Ágora, ayer, hoy, y siempre

agora

Aunque Alejandro Amenabar no obtuviera otro resultado, sería encomiable su esfuerzo por volver a situarnos ante la eterna lucha entra la razón y la religión. Con la historia de Hypatía pone ante nuestros ojos la evidencia descarnada de este dilema que encoge y expande el desarrollo de la Humanidad como un chicle. Finales del siglo IV, Alejandría. Egipto forma parte de un Imperio romano en degradación. Una mujer, una pionera, imparte sus clases de filosofía y matemáticas. Escribe también de geometría, álgebra y astronomía y, sobre todo, se esfuerza por pensar, no darlo todo por hecho, e inculcar en sus alumnos ese positivo espíritu. La vemos hacerse preguntas, buscar respuestas, no conformarse, casi ajena a un mundo de insidias que se cierne a su alrededor. La pasión por la ciencia en estado puro.

De alguna manera fue Alejandro Magno el impulsor de la biblioteca de Alejandría, la más grande de su tiempo, porque sólo lo escrito afianza el saber. Fue quemada, no sé sabe con precisión cuándo, llevándose consigo los avances logrados por los pensadores. Amenabar vincula en Ágora la destrucción de la biblioteca a la época en la que vivió Hypatía y a la expansión del cristianismo. El hecho es que el fuego y los cuchillos nos han hurtado datos precisos de gran parte de lo que sucedió entonces y había sucedido hasta entonces, por ejemplo, lo relacionado con Hypatía, entregada su figura a recreaciones literarias, más o menos basadas en los textos de sus contemporáneos. Sobre todo los de su exalumno, el obispo Cirilo de Alejandría que, en la corriente vencedora, sí vio conservada su obra literaria.

Hypatía ha pasado a la Historia porque fue brutalmente asesinada y ultrajada. No parece inverosímil que el golpe de gracia se lo diera la consideración subordinada que de la mujer tenía el cristianismo. Ni que el fanatismo religioso hiciera arder el conocimiento escrito confiando la existencia humana a los designios de Dios. “Tu no puedes cuestionarte tus creencias”, le dice a Cirilo sabiendo lo que estas palabras le cuestan, “yo debo”. Entre sus hallazgos una mejora del astrolabio -instrumento que permite determinar las posiciones de las estrellas sobre la bóveda celeste-, o la invención del hidrómetro.

Vendrían poco después mil años de oscurantismo donde el saber se detuvo. Los pensadores tuvieron que empezar de nuevo, sin apenas referencias, transcurrida la negra noche de la Edad Media. Se habían borrado no menos de 10 siglos. Toda innovación registró una caída en picado entregada a la religión y su fe sin pruebas, a sus crueles métodos para imponerla a toda la población. De veinte siglos de Historia supuestamente civilizada, la mitad nos llevaron a negro.

La película de Alejandro Amenabar ya reaviva posiciones. ABC, hoy, en su Tercera Página, aporta una visión que pretende ser sosegada aún diciendo cosas como estas:  «De no ser por el modo en que fue asesinada, Hypatía habría pasado discretamente por la historia de la filosofía, pues lo poco que escribió fueron meros comentarios de tratados compuestos por otros: Tolomeo, Apolonio y Diofanto” (…) “Esta falta de originalidad es propia del final de la Escuela de Alejandría, cuyos miembros son calificados por Ferrater Mora de «epígonos» de los grandes maestros de la antigüedad. Por ello, cuando se habla de los «últimos helenos» no hay que interpretarlo en sentido romántico, sino en el de que son los últimos cultores de un modo de entender el helenismo, devotos que se resistían a aceptar que el cristianismo fuese capaz de inyectar savia nueva a paradigmas que periclitaban. De la vitalidad intelectual de la nueva fe rinden cumplido testimonio los abundantes escritos legados a la posteridad. Un ejemplo de ello, sin ir más lejos, por contemporáneo, es el de Cirilo de Alejandría, cuya producción literaria es amplísima. Diez volúmenes del Migne contienen dieciocho tratados y numerosos sermones, epístolas y cartas pascuales”. Repito “numerosos sermones, epístolas y cartas pascuales”, una gran fuente de pensamiento racional.

El Ágora de hoy -la plaza del pueblo, de enseñar, conversar y pensar-, vive un nuevo parón. Entregada al dinero, al consumo, el hedonismo, la trivialidad, la pérdida de los valores éticos –acrecentada ésta en España por la práctica y aceptación social de la corrupción-, la falta de pensamiento crítico, la exaltación de la “equidistancia” -en consecuencia- que enfrenta opiniones frente a razones, la sociedad está inerme ante los poderes organizados. El capitalismo que nos maneja -los oligarcas de siempre-, y también las vieja fe en la creencia que aumenta su poder. Un solo ejemplo patético: Carod Rovira, Rouco y Moratinos, se encuentran hoy de festejo en Roma para asistir a la santificación de dos beatos españoles, una celebración que debería quedar en el ámbito privado de los católicos a quienes asiste el derecho de organizarse como quieran, costeándolo de su bolsillo y difundiéndolo únicamente entre sus seguidores. Uno de los nuevos santos fue un beato que murió de diabetes, a los 29 años, en 1938 –casualmente, en plena guerra civil-. Fue proclamado beato por Juan Pablo II, «como modelo para todos los jóvenes del mundo», en 1992. A partir de hoy es santo. Pues muy bien. La comitiva española se compone además de 80 personas que disfrutarán de una cena, con cargo, al igual que viajes y hoteles, al erario público.

Lo terrible del Ágora de Amenabar es que nos alerta de lo que nunca cambia.

El cierre de cines como síntoma

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Fue el primer cine al que acudí en Madrid. Un inolvidable primer viaje con mi padre a la capital. Junto a la puerta de la pensión de la Gran Vía donde nos alojamos también había que eludir a los carteristas a la caza de incautos provincianos, hoy de cualquier turista. Pero Madrid compensaba en su derroche de luz y de vida, en aquella sala de proyecciones que, en efecto, parecía un suntuoso palacio. Una película “para mayores” en la que fui aceptada por mi prematuro desarrollo adolescente. El cine siempre fue para mí y muchos otros el premio, el espectáculo superior, la sugerencia infinita, una ventana abierta al mundo, a las ideas, a las emociones.

Pero los cines fueron desapareciendo. Más de 600 han cerrado en España en los últimos seis años. Ahora hay, en todo el territorio nacional, 563. Uno en Vilanova i la Geltrú, el Bosc, ha sido indultado. El ayuntamiento se ha hecho cargo de él en bien de la población y el antiguo dueño se ocupa del bar. Un cinema paradiso redivivo.

La Gran Vía madrileña, antaño paisaje de esplendor de enormes carteleras, ha echado el cierre. En la zona de Ventas han desaparecido prácticamente todos, incluso el avanzado Canciller pionero del sistema Dolby de sonido. Y así en toda España.

¿Qué les ha sustituido? Tiendas, centros comerciales. Fue en los años 80 cuando llegaron a nuestro país los hipermercados. El primero en Cataluña, el segundo en Zaragoza. Situados en el extrarradio, había que usar coche para acercarse. La cosecha desde entonces ha sido fecunda, desbordante. Cada carretera de salida dispone de su conglomerado de centros. Siempre los mismos. Carrefour, Alcampo, Mercadona, Caprabo, Eroski, Media Mark, todos juntos o en cuotas. Una vez dentro, uno no distingue si se encuentra en Vallecas o en San Sebastián de los Reyes, en Valencia, o en Cádiz. En los cascos urbanos sucede lo mismo. Cada cuatro pasos un Zara, un H&M, un C&A.

Y en las ciudades europeas. Prácticamente todas se han uniformizado. Y no sólo las capitales de país. En Malmo (Suecia) en Colonia (Alemania), Zara, H&M, C&A. Preguntas en cualquier parte adonde viajes, en España y fuera de ella, por el centro histórico. Y la nube de cadenas comerciales, ropa, bisutería, zapatos, bolsos, te envuelve. Todas son iguales. El comercio local, que aportaba alguna diferencia, ha desaparecido prácticamente. Apenas he visto algo en Santander, Salamanca o Girona. Por el momento, pronto llegarán los carteles de “liquidación total por cierre del negocio”.

¿Tan difícil sería caminar, o tomar un medio de transporte, para ir a la tienda buscada?

Sí, la oferta ha de entrar por los ojos, nos han educado para comprar sin tino, aunque no lo precisemos de forma imperativa. La necesidad creada del consumo, del hiperconsumo, es el eje en el que se asienta el sistema. No es nada nuevo, lo sabemos. Muchos tenemos la experiencia –las mujeres más no sé por qué- de ver en el armario prendas que ni has estrenado o has usado una sola vez. Y aún así vuelves a salir a la calle, te inundan las sugerencias y vuelves a caer.

¿La desaparición de los cines ha causado el giro a la derecha del electorado alemán? Se podría rizar el rizo y ver que sí. El capitalismo que fomenta el consumo para mantener y ampliar su negocio no es castigado por sus desmanes. La justicia social se deja al margen, cuando, por la crisis, peligra nuestro propio bienestar. Tenemos que seguir comprando, hasta morir. Más de lo preciso. Como zombis bien educados. Los que se mueren de hambre no son mi problema. Ningún gobierno me quitará el nuevo bolso, la camisa está vez con canesú, el coche, la casa, las vacaciones. Edificantes ambiciones.

Las escasas salas de proyecciones también se alojan ahora en los centros comerciales. Para borrar la magia cruzado el umbral, y volver a comprar lo inútil. Algunos centros, como el Arturo Soria Plaza de Madrid, presenta una oferta en la que todo, absolutamente todo, es accesorio, casi hasta el supermercado de Sánchez Romero –el más caro de España- con exotismos fútiles. Pero Rosa Márquez, acaba de decir tras las noticias, que “Los accesorios que ofrece el Corte Inglés son imprescindibles”. Una paradoja.

De ver Espartaco salías con ganas de luchar contra la injusticia, de ¡Qué bello es vivir! con la ilusa idea de que el bien hacer obtiene recompensa, de El jardinero fiel decididos a cambiar el mundo actual, de Bambi interiorizando que la realidad puede ser muy cruel. Casablanca, El gran dictador, Cadena Perpetua, La milla verde, Amelie, rotundas en fondo y forma. Obras de arte. El humor inteligente de Willy Wilder, el suspense magistral de Hitchcock, la ya amenazada Luna nueva del periodismo, la España a combatir de El verdugo. De Cantando bajo la lluvia soñando con volar de felicidad posible, aunque diluvie. Era un peligro. Fomentaban la belleza y el espíritu crítico. Hay que verlas ahora en casa, en soledad. El televisor nos inundará después de ofertas, la calle mañana será una adocenadora sugerencia irresistible. Y ahí estamos.

El irresistible atractivo de la maldad

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Huyendo anoche de los interminables anuncios y los malos telediarios, de miasmas y temores hipocondríacos –yo-, recalamos durante la cena en una película que emitía Imagenio. La de David Trueba y Luís Alegre sobre y con Fernando Fernández Gómez. Lo último que quería y queríamos era una cosa tan ardua como una entrevista casi a palo seco. Pero nos enganchó de tal manera que, insólitamente, hasta suspendimos la conversación de la cena. Y nos dirigimos, después, al sofá como autómatas para seguirle escuchando, con todos sus defectos y virtudes. Pues bien, de las muchas cosas que se me quedaron grabadas fue por ejemplo que la gente de derechas es más rica -que dicho por él tenía algo de ironía o de sensación de haber equivocado el camino-. No sólo eso, añado, se puede mentir, robar, prevaricar, manipular, practicar la demagogia, sin coste alguno. Negativo. Que también hay quien usa la izquierda para lo mismo, sin duda, pero a éstos –salvo a los híbridos de progresista y conservador- no les queda el salvoconducto de acudir a un confesionario y rezar dos padrenuestros y tres avemarías para solventar el delito.

Decía Fernán Gómez que él era maniqueísta: sólo existe el bien y el mal, sin estados intermedios; sólo buenos y malos. Y, de ser cierta tal simplificación en la que jamás he creído, la reflexión que desata es que siempre han triunfado los malos. En todos los órdenes de la vida. Y, ahora más, no encuentro ningún Gandhi al que agarrarme como excepción en el mundo actual.

Fernando Fernán Gómez dijo que toda su vida había perseguido el ideal de mujer de Marlene Dietrich, porque era mala e inquietante. Y parece que es cierto: a los hombres les gustan las tías malas, las que les putean, las inaccesibles. Y a muchas mujeres también les atrae la infamia y la perversión, a los buenos chicos los quieren sólo como amigos. La maldad parece ser un atractivo. Inconfesable en general. Sólo hacen gala de él las descerebradas que escriben a la cárcel, enamoradas, a gente como el presunto asesino de Marta del Castillo. No sé si debe al masoquismo imbuido por la educación católica, o a un primario instinto de caza que sólo espera alcanzar las piezas más difíciles. Para poner el pie sobre ellas y seguir su camino, supongo. No imagino la convivencia con un fiero león poseído por el mal -que de suyo todos los animales son bastante mejores que los humanos-. Aunque, especialmente en las  mujeres, se dan casos de peregrina ingenuidad, ésa que supone que el malvado cambiará por amor. Fernán Gómez dijo con una expresión de cierta ternura pero también de frustración que, sin embargo, todas sus mujeres fueron bondadosas.

Yo he querido toda mi vida ser una mujer fría –lo argumenté incluso en mi primer libro-. No estar dominada por las emociones, aunque aporten sensaciones extremas que a veces parecen justificar una vida. Una mujer de hierro puro, sin frágiles incrustaciones de cristal.

Mi amiga Camino me envía un cuento de un monje budista reiteradamente mordido por un escorpión al que intentaba salvar de una muerte cierta por ahogamiento. Y -hoy, no sé mañana-, no estoy nada segura de si salvar escorpiones, en esas circunstancias, se hace por convencimiento o por genética y, en el fondo, impulsados por una estupidez irremediable. Si ser malo, sin conciencia, no es más productivo en una existencia sin futuro de tierras prometidas. Porque todos sabemos cómo hacer daño, dar con la tecla que duele, y encima el mundo se vuelca a tus pies. Definitivamente los catarros B –que no gripes A- alteran mucho las neuronas. Vds. disculpen.

¿Seguro que esta tierra es nuestra?

 

 La espeluznante secuencia da pie a elucubrar. ¿Inverosimil?

 Malos tiempos para los emigrantes. Desde el EEUU de Obama excluyéndolos de su reforma sanitaria, a España que debate una ley que, en opinión de los afectados, les convierte en mercancía y les criminaliza. Los 4 millones de seres humanos que esta mañana han desayunado telarañas, han de seguir en “su” tierra, que para eso les tocó nacer allí.

A quienes expresan su rechazo a los inmigrantes que osan venir a «su» territorio suelo preguntarles: ¿por qué consideras que esta tierra “es tuya”? Y, un tanto sorprendidos, alguno responde: “porque pago impuestos”. “Ellos también”, concluyo. Es una evasiva. En el fondo, la raíz del rechazo al extranjero está en suponer que su país les pertenece porque han nacido en él, una de tantas pequeñas certidumbres que atesora el ser humano. Pobre de miras. Podrían perfectamente haber nacido en Camerún, o en Sierra Leona, o en Haití y haberse visto obligados a subir a una patera o un avión. Otra cosa es trabajar por la sociedad en la que uno está ubicado. No es el suelo, sino la gente quienes nos marcan.

Cuando de niña abrí los primeros libros de texto sobre historia y geografía –e incluso de todas las materias científicas-, no pude pasar de los primeros capítulos en mucho tiempo. Acudí de inmediato a ampliar conocimientos a las enciclopedias, me intrigaba saber de dónde veníamos, qué nos había pasado. Quizás desde entonces –ampliado con muchos más hallazgos- mantengo la peregrina teoría de que todo el universo puede formar parte de un organismo más complejo, o incluso similar pero de mayor tamaño. En una palabra, que podemos estar gravitando en el dedo gordo de un pie de otro ser, o en un glóbulo rojo que se agita en humores. Por poner un caso, hay muchas más opciones.

romanesco

Me baso en que todo en la naturaleza reproduce sus estructuras. De un lado tenemos las fascinantes fractales, un entramado que se repite a diferentes escalas. Las hojas del pino son pinos en miniatura, las coles también, muy gráficamente. Hasta el sistema circulatorio y el cáncer son fractales. De otro, también toda la materia está constituida por átomos en los cuales los electrones gravitan en tono a un núcleo. No es inverosímil pensar que el universo formara parte de un ser que un día morirá, o de un objeto caduco, o incluso, ambos, imperecederos. A ciencia cierta, nadie sabe nada. Se estudian desde tiempos inmemoriales soles y planetas, todo el sistema cósmico del espacio y el tiempo, pero ¿nos asegura alguien dónde se ubica? Los científicos se obstinan en encontrar el vacío, la nada, y no logran encontrarlos: todo contiene algo ¿hasta dónde?

atomo

Es una elucubración personal. Sin embargo, Gerard ‘t Hooft, ganador del Premio Nobel de Física en 1999, ha formulado esta teoría: “El universo es un autómata celular en el que la realidad es, simplemente, la interpretación de una gigantesca y fantásticamente compleja máquina de computación”. En fin, la hipótesis que os propongo sólo plantea una duda existencial que conduciría nada más a pensar cuáles pueden ser nuestras certidumbres reales. El mundo, ínfima parte del universo, puede acercarse hoy –con la ayuda de la imagen, símbolo de realidad- en Google Earth para palparlo y ver cómo se concentra en nuestro país, apartando el resto, luego en nuestra ciudad para pasar a nuestra calle y a nuestra casa. Todo es “nuestro”, necesitamos esa certeza. Aunque estén aposentados en una tierra cuyas tripas tampoco conocemos a fondo que, de vez en cuando, tiemblan y engullen a unos cuantos. La sólida masa puede ser muy frágil.

Vivimos, asimismo, con la incongruencia que menos podemos digerir: la muerte inevitable. Pero el ser humano necesita seguridades. Por todo ello, se aferra a religiones, proyectos, materias, convencimientos más o menos fundados. La incertidumbre le mata y la obvia. De hecho, las personas más felices son las que tienen menos dudas.

Yo encuentro la plenitud y la seguridad, sin embargo, en el abrazo de un ser querido, por ejemplo. Puede temblar la tierra y llover meteoritos que me siento encapsulada y ajena a todo. Quizás también en la razón que abre pequeñas vías con apariencia de ciertas. En la esquiva energía. No sé si otros experimentan lo mismo al abrazar su coche o su televisor de plasma, su político puesto en la Historia, el cuadro o la música creados, en los dioses que no hablan. Creo que sí, que algunos sí.

¿Esta tierra es mía? ¿Es tuya? ¿Expulsamos a los intrusos? ¿De qué porción? El mundo propio vendría a ser simplemente un sentimiento, un atisbo de razón, un impulso, que, sin duda, anida en alguna parte, quizás en un rincón de algo que la incertidumbre y las búsquedas han ido dando diversos nombres. Comprender la relatividad de nuestras seguridades, ayuda a ampliar horizontes. Sólo ése es el mensaje.

 Como postre opcional, una de mis obras y pasajes eternamente favoritos: soliloquio de Segismundo de “La vida es sueño” de Pedro Calderón de la Barca:

Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe,

y en cenizas le convierte

la muerte, ¡desdicha fuerte!

¡Que hay quien intente reinar,

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte!

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza;

sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

Eufemismos para controlarnos

Leo esta mañana que una periodista, Inmaculada Galván, “se desvincula” de RTVE. Van a sustituirla por otra presentadora y un jefe comenta que “no cuentan con ella para otro proyecto”. Es decir, que la echan a la calle sin contemplaciones. Tampoco es tan grave, RTVE prescindió de 4.150 profesionales para pasar a contratar aquí y allá, con criterios tan arbitrarios como los aplicados ahora. Y en ese juego, se gana y se pierde. Pero me ha hecho gracia el puto eufemismo, con perdón. La misma técnica aplicaron cuando nos “desvincularon” de la cadena pública a los mayores de 50 años –y a otros en multitud de empresas- alegando una “regulación” de empleo.

El mundo actual suaviza los términos para que duelan menos. Y, como cita Alex Grijelmo en su libro “El estilo del periodista”, para ejercer un control: ‘Todo el que pretenda imponer su dominio al hombre ha de apoderarse de su idioma», dijo el alemán Hannes Mäder.

Repasemos algunos de los eufemismos más usados, comenzando por los más tradicionales:

Daño colateral = víctimas civiles de guerra, con su sangre, su ataúd y todo.

Reajustar precios = subir precios.

Flexibilidad en el despido = despido sin costo para el empresario.

Recogida de beneficios = pastón que entra en las arcas de los bancos y grandes empresas.

Falta de Liquidez = Ruina

Suspensión de pagos = No hay más dinero para personal o acreedores, otra son mis cuentas en Suiza.

Regulación de plantilla = reducción de plantilla.

Crecimiento negativo = paradoja imposible que habla de crecer para abajo para ocultar problemas en la economía.

Desaceleración controlada = hundimiento inmobiliario y de otros sectores empresariales.

Técnicas avanzadas de interrogatorio = torturas al estilo de la china medieval –así de modernas-.

Limpieza étnica = genocidio

Liberación = invasión con bombas, léase Irak

Fuego amigo = intento de consuelo para los familiares de las víctimas producto de una chapuza del ejército propio.

Teatro de operaciones = campo de batalla

Ministerio de defensa = de la guerra

Acción armada = atentado

Combatientes enemigos ilegales = Prisioneros de guerra en Guantánamo, a quienes no se les va a aplicar ninguna garantía jurídica.

Privación de libertad = cárcel.

Interno = preso

Servicio de inteligencia = espionaje.

Funcionario de prisiones = carcelero.

Trafico de influencias = soborno

Desaceleración = crisis

Neutralizar/desactivar = dejar fuera de juego, incluso sin vida.

País en vías de desarrollo = país pobre.

De color = negro. Hay más colores de piel, pero se utiliza para el negro.

Pasemos a eufemismos políticos locales:

Rueda de prensa sin preguntas = comunicado unilateral o discurso autocrático

No conozco esas declaraciones = No quiero pronunciarme porque es un marrón

Todo el mundo = pensamiento de Mariano Rajoy y los suyos

España = término polisémico que igual sirve para designar el país de D. Pelayo y el de los castizos ahuyentadores de foráneos, como el dolor de estómago por padecer al de ideas diferentes, como el lugar que no es Cataluña ni el País Vasco dentro del Estado español que incluye sus territorios.

Inquisición = actualmente, acción policial y judicial que persigue delitos.

Cruzada = término conservador para definir campaña o supuesta conspiración.

Mala transmisión de la información = incomunicación, chapuza que no puede ser digerida por la población.

Liberalismo = polisémico también: libertad, iniciativa privada, dominio del libre mercado. Es tan multisentido que es aplicado desde a la señora que se acuesta con quien quiere a los conservadores del más rancio abolengo.

Capitalismo = cosa fea a no mentar pero sí a practicar. Un asesor del partido republicano de EEUU, aconsejó sustituirlo por libre empresa y economía de mercado. En España, acción de la que presumir.

Progreso = políticas conservadoras de antiguo cuño para oponerse a medidas innovadoras.

Fuentes progresistas o conservadoras = afines a uno de los dos partidos mayoritarios.

Jueces progresistas o conservadores = afines a uno de los dos partidos mayoritarios.

Finalizar el periodo de sesiones = irse de vacaciones tres meses.

La vida cotidiana y las relaciones humanas tampoco se libran de eufemismos, muchas veces por tabúes, siempre para suavizar y controlar.

Menor = niño a quien no se piensa respetar su condición.

Provida = defensa de los embriones en el útero materno y jamás de las personas cuando salen de él.

Ideal parejas = piso diminuto.

Faltar a la verdad = mentir.

Residuos sólidos urbanos = basura.

Tercera edad = vejez tradicionalmente, y ahora época de jubilación, viajes del Imserso, repesca de ligues y cuidado de nietos.

Polvo africano = viento del sur, aumento de contaminación, idílica imagen de un jolgorio sexual.

Eres una persona muy buena = eres tonto.

Cese temporal de convivencia = divorcio en personas en las que no queda bien divorciarse.

Pasar a mejor vida = morir (valiente vida mejor)

Persona robusta = gorda.

Persona estilosa = anoréxica con ropas caras.

Acompañante pareja = puta o gigolo.

Para adultos = pornográfico

Miembro viril = pene.

Inodoro = recipiente en el que se depositan los excrementos y que huele que apesta hasta pasado un tiempo tras tirar de la cadena.

Donde la espalda pierde su casto nombre = culo.

Tránsito intestinal = cagar.

Siempre seremos amigos y podrás contar conmigo = adiós para siempre.

Mi casa, teléfono

ET

Vittorio Gassman fue un enorme actor italiano –de cine y de teatro- al que tuve el privilegio de entrevistar una vez. Un hombre bellísimo en la distancia corta: casi dos metros de estatura, deportista (ex jugador profesional de baloncesto), resistente sobre el escenario como pocos podían hacerlo y, al mismo tiempo, viviendo terribles incertidumbres como ser humano, nacidas muy probablemente, de su exceso de sensibilidad y de cordura, que le dotaban de un singular atractivo. Nadie le veía frágil –parecía la antítesis de ese concepto-, sólo él mismo se veía así, él sí se sabía frágil.  Sus demonios interiores le ocasionaron profundas depresiones que le derrumbaron, pero siempre intentaba levantarse escribiendo y volviendo a actuar. Murió en el año 2000, a los 78 años, dejando tras de sí una cincuentena de películas, muchas de ellas míticas, desde “Arroz amargo” de Jean Cocteau a “Perfume de mujer” y “La escapada”. Vittorio Gassman era un extraterrestre.

He conocido muchos extraterrestres. De hecho creo que yo también lo soy. Y es por eso que les detecto mejor. Todos nosotros entendemos los códigos de los demás, aunque –dada la distinta procedencia de cada uno- a veces no resulte fácil. Simplemente nos reconocemos en ese raro vagar por el planeta Tierra que no es el nuestro. Agosto, los chiringuitos, las playas, los trenes, las familias tan diferentes entre sí, cuya génesis y vida uno intuye por sus actitudes y gestos, el verano en sí mismo, la obligatoriedad de la diversión y la huída, los tópicos, lo que uno ve, y lee, y oye, aquí, allí, más arriba, más abajo , las relaciones humanas… dado que buena parte de ello no me resulta inteligible, he terminado por musitar la frase simple de un colega: “mi casa, teléfono”.

Sí, es mi extraterrestre favorito. Se fue hace más de un cuarto de siglo y no hemos vuelto a saber de él. Todos sentimos envidia de aquellos niños que tuvieron la fortuna de tratarle de cerca. Y nosotros en particular, además, de cómo le trataron aquellos niños. ET fue el primer extraterrestre que, apenas sin brillos fosforescentes –a lo sumo en su dedo sabio- mostró sentimientos parecidos a los humanos. Cara de abuelo infantil, tierno, indefenso, añorando su casa y su mundo. Enfermo de melancolía en lugar de arrogante. Escrutado por los humanos, en vez de agresivo y temible. Así somos la mayoría de los extraterrestres, la verdad. Pero el humano-tipo no se molesta en conocernos y teme a lo diferente.

Spielberg prefirió sacudir la nostalgia para seguir, simplemente, exprimiendo la leyenda. Pero a mí me hubiera gustado ver regresar a ET, de visita, por supuesto. Saber cómo le ha ido por aquella casa que anhelaba mirando al cielo. Si ha seguido el curso de la vida y quizás ya tiene una familia con ETs de distintos tamaños. Si el paso por la Tierra afecta de alguna manera y en qué sentido.

Por fín… mi casa, mi cama, mis discos, mis libros, mi jarra alta para la cerveza, mi orden, mi anarquía,  mis sueños, mi paz, mis zozobras, mis rincones, mis defectos, mis virtudes, mis manías, mis afectos diarios, mi espacio, mi mundo entre otros pequeños mundos que gravitan aislados, invisibles para los demás.

ET no dejó su número de teléfono –no había móviles entonces y seguramente era complicado llamarle al fijo-, pero quizás ya tiene dirección de correo electrónico. No es lógico en estos tiempos que los extraterrestres no estemos mejor comunicados.

Pensar, práctica en desuso

Las calculadoras como muletas en la resolución de problemas, el pensamiento mascado para ser mejor digerido. Pocos parecen enfrentarse a la realidad con ojos nuevos cada día para hacerse preguntas y encontrar respuestas, para equivocarse y volver a replantearlas, para tratar de ver, asociar y sacar conclusiones. Lanzarse a la aventura de descender una montaña hasta el mar del conocimiento como río nuevo, en lugar de seguir – en barca sin piloto identificado- todos los canales establecidos. Más aún, como razona Ignacio Escolar, entrar en el jardín secreto está penado por la sociedad.

Varios amigos coetáneos míos coinciden en resaltar que ahora ya no parecen existir grandes pensadores, cuyas palabras aguardar con interés. Los Aranguren, Madariaga, Marías, de nuestra juventud, publicaban artículos, eran entrevistados en grandes medios. Ahora, en efecto, no pueden proliferar más los “opinadores” de oficio, tediosos repetidores de tópicos, pero faltan los elaboradores de ideas. Se ha perdido -se diría- la práctica de pensar.

Es un mal general, los filósofos han sido sustituidos por los sociólogos –de meritoria labor sin duda- en una corriente que trata como máximo de analizar los hechos, pegarse a la realidad. Pareciera que la última corriente de pensamiento filosófico notable fuera la del Círculo de Viena y data de la primera mitad del Siglo XX. De otro lado, se recupera la “matematización”, las matemáticas como eje e instrumento: Todo lo que no puede reducirse a variables cuantitativas se rechaza.

Descubrí en un reportaje el valor capital de las matemáticas sin embargo. Origen de todas las ciencias, ofrece un punto clave: “Es una cuestión de entrenamiento”, me decía la matemática Marta San-Solé, “un deportista de élite no llega a serlo si no hay un entrenamiento muy duro detrás. Y, si uno no se rompe la cabeza resolviendo problemas desde niño, problemas sencillos, pero que sirvan de entrenamiento al racionamiento, pues evidentemente no va a tener una cultura matemática”.

Ni de vida. Hay que trabajar para abrir cauces, pero si no se ejercita, el cerebro se extingue. En un mundo global, con sobre-información, las ideas nuevas se diluyen en el conjunto. Con la crisis, no hay tiempo para pensar –precisamente, cuando sería más necesario-. La Universidad hoy busca el pragmatismo urgente, piezas que encajen en empresas, en lugar de primar ser lo que siempre fue: un foro para el desarrollo de ideas. Pero la causa principal puede estar en los medios de comunicación. Los espacios culturales de los telediarios ya no informan sobre cultura, sino que promocionan industrias o productos propios. Productos, no cultura. Los medios más serios no se arriesgan con experimentos. Los debates políticos han quedado reducidos a lo que el sociólogo Fermín Bouza denomina «píldoras»: «la televisión ha contribuido a un proceso de debilitamiento de las ideologías porque ha impedido el discurso ideológico. Es un discurso de píldoras, sintético, rápido, y ha formateado al resto de la sociedad a su manera”. 59 segundos para sintetizar una idea, la audiencia ya no aguanta más tiempo atendiendo.

 Vivimos en una sociedad trivializada y, por tanto, más vulnerable. Ella da de comer a los medios también, en un bucle que se retroalimenta. El fin último es fomentar el consumo, como dice una intelectual innovadora, ésta sí, Naomi Klein.

Aún tenemos en España, mejor en la península ibérica, a Saramago, Sampedro, José Vidal-Beneyto o Federico Mayor Zaragoza. Mezclados, y tapados, con las hordas “cristianoronaldas”. Un cerebro para toda la vida. Anquilosado y lánguido por falta de uso. Cuestionarlo todo, volver a mirar, asociar y concluir para hallar nuevas soluciones. Fortalecer el cerebro, entrenarlo. Para abordar también problemas prácticos, sí, esos que nos acucian. Empequeñecios y más accesibles a un pensamiento maduro.

El gozo de escribir (o de hacer algo)

Venía yo elucubrando un asunto, mientras hacía “recados”, sobre un muro suspendido en el aire que sabía iba a empujarme hacia una de sus dos vertientes: lo positivo y lo negativo. En el supermercado de mi barrio hay un abuelo que pide en la puerta como cumpliendo un horario. Hoy, que he bajado al abrir, ya estaba. No es un desarrapado. Lo imagino en su casa, madrugando, desayunando, pensando en la labor diaria que un día tuvo y que, ahora, de alguna forma recupera. Su tarea –de remuneración imprevisible- es extender la mano. Tengo localizado otro, algo más joven,  que se juega la vida entre los coches de María de Molina, el acceso a Madrid desde la Nacional II o el aeropuerto. A éste le apasiona su actual labor:  rezuma optimismo. Y nunca falla. Me preocupa, sin embargo, un tercero que ha desaparecido de su puesto. Hace ya tiempo. Argumentaba con ímpetu su reivindicación. Se enfadaba si no alcanzaba el éxito.

Pensaba en mí misma, privada de un trabajo diario en el periodismo, que se consuela plantándose en la puerta de la blogosfera, pendiente de la mañana a la noche más de una vez, para dotarme de una cierta sensación de que sigo ejerciendo. Ya sé que yo dispongo de medios de subsistencia y, posiblemente, estos hombres que piden no. Pero hay algo en su actitud que me hace pensar que hay algo más: la necesidad de la rutina, la obligación, sentirse útil, sentirse en el mundo.

Y llego a casa, y, vía Toño Fraguas lafragua.blogspot.com, he encontrado la solución. Y he saltado de mi muro hacia un colchón de esperanza. Este post va a ser inmensamente largo. Porque así debe ser. Toño ha descubierto un artículo maravilloso. A mí me sirve. Cada cuál busque su mejor acomodo.

ESCRIBIR A DIETA

Juan Villoro

Diario REFORMA . Ciudad de México

(19-Jun-2009).-

Hace años, en todos los periódicos trabajaba un gordo dedicado al arte de corregir la puntuación. Mientras otros sudaban en el lugar de los hechos, él leía con ojos de cazador. De tanto en tanto, chupaba un lápiz como quien prueba una golosina y tachaba un gerundio. No necesitaba consultar diccionarios porque había engordado a fuerza de adquirir palabras.

El corrector obeso era la versión extrema del periodismo sedentario. Su cuerpo expresaba autoridad. Aunque odiáramos sus enmiendas, lo veíamos como a un Buda cuyo paradójico don consistía en suprimir el adjetivo que tanto nos gustaba.

En un diario español conocí a uno de esos gordos, que además tenía el tino de apellidarse Grasa. Nadie se burlaba de él. Su nombre parecía heráldico, digno de su especialidad.

Los correctores perdieron importancia desde que la computadora prometió hacer esa tarea. El gran gordo desapareció mientras las redacciones se llenaban de gorditos.

Los reporteros se ejercitan menos; ya no persiguen las noticias a pie, sino que las buscan en las pantallas. Un oficio de flacos (recordemos al periodista famélico dibujado por Abel Quezada) se ha convertido en una tarea donde la barriga ya no es exclusividad del corrector en jefe.

Internet ha traído numerosos cambios culturales. No vamos a demonizar aquí algo bueno e inevitable, como la lluvia o el teléfono, pero es un hecho que los inventos ponen nerviosa a la gente. La fotografía anunció el fin de la pintura, el cine el fin de la fotografía, la televisión el fin del cine y la computadora el fin de la televisión. El resultado suele ser el opuesto. Cada nueva tecnología prestigia a la anterior: el plástico ennoblece al vidrio, el vidrio al bronce y el bronce a la piedra.

Las fotos polaroid, que parecieron el non plus ultra de lo moderno, acaban de desaparecer para siempre, convirtiendo a sus cultores -de Andy Warhol a David Hockney- en artistas de una edad pretérita.

Dentro de 50 años será imposible encontrar un sistema operativo para leer un CD con la información que hoy podemos grabar. En cambio, se leerán libros caligrafiados hace 2 mil años.

Internet refrendó la fuerza de la cultura de la letra. No podemos vivir sin escritura. La constelación que una vez se trazó con tinta de calamar, ahora brilla en nuestras pantallas.

Sin embargo, ante la galaxia Google, el periodismo impreso ha tenido un ataque de ansiedad. En vez de realzar sus recursos, imita los ajenos. Como la información en línea es muy solicitada, los periódicos tratan de parecer páginas web (menos letras, más imágenes, tips que simulan ser links…).

La reacción debería ser la contraria. Si en la pintura el abstraccionismo mostró lo que no puede hacer la fotografía, el periodismo impreso debería ofrecer lo que no funciona en la red: textos larguísimos para gente que conoce la calma. El periódico italiano La Reppublica es un buen ejemplo al respecto. Se lee al ritmo que impone el papel. Hace poco, uno de sus temas de portada fue la descripción de un beso. Es cierto que el autor era Orhan Pamuk, pero pocos diarios lo hubieran considerado digno de primera plana.

Lo curioso es que mientras se reduce el periodismo de investigación y se eliminan suplementos, las revistas ganan adeptos, demostrando que hay gente dispuesta a leer textos más extensos que los de las cajas de cereales.

La red se ha convertido en su propio tema: es el horizonte de los acontecimientos. En vez de acudir al lugar de los sucesos, el reportero vigila la realidad virtual. Como todos pueden llegar ahí, la competencia se basa en la homologación. El triunfo de conseguir algo único es menos decisivo que la derrota de perder lo que los demás consiguieron. La novedad tiene un criterio estándar.

Otro efecto secundario de internet es la disminución de corresponsales extranjeros. La red es una plaza sin patrias donde se intercambian datos de todas partes. Los enviados especiales se han vuelto caros y en cierta forma desconfiables: ven de manera peculiar un mundo que aspira a la norma.

Para colmo, en muchas ocasiones el reportero debe escribir un texto aplicable a varios formatos (el periódico impreso, la información en línea, el boletín de radio o televisión). Por lo tanto, ofrece una materia neutra donde los giros personales se evitan como grumos en el arroz con leche.

El periodismo sin señas de identidad permite que alguien comente: «ese texto es demasiado literario». La frase debería ser tan rara como la de un chef que dijera: «ese guiso es demasiado gastronómico». Casi siempre, la objeción se refiere a que el texto es complicado. La claridad es un requisito de la prensa (el desembarco en Normandía no se puede comunicar como un poema dadaísta), pero el miedo a la diferencia ha llevado a renunciar a los adverbios y los adjetivos.

Al alejarse de su esencia, la prensa escrita pierde lectores en todas partes. Mientras los periódicos adelgazan, los periodistas engordan.

No será por mucho tiempo. No hay vida sin historias. Nada más urgente que la crónica de un beso

El Golpe de Estado «técnicamente»

El presidente de Honduras, Manuel Zelaya, duerme en su cama cuando irrumpe el ejército a tiros en su dormitorio, le secuestran y lo meten en un avión para sacarlo del país. Liberal y adinerado, que devino en populista de la línea Chávez, sufría problemas desde hace un tiempo. Había convocado un referéndum para lograr la prolongación de su mandato por cuatro años más -algo que prohíbe la Constitución de Honduras-, el Congreso había votado en contra de la medida, pero Zelaya persistió en su idea. Hoy, el Presidente de la Cámara, Roberto Micheletti, encabeza ya el nuevo Gobierno, con apoyo del Tribunal Supremo. Sin pasar por las urnas.

Los hechos desnudos vienen a ser así. Lo curioso ha sido la reticencia a denominar Golpe de Estado a lo sucedido en Honduras y, una vez admitido a regañadientes, tratar de justificarlo. En España.

La Razón titula “Golpe de Estado contra Chávez”. Fernando Fernández en la SER argumenta que Zelaya “había dado motivos”: quería “perpetuarse en el poder” y ha inflingido varias leyes (no tantas desde luego como la clase política hondureña en su actuación en este caso). ¿Eso justifica que entre la cuartelada en su casa y lo expulsen del país? Al parecer, sí, para algunos.

“Perpetuarse en el poder” es legal en España, por ejemplo, donde no existe limitación para presentarse a comicios electorales. Siempre que logren la mayoría de los votos como pedía hacer el presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya. ¿Que se puede manipular emocionalmente a las masas? ¿Dónde no?

De cualquier forma, el uso político del ejército, y el secuestro y deportación del Presidente son delitos gravísimos. Si la actuación de Zelaya no era correcta, hoy debería estar en la cárcel –hondureña- a la espera de juicio. Pero muchos lo “comprenden”. Uno de nuestros actuales representantes en Europa, Alejo Vidal-Quadras, declaró en la campaña electoral, que la República había sido la causante de los cuarenta años de dictadura sufridos en España. Y fue masivamente votado. También me chirría escuchar en la SER a alguien que considera lícito de alguna manera que si un país tiene problemas, se llame al ejército, se secuestre al presidente, se corte la electricidad, televisiones y radios y se establezca el toque de queda. No es un criterio democrático, a las personas no demócratas no se les pone puente de plata para que difundan su ideología en los países serios.  Y ésa es la razón por la que a los sajones les hacemos tanta “gracia”, pero no nos toman en serio. El problema es, sin embargo -dicen algunos-  lo que “técnicamente” se considera un golpe de Estado. En este caso, la actuación de Zelaya pone en duda el término, dicen. Además, se había alineado con Chavez, tremendo delito que merece como mínimo ser encañonado.

España, madre patria, Europa, sufrió en sus carnes no hace tanto, un problema similar. Y quiero traer a colación un viacrucis padecido en primera persona. Un amigo –a quien, a pesar de todo, profeso un gran afecto-, ha escrito un libro sobre su vida en la televisión, profundamente subjetivo, incluso arbitrario. En él cita su visión del último reportaje que hicimos juntos en RTVE para Informe Semanal, el último de nuestra carrera en la Casa, además. Habla de profundas discrepancias que a punto estuvieron de acabar con nuestra amistad. Pero no cita el desencadenante, que fue ése: que yo llamé Golpe de Estado a los sucedido en España en 1936.

Él, como realizador, se ocupaba de la imagen, y yo -como redactora del texto y primera firmante del reportaje- de todo su contenido. Él, sin embargo, rechazaba de plano la denominación “Golpe de Estado”.

“Dos académicos, uno de la Lengua y otro de la Historia no me parecían malas referencias, y ellos parecen coincidir con mi teoría. Carmen Iglesias dijo que no se debe hablar de golpe de Estado, sino de rebelión militar. O en todo caso golpe militar, pues el golpe de Estado lleva aparejada la toma de los centros de poder y el cambio de uno por otro. Dijo: «es una rebelión militar que acaba en guerra civil. Tú estás en tu derecho de apostar por lo que quieras. En este caso, nuestras apuestas particulares arrastran al otro como si fuéramos siameses. Si te equivocas nos equivocamos, si me equivoco con la imagen nos equivocamos también los dos», me escribió en un extensísimo intercambio de emails que seguía a las discusiones de viva voz.

En la agria disputa, le escribí:

“Creo que la cuestión del Golpe de Estado -que a mí no me suena «raro»- se zanja con un hecho: Golpe de Estado figura en los libros de texto que estudian hoy los niños españoles -el propio Dani, «nuestro niño», lo dice en la entrevista-, aprobados por el Ministerio de Educación y Ciencia. Junto a wikipedia y Pío Moa (como ejemplos extremos), te cité que esa calificación figura hasta en museos nacionales. De hecho hay 65.800 entradas en google con esa denominación. Que hay opiniones diferentes,no me cabe duda. Unas serán por perfección academicista y otras puramente intencionadas políticamente. Incluso decir «golpe militar» lo corrobora. Militar es un calificativo en este caso, pero los golpes no se dan en el aire, se dan contra algo y fue el Estado de Derecho, un gobierno elegido en las urnas que además trajo una guerra civil y 40 años de férrea dictadura.Por todo ello lo que sí te puede asegurar es que a ningún demócrata le molestará escuchar que se llama Golpe de Estado a lo que ocurrió en 1936.”

Pero no le convencí:

“Ya sé que a ti lo de golpe de estado no te suena raro, ése es el problema; como tampoco te sonaba raro lo de «la larga noche» (imagen literaria que utilicé para referirme a los 40 años de dictadura, y que consiguió sacar del guión con apoyo de uno de los jefes del programa). Respecto a las referencias que tomamos para saber lo correcto o lo incorrecto hay que tener cuidado porque los errores se expanden con una facilidad contagiosa. Quién le convence a un ciudadano medianamente ilustrado de que es incorrecto decir «ciudadano y ciudadana», cuando lo dice desde el presidente de gobierno a los conductores de los programas de radio; quién le convence de que, eso, de que se puede decir «de que» y no evitarlo a toda costa como si fuera la peste, que unas veces es correcto y otras incorrecto, que el no emplearlo nunca, aqueismo, es tan erróneo como el dequeismo. Las referencias que encontramos a mano no son nada fiables, como ves. La cuestión del Golpe de Estado, hija mía, no se zanja con el argumento de los libros de texto, la zanjas tú y punto, pero eso no es garantía del uso correcto del término, y tú, periodista renombrada, estás difundiendo el, a mi juicio, error a unos cuantos millones de telespectadores que pensarán que si lo dice la televisión está bien dicho. La televisión lo aguanta todo, nada va a pasar, no hay que preocuparse, se trata de trabajar con rigor o no. En cualquier caso, el castellano es tan rico que permite términos alternativos que eliminen la sombra de la duda. Ahora bien, si se trata de sostenella y no enmendalla, esa es tu opción. Por el bien del idioma, ojalá que aciertes».

En el reportaje leí: “Golpe de Estado de 1936”

Y ahora me pregunto: ¿la semántica tiene ideología? ¿Es inocente y fría?

Pensar en español

 LA EÑE NOS DISTINGUE…

Decimoséptima letra del alfabeto castellano, naciste de la unión de dos enes consecutivas. Por ser única, diferente y escasa, se lucha desde hace años para aniquilarte. Tacaños de mente, bisoños de imaginación, te rechazan. Contraes en un dígito un sonido que tienen otros idiomas y que ellos suelen escribir con nh o con gn. Huraños te miraban y te repudiaban: se negaban a fabricar máquinas de escribir o teclados de ordenador con eñes, quisieron obligarte a convertirte en doble letra de nuevo escribiendo n-i, para hacer más nionio lo ñoño. Pero un mono no es lo mismo que un moño y, menos aún, monio, demonio, antimonio,  sucedáneo de la nada. Sonar es una actividad mucho más inmediata, y prosaica que soñar y el puño se debilita si le falta la virgulilla, el sombrero señor que jamás te quitas. Al aire, en un guiño, optimista, airoso, casi flamenco, acabado en ascendente para saludar al futuro.

La academia condescendiente acepta decir con pureza registrada… tropecientos currantes flipan zapeando, jope que guay, mientras tu presencia escueta se enseñorea del diccionario para darle identidad. Uñas y cuñas, arañas y musarañas se escriben con eñe. Tienes la fuerza del coño y la puñeta. Diferencias entre el niño y la niña, entre el cuño y la cuña, el caño y la caña. Te tiñes de añil y de armiño, sabes a ñoqui y a ñora, hueles a especial y sin ti moriría el ñu y el ñandú, la ñacariñá y el ñame. Y los coruñeses, albaceteñenos, maños aragoneses, españoles todos , panameños, salvadoreños u hondureños. Atañes a un mercado de cuatrocientos cincuenta millones de personas que merece la pena conservar. «La ortografía también es gente», dijo Pessoa. Y la gente, ideas y sentimientos. Hija primogénita de la España que los extranjeros escriben Espana, te adoptó el gallego y cruzaste el inmenso océano. Suenas sin sueño, a pecados mortales como la envidia, la hipocresía o la mentira, pero también a creatividad, ingenio y pasión. Nos has hecho dueños de una letra que sirve para emponzoñar, al tiempo que para añorar. A una letra que nos distingue, como sello y seña. Por ti, el otoño se viste de eñes, los años se visten de eñes, y el futuro de mañanas.