La glorieta de los 14 políticos

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14 políticos reunidos para inaugurar una glorieta, tan pequeña que apenas caben. Ha sido en Alhendín, un municipio de casi 8.000 habitantes de la Vega de Granada. Lo cuenta –con gracia infinita- el jefe de local del Ideal, Quico Chirino:

“La que se inauguró la semana pasada en Alhendín tiene, mientras no se demuestre lo contrario, el guinness del número de cargos públicos que caben dentro de una glorieta. Hasta catorce y de distintos partidos políticos se metieron dentro de un redondel, uno detrás de otro, igual que los elefantes en el seiscientos.

Nótese también la dimensión de la señal de tráfico, que equivale a unas veinte cabezas del diputado de Turismo. Para que después digan que  no se hacen cosas a lo grande.

Ya estoy viendo la publicidad: visite nuestra rotonda, la única en el mundo con 14 políticos de diámetro”.

El País amplía citando algunos nombres de los políticos reunidos para tan magno acontecimiento: “En el acto participaron representantes de la Diputación de Granada y del Ayuntamiento de Alhendín, entre ellos el presidente de la institución provincial, Sebastián Pérez, la vicepresidenta primera (al parecer hay más de una), Luisa García Chamorro, el alcalde de Alhendín, Francisco Rodríguez, y otros miembros de las dos corporaciones, gobernadas por el Partido Popular”.  Aquí, la lista completa que ya se ha conocido.

Este país de rotondas y campos de golf acaba pues de hacer un monumento a la genuina Marca España del momento: la que interrumpe el tráfico con un escaso redondel –que se habrá llevado sin embargo lo suyo- y deja en medio un mojón. La que lleva a la plana mayor de la política local y provincial para hacerse la foto y coronarla, suponemos, con un “vino español” o/y suculenta comida. A costa del erario público también.

La España risible, sin duda, pero no olvidemos que este mismo partido, PP, se dispone a perpetrar una Reforma Local que suprimirá los servicios sociales a los más vulnerables (aunque lo llame de otra manera). Que el esperpento de Alhendín abra ojos. A poco que nos descuidemos serán más grandes que su rotonda.  En lo que hemos quedado: venga a inaugurar carreteras, autopistas, AVEs, aeropuertos, glorietas por miles y miles, y ahora nos contentamos con poco más de una maceta a la que se hacen los mismos honores que a una monumental. Eso demuestra nuestra alegría de vivir: ¡Que no decaiga la fiesta! Sobre todo para esos políticos.

Al ministro Soria le deberían pagar en meridianos canarios de Greenwich

Este elemento cobra un sueldazo, le quedará una pensión estupenda, y tiene en sus manos asuntos muy serios que nos afectan. Pues con este desparpajo dice que el Meridiano de Greenwich pasa por Canarias.

Hay quien ya ha encontrado explicación a su esperpéntico error. Canario de nacimiento, no sabe dónde se ubican las islas y cree que es así, como lo marcan algunos mapas físicos.

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La luz al final de un túnel auténtico

Ya se ve la luz al final del túnel. Nos lo dicen –ahora- todos los días. Con aviesas intenciones, bien es cierto.  Probablemente son personas que –debido a sus cargos de moqueta y limusina- nunca han estado en un túnel de verdad. No de esos que distan mucho de ser los artificiales que horadan las máquinas para hacer carreteras más cortas y accesibles. Es como comparar los canales con los ríos.

En Asturias estuve este verano en la Cuevona de Cueves, parroquia de Junco, en el concejo de Ribadesella.  Primero hay que llegar a Ribadesella y conducir durante unos 5 kms. por carreteras secundarias. A veces la autovía queda cerca pero nadie ha construido un acceso ni para entrar ni para salir hacia Cueves. Se intuye por tanto que uno no marcha por terreno ortodoxo, por el que va el “todo el mundo” que tanto gusta.

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Frente a la entrada de la cueva hay dos opciones: atravesar el túnel con el coche o aparcarlo y hacer el trayecto a pie. Lógicamente mis amigos y yo elegimos ir caminando. Éramos cuatro personas y cada una afrontó la experiencia de forma distinta. Con mayor o menor seguridad. Lo cierto es que la luz es escasa en algunos tramos de los 300 metros del túnel y –como sucede con lo desconocido- uno no sabe qué se va a encontrar. Algo sin embargo es probable: que pase algún coche y nos no vea.

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Es decir, cuando se entra en un túnel uno puede ir dotado de un automóvil con su motor, sus ruedas, su carrocería y sus luces, en moto o bicicleta -más expuesto- o afrontarlo a cuerpo. Se puede ser consciente de los peligros que puede entrañar la travesía o no serlo en absoluto. También calcular las ventajas y los riesgos –mínimos en este caso- con valentía o tener miedo y perderse por él la belleza del camino. Porque, en concreto aquí, la Cuevona resulta ser una maravilla de formas y texturas. Dicen que  la  habitan murciélagos que huyen de los humanos y hasta una salamandra ciega. No siempre son así los túneles, los hay más áridos y más sombríos.

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Conforme se avanza se adentra uno en la oscuridad y en lo imprevisible. No sabe tampoco cuándo aparecerá… la luz al final del túnel. Aquí  tenemos la certeza de que la habrá, si llegamos. No siempre es así. Nos podemos encontrar en una cueva que solo admite la vuelta atrás o en un callejón sin salida.

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Y sí, al final, la luz es cierta y conduce a un espacio abierto: a Cueves en este caso.

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Con turismo escaso en esas fechas, la primera sensación es la paz y el silencio. Tan intenso éste que invita a hablar en voz baja para no romperlo. La carretera muere en Cueves  y el pueblo, de unas pocas casas, es una preciosidad.

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“Venga Vd. en invierno”, dice quien regenta el único bar.  “Aislados por la nieve y aquí no viene nadie”, comenta.  No hay otra forma de acceso que el túnel. Y sí, aún, un apeadero de tren en el que el conductor para si ve a alguien esperando. Sucede poco. No sabemos cuánto durará una línea, una parada al menos, tan poco… “rentable”.

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Cueves resulta ser un sueño delicioso al final del túnel. Solo que sin salidas más allá. No queda más que regresar al corredor, hacer el camino inverso. Volver a las carreteras secundarias, cruzando, sin tocarla, la prisa de la autovía.  Regresar allí de donde se vino.

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El paraíso asturiano no puede servir de metáfora exacta de la angustia del túnel del que nos hablan, de la falta de expectativas. Pero la Cuevona sí de que la oscuridad con incertidumbres no es segura para andar sin parapetos y sin ruedas. El túnel en el que nos dicen alumbra ya una luz al fondo, ni siquiera trae la quietud hermosa de un pueblo solitario, sino un mundo que ya no tiene el Estado del Bienestar que conocimos. Volver atrás como único camino. Pero ya la segadora de la codicia y el lucro lo ha arrasado todo.

No la belleza, la vida que fluye, como eterno nuevo punto de partida.

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*Las fotos son de Choni Sánchez, Antonio Luis Martín (@piezas) y mías

Las colas, lugar de máxima identificación de percebes y salmones

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Percebes y salmones se diferencian hasta en los aspectos más intrascendentes de la vida. Aquí tenemos un ejemplo. Llegada del tren a la estación. Ésta es Atocha, en Madrid. Hay dos escaleras para salir. Una cerca, la primera que encuentras. Está abarrotada. La segunda, a la derecha, un poco más allá, permite caminar sin agobios por el andén y subir también holgado. Esta escena se repite una y otra vez, en todos los viajes.

E igual sucede con las partidas. En los accesos a las estaciones de tren o en los aeropuertos que, muchas veces, terminan por habilitar una segunda mesa de recepción de billetes. En la fila larga están los percebes, en la corta los salmones. Estos miran primero si se han dispuesto dos, y se dirige adonde menos personas haya. Las colas es un lugar de máxima identificación de percebes gregarios: siempre van a donde van los demás. Por la ley del mínimo esfuerzo. Porque les gusta estar en piña.

Evidentemente el espíritu salmón hace todo lo contrario. Utiliza los recursos disponibles. Por eficacia y porque detesta el hacinamiento.

Estas actitudes opuestas se reflejan como cabe deducir en cuestiones fundamentales para la colectividad. Con resultados dramáticos en tiempos como los que vivimos. El percebe no mueve un dedo por su inactiva, espera que los problemas se resuelvan solos y, si no lo hacen y vienen mal dadas, “aguanta”, se sacrifica. El salmón hace de su vida una lucha por resolver los escollos y llegar a la meta que se ha propuesto.

Todo esto y mucho más es el espíritu de mi libro Salmones contra Percebes. Si no lo has leído, si no lo has recomendado, ya tardas.

El percebe pertenece a la categoría de los idénticos, la que construye la gran masa humana. Casi indistinguible de sus congéneres, intercambiable, buscando cobijo a la sombra de los poderosos sin molestar, huyendo de heroísmos. El percebe carece de aristas definitorias. Su perfil no rompe las monotonías. No suele construir. Nadie hablará de ellos cuando hayan muerto, porque tampoco se habla demasiado de cada uno de ellos mientras viven. El salmón, en cambio, pertenece a los iguales. A los que levantan la cabeza y aguantan la mirada. A los que dejaron de ser súbditos por méritos propios y viven con pasión su calidad ciudadana. A los que huyen de las invisibilidades y protagonizan la historia.

Homenaje a José Luis Sampedro en el Ateneo

Algunas intervenciones de un recuerdo emocionado, una explosión de cariño sincero. Eso fue el acto. Todo el Ateneo de Madrid. Desde el escenario a lo más alto del anfiteatro.








La cultura ¿un bien superfluo?

Fue entender por qué cuando lo miraba “se me llenaban los huesos de espuma”.  Gabriel García Márquez me llevó en volandas al universo mágico de Macondo y nada volvió a ser exactamente igual. Fue, también, comprobar que en el  “Mundo Feliz” pergeñado y controlado por otros, la división de clases llega a fabricar incluso “epsilones” apenas sin cerebro para los trabajos duros. Aldous Huxley abría las páginas de mi mente en la brillante metáfora. Solo unos pocos cuestionaban el orden establecido, el resto “Sin esfuerzo excesivo ni de espíritu ni muscular, siete horas y media de un trabajo ligero, nada agotador, y enseguida la ración de soma, deportes, copulación sin restricción, y el Cine Sentido”. Y fue leer para saber, para querer emular y buscar ideas y palabras que enriquecen y hacen sentir y pensar. Y fue escuchar a Luciano Pavarotti en el espacio abierto para todos del Hyde Park londinense en una noche de lluvia intensa e integrarse en un Nesum Dorma colectivo. O querer parar un avión en Casablanca para que Ilsa Laszlo hiciera lo que realmente deseaba en una película perfecta. Mil manifestaciones más que hemos paladeado para ser más felices y mejores ¿Cómo es posible que la cultura no se aprecie ni se proteja, que se apueste incluso contra ella en estos días amargos?

Con el mismo empeño que el PP va contra la sanidad pública, la educación o la ciencia y la investigación arremete contra la cultura. Y, en este caso, sin rechazo popular masivo. España soporta ahora el IVA cultural más caro de Europa, un 21%. Incluso el Portugal -que nos antecede en el calvario y que aplica un 23% a casi todo- reserva el 6% para los libros. Los recortes han supuesto un ataque frontal a cuanto suponga cultura. La ley Wert desprecia en el bachillerato las artes escénicas y restringe la música y la plástica. Ni un solo euro se destina a la compra de libros para bibliotecas públicas. Se resienten los museos con importantes mermas, hasta El Prado (“turístico”, “Marca España”) ha visto reducido su presupuesto en un 30%. El Teatro Real de Madrid el 23%. Teatro e igualmente cine, música y festivales asisten a momentos críticos por la tijera depredadora. Ni la Convención de la UNESCO DE 2005 que manda proteger y promover las expresiones de la diversidad cultural se tiene en cuenta a pesar de que España la suscribió.

De hecho, la estrategia del ministro liquidador de la Educación y la Cultura ha sido que cine, teatro y conciertos dejen de ser arte para meterlos en el saco del espectáculo, el entretenimiento. De este modo justifica la elevación de su precio. España ha pasado a ser  uno de los pocos países que considera la cultura una mercancía más.

Mariano Rajoy que acudió recientemente a la Biblioteca Nacional por primera en su mandato –puede que por primera vez en su vida- se refirió a ese concepto. Habló de que «el nuevo ecosistema de consumo cultural se encuentra ya en el cibersepacio». Ése al que, por cierto, quieren controlar también con subterfugios por su “peligrosidad”, creo que para la Seguridad Nacional que es cosa seria. El presidente del gobierno lo que valora es la lengua española como “producto más internacional y prestigiado de España». Y quiere que ley de educación -que ha perpetrado a medias con su ministro- impulse la cultura como «sector clave para adaptar lacompetitividad y transmitir una marca de vanguardia». Así ve el PP la cultura.

Lo peor es cómo la ven los ciudadanos que engullen este enorme retroceso sin problemas. Los mismos que no leen o, si compran un libro, lo hacen preferentemente de los autores que  “salen por la tele” y que -como decía, el premonitorio Huxley-  con los deportes, la copulación sin restricción y todo el soma que arrojan sobre todo las pantallas de plasma tienen bastante. Y, encima, cuando la ración de soma de comer, de estar sano, de tener una vida digna empieza a escasear tan alarmantemente.

El domingo el predecesor de Wert, Ángel Gabilondo, se refirió en un homenaje a José Luis Sampedro a cómo “se empieza por leer libros y, claro, se acaba queriendo arreglar el mundo”. De eso se trata, sí. Dóciles epsilones de carga, percebes sumisos, y casi ni eso, una masa krill para usar y deglutir.

Es entrar en la Cuevas de Altamira. En la Catedral Gótica de León. En el románico Castillo de Loarre oscense. En el diseño de vanguardia. En la desarmada derrota del “Ne me quitte pas” de Jacques Brel.  En la alegría de vivir de Singing in the rain. Es tanto… Sentarse ante El jardín de las delicias de El Bosco o ante cualquier cuadro de Goya que tan bien reflejó España. Es leer a Saramago y a Sampedro, y a Calderón y  a Gioconda Belli y a Richard Dawkins. Cada cuál tiene su imaginario, sus preferencias, pero un país de ciudadanos libres no puede reducirlo a la bota de Messi o el cerebro de Cristiano.  La cultura no es un bien superfluo. Y no es tolerable que un gobierno de epsilones venidos a más con mando en tijera se empeñe en embrutecer a la mayoría de un país.

*Publicado en eldiario.es

A España ya no la conoce ni la madre que la parió

En poco más de año y medio de mandato, el PP ha dejado España irreconocible. Este viernes ha perpetrado un giro drástico en el Tribunal Constitucional que pasa a tener mayoría claramente ultraconservadora. La ley del aborto, el Estatut o los recortes estarán en sus manos. Es una medida trascendental, es consagrar por vía -digamos- legal todo cuanto hace el gobierno. «Separación» de poderes que se dice.

Por ejemplo, mirando lo más reciente, conceder a la industria alimentaria que pueda frenar los estudios que le perjudican. Es decir, cuando se detecte que comemos auténtica cochambre se buscarán nuevos informes de “expertos” que digan lo contrario. Y listo. Arias Cañete es el autor de la medida, secundada por todo el PP.

El gobierno también ha buscado «expertos» para rebajar las pensiones.  Están entre las más miserables de Europa (a pesar de la subida de Zapatero: partían de niveles ínfimos)  pero son un dispendio, ya veis. Hace unos días dieron la cifra de que casi el 27% de los hogares españoles viven de la pensión de los abuelos. Y eso no puede ser, hay que apretarse el cinturón…  para que sigan dilapidando o robando directamente.  Los minijobs y empleos a tiempo parcial que tanto les gustan y con los que maquillan las cifras del paro tendrán un retiro de miseria. Estos «expertos» han llegado al colmo del insulto al animar en su informe a rebajar las pensiones «ahora que se acepta mejor el sacrificio«. La doctrina del shock en estado puro.

Este viernes también acaba el plazo para la puja de los hospitales que Ignacio González y su mentora y actora en la sombra Esperanza Aguirre se han empeñado en privatizar en Madrid. Casi nadie los quiere. Han dicho -y lo he escuchado de su viva voz en la Cadena SER- que no están seguros de poder sacar el beneficio que esperan. Es decir, confiesan abiertamente a los ciegos empecinados votantes del PP que juegan con nuestra salud para obtener ganancias. Es de esperar que González les haga alguna rebajita, se los dé de saldo si es preciso porque está claro que al PP de Madrid nadie le aparta de sus objetivos. Algunos antiguos consejeros de sanidad bien se han lucrado con ello.

Y mientras, niños españoles ya pasando hambre. Muchos ya solo comen en el colegio, una comida al día. Ni desayunan, ni cenan. Como ahora vienen vacaciones, están pensando que ese único alimento se lo den en un centro de caridad.

El Parlamento europeo entretanto le ha concedido un premio a la PAH, Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Es el de Ciudadano Europeo y se otorga desde 2008 “a personas u organizaciones excepcionales que luchen por los valores europeos, promuevan la integración entre ciudadanos y los Estados miembros o faciliten la cooperación transnacional en el seno de la Unión, y a los que día a día tratan de promover los valores de la Carta de Derechos Fundamentales de la UE”. Pues bien, el PP ha montado en cólera. Pide que se les retire, argumentan que es un escándalo que se galardone a una organización «violenta», y Carlos Iturgaíz, del PP, ha llegado a decir: Hoy es Ada Colau, mañana será Otegui. Iturgaíz es el mismo que en un debate en la Eurocámara se quejó a la presidencia por las palabras de Colau diciendo como en una guardería: Huy, me ha insultado, me ha insultado. Lo tenéis al final de este vídeo.

Éste es un somero repaso a las noticias que he recogido esta mañana después de una pausa de dos días deliciosos. Mi viaje a Valencia para presentar Salmones contra Percebes casi parece un espejismo. O no, un oasis. Impresionante e impagable la labor de María Dolores Amorós que llenó el acto y consiguió numerosas entrevistas. Con Ana Noguera, la otra presentadora del acto. Un gran hallazgo para mí. Una política nata y brillantísima que -¿lógicamente?- ha expulsado de la primera línea la mediocridad instalada en los partidos.

Si una se pone a pensar estas personas existen. Y muchas más. El PP ha conseguido que a España no la conozca ni la madre que la parió, decía. Pero no, la conoce precisamente la madre y toda la parentela que durante cinco siglos de impunidad ha parido esta caspa. Pero no todo está perdido. Ahora que recomponer todo esto va a costar mucho. Cada día más cuanto más avance la apisonadora PP. Y ha puesto el turbo.

Más allá de Salmones y Percebes

CARLOS CÉSAR ALVÁREZ, ha publicado en su blog este precioso regalo con las impresiones que le ha causado mi libro. Muy agradecida.  Era lo que yo buscaba, que creciera en sugerencias.

Salmones contra percebes

El último libro de Rosa María Artal.

salmones percebes

Rosa María Artal
Salmones contra percebes
Ediciones Temas de Hoy, 2013
224 págs. 10,90 €

En su último libro Rosa María Artal incide de nuevo en la crisis, como ya hiciera en La energía liberada y en el volumen colectivo Reacciona. Pero en esta ocasión, en lugar de la metáfora geológica del libro anterior, analiza la situación desde dos puntos de vista diferentes, opuestos pero complementarios: el del percebe y el del salmón.

El percebe es un crustáceo que vive agarrado a las rocas, viendo pasar el mundo frente a él e implicándose lo menos posible.

“La mayoría de los políticos actuales utilizan claramente la estrategia del percebe: aferrarse al puesto como prioridad absoluta de sus objetivos, relegando -que no descartando- el servicio público que es su razón de ser. Pongamos el caso, entre miles, de un hombre que estudia derecho, hace oposiciones a registrador de la propiedad, entra en política, no destaca, pero, paso a paso, alcanza lugares prominentes de los que ni los más graves errores consiguen arrancarle.”

No obstante, algunos políticos son capaces de mudar de apariencia de percebe a salmón y viceversa, según les convenga.

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Viejo percebe decepcionado por su incapacidad para mutar en salmón

El salmón, al contrario que el percebe, es un animal viajero y su característica principal es nadar contra la corriente, remontando los ríos y venciendo los obstáculos que surgen a su paso.

“La mirada amplia -que ha contemplado miles de millas-, frente al corto espacio que pueden ver los percebes desde su empecinado asentamiento en la seguridad. La asunción de riesgos, la libertad, el emprendimiento constante.”

Rosa María Artal nos cuenta la historia de cómo hemos llegado hasta aquí, desde el día en que la caída de la “presa” de Berlín provocó inundaciones que cambiarían para siempre el panorama político mundial, teniendo presente la óptica de las dos especies estudiadas, sin olvidar a otras como los tiburones siempre al acecho de la presa o la masa de krill que termina siendo alimento de los depredadores. A los que yo añadiría pulpos, con múltiples tentáculos extendiéndose para pillar lo que puedan; serpientes de mar, enroscadas en el fondo esperando para atacar; y un buen número de besugos y merluzas que nadan despistados entre dos aguas, ajenos a lo que les rodea.

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EL GRAN PERCEBE TE VIGILA

El libro pone de relieve eternos conflictos como los que se producen entre seguridad y libertad o individualismo y colectividad, conflictos que son también interiores a cada persona, ya que no existen seres humanos totalmente percebes o salmones, sino que todos participan de las características de uno u otro en mayor o menor medida. Es el equilibrio entre el Yin y el Yang presentado con la metáfora de animales marinos.

“Siempre ha sido así, siempre ha habido ricos y pobres, siempre ha habido privilegios” (un percebe)

Mucho han cambiado las cosas en España desde los lejanos tiempos en que un salmón como Don Quijote era capaz de arrastrar en sus aventuras a un percebe como Sancho. Hoy por el contrario, son los percebes quienes llevan la voz cantante, mientras los salmones tienen -para preocupación de los ecologistas- cada día más dificultades para remontar las corrientes. La conclusión de la autora es que debería ser al contrario: en estos tiempos de crisis, las soluciones tienen que estar en la innovación, la ruptura con lo establecido, la exploración de nuevos caminos; es decir, deberían ser los salmones quienes tomaran el timón de la sociedad.

La autora plantea una estrategia para invertir la situación, incitando a pensar, animando a cuestionar, haciendo apología de la curiosidad. Dado que un percebe nunca haría tales planteamientos, que le obligarían a abandonar su confortable roca, Rosa María Artal aquí se descubre a sí misma como una intrépida y espléndida salmónida. De hecho, es muy improbable que un percebe hubiera escrito un libro como este.

Entrevista con Rosa María Artal y primer capítulo del libro en eldiario.es.

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La permuta inevitable: Valencia por Dinamarca, Madrid por Suecia

Ahora que estamos viendo cómo hasta a Suecia ha llegado la peste neoliberal con sus consecuencias, traigo este relato que escribí hace varios años, para que comprobemos que todo es susceptible de empeorar.  Lo de España apuntaba fuertes síntomas que se han cumplido… con creces. Para Suecia no esperábamos esta degradación. Se repondrán. Hay allí una sólida base cívica. Y desde luego siempre existen soluciones imaginativas. Tanto como esta permuta que yo proponía. O cualquier otra. 

Cuando la crisis económica resquebrajó a los países más débiles, cuando la administración de justicia se colapsó en España por los juicios de corrupción, hubo que tomar decisiones drásticas e imaginativas. La primera llegó al extremo de aprobar en el Parlamento –debatiendo una masiva iniciativa legislativa popular-, que el gobierno elevó a ley, la permuta de Valencia por Dinamarca y de Madrid por Suecia. Se trataba de una experiencia piloto a extender a otras comunidades, a todo el país en realidad, atacando de entrada lo más urgente. Como es lógico, los territorios no se trasladaron por barco, piedra a piedra, campo de golf a campo de golf, gota a gota, el cambió se limitó a la población de todas las demarcaciones implicadas. Intensas labores diplomáticas lograron convencer a los nórdicos para que cambiasen su residencia. Se alegó su condición de temporal, y aceptaron para disfrutar una temporada del cálido sol del Sur de Europa. Se lo plantearon casi como unas vacaciones.

A pesar de sus ardorosas protestas, los implicados se vieron conminados a la mudanza. Aunque, lógicamente- les fueron explicadas las circunstancias, positivas y negativas, por las que se verían afectados. Era un trabajo muy serio, esencialmente necesario. Y fueron estudiados algunos casos para que pudieran permanecer en sus comunidades. Se habían establecido unos cupos por los cuales parte de los residentes habituales no cambiaran de domicilio y actuarán de guía de los recién llegados: compartirían experiencias y harían más fácil el tránsito. En minoría, naturalmente. Alguien planteó cuántas manzanas podridas terminan por arruinar un cesto. La experiencia dice que basta con una. Pero, dado lo acuciante de la situación, se confió en la suerte.

Gran parte de los valencianos se fueron a regañadientes a su nuevo destino, básicamente los que habían sustentado el sistema que hizo tomar al resto de los españoles la decisión de trasladarles, siquiera fuera por su bien, a modo de terapia y por una temporada de duración a evaluar. Otros lo aceptaron de buen grado, comprendiendo la bondad de la iniciativa y con un halo de esperanza. Y hubo un decisivo sector de entusiastas de la idea que se ofrecieron a llevar maletas, ayudar a los ancianos a subir a los transportes, dar de comer a los bebés, cambiarles los pañales, y a cuanta ayuda se les pidiera.

Casi cinco millones de valencianos, en consecuencia, llegaron por tierra, mar y aire –que de todas formas se accede- a Dinamarca. Encontraron fácil alojamiento para todos, dado que los oriundos del lugar eran prácticamente los mismos en número. La primera grata sorpresa –además de unas campiñas verdes y floridas- fue que disponían de casi el doble del territorio, 43.000 Kms2 cuadrados, frente a sus 23.000 y que, por tanto, iban a vivir mucho más holgados. Les tranquilizó también ver que compartían un pasado histórico de solera y que les bañaba el mar, como a ellos durante su vida anterior. Claro que allí se toparon con el Mar del Norte y el Báltico de temperaturas gélidas, y era poner el pie y congelarlo. Pero los lugareños les comentaron que el frío curte –no sé si está probado- y respiraron más tranquilos. Un gozo fue descubrir que contaban con más de 400 islas, la mayor parte despobladas. Es decir, inmensos terrenos para construir y especular, ahora que el litoral valenciano se había saturado de ladrillo. Avisados, los daneses residentes advirtieron severamente que de torre por aquí, rascacielos por allá, urbanizaciones y urbanizaciones, nada: habrían de acostumbrarse, a residir en un paisaje armónico, con un urbanismo elegante y bien diseñado. Muchos valencianos callaron antes de confesar que no sabían de qué les estaban hablando.

-¿Urbanismo elegante y bien diseñado? ¿Tú sabes qué es eso?- preguntó uno a otro compañero.

-Manías europeas, ya les cambiaremos.

Lo cierto fue que más pronto que tarde comenzaron a agradecer la armonía que les rodeaba, llegando incluso a atemperar algunos comportamientos. Complacencia superlativa representó encontrase con sueldos medios de 3.250 euros, los más alto de la UE y con pocas diferencias sociales.

-Oye, que voy 7 horas a trabajar 5 días y me llevo el triple que en Valencia, esto sí está bien.

-Los precios son algo más caros- opuso uno.

-Ya, pero apenas, diría que un 10% más. Pero con estos dinerales que ganamos ¿qué importa?- rebatió el más animado.

-¿Y los impuestos? ¿Qué me dices de los impuestos? Hasta el 50%, el 60% he oído que pagan. Espero que ya no estemos aquí cuando lleguen las declaraciones de la renta.

-Calla, calla, que eso solo es para los millonarios, para los que en España pagan como máximo el 45% y después de la subida, que antes aún era menos.

-Vale ¿y aquí te dan gratis las gafas y las consultas del dentista con extracciones y todo? Escuché que en algunos países de Europa sí- se animó el segundo.

-No sé, chico, ya nos enteraremos. Pero sé que aquí el Estado gasta en los ciudadanos el 30% del PIB, mientras España sigue estando a la cola de Europa con un 21%. En algo se tiene que notar la diferencia.

-Te envidio ¡cómo has estudiado los pormenores! Te vas a adaptar muy bien.

En definitiva, los valencianos admitieron que, en el aspecto económico, el trueque les era rentable.

En Dinamarca no había paella, como mucho servían arroz hervido, y como lujo con verduras. Aunque tenían unos langostinos aceptables, servidos ¡horror! en pan y con mantequilla. Pero ¡coño! no entendían el español. Todos hablaban inglés, en cambio. Y allá se fueron los valencianos a las escuelas de idiomas que debían multiplicar aulas, profesores y horarios para enseñar la lengua. Algún conflicto laboral hubo por ello en los centros, pero se explicó a los profesores la extrema necesidad de la medida y, solidarios, se aplicaron a la labor. Los valencianos pudieron presumir de que poseían una educación bilingüe desde niños y sabían que ayuda al aprendizaje de idiomas. Dominarían el inglés antes, mucho antes que los madrileños.

-Por esto de que mis hijos estudien “Educación para la ciudadanía” y en castellano que se la dan, ¡no paso!, por ahí si que no- clamó uno de los más recalcitrantes.

-Oye, que aquí no protesta por ello ningún partido, ni las iglesias ni nadie. Igual es por algo- le replicaron.

Convinieron los valencianos que trabajar de 9 a 4 resultaba muy cómodo, disponían de casi toda la tarde libre. Volvieron a conocer a su familia, renacieron muchas parejas. Podían ir también a exposiciones y conciertos. Tras la cena.

-Esto de cenar tan pronto no puedo, la verdad. Pero ¡qué vas a hacer si a las 12 de la mañana te tienes que contentar con un bocadillito! No sabe vivir esta gente. ¡Ay!, donde estén nuestras comidas de 3 horas, con aperitivos, dos platos, postre, café y pacharán.

Pronto descubrieron también que Dinamarca es el segundo país más pacífico del mundo, el primero a veces. Y que su capital, Copenhague, está considerada como la mejor ciudad para vivir, en algunas clasificaciones y que fue declarada “Ciudad cultural mundial”, la tercera, tras Londres y París.

-¿Y eso por qué es?

-Valoran su vida cultural, posibilidades de transporte, su grado de delincuencia (que apenas tienen como has visto), la arquitectura, los bienes públicos y el diseño.

-Mira, todo eso está muy bien. A mí me está gustando este lugar. Y que tienen tiendas por todos los lados igual que en España. Y esos lugares tan turísticos donde vamos todos juntos.

-Caras, muy caras, recuerda- apostillaban siempre los más negativos.

-Y el Tívoli ¡qué cosa más bonita!

-Total, un parque de atracciones, es mucho más moderno nuestra Terra Mítica. Y, francamente, tanta bulla con la sirenita y es una miniatura.

-Eso, sí, pero ¿y el río? Esas terrazas tan acogedoras. Y mira, mi chica, que no encontraba trabajo en España, ha entrado de camarera en una de esas terrazas, y ¡no te lo vas a creer! se lleva 2.300 euros al mes, más propinas, por jornadas de 37 horas semanales.

-Sí, todo eso está muy bien. Pero ¿y el clima?

Los valencianos habían arribado a Dinamarca en verano y disfrutaron de unas temperaturas deliciosas, templadas, nulos agobios y sofocos, ni calores húmedos ni nada que se le parezca, pero, llegado el invierno, desde luego, se pelaron de frío.  ¡Y el sol! nada de la maravillosa luz Mediterránea. En los meses crudos ni lo veían, y en verano no se escondía en todo el día el muy ladino.

-Pero eso con unas buenas persianas, puede paliarse- objetaban los más integrados.

Con todo, lo más positivo, lo que debió inclinar a una mayoría social española a promover la ley, se centraba en la calificación de Dinamarca, alternando con Suecia, como el país menos corrupto del mundo, según numerosos estudios y estadísticas. Y que la sociedad tiene arraigados una serie de valores democráticos que defienden a ultranza: la igualdad, la libertad de expresión y los derechos humanos, el respeto a las personas –a los animales incluso-, la solidaridad y la responsabilidad hacia la comunidad, tanto en la vida social como en la familiar. Todo eso les habían dicho al despedirles en aeropuertos, puertos y carreteras.

-Como si en Valencia, en España, no tuviéramos esa conciencia ciudadana, ese rechazo a la corrupción- se quejaban muy ofendidos algunos valencianos.

-No, lo habéis interpretado mal, no es un insulto. Lo único que ocurre es que aquí  es norma de vida profundamente interiorizada por la sociedad- le explicó a un grupo un taxista de Copenhague.

Los madrileños vivieron similares experiencias al llegar a Suecia.

Prácticamente los mismos valores y circunstancias –algo más de gasto social incluso- compartía su nuevo hogar con Dinamarca. Algunos lloraron mucho los primeros días añorando el casticismo, los atascos, los toros, pero otros viajaron a Estocolmo, Lund, Malmö o donde les tocara, francamente contentos y esperanzados. Estos sabían que Madrid tenía remedio, que tan solo había que pulir algunos matices. Y también se aprestaron, como algún sector de los valencianos, en proporcionar cuanto apoyo fuese preciso para la consecución de la tarea. Se habían sentido ¡tan impotentes! Tan hartos ¡tan inmensamente hartos!

En el caso de los madrileños la sensación de amplitud y deshago aún fue mayor. Casi seis millones de ciudadanos disponían de cerca de 500.000 Km² de territorio. Los dirigentes políticos abrieron los ojos con tal desmesura que a punto estuvieron de perder las córneas precipitadas al suelo por la ardiente codicia. Su felicidad no tenía límites al contemplar –no llegaron a perder sus globos oculares- las posibilidades de inversión privada y pública que ofrecía tan inmenso terreno. Ahora bien, al igual que los políticos valencianos, se vieron obligados a vivir con mucha más austeridad y, especialmente, con mayor control, incluso ciudadano. Cualquiera tenía acceso a sus declaraciones de impuestos. Y sus derroches o enriquecimientos súbitos, comenzaron a importar a la sociedad.

Los nuevos madrileños-suecos se encontraron con los mismos gélidos mares que sus nuevos vecinos valencianos-daneses, pero los recibieron mucho mejor:

-Playa al fin y al cabo, lo único que le falta a Madrid para ser maravillosa- saludaron alborozados los más positivos.

Una comisión sueca rebajó su optimismo al advertidles:

-Aquí tendréis que hacer un esfuerzo por mantener las calles limpias, asfaltadas y con las señales de tráfico bien pintadas. Y disponer y rotular en condiciones todas las vías. Cuando vengan las visitas no queremos presentar las ciudades como tenéis vosotros la capital de España.

Se les pusieron también serias cortapisas a los proyectos de desmanes urbanísticos, y a horadar las ciudades con túneles. Les advirtieron que entre sus prioridades no se encontraba trasladarse a gran velocidad por sus calles y carreteras. Y eso cuando ya alguien de la alcaldía de Madrid miraba con auténtica avidez esas vías de medio pelo con tantas posibilidades de obra.

En compensación, descubrieron que Suecia había hecho una altísima inversión en innovación y tecnología, tanto en el sector privado como público, y que poseía una auténtica pasión por el cuidado del medio ambiente. Abría de igual modo posibilidades de negocio, y algo más aceptados por la progresía protestota española.

Aseguraron, más adelante ante otro de los retos, que en Madrid, en la capital y en toda la comunidad, ya estaban acostumbrados a acoger con cariño y respeto a los emigrantes –salvo excepciones-, cuando les contaron que aquello era norma en su país de acogida. Les explicaron que ellos convivían con la emigración sin problemas –excepto salvedades crecientes-  desde los años 70.

-Aquí recibimos a buena parte de los arrojados por las dictaduras latinoamericanas, en aquella época- se les comentó- De hecho, de ahí nace el interés tiene por el idioma español que se estudia incluso en las Universidades.

La obligatoriedad de aprender inglés, por tanto, para relacionarse en toda la zona, con noruegos, fineses, holandeses, también, y con los suecos que permanecieran en su país como guías, se mantenía, pero los madrileños se lo podían tomar con algo más de calma, dado que el español también les funcionaría en algunos casos.

Los dirigentes madrileños se preocuparon cuando vieron que en Suecia prima la educación pública, les produjo una gran inquietud. Más de un temblor sacudió a las más altas instancias. No sabían cómo afrontarlo. Quizás imbuyendo a Suecia de su pasión por las gestiones privadas, argumentándolo tan bien como hacían en España, al punto que fuera igualmente aceptado sin rechazo. Pero ese aspecto pronto pareció subsanable. El cambio de mentalidad ayudaría a solventar el problema en pocos meses.

En cuanto a los suecos trasladados a Madrid, el mayor inconveniente residía en que, eran casi 9 millones –menos los que se quedaron de instructores- y dos millones y medio más de la población habitual de la comunidad iban a notarse mucho. Tuvieron que instalarse en un territorio mucho más pequeño que el suyo. Y lo hicieron. Se veía algunos tan apretados que apenas podían ya “hacerse los suecos”. Pero son gente austera y sufrida, que usan muebles de IKEA y que viajan mucho con lo que una parte estaría siempre ausente.

Con sueldos similares a los daneses, los suecos daban auténticos saltos de alegría por poder disfrutar –sin descabalar sus cuentas corrientes- de las tapas, las cañas, y los chupitos. De los calamares fritos y la paella. Del flamenco y el trasnoche. De los monumentos y museos que acreditan a Madrid. De los parques y paseos. Los suecos vinieron de muy buen grado a la capital de España. Lo mismo que los daneses a Valencia, poblando las playas todo el día y haciendo un uso exhaustivo de los chiringuitos. Echaban en falta, eso sí, los programas informativos y culturales de sus televisiones. Pero encontraron los mismos concursos y bazofias que empezaban a inundar también sus propias programaciones. Jamás llegaron a entender, sin embargo, aquella basura –así la calificaban- conocida como “prensa rosa”.  Se abstuvieron de mirarla y, en consecuencia, bajó a tal punto la audiencia y la recaudación, que terminó por quedar en un apartado residual.

A los malintencionados que pensaron -con la llegada de valencianos y madrileños a Escandinavia- en grandes bloques de ladrillo y especulación, supresión de las leyes y los servicios sociales de sus países de acogida, destrozos irreparables de las administraciones públicas, malversaciones, chanchullos, amiguismo, pérdidas lamentables de tiempo, chapuzas, enredos y jaranas, el tiempo –poco tiempo- les quitó la razón.

Con un puente entre Dinamarca y Suecia, que en 15 minutos te sitúa en el otro país, valencianos y madrileños compartían apasionadamente las nuevas experiencias.

-Nosotros ya respetamos el tráfico y nos desplazamos por lo general en bicicleta que es muy sano. Y más barato.

-Pues nosotros ya no “ayudamos” a la mujer en casa el día que nos parece. Hemos entendido que los hijos y las tareas del hogar son responsabilidad de toda la familia. Casi a partes casi iguales.

En menos de un año, los españoles regresaron hablando en tono mesurado, pidiendo las cosas por favor y dando las gracias, ni uno solo le decía al camarero: “Oye, pónme unos vinos”, sino “por favor, podría servirme unos vinos. Gracias”. Pensaban en los demás, todos, hasta los dirigentes que no insultaban, ni calumniaban, ni gritaban a sus adversarios políticos. Todo el país se contagió del nuevo talante de tan grandes y decisivas comunidades. Cambió la sociedad, la televisión, el periodismo, el gusto por la cultura. Nunca más se apoyó la corrupción pública.

¿Cómo era posible? Se descubrió que el aire o el agua nórdicos eran los que formaban los criterios y que una vez adquiridos ya no desaparecen. En realidad, no podía ser otra cosa.

Por eso, los nórdicos tampoco cambiaron en España. Ganaron, eso sí, en espontaneidad. Aprendieron, también, el gran arte de la improvisación y a relajar la obsesión por la responsabilidad y el trabajo bien hecho.  Los escandinavos –sobre todo los suecos, algo más parcos en gastos aún que los daneses-, y asimilaron hasta ponerlo en práctica, en efecto, el disfrute de algunos placeres de la vida a los que parecían renunciar –y sin endeudarse (jamás) como nosotros-. Ambas partes, se instruyeron la una a la otra para obtener una media aceptable. Ni racanería, ni derroche.

Por si acaso y para prevenir recaídas, como vacuna de recuerdo, hay siempre disponible en las tiendas españolas agua nórdica embotellada y aire comprimido escandinavo en preciosos –y muy baratos- frascos herméticos de IKEA.

*Hablando de literatura. Esta semana inicio algunas presentaciones de mi libro. Os iré avisando. La primera en Zaragoza.

Invitación Salmones contra percebes - CDL Zaragoza (29 may)

«Salmones contra percebes», de la roca al mar abierto

Rocío Martínez publica en «La Huella Digital» esta crítica a mi libro.

Rosa María Artal publica nuevo libro: Salmones contra percebes (Temas de Hoy)en el que hace un retrato de la España más actual, sumida en una innegable crisis que no sólo es, ni mucho menos, de carácter económico.

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La temida y perpetuada palabra en tantos discursos que abarca numerosas realidades, crisis, tiene un origen socioeconómico que no todos conocen. ¿Por qué estamos alcanzando, en 2013, tasas inauditas de corrupción política que va de la mano de la ineficiencia más supina de los dirigentes? ¿Es la justicia, más que ciega, inexistente en el país de los EREs, los fusilamientos de periodistas, los desahucios y la precariedad laboral? ¿Sabía usted que los recortes económicos más duros que se han realizado corresponden a las áreas de educación, sanidad y cultura?

Este libro, aunque ameno y delicioso, no es plato que uno se serviría con gusto. Su aparición ha sido propiciada por una situación lamentable que ha hecho ponerse en pie a más de uno. Artal, periodista veterana, le toma el pulso a este circo del “y tú más” que se está resquebrajando, y a través de este análisis asistimos al espectáculo de la desnudez de un país que ni siquiera se molesta en adecentarse para la foto. Haría falta mucho maquillaje para disimular los pelotazos fiscales que se descubren casi semanalmente, la espita de la emigración juvenil abierta de par en par, los ciudadanos ninguneados (¡y criminalizados!) por el aparato político, el “periodismo plasmático” que coloca en ruedas de prensa a una televisión de alta definición, la inoperancia de los medios de comunicación que han sustituido la capacidad de movilizar por la de desinformar… ¿Cómo se puede vivir así? Es evidente que algo falla.

No obstante, no debemos caer en la desesperanza. Casi todo es cuestión de actitud y, he aquí la buena noticia, aunque los sectores más afectados por la crisis están pagando unas circunstancias que no pudieron escoger y que ahora no pueden cambiar, lo positivo es que casi siempre podemos elegir cómo afrontarlas. Pero… ¿de qué manera elegir? Bien, eso dependerá de cómo se tome usted la vida. ¿Es usted un salmón o un percebe? Los salmones, peces valientes y robustos, se caracterizan por un espíritu aventurero e irreductible, que les lleva a buscar nuevas oportunidades en aguas lejanas. Los percebes, crustáceos aferrados a la seguridad de su amada roca, harán lo imposible por mantenerse en suzona de confort, desde la cual evitarán o ignorarán los cambios y la realidad exterior. Paseando por estas páginas, notaremos cómo nuestro autoconcepto se da, en una u otra ocasión, por aludido. ¿Nos resignamos o nos movemos?

Influida por el recientemente fallecido José Luis Sampedro -con quien colaboró en Reacciona-, Artal examina en este sonrojante libro las “pautas de comportamiento” de cada especie, a las que se suman otras como “tiburones”, “orcas” o los bancos de “krill”… así, entre la etología, la metáfora y sin ahorrar en ironía, podemos hacer un ejercicio de autocrítica repasando la historia de este país –cargada de tópicos inherentes- y asomándonos al continente del que formamos parte, pero que parece habernos olvidado. ¿Qué hacen los percebes cuando se anuncian nuevos recortes, medidas de austeridad, sacrificios? ¿Cómo reaccionan los salmones ante el aumento de la desigualdad social y el atropello de los derechos más básicos de la ciudadanía? ¿Qué les queda esperar a los salmones alevines? La concisión del texto, sumada a su labor de documentación, le hace ganar enteros. Quizá se echa en falta, eso sí, una perspectiva “desde fuera” más pormenorizada: junto con la inmersión en hemerotecas nacionales, un análisis de la prensa internacional que arroje datos sobre cómo se nos ve desde otras partes del mundo, le habría otorgado una tridimensionalidad más acusada. Resultan particularmente estupendos los dos últimos capítulos del manual, en los que se descubren las pautas para blindar nuestro derecho a definirnos (informarse, relacionar, sacar conclusiones, relacionar) y decidir. Que, “con la que está cayendo”, al menos, no nos quiten ese.