Ha muerto Nelson Mandela. 95 años. Tenía que irse, no se puede estirar el cuerpo más de lo que da de sí; lo maravilloso es que haya existido. Él demostró que se puede lograr hasta lo que parece imposible. Altamente imposible, como acabar con el aparheid en Sudáfrica. Derrotar lo suficiente a algo tan visceral e irracional como el racismo, esa lacra que hoy vuelve a crecer. Con enormes sacrificios, con 27 años en la cárcel por no cejar en su empeño, pero sobre todo con tenacidad e ingenio. Desde la izquierda auténtica que busca la equidad, la igualdad de oportunidades. El egoísmo como motor del mundo que preconiza y ejerce la derecha, no logra los mismos resultados. Por la verdadera democracia.
Los trazos de su historia son bien conocidos. Apetece repasarlos en este Buen viaje, Madiba. Y el gran episodio de cómo a través del deporte logró un proyecto común entre negros y blancos. Una estrategia. Y momentos estelares de su vida.
“Una buena cabeza y un buen corazón son siempre una combinación formidable”, lo dijo él mismo y es su mejor ejemplo.
Y más cosas:
“Es vuestro deber [periodistas] examinar la conducta de las figuras públicas y exponerla a la luz. Ese es vuestro deber”. (1992)
“La acción de las masas tiene la capacidad de derrocar gobiernos” (1993)
«Él [mi padre] seguía gritando: «Nodayimani, tráeme mi tabaco», ¿sabes? El grito era persistente, y finalmente se lo llevaron, le llenaron la pipa con tabaco, se la encendieron y se la pasaron ya preparada, y entonces fumó y murió fumando» (1993)
“Si esperas las condiciones ideales, nunca se darán” (1994)
“Yo no nací con hambre de ser libre. Yo nací libre, libre en cualquier sentido que yo pueda entender (…) La libertad es inútil si la gente no puede poner comida en sus estómagos, si no pueden tener refugio, si el analfabetismo y las enfermedad siguen persiguiéndolos (…) Un hombre que le arrebata la libertad a otro es un prisionero del odio, está encerrado tras los barrotes del prejuicio y de la estrechez mental». (1994)
Cuantos han nacido para cortar alas, vaciar estómagos, desahuciar de hogares, aborregar el pensamiento para hacerlo a su semejanza, robar la sanidad para inmolarla en el altar del lucro quedan en esta noche y muchos más días eclipsados por la gran figura que les sacó a la cara sus vergüenzas.
Mandela triunfó en el empeño que se propuso. Y era enorme. Y extraordinariamente difícil. El camino siempre es el mismo: luchar, luchar con tensón, con imaginación, con la paz mientras es posible, con la razón y la dignidad. Si todos los que a diario las pierden al menos no molestaran sería más fácil.
Y se puede llegar al final, atravesando los años, vivencias, dolor, amor, felicidad, la historia, con esta hermosa cara de paz, inteligencia y fuerza. Desde una altura intelectual y moral de tal calibre que deja pequeño, ínfimo, hasta el rencor si lo hubiere. Hay gente que no merece ni que nos ensuciemos con el odio. Ahora que hace falta ser Mandela para conseguirlo. Sintió la tentación, claro, se lo contó a Javier Valenzuela. La venció con la cabeza y con el corazón. Eso es ser realmente libre.
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