Y Ayuso sigue en el cargo, ¿por qué?

Sin rastreadores ni medios suficientes, sin potenciar el transporte público, los sanitarios, los profesores. La gestión de Ayuso ha sido y es caótica, pero en Madrid el PP y su entramado libran una batalla política desplegada sobre la salud y la vida de las personas.

Rosa María Artal

Por fin, y tras larga intriga, ha salido la lotería de confinamientos decretados en la Comunidad de Madrid tras el enorme avance de los contagios por coronavirus. Con tono serio y denso, la presidenta, el vicepresidente y el consejero de Sanidad han hablado del momento preocupante que se vive y de las restricciones que se van a poner en marcha. Son 37 zonas de Madrid, como pueden ver en este documento, no exactamente barrios o distritos, en donde por ejemplo queda fuera del confinamiento de Alcobendas, el barrio de lujo de La Moraleja, a pesar de ser el municipio el tercero con más contagios de España. O los típicos contrasentidos como poder ir al bar pero no a los parques. Salir a trabajar o consumir pero quedarse en la casa, muchas veces de dimensiones reducidas en los barrios con menos recursos que están entre los más afectados. Han asegurado que los centros de atención primaria están a pleno funcionamiento tanto de forma telefónica como presencial, algo que no se ajusta a la verdad ya que se encuentran a medio gas desde hace meses, desde el principio, desde marzo.

La incidencia del coronavirus en Madrid es cuatro veces mayor que en el resto de España. De las diez ciudades europeas con mayor porcentaje de contagios, nueve están en Madrid, con la capital ocupando el primer lugar del continente. La Atención Primaria ahora parece ir en caída libre, y vuelven a entrar en saturación los hospitales y las camas de UCI que andan ya ocupando el 60% de las disponibles. Por más que hablen de colaboración ahora y se autoexculpen, la gestión del gobierno de Madrid ha sido caótica, sin paliativos, y no tenía que haberse producido. De hecho, cuesta entender cómo se puede mantener aún a Isabel Díaz Ayuso como presidenta de la Comunidad a pesar del caos provocado, sin parangón con lugares que fueron muy problemáticos, como Nueva York, en donde no hay segunda oleada de la COVID-19 al menos por ahora.

Saber por qué sigue Ayuso en el cargo es clave, atañe al funcionamiento del país, incidiendo una y otra vez en sus fallos estructurales. Se han ido dando los pasos que componen la crónica de una muerte anunciada, pero las víctimas se han desplegado entre la población y la credibilidad de la política salvaguardando en buena parte a los ejecutores. La gestión de Ayuso ha sido y es caótica, pero en Madrid el PP y su entramado libran una batalla política desplegada sobre la salud y la vida de las personas.

Basta mirar la foto del 2 de mayo de 2020 cuando Pablo Casado, presidente del PP, se permitió pasar revista en la Puerta del Sol a la sociedad civil en esa festividad madrileña. Desde el principio, Casado se planteó Madrid como el feudo con el que confrontarse al gobierno de España, tras haber sufrido una sangría de votos. Y cabe pensar cuántos mecanismos de la lógica fallaron para que fuera Isabel Díaz Ayuso la que ocupara ese lugar.

Con la “experta en comunicación” que había llevado la cuenta de Twitter de Pecas, el perro de Esperanza Aguirre, el PP perdió en mayo de 2019, 184.794 votos. Un 32% de votos se dejó desde los comicios de 2015. No llegaría a la presidencia de la Comunidad hasta agosto de 2019, tras largas negociaciones. Lo hizo con los votos de PP, Cs y Vox. El Régimen de Madrid, S.A., había decidido al parecer quien fuera su gestora. Da la impresión que solo basta carecer de escrúpulos y manifestarlo con osadía para ocupar ese tipo de puestos. Cualidad extensible también al escalafón de poder de España, S.A. El periodismo la recibió con calor, al punto de apodarla “La nueva Dama de Hierro del PP“, ella que llora en las fotos cuando se disfraza de Santa Isabel de la COVID. Por los empresarios, por supuesto.

Es evidente que por más que la situación sea insostenible en Madrid, para los ciudadanos, el entramado ha decidido mantener a Ayuso. Todavía al menos. Ciudadanos es decisivo y así lo quiere. Ignacio Aguado, el vicepresidente, pidió ayuda al gobierno central ante el caos desatado pero culpándole de haberlos dejado solos, en la misma línea que ella. Y el remedo de periodismo que apoya esta gestión –que ellos sabrán a quién y qué beneficios aporta- lo secunda, a pesar de una hemeroteca plagada de despropósitos.

No les importa quedar en evidencia, con que trague el número suficiente para mantenerse, sobra. De todo lo hablado, escrito, insultado, sobresale quizás cuando Ayuso enarboló las cacerolas con sus afines ideológicos contra el gobierno de Sánchez y el mando único, porque querían libertad, libertad de contagio incluida. Y, en esa línea, lo más patético hoy aquella amenaza de mayo: “Lo de Núñez de Balboa va a ser una broma”.  Y en efecto sus fieles ultras nos atronaron los oídos durante semanas. ¿Lo harán ahora contra Ayuso?

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Madrid, sin rastreadores, ni medios suficientes, sin potenciar el transporte público, los sanitarios, los profesores, habiendo esfumado en algunas otras partidas los 3.400 millones de euros que les entregó el Ejecutivo para afrontar la situación, dicen que no pueden hacerlo solos. Nunca han estado solos, siempre han pisado la mano del gobierno central porque querían desestabilizarlo a su favor y al de los beneficiarios de las políticas ultraliberales que defienden. Ahora piden ayuda a Sánchez para que aporte un despliegue policial sin precedentes. Solución policial en la más pura esencia ultraderechista.

Lo primero es la salud, pero para cuidarla hay que disponer de medios y de una gestión que prioriza a las personas. La apuesta de Ayuso, de Madrid S.A, de PP S.A., de España S.A. ha sido lo que llaman economía: la bolsa sobre la vida. Cuando combatía el estado de alarma, cuya supresión podría causar más muertes respondió: “Todos los días hay atropellos y no por eso prohíbes los coches”. Ella es muy fría con esto de las víctimas ajenas, no hay más que ver lo sucedido en los geriátricos a su cargo.

Pablo Casado también salía a la palestra este viernes. A defender territorio con uñas y trampas: “Las pandemias son responsabilidad exclusiva de los gobiernos estatales, por mucho que la coalición de PSOE y Podemos pretenda derivar su negligencia a las comunidades autónomas”. Con las competencias transferidas, tras un cuarto de siglo de privatizaciones y recortes, devolviendo “la libertad” de gobernar la comunidad que presiden y que con tanto ahínco reclamaban. Ellos solo están para repartir el presupuesto como les plazca, según se deduce.

Pablo Casado ha unido su destino al de Ayuso, que le dio la ilusión de parecer presidente. Presidente de un partido enjuiciado por una corrupción insuperable de larga trayectoria, ejerce una oposición tabernaria, en la que no tiene empacho en utilizar mentiras y la mayor mezquindad. De tierra batida, arrasada, caiga quien caiga en la sociedad.

En Madrid tenemos un problema serio, de supervivencia incluso, con esta gestión. En España completa con semejante derecha, unida en piña para defender su poder. La reunión con Pedro Sánchez difícilmente mejorará la confrontación política. Los medios del clan ya crean ambiente. Todos son culpables, todos han de colaborar, que sí pero sabiendo el terreno que se pisa, se ha pisado y sigue estando, y las minas enterradas en él.

6.600.000 personas dependen de esas variables. Con la salud en peligro, la estabilidad económica y hasta los humores. Esta historia interminable no tendrá siquiera alivio hasta que la derecha española no haga una cura de honestidad y piense siquiera un poco en el bienestar de los ciudadanos. O los ciudadanos les obliguen a hacerlo.

 No se entiende que Ayuso siga gestionando Madrid. En realidad, no se entiende tampoco que este PP y sus cómplices continúen más o menos impunes ante la ciudadanía. Millones de ciudadanos están muy preocupados. Y no se merecen semejante gestión y semejante desbarajuste. No viene de hoy. Las heridas que ha venido dejando esta situación son profundas, aunque las encubran los medios del clan. La situación de Díaz Ayuso es insostenible desde hace mucho tiempo.

Publicado en ElDiarioes el 18 de Septiembre 2020

El auge de los idiotas

Rosa María Artal

15 de Septiembre de 2020

No es algo improvisado. Lo lleva escrito, lo lee, se viste con ropa estudiada y un pañuelo colocado hacia atrás desafiando la gravedad, tanto como ella la lucidez. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la comunidad de Madrid por la gracia de Ciudadanos y Vox y unas cuantas cosas más, discursea su Estado de la Región. Y dice, henchida de orgullo: “Ser madrileño es una forma de ser, es una actitud. Aquí se es madrileño desde el primer día. Por eso somos la capital de España“. El hilo argumental no tiene la menor coherencia; aragoneses, extremeños, gallegos, canarios, castellanos, andaluces, vascos, catalanes y todos los que ustedes quieran también lo son desde el primer día. Pero, al no ser desde el primer día madrileños, se quedan sin ser capital de España. Y esto no es nada para cuando se pone a lanzar una soflama racista, en la linea de la más pura ultraderecha de Vox. Ella que contrajo el coronavirus en un ático de lujo critica la forma de vida de los emigrantes -viene a ser la pobreza- como causa de los contagios.

El problema de Ayuso –que avisó desde la campaña electoral y antes de sus capacidades- está, vean otra vez, en que termina de decir su parida y la aplauden. La aplauden los suyos en clan, la aplauden a menudo medios y periodistas –que, sí, que también del clan- pero sin duda la aplauden los pocos o muchos ciudadanos que la votaron o la votarían ahora. Los hay, al margen de encuestas que tienen la credibilidad de los posos del café. Porque votan a su partido, al partido de la Gürtel y la Kitchen, de los masters, las trampas y la desfachatez, al que tiene en su presidente Pablo Casado casi un clon elaborado de la propia Ayuso o viceversa.

Hay pruebas sobradas, abrumadoras, de que no son opiniones sino hechos fundados los que definen la desastrosa y aun desalmada gestión de Ayuso en Madrid. Una jueza de Leganés, Madrid, la ha exonerado ya de la masacre de las residencias, con argumentos que asombra leer y sin tener en cuenta al parecer los seis documentos que demuestran que evitó el traslado de ancianos a los hospitales y la propia atención en los geriátricos que dependen por ley de ella. No les dio ninguna oportunidad al no aplicar ninguno de los mecanismos previstos. Y estos días, Ayuso presume en su disertación de logros. Quizás los 11.000 contagios de COVID-19 en Madrid en el fin de semana, superando el récord de toda Francia. No competen solo a ella, es el mecanismo al completo que converge para hacer de esta sociedad un preocupante engendro. Y que va a más.

Los idiotas, sin perdón, son la variable decisiva que lleva al poder a sus iguales, ayuda a los tramposos a disuadir las políticas del bien común y enmaraña la vida social al punto de desnortarla. Suelo escribir del tema que me preocupa desde hace años. La última vez fue en 2018. Explicando, por supuesto, que el concepto de “idiota” nació como una definición en la Antigua Grecia. Describía a una persona egoísta y que se desentendía de los asuntos públicos, logrando que otros obraran por él y a menudo contra él. Ahora esa circunstancia se mantiene pero están mucho más activos en decisiones políticas. Donald Trump acababa de hacer entonces un discurso del Estado de la Unión con “medias” verdades: la perfecta definición de las mentiras completas. Él y su equipo habían impuesto el término “hechos alternativos” cuando daban datos falsos, directamente falsos.

Hoy Trump busca la reelección para seguir siendo el presidente de los idiotas norteamericanos que sumen en la desesperación a los ciudadanos estadounidenses civilizados, mintiendo sin cesar. Dice por ejemplo que no se preocupen más del clima, del cambio climático, que “comenzará a enfríar”. O sugiere que no aceptará el resultado de las elecciones si no vuelve a salir presidente, entrando ya en el terreno de un golpe antidemocrático, impensable en la historia de EEUU. A sus votantes les da igual. A todos los idiotas que sustentan a dirigentes idiotas -aunque muy útiles a los intereses del clan que les sustenta- les sobran los datos y la realidad, se mueven por lo que sienten, que convierten en lo que creen.  Y así, Trump consigue hasta dañar el frágil equilibrio internacional con consecuencias temibles. Imaginen cómo funcionaría el mundo si fiaran a la creencia y los datos erróneos la construcción de edificios, carreteras y puentes, la ciencia o el cuidado de la salud. Pues ya están aquí.

Los idiotas están tomando el poder, son decisivos, lo saben y presumen de su forma de ser. Un fenómeno que antes era infrecuente en el mundo civilizado. Solía aspirarse a saber, a contar con fundamentos serios para actuar. José Ortega y Gasset llamaba la atención ya en 1929 acerca del orgullo de la ignorancia que se atesora en España. “El tonto se parece discretísimo, y de ahí la envidiable tranquilidad con que el necio se asienta e instala en su propia torpeza”. Porque históricamente, la mayoría de los estudios sobre la ignorancia destacan que induce a obrar en contra de los propios intereses y ni se enteran. Y así aceptan que les recorten en servicios esenciales, que les mientan y saqueen incluso, si “les gusta” quien lo hace, o si eso puede dañar a quienes “no les gusta”. Una sociedad regida por estos principios va al caos irremediable. Les están inoculando unas barbaridades que, sin saberlas digerir, resultan incompatibles con un cerebro adulto y desarrollado. Y son individuos que forman parte de la vida diaria y sus actividades colectivas.

Esas hordas de negacionistas de lo más evidente, los odiadores irracionales, sin criterio alguno, sin cultura, son la prueba de su ser y expansión. Los vemos, nos parece imposible que puedan pensar lo que dicen pero no parecen pensarlo, razonarlo, lo sienten y ya les vale. La pandemia, como elemento desconocido, imprevisible y no fácil de controlar, ha acentuado el número y la intensidad de este tipo de personas. Los bulos que se han comido forman parte de la historia del disparate.

Los idiotas tienden a creer lo que coincide con sus sentimientos previos. La realidad pasa a ser una sensación subjetiva. Ocurre con los mundos paralelos de Trump. Los montajes inverosímiles del PP o de Vox, en otro ámbito, todavía son percibidos por una parte de la población, pero otros los engullen sin problema. Hace falta estimarse en muy poco para tener en cuenta las proclamas de algunos predicadores mediáticos, o de los tontos útiles del sistema llamados a reclutar a sus similares. Gota a gota van logrando sus objetivos. O en aluvión, como cuando amplifican y difunden manipulaciones masivas del tipo de la que operó en Facebook para engañar a la opinión pública española y condicionarla en contra del Gobierno durante la pandemia a través de una red de 672.000 bots.

El auge de los idiotas es un problema difícil de revertir, solo se avanzaría desandando el camino torcido, volviendo a hincar los codos para aprender y a abrir los ojos para ver, no solo mirar. La trivialización de la educación y la desinformación han contribuido a esta situación dramáticamente. Multitud de fuentes de atención llevan a mucha gente a decir que es “largo” el desarrollo de argumentos. Es una sociedad de tuits y titulares. De zascas y gritos en el debate entre la mentira y la verdad. Y como se precisa su concurso para vender, cada vez son más llamativos los ganchos, buscando más despertar la curiosidad que informar. ¿Quién se resiste a un titular que incluya un “enigma” o un chisme o un insulto de gentes notorias o la oferta de un contorno de ojos que es lo “más vendido” en una plataforma? Pues la progresión llega hasta a lo más serio y en todos los campos.

“Astrónomos de Europa y EEUU hallan posibles indicios de vida en Venus”. Posibles o no. De las tres formas en las que se produce la fosfina –el gas detectado- dos son compatibles con la generación de vida y el tercero no. Que se sepa. ¿Hay que investigar? Sí. De momento, Venus es, quizás, el planeta más inhóspito para el ser humano que moriría en segundos. Y el olor a ajo se presume por comparación con lo conocido, dado que los radiotelescopios no captan emanaciones y menos, de hacerlo, a tan larga distancia.

Un ejemplo claro para terminar. Lo entenderían hasta los idiotas. Quizás, no puede asegurarse. Al Ayuntamiento de Madrid se le ocurrió  vestir con publicidad de la liga los bolardos de cemento, de forma que parecían balones de fútbol, y han tenido que retirarlos porque la gente les daba patadas y se hería. ¿Hace falta explicar pues por qué Almeida es alcalde de la ciudad y, sobre todo, Ayuso presidenta de la comunidad? ¿Por qué sufrimos en general disfunciones impensables en una sociedad reflexiva y sensata? Porque de ahí en adelante, cualquier cosa.

Publicado en ElDiarioes

Joaquín Carbonell, las flores de ayer tan vivas

Irrumpió en la música con un rotundo ‘Dejen pasar’. Era su segundo disco y nunca le gustó demasiado -a sus seguidores sí- pero resumía el espíritu de aquella juventud absolutamente harta de franquismo, caciques, desigualdad y censura. Sin pedir permiso, Joaquín Carbonell les dijo: “háganse a un lado que vamos a entrar”. Por nosotros y por todos los que ni siquiera llegaron.

Nacido en Alloza, Teruel, Carbonell formó parte, como alumno, del mítico Colegio Menor San Pablo de la capital. En ese centro daban clases José Antonio Labordeta o Eloy Fernández Clemente (el creador de la Revista Andalán). Allí nació otra manera de enseñar, decían, y  otra manera de aprender. Todos ellos, con el dúo La Bullonera, con Javier Mas -el guitarrista que luego tocaría con Leonard Cohen-, con Plácido Serrano y Raúl Soria desde la Cadena COPE, puntal de la modernidad y el progresismo en aquella época –quién lo diría-  pusieron los cimientos de un Aragón nuevo y una España nueva.

Porque también nació otra forma de escuchar música, otro periodismo, otra sociedad, otra forma de hacer política desde el PSA que llevó diputados propios al Congreso en las primera elecciones democráticas. Y se entiende la importancia trascendental de crecer en madurez con estos estímulos en lugar de hacerlo con ruido, banalidad, mediocridad y miedo.

Todo aquello despegó. Aquel movimiento ayudó a los políticos en lo que se quería fuera –y no fue- la Transición. Con distintos acentos y formas Carbonell, Labordeta y los demás, cantaron al “Aragón que se rompía a pedazos en su agonía”, al que inundaron de pantanos para llevar electricidad a Cataluña que a la vez se nutría de emigración aragonesa, el que era dirigido “desde Madrid”.  Con especial interés Carbonell en romper los tópicos del cabezón tosco de pañuelo atado con el que se reían de los aragoneses mientras “sacaban tajada de esta guisa”. Duele ver a Aragón ahora apenas sin voz.

Joaquín Carbonell se quedó, otros se fueron, nos fuimos. Y siguió cantando, escribiendo literatura y entregándose al periodismo y a toda actividad creativa. Más aún que cantautor se multiplicó en facetas para convertirse en parte esencial de la cultura aragonesa. Hizo muchas cosas fuera, pero manteniéndose en Zaragoza haciendo tierra.

Estaba ingresado con coronavirus desde finales de julio. En la UCI. Parece que no padecía grandes patologías previas, salvo lo que cabe esperar pasados los 70, leo. Había mejorado, su hijo Nico llegó a pensar hasta que podría volver a cantar, pero al final no ha superado el maldito coronavirus. Este sábado, temprano, ha llegado la noticia de su muerte.

Y he ido recordando. entre otras muchas cosas, todas aquellas canciones que cantábamos en casa, numerosos amigos apretados en el salón,  en largas noches de camaradería. Cuando íbamos a Huesca por los Monegros secos porque nunca había tiempo –o dinero- para hacer los regadíos que ya pedía Joaquín Costa, a comienzos de siglo. Al Aragón completo, al compromiso, y la libertad y el pleno sabor de la vida. Cantamos a los de Huesca y de Teruel que con los zaragozanos habrían de ponerse en pie en un grito sin cuartel con la Bullonera, sin duda cantamos a la libertad que Labordeta presumía difícil de llegar. El viejo profesor advertía que pese a todo había que forzarla para que pudiera ser.

Cuanto nos reímos, cuánto disfrutamos, qué plenos pudimos llegar a sentirnos.  Luego llegaron las canciones de Brassens, doblemente chispeantes en la guitarra de Joaquín. El gorila, el vecino de la tarde lluviosa, las músicas que no nos hacen levantar a los ácratas y que ya casi no podemos confesar por el cariz involucionista de los tiempos.

Y no se apeó del compromiso. Para señalar El sonajero de Martín que aparece 83 años después en la cuneta donde están los huesos de su madre fusilada. O al drama de los rescates feroces de la llamada crisis que se cebaron con Grecia, con una canción al jubilado Dimitris Christoulas, que se inmoló en la plaza Syntagma frente al Parlamento Nacional.

 Y de repente ha desaparecido toda la lucha para recordar al amigo del pasado, de años y años cruciales. Y preguntarme con su canción (minuto 4,41) “adónde fue el amor de los papeles viejos, los colores claros los sueños perdidos y las esquinas de hojas secas que un viento triste barrió muy lejos. Y los recuerdos llenos de sol que secaban el agua del camino. Y por qué se hicieron las puertas cerradas, los pasos rápidos, las horas de soledad, las pálidas caricias de papel  y las flores de ayer tan deshojadas. Porque se hicieron las palabras que llenaban de niebla los rincones”… habiendo sentimientos. Porque las vidas largas y fructíferas se componen de todos esos matices que terminan siendo balance vital, ese balance que hacemos en momentos así.  

Y otra vez a decir que la muerte forma parte de la vida y lo entendemos y hay que aceptarla, pero, coño, cuánto duele cuando se van los seres queridos. Los que se recuperan en ese cómputo final para saber, esto sí, quien formó parte de tu trayectoria. Y relativizar cuanto de bueno y malo nos ocurre. Qué manera de perder el tiempo cuando hay tanto por vivir y sentir. No, el invierno no traía la muerte entre las ramas, tardó décadas en llegar a través de veranos llenos de sol u otoños pare refugiarse de la lluvia y volver a esperar el renacer de los marzos. Con todas la sugerencias de felicidad que se esconden para quienes las saben ver.

En el adiós a Joaquín, tristeza enorme, sentimiento de pérdida personal y colectiva, pero advirtiendo en él un buen resultado de vida. Logros, calor, la huella, el trabajo bien hecho, raíces que perduran y vivifican cuanto se ha tocado. Habrá que echarse un buen trago de vino negro para seguir andando  por todos los caminos. Cuanta falta haría volver a pedir paso y no ceder, no reblar. Las flores del compromiso, la libertad, la decencia, la dignidad, tan vivas.ETIQUETAS

Un cordón sanitario al fascismo y otras soluciones

  • Angela Merkel es inequívocamente antifascista e inequívocamente de derechas y llama nazis a los nazis. Aquí todo es jabón. La tolerancia española al fascismo es gravísima. Esta degeneración ética conduce además a tragar con muchas otras corrupciones

Rosa María Artal

Santiago Abascal, líder del partido ultraderechista Vox, alaba el franquismo, desprecia a los gobiernos elegidos democráticamente por la soberanía popular y los pilares básicos de la convivencia. Lo hace en el Congreso de los Diputados y ante las cámaras de la televisión pública, RTVE, y múltiples micrófonos y flashes de todos los medios a su alcance, salvo los que su partido veta o insulta porque le resultan incómodos. Esqueje de la planta del PP, forma parte de la deriva de la derecha española, de la propia sociedad que la sustenta.

Al Partido Popular se le están cayendo todas las caretas. La investigación judicial de la operación Kitchen, vinculada a la Gürtel y todo el abecedario de la corrupción, desnuda la terrible faz de la derecha en nuestro país. Sus entramados de poder incrustados en la gran pata de la justicia, y de los medios, y de la economía y de cuanto tiene capacidad de mover peso pesado. España, la única democracia edificada sobre el franquismo-fascismo invicto e impune, acarrea una profunda herida en su democracia y hasta en términos de estricta decencia.

El PP teme que toda la inmundicia que ha salido a la luz con más datos y al amparo judicial le pase factura y vuelva a perder a los votantes que le habían regresado de Vox. A este nivel andamos.

Al PP sí le pasó factura la corrupción por la que fue condenado. Pablo Casado ha perdido cinco elecciones desde que es presidente del partido, en favor de la ultraderecha declarada. Ésa que los medios fueron aupando porque daba audiencia con sus escandalosos titulares y, en muchos casos, porque no les supone problema ideológico y ético alguno. Volvamos a recordar que la repetición de los comicios en 2019, cuando el PSOE buscaba mayorías imposibles, sentó a Vox en el Congreso con 52 diputados, doblando su número en meses. Los que le permiten acciones potentes como presentar una moción de censura. Sin visos de salir adelante, sirve sin embargo como impagable propaganda. Y debemos empezar a prepararnos ante la avalancha publicitaria que los medios le van a prestar graciosamente para soltar sus descabellado ideario.

La democracia, en generosa aplicación de sus principios, permite la existencia de partidos que la combaten, pero al menos los países más serios establecen un cordón sanitario para evitar que se expanda. No hay obligación alguna de llamarles para que opinen de cuanto ocurre. Se les aplica el criterio de lo estrictamente indispensable vinculado a su presencia en las instituciones. Hay que diferenciar claramente lo que es información y lo que es publicidad y parece que el periodismo actual no lo tiene tan claro. De hecho, pocos ciudadanos parecen atisbar tampoco el peligro que los fascismos representan y el daño inmenso que le ha causado a España la permisividad con su presencia y legado.

Pongamos el caso de Alemania. Su partido neonazi, Alternativa por Alemania (AfD), está perdiendo apoyos. Conservadora y criada en la Alemania comunista, Angela Merkel se revuelve cada vez que la ultraderecha avanza en provocaciones. Porque sabe que es el problema. Unidos a los desorientados negacionistas del coronavirus, el 30 de agosto, unas 200 personas intentaron una toma simbólica del Parlamento alemán, el Reichstag, y las instituciones reaccionaron enérgicamente.

En febrero, Angela Merkel tumbó la elección del presidente de Turingia, el liberal Thomas Kemmerich (FDP) porque, además de los votos de su partido, la CDU, aceptó los de Alternativa por Alemania. Miles de personas protestaron en las calles desde Hamburgo a Múnich. La revista Der Spiegel definió lo ocurrido como un golpe que afectaba a la credibilidad del sistema democrático. “Incluso si el fantasma ha terminado por el momento, el daño sigue siendo inmenso”, escribió. Duele la comparación. En España, como sabemos, PP, Cs y Vox (quienes tildan de ilegales a los partidos de izquierda) pactan y gobiernan juntos sin problemas.

Angela Merkel es inequívocamente antifascista e inequívocamente de derechas y llama nazis a los nazis. Aquí todo es jabón. La tolerancia española al fascismo, en medios, votantes ultras o desinformados, políticos, incluido parte del PSOE, es gravísima. Esta degeneración ética conduce además a tragar con muchas otras corrupciones.

Y existen modos de afrontarlo. Se puede activar un cordón sanitario o siquiera los mecanismos de la información. Ni mucho menos soy la única que lo piensa. Inequívocamente antisfacistas e inequívocamente periodistas, Javier Valenzuela o Juan Tortosa lo ven de una forma similar.  “Salvo Hungría, en pocos países se otorga tanta cancha a los mensajes de la ultraderecha en los medios del Estado. Suponiendo que legalmente no hubiera otro remedio, que sí lo hay, al hacerlo ¿no se podrían apostillar desde el punto de vista profesional, las barbaridades que sueltan sin anestesia Olona, Monasterio, Smith o Espinosa de los Monteros cada vez que abren la boca? Tal que así, por ejemplo: ‘Miren ustedes, quien acaba de decir esta barbaridad representa un opción política que está contra las libertades, son racistas, se oponen al divorcio, al aborto y minimizan la violencia de género”, escribía Tortosa en mayo. Ése es el tema.

Aun los escollos más graves pueden tener solución, si se la busca. El magistrado emérito del Tribunal Supremo, José Antonio Martín Pallín, propone una reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial ante el bloqueo del PP. Ningún partido político puede justificar su negativa a renovar los órganos constitucionales, asegura, como parecería lógico en democracia. Y en limpieza ética. Por algún lado hay que romper ya el círculo que asfixia a esta sociedad. España necesita una derecha democrática y limpia, homologable, y no la tenemos. Alguien, entre ellos, debería haber parado ya esa ominosa paralización que, sobre el papel como poco, le favorece en sus asuntos procesales. Si el tronco es este PP y su escisión Vox, a quien cada vez se parece más, estamos apañados. A Ciudadanos no se le ve salir de lo que siempre fue por más que se insista.

La ilegalización del Partido Popular es impensable en esta maltrecha democracia, pero al menos alguno de sus socios y sus cómplices diversos deberían forzar un correctivo enérgico que aligerara tanta mugre. Los silencios de quienes deberían estar hablando son clamorosos.

*Publicado en ElDiario.es el 11 de septiembre de 2020

España no se puede permitir este PP

Rajoy con su ministro de Interior Fernández Díaz

Al Partido Popular le ha estallado la Kitchen en la cara. En principio, dado que cuenta con potentes pantallas de protección. Kitchen es una de las muchas tramas que el partido tiene en los juzgados por asuntos de corrupción, mordidas, sobres bajo mano u ocultación de pruebas. En esta pieza se investiga si se puede concluir que el PP llegó al extremo de espiar a su propio extesorero, Luis Bárcenas, que guardaba comprobantes de los hechos, montar una cloaca con recursos del Estado a este fin y, ya de paso, atacar con bulos a sus rivales políticos. Todo ello, sabido a través de los años, se deduce al levantar el juez el secreto del sumario de este caso: la cocina del PP.

Un país en el que se recrudece la pandemia de COVID y vive las consecuencias económicas, sociales y hasta anímicas que impone el virus no debería tener que soportar también el ‘Caso PP’ y sus derivaciones. El Partido Popular es el genuino representante de esa derecha corrupta que vivificó el franquismo y que, como decíamos hace unos días, sigue presente en España. No es una cuestión ideológica siquiera, hay abrumadoras pruebas de la anomalía que la derecha española supone en términos democráticos y de rigor ético. Es esa élite que reparte sus piezas por estamentos fundamentales del país para mantener el atado y bien atado de uno de sus principales referentes. Cuenta también con altos componentes de la derecha del PSOE, o de la que entendió que más vale “la pasta” que la ideología si alguna vez existió. Les estamos viendo a todos ellos y sus voceros moverse inquietos, firmando cartas de solidaridad conjunta, por si algo termina turbando la larga y en muchos casos rentable hegemonía de la que vienen disfrutando.

Hemos visto ya cómo Pablo Casado se niega a renovar el Consejo del Poder Judicial, caducado hace 2 años, en el que tiene mayoría de miembros cuando no le corresponde. El fraude democrático que supone y sus graves consecuencias. Pueden volver a recordarlo aquí porque es esencial saberlo. Sobre todo, ahora mismo, esos nombramientos de por vida en la Sala Segunda del Tribunal Supremo, por la que pasan todos los casos de corrupción. El diario de Francisco Marhuenda anuncia este martes –como en portavocía de esta derecha–  que el CGPJ “desafía el bloqueo” y seguirá con sus nombramientos. El bloqueo es del PP.

Y es que, con numerosos obstáculos, algunos de los múltiples y graves trapicheos del PP han ido llegando a los tribunales, a esos tribunales en los que han acabado situados jueces afines. Cierto que se producen sobreseimientos o sentencias exculpatorias que nos dejan “a cuadros”: desde el borrado de los discos de Bárcenas a la exculpación de Ana Botella de la venta de viviendas de protección oficial a un fondo buitre. Por citar algunos de una sonrojante lista. Pero otros son tan flagrantes o son movidos por tan tenaces denuncias que siguen su curso. Además se publican en medios informativos independientes aunque los suyos –hay que reseñar esa intolerable concomitancia– callan e incluso distraen la atención.

No descartemos que, como ocurre en organizaciones de este tipo, de vez en cuando le toque a alguno pagar por todos, como soltando lastre, para que la empresa siga funcionando. Los extremos de la trama son tantos y variados que escribirían un guion de éxito para una serie de cine negro, con trazos cutres añadidos, pero los hechos que prueba la investigación son reales y se han construido a costa de los españoles y aprovechando la confianza que unos cuantos millones de ellos depositan en el PP.

Así llegamos a Kitchen, el operativo parapolicial creado para sustraer documentos al extesorero Luis Bárcenas. Hemos corroborado –llevamos años hablando de esto– que hubo esa cloaca policial con tintes especialmente significativos: el teléfono del ex número dos de Interior revela que Fernández Díaz controló la operación de espionaje a Bárcenas. Los indicios hallados en la investigación sitúan al Gobierno de Rajoy al frente de la llamada “policía política” que también desarrolló la Operación Catalunya y las maniobras contra Podemos. Ese número dos, Francisco Martínez, se fue a un notario para dejar pruebas de las órdenes recibidas temiéndose lo peor. Los mensajes entre Fernández Díaz y su número dos apuntan a la implicación del CNI en el espionaje a Bárcenas. El Centro Nacional de Inteligencia estaba en aquella época bajo el control activo de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. El juez atribuye el espionaje a Bárcenas a “órganos superiores” del Estado que querían recuperar “material comprometedor” para dirigentes del PP

La Fiscalía Anticorrupción, por su parte, vincula además a la exsecretaria general del PP Dolores de Cospedal y a su marido, el empresario Ignacio López del Hierro, por la “documentación comprometedora” que Bárcenas tendría sobre ella. Igual colea, por ejemplo, aquel viejo asunto de las basuras de Toledo. El ex tesorero del PP aportó un recibo firmado por el gerente del PP de CastillaLa Mancha por importe de 200.000 euros que, según él, constituía la comisión por adjudicar este servicio a la empresa donante. Una ganga: el contrato por varios años ascendía a 43 millones de euros. Tres jueces de Toledo archivaron, en 2019, el caso de la mordida sin mencionar siquiera a Cospedal. Por cierto, todo esto y más lo contamos ya hace años. La auténtica historia del Caso BárcenasPP. En 2013 y ahí seguimos con la perdiz mareada y la ironía transmutada en rabia y desolación.

Bárcenas, el primero en ser abandonado por la cúpula pese al “Sé fuerte, hacemos lo que podemos” de Mariano Rajoy en ese 2013 ya, jugó sus cartas. Martínez, el 2 de Fernández Díaz, “el juguete roto”, lo ha hecho mucho peor. Fue a un notario a registrar sus pruebas pero en ellas desliza peticiones de ayuda bajo mano que guiaron la investigación judicial a terrenos bastante resbaladizos. Así llegamos a un helador “lo sé, lo sé”, del mismísimo presidente de la Audiencia Nacional, José Ramón Navarro en conversación con Martínez. Lean a Ignacio Escolar.

El juez que instruye este caso es García-Castellón, el mismo que persigue férreamente a Podemos por la tarjeta robada a su colaboradora Dina Bousselham, convirtiendo en sospechosos de culpabilidad a las víctimas. El que se vino a España para trabajar más y cobrar menos. A ver cómo acaba esto.

El caso Kitchen, empleando medios del Estado para una labor de encubrimiento, las prácticas continuadas o el uso del bloqueo en la renovación del Poder Judicial implicarían en un país verdaderamente serio y democrático una revisión total del partido que lo practica. Incluso una refundación tan regeneradora como puedan. Pablo Casado ha sacado el manual y ha dicho: “En esos años yo no tenía responsabilidad en el PP”. En 2007 ya era diputado de la Asamblea de Madrid y nada en su gestión ha borrado el pecado original de su Máster. Su PP es el PP de siempre, como poco. De la quema no se salva ni la hipevalorada Ana Pastor, mano derecha de Rajoy y del equipo directivo de Casado, quien este martes se despachaba con un alegato casi agónico en TVE. Pocas cosas definen mejor este momento del partido y su papel. España no se puede permitir un PP en el estado que hoy se encuentra, y en el papel de distracción torticera que de continuo ejerce entorpeciendo la vida política.https://platform.twitter.com/embed/index.html?dnt=false&embedId=twitter-widget-0&frame=false&hideCard=false&hideThread=false&id=1303234078456582144&lang=es&origin=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es%2Fopinion%2Fzona-critica%2Fespana-no-permitir-pp_129_6208173.html&theme=light&widgetsVersion=ed20a2b%3A1601588405575&width=550px

Lo peor es que esta derecha, sus negocios e intereses más bien, son como una orquesta en la que cada cual tiene su papel. Unos, presuntamente, roban o malversan, otros encubren, otros disuaden con tono amable, otros enchufan el ventilador del fango, otros crean dossieres contra sus adversarios, otros difunden los bulos dejándose la dignidad en las tertulias, otros hacen sonar insistentemente el metal de los trombones para tapar el ruido de su inmundicia. Demasiados implicados. Demoledora sensación de impunidad y por tanto de impotencia pese a los avances judiciales.

Pero lo que realmente cabe preguntarse –muchos ciudadanos lo hacemos– es lo que piensan los votantes que otorgan su confianza al PP para que haga lo que hace. Nos hace a todos, a esa España a la que dicen amar. Durante años. La ignorancia no cabe ya, a este nivel no cuela. La gota malaya de sus medios afines no puede filtrarse completa en cerebros medianamente despiertos. En los votantes de la desnortada ultraderecha pura, puede ser. Pero cuesta creer que conservadores honrados avalen lo que hace el PP.  Y que se sientan cómodo confundidos en sus practicas. Nos jugamos mucho, un gran número de personas han perdido ya demasiado.

Si esta derecha española es como es se debe a la historia de impunidad en este país, fruto de corrupciones concatenadas que nunca se terminan de resolver. Pero si esa derecha está ahí, en las instituciones, es por ellos, por los ciudadanos de a pie que le prestan su apoyo.

*Publicado en ElDiarioes 8 de Septiembre de 2020

España ¿una democracia tutelada aún?

  • Dos listados de firmas de apoyo –una a Juan Carlos de Borbón y otra a Rodolfo Martín Villa- nos devuelven a esa imagen de la democracia tutelada con la que nació la Constitución del 78. Es sobrecogedor constatarlo cuatro décadas después

4 de septiembre de 2020 22:01h 

España vive hoy, todavía, las consecuencias de la impunidad del franquismo. De la dictadura en sí. De esa historia que se fue arrastrando con la democracia suprimida durante largos periodos sin que nunca sus autores rindieran cuentas. Los muertos del franquismo, y de la Transición que iba a cerrarlo, se revuelven en sus armarios, ya no pueden taparlos más. El problema no era –como decían- abrir heridas, sino dejarlas sin limpiar. No nos faltó más que la hegemonía sobrevenida de la banalidad. 

Dos listados de firmas de apoyo –una a Juan Carlos de Borbón y otra al ex ministro franquista Rodolfo Martín Villa- nos devuelven a esa imagen de la democracia tutelada con la que nació la Constitución del 78. Y es sobrecogedor constatarlo cuatro décadas después. Más de 70 altos cargos de distintas épocas han puesto su firma para avalar las andanzas del anterior jefe del Estado. Pedían respetar su presunción de inocencia y “su legado”. La presunción de inocencia la dejó en nada su propio hijo, el actual rey Felipe VI, y él mismo al huir a Emiratos Árabes. Algo que conocen perfectamente los firmantes. Lo grave es la manga ancha con la que admiten su escandalosa conducta por su labor “en beneficio de la democracia”. Como si fuera una dádiva y no una obligación y como si pudiera justificar y tapar cualquier atropello.

Lo mismo ha sucedido con Rodolfo Martín Villa. Como informó en primicia Olga Rodríguez en ElDiario.es, los cuatro expresidentes vivos, González, Aznar, Zapatero y Rajoy, el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell y antiguos líderes de los sindicatos, entre otros, han escrito a la jueza María Servini de Cubría en apoyo del exministro franquista, el único imputado en la querella argentina dispuesto a declarar. El único, otro dato para anotar en el retrato de nuestra democracia.

Todas las investigaciones sobre los crímenes del franquismo –y aun de la Transición- han sido boicoteadas en España. Responsables de asesinatos y flagrantes torturas fueron recibiendo el amparo del Estado español. Un listado que merece la pena recordar. El intento de Baltasar Garzón, que osó además simultanearlo con la investigación de la Gürtel del PP, acabó con el magistrado condenado y fuera de la carrera judicial. Luego se puso en marcha la querella desde Argentina. En aplicación del principio de justicia universal. Como una conquista de quienes no se conforman con la impunidad. Martín Villa ha de responder por “delitos de homicidio agravado” en un contexto de crímenes de lesa humanidad por sucesos como los de los Sanfermines de 1978 o la masacre de Vitoria el 3 de marzo de 1976.

La carta de José Luis Rodríguez Zapatero ha sido una de las más chirriantes. Lo entrevistó también Olga Rodríguez. Ante las insistentes preguntas, Zapatero argumentó: “Sin haberlo vivido no es posible un juicio objetivo”. Josep Borrell, jefe de la Diplomacia Europea nada menos, lamenta incluso que Martín Villa quiera declarar y dice a Servini de Cubría que el exministro fue “figura clave en la política que hizo posible la democracia española”. Los abogados de la querella argentina aclaran que “la causa que imputa a Martín Villa juzga crímenes, no es un asunto político, es judicial”. Y hacen constar esa presión que los firmantes han querido ejercer sobre la jueza Servini de Cubría, que no solicitó sus opiniones.

Cualquier persona honesta y demócrata se pregunta cuál es el contexto que permite usar el cargo de Jefe del Estado para hacerse con una inmensa fortuna y ocultarla hasta de sus obligaciones fiscales. Cualquier persona honesta y demócrata se pregunta también qué contexto justifica, entre otros crímenes, entrar con pistolas y metralletas, disparando fuego real, a sacar manifestantes de una Iglesia en Vitoria, con el balance de 5 muertos y 150 heridos. CCOO lo contaba así en 2016. Antonio Gutiérrez, exsecretario general del sindicato, también ha apoyado a Martín Villa, incluso dándole las gracias. Él fue torturado por Antonio Tejero, dice, y exime a Martín Villa de los delitos por los que es investigado.

Quien gritó “la calle es mía” fue el entonces Ministro del Interior y luego fundador de Alianza Popular, hoy Partido Popular, Manuel Fraga Iribarne. Martín Villa era ministro de Relaciones Sindicales en un momento en el que los sindicatos no habían sido aún legalizados. Luego ocuparía la cartera de Interior y otros muchos cargos.

Aquella terrible noche de marzo de 1976 alguien captó y difundió en reducidos círculos las grabaciones de la policía, con las órdenes de entrar y sacar a los manifestantes de la forma que fuera. Igual están aún en esos arcones con secretos oficiales que ocultan. Empezábamos en periodismo, a casi inventarlo muy jóvenes y tras la cerrada censura; en democracia también. Con estos mimbres. Llegado Juan Carlos de Borbón a la jefatura del Estado, por designación de Franco, fue cubierto desde el principio de una protectora campana de silencio. Cualquier roce parecía fuera a romper la frágil democracia sacada con fórceps y con la fuerza de la lógica a los vencedores de la guerra. 

Con su leyes de impunidad. El eurodiputado Miguel Urban recuerda cómo el filósofo Jon Elster en un estudio comparado, afirmó  que “el caso español es único dentro de las transiciones a la democracia por el hecho de que hubo una decisión deliberada y consensuada de evitar la justicia transicional”. Y lo siguen haciendo, eso es lo más aterrador.

De esta forma, se ha permitido que poderosas élites del franquismo y su secuelas sigan presentes en la España de 2020 incluso. En la justicia, sin lugar a dudas. En las estructuras empresariales –hace poco llamaron “emprendedores de posguerra” a quienes se lucraron del franquismo-, en los amaños que compran, venden, fusionan o regalan desde bancos a la salud. En los medios de comunicación. En cuanto ha hecho posible la insufrible tolerancia a la ultraderecha que vivimos ahora como uno de los mayores peligros que nos acechan. No hace falta raspar mucho para ver la decisiva influencia de todo ese entramado en muchas de las grandes carencias y fallos estructurales de la España actual. Todo esto es lo que pagamos con las leyes de impunidad establecidas en el 78. Argentina también blindó su dictadura con las “Leyes de Punto final”, pero terminaron siendo abolidas y juzgados y condenados sus responsables. Chile, no. Aunque Baltasar Garzón confinó allí a Pinochet gracias a la justicia universal. España, no.

Y así vivimos fraudes democráticos como los que Ignacio Escolar detallaba aquí en la justicia. Con gravísimas consecuencias. Un Partido Popular que se niega a renovar la cúpula del Poder Judicial que “permite nombrar a jueces de por vida en el Tribunal Supremo”. Y que “un Poder Judicial en funciones, con el mandato vencido, siga ascendiendo a jueces en nombre de una soberanía popular que caducó”. Y con maniobras de fuerte repercusión: “Hay tres nombramientos que están al caer y que preocupan enormemente al Partido Popular. Tres plazas en la Sala Segunda del Tribunal Supremo, por la que pasan todos los casos de corrupción, la que decidirá todas las denuncias contra el Gobierno por la pandemia, la que juzgaría –si es que ese milagro ocurre– al rey emérito por corrupción”, escribe Escolar. Y mucho más. Con la cuidada selección previa, vemos a jueces y fiscales que más parecen arietes de una cruzada.

Los muertos del armario no son siquiera del pasado. Esas obscenas cartas son alimento para que pervivan en perenne intoxicación de la vida de los españoles. Parecen advertir que la democracia que nació tutelada por todo el aparato del franquismo y sus derivados corruptos, lo sigue estando. ¿Qué quieren ocultar con tanto ahínco y por tan largo tiempo? ¿Qué más de lo que por las evidencias y consecuencias se ve? Sea lo que sea, lo que no pueden es seguir cargando a la sociedad española del siglo XXI con sus miserias. O sí pueden, de hecho. Evidentemente se les deja hacerlo. Una vez más.

*Publicado en ElDiario.es

Vuelven con renovadas energías a entorpecernos la vida


Decían que la pandemia nos haría mejores pero se cumple el pronóstico que se avistaba: ha extremado lo más positivo y lo más negativo de cuanto somos y tenemos. En paralelo, el verano ha renovado fuerzas a unos y se las ha ido agotando a otros. Temor en los profesionales de la sanidad y de la enseñanza, en padres y madres, en muchos ciudadanos. El panorama es serio y nos seguimos encontrando con quien facilita el trabajo y quien lo entorpece causando estragos. A conciencia o por pura estupidez. En medio, todos los matices del gris que llevan del blanco al negro.

Vuelven con renovadas energías quienes desde los púlpitos mediáticos tienen la histórica -y seguramente lucrativa- tarea de acabar con el gobierno de coalición. La política publicada es una tediosa repetición de lo mismo. El PP estrena portavoz en un Martínez Almeida que simultanea el cargo con la alcaldía de Madrid, nada menos. El PP “no puede pactar los presupuestos” con “los socios” del PSOE. Casado no irá a la reunión con Sánchez “para hacerse la foto” ni para hacer “cortinas de humo”, ni dar “un cheque en blanco”.

Y mientras Sánchez corteja a la derecha aliada de Vox en gobiernos locales en busca de apoyos, Inés Arrimadas agita a sus escuetos 10 diputados y sus escasos cargos públicos para decir sin sombra de disimulo lo que quiere, lo que quiere el poder que no se presenta a las urnas. Hay en juego una lluvia de millones ¿recuerdan? 140.000 millones, de los cuales 72.000 millones serán ayudas a fondo perdido. La UE los condiciona a ser invertidos en sanidad, transición ecológica, digitalización, movilidad sostenible, desarrollo de la economía de cuidados. A transformar el modelo productivo. El jugoso monto de euros no puede dejarse en manos de la izquierda, concluye Arrimadas.https://platform.twitter.com/embed/index.html?dnt=false&embedId=twitter-widget-0&frame=false&hideCard=false&hideThread=false&id=1297915339964141571&lang=es&origin=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es%2Fopinion%2Fzona-critica%2Fvuelven-renovadas-energias-entorpecernos-vida_129_6193935.html&theme=light&widgetsVersion=ed20a2b%3A1601588405575&width=550px

Otros muchos no vuelven porque no se han ido. No se han ido de sus preocupaciones precisamente. La incertidumbre nos ha acompañado en este extraño verano. Y aquí estamos con los contagios de coronavirus que vuelven a crecer y con un temor al futuro económico que en muchos casos llega al nivel de supervivencia. Autónomos y sectores más fuertemente dañados no saben cómo sobrevivir si esto se prolonga. Y lleva visos de hacerlo, por supuesto. Igual sí se puede lograr una recuperación con esa inyección de Bruselas empleada con criterio y en beneficio del bien común. Las pautas marcadas son alentadoras, cambiar el modelo productivo, ya está bien de fiarlo todo y solo al turismo y al ladrillo. Y hay que volver a frenar la curva de los contagios.

Ante los problemas caben distintas soluciones que van desde afrontarlos -aunque sea incierto el resultado- a negar una realidad molesta. Y hay cola para apuntarse a esta segunda opción. Algunos simplemente, en su infantilidad, se han cansado del virus y pasan de tenerlo en cuenta. Otros buscan complots en el origen y hasta en las soluciones. Las plagas medievales se adjudicaban directamente a Dios como castigos a los pecadores, poco había que reclamar ahí por tanto. Ahora se inventan conspiraciones inverosímiles para explicarse lo que no entienden. La pandemia de la idiocia –que venía siendo alimentada con gran dedicación- ha crecido tan exponencialmente como el propio COVID-19. Caldo de cultivo de la impunidad, sufrimos sus resultados como aplastante bocanada de fuego.

Y no es que la realidad no ofrezca motivos de preocupación.  Es absolutamente inaudito que Isabel Díaz Ayuso siga siendo presidenta de la Comunidad de Madrid. El meritorio trabajo de algunos compañeros periodistas culminaba el 22 de agosto con este demoledor informe de Manuel Rico en Infolibre: “El Gobierno Ayuso no ejecutó ninguna de las tres alternativas que tenía ante el colapso de la red pública de hospitales: ni trasladó a los mayores enfermos al Ifema, ni usó la red hospitalaria privada para atenderlos, ni medicalizó las residencias. Con ordenes y protocoles firmados”. El 7 de abril de 2020, murieron 913 ancianos en las residencias de Madrid. En 24 horas. Y no ha pasado nada. Hay denuncias varias, pero Ayuso sigue haciendo declaraciones como si no fuera con ella. Ni de esto, ni del aumento de los contagios que de nuevo van situando a Madrid en cabeza de España y de Europa. Dice Ayuso que es injusto “el ensañamiento” de Fernando Simón con Madrid, al advertir que es “una zona de alto riesgo” por la proporción de contagios y hospitalizaciones.

El problema se extiende cuando el consejero de Transportes de Madrid asegura que “ya no rige el principio de distancia de seguridad en el Metro”. Es mucho más barato que poner más trenes y más conductores. En principio, ni mucho menos a la larga.

Cuesta entender que un país conviva con esta gestión que cabe calificar como poco de desalmada. Ocurre gracias a la complicidad de la que goza Isabel Díaz Ayuso. Ignacio Aguado, su vicepresidente, de los mismos Ciudadanos que Arrimadas, también anda preocupado por la distribución del dinero de Bruselas y encantado de conocerse en el resto. Los voceros de los medios audiovisuales son venerados por su “menudo repaso” (al gobierno progresista) que triunfa en el circo mediático. Sobre las vidas de miles de personas. Ya ni disimulan. Hay que echar a Podemos del Gobierno. Incluso se asombran de no haberlo conseguido todavía. ¿No lo dicen todos ellos día sí, día no?

La pandemia sigue. Y no es una gripe. Sus muertos, las secuelas de algunos contagiados supervivientes, no son un invento. Sin duda, la incidencia de muertes baja porque la primera oleada se llevó a los más vulnerables, fundamentalmente por el colapso sanitario labrado en recortes previos. España y otros países abrieron un respiro en verano en aras de “la economía”. Igual era mejor perder un verano para ganar muchos más. Pero es cierto que no se puede detener la actividad por los otros riesgos que conlleva. Las medidas esenciales de contención pasan por la distancia de seguridad en los transportes públicos, en todos, diga lo que diga el consejero de Ayuso. Los colegios exigen extremar esa separación. Más aulas, más profesores. Más ayudas a los padres. Y cuesta dinero que los gobiernos neoliberales no están dispuestos a pagar. Hay precios, en salud, muy difíciles de costear para las familias conscientes.

Es imprescindible reforzar la Sanidad Pública. Que vuelva a funcionar la Atención Primaria a pleno rendimiento, que no lo hace. Es necesario poder acudir al centro médico ante una enfermedad, no a urgencias como si durante meses se estuviera en festivo. Y prestar la atención que antes tenían las patologías crónicas. Indaguen cuántas espirometrías respiratorias de control se están haciendo. Vayan pensando en reforzar el cuidado de la salud mental. Aliviar a los sanitarios agobiados por la sobrecarga de trabajo y dotarles de más medios para agilizarlo. Todo cuesta dinero. Lo hay. Es imprescindible dedicarlo a lo que necesitamos y no van por ahí las directrices de gobiernos autónomos y de partidos ultraliberales.

Y los ancianos. Vuelven a pensar en restringir las visitas a las residencias. Para protegerles. ¿De quién? ¿De las miradas? Otro informe demoledor, éste de Médicos Sin Fronteras, describe las brutalidades sufridas. “Golpeaban las puertas y suplicaban por salir”, dicen. Y allí siguieron… hasta la muerte. Por miles.  ¿Han pensado en cómo se sienten los mayores ahora ante el trato recibido por toda una generación? ¿Cómo es posible que no sea un clamor lo ocurrido?

Se habla ya de “el curso más difícil de nuestras vidas”. Así debe ser cuando no se tiene mucho vivido o no se han asumido las dificultades de la propia existencia. Pero el momento es complicado y no se pueden volver a repetir los errores.  Regresar a lo mismo, a las palabras huecas, a las negociaciones que ponen por encima de los ciudadanos los intereses de siempre de los de siempre, a la impunidad de los infractores, a los corifeos mediáticos que avalan conductas hasta posiblemente delictivas, es desolador. Por todo el dolor que pasamos, los abrazos que no dimos, las esperanzas que mantenemos, disipen esta niebla, que no hay derecho al daño con el que nos sobrecargan en una pandemia tan devastadora de nuestras costumbre como el coronavirus.ETIQUETAS

Por qué ahora


Vuelta a empezar. El PP hace como que gira al centro por si alguien todavía cree en los Reyes Magos. Arrecia a niveles desorbitados la guerra sucia contra Podemos. El PSOE calla hasta este mismo martes o se pronunciaba en sus voces más conservadoras. ¿Por qué ahora? ¿Por qué otra vez? Altas y bajas presiones confluyen para una nueva tormenta perfecta. Y en esta ocasión con una pandemia añadida que se reactiva al punto de contagiar en tres días a más de 16.000 personas. Siempre es la bolsa o la vida. Siempre es la bolsa, mientras los ciudadanos no tomen conciencia real de lo que se juegan, algo de lo que se ha disuadido a conciencia.

Dos años y cinco derrotas electorales después –como recordaba Ignacio Escolar– Pablo Casado gira al centro o dice que lo hace, fulminando a su portavoz Cayetana Álvarez de Toledo. Así lo cuenta, textualmente, la prensa afín. Ella, plena de soberbia, comparece ante los periodistas como si fuera algo más que una pieza del engranaje que hoy la desecha. Llegan a escribir que ha sido por cuestionar la autoridad de Casado. O de quien mueve sus hilos. Debería ir pensando el hoy presidente del PP, por cierto, en abrir el paracaídas porque él está también en la rampa de salida.

Ahora es oportuna la moderación. El plantel da para poco. Tanto es así que el PP asciende a los altares al alcalde de Madrid, Martínez Almeida, que llegó por casualidad, para no desgastar a otro candidato ante el presumible triunfo de Manuela Carmena. Es el mismo que mandó retirar la placa del Memorial del cementerio de La Almudena, rota a martillazos, que recordaba a las víctimas del franquismo en la Guerra Civil. En la pandemia se ha comportado con sensatez y eso es de nota en el erial humano del partido a tenor de lo que demuestran. De paso, se relega a Díaz Ayuso, a la que no caben ya más pufos. Aunque buena parte de los medios miren para otro lado, a costa de altos riesgos para la ciudadanía, la realidad de su gestión y sus mentiras emerge en datos.

Quienes mueven los hilos hasta de las tormentas tienen en mente dos asuntos de calado: salvar a los Borbones de su propio fiasco –que navega en su mismo barco- y repartir la lluvia de millones que llega de la UE para la reconstrucción. Los buenos estrategas saben que en asuntos de envergadura no existen las casualidades. Y se monta un nuevo tinglado contra Podemos. Se sostiene en rumores que ha oído un ex abogado despedido que destroza el principio del secreto profesional, ya de entrada. Y un juez organiza la investigación. A largo plazo, a empezar a declarar el 20N casualmente. Y el brazo mediático sacude a diario como embarcados en un proyecto común que distribuye las funciones. Y haciéndolo pasar por tema principal en España. Incluso más allá de la huida del rey emérito, de su asentamiento en Emiratos Árabes, monarquía absolutista que se distingue por las graves violaciones a los Derechos Humanos, que pena hasta con diez años de cárcel a los homosexuales, nula libertad de expresión y a la que se aguanta todo por intereses económicos. Pero Juan Carlos de Borbón está en un oasis veraniego. Así se ha escrito, a eso llegan.

Una  voz suena en la Cadena SER. Suena a PP o magistratura añeja. Es el ministro de Justicia del gobierno progresista. Juan Carlos Campo apoya al juez que encausa a miembros de Podemos, y a Juan Carlos y a la monarquía. La mayoría del gobierno y del PSOE en pleno había guardado silencio. Hasta por el acoso continuado durante semanas que sufre el vicepresidente Pablo Iglesias y la ministra de Igualdad Irene Montero, junto a sus tres hijos de corta edad, en su casa de Galapagar cuya dirección tuvo a bien facilitar un destacado miembro de la cloaca mediática. Nada que ver con escraches reivindicativos y puntuales que distintas personas –no el entonces inexistente Podemos-  organizaron tiempo atrás y que se saldaron con condenas y multas. Por fin, tanto el presidente Sánchez Castejón como el ministro José Luis Ábalos han condenado este hostigamiento por motivos ideológicos. Pero no basta, hay que tomar medidas contundentes. En bien de todos.

Se demuestra cuando no pueden ni viajar. La persecución y amenazas sufridas en Felguera, Asturias, que les obligan a suspender la estancia, está evidenciando un problema de enorme gravedad. Se extiende incluso a los establecimientos en donde pretendían comer. ¿Qué les ha hecho Podemos a los fascistas de la zona? ¿Gobernar sin olvidarse de los más desfavorecidos? Demasiada permisividad. Los ministros que podrían ser competentes para acabar con la situación, Interior y Justicia, no han movido un dedo hasta ahora.

Lena, la comarca en la que se ubica Felguera, vota izquierda masivamente. Algo más ocurre. El periodista asturiano Pedro Vallín llega a una conclusión demoledora: “En otro momento, en esa cuenca a los nazis no los habría reducido la poli, sino la población.” Ha habido un extraordinario y descomunal trabajo previo para meter en cabezas huecas y turbias los mensajes.

Se va cerrando el círculo. Aquél que adocena y desarma a la sociedad desde hace tres décadas. Las mismas siempre, cuando cayeron los muros, y se expandió la frivolidad y el afán desmedido lucro. Y se privatizaba todo, la sanidad, la educación y hasta la información. Y los medios de masas vendían y venden masivamente el mensaje. Y una pandemia que nos ata y nos mata no hace sino erigir otra muralla más. Y una crisis económica que deja insoportables víctimas en el camino si no se actúa y aun así.

Una lluvia de millones, 140.000 millones, de los cuales 72.000 millones serán ayudas a fondo perdido. La UE los condiciona a ser invertidos en sanidad, transición ecológica, digitalización, movilidad sostenible, desarrollo de la economía de cuidados. A transformar el modelo productivo que, volcado en el turismo y el ladrillo, nos ha dejado en cueros con la pandemia. Son miles de millones ¿cómo los va a gestionar un gobierno progresista con Unidas Podemos dentro? ¿No serviría mejor a los intereses de quienes siempre han contado más que el común de los mortales un gobierno de concentración? Hay que seguir fomentando lo que llaman la “colaboración público-privada”. Algunas empresas lo mismo fabrican infraestructuras, que surten de comida a guarderías, que se ocupan del servicio de ambulancias en la sanidad pública. Hay que seguir en la senda de primar el interés de los ciudadanos. Es un momento muy grave a superar pensando en el bien común. Álvarez de Toledo llegó a hablar, sin sonrojo, de un gobierno de “concentración moral” que incluía al PP y que gustaba del ala más conservadora del PSOE. Estas cosas se deciden en los despachos con mucho más provecho que en las urnas. Los gobiernos, sus objetivos.

Las urnas. Dos años y cinco convocatorias electorales y ni el PP ni el PSOE lograron mayoría absoluta. La última repetición electoral elevó la presencia de la ultraderecha oficial, Vox, a 52 escaños, desde los 24 que una concentración democrática del voto, esta sí, redujo sus expectativas en abril de 2019. Desde noviembre del mismo año, son los suficientes ya para poder presentar una moción de censura propagandística. Siguen gozando de un apoyo mediático desorbitado. Los tres millones y pico de seres que les votaron y los fascistas, antimascarillas, terraplanistas, que han crecido en su magma, campan con absoluta impunidad. Véase los acosos. Confundirlos con libertad de expresión no puede ser dicho en serio. Ni mucho menos cuando se siguen penando las críticas a Juan Carlos de Borbón.

Ciudadanos, al que apelan, no da de sí con sus 10 diputados. No se cuenta demasiado que Ignacio Aguado secunda de tal forma a Díaz Ayuso que impide hasta plenos extraordinarios para intentar aclarar lo que ocurre con la preocupante gestión de la sanidad y los geriátricos de Madrid y de otras comunidades donde hace posible los gobiernos la triple derecha. Eso apenas llega a las portadas ni a las tertulias. Los negocios van por otro lado. Es mucha tela.

Cayetana Álvarez de Toledo no sabía, en su engolamiento, cuál era su papel a pesar de las pistas que le dio la foto goyesca tras los graves insultos que dedicó al padre de Pablo Iglesias, para no variar. Casado y García Egea puede que tengan más claro lo que pueden aprovechar en su tiempo de gestión. Calvente no será contratado como abogado por nadie con criterio. En ese grupo que navega en los barcos bribones las puertas giratorias funcionan mejor. Desde Soraya Sáenz de Santamaría a Pepe Blanco, los ejemplos se multiplican.

Preocupante momento mientras fuerzan el encaje de las piezas que nunca encajaron y, por el contrario, cada vez chirrían más en los ajustes. Otra vez en la rueda. Con el aumento de contagios de coronavirus y el curso que se echa encima. Es momento de aclarar cuáles son los planes. Y parar de una vez el ascenso fascista que crece en la tibieza. Lo de lograr una ciudadanía plena y responsable parece ser incluso más complicado.

Publicado en Eldiario.es 18 de agosto

Entre esos seres y yo hay algo personal

EFE

11 de agosto de 2020 22:05h 

Y vuelta a lo mismo. Un juez de los muy característicos en España, Juan José Escalonilla, se lanza a imputar a destacados colaboradores de Podemos, por la denuncia de un abogado de la formación que fue despedido, José Manuel Calvente. Es el mismo juez que, por dos veces, archivó las graves amenazas vertidas en un chat policial contra la entonces alcaldesa de Madrid Manuela Carmena, y que aceptó a Vox como acusación contra Unidas Podemos y sin fianza. Le han desaparecido 2,40 horas de la declaración del denunciante. Solo ha entregado, por tanto, a la defensa 40 minutos. No han guardado tampoco transcripción. Según Unidas Podemos –que pide el archivo de las diligencias- “no hay otro indicio material que las sospechas que dice tener su antiguo abogado”. Un prestigioso letrado, Gonzalo Boye, destaca, además, que los abogados no deben declarar sobre aquello que han conocido en su ejercicio profesional. Y en este caso, el juez le da vía libre sin respetar ni el secreto profesional.

De tantas veces como han ocurrido acciones similares (recordemos el famoso informe P.I.S.A, chapuza manifiesta de las cloacas que, como el resto de las querellas, fueron rechazadas por la Audiencia Nacional y el Supremo) ya resulta hasta tedioso, salvo para sus víctimas. Y sus víctimas no son solo los imputados directamente, sino la justicia, la verdad, el periodismo que come y distribuye basura, y hasta la democracia. Vivimos un extraño y horrible verano de un año trágico y convulso. Los problemas reales son enormes. Estamos sobrecogidos por el rebrote de los contagios de coronavirus, por la estupidez de los negacionistas e infractores, por la imprevisión de algunas administraciones y hay que elevar a categoría noticiable otra vez a Podemos, lo que huele a maniobra desde lejos. A ese intento reiterado de convencer al votante menos exigente con su criterio de que “todos los políticos son iguales” y se puede votar tranquilamente a los probadamente corruptos de derechas.

Otra vez las residencias de ancianos en peligro. Sin haber aprendido nada de la masacre que se los llevó por miles, sin que nadie le ponga coto con firmeza. Otra vez la falta de personal sanitario en algunas comunidades. Otra vez el Madrid de Ayuso. Esos rastreadores que previó, que no preparó, que contrata ahora a una empresa privada porque no tiene ya tiempo de instruirlos, esa empresa que buscaba rastreadores el miércoles mismo. El resumen de Aimar Bretos en Hora 25 de la Cadena SER, en 11 minutos, supone un devastador diagnóstico de lo que sucede en la Sanidad de Madrid en manos de Díaz Ayuso e Ignacio Aguado. Y ahí siguen.

Y, en estas, surge una alerta preocupante: el hospital 12 de Octubre de Madrid suspende operaciones con ingreso ante el repunte del coronavirus, según confirma la Consejería de Sanidad a El Mundo, que le llama ahora a esto “plan de elasticidad”. Todavía no estaba funcionando a pleno rendimiento la Atención Primaria. Tenemos encima el inicio del Curso Escolar, a cargo también de las Comunidades autónomas, en incertidumbre realmente preocupante. Al rey emérito en paradero desconocido entre impúdicas loas, creciente irritación ciudadana y vergonzante descrédito internacional.

En Líbano la corrupción era mayor que el Estado, explican, y el otro día estalló por los aires como en una metáfora. Destruyendo vidas, casas, negocios y futuro. La ira popular, lógica, ha echado al gobierno, pero cuando se deja pudrir de tal manera los cimientos de los países que ya sabemos, o de los trozos de país como se presume por evidencias este nuestro Madrid, ya poco remedio tiene.

Y ahí están con la matraca de Podemos, con los “ojo” disparados sin datos, circunstancias y antecedentes. Separando mundos sobre todo. Entre decencia e indecencia, muchas veces. Llega un punto en el que se confirma muy difícil cambiar las cosas cuando tanta gente rema en contra y tanta otra no sabe ni lo que necesita en su limbo y su derrota.

En este extraño tiempo nos comunicamos más de lo habitual aunque parezca mentira. Y hay mucho odio que expulsar pero también grandes ideas y emociones que nutren anemias sobrevenidas. Así llegó, de la mano de Marta Ávila, un monólogo del cantautor italiano Giorgio Gaber que, al explicar lo que era en tiempos “ser comunista”, venía a describir esa diferencia radical entre quienes, siéndolo o no -no en mi caso nunca-, creíamos en otro mundo posible y los que no. Y ya da igual que todos esos seres que viven y se alimentan en las cloacas se vean arrastrados por cualquiera de las corrientes que han abrazado. Y que se atreven a escribir sobre una izquierda y sus valores en crisis que ni en sus más remotos pensamientos limpios han conocido. Ésos para quienes ser demócrata ya es considerado una posición de extrema izquierda. Lo que queda de todo ese ideal profundo es lo que nos sostiene. Lo que pensamos y seguimos pensando al margen de cualquier etiqueta.

Lo que somos, creemos con fundamento y sentimos. Que podríamos estar vivos y felices solo si también lo estaban los demás. Que sentimos la necesidad de un empujón hacia algo nuevo siempre, por mucho que hayamos vivido. Que seguimos dispuestos a volar, a soñar, a ver de cambiar lo torcido aún. Porque con esa fuerza cada uno es más uno mismo. Con conocimiento, con realismo y razón. Lo que jamás llegarán a entender todos esos otros seres tóxicos o evanescentes a su sombra. Los enemigos de nuestra estabilidad. Y ya da igual lo que hagan y bramen. Y es que entre esos seres y nosotros hay algo personal.ETIQUETAS

“¿Qué le parece lo que le están haciendo al rey por culpa de Pablo Iglesias?”

Para llegar a esa pregunta que formulaba, sin sonrojo, este martes por la mañana una mujer en las calles de Santiago de Compostela, han de confluir precisos factores y todos ellos se dan en esta desgraciada España. Ella no es la única, voces en las emisoras de radio no han parado de diseminar ese mensaje en compás con otros medios. Lograr ocultar y dar la vuelta incluso a la escandalosa conducta del que fuera rey de nuestro país, Juan Carlos de Borbón, es una obra maestra de la ingeniería de la manipulación y la ocultación. Y comulgar con el robo y la corrupción se ha revelado como una cuestión ideológica que la confirma como seña de identidad de la derecha. Afortunadamente, no todos muerden el anzuelo, pero solo con quienes lo tragan ya tenemos suficiente tragedia.

Y en la cúspide, él. Se va, dice. Por su voluntad y sin dar la cara ante la ciudadanía, ni siquiera para un falso “lo siento mucho, no volverá a suceder”. Por carta dirigida a su hijo y heredero como si fuera un asunto de familia y no la jefatura de un Estado de Derecho del siglo XXI. Sin la menor autocrítica, ensalzándose a sí mismo y sin asumir responsabilidades. Juan Carlos I, en su despedida forzada, demuestra lo que ha sido su reinado y las huellas que deja en España. Una concepción casi medieval de la monarquía, con poderes y derechos absolutos para saltarse leyes y normas con la impunidad de la inviolabilidad que supuestamente le protege. Y dejando una Corte, crecida a su sombra, que adolece de las mismas desviaciones que él.

Lo peor ahora es constatar, con total desolación, que quienes mueven los hilos en España comparten con Juan Carlos de Borbón su misma laxitud ética. Sus privilegios, atajos y excepciones. La visión de las mochilas cargadas que no dejan moverse ni a algunos que deben sentir bochorno de sus elogios a un ser que dilapidó el personaje que se había construido por pura voracidad en su pasión por el dinero y el sexo. Dado el historial familiar, cabía preverlo. Pero es cierto que las circunstancias que concurrían, saliendo de una dictadura atroz y enormemente larga, le ayudaron. Y lejos de frenar a Juan Carlos –que pudo haber ocurrido– animaron sus objetivos. Da auténtica vergüenza ajena oírles hablar de “servicio a España” sobre alguien que se ha lucrado de tal forma gracias a su puesto. Todos los “presuntos” que le cuelgan en sus “desviaciones” con el dinero lo han confirmado prácticamente tanto él y la familia, como las evidencias ante la justicia suiza.

Lo ocultaron con maestría. Lo poco que podía saberse quedaba bajo el halo de una protección a la figura monárquica, confirmando el anormal contexto que se vivía en España. La crítica sería casi atentar contra la débil democracia, nacida de una Transición en la que tuvieron enorme peso los vencedores. De forma tan extrema que quedaron exentos de toda responsabilidad por sus crímenes. Los silencios de ayer eran, en cambio, para tapar las corrupciones; los elogios de hoy, para consolidarlas.

Aterra ver las reacciones de políticos y medios en España ante la vergonzosa actitud de Juan Carlos I, tanto en sus tropelías como en la forma de marcharse. Añadamos para completar el show las pesquisas sobre su paradero. Porque un país que cuenta con todos estos prebostes en su funcionamiento tiene un problema muy serio, de presente y de futuro. Comprenden y admiten perfectamente la corrupción. A un rey (¿y a quiénes más de ellos?) le está permitida a cambio de no sé qué servicios que, por supuesto, entran dentro de las obligaciones del cargo y no son un regalo condescendiente a los súbditos. Con seguridad hay gobernantes en el mundo que no necesitan lucrarse indebidamente para ejercer su labor y en favor de ciudadanos de pleno derecho, además.

Se evidencia que a la Corte de los Borbones no les gustan los resultados de las urnas. La sociedad que se ha abierto paso a pesar de ellos se ha situado en un país en el que venía cabiendo la esperanza. Es repugnante escuchar a toda esa masa de vasallos que para defender a Juan Carlos culpan a la parte más progresista del gobierno. Hoy, vuelven a arrojar esas culpas a las espaldas de Pablo Iglesias, por haber calificado de “indigna” la “huida del Rey”. Hasta RTVE, obligada más que nadie a una información objetiva, se cebó con ello. Y cala en sectores de la población, huérfanos de cerebro y, en su caso, decencia. De ahí que se atrevan a creer ese “lo que le están haciendo al rey por culpa de Pablo Iglesias” que firmarían las plumas más reputadas del conservadurismo mediático, pasando por buena parte del resto de la Corte periodística y política. Pues menos mal que hay alguien que al menos alza la voz en crítica. Miles de ciudadanos, estupefactos, lo agradecen.

Edmundo Bal, portavoz del partido de ultracentro Ciudadanos, dice que son inadmisibles las declaraciones de “un vicepresidente que ha prometido la Constitución delante del Rey”. Al parecer en las exigencias morales de esta turbia derecha española no cabe pensar que el primer obligado a cumplir la Constitución y todas las leyes y normas de un Estado de Derecho es su cabeza máxima: el jefe del Estado. Insisten en la rueda de prensa de Sánchez y le preguntan “cómo pueden convivir en un gobierno personas que defienden las instituciones y quien considera que es una actuación indigna la de Juan Carlos I”. ¿Se escuchan lo que dicen? ¿Quién ha desprestigiado la institución de la monarquía sino el propio rey emérito? Que se atrevan solo a formularlo como lo hacen es devastador para la ciudadanía decente. ¿Qué les enseña esta gente a sus hijos llamados a sucederles? 

Preocupante también que el gobierno le haya ocultado a su socio de coalición los planes del emérito y que negocie con Ciudadanos excluyéndolos –según la denuncia de Podemos–. Mal síntoma y torpeza doble por cuanto los 10 votos del partido de Arrimadas no crecen regándolos con vitaminas y siendo que, como he escrito tantas veces, en la derecha ultra española hay overbooking. Da la impresión de ser gestos que apacigüen a los partidarios de que nada cambie, soliviantados por la marcha del que era, al parecer, su argamasa.

A estas alturas y visto lo visto, es difícil mantener al margen de todo este tiznamiento al rey actual, que lo es por ser hijo de Juan Carlos. Múltiples razones lo empañan y algunas no son menores: la ignorancia marital de la infanta Cristina no cuela para el ingente caso de Juan Carlos. Sin olvidar que la Corte viene a ser la misma con algunos ceses y añadidos. Los que procuran, en todos los estamentos, que nadie interfiera en su cápsula de poder. Por supuesto que el gobierno de coalición, como insistía Sánchez en su comparecencia, ha hecho una labor encomiable al enfrentarse a una pandemia y a los otros “virus” que la acompañaban, pero la Corte borbónica no da tregua. El problema se ha evidenciado con crudeza: no es siquiera lo peor lo que ha hecho Juan Carlos de Borbón, todavía es más grave lo que queda.

Publicado en ElDiario.es 4 de Agosto de 2020

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