Da igual que uno viaje con la mejor de las sonrisas, llegar a Madrid, a la estación ferroviaria de Atocha, equivale a irritarse de inmediato. Deberían avisar con un gran letrero: Peligro, ha llegado Vd. a Madrid. Hace ya tiempo que averías, o ese “ahorro” que nuestros dirigentes reservan a quienes no son ellos, están paralizando los pasillos andadores. Hasta no hace mucho no hacían falta, pero también decidieron construir una nueva terminal de condiciones ¡y gasto! considerables y ahora los trenes aparcan en lo que suele llamarse el quinto pinto. El trayecto hasta la salida se lleva de este modo un buen trecho. Y ya no funciona ninguna de las vías cómodas.
La cosa no termina ahí. La parada de taxis es la más caótica del país. Son los viajeros los que deben andar con el equipaje a cuestas avanzando entre los taxis que no se mueven. Lo lógico, lo que hacen en todas partes, es cargar en las dos primeras filas. Avanzar, cargar. Lógica. Son los coches los que se mueven. En Atocha no. Un empleaducho no solo lo “organiza” de esa forma sino que, ante las reticencias, coge el pito y manda pasar a los demás “ciudadanos” para que quien proteste se quede el último. El solidario pueblo español pasa, sin pensar en los demás. Consolidando la chapuza. «Vaya a quejarse a atención al cliente», dice soberbio. Es decir, cruce, baje, espere… Disuasorio. Y para nada.
Pero yo me pregunto por la impresión que se lleva un turista extranjero. Viendo que nada funciona, viendo cargar sus maletas hasta a los ancianos que pierden el resuello de la caminata cargados, sorteando coches con equipaje para tomar un taxi si es el caso. Qué pensará una mente racional que acaba de llegar a la capital de un país y se encuentra ese desastre.
Hay problemas mucho más graves en España, sin duda. Madrid no es sino el síntoma. El Madrid que pierde turismo cuando el resto crece. El que pierde empleo. El que ofrece un mapamundi de socavones que pone en riesgo la integridad, mientras su alcaldesa o su presidente lo pasan en grande en sus festejos de representación. Tenemos a Ana Botella a cuerpo de rey en Davos (Suiza) ahora mismo. Madrid aparece pues como la capital de un país que se desmorona salvo para los cuatro ricos para quienes se gobierna actualmente.
Algún día habrá que animarse a dar la vuelta a esta situación. Se empieza por tareas abarcables. ¿Cómo diría? Mandar a casa –o al spa de Portugal o el ático de Marbella siempre que se lo paguen ellos y no nosotros- a los dirigentes locales. Es un comienzo. Ese punto sólido que se precisa para hacer palanca y construir el mundo. O reconstruirlo, vaya.


















