Las máquinas sexuales, Zoido y la empatía

Dicen que el ser humano se aplicó pronto a buscar la ficción como forma de evadirse de la realidad o buscando la creatividad que la engrandeciera o ambas cosas. Ahora, una nueva vuelta de tuerca, apuesta por vivirla en sus estadios más prosaicos. Apremian a la mujer para que alquile su útero a quien pueda pagar el que le geste y alumbre un hijo. Apremian a fondo, de la mañana a la noche. La mujer probeta del mercantilismo comparte portada estos días con las robots para el sexo y el afecto, según leemos, oímos y vemos también sin cesar. Las “Loves dolls”, nos dicen, son capaces de ejecutar hasta 50 posturas sexuales y dar la sensación de respuesta que evoque sentimientos. Las robots. No hablan de penes vibradores con extensión corpórea capaces de abrazar como un oso, que es una de las aptitudes más cautivadoras de la pareja. Para estas cosas del placer y el uso siempre suele empezarse por la mujer. Aunque haya “Lover dolls” no exclusivamente femeninas y adultas.

Argumentan que servirán –como las hinchables– para tímidos y para ancianos. Así lo he escuchado. Y para desfogar conductas sexuales ilegales, lo que abre espeluznantes figuras a la imaginación. Y a modo de muñecas afectivas, con la de seres vivos que traen los sentimientos incorporados de serie. Y, hasta que lleguen a fabricarlas los chinos si es el caso, para usuarios de alto poder adquisitivo: cuestan entre 5.000 y 15.000 dólares. Sucedáneos en cualquier caso, con la mirada eternamente perdida, con emociones de silicona, con abrazos mecánicos. Un juguete descorazonado como todos, pero probablemente más descorazonador.

El avance de la robótica viene prestando grandes servicios al progreso. Faltaba avanzar en la idea, obvia, de su empleo idealizado para el placer sexual y la ilusión del amor. De hecho la promoción prioriza el “placer sentimental” al sexual. La idea es recurrente en la literatura y el cine. Lubitsch filmó The Doll ya en 1919, basada en el Ballet Coppélia de Lèo Delibes (SXIX). El español Luis García Berlanga lo abordó en Tamaño natural, de 1973. Pero es quizás Blade Runner (1982) de Ridley Scott la que  sitúa el tema en su más inquietante dimensión al mostrar a replicantes capaces de más empatía y menos hipocresía que los humanos. El director británico iba más allá que el autor del cuento original en el que se inspiró, ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’, el estadounidense Philip K. Dick. Concretamente ahondaba en esa potencialidad de sentir, más probable en los androides de Blade Runner. Nada que ver con las muñecas para el sexo en pleno lanzamiento.

La empatía es la característica humana definitoria. Pero los humanos de Blade Runner no se conmovían con el dolor ajeno, como les ocurre a millones de individuos de hoy. Ven cómo sufren y mueren miles de personas en la pobreza de los días, en el mar y en la tierra de la huida, y mucha gente prefiere mirar a las figuras que en, distintas pantallas, desvirtúan los gritos de la realidad. Tragando un anzuelo tras otro, el mayor el de su propia tibieza y egoísmo. Son legión. ACNUR denuncia que barcos mercantes y militares apagan el radar en zonas críticas del Mediterráneo para evitar verse obligados a atender las llamadas de socorro de los emigrantes.

¿Es Zoido, ministro del interior, un humano o un replicante? Si la principal diferencia teórica es la empatía, no podríamos asegurar que la albergue en su ser. En concreto el ministro no la siente por las personas que arriesgan su vida en el Mediterráneo ni por quienes luchan por salvarles. Durante este año han muerto 1 de cada 45 personas que han intentado cruzar ese mar que fue de la esperanza. Culpar a las ONG de llamarles y contravenir los planes del Gobierno es no tener un latido de afecto o consideración por ellos.

Zoido, Báñez, Catalá, Saénz de Santamaría, De Guindos, Cospedal, Rajoy,  Casado, Rivera, Girauta, todos aquellos responsables directos de la situación que vivimos… ¿Se mueven por empatía? Si se les observa detenidamente en sus gestos y en sus hechos, no demuestran sentirla por el género humano sino por la tribu de sus propios intereses. Como más arriba y más abajo en todas esas dimensiones del poder incapaces de mover un músculo sinceramente por sus congéneres, que más ricos o más pobres nacimos y morimos como todos los demás.

Esos 900.000 niños que pasan los días viendo a todos los adultos en casa, sin salir a trabajar, existen para todas las conciencias. Los que, por el contrario, regresan solos al hogar porque sus padres han de multiplicar los contratos para traer dinero a casa. Los que no cobran ni salario, ni subsidio a pesar de la feria del empleo emprendida por la propaganda. El presidente de la patronal –otro con la empatía bajo el callo del metatarso– avanza generosamente a estas alturas de la tijera que no se puede llegar a final de mes con 800 euros de sueldo. Pues los hay que se quedan en 300 euros al mes (el 22%, 1 de cada 5), y pensiones que siguen sin sobrepasar gran cosa los 300 al mes. ¿Humanos o replicantes quienes así gestionan?

¿Qué sentimiento hacia los demás, hacia sus víctimas, puede albergar quien roba el dinero de todos aprovechándose de su cargo público? ¿Y quienes obstaculizan la justicia? ¿Y quienes apoyan el repulsivo manto de corrupción y forman parte de él manipulando la verdad? ¿Y quienes, no solo no miran, sino que votan para que sean humanos de corazón piedra pómez quienes dirijan los destinos de todos? A la postre, mantener a tantos miserable en puestos de poder se debe siempre el estruendoso silencio de las “buenas personas”.

Nadie sueña ya con ovejas eléctricas, quizás con ficciones que enmascaren su realidad. Buscando salidas hasta con la muñeca de mirada ausente y silencio eterno que se deja hacer. Con vivir al abrigo de cuantos se dejan hacer. Si el mundo sigue adelante no es por ellos. Es porque también hay gente que salva a otros, que abraza al desvalido, que lo ve. Gente que se pone en el lugar del otro. Voluntarios, ONGs, periodistas freelance incluso, que se desesperan en impotencia ante lo que contemplan. Personas que se afanan en luchar por el bien común.  Personas que se rebelan ante la injusticia. Incorruptibles.

Vivimos, sin embargo, entre demasiados sucedáneos. Sucedáneos de la política, de la información, de la decencia. Quizás la posmentira está llegando demasiado lejos si ya no estamos seguros que sean verdad la justicia o los derechos. Que no sea cierta la humanidad y no sea verdad ni el amor. Veo cosas que no creeríais.

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Los que han dejado incapacitado a un joven emigrante

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Se llama Diara Mamadou y tiene 21 años. Este  joven, nacido en Mali, se encaramó una mañana de Noviembre a la valla de Melilla para cruzar a España y Europa. La valla cedió –dicen que por el peso de otros compañeros o el viento- y Diara cayó desde una altura de 6 metros. Sobre él se precipitaron 3 personas más. Estuvo en coma, en la UCI, dos meses internado. Recuperó bastante movilidad, pero se ha quedado con secuelas psíquicas y también físicas que le imposibilitan ocuparse de sí mismo.  El gobierno español ha tenido la deferencia de trasladarlo a la península y depositarlo en algún centro en el que siga llevando su vida más o menos vegetal. Seguro que con profesionales competentes que intentarán ayudarle a superar parte de sus secuelas. Pero nadie le devolverá la vida que tenía, los sueños que le empujaron a arriesgarse a superar las trabas que le oponían. Esa mano que trepó, llena de coraje, y que hoy puede que no sepa contar a su dueño que tiene cinco dedos.

UN CENTENAR DE INMIGRANTES PERMANECEN ENCARAMADOS EN LA VALLA DE MELILLA

He buscado su nombre en Google a ver si me daban algún dato más.  Pero solo remiten a otro joven de nombre muy similar: Mahamadou Diarra. Este es un futbolista de éxito. Una valla es lo que a veces separa un destino de otro.

Y hay culpables. La culpa es de quien levanta las vallas y las mantiene. De quien autoriza desde despachos de Bruselas las “devoluciones en caliente”, prohibidas hasta hace poco por ser contrarias a las Derechos Humanos. Pasó el tiempo de denunciar lo gravísimo que era. La culpa es de quienes cierran fronteras. De quienes propician la desigualdad social. De los que incendian albergues, de los políticos que jalean a estos fanáticos racistas afirmando que están defendiendo la patria del invasor como haría el más riguroso nazi. De todos los que callan. De cuantos votan para que todo esto siga tal cual está, que es decir en el mismo camino de degradación. Los accidentes no existen como tales cuando se entra en semejante madeja, son el resultado lógico. Y va tocando a unos o a otros en diferentes formas.

Leo esta mañana a cronistas de la corte alabando las hazañas del devenido en excelso negociador del PSOE. Que igual utiliza la técnica del escorpión transportado por la rana. O que igual se estrella, sin que los aduladores hagan otra cosa que cambiar el sujeto de sus glosas. La pertinaz elevación a los altares de la política de mercado de otro eficaz vendedor del sistema. La parafernalia de los autobombos. Inmensas hipocresías. La hemorragia de inmundicia que arroja el PP. El reparto de culpas al que siempre se la echan, no vaya a ser que cambie el vertedero por algo más aseado, algo, tampoco lancemos cohetes. Becerros siguiendo la campana en el sentido que otros decidan marcar el camino.  Y sigo mirando a Diara en su silla, inmóvil e incapacitado como todo el que quiera, parece ser, echar luz, coherencia, siquiera dignidad a este emplasto.

Su realidad, nuestra realidad: manual de traducción simultánea

Así, todo cambiaría...

Así, todo cambiaría…

 Cientos, miles, de personas ahogadas en el mar de la esperanza arrojan sus muertes sobre la hipocresía occidental. Cuando ministros y prebostes europeos se rasgan las vestiduras y dicen sorprenderse y “se preocupan” y proponen “tomar medidas” para atajar esa sangría, siguen pensando más en sus réditos electorales que en solucionar el problema. En caso contrario, no hubieran contribuido a crearlo y a aumentarlo. Casa mal poner trabas y aristas cortantes para evitar “el efecto llamada”, ahorrar en salvamento, y llorar después por la sangre derramada. Racismo y egoísmo también tienen un público, pero en líneas generales la sociedad soporta mal las tragedias en masa y ahora toca conmoverse. Hasta la próxima de esta sinrazón que sí tiene culpables y ni siquiera son los mayores las mafias de las barcas que mencionan en exclusiva quienes quieren evadir responsabilidades.

 Todo forma parte del mismo entramado. Los hechos suelen tener causas, antecedentes, desarrollo y aunque parezca una obviedad merece la pena resaltarlo. Una sociedad a  infantilizar, a emocionar, entristecer y apaciguar mediante impactos, necesita encontrar un tiempo para reflexionar por sí misma. Y comprobar las falacias de las realidades paralelas, sus contradicciones, traducirlas a verdad.

 España se bate estos días, en concreto, entre quienes trabajan por perpetuar –con mayor o menor maquillaje- un sistema altamente degradado, y quienes han visto la posibilidad de intentar cambios. Si a los aposentados se les cae podrido un partido, se propicia otro con la cara más limpia. Se apuesta por pactos convenientes y sobre todo se apela al bolsillo: la economía, la baza económica, laeuforia económica como ya se califica y comercializa para el consumo irreflexivo. Pero ¿qué quieren decir con ello y qué es lo cierto?

La baza económica

 En efecto, las cifras de crecimiento del PIB español están siendo espectaculares. Y muy alabadas por las madres y padres del sistema, desde Lagarde a Draghi. Aunque, eso sí exijan, muchas más “reformas”. Laborales sobre todo. Ya nadie se molesta en ocultar que la devaluación de los salarios y derechos en España está detrás de esas cifras de su realidad.

 Se difunde menos cómo lucen ahora tan lustrosos los porcentajes del crecimiento. Y mucho influye que se contabiliza como riqueza nacional la prostitución y el tráfico de drogas y las armas como inversión. Ya se ha evaluado que estas actividades ilegales han proporcionado al PIB de la zona euro un 3,7% de subida, del que cae un buen pellizco en España.

Son “cambios metodológicos” con los que funciona la realidad contable de los que mandan y aspiran a seguir mandando de por vida. Como ya comentamos, el PSOE pretende excluirlos del cómputo, al igual que Francia.  Regular el puterío como piden Albert Rivera y Esperanza Aguirre todavía aportaría más aumento de las cifras.

 Los que no traficamos con las vidas, el cuerpo o la salud de las personas -ni siquiera para embellecer los balances macroeconómicos-  tenemos otra realidad: la que ofrecen los ancianos apostados en la puerta de los supermercados modestos para recoger comida. La que ya lleva a más de dos millones de personas a los comedores sociales. La de las persianas que se cierran sin remedio en los comercios. Las de los desahucios. Las brutales en el aumento de la desigualdad que ha condenado al 30% de los ciudadanos a la exclusión permanente, como denuncia el Informe Social de la Nación.  Las del dolor de la injusticia. La de la esperanza de cambio.

 Esta realidad no es presentable, no queda bonita cuando vienen las visitas. Como también se atraganta la de los cuerpos ahogados por la emigración. Lo peor es que han intentado convencernos de que es su realidad el objetivo a perseguir. Los países son empresas mercantiles, con sus jefes y socios privilegiados, y no sociedades de personas en busca de su mejor desarrollo en convivencia. Aquí y en todo el mundo regido por la codicia. Lo terrible es que hasta víctimas de la patraña han engullido ese mensaje.

 Es como cuando el Tribunal Supremo argumenta para exonerar a los bancos de pagar por todas las cláusulas suelo suscritas que considera ilegales, que ello supondría “un quebranto económico para las entidades”.

¿Y nuestro quebranto económico dónde queda? ¿Y el de las familias a las que echaron a la calle esas mismas entidades? Y ¿cómo es que semejante sentencia no llena las tertulias y las declaraciones de los políticos en campaña? Porque forma parte de “su” realidad.

 A todo esto, mirando las cifras aportadas por el FMI, nos encontramos con que “la baza económica” ofrece lagunas considerables. No las que les cuentan en marañas los economistas del sistema. Otras, de aplastante evidencia. España presumía de ser la 8ª potencia económica del mundo en los gloriosos días de la burbuja inmobiliaria y ahora, 8 años después, está en el puesto 14.  Y por detrás de México, país que todavía presenta mayores desigualdades sociales que las que ha traído la España del PP y sus colaboradores.

 El milagro de la recuperación de Rajoy que ha desatado esa “euforia económica”  se ha basado en recortar sueldos, subsidios, todos los servicios públicos y numerosos derechos. No hay otro modelo productivo, y menos tras ahogar la ciencia y la investigación. La destrucción de empleo y el aumento del paro en esta legislatura, todavía deja cifras peores de las que el PP se encontró.

Ni creando trabajo precario, temporal y parcial hemos llegado a l 21,5% de desempleo con el que empezó el PP. Estamos en el 23,3%. En la realidad de los Notables no entra contar este dato en condiciones.

 Y aún nos faltan los repagos y el incremento de impuestos que nos ha llevado a los ciudadanos (no miembros del clan) a pagar más que en las dos últimas décadas. Y aún así han saqueado la hucha de las pensiones y han incrementado la deuda pública a niveles inasumibles: Debemos 1,04 billones de euros. Solo este año ha incrementado la deuda el PP en 47.000 millones de euros. Casi 300.000 en esta legislatura. Millones. De euros. Son esos lastres que atan por los genitales a quienes, como Syriza en Grecia, quieren hacer las cosas de otra manera que palíe el destrozo previo y frente a los empleados del “mejor como estamos”.

El lema es pagar lo que se debe. Salvo para los bancos españoles, cuyo rescate nos deja una deuda de –oficialmente- 40.000 millones de euros que tampoco suscita especial alarma de tertulias y medios.

 Nuestra realidad sí se alimenta de todos estos hechos. Son los que nos aplastan. A nosotros y a otros ciudadanos del mundo. Ellos andan distribuyendo su realidad, sus datos, sus motos, sus pactos, sus trabas, sus lágrimas de cocodrilo. Absurdo, admitir que su bienestar a costa de los demás es la norma. Porque aún llegarán muchos más abusos. El TTIP para consagrar los derechos de las corporaciones sobre las personas. Los “ahorros” que ahogan cada vez más vidas, en el mar y fuera de él. Su insultante doblez. Su realidad se construye, se nutre, con la nuestra. En particular, con la que la acepta.

  *Publicado en eldiario.es

Kalib vuelve a casa

En los dos últimos meses estoy usando un aparcamiento de Madrid con frecuencia, y ya, ahora, prácticamente a diario. En el rincón de las escaleras de salida había un mendigo. Solo le di dinero una vez, pero sí le saludaba al pasar, dado que él lo hacía. Hace unos días me lo encontré fuera de su puesto, arriba, en la calle, y mostró una notable alegría al reconocerme. Quedé altamente impresionada. Era la viva imagen del desarraigo. Alguien cuyos días transcurren sentado en el suelo, en el abandono, y que agradece una simple muestra de cordialidad.

Cuando terminé mi gestión y regresé a por el coche, el hombre me esperaba para mostrarme una especie de billete de viaje. Con dificultad en el idioma, aclaramos la cuestión: Kalib, que así se llama, es búlgaro y quería volver a casa, fracasada su aventura española. Trataba de recaudar dinero con ese fin.

Al día siguiente, el jueves, conduciendo hacia allí pensé qué se podía hacer por Kalib. En esta inhóspita ciudad que tenemos ahora casi daba miedo recurrir a instancias oficiales no fueran a recluirle o quién sabe qué. Le pedí que me mostrara el billete. Le pregunté cuánto dinero le faltaba para completar el importe: 30 euros. Tan solo 30 euros ya. Bajaban varias personas a por su vehículo y comenté el problema. Uno de los hombres dijo: Yo soy el único que le da dinero, tiene una expresión tan triste… 

Sí, eso era. Kalib es muy expresivo. Llamaba la atención a diario por su tristeza. A quien se la llamaba desde luego, la mayor parte de la gente pasa sin mirar. Y, sí, reunimos los 30 euros en un momento. A él se le iluminó la cara.

Al regreso me enseñó la foto de sus hijos, 3, y de su casa: Mi casa, es mí casa, decía orgulloso. Planta baja y muy modesta, pero una casa, sin duda. La suya, además.

Por supuesto las pocas personas a las que se lo comenté me alertaron de lo que yo misma pensaba: podía ser un truco. No lo parecía pero podía ser. Acostumbrada a auténticos atracos a la sociedad que se perpetran desde el poder, la pérdida era mínima.

El viernes… Kalib seguía allí. Me mostró el billete nuevo: mañana, Bulgaria, mi casa. Vas, sí, vas.  Feliz. Nos despedimos.

Este lunes he contenido la respiración un momento al pasar por esa entrada del aparcamiento. Había alguien. ¿Seguía Kalib allí? Al bajar, he visto a otro mendigo sentado en el mismo lugar. Tras un titubeo, se me ha ocurrido preguntar:

-¿Kalib?

-Kalib Bulgaria, Méndez Álvaro (es el lugar de la principal Estación de autobuses de Madrid).

¿Le ha subarrendado Kalib el puesto al marcharse? ¿Lo han permutado y sigue aquí?

Da igual. Entiendo a la gente que hace trabajo social directo. Es muy tangible, gratificante. Quiero creer que Kalib en efecto viaja ya hacia Bulgaria y que no vuelve a estar tan inmensamente triste. Pero la tarea es tan ingente que, hoy, otro Kalib ocupa su lugar mostrando idénticas y perentorias necesidades.

Por el camino que vamos otros países acogerán puestos en la calle para Josés, Manolos o Luises, arrojados al desarraigo por la emigración en la que soñaron como solución a su futuro. La forma de paliar las inmensas desigualdades que cada día el neoliberalismo acrecienta no es éste. Pero, ya digo, ojalá la historia de Kalib sea cierta y, él al menos, concluya felizmente el largo viaje que le lleva a casa. Desde mi vida con techo, igual necesito creerlo.

 

Yo quiero ser sueca

Ya sé que me diréis que en Suecia también tienen lo suyo y más desde la ola de ultra neoliberalismo que nos sacude a todos, pero todavía no llegan a ciertos extremos. Y el espíritu cívico de esa sociedad, aún con sus defectos, es una garantía. Digo que quiero ser sueca, como podría decir nórdica en general o japonesa o australiana, qué se yo, de dónde sea, el caso es que quiero ser cualquier cosa menos ciudadana de esta España.

He perdido casi por completo la esperanza de que esto vaya a cambiar. Las evidencias caen sin pausa. Cada día más pobres, siendo testigos de mayores injusticias. Saturados absolutamente de desvergüenza ajena. La guinda de este jueves –aunque como es habitual ha habido varias- ha sido la destrucción de los discos duros en los ordenadores de Bárcenas. Si borrar las pruebas de corrupción, incluso de no corrupción como aseguran es el caso, no pasa factura alguna, yo ya me doy de baja. Por muy legal que sea, no tiene ni una brizna de ética.

Si me van a decir que “todos los partidos son iguales”, como ¿consuelo? aún lo empeoran más. Incluso que “en todos los países cuecen habas”, habas o arroz, da igual. Porque al menos, en otro país, no habré de soportar a los corruptos e hijoputas propios. Esto importa. En el fondo a la tierra se la quiere por no sé qué sentimiento atávico y duele más que si aguantas a los sinvergüenzas ajenos. Como que va menos contigo si son  extranjeros.

Me he dejado la piel intentando avisar lo que venía. Y ha venido… con creces. El futuro es aún peor. Y en los naufragios absolutos se pasa mal. Mejor mirarlos desde lejos aunque sea comiendo patatas. Vosotros, españoles, veréis. Me refiero a los que todavía tienen el cuajo de tragar tanta mentira, tanta osadía, tal regresión al Medioevo, tanta porquería putrefacta, hedionda. Y a los que han nacido para divertirse y entretenerse así se estén muriendo de hambre sus hijos, sus padres o sus vecinos. Y a los que viven a la sopa boba, diciendo que “mejor no enterarse de las noticias”.  A los que encima defienden esta situación solo les deseo que sean los primeros en hundirse en las delicias de esa mierda. A ver si dejan algo menos para el resto que no tenemos culpa alguna como ellos. Que entre tonto y mala gente hay una diferencia, aunque a veces esas “calidades” vengan unidas.

No sé por dónde empezar, y mira que suelo tener arrestos. No sé si terminaré por echar mano de Espriú –que en mi caso resulta ya hasta manido- para decir de nuevo que me voy a quedar aquí pese a soñar con espacios más limpios, respirables simplemente. Y que lo haré porque “yo también soy pobre, sucia y desgraciada”. No, no lo soy. Que se apañen de una vez todos. Que son años, décadas, siglos. Que cuando se empieza a ver un atisbo de luz vuelve a cubrirnos el manto de la inmundicia, y renace esa España a la que si de verdad amaran les daría vergüenza.

Harta de corruptos, de fascistas, de puños en alto y bestias en la mirada. De cobardes, de tibios, de los que por una coma no se ponen de acuerdo para buscar soluciones, ni aunque el boquete en el casco nos tenga ya con el agua al cuello.

No sé por dónde empezar, no. Aquí están mis amigos, la mayoría de mis afectos, los lugares y resortes que conozco y de alguna forma me amparan. No voy para joven precisamente. Bueno, eso nadie. Complicado es, pero puede que mejor que asistir a lo que nos está pasando.

He pensado en nacionalizarme sueca y pedir asilo. Lo haría en otro lugar, pero dada mi estatura y aspecto físico, allí seguramente pasaré más desapercibida. Pero cabe estudiar otras opciones. ¿Alguna idea?

suecia 823

Huyendo hacia la esperanza

Un joven de 23 años y nacionalidad cubana ha sido hallado muerto en el tren trasero de aterrizaje de un avión de Iberia procedente de La Habana. Se llamaba Adonis G. B.

Entre estos chicos estaban Yaguine y Fodé ¿los primeros? ¿los más decididos?

Entre estos chicos estaban Yaguine y Fodé ¿Los primeros? ¿Los más decididos?

Recordaré mientras viva otra historia similar. Especialmente por la carta que los chicos portaban en sus bolsillos. Se trataba de dos niños guineanos que murieron también congelados en el tren de aterrizaje de un avión con destino a Bruselas. Fue en Agosto de 1999 y en pocos días la noticia de su tragedia fue absorbida por la nada del olvido, apisonada por el tanque de cualquier otra nueva actualidad.

Sus nombres -porque todas las personas los tenemos-, Yaguine y Fodé. 14 y 15 años. Estudiantes en Guinea-Conaky, decidieron ingenuamente cambiar el mundo. Su carta, escrita en correcto francés, comenzaba así:

“Excelencias, Señores miembros y responsables de Europa:

Tenemos el honorable placer y la gran confianza de escribirles esta carta para hablarles del objetivo de nuestro viaje y del sufrimiento que padecemos los niños y los jóvenes de África.

Pero, ante todo, les presentamos nuestros saludos más deliciosos, adorables y respetuosos con la vida. Con este fin, sean ustedes nuestro apoyo y nuestra ayuda. Son ustedes para nosotros, en África, las personas a las que hay que pedir socorro”.

Decían más. Dios todopoderoso, “su” -nuestro- creador, nos ha dado a los europeos “todas las buenas experiencias, riquezas y poderes para construir y organizar bien su continente para ser el más bello y admirable entre todos”. Querían ser como nosotros, querían que les ayudásemos a ser como nosotros, pedían excusas por atreverse a escribirnos esta carta.

Frases hirientemente reveladoras. Súplicas, admiración por nuestra sabiduría, respeto profundo, ni una pizca de envidia o resquemor, y un grito :

“Ayúdennos, sufrimos enormemente”.

Creo que no voy a añadir ni una palabra.

Lo inesperado

El Roto siempre emitiendo en mi longitud de onda

Una de las características que definen al ingenuo es su infinita capacidad de sorprenderse. Ocurre sin embargo que la experiencia y mantenerse informado permiten hilar los datos y prácticamente “predecir” el futuro (eso que se inicia al segundo siguiente del momento en el que vivimos), aunque en realidad lo que se hace es deducir. Y pasa también que cuando se carece de información y de memoria cada acontecimiento repetido parece nuevo. La sociedad en general (a la vista del discurrir de los hechos) suele vivir instalada en este último supuesto. En su caso más extremo le llevaría a asombrarse cuando sale el sol, no recordando que ya lo vio ayer, y anteayer, y muchos días más, pero en realidad se enfrenta a ese discernimiento en otros acontecimientos menos visibles.

En la nórdica Finlandia, cuna de la mejor educación del mundo, la ultraderecha xenófoba y antieuropea, registra tan espectacular ascenso, que pasa de 5 diputados a 39 situándose a la par que los partidos tradicionales. Una educación mal digerida puede llevar a considerarse superior, y eso hace casi el 20% de la población –la que ha votado a los “Auténticos Finlandeses”- que no quiere rescatar a los “ociosos” y “malgastadores” europeos del Sur y no quieren otro color de piel que el blanco desvaído de la persistente ausencia de sol. Queda allí el resto de los finlandeses claro. Pero en Holanda pasó hace poco lo mismo, sube la ultraderecha.

En la misma línea, el Gobierno francés cerró ayer el paso a los trenes procedentes de Génova para evitar la entrada de los huidos de la revolución árabe. Italia tampoco los quiere. ¿Sorprendente? No. Italia y Francia discute por quién quiere menos a los emigrantes –o exiliados-, y la UE se degrada por días y minutos dado que ya ni respeta el tratado Schengen. ¿Desconcertante? Para nada. Muy previsible.

Cuando la codicia de unos pocos condena a la precariedad a la mayoría (en un proceso creciente e imparable), cuando se carece de suficiente lucidez y de memoria (como para errar la atribución de culpas) sucede lo que está ocurriendo ahora: ultraderecha, xenofobia, manipulación de la sociedad desinformada. Si lo miramos bien, la avaricia extrema es hoy mayor que en el crack del 29. Ahora, solo el 10% del movimiento de divisas (véase Reacciona) se dedica a transacciones comerciales o de producción, el 90% es especulativa, no produce nada.

¿Desconcertante? Pues confieso que sí, que a mí, me sorprende. Me extraña (aún) que los políticos se hayan plegado a esta situación, que los medios no avisen a diario y con grandes caracteres de lo que ocurre y se nos viene encima –en lugar de hacernos desayunar, comer y cenar con los exabruptos de Cospedal o Aznar-, y, mucho más, que la sociedad no reaccione.

No me extraña nada que las ciudades se hayan quedado desiertas (en días laborables) porque es Semana Santa, a pesar de que nos quejamos tanto de la crisis. “España y yo somos así señora”.

Pero sí me pasma que no se desbroce la maleza para identificar a los culpables de los males (que permanecen incluso en vacaciones). La vez anterior los pasos calcados de hoy desembocaron en un Hitler y un Musolini, y una guerra mundial. ¿Podría ocurrir ahora? No estoy segura, quizás todavía soy ingenua. Pero estamos a tiempo de evitarlo.

 Me sorprendo también a mí misma escribiendo aquí, gratis, con las muchas cosas que tengo por hacer. Como responder en Público, por ejemplo, a por qué no escribo todo, absolutamente todo, absolutamente gratis. No incluye ni una mención a conocer el contenido. Es la pregunta que más interés ha despertado. Pero no, eso no me choca nada.

Me gustan las sorpresas. Preciso alguna novedad… inesperada, tan sorprendente que llene de sol las noches. Es todo tan cansinamente previsible…  ¿Ingenua?

¿Seguro que esta tierra es nuestra?

 

 La espeluznante secuencia da pie a elucubrar. ¿Inverosimil?

 Malos tiempos para los emigrantes. Desde el EEUU de Obama excluyéndolos de su reforma sanitaria, a España que debate una ley que, en opinión de los afectados, les convierte en mercancía y les criminaliza. Los 4 millones de seres humanos que esta mañana han desayunado telarañas, han de seguir en “su” tierra, que para eso les tocó nacer allí.

A quienes expresan su rechazo a los inmigrantes que osan venir a “su” territorio suelo preguntarles: ¿por qué consideras que esta tierra “es tuya”? Y, un tanto sorprendidos, alguno responde: “porque pago impuestos”. “Ellos también”, concluyo. Es una evasiva. En el fondo, la raíz del rechazo al extranjero está en suponer que su país les pertenece porque han nacido en él, una de tantas pequeñas certidumbres que atesora el ser humano. Pobre de miras. Podrían perfectamente haber nacido en Camerún, o en Sierra Leona, o en Haití y haberse visto obligados a subir a una patera o un avión. Otra cosa es trabajar por la sociedad en la que uno está ubicado. No es el suelo, sino la gente quienes nos marcan.

Cuando de niña abrí los primeros libros de texto sobre historia y geografía –e incluso de todas las materias científicas-, no pude pasar de los primeros capítulos en mucho tiempo. Acudí de inmediato a ampliar conocimientos a las enciclopedias, me intrigaba saber de dónde veníamos, qué nos había pasado. Quizás desde entonces –ampliado con muchos más hallazgos- mantengo la peregrina teoría de que todo el universo puede formar parte de un organismo más complejo, o incluso similar pero de mayor tamaño. En una palabra, que podemos estar gravitando en el dedo gordo de un pie de otro ser, o en un glóbulo rojo que se agita en humores. Por poner un caso, hay muchas más opciones.

romanesco

Me baso en que todo en la naturaleza reproduce sus estructuras. De un lado tenemos las fascinantes fractales, un entramado que se repite a diferentes escalas. Las hojas del pino son pinos en miniatura, las coles también, muy gráficamente. Hasta el sistema circulatorio y el cáncer son fractales. De otro, también toda la materia está constituida por átomos en los cuales los electrones gravitan en tono a un núcleo. No es inverosímil pensar que el universo formara parte de un ser que un día morirá, o de un objeto caduco, o incluso, ambos, imperecederos. A ciencia cierta, nadie sabe nada. Se estudian desde tiempos inmemoriales soles y planetas, todo el sistema cósmico del espacio y el tiempo, pero ¿nos asegura alguien dónde se ubica? Los científicos se obstinan en encontrar el vacío, la nada, y no logran encontrarlos: todo contiene algo ¿hasta dónde?

atomo

Es una elucubración personal. Sin embargo, Gerard ‘t Hooft, ganador del Premio Nobel de Física en 1999, ha formulado esta teoría: “El universo es un autómata celular en el que la realidad es, simplemente, la interpretación de una gigantesca y fantásticamente compleja máquina de computación”. En fin, la hipótesis que os propongo sólo plantea una duda existencial que conduciría nada más a pensar cuáles pueden ser nuestras certidumbres reales. El mundo, ínfima parte del universo, puede acercarse hoy –con la ayuda de la imagen, símbolo de realidad- en Google Earth para palparlo y ver cómo se concentra en nuestro país, apartando el resto, luego en nuestra ciudad para pasar a nuestra calle y a nuestra casa. Todo es “nuestro”, necesitamos esa certeza. Aunque estén aposentados en una tierra cuyas tripas tampoco conocemos a fondo que, de vez en cuando, tiemblan y engullen a unos cuantos. La sólida masa puede ser muy frágil.

Vivimos, asimismo, con la incongruencia que menos podemos digerir: la muerte inevitable. Pero el ser humano necesita seguridades. Por todo ello, se aferra a religiones, proyectos, materias, convencimientos más o menos fundados. La incertidumbre le mata y la obvia. De hecho, las personas más felices son las que tienen menos dudas.

Yo encuentro la plenitud y la seguridad, sin embargo, en el abrazo de un ser querido, por ejemplo. Puede temblar la tierra y llover meteoritos que me siento encapsulada y ajena a todo. Quizás también en la razón que abre pequeñas vías con apariencia de ciertas. En la esquiva energía. No sé si otros experimentan lo mismo al abrazar su coche o su televisor de plasma, su político puesto en la Historia, el cuadro o la música creados, en los dioses que no hablan. Creo que sí, que algunos sí.

¿Esta tierra es mía? ¿Es tuya? ¿Expulsamos a los intrusos? ¿De qué porción? El mundo propio vendría a ser simplemente un sentimiento, un atisbo de razón, un impulso, que, sin duda, anida en alguna parte, quizás en un rincón de algo que la incertidumbre y las búsquedas han ido dando diversos nombres. Comprender la relatividad de nuestras seguridades, ayuda a ampliar horizontes. Sólo ése es el mensaje.

 Como postre opcional, una de mis obras y pasajes eternamente favoritos: soliloquio de Segismundo de “La vida es sueño” de Pedro Calderón de la Barca:

Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe,

y en cenizas le convierte

la muerte, ¡desdicha fuerte!

¡Que hay quien intente reinar,

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte!

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza;

sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

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