Salir en la foto

A lo largo de mi vida he meditado bastante sobre la fama, la relevancia y el prestigio –que, en absoluto, son sinónimos aunque tantas veces se confundan-. He visto caer juguetes rotos con lástima. Una de estas noches recalé en un canal de televisión dondre proyectaban una película protagonizada por Troy Donahue. Recordé la sensación que me producía de adolescente aquella belleza perfecta. Volver a contemplarle me hizo apreciar -además- su absoluta inexpresividad. Fue una de las grandes promesas del cine, un ídolo juvenil. Y nunca más se supo de él. Busqué su biografía. Tras el éxito inicial pasó a series B. Tuvo problemas con el alcoholismo y las drogas, se casó varias veces en matrimonios fugaces, y murió relativamente pronto de un infarto. Hay numerosos ejemplos de esa autodestrucción cuando la fama huye.

En las reuniones de científicos, hasta de Premios Nobel –el esforzado profesor Grisolía junta en Valencia cada año a una veintena-, no hay nenitas con micrófono preguntándoles qué han desayunado, ni siquiera periodistas de verdad. Unos pocos quizás en las ruedas de prensa. Ellos transitan como quieren sin que nadie se vuelva a mirarlos. No les conocen. Los medios no difunden su imagen, ni lo que es peor: su trabajo que en muchos casos ha cambiado la historia de la humanidad. En Valencia por ejemplo conocí al descubridor de la Resonancia magnética, al mexicano que encontró el agujero de ozono, a Joseph Stiglitz que es uno de los pocos economistas no neoliberales con el galardón, o a un francés exquisito que, en una cena, nos explicó lo bueno que es el vino tinto, tomado con moderación, para las arterias, y por qué. Lo curioso es que ellos no quieren ser famosos, quieren trabajar, y seguir trabajando hasta el final de sus días, dicen algunos. Aportan bastante más sugerencias que la mayoría de los famosos.

Con todo el necesario y meritorio esfuerzo hecho, el afán por salir en la foto de algunos en ocasiones, resta credibilidad a las iniciativas. Pero tenemos un referente: el éxito y la gran repercusión del “Manifiesto por los derechos de Internet” –del primero, del que abrió brecha- fue su condición de anónimo. Apenas nadie se arrogó protagonismo y fue de todos aquellos –miles- que lo suscribimos.

Pero es la condición humana. He visto casos flagrantes, extremos. Personas que hacen de su vida un empeño para lograr ser un mito. Muchos -más de lo creíble-, lo consiguen. Con abundantes méritos prestados –apropiándose del trabajo de otros, hablando en plata-, se fabrican una leyenda y se echan a dormir -el ojo vigilante para que el interés no decaiga, eso sí-. Apoyos de envergadura –de aplastante envergadura incluso- y difundir, eterna e insistentemente, el mensaje logran el resto: consolidar en fama la patraña. Hay mucho fantasma en el prestigio social de este país. Porque, avispados sin duda, optan al prestigio más que al calor popular de la fama (ese envoltorio tan injusto, tan descabellado a menudo y, por lo general, menos duradero).

Lógicamente me he preguntado por qué ocurre esto. Predominan entre los asaltadores de caminos de las ideas, los inseguros. Por un físico poco agraciado, por una cortedad de aptitudes que compensan con la habilidad de hacerse un hueco a codazos, por la comodidad que ofrece andar un camino asfaltado comparado con usar el pico y la pala para abrirse paso. De otro lado hay una razón nada desdeñable: los réditos. Quien sale en la foto, sobre todo en puestos destacados, atrae la atención de quien puede ofrecer prebendas y que no se para en discernir más.

Me gustaría pensar que hay alguna razón más entrañable: la fama, el reconocimiento y el prestigio, atraen admiración y afecto. Muchos titulares de estos atributos han confesado que han luchado por destacar… para que les quieran. ¿De nuevo inseguridad? ¿Un grupo, una sociedad informada, les querría?

Lo peor es cómo los arribistas desvirtúan o llegan a anular un proyecto interesante. Jamás lo hacen solos, se precisa la cooperación de otros. Pero también sucede que los grupos suelen tender hacia actitudes gregarias, asustan los espíritus libres. Es la condición humana. Cada vez más, sin embargo, otro espíritu se impone. O esa sensación tengo. Una sociedad informada y con criterio –una vez más el mismo origen- sabe distinguir el grano de la paja. Eso saben hacerlo hasta los animales no racionales, y sin prejuicios.

El síndrome del vasallo

Acabo de ver “N, Napoleón y yo”, una película recién estrenada de Paolo Virzi, a la que me acerqué sin grandes expectativas. El actor francés Daniel Auteuil suponía para mí un poderoso gancho, completado con el descubrimiento del joven Elio Germano, la envidiablemente bella Monica Bellucci y, como vería, el resto del reparto. Más hallazgos: no es una sesuda recreación histórica sino una comedia cuajada de matices y de ironía que me desató múltiples reflexiones.

Un Napoleón caduco y fracasado llega desterrado a la isla italiana de Elba que se ha convertido en efímero Principado para acogerle. Año 1814. La población babea al recibirle. Todos, salvo un joven profesor radical jacobino, cuya obsesión es matar al emperador pero termina de secretario que le sigue y apunta sus gracias.

Un supremo hartazgo había desembocado en la Revolución francesa que, cortando expeditivamente cabezas, acabó con una época, la de los privilegios de una casta superior y la tiranía. Resulta de partida incomprensible que, tras tamaña convulsión, la sociedad reprodujera los viejos esquemas, corregidos y aumentados con un emperador del calibre de Napoleón Bonaparte. Pero así fue, parece haber una tendencia al vasallaje en los seres humanos.

El encuentro entre el Emperador y su joven secretario que le detesta va a aportar múltiples matices. Napoleón baja un tanto de su pedestal para dar una faz humana, aunque, encantado de haberse conocido, se haga seguir de un ilustrado que anote sus supuestas frases brillantes que, a veces, incluso repite. La camarilla ríe y se asombra de su brillantez, el pueblo le venera desde lejos. Napoleón ha ocasionado miles de muertos, algunos salieron de la sangre de Elba, pero es poderoso y se baja la cerviz con placer, sin cuestionarse nada. Hasta el odio del joven italiano parece ablandarse con el conocimiento. “No más muertos”, le ha dicho el poderoso y él parece creerle. Pero acabará en traición, según la trayectoria conocida.

Napoleón no ha muerto, no han desaparecido los emperadores de todo pelaje. El poder ejerce una influencia sobre la sociedad que debería ser calificada de síndrome, el síndrome del vasallo. Desplazad el foco de vuestra atención cuando miréis una foto o un vídeo de alguien con algún tipo de influencias, desde un político a un artista famoso. Advertiréis forzadas sonrisas de encantamiento en cuantos le acompañan. Y cómo la población se acerca, y se detiene, y de alguna forma admira. Al lado y detrás de la cámara lo he vivido hasta la náusea. Coche oficial que aparta el tráfico y que para a pie de acto, innumerables flashes, perennes sonrisas como digo, silencio y veneración. Preguntas periodísticas. Interesa cuanto diga o no diga, aunque sean estupideces –que muchas veces lo son-. La audiencia seguirá después sus palabras. Querrá escucharles en debates, creyéndoles seres superiores a ellos. El poderoso se ve transportado a un limbo del que imagino hace falta mucha cordura para distanciarse y enjuiciar la situación en su justa medida.

¿Qué sabes de la vida de los famosos? Preguntan periódicos serios. ¿Qué hay que saber? Si es un político quiero verle actuar velando por mis intereses y los de mis conciudadanos, si es un artista aspiro a disfrutar de su obra. No más. Pero es la sociedad quien les encumbra y alimenta su ego, haciéndoles sentir en una cúspide de difícil acceso, a la que –en el caso de los políticos- han llegado con los votos, con el mío también, con el tuyo. No es así en todo el mundo. Al presidente sueco Olof Palme, le mataron en la calle porque seguía viviendo en su domicilio y hacía la vida de cualquiera. A la ministra sueca Anna Lindh, lo mismo. Los ciudadanos alemanes pueden al menos apoyarse en las paredes del Bundestag, con Angela Merkel dentro, porque ninguna medida de seguridad, ni ningún guardia, prevalece sobre su consideración de que el Parlamento y el Gobierno son de los ciudadanos.

“El poder no me cambiará”, dijo José Luís Rodríguez Zapatero al ser elegido en 2004. ¿Le ha cambiado? Sí. Ya anda con camarillas de las que sí se fía para esquivar los cuchillos envenenados. Cambia a todos los engolados portavoces, cambia hasta al más humilde concejal de pueblo.

La raíz podría estar en el síndrome del vasallo de la población que les alimenta. Todos los cometidos para que una sociedad funcione son importantes. Pedid autógrafos a la cajera del supermercado, sin ella puede que no tuviéramos qué comer. Pero el ser humano parece necesitar ser dirigido, admirar fuera de los cauces de la lógica y la moderación. Quizás precise mayor autoestima, mayor conciencia de su papel protagonista de la historia. Seguramente es lo que tienen quienes expresamente tocan el edificio del Bundestag alemán porque sienten que es suyo. También trabajan por él, por su país. Esa actitud –que precisa conocimiento responsable, implicación y madurez- es más patriota que el rendezvous o la crítica desde el sótano que sólo ve los pies del ídolo. ¿Dejaríais abierta la llave de vuestro dinero y vuestra despensa y os pondríais a mirar la televisión? Pues España -sin ir más lejos y a partir de ahí lo que queráis- es tan nuestra como nuestro hogar. El vasallo nunca es un auténtico adulto, por eso pide tutelaje.

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