Aquellas Semanas Santas

calanda 

El viernes era el peor día. Habíamos escenificado la obra desde el domingo, saliendo con ramos a la calle, o lavando pies -previamente enjabonados para no molestar con la suciedad al generoso penitente-. Clamaban los tambores de Calanda en un grito sangriento que tapaba los oídos y acongojaba el alma. Pero el viernes venía el auténtico luto. En las radios sólo sonaba la música sacra más triste que pudiera encontrarse. A las tres de la tarde, tras la comida sin carne, Radio Nacional de España, nos trasportaba al momento exacto de la muerte en la cruz de Jesucristo, que cada año -según las lunas- ocurre en fecha distinta. Le oíamos expirar. El cielo se oscurecía y la tierra parecía abrirse. Seguía el silencio, pianos y chelos rasgados de dolor. No había dónde ir, ni cines, ni bares abiertos. Y la España mísera no podía permitirse vacaciones en la playa. Una procesión. Iglesias.

Menos mal que día y medio después, Jesús resucitaba. Los niños ya podíamos abrir la caja de las golosinas. Os cuento. Durante toda la cuaresma estaba prohibido tomar caramelos o dulces, y uno procuraba buscarlos más que de costumbre para hacerse con un botín. El asunto se ponía arduo cuando, el Domingo de Ramos, las palmas infantiles, rizadas, se llenaban de más y más apetecibles confites. Pero el Domingo de Resurrección llegaba el desquite. Encuentro que tenía un cierto un sentido: de un lado la contención del deseo -que ojala hubiera conservado para hacer lo mismo con el tabaco-, la templanza, y del otro la acumulación de bienes a disfrutar sin medida cuando se abría la veda, que me parece menos positivo.  Podría verse como la recompensa.

Así recuerdo las Semanas Santas de mi niñez. Un trago que había que pasar invariablemente cada año. Porque la fe nace de la inspiración divina y a mí no me dotó con ella. Sospecho que tuvo que ver con un trámite que aplicaban en mi colegio de monjas. Para asegurarse la fe eterna había que acudir a misa y comulgar 7 primeros viernes de mes seguidos ó 9 alternos. Y jamás logré completarlos para disgusto y preocupación de las “sores” -tendría mucho que contar de aquel colegio de inspiración francesa que acogía a alumnas gratuitas, como yo, entre la élite de la ciudad-. En fin, que unas veces me dormía, otras enfermaba mi madre (y la niña de la familia tenía que sustituirle), y nunca conseguí completar el cupo. Tras obtener matriculas de honor en religión, luego vendría racionalizar los conocimientos, cotejarlos con la fe negada, pero aquellos primeros viernes inconclusos seguro que me lastraron.

 
Llueve hoy. Y me gusta. Ayer, Telemadrid, la televisión autonómica, nos obsequió con la retransmisión de una procesión, y dos películas en la velada nocturna: Teresa de Calcuta y Juan Pablo II. Con mis impuestos. En un país aconfesional. Pero en un programa de TVE también dijeron que “no tiene que ser un dolor NO PODER comer carne” y nos sirvieron en los telediarios toda suerte de procesiones. Con mis impuestos también y, lo que es peor, con mi vida laboral dedicada a esa empresa.

Llueve hoy pero no como parecía llover desde las entrañas de la tierra y el universo todo, entonces.  Muchas cosas hay que cambiar aún. Pero ya puedo, al menos, elegir la música que quiero escuchar. Quiero compartir con vosotros dos cantos a la vida. El primero es la esplendorosa felicidad que no puede, ni quiere controlarse, e invita a volar con ella. Y el segundo es “mi” canción. Ambas lo son. Buen día.

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2 comentarios

  1. Jose

     /  11 abril 2009

    Me ha encantado el artículo . Viviendo en una pequeña ciudad de provincias ( Toledo) y habiendo estudiado en un colegio religioso yo también tengo casi los mismos recuerdos de la infancia .Y eso que tampoco ha pasado tanto tiempo (estoy en la mitad de los cuarenta).He pasado por epòcas en que me molestaba sobremanera toda esta tramoya de la semana santa que muchas veces poco tiene que ver con el Jesucristo y me sigue molestando la hipocresía ( la gente que va de superdevota solo en estos días o que se casan por la iglesia solo porque la ceremonia queda mas bonita en una Iglesia) . Sin embargo sigo topándome con las Procesiones por las calles o en la tele y ya pienso que como decía Baudelaire en “esta vida hay que embriagarse siempre de algo ya sea vino, poesía y virtud”. Respeto no obstante a los que viven estos días con fe sincera .Por cierto me gustaron mucho las sugerencias musicales que pusiste. Recuerdo de pequeño ir a un pequeño cine de barrio de Toledo a ver un pase de reestreno de “cantando bajo la lluvia ” y volver a casa pisando charcos y canturreando . Hay otras dos canciones preciosas y muy optimistas en esa peli :”make them laugh ” y “good morning” que también están por you tube . Y “la vie en rose ” de Louis Armstrong también es mágica como su otro himno “What a wonderful world” aunque yo siempre he amado la versión de un hippie maravilloso: Jerry García.Buscadla que no os defraudará. Para mí es la representación perfecta de la felicidad tranquila. Saludos para todos

  2. Genaro

     /  11 abril 2009

    Lo que no mencionas, seguramente porque no te tocó vivirlo en los años cuarenta y cincuenta, que por orden gubernamental, el jueves y el viernes “santos”, se cerraban todos los establecimientos públicos incluidos cines y bares para qu la gente no tuviera otro lugar donde ir que a “ver las procesiones”.
    !Qué maravillosos tiempos aquellos! donde la libertad ciudadana era defendida por el régimen y la iglesia.

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