Ataque generalizado a RTVE y sus informativos impecables

Os confieso -esto es mi blog- que me ha entrado una duda de entidad: si dejo la profesión del periodismo o soy todavía más clara, si cabe, con quienes hacen en mi opinión un mal uso de él. La que ha sido durante décadas mi casa, RTVE, atraviesa un mal momento. Con las audiencias en mínimos, en torno al 8%, al nivel de la media de las autonómicas. Tras 3 años de dirección provisional de la Administradora Única, Rosa María Mateo, parecían haber entrado en el desconcierto. A punto de comenzar el nuevo equipo salido del acuerdo entre partidos, de nuevo, entre quienes se presentaron a concurso y ratificados por ambas cámaras del Parlamento, RTVE afronta una nueva etapa.

Han sufrido una serie de errores en programas, rótulos y esas cosas que seguramente conoceis. Hasta llegar a dos entrevistas en días consecutivos a Toni Canto, el político mutante ahora en las filas del PP de Madrid, y a Pablo Iglesias. Cantó, en su línea, acusó de falta de independencia a los informativos en La Hora de RTVE. Al parece el intenso sesgo conservador que practican no le parece suficiente. O la falsa equidistancia que siempre va a favor del agresor. Este viernes, con Pablo Igleisas sucedió esto

Siempre tropezando con el C.C.O.O, el Sindicato Comisiones Obreras respondió esto otro:

Distintas voces, muy asentadas en general en el corporativismo, se han quejado de las críticas que desde luego no se reducen a estos incidentes, sino a una línea continuada. Yo misma, soy muy crítica por lo mucho que me duele ver el deterioro de la televisión pública que considero tan necesaria. Seguro que estoy incluida en las quejas de los que se sienten agraviados. El Consejo de Informativos ha emitido un comunicado.

Del conjunto, hay un párrafo especialmente emotivo.

Participan de la extendida creencia de que “cuando todos nos atacan es que lo estamos haciendo bien”. No es así, hay diversos motivos para expresar ataques o críticas, que no es lo mismo. Que Toni Cantó o el PP o Vox se quejen cuando están permanentemente en pantalla no es lo mismo que quienes son ninguneados o atacados. Y tampoco es de recibo pensar que las quejas de cualquier ser humano, y de periodistas, se mueve por motivos ideológicos y no profesionales. Acusar a otros, además, de móviles ideológicos si se mantiene el tradicional lobby bipartidista de TVE tampoco es muy presentable. En el fondo es una autojustificación en exceso benevolente consigo mismos.

Voces de desagravio, han asegurado que TVE hace unos informativos impecables. Algunos profesionales, sí, sin duda. Otros no, y la línea en general de la sección política deja mucho que desear. Yo lamento enormemente lo que veo. Me parece que no es impecable abrir el Telediario con esta pizarra sobre el famoso informe de la Guardia Civil dirigido por Pérez de los Cobos, pleno de bulos y basados en gran parte en recortes de periódicos (cloaqueros), que la propia jueza tan interesada en sacar adelante esta investigación para culpar al 8M de la extensión de la pandemia se vio obligada a desestimar y sobreseer finalmente.

Podría ser exhaustiva porque me inquieto a menudo por estos tratamientos, pero puede basta añadir otro ejemplo de informativo impecable. Ocurrió en Septiembre cuando el gobierno decide que Felipe VI que no acuda a la entrega de diplomas a la nueva promoción de jueces en Barcelona. Sobrevuelan como causa problemas de seguridad por la probable inhabilitación de Quim Torra como president de la Generalitat de Catalunya, como terminaría sucediendo días más tarde. La prensa conservadora montó en cólera. Tradicionalmente presidía el acto el Rey pero no siempre. Cuando imputaron a la infanta Cristina no fue. La Casa Real se permite comunicar que el Rey quería ir pero no se lo autoriza el Gobierno. El Consejo del Poder Judicial, caducado,, se proponía, según difundía la prensa, ¡amonestar! al Gobierno y expresarle su malestar. El Telediario abrió esta vez con la ausencia del Rey y este rótulo, porque Iglesias y Garzón había criticado la actuación del Rey.

Ejemplos hay infinitos.

Son tiempos delicados en muchos sentido, más con una campaña electoral en la que nos jugamos tanto los ciudadanos de Madrid. Y sin duda hay gente que critica a TVE cargando las tintas desde posiciones ideologizadas que dice el Consejo. Pero eludir la pura realidad es grave, muy preocupante. Porque objetivamente no lo están haciendo bien. No dan contexto. Se limitan a poner el éste dice el otro dice sin aportar los datos de quién tiene razón. Yo les pongo, en twitter, esto de la ventana que les enfada mucho. Y no solo a TVE que dentro de todo tiene los mejores informativos en un panorama bastante chungo.

Hoy también escribía en ElDiario.es sobre el periodismo, las tertulias, como se ha contaminado todo.

A mí me parece que la información es esencial y un derecho esencial de los ciudadanos. Pero con todo al final me he quedado pensando ¿y si soy yo la que creo dedicarme a una profesión que apenas existe?

Vamos que ahora es como los que en “Fahrenheit 451” creían ser bomberos y en realidad estaban prendiendo fuego a libros.

Tiempo de rebajas

Leo en uno de los principales periódicos de nuestro país que “el gran problema de la democracia española es el número creciente de enemigos del sistema que operan dentro del sistema”. Al punto de hacer que los partidos de toda la vida de dios hayan de “gobernar con el enemigo”. Es una pista, personalmente creo que hemos entrado en período de rebajas.

Las tiendas gustan mucho en España. Comprar e ir de liquidaciones. Anoche en televisión una señora pidió en una encuesta que abrieran de una vez los comercios: “no podemos vivir así”, concluyó. Un estudio especial del CIS en noviembre lo avisaba: a un 83% de los españoles lo más les preocupaba (de las consecuencias de la pandemia de la Covid-19) era “ver las calles y los comercios vacíos o casi vacíos”. Y mira por dónde, algunos valores fundamentales están en oferta con importantes descuentos. Habrá que anunciarlos debidamente por si a alguien le interesan.

Tenemos al rey senior viviendo en Abu Dabi. Desde allí Juan Carlos I ha ordenado pagar más de cuatro millones de euros al fisco español en una segunda regularización. Es el equivalente a 20 años de su salario oficial. Y corresponden a uno de los regalos que ha venido recibiendo el monarca: 8 millones de euros en viajes. Un genio de las finanzas. Vino a España con 10 años y los bolsillos vacíos, al punto de no poder salir los fines de semana del internado, y se hizo con una inmensa y secreta fortuna.

La noticia de este viernes todavía coincide con la defensa cerrada que su hijo y sucesor, Felipe VI, acaba de hacer de la actuación de su padre y antecesor el 23F. Eso que los españoles no podemos conocer en detalle 40 años después.

La jefatura de Estado de un país se ve con el cartel de “rebajas” en estas condiciones. Es importante rotular las cosas. En tiempos de tuits y titulares, los consumidores precisan frases lapidarias que llamen su atención: “Se confirma: Podemos se ha convertido en una versión extendida de Izquierda Unida”, pongamos por caso. La misma que les comentaba al principio: “Gobernando con el enemigo”.

El periodismo for sale -en su más amplia concepción del término- anda pidiendo clics con titulares que exciten la curiosidad del usuario: “lo que le dijo fulano a mengano” en los programas dedicados exclusivamente a eso. A ver si, según sean los contendientes que de inmediato se ofertan en pantalla partida, la audiencia pica. Se copian formatos. Una cadena tras otra con el mismo concurso, la misma fórmula de coaches  -o sea, entrenadores-, los mismos gestos, los mismos trucos. Muera la imaginación. Los informativos de los medios generalistas compartiendo agenda que copia de lo escrito y todos amplificándose unos a otros dentro de un círculo casi endogámico.

La última moda son los “recados”. Llegan tras los “repasos” y “zascas”. Todos los días hay “recados” de un presentador de televisión o de un político, generalmente al mismo destinatario. Hoy le tocaba al ex presidente Felipe González. Hay que ver lo tranquila que vive en ese aspecto Isabel Díaz-Ayuso, por ejemplo, en su imparable tarea de destrozar la sanidad madrileña. Pero si no recibe “recados” de los importantes, no entra en esa almoneda. Aunque algo tan vital como la salud de los ciudadanos esté en rebajas, literalmente vital y “en venta”.

¿Y los acuerdos políticos? Acaba de salir la remesa de acuerdos enquistados. Se ha cerrado el del Consejo de RTVE con el reparto partidista habitual y, a pesar de sus engrudos, sin que el pack incluyera el del CGPJ. El PP mete a dos denostados profesionales de TVE y veta a dos jueces progresistas propuestos por Unidas Podemos. Por ejemplo, no son los únicos tropezones difíciles de tragar en el Consejo. Se puede volver a recurrir al Senado para equivocarse y rectificar al gusto. Plantas en rebajas, pues.

El precariado laboral asiste a una de las más drásticas liquidaciones. Y si lo piensan, es consecuencia lógica de varias derivas en las que no son menores las dejaciones políticas y periodísticas. No solo: la paralización mundial de la actividad económica está operando cambios en el mercado del trabajo. Suben con fuerza las tecnológicas, las farmacéuticas, los videojuegos –aunque aquí con la explotación de los trabajadores en algunos casos-, pero ha surgido lo que es casi un inframundo laboral.

Un empleo nuevo es el de hacer cola para otros: en tiendas, restaurantes o eventos, a partir de 9 euros la hora. IKEA trae a España su propio Glovo:  peones que montan un sofá por 13 euros y esas personas que sustituyen al comprador en las largas filas por 10. Hay unas cuantas aplicaciones más que surten hasta de trabajos creativos a granel. Suelen venir con el rótulo: “democratización”. De hacer colas, de pergeñar logos.

Fiverr es una plataforma para autónomos –dice- y freelance que ofertan sus servicios. De todo. Programación, diseñadores, “expertos de alto nivel”. Incluye la locución por ejemplo. Aquel trabajo especializado, de los mejor pagados, pasa a devaluarse en varias webs a precios irrisorios, al nivel de hacer colas. La oferta tiene previsto lo que se busca al detalle: ¿Una voz femenina o masculina? ¿En qué idioma lo necesitas? ¿Cuál será la difusión del proyecto? ¿Cuál será su duración aproximadamente? ¿Quieres una voz aniñada o prefieres fuerte?

¿Y ese surtido de famosos añejos negacionistas de las vacunas, del virus, de la inteligencia?  

Lo que ha entrado en rebaja notable es la democracia. Con mucho fraude en las etiquetas. Nos venden fascistas por constitucionalistas, diputados por agitadores, periodistas o tertulianos por comerciales de pianos sin teclas. Acuerdos por cesiones insoportables. Machismo por letra de cambio lícita. Democracia plena por ordeno y mando y por qué no te callas. Verán, en tiempos como los actuales, la democracia y cuanto conlleva se defiende con rotundidad o no sirve para nada. No valen las rebajas y las componendas. El mal menor no entra cuando está en peligro, hay que tomarla entera, sin degradar. Leo en La Vanguardia la defensa radical de una de las cabezas más portentosas de la historia, la de Albert Einstein, quien llegó a renunciar a la nacionalidad alemana por la llegada al poder de Adolfo Hitler. Su alegato antinazi, antifascista, aspiraba a que un día se recordara a los que “defendieron con éxito aquello que nos ha aportado todos los avances en el conocimiento y la invención: la libertad del individuo, sin la cual ningún ser humano que se precie encuentra la vida digna de ser vivida”.

La democracia, como la justicia y el amor, como la vida, no admiten rebajas, ni descuentos.

*Publicado en ElDiario.es el 26 de febrero 2021

No podemos más

Felipe VI en el 40 aniversario de la Constitución

Medio millón de muertos en Estados Unidos, cuando Donald Trump calculó que 200.000 serían una cifra asumible por no parar sustancialmente la actividad económica. Universidades que ofertan menús a un euro en Francia y ONG con puntos de reparto de comida gratis para universitarios que han perdido ingresos por la pandemia. En España el principal problema parece ser que Unidas Podemos forme parte del Gobierno. No pueden más. Titulan así sus columnas incluso. Lo reseñan en sus titulares aludiendo a las quejas hasta de ministros del PSOE. Ellos y nosotros. Las urnas, una vez tras otra, lo dejan claro pero igual apretando se consigue. En Italia lo han hecho. Tienen un presidente conveniente elegido a dedo y gusta a todo el mundo.  

En España, la añorada pata conservadora del bipartidismo se ha pegado un batacazo de campeonato en Cataluña. El bloque conservador sigue sin conseguir mayorías pero aumenta la infiltración del fascismo en su seno. Algo que preocupa a cualquier demócrata. No a los que no pueden más con Unidas Podemos en el Gobierno y se desviven por la derecha y la ultraderecha. Desde luego no llenan portadas de ataques contra ellos ni siquiera de críticas justificadas –todo lo contrario, hasta le hacen fotos al líder en plan desfile de Emidio Tucci-. Ni les cargan de bulos y calumnias que repetirán sin fin por todo el arco mediático. No ponen peros ni a la escandalosa gestión trumpista de Díaz Ayuso en Madrid, a la que llegan a llamar la lideresa del centro-derecha con repercusión nacional. Oír sus soflamas incendiarias cargadas de difamaciones es como beberse un vaso de nitroglicerina pero a su clan mediático la presidenta de Madrid no les incomoda en absoluto.  

La calle está caliente: unos pocos que no pueden más salen a evidenciarlo. No pueden más por diferentes motivos. Pero la culpa es siempre de Podemos, según repiten y repiten. Dado que defender la libertad de expresión –incluso de un vomitivo impresentable- es violencia. Más aún, terrorismo. Lo dice por igual la policía según se refiere, alguna periodista y una diputada de Vox. Para esta última todo lo que sea antifascismo es terrorismo.

José Luis Martínez Almeida, alcalde de Madrid por la gracia de Vox y Ciudadanos, se une al coro para afirmar que si Iglesias pinta algo en España es gracias a Sánchez.

Los que no pueden más en el PSOE son de la misma opinión. Olvidan que es reversible: si hay gobierno progresista, si son ministros y ministras quienes se quejan, es por la coalición y el apoyo de un bloque que no les gusta pero al que necesitan. Por eso no se pueden firmar una serie de compromisos para aprobar los Presupuestos y luego salir con que la vivienda es (también) un bien económico y no se regula el precio de los alquileres. Berlín lo hace en la Alemania de Merkel del mismo modo que desde los inicios del desarrollismo consideró que la vivienda es un bien social antes que económico. Ese diferente origen ha causado múltiples problemas en España. El malestar del bloque de apoyo al Gobierno es manifiesto y de momento no tienen otra cosa.

Y todo esto ocurre cuando se recuerda en acto oficial el 40 aniversario del último intento de golpe de Estado armado, entrando a tiros en el Congreso. Con fascistas ocupando escaños. Miro atrás, a otro momento en el que tampoco una buena parte de la sociedad podía más. Para ver si recobran la memoria quienes nacen al mundo nuevos cada mañana cuando se despiertan.

Al no existir Podemos, toda la culpa era entonces del PSOE, según se oía y leía con profusión. Así figura en la crónica que publiqué en mi blog. Pero conviene destacar algunos puntos. Las manifestaciones por la pérdida de derechos sociales básicos que son raíz de desajustes actuales.

Y represión policial. Se califica a los manifestantes de antisistema y se dice que están dando “un golpe de Estado como en el 23F”. Cristina Cifuentes, delegada del gobierno en Madrid, manda fuerzas antidisturbios a dar brea. Los bomberos actúan de escudos para evitar que los ciudadanos sean agredidos.

Corinna Larsen aún era princesa y una amiga leal del entonces rey. A quien en el acto del Congreso de este 2021 su hijo y heredero rinde homenaje para que lo vea desde el Abu Dhabi a donde huyó. Sin que la ley de secretos oficiales permita saber aún 40 años después qué pasó total y realmente aquel 23F, siquiera para no abundar en más especulaciones y actos de fe.

Felipe VI ha saludado a Pablo Casado como “jefe de la oposición”, cargo que no existe en un sistema no bipartidista. Se les ve tan lejanos de quienes realmente no pueden más. Hay mucha gente que nunca se recuperó de haberles pagado a los poderes económicos su crisis de 2008, sufrimos la carga de muchos destrozos previos y nos vemos con una pandemia de salud inédita en esta generación que lo ha cambiado todo. Menos la voracidad insana de quienes siempre quieren sacar provecho a cualquier precio. No pueden más, dicen. Adjudican a Podemos  “un poder de corrosión que ha degradado la democracia”  o lo acusan por expresar críticas estando en el Gobierno, de “una grave distorsión democrática“. Con 52 escaños de los ahora llamados postfascistas en el Congreso y sostén imprescindible de varias comunidades autónomas y ayuntamientos fuertemente impregnados de su sello. Lavando hasta al PP en sus horas más críticas que se ha ganado a peso. El ambiente bélico que vivimos, crea además más gritos y distorsiones de las admisibles, que solo favorecen a los desestabilizadores. 

¿No pueden más ustedes? Pues ni les cuento cómo estamos el resto. Porque si el hartazgo por el hoy es grande, no imaginan hasta qué punto preocupa el camino al que conduce todo esto.

Los violentos

Hay que mirar a la cara de las víctimas cuando se sueltan proclamas desde un micrófono o desde un ordenador. Y mirar lo que ocurre en las protestas y delimitar quiénes son los violentos y quiénes quieren convertir en violencia el derecho a protestar

Estos días he recordado a un chavalito al que conocí a finales de la década de los 80 haciendo un reportaje para Informe Semanal de TVE. Tenía 5 años y era uno de los que vivía en la cárcel de mujeres de Yeserías, Madrid, al estar presas sus madres cumpliendo penas por delitos diversos. No guardé los datos, no sé su nombre, pero nunca le he olvidado. Un crío muy listo que se mostró notablemente interesado por lo que allí hacíamos, participativo. Casi al terminar me dijo con desparpajo: “a ver si el juez nos da la libertad”. Aquel pequeñajo me metió en el alma lo que significa la injusticia, la violencia y la libertad. Lo he visto en muchas otras ocasiones, entiendo que en este caso era una gran deferencia no separar a los hijos de sus madres aunque conllevara el marcar su infancia, de hecho le tocaría en pocos meses salir y vivir con familiares, pero oír a un niño de 5 años esperar de un juez la libertad sin haber cometido infracción alguna impacta y se queda por algún lugar de la memoria.

He recordado a aquel niño al ver salir y entrar en la cárcel de una forma tan arbitraria, tan desigual, a una serie de individuos. Por no hablar de los que no llegan a pisarla siquiera. Varios de los grandes corruptos del PP –ese partido del que la justicia investiga por cuatro décadas de caja B con dinero que entra en sus bolsillos y termina saliendo del erario público– están en la calle gozando de beneficios penitenciarios. Lo mismo que el cuñado del rey Felipe VI.

Y meten en prisión a un rapero por pronunciar o escribir lo que se ha considerado “ofensas a la Corona y enaltecimiento del terrorismo”. A las amenazas de muerte de ultraderechistas en tuits o a través de las ondas, la justicia española las ha venido considerando libertad de expresión. Somos noticia mundial, y no solo por eso. Por el encarcelamiento y por la violencia en la represión de las manifestaciones. Y es doloroso ver el diferente trato que el tema tiene en la prensa internacional y en la española generalista.

Llegadas las protestas por lo del rapero y según avanzan los días por otras causas, empiezan a manipularse groseramente hasta el salto cualitativo de calificar de “terrorismo” callejero lo que se espera para el fin de semana. Dado el desarrollo de los hechos, no suena limpio. Volvemos a constatar que se pueden manifestar entre sonrisas policiales los cayetanos y los nazis, y a palos invariablemente los que piden derechos y libertades. Y hay que determinar con claridad por qué. Claro que se cuelan diferentes colectivos cuando hay violencia. Y cualquier demócrata la rechaza sin aprovecharse de ella, como da la impresión de estar sucediendo.

De lo que no cabe duda es de que hay vídeos en los que se advierte violencia policial que no parece responder a ninguna provocación. De hecho un medio tan poco sospechoso como el Huffington Post contó que la policía les había dicho a los periodistas en la Puerta del Sol que se fueran. ¿Por qué? A los periodistas. Esto no ocurría antes.

Dado que le han tenido que extirpar un ojo a una mujer por la carga de los Mossos en Barcelona, que en Linares anda en peligro otro ojo de un señor al que apalearon policías fuera de servicio agrediendo también a su hija de 14 años, o que al día siguiente dispararon postas “por error” a otro hombre, llamar “los violentos” a los manifestantes quizás sea un pelín tendencioso. Y llamar terrorismo a lo que hasta ahora ha sucedido bastante más que tendencioso. 

Pero como todos estos hechos ustedes ya los conocen, si han seguido una información sin manipular, que la hay, es mejor volver a lo que es verdadera violencia.

Violencia es valerse de la voz que se goza en los medios para fomentar el miedo de los ciudadanos a su libertad y convencerles de que protestar por la merma de sus derechos es reprobable. Que es preferible callar y aguantar. Y que, siempre que se protesta, cualquiera puede ser confundido con delincuentes y hasta terroristas. Una coacción intolerable que debilita a las personas frente a los abusos. Es antidemocrático. Por muchas luces de estrellato que les alumbren.

Porque es violencia también mentir y desfigurar la información de acuerdo con intereses personales o del grupo que paga, ni siquiera por antipatía o fuerte animadversión. Dado que priva al ciudadano de conocer hechos que le afectan y propician una visión distorsionada de la realidad que puede influir negativamente en su vida.

Violencia extrema es asistir a la impunidad de la que gozan los autores de políticas que dañan a la sociedad, a su salud, que distraen dinero público para sus manejos. Solo porque se han pertrechado de escudos que enmascaran sus fechorías y altavoces que propagan falsas venturas y que inducen a los afectados a sufrir errores de apreciación.

Porque toda esta violencia va encaminada a la más cruel y decisiva de todas, que es el abuso que fomenta la desigualdad, la pobreza por tanto, la injusticia. Doblemente, ya que es el origen de muchas otras violencias repartidas por todos los derechos que nos asisten.

El niño de la cárcel de Yeserías me dio una de las lecciones que precisa todo periodista. Hay que ir a donde ocurren los hechos. Hay que mirar a la cara de las víctimas cuando se sueltan proclamas desde un micrófono en silla caliente o desde el teclado de un ordenador. Y hay que mirar lo que ocurre en las protestas y delimitar con claridad quiénes son los violentos y quiénes quieren convertir en violencia el derecho a protestar.

Y decidir si se ajusta al rigor vender productos tóxicos en lugar de informar.

Es posible conseguirlo siempre que la podredumbre no haya llegado al límite de lo irrecuperable.

Consentir la injusticia, participar de ella, equivale a ejercer violencia contra los ciudadanos. Y nadie decente debería ser cómplice si se tiene por tal. Pero, antes de nada, esto no se soluciona solo con actitudes, hay errores sin subsanar y conductas punibles. Y como no actúe el Gobierno con destituciones y menos ambigüedad, se los van a comer crudos y con ellos a la ciudadanía.

Se está volviendo complicado hasta decir lo que ocurre porque quienes más tendrían que velar por el rigor democrático, la justicia y la libertad se apuntan al bloque censor. Es tan escandaloso lo que está sucediendo estos días, los infectados debates sobre la violencia o sobre la normalidad democrática que se advierte a periodistas abandonando su zona de comodidad para ser testigos y denunciantes de las trampas como haría el Pereira periodista de Antonio Tabucchi. 

Espero que al niño de la cárcel le devolvieran la libertad que no había conocido y que la vida le haya compensado de aquel inicio traumático. Por él y por muchos como él y por muchos otros en diferentes circunstancias es por lo que intentamos informar con seriedad. Al menos no agredir a la sociedad con la violencia de las mentiras.

*Publicado en ElDiario.es el 19 de febrero de 2021

No digan constitucionalismo, si piensan en fascismo

La primera vez que advertí de la llegada del fascismo en un chat de periodistas algunos se rieron y me recordaron la Ley de Godwin de analogías nazis. Una costumbre de conversaciones virtuales que se desactivaba en sí misma. Pero los síntomas eran claros porque el fascismo huele a fascismo, igual que las bombas de fuego real suenan a bombas y no a vertidos de escombros en un contenedor. De nada ha servido insistir hasta el hartazgo, el fascismo está aquí penetrando con ayuda de políticos y medios colaboracionistas, como suele suceder.

Las elecciones catalanas han brindado una nueva oportunidad de difusión a la extrema derecha. Vox ha logrado 11 escaños en el Parlament, mientras Ciudadanos se desintegraba y el PP seguía bajando. Los votantes ultra se han ido a la marca de moda. Y políticos, medios y periodistas volcados con la causa se han lanzado a lavar a Vox, llegando a presentarlo como, textualmente, “máximo referente de de la derecha constitucionalista en Cataluña”

No ha sido ni mucho menos el único, se ha insistido en considerar a Vox, líder o cabeza del “centro-derecha”. Como si alguien en su formación, en el PP o Ciudadanos tuviera algo que ver remotamente con el centrismo.

El detergente usado para lavar hoy a la ultraderecha fascista es el “constitucionalismo”. Inés Arrimadas, impertérrita tras haber perdido 30 diputados en el Parlament, repetía la palabra como un conjuro una y otra vez en la noche electoral. A toda la derecha política y mediática se les ha llenado la boca de “constitucionalismo” aludiendo a nuestra norma máxima que ni parecen conocer, ni compartir, ni defender.

Porque la Constitución no se reduce, en modo alguno, al artículo 2 sobre la unidad de España. En su listado hay preceptos que la ultraderecha contraviene de forma flagrante. Vox no es un partido constitucionalista en absoluto. Es racista, homófobo, censor, homenajea a asesinos convictos, al franquismo, niega la violencia machista; ultraliberal en lo económico, apenas mantendría derechos sociales como los servicios públicos, reservando los impuestos a las fuerzas de Seguridad. Repasen lo que dicen y hacen, sus proclamas, sus insultos impunes.

Vox forma parte o apoya gobiernos del PP y Ciudadanos. En Madrid, Andalucía o Murcia. Y como dicen que dice un dicho alemán “Si en una mesa hay un nazi y 10 personas, en esa mesa hay 11 nazis”, ningún demócrata se sentaría en esa mesa. Y tras las elecciones catalanas, todos los llantos de Cs y el PP y sus voceros mediáticos han sido por el crecimiento de los partidos independentistas, ni uno ha mentado a sus comensales en la mesa ultra. Así estamos.

Por cierto, en algún postulado democrático debe figurar el respeto al resultado de las urnas que una y otra vez hablan con claridad en Cataluña. De ahí que los constitucionalistas por las narices quieran ilegalizar partidos soberanistas, desde la falla que les ha permitido entrar en el juego parlamentario contraviniendo principios básicos de la propia democracia y los Derechos Humanos. Igual no hace falta ser Einstein para entenderlo.

Del mismo modo, no es objetivamente opinable el inmenso daño que ha causado a la sociedad el fascismo sin que sean equiparables a los que haya podido inferir cualquier otra ideología. El fascismo cuenta en su haber incluso haber desencadenado la más cruenta guerra mundial. Y en España, la Guerra Civil y 40 años de dictadura impune. Pero contamos con un jurista, José Luis Concepción, presidente del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León quien, ante la pregunta-respuesta de un portador de micrófono, ha dicho: “la democracia española se pone en solfa desde que el Partido Comunista forma parte del Gobierno”.

Tomo las palabras de Olga Rodríguez, periodista con olfato y oído. “Los medios de comunicación empeñados en criminalizar a políticos que intentan defender derechos fundamentales suelen ser los mismos que blanquean a Vox de forma sistemática, presentándolo como un partido constitucionalista, asumiendo que sus posturas son legítimas. Los derechos humanos no son debatibles, pero en muchas tertulias mediáticas se empeñan en discutir sobre ellos, como si fueran cuestionables”, escribió en elDiario.es este lunes en este Vox y el ‘No pasarán’ porque ahí se resume gran parte del problema. Han pasado ya, ellos y hasta los neonazis antisemitas en manifestación autorizada por la delegación del Gobierno en Madrid. Curiosamente el departamento del Sr. Franco Pardo había prohibido otras manifestaciones: contra la política de Ayuso y por la sanidad pública –a causa de la pandemia, se argumentó. Esta última se celebró el domingo pese a todo -al día siguiente de la neonazi-, y fue a la que Franco mandó la policía. Lo de Pablo Hasel, ya saben, a la cárcel por “injurias a la Corona y enaltecimiento del terrorismo”, según la sentencia… en tuits y canciones.

Los fascistas han pasado ya, quieren llegar a lo más alto, y tienen impagables ayudas mediáticas. Quizás en algún caso esa defensa sea por ignorancia -que hace falta mucha para no enterarse- o por seguir la corriente, en conjunto saben perfectamente lo que hacen, y asusta pensar que haya tantos para quienes la extrema derecha sea el mejor aliado en sus negocios. O así lo crean. Porque, no lo olviden, siempre se precisa buscar el Cui prodest , quién se beneficia. Tengan miedo, hay motivos. Reaccionen, se precisa.

Cayetana Álvarez de Toledo, con un periódico declaradamente de ultraderecha a su servicio, ataca a Pablo Casado por el flanco más extremo. Casado y su lamentable Ejecutiva –en la que ella misma estuvo de portavoz- son un rotundo fracaso. Pero no es cierto que los males del PP se reduzcan a ellos como dice. Las pesadas mochilas de basura se acarrean desde Aznar, pasando por Rajoy, y cuando se camina así no se va a ninguna parte. Cayetana también se apropia del comodín del “constitucionalismo”, es un clásico.

Lo primero que hacen los totalitarismos es pervertir las palabras. Y meter sus sucias manos en el concepto de Constitución democrática, reducida a mínimos. George Orwell lo explicó como pocos en su novela 1984. Y no contaba con la difusión masiva de mensajes que se ha producido en los últimos años, con la banalización para vender. Y encima la pandemia que, en el sufrimiento y desconcierto, ha debilitado la consciencia de los menos razonables. De esto también se aprovechan.

Hay que dejar de oír sus cantos de ruido y odio, con firmeza. Porque la mayoría de ellos hablan de constitucionalismo cuando quieren decir fascismo. No faciliten su labor invasora. Siquiera cierren, al menos, los grifos de su propaganda. Lo que más les duele es el dinero.

*Publicado en Eldiario.es 16 de febrero de 2021

Entendido: ni democracia imperfecta, ni reino medieval

Rosa María Artal

Fue sobrecogedor. La reacción inmediata con un despido y una destitución sumarísimos. Por un rótulo de las decenas que se emiten al día. Quizás inadecuado, nada más. Ocurría que Casa Real anunció que la heredera al trono estudiaría dos años de bachillerato en el UWC Atlantic College de Gales. Rosa María Mateo, administradora única y provisional (durante casi tres años) de RTVE, surgió lívida pisoteando los palos del sombrajo que se le habían caído. En pantalla, según acababa de emitirse, se leía: “La princesa se va de España como su abuelo”. Una frase que, al parecer, atacaba los cimientos democráticos de todo un país y los preceptos constitucionales.

La reacción de los medios cortesanos fue pareja. “El rótulo es el refugio del cobarde, de quien no se atreve a decir según qué cosas en antena, pero las cuela como quien pintarrajea la puerta del baño del instituto”, escribía un tal Sergio del Molino en El País como destacaba su CEO en Twitter. Despliegue en ABC, que osa manipular el logo de TVE con una hoz y un martillo. Y el campo de orégano se abre para culpar a Podemos, sin el menor respeto por volver a dejar en cueros las obsesiones y proyectos políticos que -no informativos- de algunos medios.

 Y todo en plena “polémica” –forzada- por si España vive en ‘normalidad democrática’ o no, algo cuyo solo enunciado enerva a patriotas de cazo y bandera. En fin. Y para completar el cuadro, periodistas del establishment que vuelven a constituirse en un ente profundamente corporativo, guardián de las esencias del periodismo (del que ellos practican).

Fue sobrecogedor, sí. Un reino feudal hubiera reaccionado de la misma forma ante tamaña ofensa, incluso avanzando un punto más allá, en vez de las destituciones inmediatas habría ajusticiado a los culpables y expuesto sus despojos en la plaza pública. Y no estamos muy lejos si pensamos que se castiga con cárcel las ofensas a la Corona, a ritmo de rap, aunque incluyan verdades como puños. Cómo será el asunto que hasta acribillan y exhiben a quienes ni pasaban de lejos por el control de realización de La Hora de la 1 de TVE.

Es una broma de pésimo gusto decir que los informativos de RTVE están en manos del gobierno o de la izquierda. A algunos periodistas nos repugna su servidumbre a los postulados del PP, la promoción incesante de la ultraderecha ocupando silla frecuente en los programas, el cierto ninguneo al gobierno y los ataques sistemáticos a Podemos. No por otra razón que por la defensa del periodismo y el derecho a la información de los ciudadanos. Jaime Olmo, Javier Valenzuela, Olga Rodríguez, Juan Tortosa, periodistas de toda solvencia, lo denuncian como yo misma a menudo. Por lo demás, el mismo programa había lanzado un par de días antes el bulo de la niñera con su rótulo preceptivo y no había pasado nada. El periodista de ElDiario.es Aitor Riveiro lo contó.

La reacción al rótulo no beneficia en nada a la causa monárquica que promueve esa corte oficiosa. A la causa monárquica o a los privilegios y excepciones crecidos a su amparo. Se han retratado de cuerpo entero. Sumisión, veneración, desmesura teatral. Algo impropio del siglo XXI en el que vivimos. Máxime a una jefatura del Estado hereditaria y familiar que recae además en los Borbones, cuya ejemplaridad no atraviesa sus mejores momentos. No se entiende a estas alturas de la historia esa devoción reverencial, cierta o fingida, por un jefatura del Estado de estas características.

Para acabar de confirmarlo mandan a la princesa Leonor, la heredera, a un colegio que por las informaciones que llegan parece un laboratorio de seres principales. Nos dicen que es “el centro predilecto de algunas realezas, millonarios californianos e intelectuales bohemios, por su empeño en fomentar la responsabilidad individual de los alumnos, su capacidad de descubrir, experimentar, colaborar y servir a los demás.” Que son 350 alumnos de 90 países. Tres cuartas partes con “becas y ayudas de benefactores privados” y que llevan ¿como muestra? a desfavorecidos del mundo que se verán diferenciados en ese ambiente de riqueza: “un 5% de los alumnos de UWC son refugiados procedentes de zonas conflictivas como Palestina, Yemen, Irak o Afganistán”. “El sitio que Dios habría construido si hubiera tenido dinero”, dijo del castillo medieval el dramaturgo George Bernard Shaw. Ya lo han hecho los nuevos dioses ricos. Los reyes son altos patronos de la organización que seleccionó a la princesa Leonor para estudiar en Gales y la financiación corre a cargo de miembros del equipo habitual. Leonor parece una chica inteligente y con ideas propias, ojalá humanamente salga con bien de la experiencia.

Un eurobarómetro del Parlamento europeo publicado este viernes revela que el 53% de los españoles no está satisfecho con la evolución de la democracia que tenemos. Y que estamos entre los más descontentos, dado que en la UE27 son el 57% los que se muestran entre satisfechos y muy satisfechos con su democracia y aquí el 46% . Sin duda Felipe González, Margarita Robles, y los más punteros medios y periodistas del clan de los establecidos se encuentran en ese grupo precisamente.  

Igual la valoración mejoraría si en este país se dejara de robar aprovechándose del cargo político y de enaltecer la corrupción; si algunos de sus próceres no mintieran con tres de cada cuatro palabras; si el poder judicial abandonara su situación de okupa; si no se obligara a votar en un momento crudo de una pandemia y no llevaran años de cárcel algunos políticos por votar; si los medios y periodistas se dedicaran a informar prioritariamente; si todos los cargos de la democracia fueran electos. Si se ejercieran todas esas labores para la sociedad, desde ella, a pie de calle, sin privilegios, ni trampas, ni mentiras.  

*Publicado en ElDiario.es el 12 de febrero de 2021

El Efecto Draghi y su onda expansiva

Mario Draghi ha sido encargado de formar gobierno en Italia, tras una nueva crisis de su laberinto político. Sus efectos pueden afectar a Europa y, sin duda, a España. Ex presidente del Banco Central Europeo, su designación ha sido acogida con alborozo por el mundo del dinero y todo el establishment. Destacan de él que es un prestigioso economista y que salvó al euro. Ahora, a sus 73 años, se apresta a “salvar Italia”, su país, nos dicen. Sin embargo, se presenta una biografía de Draghi marcadamente incompleta. Es curioso, desalentador, cómo se borran pasajes de la historia que hemos vivido y sufrido.

Una Italia presidida por Draghi pone en Roma una segunda cabeza a la altura de Bruselas y condicionaría las políticas de la UE, ya entusiasmada con la posibilidad. Y las de España, porque los partidarios de un gobierno de “salvación nacional”, con PSOE y un PP pringado de corrupción, no pueden disimular su euforia. Sus portavoces mediáticos, exultantes, dan toques a Sánchez en ese sentido, de nuevo. El maná de millones de euros a gestionar y recortes patrocinan la operación.

Y es que la nueva crisis de gobierno en Italia se ha producido por los Fondos Covid de reconstrucción europeos, sin tapujos. El botín que ansían gestionar quienes siempre lo hacen y de la misma forma. El ejecutor, entroncando tácticas de la Italia ancestral, ha sido Matteo Renzi, un presunto centrista de trayectoria turbia que forzó la crisis del gobierno de Giuseppe Conte. El Renzi que pactó con Berlusconi una reforma electoral que le salió por la culata. Renzi tumbó la coalición de gobierno al retirar a sus dos diputados y avanza que le gustaría ser Secretario General de la OTAN.

Sin duda, era un momento delicado para convocar elecciones en Italia. Crítico por la pandemia, crisis económica y división política. Draghi habrá de contar o con el Movimiento 5 estrellas (M5S), bastante dividido, o con la Liga neofascista de Salvini que ya fue vicepresidente y que cayó por sus desmanes en la crisis de los refugiados. Y parece que no va a tener problemas, a cambio de ministerios, dicen. Y faltan los “Hermanos de Italia” –posfascistas declarados– que no apoyarán a Draghi en principio y tienen en Giorgia Meloni a una líder con gran tirón para tener en cuenta en una eventual cita con las urnas. Conte, el erudito con un currículo de méritos académicos de 12 folios, y propuesto en su día por M5S ha dicho que adelante con lo de Draghi, tras los avatares sufridos. Pero no habla por todo el movimiento. Berlusconi –que aún alienta en política– también apoya a Draghi, evidentemente.     

Pero ¿quién es el Mario Draghi completo? Es cierto que ha desarrollado una brillantísima carrera. Lo encontramos en los años 80 como director ejecutivo del Banco Mundial. De ahí pasó a la vicepresidencia de Goldman Sachs que es mucho más que un potente “banco de inversión”. Gobernador del Banco de Italia después. Y presidente del BCE desde 2011, un año crucial, y hasta 2019.  

La que llaman “crisis del euro” está en 2011 en pleno apogeo. En realidad el euro –al que no se acompañó de una unión fiscal y política– es una moneda vulnerable. El euro sufrió hasta fuertes ataques especulativos durante el período del árbol caído del capitalismo, cuando el desplome de Lehman Brothers marcó la caída del sistema financiero mundial. El desencadenante es, sin duda, ese derrumbe de 2008, la crisis del neoliberalismo por sus excesos. Los mandatarios del G20, tras algunos momentos de incertidumbre y grandes promesas, decidieron que mejor la pagaran los ciudadanos. Levantaron de nuevo el entramado con los recortes y la austeridad por decreto. En ese tiempo, se materializa, se ahonda, la división de la UE entre países de primera y de segunda. Los del sur en la diana.

Mario Draghi llega en 2011 para sustituir a Jean Claude Trichet. Será el presidente del BCE más político de su historia. Como político actuó al frente de él. Lo había hecho antes. Si el euro se estaba rompiendo, decían, era por la crisis de la deuda y empezó por Grecia. Por las abultadas deudas públicas de varios países, a menudo fruto de movimientos especulativos. Lo de siempre. Los gobiernos conservadores griegos de Nueva Democracia habían recurrido al Draghi vicepresidente de Goldman Sachs en su día, para que maquillara sus cifras y poder entrar en el euro. Hecho determinante en la crisis posterior. Draghi no es tanto tecnócrata como un neoliberal de libro, el candidato del “partido” del dinero.

El BCE formaba parte con el gobierno de la UE y el FMI de la temible Troika vigilante de los rescates. Decidieron ejecutar a Grecia, con apenas un 2% del PIB de la UE, como advertencia por haber votado a la izquierda de Syriza, que para nada se comportó como la coalición radical de izquierdas con la que era nombrada con temor, era demasiado el destrozo griego. Al punto que tiempo más tarde, mandos de Bruselas pidieron disculpas. Tampoco Zapatero gozó de los favores de la Troika, de la justicia de la Troika. Draghi llega y realiza su papel –político– cortando el grifo a Grecia, por completo, y apoyando a países como España en el mismo día. Emprendió una nueva política de compra masiva de deuda pública, por esto es por lo que le consideran salvador del euro. Compró títulos de deuda pública y privada por valor de 200.000 millones de euros. Según el mismo declaró, España, el gobierno de Rajoy ya fue el mayor receptor de fondos del BCE con el 30% del total. Algo que suele recordarse muy poco. O nada. El BCE fue con Draghi más que nunca el Banco Público de los bancos privados: prestó 489.000 millones de euros a 523 bancos para un período inusualmente largo de tres años a un tipo de solo un 1%, para que los bancos privados lo prestaran a su vez a los Estados con intereses.

Y se volcó en pedir recortes en franca sintonía con el gobierno del PP. Bajada de sueldos, “desproteger” el empleo y los subsidios de desempleo –dijo– y liberalizar aún más el sector servicios, “retirando obstáculos a la libre competencia”. Había hecho lo mismo en Italia, impulsando la mayor ola de privatizaciones en el país.  

En aquellos días de la crisis, de la salida de la crisis, Goldman Sachs logró colocar a tres grandes puntales para que presuntos técnicos sustituyeran a políticos para realizar las labores “de ajuste”, de “austeridad” que creían necesarias. Y así aparecen en centros neurálgicos del poder europeo Mario Monti, jefe de Gobierno italiano a dedo como presidente tecnócrata;  Lucas Papademos, jefe de Gobierno griego a dedo también; y Mario Draghi, jefe del BCE, por el procedimiento habitual. No resultó en Italia y en Grecia, volvieron a la democracia de las urnas en cuanto pudieron; en el BCE sí, al punto de elevar a Draghi a los altares.

La pandemia de coronavirus ha causado enormes estragos, en la salud de las personas y en la economía. Los que siempre manejan los hilos buscan nuevas oportunidades para seguir en lo mismo. Probablemente Italia no tiene muchas más salidas ahora, pero un Draghi allí influirá en la política europea reforzando lo que él representa, y presionará al gobierno español de coalición para que se avenga a ser un obediente chico neoliberal. Los daños colaterales no suelen importar en estas operaciones.

*Publicado en ElDiario.es el 5 de febrero de 2021

El virus de la irracionalidad

Rosa María Artal

Se veía venir y hoy es ya una gruesa bola que se desliza por la pendiente engrosándose a cada vuelta. La pandemia la ha hecho crecer exponencialmente. La irracionalidad se abre paso como motor de acción. El trumpismo que asaltó el Capitolio fue el estreno estelar de la tendencia que lleva gestándose varios años. Es un fanatismo que se mueve solo por lo que siente, sin atender a hechos y razones, y que usado por políticos desaprensivos y amplificado por ciertos medios, adquiere ya caracteres de grave problema social. Que no está levantando suficientes alertas. 

Los primeros signos alarmantes datan de no menos de tres años. Se empezó entonces a definir este tiempo de los idiotas para el que ya se avanzaban tratamientos. No hay que molestarles. Un gran número de personas están dispuestas a creer lo que quieren creer y guiados tan solo por sus emociones. Borran lo que no les gusta. Nada les hace cambiar de opinión, a no ser la persuasión, explicaba en El País el periodista científico Javier Salas ya entonces.  Argumentarles con múltiples cautelas para que no se replieguen recelosos. Emocionalmente. Estamos en estas manos. Se veía venir y ha ido a más. Desde la última vez que escribí sobre ello, el pasado septiembre, hemos visto síntomas tan preocupantes como el trumpismo volcado en acción violenta. Y lejos de atemperarse, las llamadas de una congresista republicana, estos días, para matar demócratas

“La gente se fía más de sus sentimientos que de los hechos”, dice al jubilarse Marty Baron, el director del Post y en su día de The Globe con su Pulitzer en las manos. “No aceptan ninguna presentación de los hechos que contradiga sus sentimientos”, añade, “y, cuanto más les damos hechos que contradicen sus creencias, más creen que somos su enemigo”.

En España el fenómeno se advierte como problema político de enorme envergadura en las actuaciones de Isabel Díaz Ayuso, en particular, Pablo Casado y otros representantes de la derecha extrema y sin demasiados escrúpulos. Ayuso suelta cada poco una parida que, eso sí, es repetida en bucle por los medios, por si alguien no se ha enterado bien. Vamos desde “el ser de Madrid” a la propuesta de vacunación prioritaria para la hostelería. Lo que dice Ayuso no resiste el análisis. Si, según ella y su Gobierno, la gente no se contagia en los bares sino en su propia casa ¿para qué dispone una urgente vacuna? Pero con su táctica consigue propaganda y confrontar a colectivos sociales. Y, sobre todo, ha logrado hacer olvidar que ella obtuvo el peor resultado electoral del PP en Madrid en toda su historia y trabaja para remontarlo sin reparar en medios.

Casado, el jefe, miente con la misma desfachatez, habla de pagos escandalosos de Europa sin pruebas mientras no ha dejado de maniobrar en contra del Gobierno de España, o sea, de España y de los españoles, porque no tiene consecuencias. Ni siquiera se amilana por esa sombra de mafia que acompaña la pésima salud de los implicados y denunciantes de la corrupción del partido que preside.

La ultraderecha oficial que les inspira es capaz de pedir al mismo tiempo que censuren al estilo franquista las series de ficción de TVE, y que se prohíba y en su caso sancione  a las Redes, empresas tecnológicas internacionales, si borran sus proclamas como han hecho con Trump, una vez que el desastre estaba fuera de control.

No resisten ningún análisis lógico, pero son seguidos por personas irracionales que se mueven por lo que sienten. Con la contribución indispensable de sus voceros mediáticos. Hoy han colado en la actualidad un artículo de supuestos sabotajes al Zendal de sus amores –de los amores de Ayuso y de los claros intereses que representa–. Y personas hechas y derechas, hasta un señor que dice ser catedrático, se lo come sin reflexionar siquiera que un medio acostumbrado a mentir ha de ponerse al menos en cuarentena. Y que son profesionales de la Sanidad quienes denuncian las carencias de ese centro.

La pandemia que no logran entender muchas personas aún exalta más las emociones debilitando la razón. Se constata que se han hecho con gurús mediáticos –uno especializado en cuentos de misterio y algunos médicos “famosos por salir en la tele”– a quien siguen con fe ciega, insultando con auténtica furia a quien les mueve a una mínima reflexión.

Y añadan a los negacionistas cada vez más activos. Un cantante cuya madre murió por coronavirus se apunta a las demenciales teorías de chips incrustados en las vacunas. La idiocia está alcanzando peligrosas cotas de influencia. Porque ya actúan, como los trumpistas. Un negacionista se cuela en el hospital de Miranda de Ebro y entra en zonas prohibidas para grabar “la gran mentira”. Están llegando a hostigar a una empresa de escenarios para series por un bulo en redes: el COVID no existe y los hospitales son falsos. Ya en septiembre se decía que crecían mucho y eran muy agresivos.

Con un universo extremadamente pequeño, apenas distinguen entre los buenos y los malos, puro maniqueísmo y encima devoto que se enciende en pasiones a favor y en contra. Culpan a quienes, desde los gobiernos intentan afrontar los enormes problemas que ha ocasionado la pandemia, hasta de las causas que los han agravado en España. Un país en el que las políticas neoliberales debilitaron la sanidad pública, deliberadamente, en busca de negocio, y que han seguido la misma tónica incluso con el virus campando entre nosotros. Los que priman con aplastante claridad la economía sobre la vida de las personas. El que apostó por el turismo y el ladrillo como únicos motores económicos. El que descuidó la protección social de sus ciudadanos en agravio comparativo con la Europa a la que pertenecemos en todos los apartados.  Esta gente cree que los problemas nacieron ayer y se resuelven mañana.

Cómo afrontar semejante pandemia. El reduccionismo del pensamiento, la inmediatez que les rige, las emociones que excluyen la racionalidad. El machaqueo constante de los medios que refuerzan sus sentimientos, sus “creencias” no sustentadas en la realidad. Están buscando la vuelta de las políticas más devastadoras. Si en semejante panorama se cometen errores –desde la buena voluntad al menos–, entregarse a los trumpismos sería suicida. Lo ha sido en EEUU. El ‘chamán-bisonte’ del ataque al Capitolio ahora se arrepiente, o se lo han aconsejado así sus abogados: “Fui horriblemente embelesado“, dice.

La pandemia de la irracionalidad está extendida, de ahí el ascenso de los fascismos, eufemísticamente llamados, algunos de ellos, populismos. El Brexit británico ha traído ejemplos reveladores. Los pescadores británicos se encontraron con la sorpresa de que salir de la Unión Europea implicaba burocracias de control aduanero y sobre todo reducir el mercado del que habían dispuesto. Y no pasaron más de 15 días para comprobar que no vendían sus productos. El líder de los conservadores Jacob Rees-Mogg terminó de arreglarlo al decir: “al menos ahora los peces son mejores y más felices porque son británicos“. Los felices peces británicos andaban pudriéndose en los hangares. Y el gobierno pensando en subvencionar a los pescadores por sus pérdidas.

 ¿A dónde vamos por este camino que se afianza, lejos de diluirse? Guiarse por sentimientos o creencias sin base es un virus para el que no está actuando ninguna vacuna. El coronavirus llegará a controlarse gracias a ellas, a la ciencia. Se recuperará la actividad y habrá que reparar los enormes destrozos causados por el virus, pero con esta gente enloquecida que adquiere cada vez más poder, ¿qué se hace? Este lunes, un psicólogo, Adam Grant, escribía en The New York Times del problema. Según él, la ciencia del razonamiento con personas irracionales se basa en no intentar cambiar la opinión de otra persona, sino en ayudarle a encontrar su propia motivación para cambiar. Esto a diario se ha evidenciado como darse cabezazos contra un muro de cemento.

Los asuntos de gran envergadura, como este, no tienen una solución fácil ni inmediata. De entrada habría que ir a las raíces. No difundir las mentiras políticas y mediáticas, no nutrir la irracionalidad bajo ninguna excusa, saber que quienes lo hacen buscan su beneficio. Y sobre todo atajar con la ley, la firmeza, todas esas desviaciones que ponen en peligro la convivencia y hasta la vida. Ya no nos falta más que, con cuanto nos ocurre de base, esta masa de insensatos. Al menos no alimentarlos, en la medida de lo posible.

*Publicado en ElDiario.es el de febrero de 2021

S.O.S

Es la señal internacional para pedir socorro. Se eligió ésta a principios del siglo XX por lo fácil que podía ser radiada en el código morse, a través de pulsaciones cortas. Lo mejor es que todo el mundo la entiende. Y es que en días como estos se tiene la sensación de estar viviendo en un planeta diferente al que habitan quienes tienen foco en la actualidad. En los altos estrados y zumbando a ras de suelo. Mientras la sensación de peligro crece.

Llevamos ya cerca de un año conviviendo con un virus que amenaza nuestra integridad y que ha matado y enfermado a millones de personas. Entre restricciones que, en efecto, son difíciles de llevar. La ciencia se vuelca en buscar antídotos y tratamientos en un tiempo récord –gracias a sus años de esfuerzo en la sombra-. Son la vía para inmunizar a la población y recuperar paulatinamente una normalidad. Y entonces irrumpen con fuerza los males del sistema. Las vacunas se ralentizan. Algunas farmacéuticas andan vendiendo al mejor postor, según leyes de la oferta y la demanda del mercado… y de tener enorme desfachatez con contratos firmados. Pero ya se hizo hasta con los respiradores. 

Y además las vacunas se convierten en arma, privilegio y uso político. Todo sirve en una sociedad regida por valores como el egoísmo, el lucro desmedido, altos grados de impunidad y dejación de responsabilidades. Pocos definieron mejor la esencia del capitalismo que John Steinbeck en “Las uvas de la ira”, cuando en el crack del 29, un yankee neto, desahuciado de sus tierras, amenaza con presionar con su rifle al responsable pero en la cadena del daño no encuentra quién es. Ahora, si lo pensamos, encima desvían la diana los auténticos culpables. Los hay. Un sistema social operativo resolvería el problema para que vacunas y tratamientos llegaran a la población. Alguien, muchos en realidad, está haciendo dejación de sus funciones. A costa de nuestra salud.

Las olas de la pandemia suben y bajan y vuelven a subir. Se ha demostrado que las curvas se aplanan con confinamiento estricto, no con toques de queda ni teniendo todo abierto. Pero la economía se ve muy afectada –a pesar del Escudo Social del Gobierno en nuestro caso, que sin él aun sería peor- y los ánimos también. Y tenemos la sensación de que se está jugando en otro campo que no busca en todos los casos la solución a nuestros problemas reales.

Lo de Madrid, como símbolo del desbarre máximo, sume en la indefensión. No dejamos de decirlo, de gritarlo, pero es que nadie hace el menor caso. Resulta que después de haber protagonizado no sé cuántos milagros, de que “Ayuso hubiera vencido al virus” como declaró su colega Maroto, vuelve a tener colapsado el sistema sanitario y se ve en la obligación de contratar más servicios en la privada a la que Madrid ya viene regando con generosidad. A razón de 734 euros diarios por cada enfermo en planta y 2.084 en UCI, precios muy por encima de los establecidos por la Alianza de la Sanidad Privada Española (ASPE) y encima usa el eufemismo “interviene la sanidad privada”, por favor, si casi es al revés.

La desolación llega al saber, mejor diremos confirmar, que según un informe de Audita Sanidad y el sindicato de técnicos de Hacienda, se está produciendo un “deterioro programado” de la sanidad madrileña para facilitar el avance de los fondos de inversión. La salud es un negocio. Y ante la enfermedad propia o de nuestros seres queridos se cede lo que sea.

Además, en esta tercera ola derivan a la privada, previo pago naturalmente, también en Andalucía, Extremadura, Navarra, Castilla y León y la Comunitat Valenciana. Y se ha sabido que la Generalitat de Catalunya pagó durante la primera ola de la pandemia 43.400 euros por cada paciente que hubiera estado en la UCI (15 días de media) y 5.000 euros por 72 horas de paciente ingresado. Y todo ello después de haber diezmado la sanidad pública con las privatizaciones que ahora descubre la UE mermaron hasta la capacidad de los gobiernos para afrontar la pandemia.

¿A alguien le parece que todo esto puede ocurrir y sin el menor control? ¿Lo de Madrid en particular, tras gastar 150 millones de dinero público en los ladrillos del Zendal? Estamos hablando de la salud de los ciudadanos, de los ingresos que facilitamos con nuestros impuestos y los vemos volar en garras que huelen a viejas y pertinaces corrupciones. Y, con problemas acuciantes, hemos de soportar a Pablo Casado yendo a sacar tajada del Zendal precisamente, de un Madrid del que no es presidente por mucho que se empeñe.

Y el Congreso vive una situación de bochorno en la que votan no al Decreto de los Fondos europeos, nada menos, porque andan pescando en sus propios ríos de votos. Es dinero para soluciones que necesitan los ciudadanos, y resulta irritante ver cómo priorizan el reparto de su pastel. Y Casado, ciego hasta para echar la caña, vota no, y ERC vota no. Y votan no Ciudadanos, el PDeCAT, Junts, UPN, la CUP, el BNG y Foro Asturias. Y Vox se abstiene en abrazo envenenado que ahonda en su táctica de avance en el poder. Y que alentará a quienes se dedican a promocionarles en los medios –públicos incluso-.

La economía española se desplomó un 11% en 2020 por el impacto de la pandemia y ya salen gritando como si fuéramos nuevos ellos y nosotros. Lo previsto. Ha habido una paralización mundial de la economía. Hasta EEUU, con muchos más resortes, ha bajado 3,5% su PIB en un descenso histórico. En nuestro caso ahí vuelve a aparecer el lastre de haber confiado el grueso del modelo productivo al turismo y al ladrillo, que funcionan muy mal en tiempos de pandemia. Precisamente los Fondos europeos están condicionados a ahondar en “la transición digital, la transición ecológica y la mejora del capital humano” plasmada la frase en proyectos reales.

Los medios, algunos de ellos, también van a lo suyo, que no parece ser lo del común de los mortales. Seguir estos días la actualidad es ir dando saltos de indignación, por lo que ocurre y por lo que cuentan o no cuentan. La apuesta informativa por el ruido está en máximos, tanto como la sordina a los hechos que interfieren su proyecto. Lo ocurrido con Pablo Iglesias de nuevo denigra la profesión periodística. Los hechos son que el juez García Castellón se empecinó en culpar a Pablo Iglesias en el caso de la tarjeta robada a su colaboradora Dina Bousselham, al punto de mandarlo al Tribunal Supremo. Este se lo ha devuelto con un sonoro rapapolvo. Primero algunos medios jugaron a la confusión como si hubiera motivo de investigación -el juez ya ha desistido de seguir por ese camino- luego firmaron en negro esta bochornosa página del antes y el después.

Este martes desaparecía Bankia dentro de La Caixa, sin habernos devuelto los 24.000 millones oficiales del rescate que les entregó Rajoy. Para colmo. Como un símbolo de esa España a superar tan presente en el hoy que nos abruma.

Un hoy con sus propias preocupaciones latentes. En un estado de derecho han de existir mecanismos para que se cuide prioritariamente de la salud de los ciudadanos, para que no nos roben recursos, para que no se intoxique impunemente a la ciudadanía con mentiras hambrientas de lucro.

Estamos muy cansados. Llevamos cerca de un año con restricciones muy duras. El coronavirus vuelve a estar en ola devastadora. La frenaría con seguridad el confinamiento estricto, en tanto se vacuna por fin. Urge hacerlo. Parece que no se puede o no se quiere confinar en serio. Los virus de la oposición política y sus brazos mediáticos atizan con virulencia. Las excepciones privilegiadas son más bofetadas añadidas. 

En situaciones como ésta, y sabiendo que las soluciones existen y no se aplican, queda seguir gritando ¡socorro!, desistir de nadar, o montar un cirio que se oiga en la Galaxia de Andrómeda.

*Publicado en Eldiario.es el 29 de enero de 2021

Todos mis artículos en ElDiario.es, también con los no incluidos en el blog en este enlace.

Un 2021 para aplicar lo aprendido

Como todos y cada uno de los años, 2020 repetirá el rito de verse repudiado en su final, tanto como fue saludado alborozadamente en su inicio. Esta vez hay sobradas razones para darle un adiós sin contemplaciones pero, para que 2021 sea mejor, habrá que poner los medios. Los deseos nada sirven si no se apoyan en fundamentos. 2020 nos deja un lastre terrible que todos conocemos pero también puntos de apoyo para remontar y hasta construir como no se ha hecho antes.  

81 millones de infectados por COVID en el mundo y cerca de 1.800.000 muertos después, la ciencia ha logrado vacunas y en un tiempo récord. La maltratada ciencia. Los investigadores se pusieron a trabajar compartiendo conocimientos. Algunos llevaban décadas sin ser escuchados. El potencial del ARNm en el que creían la científica húngara Katalin Karikó en el eje de Moderna, una de las empresas fabricantes de las primeras vacunas. El matrimonio de inmigrantes turcos Ugur Sahin y Özlem Türeci que crearon BioNTech en Alemania y que, unida a la potente farmacéutica Pzifer, sacaron la suya. Todos ellos y muchos más lograron la clave para inmunizarse contra este coronavirus tan puñetero y contagioso.

Es evidente, rotundamente claro, que la ciencia necesitaba y necesita más inversión. Las políticas neoliberales la han recortado en los países con menos visión de futuro, de progreso. La España de Rajoy le dio un tajo mortal. Todavía hoy es insuficiente la inversión aunque el presupuesto para ciencia e innovación del gobierno progresista haya subido un 59%, hasta 3.232 millones, el mayor de la historia. Recordemos que el presupuesto para la Iglesia católica que gestiona la Conferencia Episcopal es de 11.400 millones y, por ejemplo, a los profesores de la escuela concertada les paga el Estado ¡aparte.

Esos que llaman genéricamente “los expertos” dicen que las vacunas y los estímulos fiscales y económicos pueden lograr la recuperación dejando atrás muchos sinsabores. Aunque irá por barrios que se verán influidos por esos defectos estructurales que han quedado al desnudo y por la voluntad de hacer o no hacer lo más conveniente.

La sanidad pública se ha revelado esencial en este 2020. Gran parte del colapso –y por tanto de las víctimas- durante la primera ola se debió a la precarización de un sector al que se sometió a grandes recortes y privatizaciones. Hemos aprendido en la práctica que son mucho más necesarios a la sociedad los sanitarios, los empleados de supermercados, quienes cuidan de nuestra seguridad que quienes hacen anotaciones contables especulativas. No solo se precisa blindar la sanidad, es imprescindible potenciarla. En todo su campo de acción desde la Atención Primaria a las especializaciones. Va a hacer falta mucha terapia de la salud mental tras los durísimos golpes sufridos. Los Presupuestos Generales, aprobados con el mayor consenso en muchos años, han incrementado la partida de sanidad en un 75% y en un 70% la de educación. Los ingresos para todas las inversiones (o “gastos” como dicen) aumentan pagando más quienes más tienen, como estipula la propia Constitución en uno de sus artículos ignorados, el 40, y por los fondos europeos.

Contar con esos Presupuestos en un gran logro y los dos partidos coaligados deben entenderlo como un punto de partida y no de final, desechando tentaciones que no nos podemos permitir en el clima político de España.

Es cierto, sin embargo, que las costumbres han cambiado y que nada volverá a ser igual a corto o medio plazo, quizás nunca, por mucho que se empeñen. Estamos viendo que el turismo ha sufrido una auténtica debacle. En España y en todos los países. Aquí, no se alcanzaron ni los 20 millones de viajeros, cifras desconocidas desde finales de los 60, con un desplome en ingresos superior al 75%. La gente se lo piensa con una pandemia y al final ni se salvó el turismo, ni la salud. El problema, como ya hemos comentado, es que España se apoya como todo motor productivo en el turismo precisamente y la construcción asociada a él. Hay que racionalizar y diversificar el modelo. La apuesta por la innovación de los nuevos Presupuestos va en ese sentido.

El coronavirus ha cambiado las costumbres claramente y muchos negocios habrán de adaptarse. Muchos oficios y comercios saben que será rara una vuelta atrás. Las grandes cadenas de ropa inician el nuevo año con decenas de cierres. Lidera Inditex de Amancio Ortega. Las ventas han caído en general, se “viste” menos si se sale menos y se trabaja en casa, y se ha producido un auge de la venta on line, incrementando una tendencia que ya venía de atrás.

Con el coronavirus o con la excusa que aporta, se han perdido derechos consolidados. Se han adoptado modalidades que no han demostrado aún el balance entre inconvenientes y ventajas como trabajar en casa. Unos pocos en cambio han ganado mucho. Ha habido empresarios que se han enriquecido a lo grande: Jeff Bezos, el dueño de Amazon, es el primer humano en poseer una fortuna de 200.000 millones de dólares él solo. Seguro que existen más sectores que la distribución para lograr beneficios y empleos.

Las perspectivas económicas son positivas aunque dependen de cómo fluyan las cosas. En España están condicionadas en alto grado por las feroces zancadillas de una oposición político-mediática única en el mundo. Lejos de entender la prioridad de la salud y colaborar como han hecho otros países con los gobiernos de toda orientación política, la derecha española no ha hecho más que entorpecer el camino tratando de sacar tajada de la situación y de sus insidias. Es un hecho. Han llegado al extremo, algunos medios también, de contribuir a las campañas antivacunas, destacando efectos secundarios, errores mínimos, como si les dolieran más las vacunas que el coronavirus. Y es al contrario: las vacunas, los presupuestos, los fondos europeos les han hecho entrar en una desesperación que roza el patetismo. Pablo Casado ha vuelto a contraprogramar el balance de fin de año del Presidente Pedro Sánchez, con la colaboración de los medios que lo sacaban en una ventanita gesticulando, en lugar de darlo después si es el caso. Para decir que España es una “república bananera” -él, amante fervoroso de la monarquía borbónica- ente otros de sus dislates habituales.

Solo ha habido un comportamiento parecido en 2020 al del PP y sus socios, el de un Trump aunque en el gobierno y contra sus oponentes demócratas en año electoral. El pelaje es ése, especialmente en algunas comunidades españolas. Y una de las grandes noticias del año es que los estadounidenses han echado al magnate de la Casa Blanca.

Se puede salir revirtiendo los destrozos de la austeridad que hace ya más de una década hizo un roto considerable a la economía del bien común. Las contrataciones se han reducido hasta ser las mismas de entonces. Es decir, los daños de una pandemia que ha paralizado la actividad mundial se parecen a la crisis del capitalismo por sus errores desencadenada aquel septiembre de 2008 con la caída de Lehman Brothers. En España se perdieron entonces 3,5 millones de puestos de trabajo y se tardó una década en recuperar el empleo desaparecido, según detallaba Nacho Álvarez, un economista serio de antiguo, hoy Secretario de Estado de Derechos Sociales por Podemos. En la crisis actual, dice, los ERTE han evitado una destrucción de empleo similar. Ahora han sido 940.000 puestos de trabajo que ya se están recuperando en parte. Aunque quede un largo trecho por andar, es el camino.

El futuro va a depender de si se apuesta por la innovación y se afronta con racionalidad o se deja embarrar en las habituales marañas españolas, ajenas a lo esencial para el conjunto. Decidir lo que vale la pena y lo que sobra y obrar en consecuencia por fin. El éxito en la tarea podría hasta permitir afrontar algunos de los grandes errores enquistados. Es preciso para eso, trabajar desde la concordia,  apagar el ruido y dejar en su reducto a los miserables empeñados en la obstrucción.

Hay que hablar más de Katalin Karikó que de Ayuso, y, en el caso de la presidenta de Madrid, hacerlo desde la justicia y no desde la propaganda. No, no nos podemos permitir las distracciones. El coronavirus sigue aquí, matando mientras no se le contenga. Hay que oír la voz de la razón y la prudencia y no la del miedo. Por primera vez en mucho tiempo la Unión Europea sale de su ostracismo para echar una mano. Porque haca falta. Tenemos allí y aquí expertos y buena voluntad. Lean lo que informa y da argumentos. Están ahí, en los medios que no se dedican a embrutecer o medrar a cualquier precio. El futuro depende de cómo se aborda desde el hoy. De hasta qué punto somos capaces de aprender de lo vivido, de lo bueno y lo malo.

Estos días que he leído mucho y bueno, en prensa también, me quedé entre otros con este artículo del periodista británico Jonathan Freedland, columnista de The Guardian, que publicó elDiario.es el 19 de diciembre. Con todo, pero sobre todo con el final:

“La pandemia se ha llevado demasiadas vidas, pero también nos recuerda para qué sirve la vida: la alegría más simple, la de estar con los demás lo suficientemente cerca como para tocar y que te toquen. Como si hubiese una lupa sobre cada uno de nosotros, el virus ha revelado nuestra mayor debilidad, pero también nuestra fortaleza más preciada: la necesidad de estar juntos”.

Por encima de todo es eso: la pandemia se ha llevado demasiadas vidas, pero también nos recuerda para qué sirve la vida… Cada cual sabe.

*Publicado en ElDiario.es el 29https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/2021-aplicar-aprendido_129_6629694.html de diciembre de 2020

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