Yo creo

Creen que la tierra no es redonda, porque va contra las enseñanzas de Alá. Y creen que la lluvia es un regalo de Dios y no un resultado de la evaporación del agua que se condensa y cae. Tampoco creen en la evolución. Es la secta Boko Haram de Nigeria que se traduce como “La educación es un pecado” . Y lo es, según ellos, porque contraviene los postulados de Alá y los profetas. Su líder, el clérigo musulmán, Mohammed Yusuf, ha ganado adeptos incluso entre los universitarios.

Sus pintorescas creencias están teniendo muy serias repercusiones. En un incesante goteo diario, han asesinado a 300 personas desde el domingo. De forma indiscriminada, para presionar. La “sharia”, ley islámica, impera en los Estados del Norte del país. Los rebeldes quieren imponerla a toda Nigeria. En su nombre lapidan por ejemplo a adulteras, que lo son por concebir hijos estando divorciadas o tras ser violadas. La presión internacional salvó a Safiya Husseini y Amina Lawall, pero muchas otras atrocidades permanecen ocultas. En el mayor productor de petróleo del continente africano, el 90 por ciento de su población vive bajo el umbral de la pobreza. El petróleo está en el Sur, en el Delta del Níger, y lo explotan multinacionales holandesas, británicas, norteamericanas y francesas. Genera unos ingresos de 300.000 millones de dólares anuales, de los que Nigeria se queda 5.000 que van a parar a las élites corruptas.

Todas las religiones están basadas en que, mediante una entelequia llamada fe, uno admite por ejemplo que se apartan las aguas de un mar sin ayuda de gigantescas presas hidráulicas. La religión es, desde tiempos inmemoriales, una tabla de salvación para asimilar la gran incongruencia de la muerte, y es humano asirse a ella. Lo incomprensible es que dicte normas de comportamiento de por vida. Y, menos aún, que sus adeptos quieran imponerla a los demás.

Vivimos tiempos de creencias frente a ciencia y datos. Y de una proliferación de las “conspiraciones” asumidas por la sociedad. Paradójicamente cuando la información asiste a un momento de esplendor y se extiende por todo el mundo. Yo lo experimento a diario. Una querida amiga me dice respecto al post de ayer sobre China: yo no creo que vaya a suceder nada con China. ¿En qué te basas?, pregunto conociendo el percal. “Nunca ha pasado nada hasta ahora. Hay tiempos buenos y malos pero la humanidad siempre sale adelante”. Y lo afirma convencida. Incluso me reta a ver quién acierta al final. Impredecible resultado, sin duda, pero basarse en la experiencia sin atender a datos nuevos y proyectarlos, parece más emotivo que racional. Además, la experiencia histórica también nos habla de nacimiento de Imperios. 

Escucho sin cesar afirmaciones como: “Yo no creo que Camps haya facilitado contratos por unos trajes”. ¿Por qué? Interpongo siempre. “Es muy poco valor para pringarse. Y los bolsos de Rita menos”, aseguran con rotundidad. Y no quieren ni escuchar datos u argumentaciones. “No lo creo”, insisten. De igual modo, algunos logros del Gobierno -o de quien sea- son rechazados, aunque se faciliten cifras, bajo la poderosa racionalización de “No lo creo”.

Ya vimos a toda una secretaria general de un partido poderoso, María Dolores de Cospedal, no creer en la sentencia del 11M. O a Rajoy que, en plena jornada de reflexión el 13 de Marzo de 2004, aparecía en El Mundo entrevistado por Victoria Prego y Casimiro García-Abadillo declarando: “Tengo el convencimiento moral de que ha sido ETA”. (No os perdáis esta entrevista, es muy jugosa).

Las consecuencias del cambio climático o la energía nuclear son objeto preferente de creencias. Uno se surte de opiniones que encuentra más afines, llena el saco de su criterio, y ya está dispuesto a afirmar que cree o no cree en tal cosa, respirando satisfecho. La creativa duda parece haber desaparecido de la sociedad actual.

Proliferan las familias que creen que dios salvará a sus hijos enfermos sin intervención de la medicina. Los ven caer muertos sin cesar, algunos son incluso castigados por ello, pero lo creen y basta, y proyectan su fanatismo sobre la vida que alumbraron sin consultar al interesado.

Nunca antes ha habido tantos “opinadores” profesionales. Las tertulias invaden radios y televisiones. En los pueblos especialmente, según he podido comprobar, las siguen con devoción religiosa. Un poso de tradiciones arraigadas, falta de datos, sirven de caldo de cultivo a una opinión que cala y fermenta. Lo asombroso es la seguridad con la que sus receptores “creen” o “no creen” cualquier situación, porque les avala un señor o una señora con un título que habla en los medios. Les reafirma. “Éste es de los míos, ésta de los tuyos”. Dos amplios sacos sin matices para surtirse. Y los hechos no importan. En absoluto. La opinión ajena puede aclarar, pero uno necesita su propia base de información, de datos reales.

La génesis no es la misma. La fe –religiosa, política, social- tiene un corto recorrido: una idea que se acepta sin ninguna comprobación, un dogma. La ciencia, cuando no entiende algo, investiga, fruto de ello elabora una hipótesis; si consigue demostrarla por medio de comprobaciones prácticas, ha encontrado una tesis o teoría, pero, de no suceder así, busca nuevas hipótesis y vuelve a intentar la demostración para encontrar la verdad. La ciencia -cuando su modelo entra en conflicto con la realidad- trata de ajustarse a ella, la busca; la fe, -si la realidad le contradice- rechaza la realidad. Su fe no es creer en lo que no se ve, sino no creer en lo que se ve.

Mundo desnortado que termina por matar para imponer una creencia.

nigeria

Aquellas Semanas Santas

calanda 

El viernes era el peor día. Habíamos escenificado la obra desde el domingo, saliendo con ramos a la calle, o lavando pies -previamente enjabonados para no molestar con la suciedad al generoso penitente-. Clamaban los tambores de Calanda en un grito sangriento que tapaba los oídos y acongojaba el alma. Pero el viernes venía el auténtico luto. En las radios sólo sonaba la música sacra más triste que pudiera encontrarse. A las tres de la tarde, tras la comida sin carne, Radio Nacional de España, nos trasportaba al momento exacto de la muerte en la cruz de Jesucristo, que cada año -según las lunas- ocurre en fecha distinta. Le oíamos expirar. El cielo se oscurecía y la tierra parecía abrirse. Seguía el silencio, pianos y chelos rasgados de dolor. No había dónde ir, ni cines, ni bares abiertos. Y la España mísera no podía permitirse vacaciones en la playa. Una procesión. Iglesias.

Menos mal que día y medio después, Jesús resucitaba. Los niños ya podíamos abrir la caja de las golosinas. Os cuento. Durante toda la cuaresma estaba prohibido tomar caramelos o dulces, y uno procuraba buscarlos más que de costumbre para hacerse con un botín. El asunto se ponía arduo cuando, el Domingo de Ramos, las palmas infantiles, rizadas, se llenaban de más y más apetecibles confites. Pero el Domingo de Resurrección llegaba el desquite. Encuentro que tenía un cierto un sentido: de un lado la contención del deseo -que ojala hubiera conservado para hacer lo mismo con el tabaco-, la templanza, y del otro la acumulación de bienes a disfrutar sin medida cuando se abría la veda, que me parece menos positivo.  Podría verse como la recompensa.

Así recuerdo las Semanas Santas de mi niñez. Un trago que había que pasar invariablemente cada año. Porque la fe nace de la inspiración divina y a mí no me dotó con ella. Sospecho que tuvo que ver con un trámite que aplicaban en mi colegio de monjas. Para asegurarse la fe eterna había que acudir a misa y comulgar 7 primeros viernes de mes seguidos ó 9 alternos. Y jamás logré completarlos para disgusto y preocupación de las “sores” -tendría mucho que contar de aquel colegio de inspiración francesa que acogía a alumnas gratuitas, como yo, entre la élite de la ciudad-. En fin, que unas veces me dormía, otras enfermaba mi madre (y la niña de la familia tenía que sustituirle), y nunca conseguí completar el cupo. Tras obtener matriculas de honor en religión, luego vendría racionalizar los conocimientos, cotejarlos con la fe negada, pero aquellos primeros viernes inconclusos seguro que me lastraron.

 
Llueve hoy. Y me gusta. Ayer, Telemadrid, la televisión autonómica, nos obsequió con la retransmisión de una procesión, y dos películas en la velada nocturna: Teresa de Calcuta y Juan Pablo II. Con mis impuestos. En un país aconfesional. Pero en un programa de TVE también dijeron que “no tiene que ser un dolor NO PODER comer carne” y nos sirvieron en los telediarios toda suerte de procesiones. Con mis impuestos también y, lo que es peor, con mi vida laboral dedicada a esa empresa.

Llueve hoy pero no como parecía llover desde las entrañas de la tierra y el universo todo, entonces.  Muchas cosas hay que cambiar aún. Pero ya puedo, al menos, elegir la música que quiero escuchar. Quiero compartir con vosotros dos cantos a la vida. El primero es la esplendorosa felicidad que no puede, ni quiere controlarse, e invita a volar con ella. Y el segundo es “mi” canción. Ambas lo son. Buen día.

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