La culpa y la responsabilidad

Tomo prestado el dibujo del blog de Nephtys

Una familia que luchó denodadamente con imaginación y trabajo por salir adelante. Malos tiempos iniciales acarreando como losas las miserias del país. Un día llega un premio, un primer lujo: una enorme radio que se coloca sobre un soporte en lo alto. Su emisión llena de sonidos maravillosos la casa, más allá de las canciones tarareadas. Del aparato pende el cable para enchufarla cuando toca. Con unos 5 años, quiero oírla y conectarla por mí misma. Subo a una silla, me tambaleo… y me agarro al cable en mi caída. La radio se estrella contra el suelo y se deshace. No son tiempos de compañías de seguros en España. No habrá más dinero para reponerla. Jamás he sentido mayor sentimiento de culpa.

Atención al sentimiento de culpa leo en El País pero al repasar las noticias más leídas. Es decir, el título ha atrapado a un gran número de personas por alguna razón. Y es fácil adivinarla. El artículo es un análisis profundamente lúcido en el que todos nos reconocemos -y lo que es más importante-, reconocemos a la sociedad en la que vivimos. Dice su autor, Xavier Guix, que en “el paquete evolutivo de nuestras emociones básicas, tal como investigó Paul Ekman (miedo, tristeza, alegría, desprecio, asco, ira y sorpresa) no se encuentra para nada la culpa, tratándose entonces de una emoción secundaria o elaborada socialmente”. Aprendemos a sentirnos culpables. Y la culpa –como todos los miedos- se constituye en un poderoso elemento de control social. Suscribo lo que dice Xabier para explicarlo: “Existen códigos, pautas, normas que no se deben transgredir porque, de hacerlo, no sólo aparece el castigo, sino, peor aún, el menosprecio de los nuestros, léase que no nos quieran, que nos alejen del grupo. Y ése es el peor de los miedos humanos”.

La radio en el suelo no fue mi primera pifia infantil. Me apasionaban los descubrimientos y no siempre resultaban bien. Ya había interiorizado el sentimiento de culpa porque había experimentado las consecuencias de investigaciones anteriores fallidas. Sé, por tanto, cómo lo aprendí. Y cómo lo liberé, sustituyéndolo por la responsabilidad –que es precisamente la conclusión del artículo-. Intentar hacer las cosas bien, lo mejor posible, aceptar fallos y errores como consecuencia del proceso, asumir los hechos con todas las consecuencias. Liberación parcial, porque la educación pesa, la propia y la de los otros. Y a menudo, se buscan atribuciones de culpas ante lo inexplicable. Y hasta pueden seguir calando.

Lo que ocurre es que vengo pensando y discutiendo mucho sobre cuestiones relacionadas. Un solo ejemplo concreto: tras una conferencia, pregunté a personas visiblemente conservadoras y defensoras del libre mercado, cómo podían explicar que ese sistema era justo cuando la mayoría de la población mundial –cuatro mil millones- se muere literalmente de hambre. Cómo en el país de la católica culpa, España, existe tamaña corrupción, tal saqueo de las arcas comunes de los ciudadanos, sin visible sentimiento de contrición. La respuesta a coro me dejó anonadada: “Es la maldad humana”.

Y ya está. Por supuesto, ante “maldades humanas” convertidas en delito disponemos de los instrumentos de la Ley. A usar de forma exhaustiva hasta erradicarlas. El problema reside en esa culpa educacional que ata y somete a la sociedad. En la primaria justificación de que las desviaciones se deben a un maniqueísmo moral que sólo distingue entre el bien y el mal, e incluso otorga bondad y maldad con parámetros subjetivos. En que buena parte de los transgresores –los que meten la mano en el saco o los que manipulan a la sociedad- creen lavar sus culpas en un confesionario con la penitencia de tres “avemarías”. En que siguen siendo amados y respetados -en contra de la supuesta norma natural de la culpa- porque, interiorizado el “pecado”, casi nadie lanza la primera piedra. Porque quizás no es cierto que el culpable sea proscrito como dice el canon, ni respetado quien intenta obrar con coherencia y rigor en aras del bien común.

  Ley y urnas -y no confesionarios- para atajar a los delincuentes de obra y palabra. Pero sobre todo -y siempre apelando al origen- educación. Edificar seres humanos libres y responsables.

A %d blogueros les gusta esto: