Mi casa, teléfono

ET

Vittorio Gassman fue un enorme actor italiano –de cine y de teatro- al que tuve el privilegio de entrevistar una vez. Un hombre bellísimo en la distancia corta: casi dos metros de estatura, deportista (ex jugador profesional de baloncesto), resistente sobre el escenario como pocos podían hacerlo y, al mismo tiempo, viviendo terribles incertidumbres como ser humano, nacidas muy probablemente, de su exceso de sensibilidad y de cordura, que le dotaban de un singular atractivo. Nadie le veía frágil –parecía la antítesis de ese concepto-, sólo él mismo se veía así, él sí se sabía frágil.  Sus demonios interiores le ocasionaron profundas depresiones que le derrumbaron, pero siempre intentaba levantarse escribiendo y volviendo a actuar. Murió en el año 2000, a los 78 años, dejando tras de sí una cincuentena de películas, muchas de ellas míticas, desde “Arroz amargo” de Jean Cocteau a “Perfume de mujer” y “La escapada”. Vittorio Gassman era un extraterrestre.

He conocido muchos extraterrestres. De hecho creo que yo también lo soy. Y es por eso que les detecto mejor. Todos nosotros entendemos los códigos de los demás, aunque –dada la distinta procedencia de cada uno- a veces no resulte fácil. Simplemente nos reconocemos en ese raro vagar por el planeta Tierra que no es el nuestro. Agosto, los chiringuitos, las playas, los trenes, las familias tan diferentes entre sí, cuya génesis y vida uno intuye por sus actitudes y gestos, el verano en sí mismo, la obligatoriedad de la diversión y la huída, los tópicos, lo que uno ve, y lee, y oye, aquí, allí, más arriba, más abajo , las relaciones humanas… dado que buena parte de ello no me resulta inteligible, he terminado por musitar la frase simple de un colega: “mi casa, teléfono”.

Sí, es mi extraterrestre favorito. Se fue hace más de un cuarto de siglo y no hemos vuelto a saber de él. Todos sentimos envidia de aquellos niños que tuvieron la fortuna de tratarle de cerca. Y nosotros en particular, además, de cómo le trataron aquellos niños. ET fue el primer extraterrestre que, apenas sin brillos fosforescentes –a lo sumo en su dedo sabio- mostró sentimientos parecidos a los humanos. Cara de abuelo infantil, tierno, indefenso, añorando su casa y su mundo. Enfermo de melancolía en lugar de arrogante. Escrutado por los humanos, en vez de agresivo y temible. Así somos la mayoría de los extraterrestres, la verdad. Pero el humano-tipo no se molesta en conocernos y teme a lo diferente.

Spielberg prefirió sacudir la nostalgia para seguir, simplemente, exprimiendo la leyenda. Pero a mí me hubiera gustado ver regresar a ET, de visita, por supuesto. Saber cómo le ha ido por aquella casa que anhelaba mirando al cielo. Si ha seguido el curso de la vida y quizás ya tiene una familia con ETs de distintos tamaños. Si el paso por la Tierra afecta de alguna manera y en qué sentido.

Por fín… mi casa, mi cama, mis discos, mis libros, mi jarra alta para la cerveza, mi orden, mi anarquía,  mis sueños, mi paz, mis zozobras, mis rincones, mis defectos, mis virtudes, mis manías, mis afectos diarios, mi espacio, mi mundo entre otros pequeños mundos que gravitan aislados, invisibles para los demás.

ET no dejó su número de teléfono –no había móviles entonces y seguramente era complicado llamarle al fijo-, pero quizás ya tiene dirección de correo electrónico. No es lógico en estos tiempos que los extraterrestres no estemos mejor comunicados.

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2 comentarios

  1. giselgh

     /  15 agosto 2009

    Los extraterrestres suelen ser de su pequeño territorio. Los más extremistas que conozco bailan al son de su signo hogareño y lunático: los cáncer ascendente cáncer que, junto al resto que pulula sin demasiado acierto práctico, observan su cumplir de años, y van sintiendo como son unicidad, envidiosos de los grupos de conducta idéntica y rutinaria, por aquello de la facilidad de vida, pero al mismo tiempo fuertes en su solitario transcurrir.

    Y cuando ese extraterrestre se prepara para el último acto, el cual sabe que debe afrontar también en soledad, aspira a lo sumo a algunos espectadores lejanos que no podrán hacer nada para cambiar de sensación. Se percata que siempre ha sido único, que los demás son como de engaño, que todos los hitos vitales, aunque parezca que no, son de uno o de otro, de éste o de aquél, de un extraterrestre o de otro, pero siempre, claro lo tengo, de uno en uno. Quizás no vale la pena agruparse. Quizás esperar a un planeta de más, de más de todo, de más extraterrestre.

  2. No creo en ET. No creo en seres venidos de fuera para decirnos qué hacemos mal, sentirnos identificados en sus virtudes frágiles y fuertemente enraizadas.

    Pienso más en mutaciones sentimentales espontáneas regresivas. Alrededor de uno de esos mutantes todos siguen con su vida sin apenas inmutarse por los de su alrededor, para sufrimiento empático del mutante, que no entiende cómo se puede ser tan insensible a ese vagabundo sin techo, al hambre en las antípodas, a la injusticia generada en su derredor por la corrupción sobre su cabeza, y arrostra tras de sí, como un cristo con la cruz, todo lo que se niegan a sentir los de su alrededor, cayendo una y otra vez en su calmino al calvario, ante las risas, desprecios, insultos e incomprensiones de aquéllos… y que por ello, el mutante se esconde, aprende a sufrir en silencio y en soledad, puesto que sólo tiene su fortaleza interior para resistir semejante asedio. Y dicha fortaleza la monta con lo que tiene a mano, cascotes, tochos, troncos, pedruscos… A medida que va subiendo en la construcción, un día, en un raro descanso dado por los asediantes, mira al horizonte, donde le aguarda un nuevo enemigo: la soledad compartida; cree divisar otras construcciones parecidas entre la niebla, y grita, y salta, y mueve los brazos para llamar la atención de los que están como él, en precario equilibrio en sus respectivas torres, pero aquéllos piensan que son ecos de los gritos que lanzaron hace tiempo, espejismos nada fiables, y no prestan atención, concentrándose en resistir el nuevo embate de los reptantes parásitos sentimentales que le amenazan desde el suelo…

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