Percepción selectiva

Enero no es mes de turismo. Salvo para los raros que, por ejemplo, quieren empezar positivamente el año y que huyen de las masificaciones. La cuesta de todos los días complica ahora el hecho de viajar. Pero Belém, en Portugal, siempre tiene turistas. Llegan en tranvía desde el centro de Lisboa o en incontables autobuses. Casi todos, extranjeros. Rubios británicos con aire despistado. Japoneses cámara en mano. A los españoles se les distingue porque, en voz muy alta y aire de suficiencia, dicen -madrileños en este caso- al entrar en la histórica pastelería de los riquísimos dulces locales: “Bah, si es igual que la Chocolatería de San Ginés”. Sí, los turistas colapsan también en Enero el Palacio de Belém.

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Si uno se aleja hacia el río, se notan menos…

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Y a la orilla del agua, ya ni se ven, queda sola la majestuosidad del complejo que albergó reyes y hoy a la presidencia de la República…

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Como en tantas cosas de la vida, la percepción, incluso la visión, dependen de la distancia (real o buscada).  Tomada a voluntad, desparece lo diminuto. ¿Lo que estorba? También podemos hacer el tránsito al revés: desde lejos…

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A media distancia…

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De cerca…  José Saramago nos enseñaría a mirar, como en una Claraboya,  al interior de esos seres humanos que son diferenciados aunque los contemplemos en masa…

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“Cambiar el mundo”

Ha muerto el escritor que quería cambiar el mundo, dice Cuarto Poder. Y recuerda la famosa frase de Saramago antes de recibir el Nobel:

Espero morir como he vivido, respetándome a mí mismo como condición para respetar a los demás y sin perder la idea de que el mundo debe ser otro y no esta cosa infame”.

 También quería hacerlo -con pasión ilusionante- José Vidal-Beneyto, desaparecido hace poco, constante azogue de conciencias:

Sólo una movilización popular e intelectual, insistida y de gran calado, podrá ayudarnos a acabar con tanta patraña y tantas desvergüenzas… (…) ¿Cuándo dejaremos de tolerar tanta ignominia, cuando pondremos fin a tanta abominación?”.

Aún tenemos a José Luís Sampedro alertando contra la “tecnobarbarie” y la degeneración del liberalismo,  allá donde se le requiera. O a Federico Mayor Zaragoza, llamando a reaccionar “porque estamos al borde de un precipicio”. Pero se van apagando voces.

Cambiar el mundo suele ser una labor solitaria y bastante ardua. Los destinatarios de las obras de estos y otros intelectuales, parecen tener asumida la separación entre unas páginas impresas y sus propias vidas. Incluso aman las tramas negras sin reparar en cómo tiznan sus pies y hasta sus conciencias cuando depositan un voto ciego. Las organizaciones progresistas realizan labores parciales, meritorias, pero temo que no tengan espíritu de equipo, de la gran colectividad, de la urgencia del momento, si es eso lo que detiene una reacción conjunta. Es decir, que “cambiar el mundo” es también mover la inmensa losa de los que permanecen quietos o desorientados.

Hay quien piensa que, por muy mal que vayan las cosas, siempre hay un cierto orden que regenera el caos. En la antigua civilización griega ya se planteaban que el mundo no seguiría en pie mucho más tiempo debido a sus errores. Y aquí estamos. La catarsis llega, ciertamente, en buena parte de los casos, con terribles guerras, y hasta plagas, que diezman la población y estimulan el propósito de enmienda.

Hace poco, cuando andábamos buscando “el pensamiento crítico” –no se si en juegos malabares-, Mayor Zaragoza, precisamente, recordó el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada en 1948, por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Salían de una guerra devastadora, de los fascismos, de una de tantas barbaries. Aquello había que pararlo y que nunca más se repitiera, había que “cambiar el mundo”. Este párrafo del preámbulo, resulta hoy muy significativo:

Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión;”

Sí, los franceses desempolvaron en su día las guillotinas –para luego aclamar a Napoleón, bien es cierto-, las víctimas de la Segunda Guerra mundial –toda la población- quisieron sentar las bases de una nueva convivencia, con uno de los propósitos mas hermosos que se hayan intentado y ¿Hoy? ¿Qué vigencia tendría apelar a que el hombre “no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”? Atada a las hipotecas, al consumo, a la adocenadora neolengua que sirven todos los muchos portavoces del sistema, la sociedad en su conjunto parece que va a contentarse con las migajas que les echen, si les sobra, y si les parece a los mandamases del “sistema”.

Tras tantos siglos, han aprendido las técnicas más sutiles de dominación. Pero Saramago vive en sus libros para seguir abriendo ojos. Y Vidal-Beneyto. Y todos los demás. Y cada ser humano que en cualquier esquina anónima lucha por un mundo mejor. ¿Cambiarlo? El enemigo se ha perfeccionado y sofisticado. Nunca como ahora ha sido labor más apremiante.

¡Qué vergüenza!

Es el grito unánime de quienes asistimos impotentes al linchamiento de un juez que osó hurgar mínimamente en el intocable franquismo ¡Qué vergüenza! A Garzón lo han liquidado. Sus propios compañeros. Oyendo contranatura a organizaciones de ultraderecha y a oscuras rencillas y envidias personales. Juan José Millás lo expresa muy bien: “Le han roto las piernas, pero han hecho que parezca un accidente”. Y José Saramago nuestro sentimiento: Las lágrimas de Garzón son las mías.

Lo sucedido con Garzón consagra la pervivencia del antidemocrático franquismo en la sangre de España y nos sitúa ante el bochorno internacional. Las referencias al caso se contabilizaron ayer entre las diez noticias más vistas de todo el mundo. Y las criticas y reacciones solidarias cuajan los periódicos desde New York Times hasta Le Monde. Todos hablan del poder de la ultraderecha española, todos sacan las vergüenzas de este país a la intemperie.

Nos espera una nueva semana de prueba en el terreno económico –ya hablaremos de ello-. El “mercado” no está satisfecho con el duro ajuste anunciado y su portavoz, el FMI, pide más recortes, hasta en la cobertura sanitaria. En buena lógica, encontrarse ante un país bananero debe influir.

Estoy harta de la caspa y el fango que inundan este país. Me avergüenzo de nuestro poder judicial y en buena parte del político. Del oscuro Salieri Varela. el patético ejecutor de la “vendetta“. Siento auténtico bochorno de que ostenten cargos públicos gente como el melífluo y atildado Francisco Camps, quien –vestido de trabilla italiana, más que presuntamente costeada con fondos públicos- se permite decir, con total impunidad, anteayer que “ya han echado a dos (Garzón y Bermejo) y que ahora van a por los demás”. El juez cuya estrella no podrán apagar era independiente, por eso acumuló tantos odios. Camps vincula así el linchamiento de Garzón a la venganza por investigar la trama corrupta de la Gürtel. La camorra no lo hubiera hecho mejor.

Cerca de él, me abochorna otra de sus “amiguitas del alma”, Rita Barberá, que en un país serio no podría ser más que alcadesa de un pueblo con 300 habitantes. Y Trillo, responsable de un ministerio que llevó a la muerte a 62 militares españoles en el colmo de todas las chapuzas, que ve imputados a sus subalternos y se libra de castigo penal. Pero sigue en la vida pública, en cargo de responsabilidad, cuando alguien con decencia ante situación similar, se hubiera retirado a cultivar coles en un discreto huerto murciano. ¡Qué decir de Mayor Oreja! Aquel que considera el franquismo “una época de extraordinaria placidez”, que se manifiesta contra leyes constitucionales españolas que no casan con su retrógrada ideología y que es nuestro representante más votado para Europa.Y el gris e indeciso Rajoy, el de la mala memoria que olvida sus años de gestión, el que ofrece la misma confianza para sacarnos a flote que un pelele ciego, mudo y sin brazos. Y la osada Cospedal que se inscribe en la cuadrilla de cínicas e indocumentadas mujeres del PP.

Y no perdono a quienes, dentro del PP y en su masa electoral, no reaccionan para acabar con este circo de tarados. En Francia tienen a Le Pen, sí, en Italia a Berlusconi, pero el cruce caricaturesco de los dos probablemente solo se da en España. Y en Honduras. Y en Guinea. ¿Cómo van a respetarnos fuera?

Me avergüenzan los socialistas que tampoco reaccionan. Los que también ven vengados los problemas que les ocasionó Garzón -al descubrir sus errores y delitos- y hablan de respeto a las decisiones judiciales, lavándose las manos. U otra indocumentada: Leire Pajín, que me obliga a meterme debajo de una silla cada vez que abre la boca. Y sobre todo nuestro presidente que no ha tenido las agallas de salir a contarnos cómo “el mercado” y sus propagandistas le obligaban a doblegarse y  me preocupa que no nos haya pedido ayuda –que a ese nivel estamos de peligro-.

Me irritan hasta más allá de lo soportable los Díaz Ferrán, Rouco Varela, piomoas y asimilados, los Manolo Lama y numerosos rostros mediáticos que inducen la imbecilidad y la falta de escrúpulos, y hasta los Florentino Pérez. Y la sociedad muda, y los tibios, y los que viven en Babia y  los epsilones fabricados en probeta que no son conscientes de su situación. ¡Qué vergüenza! “La sociedad está anestesiada y no es consciente de lo extremadamente peligrosa que es para ella misma”, dijo ayer Rosa María Calaf en un acto público. Sí, porque el lobo acecha debajo de la cama aunque nos duerman con dulces nanas.

Estoy harta de la mala educación, insolidaridad y egoísmo de los españoles que cada día nos embiste en múltiples expresiones. De la corrupción y la chapuza. De los que, con la mejor intención, aún creen que el liberalismo era aquél de las meritorias empresas familiares que -jugándose su patriomonio en responsabilidad no limitada o anónima– daban trabajo de por vida. Me saturan los que han engullido la patraña de que el capitalismo nos hará ricos a todos, incluso que nos dará a todos la oportunidad de robar y especular impunemente. No, esto no funciona así. Son habas contadas, y la calculadora la tienen otros.

Pero España no son ellos, y aún confío en buena parte de aquellos a los que dediqué mi último libro. A algunos de ellos invoco de nuevo:

A los profesores que luchan por educar seres responsables y libres. A mi fontanero, y a todos los fontaneros, pintores, albañiles, abogados, médicos, investigadores, profesionales de cualquier oficio que, como él, cumplen puntual y eficazmente su trabajo. A quienes ceden el paso. A quienes piensan en los demás. A quienes dan calor. A los cumplidores, a los que no se resignan, a quienes protestan por lo que hay que protestar. A los que esperan, a los idealistas, a los que no se amoldan al criterio imperante y piensan que dinero, mercado, utilitarismo, no merecen veneración. A los jóvenes periodistas y creadores, compañeros de nuestro afán innovador. A todos los que, en definitiva, aspiran a cambiar el mundo, empezando por el suyo propio.

Economía de guerra

“¿Dónde hay que firmar? ¿Dónde hay que ir (físicamente hablando), coger pico y pala, arremangarse y empezar…?” (…) “He llegado a un punto de desánimo tal, que me agarro a lo primero (o al primero) que me dé esperanzas, me merezca credibilidad y sienta que, siguiendo sus ideas, llegaremos a algo sólido y bien hecho”. Lo dice Arturo Espada en los comentarios de la entrada anterior, y me estremezco en el cíclico desconcierto que a todos, con cierta conciencia, nos acomete alguna vez. Está todo previsto y diseñado desde despachos privados que desconocemos.

La escritora y catedrática de economía canadiense Naomi Klein se cansa de dar gritos en el aire –con notable éxito editorial sin embargo- difundiendo el resultado de sus investigaciones. “La doctrina del Shock (el auge del capitalismo del desastre)”, Ediciones Paidós, contiene un cumplido análisis del problema. “Para nosotros, el miedo y el desorden representaban una verdadera promesa”, dice un ex agente de la CIA, Mike Battles, en un artículo publicado en el Wall Street Journal (aludiendo a la invasión de Irak). Para Klein, “sus palabras podrían constituir el slogan del capitalismo contemporáneo: el miedo y el desorden como catalizador de un nuevo salto hacia delante”.

Aquí no ha pasado nada, no nos engañemos. Hasta Angela Merkel alertaba esta semana del regreso a la “vieja arrogancia” de los bancos (léase empresas, gestores del capitalismo, partidos conservadores y hasta socialdemócratas acomplejados). La crisis provocada por ellos nos ha ahogado un poco más en el bolsillo, pero, especialmente, en el ánimo. El miedo como instrumento para desactivarnos, para hacernos más dóciles.

Padecemos hoy una nueva economía de guerra. Vivir como si fuera el último día de nuestra vida en lugar del primero, que son dos actitudes encontradas con las que uno afronta el presente y el futuro. Aceptar trabajos, remuneraciones, condiciones laborales, precios, que jamás se hubieran contemplado en otras situaciones. Agarrarse al clavo ardiendo de los visionarios de todo tipo, políticos y magos. ¿Queréis creer que hasta en El Corte Inglés vi el otro día un cartel que remitía a un puesto de tarot y quiromancia en alguna planta?

El sistema capitalista que vivimos está tan enfermo como el comunista que se escondía tras el Muro de Berlín –lo comenté el otro día en la SER-. Y su nomenclatura se atrinchera en el poder tanto como lo hacían los diferentes “Politsburós”. La enorme dificultad es que a estos prácticamente no les conocemos, no les vemos la cara. Y el dinero parece ser motor más decisivo que el poder aparente. A los políticos les tienen amarrados con créditos. ¿Se puede operar ese enorme cáncer desde un país del sur de Europa, corrupto, analfabeto estructural y con un pasado dictatorial que hunde sus raíces en el presente?

La Wikipedia cita prometedores nombres en el llamado movimiento antiglobalización o antisistema. No os asuste la denominación, ni las imágenes de las teles en las que sólo muestran a exaltados tirando piedras, somos antisistema muchos más de los que creemos. De un saco altamente heterodoxo, entresaco algunos:

Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, fundador de ATTAC (Asociación por una Tasa a las Transacciones Financieras Especulativas para Ayuda a los Ciudadanos) y promotor del Foro Social de Porto Alegre.

Naomi Klein, escritora del famoso libro No Logo.

Susan George, directora asociada del Instituto Transnacional de Ámsterdam y vicepresidenta de ATTAC en Francia y autora de “Informe Lugano”.

Noam Chomsky, gran lingüista y duro crítico de la política exterior de EE.UU. Web oficial.

José Bové, líder agrosindicalista francés muy crítico con el sistema  alimentario mundial, eurodiputado francés.

Michael Moore, documentalista.

Arundhati Roy, escritora y activista india.

Carlos Taibo, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y escritor de temas geopolíticos de actualidad.

Jean Ziegler, relator especial de la ONU para el “Derecho a la Alimentación” y profesor de sociología.

Walden Bello, director ejecutivo del instituto “Focus on the Global South” por la democratización de la economía global con sede en Tailandia.

Hazel Henderson, experta en el desarrollo humano sostenible.

Diane Matte, miembro de la “Marcha Mundial de las Mujeres”, experta en el impacto que la globalización tiene en este sector de la población.

Trevor Wanek, de Soweto, Johannesburgo, Sudáfrica, es miembro del “Centro de desarrollo e información alternativos por la condonación de la deuda”.

Fred Azcárate, director ejecutivo de “Trabajo con Justicia” en EE. UU.

Njoki Njehu, director de la ONG norteamericana “50 years is enough” en EE. UU. Es un colectivo que trabaja por la transformación del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional.

Serge Latouche, es un economista francés, ideólogo del Decrecimiento.

Yo añadiría a José Luís Sampedro y a José Saramago.

Y luego está la gente, la sociedad, aquí y allá, cada vez más harta. El capitalismo caerá con toda seguridad, por la rebelión de los desesperados o por propia consunción como le pasó al mundo irreal que había tras el Telón de Acero. Reavivado hoy, tardará 5 años, 10, 50, o 100, pero caerá. La información libre puede hacer mucho por acelerar el proceso. La sociedad tiene que tomar de una vez por todas, su papel protagonista en la Historia. Vivimos en una economía de guerra, pero la guerra es contra nosotros.

Pensar, práctica en desuso

Las calculadoras como muletas en la resolución de problemas, el pensamiento mascado para ser mejor digerido. Pocos parecen enfrentarse a la realidad con ojos nuevos cada día para hacerse preguntas y encontrar respuestas, para equivocarse y volver a replantearlas, para tratar de ver, asociar y sacar conclusiones. Lanzarse a la aventura de descender una montaña hasta el mar del conocimiento como río nuevo, en lugar de seguir – en barca sin piloto identificado- todos los canales establecidos. Más aún, como razona Ignacio Escolar, entrar en el jardín secreto está penado por la sociedad.

Varios amigos coetáneos míos coinciden en resaltar que ahora ya no parecen existir grandes pensadores, cuyas palabras aguardar con interés. Los Aranguren, Madariaga, Marías, de nuestra juventud, publicaban artículos, eran entrevistados en grandes medios. Ahora, en efecto, no pueden proliferar más los “opinadores” de oficio, tediosos repetidores de tópicos, pero faltan los elaboradores de ideas. Se ha perdido -se diría- la práctica de pensar.

Es un mal general, los filósofos han sido sustituidos por los sociólogos –de meritoria labor sin duda- en una corriente que trata como máximo de analizar los hechos, pegarse a la realidad. Pareciera que la última corriente de pensamiento filosófico notable fuera la del Círculo de Viena y data de la primera mitad del Siglo XX. De otro lado, se recupera la “matematización”, las matemáticas como eje e instrumento: Todo lo que no puede reducirse a variables cuantitativas se rechaza.

Descubrí en un reportaje el valor capital de las matemáticas sin embargo. Origen de todas las ciencias, ofrece un punto clave: “Es una cuestión de entrenamiento”, me decía la matemática Marta San-Solé, “un deportista de élite no llega a serlo si no hay un entrenamiento muy duro detrás. Y, si uno no se rompe la cabeza resolviendo problemas desde niño, problemas sencillos, pero que sirvan de entrenamiento al racionamiento, pues evidentemente no va a tener una cultura matemática”.

Ni de vida. Hay que trabajar para abrir cauces, pero si no se ejercita, el cerebro se extingue. En un mundo global, con sobre-información, las ideas nuevas se diluyen en el conjunto. Con la crisis, no hay tiempo para pensar –precisamente, cuando sería más necesario-. La Universidad hoy busca el pragmatismo urgente, piezas que encajen en empresas, en lugar de primar ser lo que siempre fue: un foro para el desarrollo de ideas. Pero la causa principal puede estar en los medios de comunicación. Los espacios culturales de los telediarios ya no informan sobre cultura, sino que promocionan industrias o productos propios. Productos, no cultura. Los medios más serios no se arriesgan con experimentos. Los debates políticos han quedado reducidos a lo que el sociólogo Fermín Bouza denomina “píldoras”: “la televisión ha contribuido a un proceso de debilitamiento de las ideologías porque ha impedido el discurso ideológico. Es un discurso de píldoras, sintético, rápido, y ha formateado al resto de la sociedad a su manera”. 59 segundos para sintetizar una idea, la audiencia ya no aguanta más tiempo atendiendo.

 Vivimos en una sociedad trivializada y, por tanto, más vulnerable. Ella da de comer a los medios también, en un bucle que se retroalimenta. El fin último es fomentar el consumo, como dice una intelectual innovadora, ésta sí, Naomi Klein.

Aún tenemos en España, mejor en la península ibérica, a Saramago, Sampedro, José Vidal-Beneyto o Federico Mayor Zaragoza. Mezclados, y tapados, con las hordas “cristianoronaldas”. Un cerebro para toda la vida. Anquilosado y lánguido por falta de uso. Cuestionarlo todo, volver a mirar, asociar y concluir para hallar nuevas soluciones. Fortalecer el cerebro, entrenarlo. Para abordar también problemas prácticos, sí, esos que nos acucian. Empequeñecios y más accesibles a un pensamiento maduro.

Iberdrola genera 13.500 empleos… en Portugal

No todas las noticias económicas son negativas, no para todos, no, pero el periscopio -tan a ras de superficie- es un buen instrumento de observación. Leo que Iberdrola acaba de invertir 1.700 millones de euros en Portugal. Van a construir el complejo Alto Támega. En Chaves, justo al lado de la frontera con Galicia. 3.500 puestos de trabajo directos y 10.000 indirectos a cuyos afortunados poseedores, en lugar de pagar en “mileuros” -la más frecuente moneda española en salarios-, se les puede contratar por el salario base portugués: 437 euros. Nos dicen será uno de los mayores proyectos hidroeléctricos de los últimos 25 años en Europa y, ¡cómo estarán de contentos nuestros vecinos!, que a la presentación en sociedad del proyecto acudió el primer ministro, José Sócrates.

 Iberdrola es una empresa saneada: consiguió casi 2.000 millones de euros, en el primer semestre de la crisis (2008), un 78% que en el mismo período del año anterior.

Endesa, otra de las líderes del sector, obtuvo unos beneficios en 2007 de 1.255 millones de euros, “muy lejos” -nos decían- de los 1.756 millones de euros logrados el año anterior. El 2008 empezó mejor: 662 millones en el primer trimestre, y antes de subirnos la factura.

Tampoco les va mal el negocio a la banca española -a pesar de lo que nos lloran-: en el primer trimestre del año 2008, obtuvieron un 10% más de beneficios que en el del año anterior: 5.153 millones de euros, y, eso mientras sus colegas occidentales, pasaban apuros. 9.000 millones de euros ganó el Banco de Santander en 2007. Ahora precisan ayuda, y no dan créditos.

La crisis nos abofetea y las empresas del Ibex -una muestra significativa- han estado ganando dos dígitos respecto al año anterior sin cesar. Y parece que lo siguen haciendo. La tónica no cambia desde hace más de 20 años. No sólo ganan dinero: logran siempre más que en el ejercicio anterior. Un análisis publicado en El País (Agosto 2008 ) nos trae entrelineas la que puede ser la clave. José Antonio Herce, socio de Analistas Financieros Internacionales, declara: “los sindicatos ponían el grito en el cielo si el peso de los salarios bajaba hacia el 50% del PIB, pero eso ocurría hace mucho tiempo“. Hace mucho tiempo, sí.

Un apunte más. Algunas de las empresas más saneadas y con mayores beneficios fueron un día de todos los españoles, eran empresas públicas. Pero estaban mal gestiones ¡vaya por dios! Felipe González fue el primero que las abrió al capital privado, con porcentajes que no suprimían el control estatal. Aznar las liquidó. Siempre me llamó mucho la atención que apenas nadie protestara. No hace falta ser economista para saber que, si vendes, te descapitalizas; la empresa no sigue generando el producto para tus arcas, pero seguramente es porque nosotros no entendemos de altas finanzas. Aznar privatizó las llamadas “cinco joyas de la corona”: ENDESA, Tabacalera, REPSOL, Telefónica y Argentaria. Su valor se calculó en más de seis billones de pesetas (6,39), más de 38 mil millones de euros, una buena inyección para las arcas públicas -¿en qué se invirtieron?-. Productoras de electricidad, petróleo y telecomunicaciones, un banco, fue una tendencia mundial privatizarlas -sumidos en la fiebre neocon-. , pero ¿imagina alguien qué valen ahora, qué beneficios han generado desde su paso a la gestión privada, y qué ganancias reportarían al Estado?

Iberdrola, siguiendo la tónica de otras empresas, “deslocaliza”, se va al barato -en costes salariales, que no en precios- Portugal. Y se queda a un pasito de España para que los directivos de la empresa no tengan que mudarse. Comprendo que Marruecos, y no digamos ya India, resultan más incómodas por su lejania. ¡Enhorabuena a Portugal! A ver si el encantador vecino de al lado, despega. Yo voto por Saramago como presidente de la República. Y, como él, por una Iberia unida.

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