que no olvida sus derechos de todos los días, el futuro de sus hijos y de los hijos de todos los demás, se aleja envuelta en una pura involución. Avalando huesos duros de roer. No es posible que se sienta un triunfo humillar a un pueblo por el error o no error de sus dirigentes. Asfixiarle económicamente aunque ellos en primer lugar y toda España se resientan. Ver con indiferencia o gozo el reparto del pastel empresarial, siquiera sea nominalmente. Es un embestir que no comprende la gente cabal, el toro que despertó, dicen. La comunidad internacional está preocupada y con razón. Pudo hacerse de otra manera y no se hizo. Todavía hay tiempo ¿Se hará? Detrás de Catalunya, irían varios otros territorios y los poderes establecidos lo consideran un problema. Que no desaparece por la fuerza.

“No somos delincuentes, no estamos locos, no somos golpistas, ni abducidos, somos gente normal que pide poder votar. La relación con el resto del Estado no funciona y nada se ha hecho para revertir una situación que es insostenible”, ha dicho Puigdemont en esta sesión histórica.

Catalunya pide diálogo para irse o quedarse. Pero los daños son irreversibles, al menos si siguen al frente cuantos han ocasionado el desastre. De todos los partidos y fuerzas implicados. Todos los implicados. Una sociedad juiciosa lo demandaría. Y reflexionaría a conciencia sobre lo sucedido y lo que queda por llegar si no se impone la cordura.

 
 
Anuncios

Trump y el fin de las utopías

donald-eeuu-farage-ukip-nigelfarage_ediima20161115_0647_19

Trump y Farage. El británico propulsor del Brexit fue su primer contacto europeo

El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos“, le dice Ilsa Lund a Rick Blaine en la mítica película Casablanca, bajo el ruido de las tropas nazis que ya entraban en París. A lo largo de la historia las víctimas de todos los conflictos –bélicos o económicos– han sufrido mucho, como mínimo tanto como ahora. Sus reacciones son imprevisibles. En Estados Unidos ha primado el rencor de un sector decisivo de electores. Con motivos pero nada ingenuo: la mochila de Trump viene cargada hasta de algo que se parece al fascismo. El mundo que nunca ve lo que tiene alrededor se muestra atónito con el odio de los votantes que nos han clavado a alguien como Donald Trump en la presidencia del país más poderoso de la tierra. Y con los que en Europa siguen parecidas sendas. La diferencia crucial, ante el dolor, está en la actitud de los ciudadanos.

El triunfo en las urnas de Trump era el peor de los escenarios posibles y sin duda puede agravarse mucho más si el fenómeno se extiende por Europa. Lo aterrador es que los creadores de Trumps, los responsables de esta situación, no operan ni el menor cambio en sus estrategias y se mantienen atrincherados en las ensoñaciones de un tiempo que se les escapa para mal de todos. Ahí siguen definiendo populismos, atacando contrincantes de su estatus, invocando varitas mágicas que devuelvan las aguas al cauce. A veces de forma tan obsesiva y pueril que roza el patetismo. Olvidan a los ciudadanos y el cóctel maldito que se les ha aplicado: primero el abuso, y, parejo, el entontecimiento.

Quién nos iba a decir que, tras empobrecer a una gran parte de la población, truncar sus oportunidades y sus esperanzas, educarles en la ignorancia y embutirles basura adormecedora a través de la televisión y otros medios, iba a pasar lo que ha pasado. Ni la más tenebrosa pesadilla llegó a imaginar –alguna película sí– el ascenso al poder de un patán de las dimensiones de Donald Trump. Los indigentes intelectuales han encontrado a su líder. Se han reafirmado y presumen de ello. Es lo que lo cambia todo. En la COPE, cadena de emisoras de la Conferencia Episcopal española, un tertuliano del programa de Herrera dice que Trump ha derrotado a las dictaduras feminazis, medioambientales y “buenistas” que quieren proteger a las minorías. Las personas que “piensan diferente”, como él aclara,  se sienten muy reconfortadas con los nuevos tiempos.

Definía el español Ortega y Gasset en 1930 al Hombre Masa, satisfecho de su ignorancia. Unos años antes lo había hecho también el italiano argentino José Ingenieros al alumbrar su Hombre Mediocre. Ése es el modelo que hace furor ahora. A través del tiempo, había sido más habitual el espíritu de superación, la búsqueda de valores, la lucha por lograr un mundo mejor. De hecho, por eso no nos hemos extinguido. Siempre hubo quién lo intentó y logró avances. Enormes en el último siglo. Hoy, la búsqueda del dinero como objetivo máximo ocasiona Trumps. Cuando lo que sueñas son loterías, como nos manda la administración española, caemos en picado hacia las cavernas.

El pintoresco concejal de UPN en el Ayuntamiento de Pamplona dio la pauta estos días de la era que se abre. Su delirante discurso contra el compañero de Pamplona En común por querer ampliar el circuito del carril bici arrancaba de considerar las utopías un hecho deleznable. Ya no es que desbarrara en todo el hilo argumental, que lo hizo, es ese inquietante punto de partida. No se ha valorado la importancia de tamaño ensañamiento con el ideal de una sociedad más justa, perfecta incluso, concepto al que dio forma Tomás Moro en el siglo XVI. Fijarse objetivos más altos de lo posible, la utopía, ayuda a conseguir metas superiores a las que andan a ras de suelo. El conservador navarro no hacía sino marcar por dónde camina la nueva derecha, la derecha más cerril que se haya conocido.

A diario vemos ejemplos de una incultura que deja boquiabierto a cualquier ser humano con cierta sensibilidad. Y sin complejo alguno. Aquí tenemos, por ejemplo, la redefinición del Muro de Berlín que una adolescente se marcó en un programa de gran audiencia en España. Nadie dirá que no pueda emular en su día a Trump. Nuestro ministro de Deportes, Educación, Cultura y portavocía del Gobierno, no sabe –según evidenció esta semana– si los poemas de Leonard Cohen se cantan o se bailan.  Miles de anécdotas y una actitud común de rechazo a la cultura. Ni se nos ocurra usar en un texto o en la contraportada de un libro el término “intelectual”: provoca urticaria. El conocimiento vive una época crítica. Porque peor aún que no saber es que no querer saber. Sentirse orgulloso de ser un ignorante. Trump y sus electores han venido a reafirmales. A ambos lados del océano atlántico.

trump-palacio

Familia Trump en su apartamento, la foto es real y no un fake aunque cueste creerlo

El mundo feliz se impone a la utopía del mundo mejor. El mismo Mundo Feliz que Adouls Huxley escribiera en 1932. Con sus “epsilones”, el nivel más bajo de los empleados subalternos destinados a trabajos arduos. Con sus mujeres “neumáticas” y el “soma”, un narcótico que evade de la realidad. Las grandes novelas futuristas (ficción distópica) surgidas a raíz de las grandes convulsiones de los años 30 del siglo XX se están cumpliendo con terrible precisión. En todos sus extremos. La imagen se superpone con la realidad actual. Con esa estética hortera del nuevo presidente estadounidense, sus mujeres clónicas, su palacio de oro, y el estado de sus votantes. La manipulación, la neolengua y la permanente vigilancia que planteaba Orwell también se ha dado. Y aún podríamos terminar convertidos en personas-libro para salvar de la hoguera la literatura como aventuró en este caso Ray Bradbury en Fahrenheit 451. La era iletrada y sin escrúpulos ha llegado.

Lo peor está por venir si todo avanza por el cauce emprendido. Mientras oímos las quinielas sobre cuánto cumplirá Donald Trump de sus promesas electorales, conviene analizar los hechos. Mintió en su campaña y es lógico pensar que lo sigue haciendo ahora. Algunos dirigentes de nuestro país también mintieron y mienten. En estos casos hay que atender a lo que hacen.

El vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, es un ultraderechista nato sustentado por el Tea Party. Extremadamente religioso y conservador, se opuso con firmeza a las políticas sociales de Obama. No “cree” sin embargo en el cambio climático. Contrario al aborto y a los derechos de los LGBT, en su página web como congresista se puede ver aún su deseo de “financiar de forma directa a estas instituciones que asisten a las personas que buscan cambiar su comportamiento sexual”. Como Trump, también se hizo popular por su participación en medios.

Los jueces que apoya el presidente para la Corte Suprema son del mismo perfil. Y además pro-armamentista y anti-regulación (el ultraliberalismo que acabaría ocasionando la crisis financiera de 2008). El nombramiento de Stephen Bannon como jefe de estrategia y principal asesor de la Casa Blanca no ofrece la menor duda: extrema derecha de manual, sin paliativos. Para educación Trump anda pensando en un creacionista. Es decir, los que están convencidos de que los seres vivos han surgido de un acto del creador y que, por tanto, no son fruto de la evolución. Y si alguien cree no hay peligros mayores, déjenle con el botón nuclear en un día tonto. Lo tendrá todos.

Es fácil deducir cómo quedará la sociedad tras el tratamiento que van a impartir estos dirigentes. En Estados Unidos y en España –dan muchas pistas los nombramientos de Rajoy–. Es cierto que quienes alientan a los Trump de América y Europa no representan a toda la ciudadanía. Y que siempre hubo quien salió adelante pese a todo. Hay quien habla también de una catarsis para regenerarse. Sería partiendo cada vez de más atrás. El problema es la apatía y desprecio al pensamiento que se está imponiendo. El patanismo amenaza con extenderse de forma incontrolable. Apoyado, de forma consciente o no, porque quienes son incapaces de ver lo que sucede de tanto mirarse el ombligo. Frenar esta deriva en objetivo común debería ser una prioridad. Ya que no lo hicieron en el largo proceso que ha derivado en esto, a pesar de todas las evidencias y todas las advertencias.

Para que no quede ninguna duda, recapitulemos. Ilsa Lund le dijo a Rick Blaine en circunstancias tan terribles como la invasión del primer nazismo y casi pidiendo disculpas por distraer un espacio a la lucha por derrotarlo: “El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos”. Ahora, le diría “El mundo se desmorona, vamos a ver qué dicen Inda y Marhuenda”.

*Publicado en eldiarioes

Los españoles que no creen en la democracia

Cada vez que la corrupción salta en noticia para acorralar al PP, sacan de la chistera la presunta recuperación. Y ahora que se añade la proximidad electoral, todos los medios y comentaristas a su servicio redoblan el esfuerzo: la crisis es historia, consumimos como locos, se está creando empleo.

Cualquiera puede comprobarlo, los ciudadanos con un trabajo de algunas horas durante una semana se lanzan a las tiendas a dilapidar el dinero que les sobra. Lo mismo hacen los parados sin subsidio alguno. Levantan las persianas de nuevo los negocios fracasados. Nos crece el dinero en los bancos, disipando nuestra angustia por el futuro. Los ancianos que mantienen a sus familiares más jóvenes les han podido dar un extraordinario con los dos euros mensuales de media que el Gobierno ha subido su pensión. Los niños que no cubrían sus necesidades alimenticias (en cifras récord desde la llegada de Rajoy al Gobierno) ya comen lo que necesitan. Ya encienden la calefacción quienes se morían de frío. Las lacerantes cifras de la desigualdad sobrevenida en pocos años, se han atenuado. Los jóvenes y no tan jóvenes obligados a buscarse la vida en la emigración regresan al paraíso que el PP nos ha preparado a todos en España.

La bonita historia cuela. Especialmente en quienes no han padecido la crisis y nunca tuvieron problemas para consumir. Ha crecido… la confianza, ese sentimiento subjetivo que, como la fe, no precisa asentarse en bases sólidas. La orquesta del Partido Popular interpreta a diario la partitura y dóciles ciudadanos siguen la batuta, la música y la letra, como haría cualquier rebaño de corderos.

Y funciona al punto de que se tiende a priorizar los mensajes económicos del Gobierno sobre otras cuestiones altamente decisivas. Al PP le ha estallado la Gürtel con múltiples imputaciones en su entorno y con un nuevo dictamen (de la Fiscalía en este caso) que corrobora los anteriores: el PP usa caja B y se lucra de la trama, recibe comisiones de empresas a quien entrega obra pública, paga bajo mano y se reparte sobresueldos. El cemento con el que cubren su expresión logra que tales aseveraciones, que mandarían a cualquier Gobierno a casa, ni les salpiquen. Carlos Floriano ya lo ha dicho bien claro: el PP no tiene nada que ver con los delitos cometidos por “algunos”, hablarán los jueces, resplandecerá la verdad y algunos tendrán que pedir perdón.

Hombre, hablar ya habló Baltasar Garzón, el juez que inició la causa. Y Elpidio José Silva, a cargo de otro caso de un pariente muy querido de la familia. Ambos han sido debidamente expulsados de la carrera judicial. A Ruz no le puede dar el PP más facilidades, desde borrar los ordenadores de Bárcenas a largarlo de la instrucción. Siempre apoyado en la legalidad, en su legalidad. Hasta el Fiscal General del Estado dimitió, con lo bien que se había portado al principio. Aquella   viñeta, aquí, de Manel Fontdevila escenificando el intento de control de los jueces –muchas veces consumado– helaba la sangre en su denuncia. Y son tantos ya los que bailan al son de las batutas que maneja la cúpula del Gobierno, que corren a llevar el palito en la boca, que cabe esperar toda clase de atropellos más.

fontdevila.palito.jueces.

Los que se están produciendo. Como una máquina que engrasaran y dirigieran a diario las personas más tecnocráticas del Gobierno, nos han dado la vuelta a las leyes del Estado. La ola de terrorismo y de expansión del miedo desde el poder ha caído –en desgraciada carambola– como agua de mayo, pero la ley mordaza o la reforma del Código Penal ya venían de atrás.

Así tenemos en el Gobierno a un partido  implicado, según las investigaciones judiciales, policiales y de la agencia tributaria, en una corrupción de envergadura que dicta leyes severísimas: ¿para proteger a quién de quién? Se diría que a su proyecto –de país, personal y de empresa– de las protestas sociales. Esa pretendida lucha por la transparencia y contra la corrupción casan mal con el rechazo a rebajar la cifra del delito fiscal o las que marcarían la prisión por donaciones ilegales. Asombra que personas normales apoyen semejante paquete. La labor de filigrana que está llevando a cabo el PP se demuestra hasta al introducir en la Ley de Seguridad, por ejemplo, modificaciones que afectan a otras leyes (como la de extranjería), evitando tener que pedir dictámenes a organismos competentes o sufrir ningún control.

Esto se ha convertido en un festín en el que ‘demócratas’ de toda la vida se animan unos a otros. Podemos llegar a imaginar las reuniones del Consejo de Ministros con peticiones de este tenor: ‘Pues yo me pido delito de terrorismo para los escraches, que son muy molestos’. Esa reforma del Código Penal que preparan para que apruebe su aplastante mayoría, y que tan magistralmentecontó Gonzalo Cortizo, llega a proponer que sea considerado terrorismo “alterar la paz social y el funcionamiento de las estructuras políticas”. En ambiguo, para que entre todo. Pero ¿qué es alterar el funcionamiento de las estructuras políticas? ¿Votar algo diferente al bipartidismo? Los cajones de sastre son muy peligrosos en ciertas manos.

En plena Represión-Party se actúa ya sin el menor freno. El Ministerio de Fernández Díaz se propone  imponer límites de  velocidad a los peatones y obligarlos a pasar un control de alcoholemia y drogas cuando ‘la autoridad’ estime que han cometido alguna infracción. Entre otras cosas. Cómo será de demencial la ley de la DGT que hasta el Consejo de Estado le ha pedido que se moderen un poco. Es de no creer lo que nos ocurre en España.

Si lo que está ejecutando el PP aterra, todavía causa más miedo el consentimiento, la indiferencia social. Hay un sector de la población que se siente muy cómodo atado y recortando las libertades de los demás con su propia actitud. Tienen que distraerse, además, los angelitos. Las noticias más vistas en los diarios tradicionales, los trending topics de Twitter, nos muestran –no siempre pero ya a menudo– una sociedad cada vez más entregada a la basura mediática, al fútbol y otros deportes, a los famosos (con especial querencia por sus esperpentos), a la huida, a la anestesia.

Tras distintos aperitivos a lo largo de la semana, la cita principal es el sábado por la noche. Ávidos de saber más sobre la difícil situación que vivimos, ocupan sitio en la grada virtual para terminar simplemente por apuntarse o rechazar a los Inda o los Marhuenda. Hasta hay espacio para las cuñas de propaganda al calor del éxito. Muy gráficas, sin embargo: Pablo y Pablo, el duelo de los sábados. Vaya. Era la noticia más vista en ABC el domingo. En La Vanguardia, un buen periódico, lo que más interesaba era esto: “No se olvide de apagar el wi-fi por la noche” y “Una becaria deja su trabajo en Wall Street para dedicarse al porno”.

Y, mientras, el PP, a su tarea. Sin provocar grandes revuelos. Se llega a la terrible conclusión de que a muchos españoles no les importa la democracia. No creen en ella, les da igual que se la quiten o restrinjan. En aras de una pretendida seguridad que en absoluto se garantiza controlando y reprimiendo a todos, castigando hasta el pensamiento. Ni siquiera se cuestionan las razones que esconden estas medidas. En realidad, no les incomodan, les dan igual.

Es una vieja tradición. Son los del “Viva las caenas” que recibieron encantados al Borbón Fernando VII. Los que hartaron a Amadeo de Saboya hasta que se fuera diciendo a España: ahí te quedas. Los que mataron a Prim. Los que detuvieron las ideas de progreso pioneras incluso en la Edad Media. Distintos historiadores han reseñado el peso del analfabetismo (hoy funcional, cívico y político) en España. En el siglo XIX, el real alcanzaba al 70%, lo que ya no ocurría a ese nivel en países de nuestro entorno. Lo hemos pagado y pagamos muy caro. Solo la educación, en conocimientos y en decencia, puede cambiar esta condena que amenaza ser de cadena perpetua.

La democracia debería contar con mecanismos de defensa contra quienes dentro del sistema defienden, apoyan y votan postulados antidemocráticos. Una ola de involucionismo recorre el mundo y en ella el Gobierno del PP está en la avanzadilla. Pero hay otra España, otra gente, otra sociedad. Cada vez más pujante, cada vez más consciente de que nos lo jugamos todo si aceptamos perder esta nueva batalla.

* Publicado en eldiario.es 

Y después del atentado contra Charlie Hebdo ¿oportunidad para la libertad o para la involución?

paris.cabecera.area

Este domingo una multitudinaria marcha (republicana, dicen los organizadores), ha mostrado su repulsa a los asesinatos de varias personas en la revista satírica Charlie Hebdo que sigue teniendo conmocionado a medio mundo. Eso era lo importante, pero hay más matices. Por ejemplo, Las fotos de los políticos, aislados de la sociedad que llenaba las calles de París, en actitud que está siendo muy criticada.

paris.lideressinrajoy

Numerosos líderes han acudido para situarse en cabecera, o en grupo aparte. Entre ellos, algunos que reprimen la libertad de expresión en sus países. Netanyahu, políticos rusos, turcos, el presidente húngaro Viktor Orban. El propio Rajoy que está a punto de aprobar contra viento y marea su Ley Mordaza y la modificación del Código Penal. Y no parece que para cazar terroristas sino la protesta ciudadana a sus políticas.

paris.cabecera.rajoy

La UE reforzará el control de Internet y de las fronteras. El gobierno de Rajoy quiere, directamente, volver a levantarlas. Y su ministro del interior ya lleva días anunciando restricciones de todo tipo, qué mayor placer para un demócrata. Y él tiene claro lo que quiere conseguir y asegura ocurrirá: “Habrá controles en las fronteras aunque haya que modificar Schengen”. Como si solucionasen algo en el sentido que dicen desear.

paris.marcharepublicana

Marine Le Pen quiere capitalizar el descontento. La extrema derecha saliva con el terrible atentado, mientras miles y miles de ciudadanos se manifiestan sinceramente contra el terrorismo y por la libertad.

paris.marcha.gente

No había enlazado mi artículo de esta semana en eldiario.es precisamente porque primó la noticia del atentado. Pero es buen momento para recuperarlo. Hablaba precisamente de  los alarmantes signos que anuncian un auge desmedido de la ultraderecha y la involución. Y en esas llegó, Kalasnikov en mano, el fanatismo religioso que asesina. Y lo más probable es que no sea la última vez.  ¿Las soluciones apuntan a la involución de toda una sociedad para remediarlo? ¿Consiguen así erradicar el terrorismo? Sería la primera vez.

2015, AÑO CRUCIAL

Los ciudadanos holandeses han despertado al año 2015 con una nueva ley que, bajo algún eufemístico título, supone un tajo mortal al Estado de bienestar. El cuidado de ancianos y dependientes, incluso niños discapacitados, pasa a ser una obligación en exclusiva de “familiares, amigos y vecinos”. El nuevo monarca ya había sido encargado por el Gobierno –en su toma de posesión en 2013– de anunciar que los Países Bajos pasaban a ser “una sociedad participativa”. Es decir, un “compóntelas como puedas”. Es un hecho trascendental. Si esto ocurre en Holanda, todas las barbas del continente han de ponerse a remojar.

Cuesta entender cómo un país que durante décadas representaba el paraíso, el paradigma de un Estado que se estructuraba en función de las necesidades de la ciudadanía –donde la sanidad pública costeaba hasta gafas y dentista–, acepte tan radicales mermas. La condena o absolución en virtud del dios del dinero. Mark Rutte, el primer “liberal”, conservador y democristiano, que llegaba al Gobierno en 1918, algo tiene que ver en el cambio. Con la complicidad –de nuevo– de un partido socialdemócrata y haciendo guiños xenófobos a la ultraderecha en sus ideas “antiinmigración”.

En la vecina Suecia, recortes similares y privatizaciones le costaron el gobierno a los conservadores. Los socialdemócratas aún buscan asentar su estabilidad precaria, atacada precisamente por la ultraderecha. Y, mientras, tres mezquitas han sido incendiadas en los últimos días. Así empezaron las SS. Francia se apresta con fruición a recortar y reprimir, abriendo de par en par la puerta al neofascismo que representa en la práctica el partido de los Le Pen. Y, sin tapujo alguno, Merkel, su UE –algo más prudente– y su troika, a dirigir la coacción, incluso las amenazas, a los griegos para que sigan tragando la austeridad que les ha llevado a la miseria. Es casi jocoso cuando arguyen que a Portugal les ha ido bien con esas políticas. O a España. Con esos PIB que “repuntan” en dardo ahogando a las personas.

Vivimos en un cóctel explosivo. Y se libra una durísima batalla, con demasiadas reminiscencias amargas. La ultraderecha xenófoba sube ya también en la reincidente Alemania. Hasta voces reputadas como la de Paul Krugman empiezan a ver el fantasma que asoló Europa y el mundo en los años 30 del siglo XX porque se dan casi idénticas circunstancias. No es tremendismo. Hace ya tiempo que el macabro manual se está cumpliendo. Frente a un sector de la sociedad empecinado en cerrar los ojos. En seguir alentando, con su silencio y sus votos, la crónica de una muerte anunciada.

 Tras rescatar a los bancos con millones de euros arrancados de nuestro bienestar, tienen el cuajo de colar que la causa de la crisis es que “vivimos por encima de nuestras posibilidades”. Durante décadas se costeó sin problemas el Estado de bienestar –precisamente desde el final de la atroz última guerra–, lo único que ahora ha cambiado es la codicia de los beneficiarios del capitalismo y los destrozos que se causaron a sí mismos con sus malas prácticas. El origen de la crisis fue ese, no otro. Lo pasmoso es que nos lo han hecho pagar a los ciudadanos. Y que, al gozar de tan disciplinada aceptación, han perdido el miedo y se han lanzado a aumentar aún más sus beneficios sin reparar en daños.

Pero nos señalan otro culpable, alguien a quien agredir: la inmigración. Los poderosos que nos roban hasta los derechos están fuera del foco. Es lo que está funcionando ya en Europa jaleado por la extrema derecha. En España cuenta con entusiastas compinches. La portada de La Razón del sábado, llevando a asociar a un loco (sin explosivos) que hablaba solo en un tren con el yihadismo, es claro ejemplo. O la insistencia de RTVE, a través del individuo que dirige y presenta los telediarios del fin de semana, de fijar como responsable de la lamentable muerte de un policía en acto de servicio a “un emigrante”. ¿Qué emigrante? ¿Cristiano Ronaldo? ¿Leo Messi? Quizás sean los miles de españoles que el partido para el que trabaja ha expulsado de España. Esos que, en la precariedad general, empiezan a ser maltratados y pronto expulsados. Es la guerra.

La que van ganando ‘los malos’. Los mismos que durante siglos saquearon a sus semejantes para vivir como reyes y  llevaron a la hoguera el progreso. Los que mataron a Alan Turing y su cerebro hace cuatro días, en el siglo XX. Es altamente recomendable ver su odisea, en Imitation game, con ojos lúcidos. No se fueron, nunca se han ido.

A estas alturas de la historia, el que no quiere enterarse de que con la excusa de la crisis nos han estafado como a pardillos es que ya tiene poco remedio como ser racional. La técnica es tan burda, tan visible, que ni el timo de la estampita. Los presuntos atenuantes, dudas y justificaciones quedan para el espectáculo comercial de los debates que entretiene los días y las noches de muchos. Las coartadas que numerosos ciudadanos se presentan a sí mismos para esconderse se suman a la vieja bolsa de la infamia española (hoy abrazada por otras sociedades) con aquel espeluznante rótulo: “Vivan las caenas”. Con mayor o menor responsabilidad, son los auténticos culpables de cuanto nos sucede. Y deben ser conscientes de ello.

¿A alguien le extraña que las víctimas de la primera línea de fuego busquen salidas distintas en Grecia o en España? Va a ser apasionante ver el pulso en tan desigual batalla.

“Feliz 2014… si podemos.  Podríamos”, concluía mi artículo de hace justo un año. No sabíamos entonces aún que la clave era creer que podemos, que tenemos en nuestras manos instrumentos de cambio. La cadena de desgracias que nos asolaban ha aumentado. La desfachatez de quienes las perpetran, de forma exponencial. La estulticia de los cómplices se multiplica para servir los intereses del mando. Y en el principio, se hizo la luz en la oscuridad y “allí donde había crisis, hay recuperación” y revolotean las mariposas de colores. Pero algo más está pasando: ha despertado un poder ciudadano que permanece bastante sólido aun en el fragor de la batalla. Pese a sus descalificaciones, los políticos tradicionales modifican sus discursos. Se han tambaleado sus estrategias.

2015 puede ser el año en el que nuestra tragedia empiece a aliviarse. Hay varias convocatorias electorales. Llega un momento en el que la sociedad, maltrecha por golpes continuos, madura y es capaz de saltar del Titanic. Ese momento es ahora, cuando no lo había sido antes ni quizás después: puede no haber otra oportunidad.

Algo ha cambiado ya. Se nota. De nosotros depende que no lo sepulten. Que logremos alimentarlo para que crezca sano y fértil. 2015 puede ser un buen año, si nos dejan. O, con más precisión, si queremos.

El empacho monárquico

Es como si, tras darse un auténtico atracón en la fiesta, las sobras siguieran en la nevera prestas a saltar en cuanto entreabramos la puerta. Es tal la abundancia, que se desparrama el merengue revenido sobre la pizza de anchoas seca y los chorretones de miel se deslizan por los bordes de los yogures (caducados, naturalmente). Todo está pringado. Hasta en el cajón de las lechugas se ha colado el sirope de bote. Un cierto olor a vinagre y ácido. Dios, qué empacho.

Han terminado las clases en los colegios. Un tercio de los niños españoles pasan hambre y allí tenían algo que comer. Da mala imagen mantenerlos abiertos dicen los gestores del asunto, casi todos del PP. El asunto es la educación. Y el nivel de vida consecuente con el trabajo devaluado, con los recortes y repagos que aumentan el problema. ¿Y la sanidad? ¿Qué ángeles de la muerte cruzaron nuestra tierra para haberla así arrasado? ¿Y la democracia? ¿Qué ha pasado con ella que no se puede ni disentir del autoritarismo? ¿Qué desaprensivos nos trajeron esta peste y ahora miran para otro lado?

Reina la felicidad en la casa de quienes dirigen el emplasto. Reina la hipocresía en los medios. La búsqueda de la mejor hamaca para arrimarse al sol que hoy más calienta. La irrealidad que interesadamente atesoran. Reina la contradicción inmensa. Teórica, la verdad casi siempre es una.

19j.rouco

Como una losa pesa en nuestros estómagos la tralla orgánica convertida ya en empacho. Hay gente con dolor y muerte que sufre mucho, no podemos quejarnos, pero esas toneladas de mugre con guindas de colores impiden moverse con soltura.  Cuánta tristeza nos han escupido con tanta involución. Habrá que remontar una vez más. Como el salmón. Quitándose de encima la nata ácida, el bizcocho revenido, la crema agria, nos haremos paso otra vez si acaso. A ver si nos quedan fuerzas.

La infanta no sabe, no recuerda y actúa por amor

Se consumó: ante la mirada atenta de un gran número de medios internacionales, Cristina de Borbón,  hija menor del Rey de España, ha declarado en el juzgado de Palma y fundamentalmente ha dicho que no se entera de nada, sufre agudos episodios de amnesia y confía en su marido tanto en su marido que cierra los ojos ante lo que él proponga. Por cierto, la sumisa esposa le carga el mochuelo a Urdangarín tan campante. Una delicia de mujer.

Estamos cayendo en el error de mofarnos y hacer chistes. Es por pura impotencia, lo sucedido es grave. Como los incontables desatinos que están ocurriendo en España.

Escribí para eldiario.es este “Por amor” , pensando que no se atreverían a usar la estrategia de la mujer tonta que deja las riendas de todo al marido… por amor. Cuando el precepto de todo ordenamiento jurídico estipula que “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”. Se han atrevido, sí.

“La patética historia española de la infanta imputada ha alcanzado esta semana cotas inimaginables. Citada a declarar por el juez –obligado a luchar contra todos los elementos: prensa, fiscalías y audiencia–, hemos de leer que lo hace “voluntariamente” o que “ha querido” no recurrir la imputación.

Nada sorprendente, es el habitual tratamiento como a pueriles súbditos que nos dedican. Pero donde la infinita capacidad de estupefacción ha llegado al límite ha sido al escuchar los argumentos exculpatorios de uno de los principales letrados de Cristina de Borbón: Jesús María Silva, socio del afamado bufete Roca i Junyent, encargado de su defensa.

En el siglo XXI, en Europa, este señor ha declarado: “Cuando una persona está enamorada de otra, confía, ha confiado y seguirá confiando contra viento y marea en esa persona: Amor, matrimonio y desconfianza son absolutamente incompatibles”. Y en eso basa, al parecer, el intento de hacer colar que la inocencia “pasa obviamente por su fe en el matrimonio y el amor por su marido”, según declara. ¿Obviamente?

Si todo con lo que cuenta este despacho legal –presumiblemente de primer nivel– es apelar a la “simpatía” que ofrece la mujer delincuente enamorada de su marido, es que las cosas están realmente feas  en pruebas de inocencia para Cristina de Borbón. “Confianza y matrimonio son absolutamente inescindibles, y el que no lo vea así es que no sabe lo que es el matrimonio”, dice Silva. Tampoco parece que sepan ni en las más altas instancias, qué es la justicia.

Lo peor es que sigan confiando en la laxitud moral y el machismo recalcitrante de esa España que creció años y años oyendo a la mujer sumisa, callada, comprensiva que, por mucho que viera, lo más que le preguntaba era que si (él) la quería. La que pedía se le saltaran los pulsos si (ella) le faltaba alguna vez al tipo que la humillaba a diario.

La primera mujer de la familia real española que estudió una carrera. Ocupando un puesto de importancia, internacional ahora, en una de las primeras entidades bancarias del país. Y no sabe ni de leyes ni de impuestos, sino sólo –y nada menos– de amores en plan mujer-mujer. Ha mutado –hasta volverse del revés– de aquella antigua infanta deportista e independiente como antaño la presentaban. Por amor… ha sufrido la desintegración del cerebro.

Como la otra tontita enamorada, Ana Mato, la mujer que ha dejado sin sanidad pública a miles de seres humanos  y ha obligado a restringir o suprimir tratamientos con sus repagos. La responsable de víctimas ciertas con su políticas, tampoco se enteraba de nada. Cegada por la ensoñación amorosa o quizás tan sólo por acatar la supremacía natural de su señor esposo. Es preocupante que se atrevan a tratarnos como idiotas, como niños al menos; que lo consintamos.

A ver si nos entendemos, por amor se priva uno hasta de comer –si faltan recursos– para que se alimenten los seres queridos. Por amor se rompen barreras y se cruzan continentes, aunque pagándose el billete. Lo que no se hace es blanquear capitales, ni delinquir con los impuestos –si es el caso–. Ni, en definitiva, cargar cuentas astronómicas de sushi al erario público. Y, desde luego, no se obliga a trabajar en negro, sin contrato –y cuanto implica–, a los empleados del servicio doméstico. Ni mucho menos se enriquece uno a costa de discapacitados para ensanchar con colmo una vida de lujos que nunca conoció la menor estrechez. El amor tiene mucho más de entrega que de rapiña. Especialmente de lo ajeno.

Dice el abogado Silva: “Lo que no se puede pretender es que el legislador diga: “Mujeres, cuando vuestros maridos os den algo a firmar, primero llamad a un notario y tres abogados”.  ¿Qué ocurre? ¿El amor impide leer contratos por una misma y entender su significado? ¿Revisar la desproporción entre ingresos y gastos tal vez?

La familia real española ha entrado en descomposición, como resaltan los medios internacionales –aquí seguimos con el “ha querido” declarar “voluntariamente”–. El rey balbuceante al que “le falta luz en el atril”, pero a quien el ministro de Defensa ve “vivo de mente”, después, en el vino de honor, ya recuperado… de la baja luz de las bombillas. La reina y el heredero con gesto impasible. O la princesa con su desorbitada e incomprensible pasión por la cirugía estética, que la ha desfigurado, plastificado y frivolizado. Las siguientes generaciones también van apuntando maneras.

Y, como remate, la Bonnie Parker de la cutrez patria, siguiendo ciega de amor a su Clyde Barrow. Cerebro y guía, él –como no podía ser de otra forma aquí–, anduvieron, según la acusación, por las sendas del blanqueo de dinero negro y el delito fiscal, el baile, el sushi, los contratos simultáneos de arrendadora y arrendataria, la explotación laboral de emigrantes o la utilización para el engaño de niños dependientes. “El aquel del cariño” que “desvanece la verdad”.

En todo caso, si por amor se roba, evade, trampea o desfalca, si por amor se llegara a matar –las obnubilaciones de este cariz son muy malas–, por amor se va uno tan campante a resarcir lo enajenado y a la cárcel si es ésa la condena. ¿Cabe alguna duda?”

¿Tiene Rajoy preparado el helicóptero por si acaso?

Portada de ABC 22/11/2012. Real, no es un montaje.

El gobierno del PP –y sus prolongaciones en comunidades autónomas- están traspasando unas líneas rojas que nos ponen en serio peligro. Ocurre que, mientras registra un estrepitoso fracaso en las cifras económicas –asunto por el cuál se supone que sus votantes les entregaron la confianza- muestra una radical eficacia en la involución ideológica.

Comencemos por el diseño de país: croupiers y putas de la mano de Adelson –investigado por corrupciones varias- y puerta abierta a las mafias china y rusa para que blanqueen aquí su dinero. No solo lo digo yo, lo temen los abogados.

Los abogados y todos los profesionales del Derecho se encuentran en pie de guerra por la subida de tasas. Consagra que solo habrá justicia para los ricos, para quienes pueden pagarla. La medida “disuasoria” de acudir a los juzgados para todo, como dice el inefable Gallardón, llega al esperpento al exigir 200 euros para recurrir una multa de 100, por ejemplo. Esto implica que si te toca, te tocó, como cualquier otra desgracia. Pero tiene un alcance mucho más grave.

El PP ha judicializado el país en sus nuevas leyes. Para el PP de, entre otros, Gallardón –que sigue siendo el ministro más valorado- todo es delito. Y en algunos asuntos el “si te toca, te tocó” puede ser realmente desestabilizador. Harán falta muchos medios económicos para litigar y recurrir.

Entretanto –y por no gastar el dinero que no hay-, el domingo pasado casi 37 millones de españoles (el 83,5% de la audiencia) permaneció al menos un minuto delante de las pantallas de televisión. Una sucesión de carcundia insulta la inteligencia en el más ingenuo zapping. No sé si alguno vería la repetición de Informe Semanal. Contaban en él que lo del Madrid Arena -plagado de irregularidades en las que cada día aflora una nueva– había sido “por ganas de fiestuqui”. El realizador, Carlos Alonso, se negó a firmar el reportaje. Lo han echado. Han echado o se han ido en realidad prácticamente todos los miembros del anterior equipo. Con dos o tres curiosas excepciones. El Consejo de Informativos de RTVE ha emitido un comunicado denunciando el “Grave ataque a la libertad de expresión“. Y los realizadores de Informe Semanal una carta suscrita ya por 26o personas. No ha sido el único caso pero los anteriores afectados no lo denunciaron. Esperemos que no haya (más) represalías. Un programa nacido en 1974, en vida de Franco, cuyo empuje periodístico resistió todos los embates, no ha podido con Rajoy y todo lo que se deriva de él. Ni en los peores momentos del programa, nunca, jamás, se ha llegado al extremo de entrar en los ordenadores y reescribir los textos. El resto de la “información” es similar. “Tertulianos” fachas por doquier. Por cualquier banda que uno mire, salvo meritorios programas de La Sexta.

En el siglo XXI, 37 años después de muerto Franco, se le quiere rendir un homenaje. Que sea en un edificio público, incluso que ante la “alarma” se le haya retirado el permiso, es casi lo de menos ante el hecho de que siquiera se plantee. Si bien quien preside el organismo Turespaña (tela, la imagen turística) es un candidato por Falange. En Alemania la exaltación del nazismo se paga con cárcel.

Y, mientras, el desmantelamiento (ideológico) del Estado del Bienestar nos ahoga. Los trabajadores del Hospital de La Princesa de Madrid se han convertido en símbolo de resistencia a la privatización y descuartizamiento de un centro de referencia. El gobierno del oscuro Ignacio González dice que cede (ante la presión social), pero no se fían. Hacen bien. Seguirán en la lucha.

En mi zapping particular veo un rosario de indignación que se extiende por España. Manifestación de minusválidos en Galicia. Las madres claman: “Quieren devolverlos a casa y que no se les vea, como hace 40 años”. Y basta con salir de casa. Una chica, @lulm, lo ha definido a la perfección en Twitter: “Esto que vas a hacerte una radiografía y terminas cortando calles y llorando con enfermeras“. A todo el que “le toca” se le están hinchando mucho los bemoles. Asombrosamente mucha gente aún sigue en la inopia. O en el miedo. O el sometimiento cobarde.

Àngels Martínez Castells nos habla hoy de esperanza ante la intervención de Alexis Tsipras de la Syriza griega en la (sucia) campaña electoral catalana. El líder griego dice a los políticos: “Crean en su pueblo“.

El PP de Rajoy está tensando mucho la cuerda. Es una grave irresponsabilidad. Conociendo la historia y relacionando datos, cada vez pienso más en el helicóptero en el que tuvo que huir por pies el presidente argentino Fernando de la Rúa, ante una situación tan similar que pasma verlo. En helicóptero. Con lo que poco que le gustan a Rajoy.

Así salió De la Rúa en 2001

Entorno involucionista como dios manda

La nueva ministra de Sanidad, Servicios sociales e Igualdad, Ana Mato, se refirió ayer a un asesinato machista como “violencia en el entorno familiar”, según nota oficial de su departamento. Las críticas que tal actitud han provocado le ha llevado hoy a “rectificar” de este modo:

La terminología a la hora de designar a la violencia machista es “lo menos importante”. “Lo que vamos es a seguir trabajando para que no haya ni una sola mujer, ni una sola persona, que muera a manos de personas de su entorno”, ha concluido la ministra. Luego ha insistido en la denominación.

 Es uno de los muy alarmantes signos de involución que se detectan en el nuevo gobierno del PP. La mayoría absoluta de Rajoy le ha llevado desde los primeros momentos a ir mucho más lejos de lo que nunca llegó ni siquiera José María Aznar. Ese ejecutivo cuajado de lobbys de intereses privados o religiosos ultracatólicos, sin el menor pudor, no se había conocido en nuestro país desde el franquismo estricto.

 Muchos protestan, de hecho Mato se ha visto obligada a “rectificar”. Le recuerdan el Jaguar de la corrupta Gürtel que ella misma se encontró en “el entorno” de su hogar y que, bendito sea el señor, prescribió legalmente. Me ha gustado en particular quien se pregunta qué pasaría si, como ha sucedido este año con las mujeres en España, hubieran sido asesinados 60 políticos, 60 taxistas o 60 fontaneros.

No es casual. No es inocuo. El dios ultracatolico, el mismo que rigió en el franquismo, pedía callar ante los palos del amo y esposo. Matrimonios indisolubles que la mujer abnegada debía sostener, sufriendo en silencio, en su sagrado papel de esposa.

Pero, frente a quienes protestan, están los que han encontrado el escape perfecto para afianzar la involución que anida en sus corazones. En La energía liberada, cito el franquismo sociológico como uno de los cimientos defectuosos esenciales que nos han impedido progresar. Ése que nunca pagó sus culpas como no ha ocurrido en ningún otro país que llegara a ser después democrático, como presuntamente ocurre en España. De hecho, lejos de plantearse responsabilidad alguna por un golpe de Estado, 40 años de dictadura, y más de 35 de copar centros de decisión, sus herederos se sitúan de nuevo en puestos de poder. Por los votos de quienes fueron educados en la ignorancia y el servilismo y no tuvieron criterio para pensar de forma autónoma.

Al PP le gustan mucho los eufemismos, la neolengua. El “al pan, pan, y al vino, vino” de Rajoy se convierte a las primeras de cambio en una recesión a la que el ministro De Guindos llama “crecimiento negativo” –con un par-, y que evidencia que la solución a la crisis que prometía el PP es otra falacia tal como muchos avisamos. Los recortes salvajes en nuestro nivel de vida es lo único que no será mentira.

En la misma línea, la violencia machista pasa a ser un pecadillo de salón en “el entorno del hogar”. Un hogar por cierto, en el caso de la mujer muerta que hoy nos ocupa, en el que el marido español de 71 años se había ¿comprado? una esposa rusa de 33 y cuando se enfadó la mató. Como dios manda.

   ¿No sabíais que votar al PP era votar todo esto? algunos sí,  a conciencia, y por eso están encantados. Salvo el Tea Party que forma parte -pero no es al completo- del Partido Republicano estadounidense, no hay partido conservador tan retrógrado como el español en todo el mundo. Ni sociedad que lo sustente, desde luego. Tolerar esto puede marcar un camino sin retorno, que bien dificil encauce tiene ya a estas alturas de la Historia de este desgraciado país.

    Cómo estará de turbio el ambiente que, según cuenta Ignacio Escolar en Estrella Digital, el Rey (que reina pero no gobierna, que es inviolable y cuyos “la justicia es igual para todos”, a pesar de ello, son ampliamente aplaudidos)  ha presionado para el nombramiento de Pedro Morenés como ministro de Defensa, consejero de empresas de armamento, fabricantes de misiles y hasta de bombas de racimo.

Utopía, compromiso, lucha, amor

La bolsa va de batacazo, según lo previsto, y el euro cayendo a mínimos históricos frente al dólar. Los “expertos” le llaman “la primera crisis del euro”. No sé por qué no relacionan datos, ni actualización su memoria: lo avisaron. Se reunieron unos cuantos poderosos a cenar y decidieron hundir el euro para forrarse. Para que rebosen sus arcas hasta no poder ni contar lo que hay dentro. Enlazo una ves más sus declaraciones.

Tampoco sacan conclusiones de que desde la OCDE al ministro Corbacho nos aconsejan hacernos “planes privados de pensiones”. Dudan de que, más pronto o más tarde, el sistema público pueda responder en ese punto… después de haber trabajado y cotizado toda la vida. Pero –y ahí es imprescindible relacionar conceptos- miles de británicos metieron sus planes en BP y ahora –tras el desastre del vertido en el Golfo de México- se van a quedar sin ellos. Tal cual. Se lo escuché al corresponsal de Cuatro. Ninguna referencia a ello en la prensa española.

No hablemos ya de libertades, atropellos, impunidad. El sistema nos avasalla. Sólo la gente, la sociedad, podrá cambiar esto. No sé si terminará por hacerlo cuando una inmensa mayoría se vea con el agua al cuello. O ni siquiera así. Si tragará con la miseria y con los abusos.

Encontré en mis joyas de archivo un reportaje que le hice a Lluís Llach, a finales de los 80. He seleccionado un par de fragmentos. José Antonio Rodríguez puso su maravillosa voz a las letras de Llach, y el artista habló de la utopía, el compromiso, la lucha y el amor. Me siento tan profundamente identificada con lo que dice que ha sido como una revelación.

Así es. Iñaki Gabilondo lo dijo al leer mi último libro. Es amor, no odio. Inmenso. Apasionado. Despechado. Pidiendo a gritos su regeneración, que esté a la altura de nuestros sentimientos, de lo que se pide de él. Es amor a los que pierden la partida. Auténtico odio a la mayoría de sus causantes no hay. Quizás asco, desprecio. Es amor al ser humano, a lo que guarda dentro para salir de sí mismo y emprender una empresa común. Sin la utopía nada hubiera avanzado. Sólo se consigue lo que se intenta. “Ellos” lo hacen. Para su lucro. Por su desmedida avaricia. Por sus ideas retrógradas. Por egoísmo. Somos más. Débiles e inconexos tal vez pero necesitando cambiar las cosas. Para nosotros. Para los demás. Por amor.

(Gracias por la edición, Piezas 🙂 )

El treinta por ciento

Fue un descubrimiento al recopilar exhaustiva información para mi último libro. Todas las encuestas y estudios reflejan el mismo porcentaje para respuestas teñidas de involución: el 30%. Son aquellos a quienes no les molesta salir a manifestarse al lado de banderas franquistas con aguilucho; son los que piensan que la sublevación militar del 18 de Julio de 1936 estuvo justificada, los que prohibirían que catalán y vasco ¿gallego también? fueran idiomas cooficiales en sus territorios, o cuestionan toda decisión progresista. ¿Siempre se pronuncian así lo mismos? La lógica diría que sí.

No son racistas pero tacharían del mapa europeo a Rumania. No se consideran homófobos pero preferirían apartar de la mirada colectiva a quienes eligen como opción sexual su mismo género. Rechazan ser calificados de extrema derecha, cuando todas sus actitudes apuntan en esa dirección. Hay quién para no incomodarles ha acuñado un término sarcástico: extremo centro. El 30 por ciento de la población, un elevado porcentaje.

Para uno de los post de ayer miré también los partidarios de la fiesta de los toreros -como la define El Roto-, aquí rozan el porcentaje, pero no llegan al 27%.

Ya no es fácil encontrar los enlaces y me llevaría demasiado tiempo buscar entre mis archivos en papel. Pero en el intento sí han aparecido este par de perlas:

El 30% de los españoles tiene mal aliento.

El 30% de los españoles prefieren a Calvin Klein sobre otras marcas de lujo.

El 30% de los españoles impuso sus costumbres durante 40 eternos años –algunos de ellos los viví-. Y continúan sus campañas impunes para que nada cambie. Derribando escollos sin contemplaciones. Según la vieja táctica. Ignacio Escolar, como siempre, lo cuenta muy bien.

Ese tipo de pensamiento ultramontano se venía dando de forma residual en Europa, pero la crisis económica, y el divorcio entre la clase política y la ciudadanía, han hecho aflorar peligrosas posiciones retrógradas, sobre todo en el complejo caso italiano. Holanda también se apunta. Incluso paradójicamente Rumanía.

Cuando alguien llega a decir que España es diferente y que –a mucha honra– no tenemos por qué seguir tónicas europeas, pienso en que sus sueldos duplican en muchos casos los nuestros, que varios han erradicado el mileurismo, que suelen ser más educados, más participativos y responsables con la vida social, con el bien común. Que salvo los británicos –y en menor medida franceses y alemanes- hablan idiomas para entenderse con los demás. A muchos extranjeros les divertimos, pero empiezan a cansarse.

Así lo contaba Beneker hace unos meses:

“Por favor, ¿tendría la amabilidad de darme un café?”.

Si alguno de ustedes ha visto alguna vez a un español haciendo eso en el extranjero, por favor, fílmelo con su móvil: es una especie en extinción.

Allá por donde van los españoles hablan en imperativo: “¡Eh, ponme un café!; “Dame un cruasán!”; “¡Sírveme una caña”; “Pásanos unas hamburguesas…!”.

Hablar así en España no es un delito porque es lo normal. Un país que ha perdido todas las normas del protocolo, la cortesía, la educación y la urbanidad, cree que en todo el mundo las reglas son iguales. Pero no: el resto del mundo no es así y por eso se percibe a español como si tuviera los defectos del nuevo conquistador.

Debido a esa forma de expresarse, los empresarios, ejecutivos, turistas y viajantes españoles tienen tanta mala fama en el extranjero. Caen muy mal. Además, parece que siempre “están bravos”. 

Éste sería el menos grave de los síntomas, pero muestra una realidad profunda. La culpa la tiene el 30%. Con el aliento apestando a involución, falta de escrúpulos y cinismo, aunque vistan perfumados trajes caros. Por eso hay que luchar cada día para arrebatarles territorio, para no ceder a sus chantajes y trampas. ¿Marcharse? No. España es también nuestra. Más, quizás, por lo que nos ha costado seguir viviendo en ella, a pesar de todo.

A %d blogueros les gusta esto: