Juan Carlos I, rey con los pies de barro

Casi no nos queda espacio en la cabeza para pensar en otra cosa que en el coronavirus y todas las consecuencias que está acarreando. Pero la vida sigue mostrando grandezas y miserias ante el durísimo reto de una pandemia tan inesperada, tan impredecible, tan incontrolable. España es ya el segundo país del mundo con mayor número de nuevos contagios. El gobierno acomete un potente plan de medidas para paliar el desastre económico sobrevenido, al punto de movilizar 200.000 millones de euros. En la sociedad se están dando unos ejemplos de solidaridad emocionantes. Y va ser este miércoles cuando el rey, Jefe del Estado, se reúna con el presidente del Gobierno y el comité de gestión de la pandemia  y dirija, por fin, un mensaje al país que preside, a su sociedad atribulada. Hasta ahora ha estado muy ocupado con el virus de la corona. Los medios y políticos cortesanos –que vienen a ser lo mismo- saldrán a decir lo ejemplar que es Felipe VI, como han hecho estos días.

Ocurre que el Rey de España comunicó su supuesta renuncia a la herencia de su padre (supuesta porque la legislación no lo permite en vida de quien lega) el mismo día que entraba en vigor el estado de alarma y casi al mismo tiempo que el gobierno detallaba las restricciones extraordinarias para afrontar el coronavirus. Una paradójica coincidencia. Supimos por el comunicado real que Felipe de Borbón sabía desde un año atrás la existencia de una cuenta offshore de la que él mismo era segundo beneficiario, según el diario inglés The Telegraph. La monarquía saudí le habría ingresado en ella al rey emérito “por cortesía” 100 millones de euros, como indica la justicia suiza. Felipe VI lo sabía por medio de los abogados de la examante de su padre Corinna Larsen. eldiarioes, ya había informado sobre esa cuenta, que venía a confirmar los indicios que desde hace años apuntan a la presunta corrupción del rey Juan Carlos I.

Felipe de Borbón ha callado durante un año y ha anunciado la retirada de la subvención a su padre ahora, no un año atrás. Como si fuera un asunto de familia –que no lo es-. Algo que saltaba a la vista, estamos hablando de la jefatura del Estado que se hereda de padres a hijos en extraña figura democrática y que por ello exige en el siglo XXI una absoluta limpieza. Pues bien, prensa y derecha política han visto hasta “ejemplar” la reacción del rey actual. Este miércoles, el calificativo será extensible a la preocupación real por los afectados por la pandemia, en su salud y en su economía. Si el coronavirus ha cambiado múltiples paradigmas, será hora de dejarnos de palabras huecas y de afrontar graves desviaciones de nuestra democracia.

Juan Carlos de Borbón llegó a tenerlo todo por diversas contingencias que en ocasiones él mismo forzó y lo ha dilapidado presa de sus continuos desafueros. El mito, creado a pulso, se ha derrumbado. Durante décadas, desde su acceso al trono a la muerte de Franco, como sucesor del dictador “a título de Rey”, textualmente, supo crearse una capsula informativa cerrada a rajatabla. Se fundamentaba en el eufemismo de preservar “lo institucional”. Lo mismo que aún ampara hoy tantos silencios y tantas adulaciones fuera de lugar.

Una vida de leyenda, de héroe abatido por sí mismo. Juan Carlos de Borbón nace en la Roma de Mussolini y mientras en España se libra la guerra civil auspiciada por Franco. Cuando llegó a nuestro país, en tren, solo, a los 10 años, para ser educado por el dictador, no tenía ni un duro en los bolsillos. Ni siquiera podía salir del internado los fines de semana si no le invitaban sus exclusivos compañeros. Y, desde luego, se ha hecho con una fortuna considerable. No sabemos a quién puso por testigo, pero jamás volvió a pasar privaciones.

Abierto, decidido, ha sido el campechano por excelencia. La figura de salvador de la democracia, en cambio, deja asomar resquicios varios. Desde luego, con su tardía aparición en el 23F, el intento de golpe de Estado aún bajo secreto de Estado. Pero, antes, con el trato dado a Adolfo Suarez  -otro superviviente nato- en su alianza necesaria para levantar la Transición desde la dictadura que dejó demasiados posos en el camino. No parece ser Juan Carlos de Borbón una persona fiel. Ni para Suárez, ni para su propio padre Don Juan de Borbón, de entrada.

El silencio amparó sus continuas infidelidades conyugales que en la España de entonces -y casi de cualquier tiempo- eran vistas hasta con simpatía. Lo peor fue saber la generosidad que desplegaba con sus amantes gracias presumiblemente al dinero de todos. Las leyendas sobre sus devaneos tienen un reflejo más ajustado en lo que ha acabado siendo el bronco contencioso con la favorita de todos los tiempos, Corinna Larsen, que le acusa incluso de haber instigado amenazas contra ella. Mientras, aquí, hablábamos en los reportajes de la reina Sofía, como soporte de su vida y su familia.

Los periodistas de antaño tenemos una espina clavada y algunos se empeñan en mantenerla sin mayor incomodidad. Los de aquí y los de afuera. La prensa internacional alababa lo moderna y atractiva que era la familia real española”a diferencia de la inglesa”, cuando aquella iniciaba sus años horribilis. El cese temporal de la convivencia de la primogénita, Elena de Borbón, abrió la veda. Las televisiones privadas ampliaron el abanico del famoseo a la Corona y sus deslices. Luego llegó el ladrón convicto Urdangarín de la mano de la infanta que no sabe nada y por ello es librada de culpa. Juan Carlos rey se queja, enfadado, del foco que ha adquirido y dice, al salir de una operación, que la prensa quiere “matarle y clavarle un pino en la tripa“, precisamente.  De la espina al pino. Hasta caer en ese foso de elefantes abatidos a tiros, caderas y piernas rotas, abdicación obligada y una herida grave a la monarquía, como se dice anunció su padre, Don Juan, mirándolo desde una terraza del paseo marítimo de Palma.

Particularmente paradójica es esa antología de los discursos reales de Navidad. De palabras huecas que retumban hoy, como la insistencia de aclararnos que “todos somos iguales ante la ley”, o aquel discurso navideño –el penúltimo- en el que criticó cómo a su juicio se estaba “generando un desapego hacia las instituciones y hacia la función política que a todos nos preocupa”, como si no fuera con él. Lo analizaba aquí Juan Luis Sanchez. 

Felipe de Borbón ya no es el rubio abanderado de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 en aquella fecha que parecía la consolidación de un cambio. Cuando accedió a la Jefatura del Estado en junio de 2014 despertó en algunos ciertas expectativas de cambio a una modernidad de fondo que no se han confirmado. Felipe VI ha adoptado actitudes políticas que parecen exceder de su papel institucional, como aquel aciago 3 de octubre de la irritada bronca al independentismo catalán. Se le escapan los rictus y adolece de falta de empatía.

Fundamental, aunque hijo de los antecedentes, es el silencio ante actitudes poco ejemplares de miembros de su familia, de su padre, de su antecesor en la Jefatura del Estado que es la clave. Si es difícil de entender ese puesto de la máxima relevancia por herencia dinástica y no por  elección, lagunas como estas todavía lo hacen más incomprensible. Las sociedades con problemas tan enormes como el que vivimos a causa del coronavirus precisan  dirigentes, especialmente ejemplares, sin la menor sombra de desconfianza. Mucha gente está sufriendo, la inmensa mayoría se encuentra enormemente preocupada. Necesitan, necesitamos, soluciones, calor, sinceridad, al menos.

La reunión en La Zarzuela de este miércoles no debe ser buscando “un cierre de filas” con los Borbones, como califica la prensa cortesana su apoyo y el de los partidos de la triple derecha. Y así será presumiblemente tras dirigir el monarca un mensaje a la nación que lo cubra todo. No es esperable que aluda a la actitud de su padre y la de él en el caso.  El ministro de las cloacas del PP, Fernández Diaz ya ha advertido: “Cuestionar la Monarquía es más letal para España que el coronavirus“. Haga lo que haga, sin rendir cuentas, dando idea de la concepción que tienen de la institución. De lo sucedido hay que hablar, ahora o en su momento. El rey con los pies de barro deshizo con ellos el pedestal. La sociedad que salga de este terrible trance que vivimos renacerá en una autenticidad que ya se gesta.

 

*Publicado en eldiarioes

 

Lecciones de racionalidad del y frente al coronavirus

La mejor guía para hacer frente al coronavirus la aporta la propia experiencia de lo que va ocurriendo. El virus se ha globalizado con desusada rapidez mientras una buena parte de las soluciones que se aportan son nacionales, incluso locales. Las reacciones, tanto personales como por países, van del terror a la inconsciencia. Se cuela en ello, en algunos casos, hasta la ideología. Proliferan los consejos. La subjetividad en los análisis juega a menudo en contra nuestra. Racionalizar hechos y datos ayuda a situar cualquier problema, este también, en su contexto. Escenarios previos favorecen o entorpecen la recuperación. La mala gente sigue buscando su botín y el miedo les presta oídos. Solo somos el ombligo de nosotros mismos. El estado de alarma incomoda y tranquiliza.

Los primeros casos empiezan a aparecer en China, en la provincia de Hubei, ya en diciembre. No se evidencia contagio de entidad en otros lugares hasta mediados de febrero. Aunque después se ha demostrado que hubo casos anteriores: desde enero. Hoy son 117 los países afectados. Corea del Sur, el segundo tras China, que hizo test masivos a la población triplica los casos de España por ejemplo, y tiene la mitad de víctimas mortales (66 frente a 122 a la hora de publicar este artículo). Alemania con unos mil casos activos menos que España, solo contabiliza 8 muertos. Son cifras que precisan ahondar más en los porqués. Algunos análisis han formulado una explicación con tres palabras: tecnología, organización y civismo. Es una idea.

Es cierto que el contagio está siendo muy rápido, la mortalidad, escasa por el momento al menos. Fuera del epicentro chino que se llevó a 3.000 personas, son en torno a 2.000 los muertos contabilizados con coronavirus en todo el resto del mundo. Y concretamente de cada 10 fallecidos, 6 son de la provincia de Hubei, 2 Italia, 2 de Irán y 1 del conjunto de países restantes. Cualquier inundación en China sin ir más lejos, el hambre de todos los días, causa esos balances y mucho peores. La lotería macabra de la muerte cuando no toca recibirla, la sufren millones de personas a diario. Para empezar, esto debería ayudar a entenderlos.

Pero la muerte, aunque sea en ese porcentaje mínimo, es el peor de los escenarios, el más terrible, lo irremediable, y en pura lógica inspira temor. Por uno mismo y más aún por los seres queridos. Y así unos andan arrasando supermercados como preparándose para un asedio en guerra y otros llenando los bares o marchando a la playa con los niños sin colegio y extendiendo a otras zonas la epidemia. De cualquier modo, 4.334 contagiados -con un millar de crecimiento en un día-, 122 muertos -que duplican la cifra en 24 horas- o la previsión de llegar a los 10.000 afectados la próxima semana es para pensar en medidas de envergadura.

España tiene el principal problema del coronavirus en Madrid. En Vitoria, La Rioja o Catalunya también, pero es Madrid la que dispara las cifras con la mitad de los casos y un numero creciente de contagios y víctimas mortales. Habrá algún motivo. Esa desproporción no se explica por las cifras de habitantes. La respuesta en medios del Sistema de Salud influye, quieran enmascararlo o no. Y no se puede cargar el peso a excelentes profesionales sobrecargados. Faltan recursos porque fueron objeto de los recortes del PP. Aunque tengan la desfachatez de negarlo. El remedio paliativo es disponer en todas las poblaciones donde sea necesario de UCIs en condiciones, al menos, que salven insuficiencias respiratorias dentro de lo posible. Y hay que atender otras enfermedades que no han desaparecido porque predomine la atención al coronavirus. El estado de alarma decretado por el Gobierno lo solucionará previsiblemente.

Son concepciones de la vida, de la política. La derecha neoliberal busca bajar impuestos y privatizar los servicios públicos, como el sanitario. Miren, igual que el Reino Unido. El nuevo gobierno conservador de Boris Johnson ha ido mucho más allá. De momento no quiere adoptar medidas radicales, pero avisa que “muchos seres queridos morirán“. El que sobreviva a la enfermedad se hará más fuerte; da la sensación de que piensa debilitar el virus a la brava. Viene a ser el país que se va a la playa con los niños frente a los disciplinados. Y es el único europeo al que no afecta la prohibición de volar a los EEUU de Trump. Son estrategias muy discutibles y notablemente decisivas.

El problema esencial del coronavirus es que no tiene tratamiento. No hay solución hasta que se encuentre una vacuna y no es un proceso fácil y está sujeto a intereses comerciales. Se están probando medicamentos.  Esperan que lo venza el calor como ocurre con otros virus, algo que se presume pero no se sabe. Hay protocolos de contención para que no se expanda y así reducirlo. Y esa prevención está cambiando nuestra forma de vivir. No salir de casa. Los que puedan no salir de casa. Sigo oyendo taladradoras en la calle. Siguen abiertos los supermercados con cajeras que se protegen con guantes de vinilo. Están a todo ritmo los hospitales con profesionales exhaustos que en algunos lugares se vieron con falta de equipos de protección. ¿Hasta cuándo seguimos así? Lo previsible es que de una forma u otra el coronavirus termine siendo controlado a pesar de todo.

Ese virus sí, pero otros se han revelado potentes y reforzados. Las actitudes irresponsables y su contrario, el miedo. Se ve a gente que huye de la proximidad de otros humanos. Y una cosa es guardar distancias prudentes y otra, las expresiones de terror. Deberán acudir a consulta psiquiátrica que igual hubieran necesitado antes. Hay un imprescindible punto medio: la racionalidad. Y otro entre un modo de entender la libertad que perjudica a todos y el confinamiento.

Especialmente dañino es el virus de la mala gente sacando provecho. Sin importar sea de la enfermedad y la muerte, del miedo, de la paralización de la sociedad y del daño económico general y de algunos profesionales concretos. Se estipulan ayudas desde las administraciones del gobierno o de Europa, pero el roto es inmenso.

Y ahí tenemos a los expertos en la mentira y la difamación, en sacarse culpas ciertas de encima y echarlas sobre otros. Es intolerable que el PP afirme que no hizo recortes en sanidad cuando las pruebas son aplastantes. Y que distraiga con peticiones de comparecencia, en RTVE por ejemplo, porque consideran que decir la verdad es atacar la sanidad de Madrid. O la salida inmediata de Pablo Casado en una nueva crítica al Gobierno nada más anunciar el Estado de alarma para frenar la epidemia. En el momento tan crítico que vivimos da pudor caer en la bajeza hasta de resaltar estos hechos. Pero el miedo es un caldo de cultivo en el que las insidias germinan especialmente.

Y lo hacen. La rabia no ha desaparecido, se ha acrecentado. Las confusiones de conceptos –deliberadas o espontáneas- son especialmente peligrosas. Algunos siguen jugando al fútbol con su equipo y el contrario. Con más de cuatro mil infectados y el temor instalado en muchos ciudadanos.

En tiempos de crisis como ésta hay que huir de la gente perniciosa que busca en la confusión y la mentira su propio interés. Y seguir apelando a la racionalidad. El pensamiento propio. Yo no acudí a la marcha del 8M, como otros años, porque pensé que por mi edad soy persona de riesgo y podía perjudicar a mis allegados, en caso de contagio que veía lejano ante los datos existentes. Pero es indignante que se culpabilice a los infectados sin síntomas. El periodo de incubación es de 5-6 días. Las manifestaciones feministas se desarrollaron en Madrid y en muchas otras ciudades españolas. El domingo pasado, 8 de Marzo, había en Madrid 28 nuevos positivos, que no hacían pensar que el lunes subieran a 375 por sus propias causas. Y no es lo mismo haber acudido a esa marcha sin síntomas que ir moqueando y estornudando a una concentración de centenares de personas en Vistalegre y estrechando manos.

Lo curioso es que precisamente los años y la vida que se haya llevado te hacen relativizar ese riesgo total al que nos enfrentamos a menudo sin a veces percibirlo. Hay que afrontar con entereza los problemas. Sirven los ejemplos edificantes, de coraje, de coherencia, y los hay y los estamos viendo. La incomparable lección de arrimar el hombro por encima del riesgo. La prudencia, la razón, el no interferir. La ciencia, sin duda. Y, si para el análisis, la subjetividad es una pésima consejera, en la hora de la verdad las emociones positivas ayudan: elegir entre el rencor y la altura de miras. No olviden mirar con serenidad las cifras, repensarlo todo, cuidarse para cuidar a los otros, y reflexionar sobre lo que realmente quieren para su vida.

 

*Publicado en eldiarioes

El coronavirus desata el pánico

Y de repente el coronavirus irrumpió en la sociedad. Primero fue a por los chinos –remedando casi a Martin Niemöller-. Y nada se hizo por ellos, naturalmente. Culparles, dejar de ir a sus comercios y restaurantes, acrecentar el racismo. El coronavirus se fue extendiendo después, a Corea del Sur primero, a Italia, a la región más rica de Italia, a Irán. En poco tiempo, la epidemia se ha propagado a más de un centenar de países. Y ha terminado viniendo a por nosotros. La sociedad que creía tenerlo todo previsto y controlado se ha sumido en el desconcierto. Más aún, ha asomado el pánico al dictarse medidas de protección que implican cierres y aislamiento.

 

Un nuevo virus que provoca síndrome respiratorio agudo y que aún no se sabe cómo tratar. Lo desconocido aterra más que nada a la sociedad inmadura. El índice de mortalidad es bajo comparado con otros patógenos similares, pero mata. Enferma y tumba a hombres y mujeres, ricos y pobres, conservadores y progresistas, aunque preferentemente ancianos y con enfermedades previas. El mal se ha disparado sin control causando una pandemia de miedo.

Sin control, pero con ayudas. La del temor. De la desinformación y el sensacionalismo, por descontado. Vivimos en esa era, es la que ha gestado la infantilización de la sociedad. Los males encapuchados, los fantasmas, pierden su poder con el conocimiento, cuando se les quita la sábana. Hay que seguir atentos a lo que cuenten los científicos y las autoridades sanitarias y, entretanto, tener en cuenta algunas premisas básicas. Extremar la racionalidad sería la primera. Y para afrontar la enfermedad contar con un servicio público de salud eficiente, recuperar lo que las políticas neoliberales de la derecha destrozaron. Aunque lo hayan paliado con su esfuerzo los excelentes profesionales de los que disponemos.

Madrid, por ejemplo, la comunidad con más casos y más víctimas mortales en nuestro país, cuenta con medio millón de personas más que hace diez años y con 3.300 sanitarios menos; suprimieron camas, plantas enteras, consultas y dejaron la sanidad pública “en la UVI”. Casi parece una burla que se explique como un bien para los ciudadanos las suspensiones ahora de operaciones y consultas no urgentes, cuando es evidente la falta de medios. Bien es verdad que Madrid ya copa la mitad de los afectados por coronavirus en España y 21 de los 36 muertos.

La práctica aplicada en la Comunidad de Madrid por el PP se extendió por la ancha España y hospitales de diseño de gestión privada creaban el espejismo que tapaba las carencias. Echen un vistazo a la Castilla-La Mancha de Cospedal. Hay que ser muy mala persona para, con ese historial, intentar sembrar la incertidumbre sobre las medidas adoptadas por el Gobierno.

La epidemia va a tener consecuencias económicas, aunque la actividad la paraliza más el temor que el propio virus. El primer plan de contingencia económica no es bajar impuestos a los empresarios, es dotar de medios a la sanidad. Porque las neumonías, en UCIs y con respiración asistida, tienen mucho mejor pronóstico que ahogadas a pelo sin medios, porque se ha saturado o colapsado el sistema.

 El Presidente Sánchez ha anunciado un plan choque que abarca cuatro grandes ámbitos para ayudar a superar esta crisis, en colaboración también con la Unión Europea que anuncia un fondo de 25.000 millones,  como corresponde a un problema de esta envergadura. Pedía confianza y unidad en la respuesta. Algunas preguntas de los sentados en la rueda de prensa han incidido en las tesis de la derecha, sobre una supuesta tardanza en la reacción.  TVE ni siquiera ha conectado en directo en la primera cadena.

El coronavirus está haciendo una radiografía nítida de la sociedad, desnudando tanto la maldad como la decencia, los verdaderos intereses y la madurez de la ciudadanía. No todos lo ven, hundiéndose más en el pozo de sus miedos y rencores. Quienes desde la política, como Pablo Casado del PP hizo el lunes, aprovechan la coyuntura para sacar tajada, muestran una actitud deleznable. Tampoco ayudan nada los bulos que circulan por WhatsAPP dado que hay mentes débiles, especialmente porosas a este tipo de trampas dañinas. Ni las exageraciones mediáticas.

“Se les ha ido de las manos”, dicen incluso desde actitudes racionales algunas personas. ¿El qué? ¿A quién? Lo primero que hay que entender es que no todo está previsto, ni en España ni en parte alguna y que entre otras muchas cosas, los virus operan con sus propios mecanismos que no nos consultan.

Algunas nociones elementales no estarían de más. Los virus proceden de una escisión en el árbol de la vida al separarse de humanos, animales y plantas. Son elementos muy básicos. La mayoría no tiene ADN, sino ARN, el ácido ribonucleico que por cierto descubrió el científico español Severo Ochoa al punto de conseguir el Nobel en 1959. El virus pone a trabajar para él a la célula que invade. Un titular sensacionalista alertaba de que cada unidad produce 100.000 “hijos” del virus en la célula. Pero se estimahay 37 billones de células distintas y los cien mil hijos de una sola hay que situarlos en ese contexto. Y no olvidemos que, por supuesto, el organismo suele reaccionar al invasor. El cuerpo humano combate por sí mismo los virus. De ahí por ejemplo las vacunas que la idiotez supina ha venido cuestionando cuya labor es reforzar ese rechazo. Toses, estornudos, son los mecanismos que el virus encuentra para salir a colonizar otros organismos. El coronavirus tiene al parecer menor contagio por aire que a través de las manos donde permanece más tiempo. Y desde luego no está creciendo de forma exponencial, sino lineal, por más que venga en la prensa. A tenor de los datos disponibles,no se multiplica por sí mismo.

Es primordial saber que las bolsas de valores no se hunden por el temor a que mueran ciudadanos. Una de las causas principales de este cataclismo ha sido la enorme dependencia de la producción china, desde que entró en el mercado mundial en 2005. Antes, cuando los derechos humanos importaban, no se le había permitido. Y entró abaratando costes y trabajo, ya saben ustedes. Añadan también las guerras comerciales y de poder estratégico que se están librando ahora mismo y que muestra la caída del petróleo. Hasta un 30%, el lunes. De todos modos, las bolsas son muy emocionales y lo mismo que bajan, suben.

Europa, medio mundo, se nutría de la producción china en tecnología y componentes –que difícilmente quedarán del todo postergados- y en textil y moda. Ahora descubren que ya no hay fábricas donde volver a coser cerca, las hundieron los precios más bajos. El coronavirus lo ha alterado todo. No el afán de lucro. Buscarán donde sigan cosiendo barato. Lo más esencial, la vacuna efectiva, se guía en su investigación con el mismo propósito. Una vacuna no se improvisa en dos días, precisa de ensayos y comprobaciones clínicas, pero ya se trabaja en su búsqueda. Sin cooperar entre las distintas investigaciones, importa más el beneficio que la salud. Ojalá sirviera esto para operar cambios profundos en las mentalidades.

El coronavirus está cambiando drásticamente las costumbres como se intuía hace ya semanas. Los niños sin colegio y en casa como ocurre ya en Vitoria o La Rioja, y en Madrid desde este miércoles han disparado las alarmas. En Madrid son millón y medio de alumnos con padres que trabajan, no todos con abuelos. Y cierran universidades. Y se suprimen las visitas a las residencias de ancianos que por otro lado son necesarias anímicamente. Y no funcionan tampoco los centros de día para mayores. Italia impuso normas así de drásticas con 9.000 casos y 463 muertos. Personalmente, me planteo si en España, con 1.200 casos el lunes y 30 muertos, el balance entre beneficios y perjuicios es positivo. Aunque la presión política y la psicosis mediática influyen y mucho.

Ha dado positivo el diputado del congreso, concejal en Madrid y líder de Vox Ortega Smith y se ha suprimido la actividad parlamentaria del Congreso esta semana. Es una medida prudente. Desde su formación culpan al Gobierno, pero eso no es noticia, no es nuevo. Santiago Abascal se reunió en Nueva York con el senador repúblicano Ted Cruz, que hubo de someterse a cuarentena por ser portador también de coronavirus. Este fin de semana ambos participaron en un acto en Vistalegre, Madrid, estrechando manos y ante centenares de personas. Han pedido disculpas por ello.

Rosa María Artal

@rosamariaartal

En efecto se ha desatado el pánico. Esto es un Mercadona de Madrid. Colas inmensas

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La histeria se palma en Madrid, por ejemplo, vaciando estanterías de supermercados como si se acercara literalmente la peste, que no es el caso. No se habla de otra cosa, no se teme otra cosa. Entre desorbitar las precauciones y tomárselo a broma, hay un abismo. Porque, ¿hasta dónde encerrarse previene el contagio? En Wuhan, el foco en China, ha funcionado y disminuyen los casos ya. Según la OMS, el 70% de los 80.000 casos reportados en China se han recuperado. Pero ¿dónde se para la cadena aquí? ¿Pueden trabajar desde casa las cajeras de los supermercados? ¿Y los conductores de transportes públicos? ¿Médicos y el resto del personal sanitario y no sanitario de los centros asistenciales?

El pánico –y la insolidaridad- desabastecen supermercados y recursos de los disponibles. La sociedad programada para la comodidad descubre, como decía el escritor Fernando Aramburu, que en caso de emergencia la prioridad es limpiarse el culo. Se han producidohasta peleaspor el preciado elemento que no tiene tantos años de historia. Atrás quedaron las hojas de lechuga, y el agua corriente corriendo. Ya decimos, la grandeza y la bajeza, lo que se considera esencial y accesorio, quedan retratados en la sociedad del coronavirus. Noticias decisivas, corrupciones al más alto nivel, quedan ensombrecidas ante temores reales o supuestos.

De entrada, vemos que se ha prohibido enfermar de ninguna otra cosa en la práctica en algunos lugares o una serie de personas se lo han prohibido a sí mismos. Ya no hay catarros, ni gripes comunes, ni dolores reumáticos, ni de estómago. Se han descongestionado las urgencias. Espero que todavía quede espacio para atender piernas rotas o cólicos intensos, nacimientos y situaciones críticas. En cierto modo estamos volviendo a la vida de varias décadas o siglos atrás. Los males leves se curan en casa, sin pasar por el galeno. Y es por miedo al contagio.

Algunos aviones vuelan vacíos para no perder su sitio en los aeropuertos, porque se están resintiendo los viajes. La gente no va o va menos a restaurantes y tiendas. Ni a espectáculos. Retornan a la casa y a las redes de Internet –no olviden limpiar las pantallas de móviles y tablets, ya puestos-. El saludo japonés es la última moda. No se tocan, no se besan. Piénsenlo dos veces, si merece más la pena sembrar y contagiar el miedo o tomárselo con prudencia, sin duda, y cierta filosofía.

Un día u otro esto pasará. El coronavirus habrá ido y venido a por unos cuantos. Las otras amenazas también, la manipulación, el uso en abuso, la idiotez, y es una incógnita saber hasta qué punto las personas habrán aprendido a vivir de otra forma, más responsable, calibrando mejor sus prioridades y sabiendo valorar lo importante.

 

*Publicado en eldiarioes

8m, ¡cuidado!

El movimiento feminista llega dividido al 8M y en un clima de agresividad intenso del machismo exultante y el enmascarado. Tras la apoteósica explosión en triunfo de los dos años anteriores, ahora la diferente visión de las prioridades parece ser causa de un retroceso. A las divergencias en el movimiento en sí, se une la fortísima reacción en contra de la derecha más conservadora. Nada que no haya ocurrido antes –quizás de forma algo diferente– y que precisa extremar la claridad de ideas.

Lo primero que se necesita saber es una obviedad: las mujeres no somos un ente homogéneo, como no lo son los hombres, ni prácticamente nada que tenga vida propia. Imprescindible tenerlo en cuenta y entender la situación real de la mujer en nuestro país y en el mundo para no cometer el imperdonable error histórico de echar atrás lo conseguido y abandonar los objetivos esenciales por una coma. La coma ha sido la gran enemiga de las revoluciones progresistas, cuando simplemente por su ubicación en un texto han llegado a escindirse fuerzas que, juntas, sumaban. Y eso es aplicable hasta para la ley de libertad sexual del gobierno progresista, naturalmente. Cuando tal cosa ocurre, hay que sentarse y negociar la coma, la ortografía y el texto y atenerse al fondo: al objetivo.

Porque en España el machismo sigue matando mujeres todas las semanas, todas sin faltar una, y agrediendo, violando, menospreciando, insultando. No tiene justificación, después de haber conseguido que millones de mujeres tomaran conciencia de sus derechos, discutir por cuestiones importantes quizás, pero sin duda menores ante el problema general y los obstáculos que encuentra para su resolución. Rebrotados con fuerza, ahora de la mano del machismo y la ideología ultra.

Verán, creo que merece la pena que les cuente que yo misma, como muchas otras mujeres, crecí en una España en la que el franquismo nos consideraba minusválidas y precisadas del tutelaje masculino. Donde madres, abuelas e hijas se ocupaban de la casa mientras los varones no tocaban ni un plato. Donde mi padre, un hombre sensato, decía sin embargo a mi madre desde una silla: “Mari, tráeme un vaso de agua”, y a todos les parecía normal. Donde todo el horizonte personal pasaba por casarse y cuidar de una familia. Mi madre, la que guardaba recortes de prensa que apuntaban mejores horizontes para la mujer, sin abandonar ni una sola de sus tareas. No se veía un más allá diferente. En sueños. En sueños, sí. Aquella España donde el freno a los ataques sexuales a una niña que volvía andando del colegio, por ejemplo, se resolvían gritando desde el portal –al notar las zarpas atenazantes en el cuerpo– para que el padre, el mío, bajara saltando de cuatro en cuatro las escaleras. Siempre consiguió espantar a las alimañas.

Me limito a aspectos triviales de la vida cotidiana que conducía a un futuro constreñido para las mujeres, a ver si se entiende mejor. Una represión castradora que fue mucho más allá y que se metió en los genes de este país. Y no solo de este. Y ahí siguen, pugnando por imponerse. Robaron los referentes femeninos, los taparon o borraron. Solo había reinas y santas en la historia de la humanidad, todo lo habían hecho hombres. Intentaron cortar las alas a las mujeres, como lo siguen buscando hoy, en muchos otros lugares, con toda fruición. Y hubo un buen número que no se dejó.

Aquí, ahora mismo, se está discutiendo con gran alarma que sea preciso el consentimiento explícito de la mujer para mantener relaciones sexuales. A dónde vamos a llegar si no se puede tomar por asalto a la mujer apetecida, vienen a decir. Por supuesto que hay que defender en todos los marcos los derechos de todas y de todos, pero cuando un edificio se quema, lo operativo es echar las mangueras y apagar preferiblemente el foco desde su cimiento. Discutir si conviene echar agua a la ventana del 6º o del 4º mientras arde todo el edificio es irresponsable. Cuesta hasta encontrar palabras que no hieran susceptibilidades a flor de piel. Que esta lucha cansa, sin duda. Lo sé. Imaginen lo que es tenerla ahí durante décadas y ver una y otra vez que se deshace lo andado. No todo, ni mucho menos, se deshace, eso sí. Pero siempre hay quien toma el relevo o se suma. En España, la lucha feminista ha prendido en particular en numerosas jóvenes, una buena base para el porvenir.

Leo que México, el país del más feroz feminicidio impune, va a hacer huelga. Argentina, Chile, Latinoamérica se revuelve contra el machismo y sus consecuencias. España no hace huelga. No este año. Cuando millones de mujeres sienten ya el 8 de marzo como fecha propia y para la esperanza. Como escriben varias compañeras, punteras en la lucha feminista, la mayoría ni se va a enterar de las discrepancias. El feminismo ha despertado en movimiento mundial.

En Pakistán han creado una línea de ayuda de hostigamiento cibernético. Entre los usuarios, mujeres que temen ser asesinadas por parientes varones por usar Internet. Países donde la violencia contra las mujeres es generalizada, como Myanmar, la violación registra escasas cifras en las estadísticas y la violencia machista es inexistente, dicen quienes luchan por cambiar esa situación. La violación con violencia y humillación se extiende en múltiples lugares, remedando el concepto de la mujer como botín de guerra, de ya diferentes guerras, allá y aquí, aunque quizás siempre es la misma. Y se reacciona. Una revolución cultural feminista está en marcha incluso en países en los que, como Afganistán, hacerlo supone hasta un riesgo de vida. Todas temen una vuelta atrás, aún más atrás. Ese es el principal peligro ahora.

En España también. El machismo no da tregua en cuanto encuentra la menor rendija o fisura para avanzar. Las mujeres de los tres partidos de derechas se afanan en la labor con los mismos tópicos que sus compañeros varones y el torpe engreimiento de la esposa del comandante en el Gilead de las criadas. Hemos sentado al machismo y a los fascismos en las sillas de propaganda, porque llamar debate a lo que hacen es todo un eufemismo. Y en la insistencia, machacona –no salen de las pantallas– se consolidan como normalidad.

Entretanto, 55 mujeres fueron asesinadas el año pasado por la violencia machista. Ya son más, bastantes más, de mil desde 2003. Llevamos 14 en dos meses, a este ritmo batimos un récord. Muchas otras viven aterradas bajo su peso. ¿Cómo tienen la desvergüenza de negar que la violencia machista existe y de afirmar que el feminismo menosprecia al hombre?

Quedan muchos derechos que conquistar o consolidar. La eficacia se consigue priorizando objetivos y aplicando los medios adecuados, optimizando los recursos. El primero el derecho a la vida y la integridad. Y al respeto. A la no discriminación. Derechos laborales, de conciliación, de apoyo a las más vulnerables. De educación, de equidad y justicia. A la visibilidad. Derecho al gozo, a la sexualidad siendo sujeto activo y no pasivo. Un cúmulo de objetivos y de trabas que resumía aquí Ana Requena. En mi opinión, es imprescindible, por tanto, aparcar susceptibilidades, las personas decentes no menosprecian la diferencia, ni la minoría. No den carnaza a los enemigos del feminismo que se rearman de continuo.

Hay medidas que parecen simples y operan cambios profundos. Hubo un tiempo en el que hasta los consejos para lavar la ropa sucia los daban los hombres que apenas sabían de ella otra cosa que, con suerte, echarla al cesto. La publicidad formatea a las sociedades. La denuncia reiterada en ese punto dio resultado. Pero sigue la polémica por cada medida que intente cambios. El cuerpo desnudo de la mujer no debería servir para vender, dejémoslo para el espectáculo y el uso que en la vida cada cual quiera darle; de reclamo para la venta, no. Los cupos que impuso la ley de Rodríguez Zapatero también fueron de utilidad: consolidaron la presencia de las mujeres en puestos de decisión. Fijaron lo natural. No sin oposición férrea de la derecha, como siempre.

El caso es no ceder terreno y avanzar hacia los retos pendientes. Un fallo serio en el camino puede operar como un freno en seco. Las mujeres no somos un ente homogéneo, decíamos. Por supuesto. Imaginen un escenario donde la pauta la marquen los comandantes de Gilead para imponer el modelo de mujer machista, vanidosa y cómplice, con título nobiliario o no, con rictus violento o sonrisa boba, para someter al resto de las mujeres, al ordenamiento social, a su voluntad.

De momento, millones de mujeres, orgullosas de serlo con toda razón y derecho, se disponen a seguir luchando y disfrutando el 8 de marzo y todos los días de todos los años. Volando con alas robustas sobre los prejuicios.

 

*Publicado en eldiarioes.

La banalidad del mal

Otra vez los refugiados vagando en la desolación. Otra vez miles de personas convertidas en moneda de cambio de intereses estratégicos y sobre todo económicos. La brutal represión del gobierno griego a los desplazados que acogía Erdogan -y que lanzó a las fronteras con engaños- ha mostrado la inhumanidad a cara descubierta, ahora ya sin asomo de disimulo. Casi cualquier noticia palidece ante la raíz que a tantas sustenta: crece la banalidad del mal, lo vemos en la nueva crisis de los refugiados y en actitudes patrias de feroz deshumanización. Detrás llega el abismo.

Antes están las guerras de la codicia, la hipócrita venta de armas, el tablero de poder mundial que se juega bajo las bombas que caen sobre poblaciones indefensas. La guerra de la Siria que también quiso hace más de diez años su primavera de libertad ha causado miles de muertos y desplazados. Terror infinito. Tras imágenes espeluznantes, la UE se sacudió –literalmente- el problema de los refugiados pagando a Erdogan, el presidente de Turquía, de corte autoritario, para que se ocupara de ellos. Nunca debió hacerlo, pero ocurrió así. Aquella viñeta de 2016 lo explicaba con total crudeza.

Erdogan quiere más dinero y más apoyo a sus estrategias de poder. Tras la –teórica- retirada de EEUU de Siria, lanzó la ofensiva turca contra las fuerzas kurdas. También ha mandado efectivos a Libia. Erdogan avisa desde hace tiempo de lo que quiere pero ahora acaban de matar a 33 soldados turcos en Siria y necesitaba un golpe de efecto en casa. Y mandó a los refugiados a vagar de nuevo hacia Grecia como entrada de la Unión Europea, diciéndoles que se habían abierto las fronteras.

Y Grecia, de nuevo en manos del partido conservador Nueva Democracia, los ha recibido salvajemente. Inclusoatacando a las lanchas de refugiados en el agua. Un niño que cayó al agua y un hombre-por disparos- han resultado muertos. Grupos fascistas han completado la labor de represión, agrediendo refugiados, a miembros de ONG y periodistas. De esos periodistas que nada tienen que ver con los voceros de las cloacas españolas, y que se juegan la vida, sin protección de quien debe prestarla, como cuenta entre otras muchas cosas Hibai Harbide. Con enorme generosidad, con el espíritu del periodismo puro, para que veamos este horror.

Viqui🎗@viquirepublica

📌Europa gasea niños

….(no tengo palabras)…

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Y la UE acata y respalda las graves violaciones que se están produciendo. Pide a Turquía que cumpla el acuerdo y apoya a Grecia, que le sirve de escudo. Escudo ante la llegada de seres humanos desvalidos. Grecia -que sin duda ha recibido ya numerosos refugiados- se ha permitido decir ahora que suspende durante un mes el derecho a pedir asilo, uno de los que recoge, por supuesto, la DDHH. Mientras sabandijas de todo pelaje aplauden la medida y no se conmueven ni con la aterrada expresión de los niños gaseados y la impotencia de sus padres. Esta gentuza no tendría un lugar en una comunidad civilizada, el rechazo social sería explícito. Es consecuencia del error de confundir las banderas con lo que constituye un país: básicamente, una organización de personas reunidas por el bien del conjunto. De excluir a las personas de la ecuación en los hipernacionalismos. Como hace la triple derecha española.

El mal se ha analizado desde todos los puntos de vista posibles. Desde el moral, sin duda, y desde la psicología, la sociología, el derecho, la política o la filosofía. A través de los tiempos se ha venido dando una especie de justificación a la maldad, que estaría condicionada por un determinismo inexorable de la condición humana. El hombre es un lobo para el hombre, decía Hobbes. A lo largo del tiempo fue el ilustrado Rousseau quien mejor le refutó: el ser humano es bueno por naturaleza y es la sociedad quien lo corrompe. Maquiavelo hacía depender la maldad de las circunstancias.

La gran aportación la trajo Hannah Arendt, alemana de origen judío, controvertida en su momento incluso, que quiso indagar por qué había triunfado el nazismo en la idea de que nunca más se repitiera la barbarie que desencadenó. A ella se debe el concepto de “la banalidad del mal”. Es lo que ahora crece en los sectores infantilizados y egoístas de la sociedad. La trivialización de la violencia y el vacío del pensamiento llevan a esa banalidad donde el mal se asienta.

No es difícil ver que aquel deseo de que nunca más se repitiera lo que trajo el fascismo ha quedado en poca cosa, aún no en nada. Muchos intereses se trabajan ese sector de la especie humana donde la falta de criterio, la ruindad y la crueldad anidan. O en el que la indiferencia o la cobardía les dejan paso.

En España ahora mismo contamos con un gobierno progresista, atacado sin cuartel por fuerzas retrógradas y hasta por la estupidez más insoportable. Legiones de abducidos se prestan a confusiones flagrantes como equiparar a los agresores con sus víctimas, dando por hecho que están en el mismo plano y ambos tienen razones legítimas. En uno de los lados, el derecho a la vida y a la integridad, nada menos; en el otro, quien las agrede y las quita. Una ley de libertad sexual, en donde el consentimiento explícito es indispensable, ha sido aprobada este martes. Algo obvio que, sin embargo, se discute y se rechaza.

La polémica del día es que en Operación Triunfo una periodista ha defendido en una charla a los alumnos el feminismo y hay que cerrar RTVE, dicen. Inés Arrimadas, otros políticos y medios censuran que se haya criticado el “feminismo liberal” y que se haya calificado a la ultraderecha de “el mal”. El machismo mata: tres mujeres asesinadas en el mismo día, el miércoles pasado, son la prueba. Uno de ellos, es que “estaba enamorado” nos dice “la prensa”. Tenía sus “razones”, el hombre. Y el machismo agrede, abusa y humilla, en manada si se tercia. Y, sí, la ultraderecha es “el mal”, así entendido, cuando se desparrama. O mejor, el daño, la perversidad. Resulta inaudito que no se recuerde o no importe quién desató la Segunda Guerra Mundial. Y es que la ultraderecha procura ser banalizada para que cuele mejor.

Cayetana Álvarez de Toledo se multiplica negando la discriminación de la mujer y la violencia machista, aplicando en insulto su concepto de lo que es la agresión mediática a los valores de la Democracia. Ella, cabeza de tripartitos ultras. Ella, que escribe al presidente de la Asamblea Nacional Francesa para que actúe contra un eurodiputado en posesión de su acta legal, desde su residencia ideológica en tiempos de las Cruzadas. Habla de abdicación del Gobierno español y hace una llamada a levantamientos populares en contra. El franquismo en toda su crudeza revive en el PP. Su candidato a lehendakari, entretanto, acusa a Sánchez de pactar con asesinos y golpistas. Y no pasa nada. Rocío Monasterio por su parte parece tener el vicio compulsivo de hacer trampas, mientras desgrana su discurso ultra con cara impávida. Lo último de la líder de Vox, haber registrado varios planos ante el Ayuntamiento de Madrid con firmas falsificadas de una de sus clientas, que cuenta hoy Eldiario.es en exclusiva. Esos van siendo los gérmenes del mal que conducen a caminos indeseados. Los que ya se asientan en España con la ultraderecha en las instituciones y sus alianzas políticas cada vez más indiferenciadas de PP y Ciudadanos.

Este martes se cumplían 44 años de cuando, fallecido Franco ya, el gobierno de la Transición en el que eran ministros Fraga Iribarne –fundador de Alianza Popular, luego Partido Popular- y Martín Villa mandó cargar brutalmente contra una huelga en Vitoria Gasteiz. Cinco trabajadores resultaron muertos. Todo ha pasado antes. Y avisa desde la distancia o desde el propio presente. Lo que ocurre con los refugiados en Turquía y Grecia puede ocurrirnos a cualquiera de nosotros. De un lado y del otro de sus equidistancias. Ya se disparó en el Tarajal, Ceuta, en el agua, a emigrantes, con 15 muertos como balance. Al paso que vamos cabría vernos también nadando en las aguas de la desesperación. Hay al menos un intento de que aquí y ahora las cosas cambien.

Por supuesto que una sociedad no puede ser homogéneamente inmaculada. Qué espanto. Pero hay una drástica diferencia entre una sociedad plural y otra infectada de seres mezquinos, perversos, manipuladores, que pueblan la vida pública en busca de sus propios intereses y son lavados y promocionados por sus compinches mediáticos. El mal deja huellas mucho más allá de lo que se ve. Cuando tengan un rato vean este impresionante reportaje de En Portada, de TVE, El psiquiatra de Alepo. Miren en los rostros turbados y ausentes lo que vendrá de niños y padres gaseados, perseguidos, ahora mismo. ¿En razón de qué?

Vigilen la banalización del mal y a sus propagadores en particular. Se ha colado en nuestras vidas con su poder incomparablemente destructor.

 

*Publicado en eldiarioes

Para combatir los coronavirus, ¿qué elegiría? ¿decencia o trampas?

Las andanzas del coronavirus copan las informaciones de los medios, pero España alterna el temor a la pandemia con las preocupaciones locales que perturban a la derecha, obviado tropelías de enorme entidad. Hay informadores que se levantan por la mañana y se dicen ¿qué es lo que más me inquieta y más le puede interesar, por tanto, a la audiencia? Y concluyen que nada supera al hecho de que Oriol Junqueras vaya a salir tres días a la semana de la cárcel. Es lo que realmente afecta a sus vidas. Ni media palabra dicen de la escandalosa conducta de Ciudadanos que tenía a sueldo a un miembro de la Junta Electoral Central, Andrés Betancor. En esa doble actividad dictó y resolvió reclamaciones del partido y firmó cientos de resoluciones que afectaban a la formación que le pagaba. Andrés Betancor también votó en contra de que la Junta Electoral Central censurara una entrevista de Inés Arrimadas en ABC durante la jornada de reflexión de las últimas elecciones catalanas.

Betancor participó en todos los acuerdos de la JEC contra Carles Puigdemont, Toni Comin, Clara Ponsati y Quim Torra. En Ciudadanos no lo han negado –porque existe constancia– les da la impresión de que es legal, comentan, y afirman que no afecta a su independencia. Y es que para que un escándalo lo sea, precisa que perturbe conciencias y en este país hay gente que la tiene muy escondida.

Pero no hablemos de moral, lo sucedido con el juez y parte de Ciudadanos es un hecho de enorme trascendencia, que debería plantear una causa general sobre cómo ha afectado al procés y a las elecciones catalanas y europeas. Quim Torra ya ha presentado una denuncia. Enjuiciar este grave asunto debería ser una exigencia de la democracia.

Añadamos también las legislativas, con puntos modificados por la Junta Electoral Central, a petición del PP y a menudo de Ciudadanos. Recordemos cuando Pablo Casado anunció que la JEC había falladoen contra de que Junqueras fuera eurodiputado. Y cuando, después, el líder popular fue el primero con contar que la JEC inhabilitaba a Junqueras como eurodiputado. Y cuando el propio Casado presumió de haber conseguido que Quim Torra perdiera su escaño gracias a la Junta Electoral Central. El colofón llegó con la JEC proponiendo dejar sin sanción al PP por enviar millones de SMS en campaña. Y eso mientras inhabilita a Quim Torra por colgar un cartel con lazos amarillos. Que por eso ha sido.

Nos infectan amenazas de diversa etiología. Desde el coronavirus oficial al virus fascista, pasando por el de la desfachatez y el de la idiocia. Esta sociedad engulle unos sapos que más parecen salamandras. Y no se digieren en salud. Algunos dicen que muchos ciudadanos no se enteran. Desde luego, si cada día se desayunan con Junqueras, almuerzan con Venezuela, y cenan con todos los males que achacan los medios de la derecha al gobierno progresista, igual permanecen impermeables a la información que les atañe. Por desidia.

Toda selección de noticias implica un orden de prioridades subjetivo. En la historia del periodismo solía primar el interés general, pero ahora las noticias tienen marca de la casa y no se comparten tanto ni por esa causa superior. Era vender vino sin botellas, como dijo John P. Barlow, pero ya no, ahora vienen envasadas y con etiqueta. Y es imprescindible descorchar y servir venga de donde venga cuando atañen a todos. En mi caso, procuro hacerlo.

Preocupados porque políticos independentistas obtienen permisos carcelarios, no reclaman atención para condenados por corrupción que salen e incluso para los que no han llegado ni a entrar. Ninguna sociedad medianamente decente hubiera consentido la labor de las cloacas del Estado del PP y de sus voceros. El comisario Villarejo robando documentos estratégicos a Podemos que ha intervenido la Policía, no es una entelequia, y que luego fueron divulgados en dossieres falsos por algunos llamados periodistas. Ese comisario usado por varios partidos, por empresas, hasta por familias mediáticas, nos envilece como país si se acepta como un mal incurable. Toda la mugre que emana ese pozo nos afecta a todos, independientemente del partido que haya sido víctima o del medio que lance la exclusiva.

Debería dar mucho que pensar ver a Eduardo Inda, a Felipe González, al propio Villarejo, preocupados por si el vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, forma parte de una comisión del CNI. Dicen que afecta a la seguridad. ¿De quién? ¿Los miembros del PP y del PSOE en esa comisión no afectaban a la seguridad y él sí?

Si seguimos el recorrido por lo intolerable, tenemos a un sacerdote, profesor de ética y moral en Toledo, acusado de abusar de la hija de su amante. Además de no respetar el celibato al que se comprometió, hacía pasar a la hija de su amante, de 14 años, por su despacho parroquial para ser penetrada cada 15 días. Y ahí tienen al poco ejemplar cardenal Cañizares diciendo: “No vamos a negociar sobre la clase de Religión, sino a exigir los derechos de los padres”. Preocupan esos padres que no exigen decencia en los educadores, que piden un pin parental y no es para los abusos. Y, mientras, también costeamos con dinero público entregado a la Conferencia Episcopal, estas insidias.

La vida sigue… de momento. Vemos a gente aterrorizada alrededor y tal angustia puede matarles. La actualidad nos brinda, precisamente, una prueba de fuego para calibrar lo que de verdad importa. El coronavirus ha irrumpido en nuestras vidas produciendo grandes alteraciones: bajan las bolsas, va a cambiar el comercio, las costumbres, el ocio,  los viajes, igual cierran hasta empresas; arruinará a unos y con seguridad enriquecerá a otros, sube el oro como valor refugio –está en su cotización más alta en toda la historia 1.500 euros la onza. 49 euros el gramo–. Está sacando a flote también lo peor del ser humano. Al punto de haber sustraído del Clínico de Valladolid unas 5.000 mascarillas y decenas de botes de gel de lavado de manos, que deja sin protección a quienes sí lo necesitan.

No es el coronavirus, es la histeria y la perspectiva de futuro con la histeria. La OMS ha elevado a “muy alto” el riesgo de expansión, que no la mortalidad. Si usted lo creyera letal, ¿qué consideraría realmente importante para su hora de la verdad? ¿Que Junqueras salga de la cárcel tres días o contar con una sociedad adulta, un periodismo que informe, una justicia imparcial y un gobierno competente y resoluto? Ante un temor supremo, qué elegiría ¿decencia o trampas?

Pues hay ciudadanos que nos sentimos permanentemente asediados por los virus de la desvergüenza y la estupidez, háganse idea.

 

*Publicado en eldiarioes 28/02/2020

Piden al mundo que se prepare para una “potencial pandemia” antidemocrática

Los titulares alarmantes sobre la epidemia del coronavirus pueden servir para ilustrar la ligereza con la que se abordan amenazas mucho más graves. No, no hay organismos que alerten de la extensión del fascismo, ni “planes de contingencia” para hacerle frente, ni se aísla a los portadores, ni bajan precisamente las bolsas. Por supuesto que hay que tomarse en serio el coronavirus, pero la percepción de peligro es muy selectiva, a menudo así inducida. Los mecanismos que funcionan en nuestra mente –aquí se explican con acierto- para prevenir el contagio de enfermedades, permanecen prácticamente desactivados ante males que son raíz de muchos otros. Profundos, desestabilizadores quizás a más largo plazo. Lo cierto es que hay una “potencial pandemia” antidemocrática, con varias sociedades ya afectadas, se extiende de una forma casi imperceptible para muchos, y gran parte de las víctimas no le prestan atención. Se exponen a las fuentes sin mascarilla.

En España, por ejemplo, el fascismo es un mal endémico. Rebrota de vez en cuando con distintas caras y estrategias. Llámese ultraderechización o defender un concepto peculiar de España, su uso de España. Abarca a mentes que tienen muy claros sus objetivos, tanto como a tibios y desinformados. A embaucados sobre todo.

España registra en este momento datos alarmantes de la pandemia reaccionaria. El golpe de mano de Pablo Casado en el PP de Euskadi, en el muy esforzado PP de Euskadi, indica la apuesta por fijar a todo el partido popular en la extrema derecha.  El nuevo candidato a lendakari, Carlos Iturgaiz, lo primero que propuso al ser designado fue: “aunar fuerzas” con Vox para hacer frente al Gobierno “fasciocomunista”.  Tampoco está lejos de esa idea lo que queda de Ciudadanos y comanda Inés Arrimadas que monta números ante la prensa contra su rival dentro del partido.

Luego tenemos los movimientos para “repensar” España con lo más florido de los reaccionarios de élite. La sociedad española ya pensó en España al votar un gobierno progresista, a ellos les ha caído como vinagre puro en el estómago y andan viendo cómo lo remedian. Repensar España para combatir la acción del gobierno. En cabeza, tenemos a Felipe González que, habitualmente con paneles de empresas detrás, no se siente representado por el ejecutivo de Pedro Sánchez, de su propio partido. Y pide “le expliquen” –a  él- qué hace Pablo Iglesias, vicepresidente de ese gobierno- en una comisión del Centro Nacional de Inteligencia. Hasta una comisión protocolaria, casi por cortesía, con el CNI, le incomoda.

En el I Congreso de Sociedad Civil Española –vean que se va a desarrollar esta semana en Madrid, está Felipe González y está José María Aznar, que viven ahora una enorme sintonía. Con Aznar, que se dice pronto. Y no es casual. Participan también Federico Trillo, Victoria Prego o Nicolás Redondo Terreros, “entre otros nombres destacados“, nos dicen. Y Rosa Díez que se multiplica estos días haciendo más asociaciones, como una con María San Gil y Savater. El Congreso donde repensaran España, será solemnemente inaugurado por Martínez-Almeida y García Ayuso.

En el lado de la comunicación de lo que quiera que hagan –que no suele ser periodismo se ha formado otra asociación “para defender España”. Con Negre, Segui, Cuesta, Merlos, Cárdenas y similares.  Twitter les ha cerrado la cuenta el primer día “por mentiras y vulneración de la privacidad“. En los medios siguen teniendo altavoz.

No es una epidemia, es ya pandemia. Un informe alerta del aumento de la propaganda supremacista y racista en EEUU: un 120% en 2019 más que el año anterior. Ocurre al mismo tiempo que ocho millones de estadounidenses recurren al crowdfunding para poder afrontar tratamientos y deudas médicas.  El coronavirus viene a agravar esa situación. Un joven que, tras viajar a China y regresar con síntomas de gripe, se hizo unos análisis para descartar el famoso virus, ha de pagar por él 1.400 dólares. No todos lo harán.  Esa es la doble vertiente del problema.  Si lo trasladamos a Madrid, vemos que –de extenderse la infección del coronavirus,, ya se estudia un caso la gestión sanitaria le corresponde a la presidencia de Díaz Ayuso, la que ha seguido la tónica de las listas de espera, cierre de camas y deficiencias en el Sistema de Salud Pública. La misma que ha elevado a más de un millón al mes el gasto en altos cargos. Porque como estipulan los mecanismos de la sensación de peligro,  hay uno en el que el creo desconecta las decisiones de sus consecuencias y se obra en contra de los propios intereses.

La pandemia antidemocrática es un hecho. Países, como Brasil, nos muestran cómo actúa, se implanta y se extiende el mal. La democracia en peligro, la de Brasil, fue uno de los documentales nominados al Oscar. Hay que verlo. Y el que se llevó la estatuilla, American Factory, también. Los documentales son ahora una de las mejores fuentes de información pero su acceso es mucho más reducido que aquél que se logra enchufando un televisor o una radio, sin esfuerzo.

Hay puntos comunes en el cuerpo social en el que anida el virus antidemocrático. El primero  y esencial, la corrupción y la tolerancia a la corrupción. La que termina impregnando los pilares del Estado. Contribuye a su permanencia, tener en el historial la dictadura y haberla dejado impune. Brasil la padeció 21 años (hasta 1985), España, 40. Y deja huella. Toda la trayectoria que lleva a la destitución de Dilma Rousseff -por una práctica contable que habían ejercido otros presidentes-, al encarcelamiento de Lula Da Silva bajo un  irregular procedimiento que condujo al juez instructor a un ministerio en el gobierno de Bolsonaro, tiene el mismo sustrato. A tal punto que permiten hacer casi un mapa que sirve para otros países afectados:

Los corruptos acusan de corrupción, se expanden sus insidias por las redes, montan manifestaciones. Dicen que “una organización criminal se ha instalado en la sede del Estado”, refiriéndose a un gobierno democrático elegido en las urnas. Cesiones o errores que aportan excusas. La relación promiscua del dinero con cierta política que nunca termina de salir a la luz. Espionajes y  cambios de chaqueta. La justicia con la balanza sesgada. Michel Temer, el sucesor de Dilma Rousseff que formó un gobierno de solo hombres, blancos y ricos fue pillado en escuchas en las que hablaba de cobros semanales y sobornos para comprar silencios. Las cloacas de Brasil. Pero se decidió que ya estaba bien de destituir presidentes y lo libraron.

La desinformación, la manipulación informativa, el resaltar unos hechos y no otros, el deformarlos, las mentiras, las portadas con gestos histriónicos, forman parte de las constantes que se aprecian cuando anida la antidemocracia. Y la gente: la que piensa y la que engulle. Turbas en las calles de Brasil para ensalzar o derribar presidentes. Una oclocracia de manual. Y en ella víctimas que se apuntan a ser verdugos. Y al final: Bolsonaro. El punto y aparte, el término  buscado. El ultra irracional. El que destroza como un elefante en una cristalería. A pesar de sus declaraciones, hechos y biografía, las élites pensaron que “era la mejor opción para defender los intereses del mercado”.

Hablamos de Brasil y  del mundo global que enfrenta culturas bajo la égida del beneficio y la desinformación. Donde es sospechoso y heroico luchar por los derechos laborales perdidos, por contar con representación sindical por ejemplo, como en la irónicamente titulada American Factory, la fábrica montada por un millonario chino en los restos de una planta cerrada de General Motors en Ohio.

El final del documental sobre Brasil, recuerda a Aristóteles sin nombrarlo directamente, para hablar de oligarquía y democracia. En la oligarquía, “unas élites controlan los medios, otras los bancos, otras las empresas, y de vez en cuando se cansan de la democracia”. Si molesta en exceso.

Nadie desata alarmas masivas, aunque se precisan”planes de contingencia” contra la propagación de los fascismos. Todo gobierno dispone en el poder de mecanismos legítimos para afrontar la amenaza antidemocrática. Déjense de hablar de la libertad de expresión de quienes hacen apología de las dictaduras. Oigan a Dilma Rousseff cuando perdió la confianza en la Humanidad y el sentido de la vida al ser torturada durante más de veinte días seguidos por la dictadura. Los fascismos torturan y matan, hasta las ideas si pueden; abandonan los restos en las cunetas y en ocasiones hasta se ríen. Manipulan la historia intentando incluso sembrar de basura el recuerdo de las víctimas asesinadas. Borran la memoria y hasta los versos de un poeta que murió en sus cárceles.

Si en este momento les parece que la alarma no es tanta, pongan los medios para evitar que avance porque se extiende. Involúcrese la sociedad, sopesando sus opciones hasta de entretenimiento. Desde el gobierno, deroguen leyes mordaza, refuercen derechos, castiguen el odio lento tanto como el golpe (proporcional y racionalmente). Supriman subvenciones a quienes las usan para envilecer la democracia. Hagan posible enseñar nuestra historia real, con sus errores y aciertos. Doten a  los medios de información públicos de la capacidad de dar información rigurosa que compita encendiendo un cómodo botón. Llénenlos de cultura y decencia. De entretenimiento que no burricie. Igual sería útil, para casos extremos, un Barrio Sésamo para niños y adultos que enseñara ideas básicas y, sobretodo, a relacionar conceptos y obrar con lógica. Así se piensa España.

Mano firme, implacable con los objetivos. No sirve de nada ceder en leyes, nunca estarán contentos. Hay un tiempo medido, aprovechen esa oportunidad que les han dado legítimamente los ciudadanos. Acaben de una vez con el mal menor, lo que viene después si no cumple las expectativas es el mal mayor. Ese que, asombrosamente, no inspira miedo a una gran mayoría que se muere en vida ante cualquier otro temor que ve más inmediato.

 

Publicado en eldiarioes

La derecha no encuentra ni la brújula ni el GPS

Grita, patalea, insulta, no se para en mentiras y trampas. La derecha española ha perdido La Moncloa, el poder político del gobierno central, y se muestra soliviantada. Junto a los medios que forman parte de su entramado, se lanzan a la estrategia del acoso y derribo del Gobierno con una agresividad que les desnuda. Cuentan con poderes extraparlamentarios notables en diversos estamentos. Pero lo cierto es que la derecha española vive una crisis grave, de la que se ha obstinado en no querer salir a la vista de sus comportamientos erráticos. La convocatoria de elecciones gallegas y vascas la ahonda.

Puntos clave de la debacle han sido la factura de la corrupción en el PP, saldada con la desafortunada elección de Pablo Casado como líder; el impulso y declive de Ciudadanos y la exitosa promoción de Vox. Todo va concatenado. El caso es que la derecha no suma en España por más que vocifere. Ha elegido la senda de la degradación y son de temer sus zarpazos doloridos. Más aún, representa un problema en el contexto internacional. España precisaría de una derecha racional y democrática, como la tiene Alemania, por ejemplo, que no deja de dar lecciones en ese sentido. Al contrario que la española que no puede estar más desnortada.

La irrupción de Ciudadanos en la esfera nacional marcó un nuevo modelo. Ciudadanos nunca fue otra cosa que un producto de marketing con obsolescencia programada. De ideología mutante, movida por la conveniencia y hasta a golpe de encuestas, pero siempre al servicio de la derecha y el ultranacionalismo español. La promoción de la que gozó Albert Rivera en los medios no tiene parangón en la historia reciente de España. Hecho que sorprendía por su poco elaborado discurso. El poder nos lo recetaba cada día, sin embargo.

Albert Rivera nos salía hasta abriendo el microondas de casa. Los sondeos le otorgaban resultados inflados que no confirmó la realidad, al punto de dañar el prestigio de alguna empresa demoscópica. Se prodigaban los artículos laudatorios a niveles de dar vergüenza ajena. Los “momentos dulcísimos” que “Rivera vivía con la sociedad española” pasaron a frases contradictorias: “Aun así se consolida la certidumbre de que Albert Rivera, y con él su partido, vive una auténtica luna de miel con buena parte de la sociedad española, al margen de que le vayan a votar o no“. Al margen de que le vayan a votar o no. Ahí estaba la clave. Siempre era el comodín para cualquier gobierno. Se le llegó a dar como posible presidente de un gobierno de consenso.

En mi opinión, Albert Rivera no era un líder político, estaba realizando un trabajo. La cuenta de resultados no obtuvo el objetivo y se fue a buscar otro empleo. Ciudadanos ha sido el ejemplo de una caída anunciada. Lo asombroso es que se consolidó ese modelo de joven guapito clásico sin estridencias, tanto en hombres como en mujeres, con un discurso de cuatro ideas básicas a repetir hasta la extenuación, con pocos problemas para mentir o, como dice el tópico popular, “montar pollos”. Inés Arrimadas es Albert Rivera en mujer y su impericia al seguir el mismo cliché va a terminar por hundir lo poco que queda de Ciudadanos. Le disputa el liderazgo –que los medios ya le han concedido sin más– Francisco Igea, vicepresidente de Castilla y León, que también tiene lo suyo.

Albert Rivera y Pablo Casado, Presidentes de Cs y PP
Albert Rivera y Pablo Casado, Presidentes de Cs y PP

¿Fue casualidad que el PP eligiera como presidente a Pablo Casado con un enorme parecido a Albert Rivera? A todos los niveles, desde el físico al intelectual. Eligió o lo que quiera que pasara en aquel batiburrillo de primarias. Lo esencial era que no saliera presidenta por ningún concepto Soraya Sáenz de Santamaría, una buena pieza que, en sus múltiples maniobras de todo calibre desdeñó trabajarse a los pesos pesados del partido. Y lo pagó caro.

En las elecciones de abril de 2019, el PP de Pablo Casado sufre el peor resultado de su historia, una auténtica hecatombe. Pierde tres millones de votos, se queda con solo 66 diputados, menos de la mitad de los que tenía desde 2016. En el Senado, se deja otros 74 escaños. En dinero supone 257.430 euros al mes en ayudas públicas. Un duro palo que le pone en apuros. Repetir elecciones en noviembre le ayudó a una modesta recuperación, a las claras insuficiente. Tocó techo.

En las elecciones municipales y autonómicas de mayo, el PP vuelve a perder un millón de votos. Pero juega sus cartas con habilidad. Con tanta como torpeza muestra Ciudadanos y, previamente, las disidencias de la izquierda. Ya ha cogido fuerza Vox –la versión “españolísima” de la misma simpleza del modelo– y logra colocar en la gestión a sus candidatos que, como Díaz Ayuso y Martínez-Almeida, son un auténtico lastre para la cordura. Evítenme el recordatorio de su sonrojante historial de despropósitos que ya conocen.

Las elecciones al Ayuntamiento de Madrid las ganó Manuela Carmena. Martínez-Almeida no llegó ni a 400.000 votos, perdiendo 170.000 respecto a 2015. Es alcalde gracias a Vox y, sobre todo, a Begoña Villacís, cuando Ciudadanos todavía tenía apoyo electoral. Es evidente que, si su partido quisiera desmarcarse de la caída en barrena en la que se encuentra, retiraría ese apoyo a semejante alcalde. Pero Villacís secunda a Almeida y hace falta tener muy perdida la brújula para apoyar el borrado de los versos de Miguel Hernández.

Isabel Díaz Ayuso tampoco ganó las elecciones a la Comunidad de Madrid. Fue la primera derrota del PP en esa circunscripción desde 1991. Ayuso obtuvo 18 escaños menos que Cristina Cifuentes en 2015 y 42 menos que Esperanza Aguirre en 2011. Y se quedó a solo 4 diputados de Ignacio Aguado (30 diputados frente a 26). El líder de Ciudadanos en Madrid le entregó, sin embargo, el cargo a Ayuso con la colaboración de Vox. Prefieren también esa combinación, y la siguen amparando. Estos son los datos. Es difícil conservar la memoria, hasta reciente, con una prensa dedicada a distraer la atención manipulando a diario.

La ascensión y ruina de Ciudadanos es un ejemplo a estudiar. Ni la más burda promoción mantuvo en el tiempo la realidad de lo que es: un partido de diseño, de carcasa y sin fondo. Muchos de sus votantes ya lo han entendido. “Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”, dijo Abraham Lincoln y no viene mal recordarlo en tiempos de obviedades diluidas. Ciudadanos se ha quedado con 10 diputados y una desbandada histórica de sus miembros destacados. Y la líder oficiosa ni se inmuta. Inés Arrimadas no puede mostrar su acuerdo con Angela Merkel, inequívocamente antifascista, en su crítica al atentado ultra que mató a 9 personas en Alemania, mientras Ciudadanos pacta y alimenta gobiernos en España con la ultraderecha. Y lo hace sin pestañear. No se puede engañar a todos, todo el tiempo, pero ella insiste.

Lo del PP de Casado es aún peor por su tradicional peso en la política española. Volvieron votantes que se habían mudado a Ciudadanos, se fueron otros a Vox y Casado y su equipo parecen empeñados en engrosar al partido ultra que, además, marca la pauta. La estrategia de esa triple derecha y del PP en particular con Venezuela resulta ya patética. Que ése sea el principal tema de “cohesión” del Partido Popular da idea de la pobreza de sus ofertas. Y de su frivolidad. Cuando la realidad se muestra además tan paradójica. Sonroja oír hablar al PP de maletas, y a Venezuela además, cuando para allá se fue dinero público de ese que el Partido Popular confunde con el propio. La embajada española en Venezuela destinó dólares cambiados en el mercado negro para pagar favores electorales al PP en 2015 y 2016. Debería ser mucho más prudente un líder del PP hablando de valijas, maletas, baúles y sobres. Oír las peroratas de Casado, con todos sus emplastos encima, chirría en exceso.

Ni Casado, ni el equipo que se ha buscado. Con Cayetana Alvarez de Toledo, los cargos de Madrid Almeida y Ayuso, o el secretario General, Teodoro García. Esta intervención suya, con el nivel del orador, y los aplausos y sonrisas que le animan, define al PP actual como pocas:

María Navarro

@mariapuntoes

Sí, es real. Ha pasado en el Congreso.

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La derecha se enfrenta en breve a dos elecciones de las que no le convienen. A Inés Arrimadas ya le han dicho que no necesitan para nada a Ciudadanos en Galicia por mucho que se empeñe. De hecho, hasta Feijóo le viene a decir lo mismo a Pablo Casado. ¿Le pasarán factura al líder gallego los trapicheos del PP…. con Venezuela? Mucho han tragado sus votantes allí, ya.

En Euskadi no tienen futuro electoral ni PP ni Ciudadanos, sumados probablemente aún menos. Ciudadanos sacó 0 escaños en la anterior cita autonómica y 0 en las generales. Y encima va a crear o ahondar el cisma entre el PP nacional y el vasco. Alfonso Alonso, el candidato a lehendakari, se niega a firmar con Ciudadanos.

C’s está ya fuera si no cambia, y mucho tendría que hacerlo. Unos malos resultados del PP en el País Vasco, muy previsibles, serán derrota de Casado, mientras que el triunfo de Feijóo en Galicia lo sería de Feijóo, que se trabaja su distinción del líder nacional. ¿Y Vox? Tarde o temprano podría ocurrir lo mismo que con Ciudadanos. Además de su bagaje ideológico difícil de engullir, cuenta su forma de abordar los problemas de la vida cotidiana. No se resuelven diciendo: Viva España y ya.

No, no se puede engañar a todos todo el tiempo. De hecho, la derecha no recupera poder político, por más vueltas que le dé. Hace ruido como si hubiera ganado, pero no es así. Y el futuro inmediato le viene problemático, porque ni encuentra la brújula tradicional, ni siquiera un GPS.

Peligros globales en ascenso

“Le diré que no siempre los gobiernos pueden hacer, en determinadas circunstancias, todo aquello que desde fuera parece que se puede hacer”. Era el histórico 12 de Mayo de 2010, con un hemiciclo casi desierto ya, cuando José Luis Rodríguez Zapatero contestaba así a los partidos minoritarios. La troika –Comisión Europea, BCE y FMI- y hasta Obama le habían conminado a hacer recortes en la Era de la austeridad. El panorama no ha cambiado… a mejor.

El gobierno progresista español ha aprobado este martes las llamadas Tasa Google y Tasa Tobin –impuestos a determinados servicios digitales y a algunas transacciones financieras- aunque no entrarán en vigor hasta final de año. Se trata de buscar fondos que no pasen por la tijera a la sociedad del bienestar como se ha venido haciendo. Y a los Estados Unidos de Trump no le gusta, como tantas otras medidas no gustaron a sus antecesores y movieron en embajadas, según supimos hasta por WikiLeaks. Ni a EEUU ni a los países que detentan más poder, ni a aquellos para quienes gobiernan, ni a la derecha española sin ir más lejos, que también tiene muy claras sus prioridades. Puestos, ni a la derecha de los demócratas estadounidenses que andan mirando cómo desactivan a Bernie Sanders por ser demasiado progresista.

El problema se ha incrementado. Donald Trump no es un presidente republicano al uso, parece más bien el Director Gerente de EEUU S.A., incluso de Trump S.A. Su director de ventas y gestiones, también conocido como Secretario de Estado, Mike Pompeo, anda advirtiendo a los países europeos que utilizan telecomunicaciones Huawei que eso “podría dañar sus relaciones con Estados Unidos“, según CNN. Insistió más bien. En diciembre había hecho la misma “advertencia” en Portugal. Las relaciones dañadas con EEUU suelen implicar sanciones y aranceles. Y la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China nos está haciendo asistir a nuevos e inquietantes capítulos.

Trump S.A. no se para ahí. También pone en el punto de mira a las misiones médicas cubanas que operan en más de 60 países, y no precisamente los más favorecidos. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, desde los años 60 han sido enviados a más de 160 países no menos de 600.000 cubanos como médicos, enfermeros y técnicos sanitarios. Una veintena de misiones trabajan en países que no pagan nada a cambio, pero el resto de naciones entrega un dinero al Gobierno cubano a cambio de los servicios médicos,informa eldiario.es. Lo que prima para Trump S.A. es presionar al gobierno cubano. La salud ajena le importa poco. Ni de sus propios ciudadanos, ni de aquellos que castiga con la terrible arma de las minas antipersonas que ha vuelto a autorizar.

No es la habitual dicotomía ideológica, es el dominio económico… si alguna vez fue otra cosa, bien es verdad. Ése que con fuerte tintes de fanatismos varios –religioso y de lucha contra el conocimiento- ya se encuentra el Brasil de Bolsonaro con medidas que alcanzan la categoría de espeluznantes para la razón. No anda lejos la Bolivia hoy golpista. El Salvador nos sorprendió con un presidente que lleva al ejército al Congreso porque le rechazaban que pidiera un crédito y que entretanto reza en trance en la tribuna. Falta la Venezuela que quieren para Guaidó.

¿En serio alguien es capaz de creer que la Venezuela de Nicolás Maduro supone algún peligro para nadie y menos aún para España? Pues así ocurre y más desde que el PP descubrió que Venezuela “da cohesión” al partido. Y en ello insisten, reprobando al ministro Ábalos, poniendo demandas junto a Cs y Vox. Si la mayoría de los adeptos a ese descomunal globo lo pensaran dos veces se avergonzarían de su falta de juicio. ¿Por qué y para qué iba a ser modelo Venezuela de España siendo dos países tan diferentes en sus estructuras?

Más aún, cualquiera de los mandatarios de los países citados, desde Trump a Bolsonaro, merecería las prohibiciones que implantó la UE a los dirigentes venezolanos, tanto o más. Añadan el México de los feminicidios, con 10 mujeres asesinadas por día; ahora ya hasta niñas, y la mayoría previa tortura. Y la prueba del algodón de la hipocresía internacional se centra en el país con un príncipe acosado por intensas sospechas de descuartizar periodistas críticos con el que se fotografian altos mandatarios sin oír ni una queja de la oposición ni prácticamente de nadie. Produce vergüenza ajena.

Recapitulemos, las Tasas Google y Tobin no gustan ni a EEUU ni a los países que detentan más poder. Presiones también por la guerra tecnológica. Vivimos tiempos de intereses indisimulados. Económicos y de poder. Abrumadoramente controlados y espiados los ciudadanos, como cobayas involuntarios. En el paraíso fiscal de Suiza acaban de descubrir que “en ese casino se juega” desde hace décadas. Desde antes de los Huawei, los Samsumg y todos los demás. La aterradora variable es quienes están gestionando este nuevo escenario. Dirigentes sin escrúpulos, con escaso o nulo respeto por los Derechos Humanos y lo más temible si cabe: sin demasiadas luces. Apoyados a menudo por el voto de ciudadanos con unas tragaderas intelectuales de niveles infrahumanos.

Y manejados por personajes mucho más inteligentes que sus jefes. No se pierden el nuevo Reino Unido, ya influencia externa, pero influencia al fin. Como en los viejos reinos el presidente Boris Johnson tiene una mano derecha, con los mismos pocos escrúpulos, en Dominic Cummings. Uno de los grandes artífices del Brexit. El que definió la técnica empleada como un hackeo del sistema político, según mostraba el documental “Brexit: La guerra incivil”, producido para la Plataforma de televisión HBO. “Muestra una capacidad alarmante para enfocarse en un objetivo con la exclusión de notar o preocuparse por cualquier daño colateral. Las emociones figuran principalmente como formas de distracción irracional”, cuentan en este extenso e interesantísimo análisis de The Guardian. Ya han obligado a dimitir a un asesor que se pasó de la raya: cuestiona la inteligencia de los negros, dice que el deporte femenino parece paralímpico y defiende la eugenesia para seleccionar bebés inteligentes. Numerosas críticas sitúan al temible Cummings como presidente en la sombra, dado el carácter de Johnson. Otro Bannon como en Trump, aquí cerca. ¿Qué puede salir mal? ¿Seguro que el peligro es Venezuela?

Como en España, otros países viven la distracción de las zanahorias desinformativas que gusten poner en servicio. Venezuela, aquí, y los políticos como Casado dando lecciones desde posiciones que hacen lo contrario de lo que predican. Arrimadas permanentemente impulsada por los medios en el mismo discurso. La supina torpeza de Martínez Almeida borrando el poema “Para la libertad” de Miguel Hernández del Memorial de la Almudena. Y los otros, socios y cómplices, infiltrados como un virus ultra por la actualidad. Y la derecha del PSOE alineada con esa deriva, como los demócratas norteamericanos de su cuerda. Y las dimensionadas disidencias en el antiguo núcleo de Podemos. Y los medios con sus objetivos más políticos que informativos en muchos casos, más económicos por ser precisos.

Y en este clima gobernar. Y para los ciudadanos. Con algunas cesiones que asustan. Ya lo dijo Zapatero: no siempre se puede hacer “todo aquello que desde fuera parece que se puede hacer”. Hemos perdido unos años preciosos por inacción y grandes distracciones. La situación es peor. No, en España, si el gobierno puede echar andar de una forma efectiva con presupuestos aprobados, vendrá al menos una estabilidad y unas acciones que pueden callar mucha propaganda. Se ven primeros pasos firmes con la subida del SMI y las pensiones o al anular, por ejemplo, el despido por bajas médicas que implantó el PP.

El problema es ese mar de fondo que ha vuelto a crecer en degeneración. Los ciudadanos han de ser más responsables que nunca: un mundo dirigido por personas con escasa inteligencia y todavía menos escrúpulos es peligroso para todos. Venga esa amenaza de fuera o de adentro. La única cohesión admisible para el bien común es la razón, y mucho mejor acompañada de decencia. Indispensablemente, diría.

 

*Publicado en Eldiarioes

La epidemia del miedo

«Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos;

ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven».

José Saramago, “Ensayo sobre la ceguera”

Supuestamente, el coronavirus se ha cobrado una víctima de entidad en España. O diremos mejor en Barcelona, que marca una diferencia. El brote epidémico desatado en Wuhan, China, a más de 9.000 km de distancia ha sido la causa esgrimida para cancelar el Mobile World Congress. Los primeros balances de pérdidas hablan de 490 millones de euros y 14.000 puestos de trabajo temporales en Barcelona. La llamada prensa de Madrid –y del resto, que no sea Catalunya- no le ha dedicado especial atención. El Congreso de los Diputados aún menos. Según la oposición de derechas nada hay más decisivo para los españoles que Venezuela. Ese punto de racismo destaca en la epidemia del miedo que asola a la sociedad.

No ha sido la alerta sanitaria la que ha suspendido el Mobile. Lo aseguran las autoridades españolas y la OMS, Organización Mundial de la Salud. Sería una precaución desmesurada en un país que solo ha registrado dos casos leves. La guerra comercial entre China, con su potente Huawei, y Estados Unidos y Europa no anda lejos. No ha sido impedimento sin embargo para celebrar otros eventos: la feria Integrated Systems Europe(ISE) en Ámsterdam, ahora mismo, entre otros. Todo son especulaciones que no se pueden confirmar. Es ése el factor precisamente que desata el temor y las interpretaciones variopintas, los bulos incluso. Una sociedad infantilizada está dispuesta a creer cualquier cosa para disipar sus temores. Periodistas incluidos.

Contemplar las imágenes actuales de Wuhan debería alertar a una sociedad consciente sobre la naturaleza del peor virus que se propaga incontrolado: el miedo. Wuhan es la novena ciudad de China en población. 11 millones de habitantes, en un país que ya ronda los 1.400 millones. Al parecer, en ella se desarrolla un potente foco de investigación e innovación tecnológica. Ahora es una ciudad desierta a la que han rodado a cámara lenta en día de niebla, como si el propio virus lo desatara. Sus habitantes aislados, su actividad, detenida. Y es que el miedo acarrea consecuencias, desde económicas –como vemos ya- a personales de todo tipo. Es mentira que sean miles los contagiados en todo el mundo como se dice. No todavía, al menos.

Es cierto que el oscurantismo de la dictadura china da poca confianza a los datos que aporta sobre el balance de víctimas del coronavirus, pero aun así, las cifras de 60.000 afectados, 1.426 muertos, y 1.100 personas que han superado la enfermedad, no daría lugar a la histeria desencadenada. Nos dicen también que va disminuyendo el número de contagios. Probablemente, por las medidas de prevención adoptadas. Pero ya se ha lanzado una sin par ola de racismo contra los ciudadanos chinos. Hay gente capaz de engullir que el coronavirus viene transportado en el hilo de coser o en los productos alimenticios. Restaurantes chinos andan bajando la persiana temporalmente antes de mandar a diario sus platos al congelador o la basura. Ser chino -y hay, repito, casi 1.400 millones-, es sospechoso para mentes calenturientas. Ésas que con sus decisiones son peligros a considerar para todos.

Los miedos son muy selectivos. Sobre todo cuando algunas batutas marcan el ritmo. La gripe en España registró en ejercicios recientes casi 800.000 casos, 52.000 ingresados y casi 1.000 muertes, si bien recientes estudios revelan que la gripe causa hasta tres veces más defunciones que las registradas80.000 muertos hubo el año pasado por la gripe común en EEUU y no pasó nada. Vayamos más allá, a los países que no cuentan. En la República del Congo ahora mismo se contabilizan 2.250 casos de muertos por Ébola con una altísima tasa de mortalidad entre los contagiados. Otra epidemia allí, de sarampión, ha matado ya a 4.000 niños. La vacuna cuesta 1 euro y se pide ayuda y no se da. El periodista Ramón Lobo citaba esos “mil millones de enfermos de 18 males ignorados que podrían prevenirse con una vacuna”. Estos, entre los más destacados.

Wuhan, hoy, es la imagen de la sociedad que han formateado llena de miedos inducidos y realidades disipadas. La imagen de un mundo que se anticipa y del que nos ha prevenido la experiencia. Y la literatura. Es La Peste de Albert Camus, publicada en 1947, sobre una hipotética plaga que situó en la ciudad argelina francesa de Orán. En los buenos pensadores como él, sirve para mostrar y aprender sobre la condición humana. Está en el Ensayo de la Ceguera, obra cumbre del Nobel José Saramago, publicada en 1995. Él mismo la definió como una crítica para desenmascarar “a una sociedad podrida y desencajada”. Y ya la vimos en Un enemigo del pueblo, de Ibsen, que salió a la luz en 1882 alertando de cómo en estas tragedias se tiende a matar al mensajero que entorpece planes económicos para eludir soluciones y responsabilidades. Así pasó con el pobre y joven médico de Wuhan que lanzó la voz de alarma sobre el coronavirus. Ha muerto e inicialmente fue obligado a pedir perdón por la alarma.

Y así pasa con quien avisa de peligros reales que no interesa difundir, tanto como los que atenazan en estornudos que se muestran potencialmente mortales. Mientras, vemos abrir la boca -todo lo que da de ancho- a lenguas viperinas y el veneno que transportan para que surtan sin control.

La sociedad del bienestar soporta cada vez menos el riesgo, pero éste no desaparece nunca. Seguramente ni en las casas cerradas de la cerrada ciudad de Wuhan. No se puede esterilizar cuanto nos rodea. Hay que tomar precauciones, por supuesto. En la medida que lo dicta la sensatez. Y desde luego una prevención básica es contar con un sistema de salud potente –no dedicado al lucro- y que atienda a todos los ciudadanos, evitando la extensión de cualquier enfermedad contagiosa. Y no van por ese camino los hechos del liberalismo desbocado.

No deberíamos engañarnos: miedo tenemos todos, humanos y animales (más nosotros que anticipamos temores). Malo el que dice no temer a nada. La valentía es simplemente racionalizar el miedo e intentar superarlo. Y, sin duda, advertir cuándo el miedo es utilizado como arma y control que cada vez ocurre más. Y oponerse con toda la energía posible a la peor plaga: la globalización del miedo. Y saber que el miedo crece cuando no se le combate.

Es preocupante ver a personas que no se ponen mascarilla alguna para prevenirse del odio, la xenofobia, la irracionalidad. Ni se alejan de dañinos focos de infección que constituyen algunas políticas y sus difusores mediáticos, de quienes trasmutan la realidad. Y estos virus sí que son contagiosos y letales.

 

*Publicado en eldiarioes

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