La terapia del shock

«Ya no hablo con periodistas», dijo la voz tensa que se oía al otro lado del hilo telefónico. Y luego una diminuta ventana de esperanza: «¿Qué quiere?».

Me doy cuenta de que tengo unos veinte segundos para convencerla, y no será fácil. ¿Cómo puedo explicarle a Gail Kastner lo que quiero de ella, el viaje que me ha llevado a llamar a su puerta?

La verdad suena tan extraña: «Estoy escribiendo un libro sobre el shock. Y sobre los países que sufren shocks: guerras, atentados terroristas, golpes de Estado y desastres naturales. Luego, de cómo vuelven a ser víctimas del shock a manos de las empresas y los políticos que explotan el miedo y la desorientación frutos del primer shock para implantar una terapia de shock económica. Después, cuando la gente se atreve a resistirse a estas medidas políticas se les aplica un tercer shock si es necesario, mediante acciones policiales, intervenciones militares e interrogatorios en prisión. Quiero hablar con usted porque creo que es una de las personas que ha sobrevivido al mayor número de shocks. Usted fue víctima de los experimentos clandestinos de la CIA con electroshocks y otras “técnicas especiales de interrogatorio”. Y por cierto, creo que los frutos de las investigaciones para las cuales usted fue una cobaya humana se están utilizando con los prisioneros de Guantánamo y Abu Ghraib». La interlocutora de Klein, Gail Kastner, había sufrido no menos de un centenar de electroshocks. Se postulaba como una excelente testigo para conocer sus efectos.

Parece mentira que Naomi Klain publicara en 2007 (antes de la debacle financiera), todo un tratado de lo que se avecinaba: “La doctrina del Shock”, y shock produce releerlo. Su premonición se está cumpliendo, dirán los menos informados. Pero no es difícil vaticinar cuando –tras investigar- se poseen datos y se observan conductas.

Los seguidores de Milton Friedman –en perenne lucha contra las teorías keynesianas de un capitalismo controlado y humano- han triunfado. Todo golpe profundo que sacude las estructuras personales deja anonadado un tiempo. Todos lo hemos experimentado. Nunca somos tan vulnerables como en ese momento. Quienes nos quieren, los especialistas –si decidimos acudir a ellos-, tratarán de hacernos reaccionar buscando que el dolor y el desconcierto se salden de la forma más positiva para nosotros. Pero no siempre es así. Naomi Klein cita a Ugo Cerletti, psiquiatra, acerca de su “invención” en terapias de electroshock,diciendo:

” Fui al matadero para observar lo que llamaban «matanza eléctrica» y vi que fijaban grandes tenazas metálicas en las sienes de los cerdos, cuyos extremos estaban conectados a una corriente eléctrica de 125 voltios. En cuanto los cerdos tocaban las tenazas, caían inconscientes, se ponían rígidos y al cabo de unos segundos empezaban a convulsionarse como hacían nuestros perros cobayas. Durante este período de inconsciencia (coma epiléptico) el carnicero mataba y sangraba a los animales sin dificultad alguna”.

Estaríamos por tanto en la segunda fase, en el segundo shock (el que ha visto sacudidas las estructura económicas y ha afectado a nuestra forma de vida y nuestro futuro)  y… en su “terapia”. Shock y terapia que tratan de vaciar la mente, para introducir un disquete nuevo. Muchos políticos, Zapatero desde luego, parecen haber engullido el producto.

“Os exprimiremos hasta la saciedad y luego os llenaremos con nuestra propia esencia”. George Orwell, 1984.

Por primera vez en la historia cuentan con la ayuda de un instrumento esencial:  la comunicación masiva que -a sabiendas o como tontos útiles y utilizados- difunde intensamente el mensaje. Ésa es la diferencia, de resultados impredecibles.

La protesta, la contestación, se salda en la teoría de la doctrina del shock de Naomi Klein, con el tercer shock:  uso de la fuerza. El crack del 29 desembocó en una guerra mundial. Es un hecho.  Y pone realmente los pelos de punta que Durao Barroso, Presidente de la Comisión Europea, haya mentado los golpes militares si no se aceptan los postulados del mercado.

¿Ciencia ficción? Ya nos gustaría. La demostración empírica precisa conocer en las propias carnes el problema en este caso. Pero se multiplican los datos sospechosos. Una investigación del Washington Post habla hoy del espectacular aumento de los servicios de seguridad sin control en EEUU desde el 11S. Y Michael Hudson, nos cuenta ¿una anécdota?: La Universidad de Chicago (la que vio nacer a los Chicago Boys del neoliberalismo basado en Friedman) ha encargado la remodelación del edificio del Seminario de Teología de Chicago para convertirlo… en la sede del Instituto de Investigación Económica Milton Friedman. La nueva religión, la que, como todas, se basa en “creencias” no demostradas, incluso que contradicen la realidad. “El libre mercado se regulara solo”. “La intervención estatal es la que crea bolsas de pobreza”. “La “libertad” (de mercado) es la clave”. Y, si no aceptas sus mandatos inapelables, se hace “algo” para reeducarte. Por desgracia, hoy, la mayoría de la población –políticos y medios informativos incluidos- parece estar sobradamente reeducada.

  Gail Kastner resistió. Sobrevivió cuerda (aunque con secuelas) a un centenar de electroshocks con sus electrodos y descargas bien palpables. Los cerdos del matadero, no.  Y es bastante alentador conocer estos dos datos.

La nueva religión

 Mi amigo Juan José Aguirre, tras “sufrir una crisis de fe” y ver que la que profesaba era “una auténtica antigualla“, ha abrazado -dice- la nueva religión: la Ley del Mercado. Y ya venera a su Supremo Hacedor: el Capital Financiero.

Así nos cuenta su experiencia reveladora:

 “Descubrí que no hay más ley divina que los dogmas dictados por los Mercados Financieros, a quienes los dirigentes políticos rinden ciega obediencia y sacrifican en su altar – mediante el ritual de las privatizaciones – los logros sociales. Que el Dios Dinero es omnipresente y rige los destinos de los pueblos mediante la Ley del Mercado, castigando a quienes se apartan de su obediencia. Descubrí que, a pesar de nuestra obcecación, el Capital Financiero, en su infinita bondad y a través de la Ley del Mercado, nos enviaba señales para mantenernos dentro de la ortodoxia económica y recta vía que llevan al enriquecimiento universal, y que los comentaristas financieros eran los nuevos sacerdotes que predicaban los designios del Dios Especulador. Éstos, a través de la evolución de las Bolsas, interpretaban su complacencia o disgusto.

Diariamente celebraban una misa, retransmitida urbis et orbe a través de TV, Internet, Prensa y Radio en la que mostraban las evoluciones de las cotizaciones bursátiles en los nuevos templos llamados Bolsas, donde oficiaban sus sacerdotes y acólitos que forman la curia del FMI, BM, BEI y otras sacras instituciones. El pueblo creyente, en comunión a través de la pantalla de TV y los demás medios de comunicación, recibía las señales de satisfacción o disgusto del Dios Dinero. Éste manifestaba su sacrosanta voluntad mediante las fluctuaciones del Mercado a través de los grandes santuarios como Wall Street o la Cyty de Londres, Bolsa de Tokio, y otros templos del Único Dios Verdadero.

Desde que creo en la nueva religión, no paso por delante de una sucursal bancaria sin persignarme. En casa, he levantado un altar donde están expuestas para mi particular adoración, a modo de santos intercesores de la divinidad, las cartillas de ahorros y de plazo fijo. Además, rezo a diario mi rosario con los misterios gozosos – si suben las cotizaciones – o dolorosos, si éstas bajan. Y siempre, siempre, termino con mis jaculatorias:

– Santo Dow Jones, ora pro nobis.

– San Nikkei, ora pro nobis.

– San CAC40, ora pro nobis.

– San IBEX 35, ora pro nobis

– San DAX 30, ora pro nobis.

– Santo Nasdaq 100, ora pro nobis

– San Hang Seng, ora pro nobis…

¡Sacrosanto Capital, hágase según tu voluntad!”

(Todo el artículo en “Profesión de fe de un converso”)

  Y cómo será que, revisado mi estado financiero con un calambre en el estómago, después de echar gasolina (que está volviendo a subir a los niveles pre-crisis), mirar con ojos de náufrago que divisa a los lejos un barco inaccesible las etiquetas en las tiendas y ojear en Internet los viajes que me gustaría hacer, he seguido la iniciativa de Juanjo y acabo de instalar mi altar a las tarjetas de crédito -una cosa sencilla, una caja que compré en “Todo China”-, con una vela a cada lado.

    Me tienta incluso probar la vertiente “magufa”. Un día escuché en una radio que metiendo un teléfono en el microondas sonaba la llamada que anhelabas. Digo yo que funcionará también con las cuentas corrientes y sus representantes en este mundo: las tarjetas de crédito. Dudo qué hacer ¿el altar contemplativo o meterlas 30 segundos en el microondas a ver si se activan y crecen?

   ¿Qué me aconsejáis?

La culpa y la responsabilidad

Tomo prestado el dibujo del blog de Nephtys

Una familia que luchó denodadamente con imaginación y trabajo por salir adelante. Malos tiempos iniciales acarreando como losas las miserias del país. Un día llega un premio, un primer lujo: una enorme radio que se coloca sobre un soporte en lo alto. Su emisión llena de sonidos maravillosos la casa, más allá de las canciones tarareadas. Del aparato pende el cable para enchufarla cuando toca. Con unos 5 años, quiero oírla y conectarla por mí misma. Subo a una silla, me tambaleo… y me agarro al cable en mi caída. La radio se estrella contra el suelo y se deshace. No son tiempos de compañías de seguros en España. No habrá más dinero para reponerla. Jamás he sentido mayor sentimiento de culpa.

Atención al sentimiento de culpa leo en El País pero al repasar las noticias más leídas. Es decir, el título ha atrapado a un gran número de personas por alguna razón. Y es fácil adivinarla. El artículo es un análisis profundamente lúcido en el que todos nos reconocemos -y lo que es más importante-, reconocemos a la sociedad en la que vivimos. Dice su autor, Xavier Guix, que en “el paquete evolutivo de nuestras emociones básicas, tal como investigó Paul Ekman (miedo, tristeza, alegría, desprecio, asco, ira y sorpresa) no se encuentra para nada la culpa, tratándose entonces de una emoción secundaria o elaborada socialmente”. Aprendemos a sentirnos culpables. Y la culpa –como todos los miedos- se constituye en un poderoso elemento de control social. Suscribo lo que dice Xabier para explicarlo: “Existen códigos, pautas, normas que no se deben transgredir porque, de hacerlo, no sólo aparece el castigo, sino, peor aún, el menosprecio de los nuestros, léase que no nos quieran, que nos alejen del grupo. Y ése es el peor de los miedos humanos”.

La radio en el suelo no fue mi primera pifia infantil. Me apasionaban los descubrimientos y no siempre resultaban bien. Ya había interiorizado el sentimiento de culpa porque había experimentado las consecuencias de investigaciones anteriores fallidas. Sé, por tanto, cómo lo aprendí. Y cómo lo liberé, sustituyéndolo por la responsabilidad –que es precisamente la conclusión del artículo-. Intentar hacer las cosas bien, lo mejor posible, aceptar fallos y errores como consecuencia del proceso, asumir los hechos con todas las consecuencias. Liberación parcial, porque la educación pesa, la propia y la de los otros. Y a menudo, se buscan atribuciones de culpas ante lo inexplicable. Y hasta pueden seguir calando.

Lo que ocurre es que vengo pensando y discutiendo mucho sobre cuestiones relacionadas. Un solo ejemplo concreto: tras una conferencia, pregunté a personas visiblemente conservadoras y defensoras del libre mercado, cómo podían explicar que ese sistema era justo cuando la mayoría de la población mundial –cuatro mil millones- se muere literalmente de hambre. Cómo en el país de la católica culpa, España, existe tamaña corrupción, tal saqueo de las arcas comunes de los ciudadanos, sin visible sentimiento de contrición. La respuesta a coro me dejó anonadada: “Es la maldad humana”.

Y ya está. Por supuesto, ante “maldades humanas” convertidas en delito disponemos de los instrumentos de la Ley. A usar de forma exhaustiva hasta erradicarlas. El problema reside en esa culpa educacional que ata y somete a la sociedad. En la primaria justificación de que las desviaciones se deben a un maniqueísmo moral que sólo distingue entre el bien y el mal, e incluso otorga bondad y maldad con parámetros subjetivos. En que buena parte de los transgresores –los que meten la mano en el saco o los que manipulan a la sociedad- creen lavar sus culpas en un confesionario con la penitencia de tres “avemarías”. En que siguen siendo amados y respetados -en contra de la supuesta norma natural de la culpa- porque, interiorizado el “pecado”, casi nadie lanza la primera piedra. Porque quizás no es cierto que el culpable sea proscrito como dice el canon, ni respetado quien intenta obrar con coherencia y rigor en aras del bien común.

  Ley y urnas -y no confesionarios- para atajar a los delincuentes de obra y palabra. Pero sobre todo -y siempre apelando al origen- educación. Edificar seres humanos libres y responsables.

Radiografía de la lamentable sociedad española

Hace tiempo que me gusta mirar los barómetros del CIS más allá de los titulares de urgencia que ofrecen los medios. Es un estudio serio por el tamaño y selección de la muestra (edad, sexo, nivel de estudios, tamaño del municipio) y por el rigor del cuestionario. Desde luego, aportan una fuente impagable de conocimiento de nuestra sociedad.

Los españoles se declaran en su mayoría de centro, ligeramente escorado a la izquierda. Hay una razón oculta: es el lugar más alejado de los extremos, en el que nos sentimos cobijados y seguros, más arropados porque son más los que se sitúan cerca. La ciencia matemática lo ha estudiado en la llamada Campana o Curva de Gauss, y es curioso ver su representación visual: uno tira bolas sobre una tabla predeterminada, y la mayoría va al centro. Fundamento de la estadística, se aprecia que cuanto se aleja más uno de la media, menos individuos hay.

Los más conservadores, los mayores de 55 años; los menos el tramo situado entre 25 y 34, los más jóvenes vienen también más a la derecha. Y siempre los hombres se manifiestan más a la izquierda que las mujeres.

Sólo que esta consideración de sí mismos no parece concordar con las actitudes que se derivan de otras respuestas. Casi el 75% se declara católico aunque no va a la iglesia. Ateos y no creyentes algo más del 20%. Son partidarios de los controles –cámaras de videovigilancia por ejemplo- para garantizar su seguridad casi en un 70%, aunque pierdan libertad. Y sólo el 10% los rechaza precisamente porque se “pierde intimidad” y se “violan derechos”. Más del 60% es partidario de imponer “bastantes restricciones” al acceso de menores a Internet y casi el 21% de negárselo absolutamente.

Lo más ilustrativo, a mi juicio, se centra en los asuntos que más preocupan a los españoles. El paro se sitúa en las más altas cotas de nuevo con un 76,4%. Para un 48,4% son los problemas de índole económica. Asciende en vertiginosa carrera “la clase política y los partidos políticos” que representan un problema para el 12% de los españoles ¿No tienen nada que decir a esto sus componentes? Ahora bien, la corrupción y el fraude sólo inquietan a un 1,4%, con la que está cayendo. La Administración de Justicia –con lo esencial que es un buen funcionamiento para el sistema democrático-, a un 2,5%. Después de conocer que miles de expedientes se acumulan en los juzgados, en legajos y sin informática, lo que causa evidentes y trágicas consecuencias al tener a delincuentes convictos sueltos, o tener noticia de resoluciones judiciales francamente dudosas. Los problemas derivados de la juventud actual, tras haber llenado páginas y páginas de alarma, a un 1,7. Lo mismo, exactamente, que la violencia contra la mujer. La sanidad a menos del 5% y la educación no llega al 8%. 

Y atención, un mes más, un año más, los nacionalismos con lo que tantos políticos se llenan la boca son recordados por el 0,4% de los españoles, y el Estatut de Cataluña, por el 0,1%.

El barómetro de septiembre del CIS, dedica un apartado especial a la seguridad, como decía, y también a Internet. Y es muy revelador. El 42,7 % no se ha conectado nunca a la red en el último año. Un 55,8 % sí. Y un 1,5 ni siquiera sabe lo que es Internet. De los que sí usan Internet, casi el 64% lo hacen a diario, buscando fundamentalmente… información (más del 92%).

   El 47% sólo tiene estudios de primaria, es el tramo más numeroso. Estudios universitarios superiores no llega al 11%.

Es decir, de falso centro, poco instruidos, insolidarios, tolerantes a la corrupción, despreocupados de asuntos cruciales suponiendo que no afectan a su bolsillo. Incoherentes hasta con el hecho de declararse católicos mayoritamente pero sólo de nombre. Sin ver en la educación una salida a nuestros problemas. Y una inmensa brecha entre dos Españas, una ávida de información y otra que vive al dictado de la televisión y la radio. Porque ya os conté que, incluso antes de la crisis, la venta de periódicos de papel en España estaba en lo que la Unesco considera el umbral del desarrollo. 100 ejemplares cada 1.000 habitantes. 400 se vendían en Suecia y Finlandia. ¿Podrá la primera, la España comprometida e informada, arrastrar, contagiar,  a la otra?

Pero, hoy por hoy,  ¿a alguien le extraña con este panorama nuestra clase política? Está a nuestra altura. ¿No mejoraría si a nosotros nos preocuparan la corrupción y el fraude? ¿Y la justicia, el periodismo o la educación? Lo que falla es la sociedad española. Y nadie se va a ocupar de incrementar su educación y cambiar su escala de valores, si no lo hace ella.

Ágora, ayer, hoy, y siempre

agora

Aunque Alejandro Amenabar no obtuviera otro resultado, sería encomiable su esfuerzo por volver a situarnos ante la eterna lucha entra la razón y la religión. Con la historia de Hypatía pone ante nuestros ojos la evidencia descarnada de este dilema que encoge y expande el desarrollo de la Humanidad como un chicle. Finales del siglo IV, Alejandría. Egipto forma parte de un Imperio romano en degradación. Una mujer, una pionera, imparte sus clases de filosofía y matemáticas. Escribe también de geometría, álgebra y astronomía y, sobre todo, se esfuerza por pensar, no darlo todo por hecho, e inculcar en sus alumnos ese positivo espíritu. La vemos hacerse preguntas, buscar respuestas, no conformarse, casi ajena a un mundo de insidias que se cierne a su alrededor. La pasión por la ciencia en estado puro.

De alguna manera fue Alejandro Magno el impulsor de la biblioteca de Alejandría, la más grande de su tiempo, porque sólo lo escrito afianza el saber. Fue quemada, no sé sabe con precisión cuándo, llevándose consigo los avances logrados por los pensadores. Amenabar vincula en Ágora la destrucción de la biblioteca a la época en la que vivió Hypatía y a la expansión del cristianismo. El hecho es que el fuego y los cuchillos nos han hurtado datos precisos de gran parte de lo que sucedió entonces y había sucedido hasta entonces, por ejemplo, lo relacionado con Hypatía, entregada su figura a recreaciones literarias, más o menos basadas en los textos de sus contemporáneos. Sobre todo los de su exalumno, el obispo Cirilo de Alejandría que, en la corriente vencedora, sí vio conservada su obra literaria.

Hypatía ha pasado a la Historia porque fue brutalmente asesinada y ultrajada. No parece inverosímil que el golpe de gracia se lo diera la consideración subordinada que de la mujer tenía el cristianismo. Ni que el fanatismo religioso hiciera arder el conocimiento escrito confiando la existencia humana a los designios de Dios. “Tu no puedes cuestionarte tus creencias”, le dice a Cirilo sabiendo lo que estas palabras le cuestan, “yo debo”. Entre sus hallazgos una mejora del astrolabio -instrumento que permite determinar las posiciones de las estrellas sobre la bóveda celeste-, o la invención del hidrómetro.

Vendrían poco después mil años de oscurantismo donde el saber se detuvo. Los pensadores tuvieron que empezar de nuevo, sin apenas referencias, transcurrida la negra noche de la Edad Media. Se habían borrado no menos de 10 siglos. Toda innovación registró una caída en picado entregada a la religión y su fe sin pruebas, a sus crueles métodos para imponerla a toda la población. De veinte siglos de Historia supuestamente civilizada, la mitad nos llevaron a negro.

La película de Alejandro Amenabar ya reaviva posiciones. ABC, hoy, en su Tercera Página, aporta una visión que pretende ser sosegada aún diciendo cosas como estas:  “De no ser por el modo en que fue asesinada, Hypatía habría pasado discretamente por la historia de la filosofía, pues lo poco que escribió fueron meros comentarios de tratados compuestos por otros: Tolomeo, Apolonio y Diofanto” (…) “Esta falta de originalidad es propia del final de la Escuela de Alejandría, cuyos miembros son calificados por Ferrater Mora de «epígonos» de los grandes maestros de la antigüedad. Por ello, cuando se habla de los «últimos helenos» no hay que interpretarlo en sentido romántico, sino en el de que son los últimos cultores de un modo de entender el helenismo, devotos que se resistían a aceptar que el cristianismo fuese capaz de inyectar savia nueva a paradigmas que periclitaban. De la vitalidad intelectual de la nueva fe rinden cumplido testimonio los abundantes escritos legados a la posteridad. Un ejemplo de ello, sin ir más lejos, por contemporáneo, es el de Cirilo de Alejandría, cuya producción literaria es amplísima. Diez volúmenes del Migne contienen dieciocho tratados y numerosos sermones, epístolas y cartas pascuales”. Repito “numerosos sermones, epístolas y cartas pascuales”, una gran fuente de pensamiento racional.

El Ágora de hoy -la plaza del pueblo, de enseñar, conversar y pensar-, vive un nuevo parón. Entregada al dinero, al consumo, el hedonismo, la trivialidad, la pérdida de los valores éticos –acrecentada ésta en España por la práctica y aceptación social de la corrupción-, la falta de pensamiento crítico, la exaltación de la “equidistancia” -en consecuencia- que enfrenta opiniones frente a razones, la sociedad está inerme ante los poderes organizados. El capitalismo que nos maneja -los oligarcas de siempre-, y también las vieja fe en la creencia que aumenta su poder. Un solo ejemplo patético: Carod Rovira, Rouco y Moratinos, se encuentran hoy de festejo en Roma para asistir a la santificación de dos beatos españoles, una celebración que debería quedar en el ámbito privado de los católicos a quienes asiste el derecho de organizarse como quieran, costeándolo de su bolsillo y difundiéndolo únicamente entre sus seguidores. Uno de los nuevos santos fue un beato que murió de diabetes, a los 29 años, en 1938 –casualmente, en plena guerra civil-. Fue proclamado beato por Juan Pablo II, “como modelo para todos los jóvenes del mundo”, en 1992. A partir de hoy es santo. Pues muy bien. La comitiva española se compone además de 80 personas que disfrutarán de una cena, con cargo, al igual que viajes y hoteles, al erario público.

Lo terrible del Ágora de Amenabar es que nos alerta de lo que nunca cambia.

Nuevo conflicto: símbolos religiosos

“A José Luis Rodríguez Zapatero le gusta ir abriendo frentes de convulsión social para quizás ir anotándose lo que él considera méritos «progresistas»”. Así comienza su información –sin duda editorial- ABC, sobre el proyecto de libertad religiosa que prepara el Gobierno. Cuando he escuchado la noticia en la radio, he pensado, también, que ya teníamos armado un nuevo conflicto.

La ley que estudia el Gobierno es extraordinariamente moderada: suprimir los símbolos religiosos de los colegios públicos. Sólo en los públicos, no en los concertados, y salvando en los primeros las imágenes con valor artístico o histórico. En Francia, una normativa mucho más radical la promovió… la derecha. Sarkozy estudia incluso prohibir el velo islámico en todo el país, no sólo en los colegios donde rige desde hace años. Nuestros vecinos del norte no admiten ostentaciones religiosas de ninguna confesión, tampoco de la católica. “No creo en la religión católica que es la única verdadera, y voy a creer en otras”, decía un viejo liberal español. Los conservadores españoles aplauden, con seguridad, que se frenen otras religiones, reducir al ámbito privado la “nuestra”, es, en cambio, una herejía. ”El Ejecutivo prepara una reforma de la Ley de Libertad Religiosa que acabe con belenes y crucifijos en la escuela”, precisa ABC.

He mantenido contra viento y marea la defensa de José Luís Rodríguez Zapatero en su incomprendido empeño de “meternos” en Europa, aquella a la que sólo acude la derecha para dejarnos en ridículo, para poner en solfa al Gobierno español, como “acusicas” en los colegios -pecado, confesión inscritos en los genes-. Y sin embargo esta medida me parece incompleta, habría de estar acompañada de una separación real entre la Iglesia y el Estado, dejando de dilapidar recursos públicos en una institución que ha frenado todos los avances en España, culpable en buena medida de nuestra secular mala educación.

Asistimos a una seria involución en España. La revista Alba –lo leo en escolar- regala con cada ejemplar un supuesto feto de plástico, en lugar de la cubertería de acero inoxidable. Tras un cuarto de siglo de la ley del aborto en vigor.

Educación la ciudadanía a todos lo niños, y a los padres de los niños objetores, educación para todos los españoles niños y adultos. Es la única forma de que prendan las reformas, los avances, de que seamos Europa con iguales derechos y obligaciones. La “convulsión social” debería producirse por la multidud de atropellos que sufrimos a diario, por nuestro atraso.

Yo creo

Creen que la tierra no es redonda, porque va contra las enseñanzas de Alá. Y creen que la lluvia es un regalo de Dios y no un resultado de la evaporación del agua que se condensa y cae. Tampoco creen en la evolución. Es la secta Boko Haram de Nigeria que se traduce como “La educación es un pecado” . Y lo es, según ellos, porque contraviene los postulados de Alá y los profetas. Su líder, el clérigo musulmán, Mohammed Yusuf, ha ganado adeptos incluso entre los universitarios.

Sus pintorescas creencias están teniendo muy serias repercusiones. En un incesante goteo diario, han asesinado a 300 personas desde el domingo. De forma indiscriminada, para presionar. La “sharia”, ley islámica, impera en los Estados del Norte del país. Los rebeldes quieren imponerla a toda Nigeria. En su nombre lapidan por ejemplo a adulteras, que lo son por concebir hijos estando divorciadas o tras ser violadas. La presión internacional salvó a Safiya Husseini y Amina Lawall, pero muchas otras atrocidades permanecen ocultas. En el mayor productor de petróleo del continente africano, el 90 por ciento de su población vive bajo el umbral de la pobreza. El petróleo está en el Sur, en el Delta del Níger, y lo explotan multinacionales holandesas, británicas, norteamericanas y francesas. Genera unos ingresos de 300.000 millones de dólares anuales, de los que Nigeria se queda 5.000 que van a parar a las élites corruptas.

Todas las religiones están basadas en que, mediante una entelequia llamada fe, uno admite por ejemplo que se apartan las aguas de un mar sin ayuda de gigantescas presas hidráulicas. La religión es, desde tiempos inmemoriales, una tabla de salvación para asimilar la gran incongruencia de la muerte, y es humano asirse a ella. Lo incomprensible es que dicte normas de comportamiento de por vida. Y, menos aún, que sus adeptos quieran imponerla a los demás.

Vivimos tiempos de creencias frente a ciencia y datos. Y de una proliferación de las “conspiraciones” asumidas por la sociedad. Paradójicamente cuando la información asiste a un momento de esplendor y se extiende por todo el mundo. Yo lo experimento a diario. Una querida amiga me dice respecto al post de ayer sobre China: yo no creo que vaya a suceder nada con China. ¿En qué te basas?, pregunto conociendo el percal. “Nunca ha pasado nada hasta ahora. Hay tiempos buenos y malos pero la humanidad siempre sale adelante”. Y lo afirma convencida. Incluso me reta a ver quién acierta al final. Impredecible resultado, sin duda, pero basarse en la experiencia sin atender a datos nuevos y proyectarlos, parece más emotivo que racional. Además, la experiencia histórica también nos habla de nacimiento de Imperios. 

Escucho sin cesar afirmaciones como: “Yo no creo que Camps haya facilitado contratos por unos trajes”. ¿Por qué? Interpongo siempre. “Es muy poco valor para pringarse. Y los bolsos de Rita menos”, aseguran con rotundidad. Y no quieren ni escuchar datos u argumentaciones. “No lo creo”, insisten. De igual modo, algunos logros del Gobierno -o de quien sea- son rechazados, aunque se faciliten cifras, bajo la poderosa racionalización de “No lo creo”.

Ya vimos a toda una secretaria general de un partido poderoso, María Dolores de Cospedal, no creer en la sentencia del 11M. O a Rajoy que, en plena jornada de reflexión el 13 de Marzo de 2004, aparecía en El Mundo entrevistado por Victoria Prego y Casimiro García-Abadillo declarando: “Tengo el convencimiento moral de que ha sido ETA”. (No os perdáis esta entrevista, es muy jugosa).

Las consecuencias del cambio climático o la energía nuclear son objeto preferente de creencias. Uno se surte de opiniones que encuentra más afines, llena el saco de su criterio, y ya está dispuesto a afirmar que cree o no cree en tal cosa, respirando satisfecho. La creativa duda parece haber desaparecido de la sociedad actual.

Proliferan las familias que creen que dios salvará a sus hijos enfermos sin intervención de la medicina. Los ven caer muertos sin cesar, algunos son incluso castigados por ello, pero lo creen y basta, y proyectan su fanatismo sobre la vida que alumbraron sin consultar al interesado.

Nunca antes ha habido tantos “opinadores” profesionales. Las tertulias invaden radios y televisiones. En los pueblos especialmente, según he podido comprobar, las siguen con devoción religiosa. Un poso de tradiciones arraigadas, falta de datos, sirven de caldo de cultivo a una opinión que cala y fermenta. Lo asombroso es la seguridad con la que sus receptores “creen” o “no creen” cualquier situación, porque les avala un señor o una señora con un título que habla en los medios. Les reafirma. “Éste es de los míos, ésta de los tuyos”. Dos amplios sacos sin matices para surtirse. Y los hechos no importan. En absoluto. La opinión ajena puede aclarar, pero uno necesita su propia base de información, de datos reales.

La génesis no es la misma. La fe –religiosa, política, social- tiene un corto recorrido: una idea que se acepta sin ninguna comprobación, un dogma. La ciencia, cuando no entiende algo, investiga, fruto de ello elabora una hipótesis; si consigue demostrarla por medio de comprobaciones prácticas, ha encontrado una tesis o teoría, pero, de no suceder así, busca nuevas hipótesis y vuelve a intentar la demostración para encontrar la verdad. La ciencia -cuando su modelo entra en conflicto con la realidad- trata de ajustarse a ella, la busca; la fe, -si la realidad le contradice- rechaza la realidad. Su fe no es creer en lo que no se ve, sino no creer en lo que se ve.

Mundo desnortado que termina por matar para imponer una creencia.

nigeria

Baleares lee la Constitución

Lo dice nuestra Constitución en su artículo 47:

“Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación.

La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos”.

El proyecto se venía gestando desde las elecciones municipales y autonómicas, ahora ha sido aprobado por el parlamento regional: Baleares garantizará por ley comida, ropa y techo a todos los ciudadanos de la Comunidad. No sólo eso, los ciudadanos podrán acudir a los tribunales para exigir el cumplimiento de estos derechos: alimentación, vestido y vivienda.

El PP se abstuvo en la votación, argumentado que no queda claro en la ley quién asumirá el coste de estas garantías.

    Por cierto, la medida de Baleares se dedica a necesidades perentorias. Falta por exigir a todos los poderes públicos que impidan -o hubieran impedido- la especulación urbanística. ¿Algún abogado en el foro?

Leer nuestra Carta Magna es un ejercicio estimulante para conocer nuestros derechos.

Vayamos al artículo 35:

.”Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo”

Articulo 16.3

“Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.

Y ahora recordad que “la soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan los poderes del Estado”. (Artículo 1.2)

La soberanía reside en ti y en mi, en todos nosotros, no en los consejos de administración privados, ni en las hoy élites –bien degradadas por cierto- que elegimos para representarnos, ni en las normas morales dirigidas desde el extrajero Estado del Vaticano.

Y cada vez que hay una ley que favorece a los ciudadanos de a pie leemos la misma frase… “El PP se abstuvo”.

Aquellas Semanas Santas

calanda 

El viernes era el peor día. Habíamos escenificado la obra desde el domingo, saliendo con ramos a la calle, o lavando pies -previamente enjabonados para no molestar con la suciedad al generoso penitente-. Clamaban los tambores de Calanda en un grito sangriento que tapaba los oídos y acongojaba el alma. Pero el viernes venía el auténtico luto. En las radios sólo sonaba la música sacra más triste que pudiera encontrarse. A las tres de la tarde, tras la comida sin carne, Radio Nacional de España, nos trasportaba al momento exacto de la muerte en la cruz de Jesucristo, que cada año -según las lunas- ocurre en fecha distinta. Le oíamos expirar. El cielo se oscurecía y la tierra parecía abrirse. Seguía el silencio, pianos y chelos rasgados de dolor. No había dónde ir, ni cines, ni bares abiertos. Y la España mísera no podía permitirse vacaciones en la playa. Una procesión. Iglesias.

Menos mal que día y medio después, Jesús resucitaba. Los niños ya podíamos abrir la caja de las golosinas. Os cuento. Durante toda la cuaresma estaba prohibido tomar caramelos o dulces, y uno procuraba buscarlos más que de costumbre para hacerse con un botín. El asunto se ponía arduo cuando, el Domingo de Ramos, las palmas infantiles, rizadas, se llenaban de más y más apetecibles confites. Pero el Domingo de Resurrección llegaba el desquite. Encuentro que tenía un cierto un sentido: de un lado la contención del deseo -que ojala hubiera conservado para hacer lo mismo con el tabaco-, la templanza, y del otro la acumulación de bienes a disfrutar sin medida cuando se abría la veda, que me parece menos positivo.  Podría verse como la recompensa.

Así recuerdo las Semanas Santas de mi niñez. Un trago que había que pasar invariablemente cada año. Porque la fe nace de la inspiración divina y a mí no me dotó con ella. Sospecho que tuvo que ver con un trámite que aplicaban en mi colegio de monjas. Para asegurarse la fe eterna había que acudir a misa y comulgar 7 primeros viernes de mes seguidos ó 9 alternos. Y jamás logré completarlos para disgusto y preocupación de las “sores” -tendría mucho que contar de aquel colegio de inspiración francesa que acogía a alumnas gratuitas, como yo, entre la élite de la ciudad-. En fin, que unas veces me dormía, otras enfermaba mi madre (y la niña de la familia tenía que sustituirle), y nunca conseguí completar el cupo. Tras obtener matriculas de honor en religión, luego vendría racionalizar los conocimientos, cotejarlos con la fe negada, pero aquellos primeros viernes inconclusos seguro que me lastraron.

 
Llueve hoy. Y me gusta. Ayer, Telemadrid, la televisión autonómica, nos obsequió con la retransmisión de una procesión, y dos películas en la velada nocturna: Teresa de Calcuta y Juan Pablo II. Con mis impuestos. En un país aconfesional. Pero en un programa de TVE también dijeron que “no tiene que ser un dolor NO PODER comer carne” y nos sirvieron en los telediarios toda suerte de procesiones. Con mis impuestos también y, lo que es peor, con mi vida laboral dedicada a esa empresa.

Llueve hoy pero no como parecía llover desde las entrañas de la tierra y el universo todo, entonces.  Muchas cosas hay que cambiar aún. Pero ya puedo, al menos, elegir la música que quiero escuchar. Quiero compartir con vosotros dos cantos a la vida. El primero es la esplendorosa felicidad que no puede, ni quiere controlarse, e invita a volar con ella. Y el segundo es “mi” canción. Ambas lo son. Buen día.

La vida para la iglesia católica

Visto en laverdaz.com

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La iglesia católica y sus seguidores tienen un curioso interés por la vida humana: les preocupa sobre manera cuando apenas es un esbozo y se desentienden de ella cuando vive. padece, goza -se opone especialmente a que goce- sobre el planeta tierra. La campaña del lince tiene soliviantada a la sociedad laica, y eso que todavía no asedian nuestras calles -que lo harán- con enormes carteles donde un niño que gatea es asimilado a un embrión en una publicidad demagógica hasta la náusea, ni las han  llenado -todavía- de voces ultramontanas defendiendo la “vida”. Cobrando millonarias subvenciones a cargo de nuestros impuestos, los obispos han decidido resucitar el debate sobre el aborto como si fuese eso lo que ahora se dilucidara, cuando lleva casi un cuarto de siglo despenalizado. No osaron levantar sus voces a los gobiernos del PP, pero ahora vuelve a tocar el intento de desestabilizar el sistema.

 ¿Puede ser bautizado un embrión? Se preguntaba Gerardo Rivas en El Plural. ¿Adelantaremos la Navidad a Marzo, fecha de la concepción? En el Código Civil español y en todos los del mundo, una persona lo es cuando nace. Artículo 30: “Para los efectos civiles, sólo se reputará nacido el feto que tuviere figura humana y viviere veinticuatro horas enteramente desprendido del seno materno”.

La preocupación católica por un puñado de células sin forma humana, se extiende al primigenio acto sexual, a los millones de espermatozoides desperdiciados para crear nuevos feligreses. El Papa ha cometido la tremenda irresponsabilidad de atacar los beneficios del uso del preservativo en la prevención del SIDA en África, continente que se desangra por la enfermedad y la falta de medios para atajarla. Y como siempre sin ningún fundamento científico, negando los que se conocen. La fe y el fanatismo son contrarios a la razón por definición. Pero héteme aquí que ABC titula hoy así: “El Gobierno provoca a la Iglesia tras los consejos del Papa y envía preservativos a África”. ¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Qué autoridad legal tiene el Pontífice de una iglesia sobre nuestras vidas?

Los seguidores de los mandatos del Vaticano son otro curioso espécimen. El inefable Federico Trillo argumentó que “las opiniones del Papa no eran vinculantes para un católico” a raíz de las manifestaciones de Juan Pablo II sobre la guerra de Iraq, que su partido, el PP, contribuyó a iniciar. Se desgañitó la derecha contra le ley del divorcio y algunos de sus más preclaros representantes la abrazaron después con fruición como Álvarez Cascos que se divorció dos veces. Frente a estos fariseos -por adecuarme a su terminología- hay católicos sinceros, absolutamente abducidos por la secta, que no ven más allá de sus mandatos y no reflexionan sobre hechos probados. La fe les nubla la razón.

El gobernador de Nuevo Méjico acaba de derogar la pena de muerte en ese estado norteamericano, con lo que ya son 15 los que rechazan el terrorismo de Estado al aplicar la privación de la vida como castigo a sus ciudadanos. Jamás la Iglesia católica ha condenado la pena de muerte. Ni sale a la calle, la española, para denunciar los desmanes del poder en la génesis y mantenimiento del hambre en el mundo, como si hicieron los anglicanos el verano pasado en Londres. La vida sobre la tierra no preocupa a la jerarquía católica cada vez más alejada de los postulados de su fundador, Jesús de Nazaret. Nuestro país, con Italia, se ha convertido en su reducto sagrado, e intentan imponer unas conductas que “permiten” en otros países, en todos los demás, salvo en la atrasada Latinoamerica, y ahora en el campo virgen de África. La connivencia del gobierno en esta situación es clara.

Se les vacían las Iglesias, merman las vocaciones, y es por su discurso antidiluviano, al margen de la sociedad -sólo y exclusivamente por eso-. ¿Qué diferencia hay entre los postulados actuales de la Iglesia católica y el Islam talibán? Voces autorizadas en el Vaticano -el cardenal Martini por ejemplo- llaman al cambio. Pero no son escuchadas.

Estudiando la desgraciada historia de España, su atraso secular, se suman dos y dos para encontrar un cuatro de la altísima responsabilidad del catolicismo en nuestra falta de educación. En gran parte de los desmanes acaecidos. Jamás salió un cura católico a detener los fusilamientos de la guerra, y llevaron al dictador Franco bajo palio.

Son, por supuesto, libres de dictar peregrinas doctrinas pero el Estado no debería contribuir con dinero y privilegios a su mantenimiento. En una acción desesperada por el ostracismo al que le ha conducido su mala cabeza, la iglesia española apremia con nuevas campañas. Y, el gobierno permite que las paguen con nuestros impuestos.

La vida es otra cosa. Es eso que saludas alborozado cada mañana por las inmensas oportunidades que puede brindar, que quizás desfallece por las noches cuando las esperanzas se han frustrado. Pero que vuelve a resurgir día tras día. Es respirar, sentir, pensar, disfrutar, huir del dolor, amar, desarrollarse, dudar, buscar, encontrar, latir. Ninguna experiencia igual a la de alumbrar un hijo querido. Y verlo crecer y recrear todo lo que tú has sentido y sus nuevos descubrimientos. ¿Qué oscura mentalidad cercena las experiencias de una vida digna  a cambio de poner en el mundo, a saco,  más seres humanos abocados muchos a la desgracia por no haber luchado para dotarles de medios? Errático camino el de la Iglesia subvencionada.

Actualización 14,30. Ni el niño es un embrión, ni el lince ibérico es lince ibérico.

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