25 años de «Memorias de África»

Leo que “Memorias de África” celebra sus “bodas de plata”, nada más alejado al espíritu de la película (de Sidney Pollack, como no podía ser de otra manera) que un matrimonio, pero el caso es que la historia de Karen Blixen cumple una cifra redonda. 

A las mujeres nos gusta mucho “Memorias de África”, por más que la relación amorosa sea tan inconsistente. Apenas se resume en que una poco agraciada pero esforzada mujer, con un acento empalagoso, introduce en ella al cazador Denys Finch-Hatton que pasaba por allí y lo atrapa para la posteridad,  no para ella, pese a su insistencia. Lo que a las mujeres nos fascina, creo, es el personaje de él, independiente aunque muy poco apasionado.

Estoy convencida de que si Robert Redford no se hubiera estrellado en buena hora para gloria de la ficción, hubiera acabado cogiendo setas en familia con una etíope, keniata, americana o francesa de buen ver, española incluso, aunque en este caso mucho más joven que él. Lo hubiera hecho, claro está, cuando los años hubieran sosegado su vuelo y apenas le quedaran fuerzas para recogerse en el hogar. Y así no nos hubiera servido. Su momento óptimo fue como amante.

Lo personalicé en mi primer libro publicado “Diario de una mujer alta” (2001), para resumir cómo afectaba el prototipo a un determinado sector de mujeres. Sé de sobra que no a todas, pero sí a una abultada mayoría. Veamos:

Los hombres que alientan y cuidan a diario, comen sopa, duermen a sus horas y son absolutamente previsibles, no me atraen. Quiero, busco, su amistad y su compañía, pero no me hacen tomar aviones intempestivos. No me hacen tomar aviones -todos son intempestivos-. Y con Robert Redford hubiera subido incluso en avioneta a sobrevolar la sabana africana o los techos de Mahnattan o la Sierra de Madrid. Hubiera subido sin dudar. Subiría ahora mismo. Y lo que es más grave: comería sopa con él y hasta vería la tele. Y me dejaría cuidar, arrebujada en un ovillo bajo su abrazo.

El problema reside entonces en que no quiero un hombre con vocación de estable, quiero despertársela (la entelequia en la que persisten buena parte de las mujeres). Que siga subiendo en avioneta, pero que suspire por aparcarla y venir corriendo a buscarme. Que no pertenezca a nadie pero comparta. Que no me pertenezca pero se entregue. Que, esté donde esté, añore los momentos que pasamos juntos, y venga a vivirlos y los haga cada vez más largos e intensos. Que no llegue con los sueños quebrados sino con ganas de construir nuevos conmigo.

Este tipo de hombre -dueño de su independencia y sabiendo perderla- escasea. Como imagino hubiera ocurrido con el Robert Redford de «Memorias de África», suelen acabar -ya viejos- derrotados en su búsqueda, con las alas rotas y aparcados en lo más convencional. A extremos indecibles, en algún caso, para algo se inventó «el reposo del guerrero«.

Queremos convertir la excepción en cotidiana, fijar en una jaula la ilusión que vuela, poner zapatillas al viento para que se remanse. Y parecemos ignorar que terminaríamos por ir al hipermercado, comer con los suegros, practicar sexo saludable, bostezar, y soportar mirando a otro lado a una amante cuya existencia conocemos.

La convivencia se hace difícil, no coinciden los objetivos, el pasivo de nuestras vidas pesa. A estas alturas de la historia he llegado a entender que los hombres adorables sólo sirven para amantes, que los hombres sólo sirven para amantes, quizás. O amigos, sin duda. O vecinos. O, en allende los años, compañeros de asilo.

El Robert Redford de Memorias de África se estrelló un cierto día y reposa en una colina sobre la que ha llovido tierra, sobre la que han llovido años. El resto sólo sirven para amantes. Van y vienen. Cambian de cara, de voz, de manías y gustos, y entregan en su paso lo mejor que tienen. Reciben también una gran pasión, reciben en un día el amor acumulado en muchos.

Las primaveras de esplendor que se repiten asombrosamente de vez en cuando, acabarán alguna vez. Y llegará el té con pastas. Llegarán las tardes de domingo en las que la única opción será hablar con las amigas de nostalgias y frustraciones, saboreando un té, mientras una tose y otra se queja de dolor de espalda o de las cervicales. Sólo serán insostenibles, si el té llega cuando todavía persisten las ganas de vivir y amar. Pero la vida es sabia y calma con el tiempo las ansiedades. Y siempre queda la posibilidad de que, sosegado nuestro propio vuelo, nos calcemos las zapatillas, nos sentemos en el sofá a ver la tele, disfrutemos de nuestra paz o de una santa vez aceptemos un marido como dios manda. Que no manda demasiado, para qué vamos a engañarnos. Los hombres, ya digo, creo, sólo sirven -los que sirven- para amantes. ¡Que no es poco!

 No sé si tendrá que ver o no porque a la vez es un estruendoso contrasentido, pero guardo un estudio inusualmente documentado que se hizo hace un tiempo. Científicos de las universidades británicas de Edimburgo, Aberdeen, Bristol y Glasgow, seleccionaron a 900 niñas y niños de 11 años con un coeficiente intelectual alto. 40 años después se les entrevistó para ver con quien se habían casado, cómo había ido su vida sentimental. Así comprobaron que en los hombres, la inteligencia dispara sus posibilidades de tener pareja y en las mujeres las retrae. En buena parte de los casos, fue porque ellas no quisieron casarse. Y seguramente, al mismo tiempo, les cautivaba el Robert Redford de Memorias de África. Los humanos somos así.

El té es a las 5, por supuesto. Con pastas de mantequilla. Danesas, claro está.

Entre los Neandertales y el ruido

He apagado el insistente ruido que suena entremezclado y chirriante, en el que se reiteran sonidos como zapatero, rajoy, debate, economía y varias otras agrandadas según la ideología que marca al medio que las emite. Gritan las letras en el ordenador en similar onda. Y casi sólo llama mi atención el artículo sobre los neandertales en la excelente sección de ciencia en Público.

Lo creeréis o no pero me han interesado mucho estos homínidos toda mi vida. La evolución de especies sobre la tierra fue dejando muchas en el camino, hasta llegar a los homínidos que a su vez también fueron desapareciendo para dejar al mando al Homo Sapiens y sus descendientes: nosotros.

En prodigiosa tarea, las diferentes especies fueron aprendiendo a mantenerse en pie, a adquirir una visión frontal que facilitara su agudeza transformando incluso su morfología, a adaptarse al medio, a adquirir un comportamiento social, no solo para sobrevivir sino quizás para tratar de llevar una existencia placentera. Grandes proezas. Me fascina que la mayoría de los primates dispusieran de uñas planas en lugar de garras, porque eso prestó mayor sensibilidad a las yemas de sus dedos. Así, tocar cuanto les rodeaba, esencialmente a los otros, a sus crías, a sus compañeros sexuales, les enseñó probablemente a amar y cuidarse de los demás.

Pues bien, toda la vida menospreciando a los neandertales por toscos y obtusos -sobre todo en comparación con los cromagnones y en su día, sobre todo, con el Homo Sapiens-, y resulta que ahora sabemos que hablaban, se maquillaban, construyeron dormitorios separados de otras estancias, se llevaban restos de comida para tomar antes de dormir –lo que Público llama “tapas”-, realizaban oficios funerarios o enterraban a sus muertos con flores. Es decir, casi como actúan ahora muchos humanos, a excepción de comprar compulsivamente.

Ocurre que los neandertales desparecieron como poco hace 30.000 años, sin que nadie sepa por qué –se han esbozado distinta teorías-, pero lo que parece seguro es que su último reducto fue España. Me inquietaba que –aunque parece que no hubo cruce alguno con nuestra especie- el suelo patrio hubiera sido la última morada de unas bestias que habían aportado tan poco a la evolución a diferencia de otros colegas. Llegué a preguntarme qué restos de esa característica habían dejado en la imperecedera tierra que sigue dando frutos con los que alimentarnos.

Leo en Público también que The Guardian, el gran periódico inglés, llegó a publicar el mes pasado nada menos que un editorial pidiendo disculpas a los neandertales y no es ninguna broma. Porque también ellos habían usado la simbología neandertal para calificar a quienes consideraban retrógrados.

Conocer de la capacidad de los neandertales para organizarse, de su sensibilidad –con esas flores de despedida entristecida en la muerte- abre ciertas esperanzas. Igual hay que ahondar en el subsuelo para plantar lo que nos nutre.

Hace bien poco hablábamos aquí de que es la psicología humana y su forma de relacionarse con los otros casi lo único que no ha cambiado en la historia de la humanidad. Amamos y odiamos de la misma primitiva forma, para bien o para mal. Las piedras para lidiar afrentas o dominar al contrario han sido sustituidas por misiles y armas químicas, que supone precisamente una involución. Dudo incluso si no habremos perdido la sensación placentera del tacto, del gusto, del habla, aturdidos por tanto ruido, tanto ruido.

Dicen los investigadores que comemos lo mismo que nuestros antecesores obligados a un gran esfuerzo físico. El sedentarismo y la gula en consecuencia nos están matando. Nuestro lenguaje se acorta y empobrece, parecen hacerlo nuestras ideas y el afán por descubrir se limita a unos pocos que trabajan en ello para el resto que sestea. El ser humano se encorva de nuevo como muestra el difundido dibujo con el que ilustro este texto.

Inicio una huelga contra el ruido. Y dudo de si no será mejor volver a empezar desde una casa en paz y cómoda –aprovechando los avances de la civilización como muestra de inteligencia evolutiva-,  un barco en el mar, una parada en el desierto, para buscar el eslabón perdido del comportamiento humano. Hay esperanzas: la esencia neandertal aún debe andar bajo nuestros pies.

Testigo de la idílica Transición.

 Pocas cosas resisten menos el analísis maniqueísta del blanco o negro que la Transición española. Fue, desde luego, una época de cambios drásticos. Hubo que reedificar el Estado de Derecho desde los cimientos. Restablecer todos los derechos civiles: libertad de expresión, de reunión, de asociación. Legalizados los partidos políticos y sindicatos, se precisaba hacer andar –sin experiencia- a un parlamento elegido por los ciudadanos, dotarse de las leyes que rigen en los países democráticos, y elaborar una Constitución, lo que se hizo en tiempo record y con consenso. Todos colaboraron en mayor o medida, pero Adolfo Suárez fue el artífice de la Transición (a instancias del Rey, ciertamente). Suárez, a quién acribillaron desde el interior de su partido quienes terminarían por engrosar el hoy Partido Popular, sufrió por parte del PSOE de Felipe González una moción de censura y tuvo que presentar otra de confianza. Hoy es un hombre perdido en la nebulosa y en la metáfora de su memoria rota. Pero aquellos primeros Parlamentos legislaron a favor de las libertades que hoy disfrutamos, como el divorcio y todas las demás normativas progresistas o habituales en los países de nuestro entorno; e incluso aprobaron una Ley de Amnistía (que hoy está en controversia por razones opuestas a las de entonces). Iniciativas todas que AP (refundado en PP) no logró tirar abajo con su exiguo 8% de votos. Menos mal que también se sentaban en los escaños otros partidos.

CRISIS ECONÓMICA :

España apenas se parece en nada a aquella en lo que caracteriza el desarrollo. Y han pasado poco más de tres décadas. Los expertos nos definían como «un país semidesarrollado y capitalista«. Un estudio de la revista de consumo “Ciudadano”, nos habla de un salario anual (en 1976) de 122.400 pesetas (menos de mil euros al año), de las cuales una familia de matrimonio y dos hijos, dedicaba 107.000 a la alimentación y 26.000 a la vivienda en sus gastos fundamentales. La mitad de los edificios no disponían de ascensor pero sí, el 40% -y cuando encontré este dato me pareció enormemente definitorio-, de portero uniformado. Empezaban a instalarse los primeros hipermercados. Dos. En Barcelona y en Zaragoza. No había tarjetas de crédito ni cajeros automáticos. El coche más popular, el SEAT 127, costaba 360.000 ptas. Seis millones de coches circulaban por las carreteras imposibles -y atravesando los cascos urbanos-, dado que la mayor parte de la red actual se construyó con fondos comunitarios (tras ingresar en la hoy UE en 1986). En el inicio del boom de la vivienda, por una buena casa se pagaban en torno a tres o cuatro millones. De pesetas. Podría decirse que las viviendas eran baratas, pero tampoco resultaban accesibles a los bajos salarios (más que ahora desde luego). Había menos de diez millones de teléfonos para 36 millones de españoles. Pero un millón de personas (de una población activa de 13 millones -hombres en su gran mayoría-) estaba en el paro y pocos cobraban subsidio. Los créditos –muy difíciles de obtener- se establecían al 25% de interés y la inflación, el alza de los precios, se situaba en el 27% que hubiera llegado al 40% si no la cortan los famosos pactos de la Moncloa. Se produce entonces una fuerte devaluación de la peseta que nos hace perder el 20% del valor de nuestro dinero. Así de idílicamente vivíamos. Y así de trágica es nuestra actual crisis económica comparada con nuestro enorme bienestar pasado.

En uno de los reportajes, José María Serrano, un didáctico catedrático de la Universidad de Zaragoza, nos contaba cosas bastante interesantes:

«En el año 77 España se encuentra atrapada entre dos grandes problemas uno es la crisis económica y energética, y el otro es la crisis política. Hasta que no se resuelve la crisis política no se puede empezar a resolver la crisis económica. Alguno recordó lo que había ocurrido en la Segunda República: que la experiencia de la democracia fue breve en parte porque coincidió con una crisis económica muy fuerte. Para remediarlo, partidos, políticos, sindicatos patronal se pusieron de acuerdo y alcanzaron un acuerdo de salvación de la democracia que fueron los pactos de la Moncloa”.

CONVULSIÓN POLÍTICA Y SOCIAL:

Suárez, gobernando siempre en minoría, se enfrentaba de continuo, a huelgas y manifestaciones (con reivindicaciones totalmente legítimas pero que poco ayudaban a un clima pacífico). En el terreno político, a fortísimas reivindicaciones nacionalistas y, sobre todo, a una cadena de atentados de todo signo –desde ETA a la ultraderecha-. Se habló de un muerto cada tres días, durante períodos concretos. Todo ello creó un gran malestar en un sector del ejército que cristalizaría en el 23F, tras alguna otra conspiración.

En 1976, las mujeres aún éramos las incapaces mentales que nos consideró el franquismo con toda aquella serie de restricciones de las que tanto se ha hablado. La mujer ha protagonizado el cambio más radical producido en España desde la llegada de la democracia. Sin gran ayuda externa. Con un Parlamento masculino, con hombres poblando todos -absolutamente todos- los centros de decisión. Sólo representábamos el 2,1% de los estudiantes de  la Universidad. En mi caso, lo simultaneaba ya con el trabajo. Ejercer el periodismo entonces fue la más apasionante aventura que pueda vivirse. Todo era nuevo, todo por construir… y derribar. Y no era fácil. Nada, en una sociedad educada en el inmovilismo visceral.

HOY:

Leo con enorme hastío que no habrá pacto político porque, por ejemplo, Cospedal dice que sería “traicionar al Estado”. También que Rajoy “perdona a Camps y le permite volver a ser candidato en 2011” en Valencia. Y, por vergüenza ajena, apenas escucho el insolvente discurso de Leire Pajín. Veo al gremio del cine repartirse premios, filias y fobias, -encandilando al público-, en esa mediocridad que nos caracteriza, de la que, sin embargo, emergen -también como peculiaridad española- individualidades tan brillantes que casi justifican la existencia del resto.

Tenemos los políticos que nos merecemos, decía el otro día, y, sí, los periodistas, la justicia –no en ese punto deberíamos ser absolutamente radicales en nuestra exigencia-, los cineastas, la sociedad, que nos hemos labrado.

Hubo otra forma de hacerlo. La Transición, pintada en claroscuros, no debió dejar sedimentos franquistas y remansos de caspa.  Precisamente porque impiden el progreso real, son la rémora. Solo sé que los jóvenes que vivimos aquella época, teníamos otro espíritu, nos sentíamos actores y adultos, no pasivos espectadores infantilizados. Y sigo pensando que nada hay que se resista a ese empuje. Nosotros seguimos aquí. El rock nos hizo inmortales.

La banda sonora de mi vida

 Quizás se mezclan múltiples sonidos que entraban por las ventanas de una calle cuyas casas tocaban con los dedos las de enfrente. Los gritos de los vecinos pugnaban con la música de las radios. Y, ésta, hablaba de España (y de España y de España), de amores, de guitarras andaluzas (en Zaragoza)… y yo no sabía qué me molestaba más. Mi madre cantaba haciendo las camas. Adoraba el cine y había aprendido todas las canciones que le gustaban de sus películas favoritas. Una me atrajo en especial. Llegada al colegio de monjas (inolvidable experiencia que algún día tengo que contar), las hermanas preguntan por nuestras habilidades (va a haber un festejo) y muestro la mía. Aquél día acabó mi incipiente carrera de cantante y estrella del espectáculo ante el espantado «hija mía ¿dónde ha aprendido Vd. eso?» que me abochornó.

   La radio como imán, el periodismo que empieza a esbozarse como pasión al leer los periódicos que mañana y tarde llegan a casa. Voces, ideas, innovaciones, progresismo, cambio, en una Radio Popular (de la COPE) en Zaragoza, que en nada se parece a la actual.  Sus oyentes/participantes, aprendimos a pensar, a luchar, a saber que allá afuera estaba Europa y el mundo.  Amigos para siempre, afinidad, descubrimientos de sensaciones, corazones que laten al ritmo de la música… anglosajona.

Suzanne y Leonard Cohen se cruzaron en mi camino regando macetas a la hora equivocada. Aunque no tanto, en absoluto,  por los frutos que nacieron.   

  Hubo elecciones, una Constitución, una liberación. Y una boda familiar (de cuñados) se fija en mi memoria en júbilo y esperanza que emergían en canto coral sobre las mieles. Apenas habíamos tirado de ella en realidad, pero la estaca había caído.

 Repasando la memoria musical, compruebo que la banda sonora de cada vida -al menos de la mía- no encontraría acomodo en un CD con tapas de plástico.  Le encaja más un servidor de canciones como spotify donde añadir y suprimir selecciones, incluso cada hora del día. Porque está viva, cambia.  El «hola» indeleble pierde peso, al pensar que quizás, el cantor, no pasó de la puerta en varios años.

  La música rememora a veces momentos concretos, paisajes, asoman canciones insospechadas. Playas sin arena y lazos sólidos que se desataron. Conciliar, elegir, comprometerse, simplemente vivir. En esta selección faltan canciones que parecieron esenciales. Anoche pensé que casi todas se resumían en ésta:

  El sol de la mañana repara un olvido imperdonable en la noche, anemia de voluntades. Lema de vida desde que la descubrí, que, además, me une a personas a las que aún quiero mucho. Pere me la mostró muchos años atrás. Con Concha Villalba y José Antonio Rodríguez, la difundimos ampliamente en aquel programa que hicimos casi clandestino en RNE. La incluí en mi primer libro.

Esto dice «Tocando enfrente»:

Ando despacio porque ya tuve prisa, y llevo esta sonrisa, porque ya lloré demasiado.

Hoy me siento más fuerte, más feliz ¡quién sabe! sólo llevo la certeza de que muy poco sé, nada sé.

Conocer las mañas y las mañanas, el sabor de las masas y de las manzanas, es preciso amor para poder pulsar, es preciso paz para poder sonreír, es preciso la lluvia para florecer .

Pienso que cumplir la vida sea simplemente comprender la marcha, e ir tocando en frente. Como un viejo vaquero llevando el ganado, yo voy tocando los días por la larga carretera. Yo voy, carretera soy.

Todo el mundo ama un día todo el mundo llora, un día llegamos, en el otro nos vamos. Cada uno compone su historia, y cada ser, acarrea en sí el don de ser capaz y de ser feliz».

Cómo escribir sobre África

 Cuando algo es bueno, es bueno. Nos lo cuenta en su blog Ander Izagirre (Donostia-San Sebastián, 1976), periodista y escritor de viajes. Y procede de un escritor keniano Binyavanga Wainaina. Así que le cedo el espacio encantada, porque me encuentro en completa sintonía con ellos.

«Nunca pongas la imagen de un africano de clase media en la portada de tu libro, ni dentro, a no ser que haya ganado un premio Nobel. Un AK-47, costillas prominentes, pechos desnudos: utiliza éstas. Si tienes que incluir a un africano, asegúrate de que consigues a uno vestido con ropas zulúes o masais.

En tu texto, trata a África como si fuera un solo país. Hace calor y es polvoriento, lleno de praderas onduladas y enormes manadas de animales junto a gentes altas, delgadas, famélicas. También puede ser caluroso y húmedo, con gente muy pequeña que come primates. No te enredes con detalles y descripciones precisas. África es grande: 54 países y 900 millones de personas que están demasiado ocupadas pasando hambre, muriendo, guerreando y emigrando para leer tu libro. (…)

Asegúrate de que muestras cómo los africanos tienen la música y el ritmo profundamente arraigados en sus almas y comen cosas que ningún otro humano come. No menciones el arroz, la ternera o el trigo; el cerebro de mono es el preferido en la cocina africana, junto a la cabra, la serpiente, los gusanos, las larvas y todo tipo de carne de caza. En tu texto, muestra cómo fuiste capaz de comer dicha carne sin estremecerte y, por supuesto, describe cómo aprendiste a apreciarlo, porque África te importa.

Temas tabú: escenas ordinarias de la vida cotidiana, amor entre africanos, referencia a escritores africanos o intelectuales, la mención de niños que van al colegio y no sufren virus ni ébola ni mutilación genital femenina. (…)

Entre los personajes no puede faltar la África Hambrienta, que vaga por el campo de refugiados prácticamente desnuda y espera la benevolencia de Occidente. Sus hijos tienen moscas alrededor de los ojos y tripas hinchadas. Sus pechos están planos y vacíos. Debe aparecer como una mujer completamente indefensa. No debe tener ni pasado ni historia; estas pequeñas diversiones arruinan el dramatismo del momento. Los gemidos y las quejas son buenos. Nunca debe contar nada acerca de ella misma, excepto para hablar de su (indescriptible) sufrimiento.(…)

Estos personajes deben revolotear alrededor de tu héroe principal, sirviendo para su lucimiento personal. Tu héroe puede enseñarles, bañarlos, alimentarlos; lleva a cuestas montones de niños y ha visto de cerca la Muerte. (…)

Describe en detalle los pechos desnudos (jóvenes, viejos, recientemente violados, grandes, pequeños) o genitales mutilados. O cualquier tipo de genitales. Y cadáveres. O, mejor, cadáveres desnudos. Especialmente, cadáveres desnudos pudriéndose».

Y aquí, el artículo completo, no le sobra una coma. El final es redondo.

El ombligo del mundo

Me vais a perdonar el autobombing. Microsiervos (con crítica de Isabel Blas) habla hoy de mi último libro “España, ombligo del mundo”. Será difícil encontrarlo en el vertiginoso e interesando mundo del mercado editorial, pero sí es cierto que quiero seguir manteniendo el mensaje: otro mundo es posible y nosotros podemos lograrlo.

Algunas cosas de las que dice Isabel y que agradezco:

«Al lado mismo de datos con cifras, porcentajes o precios que revelan un exhaustivo trabajo de investigación sobre la materia de que habla aparecen los comentarios, críticos e incisivos, según señala la propia sinopsis del libro, que indican una personalidad autónoma, una mente libre, una mujer que escribe lo que ve, en lo que cree y nos lo cuenta con ejemplos didácticos pero divertidos, irónicos pero rigurosos, y todo con una prosa rápida y sugerente, la que maneja una periodista que, desde hace años, siempre nos sorprendió —y muchas veces nos embelesó— con sus reportajes en Informe semanal o sus crónicas en El País durante una transición que todos vivimos con el corazón encogido por ver si era posible que apareciera en el horizonte esa «sangre» y ese «oxigeno» que Rosa María Artal dice que nos formó a través del ombligo.

Y sí que llegaron, pero no exentos de virus y bacterias, bichillos, por otra parte, que no asustan a nuestra autora. Ella misma nos da las claves del futuro al final de su libro con palabras como «reformas», «cambios», «no rendirse», «insistir». «España para empezar, el mundo para seguir andando»: una de las más bellas frases que se pueden leer».

¿Quiere la SGAE matar la música?

Se presentó un miembro de la SGAE en una peluquería catalana y les dijo que tenían que pagar un canon por la música que sonaba en el establecimiento a través de ¡la radio! La medida es general. Se les exige pagar seis euros mensuales a los salones pequeños (de menos de 50 metros cuadrados) y doce euros a los grandes (hasta los de 100 metros cuadrados), para proteger los derechos de autor de los creadores de música españoles. Los escritores no vivimos de los libros, apenas los más grandes, muy pocos, los del «lalariro» sí.

La reacción de los peluqueros ha sido hábil y práctica. Han advertido a sus clientes :  si quiere música ¡tráigasela Vd! Así, para amenizar el peinado o llevan su mp3 o les acompaña el silencio. No nos han contado si alguien usa un tambor, castañuelas, una flauta, para avanzar improvisaciones que no suenen a nada conocido.

Mejor sería el silencio que alentar a ese privilegiado club para quien el gobierno va a poner en marcha un portal antidescargas, en el que va a invertir 1,5 millones de euros. ¿No hay mayores prioridades de gasto en nuestro país?

Hay una serie de “creadores” españoles a quienes no escucho jamás y me hacen cambiar el dial o salir del establecimiento donde suenan. Textual. Me ocurre concretamente con la reina del desafine, una que pertenecía a Presuntos Implicados y cuyo nombre no recuerdo. Pero, dadas las circunstancias, creo que puedo privarme de la media docena escasa de autores españoles a quien solía atender con gusto. Al menos, hasta que se imponga la cordura, si es que tal cosa sucede.

Me pregunto si la SGAE quiere matar la música. Si prefiere hacerse el harakiri antes que perder la oportunidad de sacar a la ciudadanía algún euro. Pero, como la música es un arte universal –que adoro por cierto-, ahí va una joya sueca que descubrí hace poco: Nils Landgren. Además de cantar -de ensueño- toca el trombón.

O el viejo Chet Baker

O esta versión de Las hojas muertas de Iggy Pop

Iggy Pop – Les Feuilles Mortes

O el tradicional Elvis

Elvis Presley – Are You Lonesome Tonight?

Y para cargar pilas Canned Heat

Canned Heat – On the Road Again

O Richard Cheese, versión irreverente de El Muro de Pink Floid

Richard Cheese – Another Brick In The Wall

Y para final, los largos caminos hasta llegar a la meta:

Joe Webster – It’s A Long Way To Tipperary , Pack Up Your Troubles , Roll Out The Barrel , The Happy Wanderer , Hey Look Me Over

La golondrina

Ayer, en el cumpleaños de una amiga, otra le regaló un álbum con disco y DVD de Ainhoa Arteta y, sonando de fondo entre la conversación, saltó un sonido que me retrotrajo a mi niñez y adolescencia. ¿Cómo había desaparecido de mis recuerdos de uso corriente una canción (mexicana) que han interpretado los más grandes? Hasta Nat King Cole.

La música revive sensaciones. Y así he comprobado de qué forma me sentía extraña en aquella tierra de patriotismo franquista, quizás en mi propio ambiente social… “¡Oh, cielo santo, y sin poder volar!”. Se abría paso la esperanza de acoger o ser acogida en un cálido nido que de abrigo, también recuerdo eso. Y reconozco asimismo ese amor atávico, ya desde entonces, por la tierra que le ve a uno nacer. Al que asiste el derecho de irritarse cuando le observa errores flagrantes, que quisiera ayudar a corregir.

Sigue sin gustarme –pese a sus grandes avances- la España que me brinda hoy -sin que se le caiga la cara de vergüenza- el rechazo al extranjero pobre. Al que, ligero de equipaje, emigró de cunas inhóspitas para tejer los mimbres de una vida más feliz. Pero la aldea global apenas ofrece ya alternativas. Y este injusto sistema que, como tanto les gusta decir, “nos hemos dado” –porque lo votamos y consentimos-, a veces quiebra las alas de los más débiles como en Haití.

He buscado vídeo en la Red para ilustrar la canción. Ninguna encaja absolutamente en la idealización de mi memoria. Era una voz, femenina, con alma, tristeza y esperanza a un tiempo. Y he terminado por elegir la voz coral de un pueblo. Una película de atracadores de bancos –de los que corren riesgos por su acción-, recompensas a sus cazadores, y despedidas. Pero no es solo ése el mensaje que quiero dejar. La historia se puede cambiar. Otros lo hicieron, aunque fuera parcial y transitoriamente. Y, de cualquier forma, si enlazamos las ramas y hojas de nuestros propios refugios – y la calefacción, y la tortilla de patata, y el ordenador por supuesto-, podemos labrar un inmenso nidal. Y, de aquí, que no se vaya ni uno más.

Salir en la foto

A lo largo de mi vida he meditado bastante sobre la fama, la relevancia y el prestigio –que, en absoluto, son sinónimos aunque tantas veces se confundan-. He visto caer juguetes rotos con lástima. Una de estas noches recalé en un canal de televisión dondre proyectaban una película protagonizada por Troy Donahue. Recordé la sensación que me producía de adolescente aquella belleza perfecta. Volver a contemplarle me hizo apreciar -además- su absoluta inexpresividad. Fue una de las grandes promesas del cine, un ídolo juvenil. Y nunca más se supo de él. Busqué su biografía. Tras el éxito inicial pasó a series B. Tuvo problemas con el alcoholismo y las drogas, se casó varias veces en matrimonios fugaces, y murió relativamente pronto de un infarto. Hay numerosos ejemplos de esa autodestrucción cuando la fama huye.

En las reuniones de científicos, hasta de Premios Nobel –el esforzado profesor Grisolía junta en Valencia cada año a una veintena-, no hay nenitas con micrófono preguntándoles qué han desayunado, ni siquiera periodistas de verdad. Unos pocos quizás en las ruedas de prensa. Ellos transitan como quieren sin que nadie se vuelva a mirarlos. No les conocen. Los medios no difunden su imagen, ni lo que es peor: su trabajo que en muchos casos ha cambiado la historia de la humanidad. En Valencia por ejemplo conocí al descubridor de la Resonancia magnética, al mexicano que encontró el agujero de ozono, a Joseph Stiglitz que es uno de los pocos economistas no neoliberales con el galardón, o a un francés exquisito que, en una cena, nos explicó lo bueno que es el vino tinto, tomado con moderación, para las arterias, y por qué. Lo curioso es que ellos no quieren ser famosos, quieren trabajar, y seguir trabajando hasta el final de sus días, dicen algunos. Aportan bastante más sugerencias que la mayoría de los famosos.

Con todo el necesario y meritorio esfuerzo hecho, el afán por salir en la foto de algunos en ocasiones, resta credibilidad a las iniciativas. Pero tenemos un referente: el éxito y la gran repercusión del “Manifiesto por los derechos de Internet” –del primero, del que abrió brecha- fue su condición de anónimo. Apenas nadie se arrogó protagonismo y fue de todos aquellos –miles- que lo suscribimos.

Pero es la condición humana. He visto casos flagrantes, extremos. Personas que hacen de su vida un empeño para lograr ser un mito. Muchos -más de lo creíble-, lo consiguen. Con abundantes méritos prestados –apropiándose del trabajo de otros, hablando en plata-, se fabrican una leyenda y se echan a dormir -el ojo vigilante para que el interés no decaiga, eso sí-. Apoyos de envergadura –de aplastante envergadura incluso- y difundir, eterna e insistentemente, el mensaje logran el resto: consolidar en fama la patraña. Hay mucho fantasma en el prestigio social de este país. Porque, avispados sin duda, optan al prestigio más que al calor popular de la fama (ese envoltorio tan injusto, tan descabellado a menudo y, por lo general, menos duradero).

Lógicamente me he preguntado por qué ocurre esto. Predominan entre los asaltadores de caminos de las ideas, los inseguros. Por un físico poco agraciado, por una cortedad de aptitudes que compensan con la habilidad de hacerse un hueco a codazos, por la comodidad que ofrece andar un camino asfaltado comparado con usar el pico y la pala para abrirse paso. De otro lado hay una razón nada desdeñable: los réditos. Quien sale en la foto, sobre todo en puestos destacados, atrae la atención de quien puede ofrecer prebendas y que no se para en discernir más.

Me gustaría pensar que hay alguna razón más entrañable: la fama, el reconocimiento y el prestigio, atraen admiración y afecto. Muchos titulares de estos atributos han confesado que han luchado por destacar… para que les quieran. ¿De nuevo inseguridad? ¿Un grupo, una sociedad informada, les querría?

Lo peor es cómo los arribistas desvirtúan o llegan a anular un proyecto interesante. Jamás lo hacen solos, se precisa la cooperación de otros. Pero también sucede que los grupos suelen tender hacia actitudes gregarias, asustan los espíritus libres. Es la condición humana. Cada vez más, sin embargo, otro espíritu se impone. O esa sensación tengo. Una sociedad informada y con criterio –una vez más el mismo origen- sabe distinguir el grano de la paja. Eso saben hacerlo hasta los animales no racionales, y sin prejuicios.

Zapatero, entre puñales y lanzas

La UE recela de Zapatero, nos cuenta La Vanguardia en un artículo recopilación de lo que dicen varios medios extranjeros, no sólo europeos. Los foráneos que se sienten superiores a nosotros, siempre han recelado de España. Les divierten nuestras gracietas, venir a tomar el sol y beber vino, pero si se trata de jugar en serio, nos infravaloran. Insisto en el mito autoengullido de nuestro prestigio internacional: no lo hemos perdido, nunca lo tuvimos. Si acaso en los tiempos de los salvajes imperios, cuyos titulares –todos- harían mejor callando. Añadamos la filiación ideológica de la mayoría de los periódicos que “recelan” de Zapatero, con el Financial Times o el liberal The Economist. Es lógico que la Europa azul no simpatice con Zapatero, y engulla sin empacho a Berlusconi.

Fue recibido con expectación sin embargo. Las desnortadas izquierdas italiana y francesa, veían en él una esperanza. Incluso, Time en septiembre del 2004 le dedicó portada: «Spain’s new man» –como recuerda La Vanguardia- y Newsweek en abril del 2006: «Making socialism work».

Eran tiempos de bonanza económica. Reales. Llegamos a crecer un 4,1% en el primer trimestre de 2007, y en la primera legislatura de Zapatero se crearon 3 millones de empleos. The Economist entonces, no tenía más remedio que admitirlo, y nos llamaba la “estrella euro” –parece que nadie está libre de las frivolidades del instante, unas y otras-. Los países del Este incorporados a la UE querían imitar el “modelo español”. Y todo lo que afirmo está documentado.

Parece inútil ya insistir en que nuestro crecimiento se asentaba en la burbuja inmobiliaria –que Zapatero no creó en absoluto pero tampoco abordó que no es igual culpa-, en el escaso tejido industrial and so on, que dirían los ingleses. Tampoco parece escuchar nadie que cada crisis del idílico sistema capitalista supone el mismo enriquecimiento o superior de los empresarios y banqueros, y cada vez menor creación de empleo y mayor merma del poder adquisitivo. Lo explicó muy bien hace unos días Viçens Navarro, otro predicador en el desierto. Que es el sistema lo que falla y que no tiene solución alguna porque nadie osa afrontarlo y porque esas cabezas que nos rigen desde despachos privados –y que cabrían todos en un banquete-, no piensan tolerarlo porque a ellos les va muy bien. ¿Podía haberlo hecho Zapatero con minoría parlamentaria, andando entre zancadillas y campos de minas, y con 17 gobiernos más de las comunidades autónomas?

2009 ha sido el año de la crisis, comentábamos en otro post. La mayoría de los españoles somos más pobres y más austeros, y cuatro millones de personas se encuentran sin empleo. En el mismo período, las grandes fortunas españolas han obtenido un 27% más de beneficio que el año anterior, lo que en su rico estatus vital supone 6.800 millones de euros, repito: 6.800 millones de euros. En 12 meses. No queda ahí la cosa: el conjunto de empresas que cotizan en el IBEX cierra con un 30% de subida y lidera las ganancias de Europa. El Banco Santander un 76%, BBVA 55%. El 2008 había sido el peor año de su historia, pero nunca perdieron, solamente dejaron de incrementar aparatosamente sus beneficios. Y, añado, las SICAV –de donde sacan su sustento estos señores y señoras-, muertas de risa pagando un 1% de impuestos. La ministra de economía dijo que no se las podía tocar porque se irían fuera. Como fuera se van los empresarios ingleses ante la subida de impuestos, y, sin que nadie les suba nada, buena parte de las grandes firmas y empresas que quieren ganar más explotando a los trabajadores del Tercer Mundo.

Mariano Rajoy concede hoy entrevista a El Mundo. Se ve en la Moncloa. Nadie lo hubiera pronosticado, pero así lo vemos todos ya. Tampoco habla inglés y cuando enjuicia Europa -como hizo en Informe Semanal- lo hace con la pobreza intelectual de un poco avisado  jugador de tute de un casino provinciano. “Cuando gobierne bajará el paro” ¿Cómo?, por fin avanza algo: “Apoyo un contrato con menor indemnización siempre que se vincule a más estabilidad”. A esto los clásicos lo llamaban “la cuadratura del círculo”, porque esta admitiendo ya que apoyará abaratar el despido, de los trabajadores peor pagados de la EU de los 15, salvo Grecia y Portugal. “Recortar el gasto requiere coraje, valentía. Yo estaría dispuesto a congelar el sueldo a los funcionarios para deducir el déficit”. Tres apuntes: Con el PP los funcionarios siempre han visto congelado su sueldo. Entre ellos están todos los médicos y enfermeras de la sanidad española, por poner un ejemplo, no sólo los ocupantes de mesa que obstruyen nuestras demandas en la administración. España tiene el gasto social más bajo de la UE –a excepción de algunos países del Este, y Grecia (Portugal nos ha superado ya)-. Zapatero se ha empeñado en mantenerlo al menos, contra viento y marea, y se ha negado hasta ahora a abaratar el despido y bajar los sueldos.

Habas contadas en un gran fiasco mundial y en una España ciega que no parece unir las palabras del PP con el despilfarro de sus ayuntamientos y autonomías. Con las privatizaciones a la contra del tiempo futuro –hoy aún la nomenclatura capitalista se atrinchera en el poder, pero caerá, como caen todas-. A ellos, y también a los socialistas, les son imputables desde luego los agujeros del presupuesto, consecuente a una falta de rigor y planificación.

Entre los puñales, rompo pues estas lanzas de verdad a favor de Zapatero. Pero lo pone muy difícil. Aznar entregó a sus amigos las gallinas de oro de las grandes empresas públicas que privatizó por un plato de lentejas para las arcas públicas, Zapatero ha organizado el fiasco de la comunicación guiado por sus afectos. Para dejar al final el patio como estaba: Antena 3, Telecinco y una TVE menguada, porque veremos si sus competidores se aprestan a financiar esta maravilla que tanto nos gusta de televisión sin anuncios.

Pero hay más. Zapatero se contraprograma. Sólo a él se le puede ocurrir tapar el inicio de la presidencia española de la UE, con el emplasto de la Ley Sinde que no tiene recorrido legal por su incongruencia, para dar satisfacción a un puñado de adictos trasnochados. Y levantar contra él a quienes le apoyaban, y, lo que es peor, al futuro que pasa por formas de comunicación imparables entre la sociedad, ese ente que les sustenta. A Zapatero y a todos los demás.

La sociedad, educada en la ignorancia y la frivolidad, terminará por abrir los ojos, sobre todo cuando se empobrezca definitivamente y cuando, por ello, empiece a prestar atención a otro mundo que, informado, abre nuevos caminos. Es suicida situarlo también enfrente y de uñas.