Reporteros de guerra, de diseño y de los otros

Jacobo G. García, enviado especial de El Mundo a Haití, plantea hoy un curioso debate de mayor trascendencia de la que parece. En un artículo titulado “Periodistas ¿o hijos de papá?” se plantea algunas de estas cuestiones: “¿Se puede llegar a un terremoto con maleta de ruedas? Sí. ¿Puede una revista que dedica su última portada a los maquillajes más sorprendentes y a las joyas que vienen para este año enviar a un periodista para la cobertura? Sí. ¿Puede llegar alguien a la zona más devastada del planeta sin agua, comida ni un teléfono en condiciones? Sí. ¿Puede la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional y Desarrollo) llevar a más de veinte periodistas dentro de un avión de emergencias? Sí. ¿Puede un periodista ponerse a llorar cagado de miedo nada más poner un pie en Puerto Príncipe al verse rodeado de negros? Sí, y ¿puede el ministro de Exteriores buscarles casa a todos los periodistas para que trabajen con “plena seguridad” cuando sólo ayer hubo tres réplicas y ni la policía ha sido capaz hasta ahora de tomar el control de las calles? Sí, y no sólo eso si no que Juan Pablo De Laiglesia, secretario de Estado para Iberoamérica, tuvo que perder un día entero en cumplir la orden del ministro, en medio de un desastre de estas dimensiones. Y además de todo eso incluyan ustedes a una estrella de la televisión nacional convertida en la mayor mosca cojonera de cuantos han pasado por ahí”.

En efecto, no he dejado de preguntarme estos días qué diablos hacían tantos periodistas en Haití. Es algo que suele sorprenderme con frecuencia ¿de verdad hacen falta tantas versiones distintas del mismo hecho que, por cierto, terminan siendo tan sumamente parecidas? Por ejemplo, Haití no es sólo Puerto Príncipe. Me pareció encomiable por tanto ver a Antonio Parreño, de TVE, salir a informar al menos sobre un barrio del extrarradio. Esa multitud de periodistas, nos brinda sin embargo la posibilidad de hacer un ejercicio de percepción psicológica. Distinguimos entre la multitud a los carroñeros, a los serios y más discretos, e incluso a quien va allá a lucirse, haciendo una información, trivial, manipulada y errónea, pero, a ser posible, desde la retaguardia de la República Dominicana no vaya a ser que el polvo contamine el look neoyorquino. El universo de los periodistas es una fauna muy interesante de analizar.

El artículo de El Mundo que, comenzaba tan acertadamente, concluye en tópico, según mi criterio. Remite a un texto del inefable Arturo Pérez Reverte (rambito, como le llamábamos en TVE). En él se mitifica –por simular trivializarlo- el papel de un cierto periodismo que venía a ser englobado en el epígrafe “reporteros de guerra”. Osado, macho, matón, que (aparentemente), se arriesga sin motivo, desapegado de la vida por mor de la información ¿sí? Resulta curioso que Pérez Reverte vilipendiara en uno de sus libros a Ángela Rodicio –“la niña Rodicio”, la llamaba- que, sin dar un ruido mediático, se plantó en Bagdad en la primera guerra del Golfo (junto a sus compañeros tras la cámara que siempre permanecen ocultos al público). Ahí sí que se hacían necesarios… “un par de coj…”

Ni lo uno ni lo otro. Ni la maleta de Vuitton para ir a un terremoto, ni la granada en la boca… cuando está delante la cámara. Cada año mueren periodistas por informar, o son secuestrados, censurados, agredidos. Éstos son los datos de 2009, por ejemplo (Y no deberían ser gajes del oficio como afirma Pérez Reverte). Apenas habremos sabido de ellos, pero han sufrido en su integridad la mala costumbre de matar al mensajero. Y ésa es una realidad que coexiste con otras.

La de periodista -con la de profesional de la justicia- es la profesión menos valorada por los españoles. Pagamos el ser reconocidos por la baba y la mierda que flota en la superficie del saco en el que todos entramos. La audiencia considera “periodistas” a los cotillas que husmean en los fluidos vitales, y, también, a los carroñeros, a los frívolos y a los artistas circenses de la pretendida información seria. Y hay una labor mucho más fecunda de hormiga en el día a día.

Existen nuevas generaciones de periodistas en las que todavía late el espíritu de la información como servicio a la sociedad. Quizás soñaron también con ser reporteros “de guerra” (aunque ya para muchos  aspirantes el ideal sea el “periodismo” rosa, que da más dinero y notoriedad, o mejor, más notoriedad y por tanto más dinero). A muchos periodistas genuinos, la masificación y los intereses empresariales les abocan a no poder abrir la boca en las declaraciones de los políticos que no quieren contestar (mal llamadas “ruedas de prensa”), a tratar de horadar cada día un hueco en el cemento con un mensaje que cale en los destinatarios, tratando de que sean más libres.

Sí, las noticias sobre Haití han vuelto a demostrar que quizás hay demasiados periodistas, como hay demasiados comerciantes, fabricantes de coches y de ropa. En todo caso, habrá que usar periscopio para guiarse en las turbias aguas de la superabundancia indiscriminada, porque, en ese mar revuelto, sigue habiendo donde informarse.

Actualización:

 LOS ARTÍCULOS QUE NO GUSTAN AL EMBAJADOR DE ISRAEL EN ESPAÑA

    Descendiendo a la práctica. El periodismo profundo y responsable encuentra muchas trabas. Javier Valenzuela escribió, el sábado día 16, una Cuarta Página en El País -periódico en el que trabaja-, con un serio análisis que tituló “Al Qaeda domina los tiempos”.  Su contenido mereció una respuesta de réplica del Embajador de Israel en España. El texto de Javier no podía ser más preciso y mesurado. Como es habitual en él, periodista comprometido, además de un ser humano generoso y solidario. El diplomático, sin embargo, le acusó de escribir cosas que no había escrito. Hizo extensiva la crítica a Sami Naïr por otro artículo que tampoco le gustó. El sí pudo responder. Javier Valenzuela no, lo prohíben las normas que rigen en su diario al respecto, salvo en su blog personal (habitualmente enlazado en el mío).

 Vaya mi apoyo a Javier y, sobre todo, la difusión de los textos a los que aludo. Con ellos sobran los comentarios.  El problema es que molestar a los poderosos, termina por crear conflictos. Así que no os extrañe que muchos periodistas opten por otros caminos, como hablábamos más arriba.

*Para noticias y comentarios cortos, visita el twitter 🙂

La golondrina

Ayer, en el cumpleaños de una amiga, otra le regaló un álbum con disco y DVD de Ainhoa Arteta y, sonando de fondo entre la conversación, saltó un sonido que me retrotrajo a mi niñez y adolescencia. ¿Cómo había desaparecido de mis recuerdos de uso corriente una canción (mexicana) que han interpretado los más grandes? Hasta Nat King Cole.

La música revive sensaciones. Y así he comprobado de qué forma me sentía extraña en aquella tierra de patriotismo franquista, quizás en mi propio ambiente social… “¡Oh, cielo santo, y sin poder volar!”. Se abría paso la esperanza de acoger o ser acogida en un cálido nido que de abrigo, también recuerdo eso. Y reconozco asimismo ese amor atávico, ya desde entonces, por la tierra que le ve a uno nacer. Al que asiste el derecho de irritarse cuando le observa errores flagrantes, que quisiera ayudar a corregir.

Sigue sin gustarme –pese a sus grandes avances- la España que me brinda hoy -sin que se le caiga la cara de vergüenza- el rechazo al extranjero pobre. Al que, ligero de equipaje, emigró de cunas inhóspitas para tejer los mimbres de una vida más feliz. Pero la aldea global apenas ofrece ya alternativas. Y este injusto sistema que, como tanto les gusta decir, “nos hemos dado” –porque lo votamos y consentimos-, a veces quiebra las alas de los más débiles como en Haití.

He buscado vídeo en la Red para ilustrar la canción. Ninguna encaja absolutamente en la idealización de mi memoria. Era una voz, femenina, con alma, tristeza y esperanza a un tiempo. Y he terminado por elegir la voz coral de un pueblo. Una película de atracadores de bancos –de los que corren riesgos por su acción-, recompensas a sus cazadores, y despedidas. Pero no es solo ése el mensaje que quiero dejar. La historia se puede cambiar. Otros lo hicieron, aunque fuera parcial y transitoriamente. Y, de cualquier forma, si enlazamos las ramas y hojas de nuestros propios refugios – y la calefacción, y la tortilla de patata, y el ordenador por supuesto-, podemos labrar un inmenso nidal. Y, de aquí, que no se vaya ni uno más.

Haití como una bofetada (pasajera, eso sí)

No entiendo por qué los muertos de las Torres Gemelas eran transparentes, al punto de no distinguir más que cascotes de piedra en las imágenes, y se nos bombardea con los cadáveres de haitianos amontonados como despojos de ganado. Semidesnudos en muchas ocasiones. Es un mayor aldabonazo a las conciencias, sin duda –lo que se ve, existe-, pero la vida humana tiene su dignidad –blanca o negra, rica o pobre- y, sobre todo, es que para la mayoría esto no deja de ser más que un suceso que engullirá la actualidad para pasar a otra página en pocos días. A mí desde luego se me pone un nudo en el estómago –doloroso, desestabilizado- ver esas imágenes.

Un comentario de este blog –que no deja de ser un sentimiento bastante generalizado-, aunque previamente argumentado, concluía: “El problema es cuando ese bienestar que compartimos (no tengo problemas porque se ayude a un Rumano, a un Marroquí o un Subsahariano) sirve como efecto llamada y no dejan de venir. ¿Hasta dónde puede llegar nuestro sistema social? ¿Se puede controlar mejor a las personas que delinquen y que no aportan a la sociedad? Y más preguntas de esta índole…Yo creo que es un debate a hacer o por lo menos fenómenos a seguir”.

No me voy a cansar de repetir preguntas basadas en datos ¿Cómo puede ser justo un sistema social en el que más de mil millones de personas mueren literalmente de hambre y tres mil millones apenas tienen qué llevarse a la boca? ¿Cómo puede sostenerse un sistema en el que, por tanto, la mayoría de la población lo pasa tan mal? ¿Por qué un terremoto de 7,1 grados en San Francisco (1989) dejó unos pocos muertos, algunas casas y un puente derruido (que reconstruyeron inmediatamente) y uno de 7,3 en Haiti siembra las calles de cadáveres? ¿Por qué en el propio Haití quien dispone de medios de pago –como ha dicho el telediario- recibe sepultura, y el resto va a ser recogido con palas y, junto a las piedras, tirado a un vertedero? ¿Es extraño que algunos jóvenes haitianos salgan con machetes a asaltar la ayuda humanitaria para poder comer? Millón y medio se han quedado… sin “hogar”. ¿Por qué abrir los ojos a la vida en un país determinado da derecho de propiedad sobre él, al punto de decidir quién lo habita y quién no? ¿Qué criterio adjudica al “extranjero” la comisión de delincuencia en la España de los 400 mil ladrones (¿4 millones quizás?) autóctonos de cuello blanco?

Sé la respuesta: es que el liberalismo ensalza la libertad, en este sistema todos somos libres. Menos unos cuantos millones que no disponen de esa oportunidad. La suma de egoísmos –eso es el liberalismo- no puede hacer funcionar el mundo de una manera justa, y, como no puede, no lo hace.

Obama está enviando ayuda y 10.000 soldados para imponer el orden en el caos y después para abordar la reconstrucción. Loable iniciativa. Lástima que, en el pasado, EEUU interviniera también para restablecer en el cargo al dictador Duvalier. De aquellos polvos, estos lodos. Ahora habrá que “tutelarles” por largo tiempo.

Pues nada, ya hablan de deportes en el telediario, y todos los periódicos traen páginas con muy diversos temas. Como los blogs, como este blog. Y es viernes, y tenemos cena rica. Los muertos haitianos siguen en la calle mientras tanto.

Haití, el caos

Quienes lo conocen hablan de Haiti como de ese infierno que nos han descrito y que no es otra cosa que el caos con las más bajas manifestaciones de la condición humana. Viven allí sin embargo seres humanos cuyas esperanzas va cercenando el tiempo. Varios reportajes de Informe Semanal nos han contado su lucha por la supervivencia. Y aguerridos reporteros regresaban con un nudo en el estómago.

Imbuido de los ideales revolucionarios de su Madre Patria, Haiti se independizó de Francia en 1804. Corrupción, saqueos, terribles dictadores que ni por asomo se ocuparon de la población, han jalonado su historia. Elijo de todo lo leído hoy al respecto, el grito de Juan Jesús Aznárez en El País, el de un periodista de aquellos que no pueden permanecer impasibles.

Cuando casi comenzaba este blog, os conté el urgente master en terremotos que realicé en San Francisco hace 20 años. Entendí que la tierra tiembla más y peor para los pobres que para los ricos. Diría que he eludido parcialmente información e imágenes del Haiti aún más desolado, desde que en la primera noticia se hablo de la magnitud 7,3 en la escala Richter. Era predecible la catástrofe. Punto por punto.

Enviaremos ayuda a Haiti, debemos hacerlo, pero poco más adelante el país más pobre de América volverá a quedarse solo. Con su miseria, con su miedo. Sólo unos pocos abnegados cooperantes y miembros de organismos internacionales seguirán batallando -con absoluta desproporción de medios frente a objetivos- por su gente.

A %d blogueros les gusta esto: