Lo daban por hecho. Los medios –y no solo los más afines al PP- se volcaron en fomentar la presunta ilusión colectiva de Madrid 2020 que, decían, impregnaba al 91% de la sociedad. El diario El Mundo llegó a publicar que la mayoría del COI había comprometido su voto con España. Llegamos a dudar. Lo peor es que la propia delegación se creyó su propaganda. Alejandro Blanco, el jefe de la Delegación, declara que “Dios va con Madrid 2020”, volviéndonos a la realidad –si alguna vez habíamos salido- de con qué dirigentes nos dejamos representar por el mundo.
Y llega el acto de presentación. Transcurre correcta, con momentos brillantes incluso como algunos vídeos –aunque copiaran la estética del 15M que tanto persigue el PP- y… con grandes mentiras. Mariano Rajoy se lanza a ellas sin pudor, dictando un discurso, leído y en español, a voz en grito “para que le entiendan mejor los que no hablan su idioma” y el contenido de un mitin electoral. Muchas cifras de la supuesta recuperación y la insistencia en la palabra “fiable”. «Tranquilos, que estoy YO aquí», venía a decir el gran rey de las promesas incumplidas.
Ignacio González, el presidente heredado de Aguirre en la Comunidad de Madrid, se apunta con fruición a la misma estrategia. Oírle presumir de la sanidad madrileña hería la sensibilidad -algunos tenemos-. Al menos habló en inglés, con cierta soltura, y abandonando su habitual tono taciturno.
A Ana Botella ya la hemos visto por encima de nuestras posibilidades. Sobreactuada, un inglés nefasto del que se empeñe en hacer gala por muchas críticas que coseche, con tonillo de fiesta de fin de curso en colegio de monjas español por supuesto, con la ocurrencia «coqueta» del “relaxing café con leche”.
Y luego la transmisión que se va a negro y no vemos más. Apenas se restablece la conexión para escuchar al príncipe Felipe. Lo hace muy bien. Pero lo tiene crudo, la familia le ha estigmatizado. Blanco -el que había hablado con Dios para saber de su apoyo-, le había presentado diciendo que iba a inervenir ya «uno de los mejores atletas españoles«. Busqué con la mirada por la mesa. Y no. Se refería a… Felipe de Borbón. Sí, el pobre anda haciendo equilibrios mientras salta con pértiga sobre los feos asuntos que tan de cerca le tocan.
Sigue la euforia, el triunfalismo toda la tarde, y luego el chasco. Parece que el COI haya querido hacer especialmente patente que no estaban con Madrid. Solo 26 delegados le votan en primera vuelta. En el empate para el segundo puesto con Estambul, eliminaron la candidatura española. Finalmente se impone Tokyo con rotundidad. No hubo la menor duda a la vista del resultado.
Los batacazos son habituales cuando se vuela sin alas, pero de eso ya hablaremos más extensamente. Y las reacciones. Acabo de oír a Izaskun Ruíz en TVE hablando de “traición” del COI. Fuerte palabra que lleva a la declaración de compromisos incumplidos. ¿Ah sí? ABC habla de “castigos” en el habitual sadomasoquismo de la derecha católica española y La Razón se lanza directamente a calificar el resultado de “tongo”. Todos a buscar exculpaciones con frenesí y ni la menor autocrítica. Lo tradicional.
Ciertamente hay en el COI firmas dudosas y podía haber chanchullo oculto. Para que ganara España, claro está. Parece que no ha sido así salvo que como dice Ruíz se hayan lanzado directamente a la “traición”.
“Este es un juego político de alto nivel, con intereses internacionales, con dinero, con equilibrios. No siempre limpio. Y está claro que a eso nosotros no sabemos jugar bien”, cita El País las palabras “de uno de los políticos desplazados hasta Buenos Aires”. Ya veis, encima de (presuntos) corruptos, paletos.
Todo se resume en la pregunta del periodista Gumersindo Lafuente que hace extensiva a buena parte del equipo –no tiene desperdicio el artículo- ¿Vd. le daría a Ana Botella la gestión de su empresa? Yo no, pero muchos ciudadanos le han dado a ella y al PP la gestión de nuestros vidas, también de las nuestras no solo de las suyas. Es lo que dicen ellos es la democracia, ésa que se contenta con votar cada 4 años programas que no se cumplen sin pedir responsabilidades.
Con 100 millones de euros desperdiciados ya en la triple aventura de un Madrid Olímpico, es cierto que la suerte en esta experiencia va por barrios. Seguramente a Japón le servirá, como les fue muy útil a otros incluso a la España que alumbró el Barcelona 92. Para otros fue el hundimiento final en el pozo, como le ocurrió a Grecia con el Atenas 2004 enfangado en despilfarros y corrupción. Creo que la España de este momento se parece más a aquella Grecia que a ninguna otra cosa. Y que organizar los juegos hubiera traído réditos para el PP y no para los ciudadanos.
Es de lamentar el esfuerzo de los atletas sobre todo, que ahora ven peligrar su futuro, pero es que el PP no apuesta por el deporte realmente, apostaba por el negocio y el relumbre. Me asombró la referencia continua de los oradores este sábado a la pasión por el deporte de los españoles, sí, por mirarlo y preferentemente por el de gran espectáculo. Aunque eso está cambiando, hay mucha gente que se ve por los parques haciendo deporte. Como no apuesta tampoco el PP por la cultura de la que también presumió. Hay que saber las realidades a las que uno se enfrente y cambiarlas si es el caso.
Que como escribe Sindo Lafuente un equipo de políticos incluso investigados por corrupción vean fantasmas fuera de sí mismos añade problemas. Pero se ha producido una especie de justicia poética: fuera no coló. Ni eso, ni las mentiras acerca de la situación económica, ni el triunfalismo, ni la fiabilidad. Y que los miembros del COI, tan sibaritas, debían andar con zancos sorteando la caspa. E igual, quiero pensar, es el principio de un cambio. Siempre que la derecha ultramontana no decida emprender también una cruzada contra el «traidor» Comité olímpico internacional.


















