La soledad y las malas compañías

“¿Logrará Sánchez completar la legislatura o habrá elecciones anticipadas?” Así consultaba a sus lectores el miércoles el ABC, un diario español con más de cien años de historia (fue fundado en 1903). Y daba dos opciones de respuesta. Atentos:

1) Sí, conseguirá completar la legislatura, porque su principal objetivo en política es perdurar en el poder a cualquier precio. Aunque la economía entre en coma, dará a los separatistas y a Podemos todas las concesiones que le pidan con tal de conservar una mayoría de Gobierno y seguir en el cargo. Además, cuenta con el apoyo de las televisiones y trabaja muy bien la propaganda.

2) No, será incapaz de completar la legislatura, porque el descalabro económico se llevará por delante su Gobierno y porque ya está tocado por el modo en que ha gestionado la epidemia de coronavirus. A pesar de que domina las televisiones y el CIS, los ciudadanos españoles ya están empezando a distanciarse de él y su Gobierno. La propaganda no lo salvará.

El viernes, confirmados los datos de la profunda recesión que el coronavirus y sus consecuencias han causado en el mundo entero, ABC remataba en portada con la peor foto que encontraron de la ministra de economía Nadia Calviño y centrando en España lo que es un caída global de la economía. Sus colegas hacían lo propio, uno de ellos mentando incluso un “rescate”.

Esther Palomera en eldiario.es hablaba de la soledad de Sánchez, bunkerizado en La Moncloa. Su plan unilateral de desescalada “provoca un alud de críticas entre oponentes y aliados”, dice. Iñaki Gabilondo en La SER criticaba la víspera que no estábamos sabiendo aprovechar “la extraordinaria estructura de nuestro Estado de las autonomías” y entre las causas estaba “la torpeza de Pedro Sánchez”. A la misma hora exacta de la mañana temprana, Carlos Alsina en Onda Cero utilizaba el comodín Gabriel Rufián para destacar que “hasta Rufián” le fallaba a Sánchez. En la COPE un tertuliano de Herrera, de voz cervecera, ampliaba el espectro para llamar ignorante a Pablo Iglesias entre risotadas, pasando por encima del brillante currículo académico del vicepresidente. Entender España hoy pasa por los resúmenes de prensa. Quizás, por los de “ayer” también.

Y aún faltan un par de apuntes más. Los nacionalistas vascos y catalanes se alejan del Gobierno y amenazan con dejar el decreto de alarma en manos del PP. Es cierto, lo dicen.

“Lo más inteligente es posicionarse en contra del estado de alarma y forzarlo al pacto con el PP o que, simplemente, la prórroga sea rechazada por el Congreso”, escribía el director de ElNacional.cat, José Antich. Según el periodista, anterior director de La Vanguardia, Pedro Sánchez está llevando a cabo “una recentralización en toda regla y un desmantelamiento del Estado de las autonomías”. Cree Antich que “el independentismo y el nacionalismo vasco y catalán, que tuvo en tres de sus formaciones -ERC, PNV y Bildu- un papel activo en la investidura de Pedro Sánchez, está obligado a dar un puñetazo encima de la mesa ya que están en juego cosas más importantes que el futuro político del presidente”.

A la vista de la oportunidad, Casado sondea a la élite económica a ver  qué le conviene más, por si el PP decide tumbar el estado de alarma, según Lainformación.com. Hecho que marcaría una excepción en el mundo entero. El único precedente parecido es el ultraderechista húngaro Orban quien, en el poder, decidió cargarse a la oposición y a la democracia, dado que ha dejado el Estado de Alarma sin límite de tiempo. 

Cosas más importantes. Los datos del coronavirus siguen siendo devastadores. Mucho más de tres millones de casos confirmados en el mundo. 233.000 muertos. De ellos, más de 24.500 en España. Este viernes han fallecido 281 personas. Y hoy, con seguridad, sucumbirán más y seguirán siendo ingresados muchos en los hospitales, pese a estar mejorando la situación. La curva afloja, pero el coronavirus sigue aquí. Y para quedarse por mucho tiempo. Cosas importantes.

La recesión económica también es un hecho. Nadia Calviño prevé una caída del PIB del 9,2%, y un ascenso del paro hasta el 19%, aunque con una salida en V asimétrica, una recuperación de los niveles. Pero hay quienes, en su análisis, olvidan un dato de radical importancia: se ha paralizado la actividad económica, productiva, de consumo, todo lo que era consustancial al modelo. Un parón así de la economía mundial es la primera vez que ocurre. De ahí que falten noticias esenciales para tener una idea más ajustada de la realidad.  El PIB de la Eurozona ha registrado la mayor caída desde que se tienen registros: España, Italia y Francia con cifras más profundas  Alemania anota aumentos del desempleo insólitos: un 13,2% en abril, según la agencia France Press. Más de 30 millones de personas han perdido su trabajo en Estados Unidos. Y esto es el principio. Según la OIT, Organización Internacional del Trabajo, más de la mitad de trabajadores del mundo podrían perder sus medios de subsistencia.

Y las víctimas no están solo en lejanas montañas, no. Hay gente pasando hambre en España, en Madrid probadamente con el aumento de la demanda en comedores sociales que han de ser atendidos con donaciones y voluntarios. Hay incertidumbre y miedo en quienes ahora mismo han visto mermados sus ingresos o no ven entrar dinero alguno en casa, a pesar del esfuerzo del gobierno por paliar  las necesidades de los más vulnerables. Es lo que principalmente incomoda a la derecha: actúan pisando la mano de Sánchez y su equipo hasta cuando activan las ayudas.

Aludir a un rescate sin explicar más ronda lo perverso. La Unión Europea no ha estado a la altura del grave momento que vivimos. No se comporta como un club de países, sino como lo que siempre pareció: un club de empresas. Los ricos del norte –en cabeza el paraíso fiscal holandés se niegan a los eurobonos más equitativos y pretenden seguir con la política de la tijera que dio un golpe fatal a la UE. Tal es así, que el BCE –que no actúa como banco público de la Unión, sino de los bancos privados y que no responde ante nadie-  sigue su tónica. Favorecer a las entidades financieras para que sigan dando crédito a familias y empresas, dicen muy ufanos.

Seguramente sufren más recesión los países con peor soporte económico. Recordemos que España lo fió todo al turismo y al ladrillo, las joyas de las políticas sin visión de futuro ni proyecto de país, pero sí del lucro en la cartera de unos pocos. Les aseguro que los fabricantes de mascarillas, guantes, respiradores no dan abasto a producir. Quién iba a pensar que serían más necesarios que las transacciones financieras especulativas que dieron la vuelta al mercado mundial ¿verdad? España tiene el problema de depender del exterior hasta para componentes de los productos que podrían ser hoy más útiles. Una de cada cinco empresas tuvo que reducir su actividad por falta de suministros del extranjero, como contaba este excelente artículo de Bernardo Bayona. Mucho han de cambiar las cosas si queremos salir adelante y han de hacerlo imprescindiblemente ante el fracaso del más de lo mismo, o algo peor. Otra economía, otra forma de vivir.  Si lo permiten, que claramente hay voluntades que no están por esa labor.

Vienen días duros que necesitan una ciudadanía templada, adulta, que piense por sí misma. Y razone por encima de lo que siente, que analice hasta sus emociones. No son lo mismo los haters descerebrados que quienes persiguen sus propios intereses a menudo torpemente disfrazados.

La soledad de Sánchez, dicen, de su gobierno, ante una pandemia con demoledoras consecuencias económicas mundiales, que no ha provocado. Errores que se magnifican. Y la evidencia de que tener el egoísmo como motor no funciona socialmente.  Para compañía solidaria la de la prensa española en los atentados del 11M, llegado a retocar portadas al gusto de los intereses de Aznar. Tuvimos que informarnos en los medios extranjeros.

A cuenta de miles y miles de vidas que se han quedado por el camino, hemos ido aprendiendo a pensar como adultos, algunos al menos. Un tanto desarbolados desde que, por salud, nos prohibieron abrazarnos. Una suerte de primavera tardía empieza para nosotros este 2 de mayo. Permitirá salir a respirar en las ciudades ese aire limpio que huele a pueblo y llenarnos los pulmones y empezar a sanar de lo que no es coronavirus. No vuelvan a enturbiarlo. Nos queda mucho trecho por andar y se precisan fuerza y lucidez.

 

*Publicado en Eldiario.es

Vivimos un cóctel emocional

Presiento que es un estado anímico bastante extendido. Te levantas un día queriendo luchar contra la adversidad y te vas viniendo abajo. O al contrario: amaneces presa de incertidumbres y vas viendo vías de salida. Vivimos un cóctel emocional sin precedentes, individual y colectivo. Hoy, en la montaña rusa de las sensaciones, ves la luz del final de confinamiento, las salidas a pasear desde el fin de semana y la ruta que nos llevará a la llamada “nueva normalidad”. El dolor sigue en los hospitales, el temor en muchos ciudadanos por lo que queda por recorrer, y la espada en alto de la oposición se da por segura. Habrá que ver cómo se sale de este torbellino y qué huellas deja. Lo urgente ahora es afrontar el presente en esas condiciones. Entenderlo, al menos. Dicen que funciona.

Con datos estadísticos, los casos confirmados de coronavirus, sobrepasan ya los tres millones. Si lo pensamos, son unos tres mil millones los que viven en condiciones de precariedad máxima, con cuanto implica. Con COVID-19 han muerto 212.000 personas. Busco los muertos por el hambre, según organismos internacionales: 24.000 al día. En los dos últimos meses que llevamos sufriendo de cerca la pandemia, habrán sucumbido por hambre 1.440.000 seres humanos, el 75% de ellos niños. Pero estas cifras nunca nos sirvieron, no para estremecer a la mayoría. La mente humana funciona así.

Pero los enfermos, muertos, atribulados sin fin, no son datos estadísticos, son personas. Por eso se comprende a la Consejera de la Junta de Castilla y León que rompió a llorar, después de más de dos horas explicando las medidas de las últimas semanas. Verónica Casado, médica de familia, se quebró al recordar a los sanitarios fallecidos y a lo mucho sufrido por los ciudadanos.

Me cuesta más entender cómo aguantan en pie Pedro Sánchez o Pablo Iglesias. Son las dianas elegidas por la jauría política y mediática -dentro de un gobierno que intenta salvaguardar los derechos de los más vulnerables- y disparan sin tregua y sin reparar en armas. Les contaré que me preguntaron desde un periódico argentino la causa de la dureza de la oposición en España. Y cuesta mucho explicar nuestra historia en unos minutos. Hasta Suecia llegan los ecos de esa feroz derecha que está dando la nota en Europa en momentos tan críticos. “Aquí, en Suecia, en Dinamarca, estamos unidos para afrontar la crisis”, dicen. Portugal es modelo ejemplar con una oposición que piensa en primer lugar en los portugueses.

No parecen ser los ciudadanos la preocupación de la mochila facha española, de sus poderes en la sombra, sus políticos y sus medios e informadores. Es evidente que las continuas zancadillas hacen más costoso el trabajo del Gobierno. Y no debe ser nada cómodo enfrentarse cada día a titulares, fotos y portadas miserables que distan mucho de ser la crítica justa que compete al periodismo.

Como periodista, más de calle que de silla, mucho de afuera y mucho de dentro, durante décadas, he visto grandes desgracias y no pocos triunfos. Nunca me acostumbré. Ahora, la realidad traumática nos rodea como un manto de enorme presencia.. y peso. Y si fuera a elegir entre el cúmulo de penas que nos cercan cuál es la más repulsiva, optaría por los depredadores que husmean entre el dolor para beneficiarse. Porque esa parte no debería venir en el paquete de una pandemia terrible. Eso nos llega “a los españoles de bien” –los de bien somos los humanos- como un extra.

Lo primero que he leído esta mañana ha sido que los servicios sociales de Madrid están desbordados y dependiendo de voluntarios y donaciones para dar de comer. De comer, insisto. Hace pocos días se refería el aumento exponencial de personas que acuden a comedores sociales y bancos de alimentos. Luego, los datos de la EPA (Encuesta de Población Activa) revelan que 285.600 personas han salido de las listas de empleo. Y piensas en autónomos parados y en mil consecuencias que acarrea la pandemia. Y ves que llaman “la paguita” a una renta mínima para necesidades vitales. Y que, entre otros, Díaz-Ayuso la rechaza porque “puede crear dependencia del Estado”, tras haber vivido y estar viviendo ella a la sopa boba del Estado con enjundiosos picatostes. O los obispos de la jerarquía católica española, a los que tampoco les gusta. Los ERTE y prohibir los despidos durante el estado de alarma al menos, fueron una buena idea, saldada con votos en contra de la derecha, críticas y aspavientos.

Cada día pasamos pues por distintos estados de ánimo. Pendientes de los enfermos que se tiran cuatro y cinco semanas hospitalizados, luchando hora tras hora “con el bicho”. “El bicho es muy malo”, dicen. Y lees los síntomas que temes ver en otros seres queridos. Terribles. Esta crónica que no sé ni cómo calificar, informa de unos cuantos que no teníamos registrados en los miedos. Y, sí, ya han muerto casi 24.000 personas en España con coronavirus.

Y cuesta entender esas llamadas a la rebelión y “romper las normas del confinamiento que lanza la derecha mediática, hasta manipulando fotos de portada. Verán, hay una diferencia abismal entre necesitar salir, por salud integral, cumpliendo los requisitos de prevención, y tomar la calle por montera. Las sociedades con solera democrática no necesitan policía para cumplirlos. Algunos gobiernos aconsejan más que prohíben.

Te preguntas cómo pueden dormir por la noche, Pablo, Cayetana, José Mª, Felipe, Anas y Rosas, Susanas y Carlos y tantos otros, si no les despierta su propia imagen descarnada en la verdad de sí mismos. Los ultra-ultras que están ya en otra dimensión como de las tinieblas. Y la masa criada a la sombra de todos ellos y lanzada al odio y la irracionalidad. Las ventanas que aplauden abiertas y hacen sonar los cencerros detrás del alféizar, en una extrema paradoja de la irracionalidad. Lo ha mandado Vox, incluso dejarse de agradecimientos e ir a lo que importa: contra el Gobierno. El objetivo primario es aumentar la zozobra social. No, esto tampoco pasa con tal intensidad al menos en países con mayor tradición democrática.

Y así, del largo catálogo de las emociones, las estamos experimentando casi todas acumuladas en días o en horas. Angustia, esperanza, tristeza, ternura, ira, indignación, temor, inquietud, desasosiego, confianza al menos en algunos puntos sólidos que permanecen, en el calor de los afectos.

Y los logros. Porque también están quienes salen adelante. Y quienes nos ayudan a hacerlo a todos con su entrega, su esfuerzo, su vocación, su dignidad. Con alto coste a veces. Enorme.

La experiencia nos demuestra que las personas tienden a olvidar los malos momentos. Los grandes shocks traumáticos cuestan bastante más. Y este puede ser uno de ellos. Algunas metas ayudan, quizás. Contribuir a que esta sociedad salga del bache con las ideas más claras sobre lo que de verdad importa. Desbaratar con la razón las maniobras de rapiña de los indeseables. Desenmascarar a los fantoches. O, solo y nada menos, salir a pasear y respirar el aire limpio que nos ha quedado. O pensar que un poco más allá llegará por fin ese abrazo pendiente con cuyo calor hasta lo más arduo parece fácil.

 

*Publicado en Eldiario.es

Salir de la madriguera

Muchos niños están manifestando miedo a salir a la calle, como se les permite a partir del domingo, por temor al coronavirus. Han sido seis semanas metidos en casa con la pandemia como tema principal. No es una buena noticia. Hay una diferencia radical entre la prudencia y el miedo, dos actitudes tan diferentes que una implica una posición de atención activa y la otra paraliza y aun retrae. La peligrosidad de la COVID-19 es un hecho. Aunque sujeto a variables como la obtención de una vacuna, el virus está en el mundo para quedarse por un largo período de tiempo. Lo ha advertido la OMS y se aprecia en síntomas claros: en algunos países que parecían haberlo controlado, se ha producido algún repunte.

Algunos expertos, como el economista José Moisés Martín, advierten que la política debería prever “dos años de distanciamiento social“. Sin duda, circunstancias diversas pueden alterar los plazos, pero, si el aislamiento va a ser prolongado, hay que planificar líneas muy claras de actuación. Prever alimento y forma de vida para millones de personas -para lo que parece inevitable retomar la actividad- y atender a los instrumentos que se cuidan de la salud, hoy en precario tras el desmantelamiento de las políticas neoliberales. La salud, integral. Según la definición de la OMS, “la salud es un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedad”. La enfermedad nos ha caído o nos cerca y es terrible, no debemos agravarla con otras carencias esenciales.

Salen los niños, con miedo algunos, como si lo hicieran de la madriguera y entra en desaliento un nutrido grupo de adultos al no ver vía inmediata de dejarla por unas horas. El ministro de sanidad ha dicho que “no hay previstas” nuevas medidas de alivio. No podemos vivir en la madriguera. Si convertimos la vida en algo que no merece la pena ser vivido, no hay mucho más que hablar. Y dentro de las necesidades y libertades de todos, han de ser valoradas las prioridades de cada uno. No es falta de realismo o de comprensión, ni insolidaridad. Urge que los mayores salgan. Los que quieran. Los que no tengan miedo. Y cuantas personas precisen, por salud, la movilidad. Bajo normas y atendiendo a la propia responsabilidad. Una hora al día siquiera, con todas las cautelas.

Los mayores, a no tardar. “Muchos de nosotros padecemos achaques para los que nuestros médicos nos han recomendado una o dos horas de paseo diario. Llevamos más de cinco semanas sin hacerlo, lo que me temo que pueda traducirse en un agravamiento serio de bastantes patologías”, escribía el periodista Javier Valenzuela. Como yo misma, a lo que tenemos miedo no es a salir a la calle protegidos, es a la corriente que busca confinar a los mayores de 60 o 65 años en adelante mucho más tiempo que al resto. Macron y Merkel se oponen, lean. No se puede añadir mucho más confinamiento, con cuanto implica, a la sensación que queda del aberrante balance de muertes en residencias de ancianos, en varios países, además de en España. Aquí, la Comunidad de Madrid ha registrado su absoluto récord insoportable. ¿Cómo se puede dar a personas en el último tramo de la vida el horizonte de quedarse en casa, resintiéndose a muy diferentes niveles, y viendo la calle desde la ventana?

Lo peor es que el coronavirus ha caído sobre una sociedad sujeta a una profunda tarea de infantilización y frivolidad que ha calado en sectores amplios y decisivos. Capaces de llevar al poder a gente como Bolsonaro, o Donald Trump, cuya última ocurrencia es que los enfermos se inyecten desinfectante para curarse del coronavirus. En EEUU se temía afrontar la pandemia con un presidente anticiencia. Los desinfectantes en vena pueden causar una masacre.

Nuevos ídolos plantean delirantes soluciones a los problemas. España, y medio mundo, acapara papel higiénico y luego alcohol y ajos. Acentúan el uso de amuletos rojigualdas colgados en ventanas y balcones. Votan a políticos como Pablo Casado o Díaz Ayuso o a sus correligionarios de la ultraderecha oficial, denuesto de la razón y hasta de la ética a la vista de sus declaraciones. Siguen prestando atención todavía a grandes símbolos de la decadencia moral de la política, jarrones chinos cuarteados que alzan sus voces autoritarias como desde el fondo de una caverna.

El coronavirus llegó a un escenario preexistente equivocado por completo para afrontar necesidades vitales como esta pandemia. Y, sin embargo, el descontento y la incertidumbre pueden cargar la culpa sobre el gobierno en ejercicio sin darse cuenta de quién recoge los frutos. En España, serían precisamente los principales causantes de las carencias previas quienes, sin el menor escrúpulo, procuran acentuar la angustia social para recoger esos amargos frutos. El desenlace sería el más ilógico.

Las más afamadas novelas y películas de ciencia ficción sobre el futuro, nos muestran el fin de la civilización que conocimos sustituida por estados de atroz degradación Las distopías del siglo XX se están cumpliendo desde hace tiempo. Han pervertido el significado de palabras como libertad, democracia o periodismo, en línea a lo anticipado por la neolengua de Orwell. Su Gran Hermano nos vigila hasta el pensamiento. Y la ignorancia habrá borrado su origen hasta creer que es solo un programa de televisión. Los epsilones de Aldous Huxley son hilos conductores de todas las patrañas que quieran difundir. Ya hay mandos de Gilead que usan la mentira para cambiar el orden mundial y oprimir en particular a las mujeres.

Resulta que “El Planeta de los Simios” no estaba en lejanas galaxias sino que se había edificado sobre el fracaso de la civilización humana, mientras el símbolo de la libertad yacía roto en una playa. El progreso sucumbió ante la fuerza oscura. No paro de recordar estos días, mirando por la ventana de cristales o las que se abren a los medios y a las redes sociales, “La Máquina del tiempo” de Herbert George Wells. Concretamente ese mundo del año 802.701 al que llega en su viaje un científico del siglo XIX. La vida aparente son los Eloi que habitan la superficie, sanos, guapos y tontos, juegan y se aman todo el día. En el subterráneo están los triunfadores de las crisis perpetuas: los Morlocks. En las noches sin luna, salen de cacería. Su alimento son los Eloi, que saben han de esconderse muertos de miedo cuando sus vecinos tienen hambre y que de vez en cuando caerá inexorablemente alguno.

Nuestra civilización se encuentra en el camino errático, sin duda. Puede salir de esta devastadora crisis con propósito de enmienda, de construir un mundo respirable y vivible para todos o puede caer en el abismo que previó la literatura a través de los indicios.

No, no es buena noticia que los niños tengan miedo a salir a la calle por el coronavirus. El sector timorato de la sociedad ha hecho una eficaz labor de adoctrinamiento. A veces, en las madrigueras acechan otros peligros. La vida hay que vivirla eligiendo cada paso entre beneficios y riesgos. Una sociedad adulta lo sabe. Déjennos seguir construyendo el futuro dure lo que dure. Y no mirando el mundo solo desde constreñidas ventanas durante todas las horas del día.

*Actualización.
Al final, algunos padres se lanzaron al asalto de las calles y los parques, poniendo en peligro la salida anunciada para el día 2 para hacer deporte o dar paseos los adultos, incluido los mayores.  La portada de ABC reflejaba el aplauso de esa irreponsabilidad, de “la libertad” de enfermar a otros, porque todo les vale para ver si así fastidian al gobierno.

Decidir en tiempos revueltos

Es un silencio denso, inaudito en las ciudades, que se rompe en aplausos una vez al día y, cada vez más, en gritos a toda hora. Un simple virus ha desbaratado a la sociedad mundial como nunca logró hacerlo, en profundidad y extensión, ningún arma premeditada. La verdad de nuestro mundo ha quedado desnuda frente al espejo. Esto no iba bien y se ha demostrado con creces, de la forma más brutal. La sociedad preexistente agudiza sus grandezas y miserias y se descompone por sus extremos más podridos. Es hora de grandes decisiones, en estado precario, para marcar la salida más airosa. Y el enemigo no cesa de poner zancadillas.

La pandemia ha infectado ya a más de dos millones y medio de personas en todo el mundo y ha matado a casi 172.000, en cifras que se incrementan por horas. Las de los fallecidos son apenas las únicas fiables en ese maremágnum de diferentes criterios de evaluación o de ocultaciones más o menos deliberadas. El mismo mapa hace un mes marca una diferencia espectacular, expresión gráfica de la envergadura de la enfermedad a la que nos enfrentamos. El coronavirus mata, y enferma, y destruye. Las víctimas se han incrementado por los colapsos de los sistemas sanitarios que, en buena parte desmantelados por el neoliberalismo, no estaban preparados para una pandemia. La destrucción vino como consecuencia.

Paralizar la actividad ha detenido, sin embargo, el avance de la enfermedad que hubiera sido todavía mayor, exponencialmente mayor. Pero se demuestra que es difícil vivir confinado. La suspensión de la actividad económica tiene ya consecuencias muy negativas y se prevén mayores. La cotización por debajo de cero, por primera vez en la historia, del barril de petróleo norteamericano o los 20$ del Brent, son un símbolo explícito de la parálisis. No hay espacio para almacenar el sobrante. La agricultura, entre tanto, no encuentra manos para recoger las cosechas porque todavía rige la misma ley de oferta y demanda. Un caos.

Añadan que no ha habido ni mascarillas, ni guantes, siquiera para protegerse porque tampoco se pensó en ello. Y que proveedores, básicamente chinos, han engañado a los gobiernos desde España a Portugal, desde Holanda a Francia. No enviando los pedidos, o mandando productos defectuosos, también en los test. Ha habido pirateo de materiales, robados en el tránsito, y la puja en los aeropuertos del que paga más por lo ya contratado por otros. La América grande de Trump lo ha hecho, según se ha informado. Éste es el precioso mundo que tenemos. A conservar, según quieren sus beneficiarios.

La pandemia de coronavirus no es una guerra, pero sí lo son algunas de sus reacciones. Asistimos a presiones, con individuos armados, para que se reanude la actividad. En Brasil y Estados Unidos, países en los que los botarates violentos están perfectamente representados por sus gobiernos. No así el resto. Apavorados, dicen en portugués brasileño, en una palabra enormemente descriptiva. Con motivo.

Aquí, en España, el silencio se rompe por los graznidos de los cuervos que salen a aprovecharse de la pandemia. Por los que aporrean su ira indiscriminada contra una cazuela o los que intentan aplacar su miedo con amuletos como banderas e himnos patrióticos. Todos del mismo sector. También los hay, demasiados, que solo esperan a ver por dónde escampa. Muy tocados por el dolor y la desesperanza.

El gobierno de España tiene que adoptar drásticas decisiones. Ya ha obrado en favor de los más vulnerables, como otros europeos incluso conservadores. Arrostrando los ataques de quienes defienden tirar del carro como estaba sin importar los daños que produzca. Pero le falta reparar errores y frenar las agresiones que vienen disfrazadas hasta de democracia.

El Gobierno ha de proveer de elementos de protección sanitaria. Inexcusablemente. Ya. En particular, al personal sanitario que acumula un 15% de los contagios. Sanidad dice haber repartido 53 millones de mascarillas estos últimos días. Y ha fijado el precio de cada una de ellas en un máximo de 0,96 euros. Y debe exigir a las comunidades autónomas que reabran y refuercen la atención primaria. Los datos confirman que dolencias graves han quedado desatendidas al verse desplazadas por el coronavirus, y esa falta de medios que conocemos.

Se ha de abordar con valentía y prudencia el desconfinamiento. Calibrar pros y contras. Los niños necesitan respirar. En pocas horas, el gobierno ha rectificado y permite salir a los menores de 14 años a pasear, no a acompañar a  un adulto en sus tareas como dijo a mediodía. Los ancianos también necesitan moverse –circulación, respiratorio, digestivo, huesos, lo hacen al caminar- como indispensable fuente de vida. Ya ha habido demasiados muertos en esa franja de edad, insoportablemente demasiados. A todas las edades se precisa oxígeno y movimiento. En tramos de horas, si se quiere. Por itinerarios precisos. La decisión es en extremo difícil, porque el coronavirus –sí- mata, enferma y destruye. Pero seguro que se puede compaginar y convendría ir haciéndolo ya.

Necesitamos salir a la calle y en libertad. Hemos visto, en vídeos, represiones policiales impropias a personas tratadas como delincuentes por vulnerar el confinamiento. No son admisibles ni tal número de multas, ni su cuantía. El Ministro Grande-Marlaska debería escuchar a quien le dice que esa política de represión es de otros tiempos y debe cambiarse, con él o sin él. En resumen: controles a la libertad individual obligados, lo mínimo ni aun en aras de la salud. Delitos, ni uno.

Los bulos existen. La directriz de Interior que ha generado enorme alboroto era errónea aunque probablemente mal esbozada porque el problema es otro. Lo que ocurre es que todo bulo es inadmisible, venga de donde venga y vaya contra quien vaya. La desviación ética que se está imponiendo los cuela como libertad de expresión y para nada lo es. Si se pueden considerar delitos, como dicen los juristas no contaminados, hay que ponerles freno drástico. Los bulos y la desinformación son armas de guerra contra la sociedad.

La derecha española está detrás. Esa maldita mochila facha que lastra secularmente nuestro progreso. Política sucia, indisimulados voceros mediáticos, y esos poderes en la sombra del dinero avaro, las sotanas y las togas. Acabe el Gobierno, con ayuda de los instrumentos legítimos de los que dispone, con el runrún del golpe. Y la sociedad decente deje de prestar a oídos a los agitadores, esos jubilados de la ética curtidos en la soberbia y el odio.

Entiendan de una vez qué busca el Partido Popular de Casado y su fraternal socio ultraderechista al completo. Y que Arrimadas no tiene reciclaje posible. Solo una sociedad desmemoriada y muy poco exigente permitiría la desfachatez de un PP que pretende dar lecciones, habiendo sido quien, con su  “Ley 15/97 de nuevas formas de gestión, fue la raíz más fuerte del deterioro de la sanidad pública”, como recuerda Angels Martínez Castells, aprobada eso sí con un amplio consenso. Dejen de hacerles el juego medios y periodistas si de verdad buscan el derecho a la información de los ciudadanos. Extremen el criterio periodístico en los medios dignos. Deben dar noticias, no cuotas de partidos y propaganda sin contrastar.

Si hay una guerra es ésta. Aquí y fuera, la que pone el sacar tajada por encima de todo, hasta del dolor de una pandemia. Son los que están provocando una continua ansiedad a una ciudadanía golpeada. Por ellos se soporta peor el confinamiento y se ve más negro el futuro. Actúen contra sus delitos, si así los considera la justicia.

La vida no será igual en el futuro, no debe serlo de hecho. Busquemos equilibrios. El aire está más limpio, llenemos los pulmones con él. Desbrocemos la maleza de la vida pública. Porque una cosa son las ideas, y otra esta ignominia perversa que siembra angustia donde ya hay demasiada. Que no llegara a ser -en el peor de los casos- el último sonido la pachanga de los vecinos horteras, ni el berrear miserable de sus cazuelas,  sino los aplausos a los que nos sostienen; ni la última mirada, las insidias de los desestabilizadores. Déjennos respirar. Nos lo deben.

 

El coronavirus nos deja con el esqueleto al aire

La COVID-19 nos ha embestido con las defensas bajas como país, un mal endémico de España. Han sido décadas, siglos tal vez, de pensar más en lemas y emblemas que en contenidos, más en el “Viva España” de corte populista que en el “Viva el progreso”.  Y cuando apenas arrancaba un proyecto de cambios innovadores, nos detiene –esperemos que transitoriamente- un golpe fatal que se lleva vidas, trabajos, y muchos de los avances conseguidos. Por primera vez, la Transición Ecológica contaba hasta con una vicepresidencia en el Gobierno. Lo primero es achicar el agua, atajar en cuanto sea posible los daños sufridos. Si nos dejan.

Porque el coronavirus nos ha alcanzado al tiempo que sufríamos un brote virulento de esa vieja afección social que es la derecha española cuando se lanza a sacar provecho de cualquier zanja abierta, una pandemia atroz incluida. Inmisericordemente irreciclable por su persistente impunidad. La historia atestigua la labor de freno que han representado tradicionalmente esos poderes conservadores. Desde la Edad Media incluso, poniendo siempre por delante coronas, reliquias, inciensos y sacristía al impulso de la sociedad. Los imperios conquistados y perdidos, los tesoros volatilizados, mientras se daba al pueblo hambre e ignorancia. Acallando, de continuo, las voces innovadoras, pioneras en la búsqueda de desarrollo y libertades. Hasta allí y más allá habría que ir para entendernos. Recordemos aquella frase hecha que dice que en España los gobiernos progresistas se cuentan por poco más que bienios y los conservadores, por décadas ominosas y aún centurias.

Y, sin embargo, siempre hay alguien que intenta sacar a España de esa trayectoria, preso de una especie de amor por lo que uno es y no le permiten terminar de ser.  Tenemos desde Joaquín Costa y los Regeneracionistas a cuantos lo intentaron antes y después. Antonio Machado lo resumió como nadie con su teoría de las Dos Españas.  Porque suele aparecer también con angustiosa frecuencia quienes ansían cortar las alas a todo inicio de vuelto alto y a cualquier precio. Y en ello parece que andamos ahora a tenor de la brutal oposición que se desparrama en medios como avanzadilla y en el propio Congreso de los Diputados. Gente muy curtida se quedó horrorizada al oír las aberraciones que allí se dijeron en la sesión de control al Gobierno. Todas las técnicas goebbelianas funcionan así. Ofende la dignidad humana lo que estamos viendo en un momento tan grave. Mucha gente decente está sobrecogida tanto o más por ese virus maldito que por el coronavirus. Es muy preocupante que cabezas tan abotargadas, tan trastabilladas como se muestran, hayan llegado al Parlamento para ser la viva representación de varios millones de españoles.

Las previsiones del FMI para la España azotada como todo el mundo por la pandemia del coronavirus, son particularmente negativas. Es cierto que el Fondo Monetario Internacional tiene a gala equivocarse en sus pronósticos, pero los análisis nos sitúan ante una trágica realidad: España tiene en el turismo y en los servicios su principal fuente económica. Y justo es lo que más queda dañado con un virus tan contagioso. Mil, doscientas mil veces, se ha dicho que no se podía cifrar todo en el turismo. Pero a la mentalidad conservadora en los gobiernos le resultaba más cómodo. Permítanme que les recuerde, como anécdota, que la máxima aspiración del Ayuntamiento de Madrid, hoy tan loado, era construir la Noria gigante más grande de Europa, empeño personal de la vicealcaldesa Villacís hace poco más de un mes. Por cierto, el 4 de marzo, cuatro días antes del tan refregado 8 de marzo.

La realidad nos sitúa ante un país con carencias estructurales serias. El tejido industrial de España fue escaso desde el principio, a diferencia de Alemania, por ejemplo. Y aún quedó más mermado por la reconversión industrial de los 80 y 90. Nuestra economía sigue siendo de base más vulnerable que otras. Tenemos dependencia energética, además. Añadan las privatizaciones o la corrupción. Más adelante las eufemísticamente llamadas “deslocalizaciones”: llevar el empleo a los países donde sus trabajadores cobran menos. Y eso que los sueldos españoles fueron constantemente “los más bajos de la Europa (de los 15) con Grecia y Portugal”. La inversión social en España –lo que ellos llaman gasto- también estuvo siempre por debajo de la media europea. Las prioridades de las élites españolas estaban y están muy claras.

El turismo nos dio la vida, menos mal. El turismo y los servicios acaparan las principales aportaciones al PIB español. Y la construcción, en segundo lugar, para albergarlo y hacernos sentir propietarios, aunque durante todos los años de ingresar la cuota fueran los bancos, los auténticos dueños ¿van recordando? Porque España, con el amparo de sus gobiernos, decidió apostar por la vivienda como objeto de especulación en lugar de como bien social (al contrario de otros países como los nórdicos o Alemania). Y eso se paga. En dinero, también. Nueve millones de hogares se financiaron con hipotecas desde aquel fatídico 1998 -cuando el decreto de Aznar y Rato abrió la veda de la burbuja inmobiliaria- hasta 2007 -cuando explotó-. Hay veces que los errores vitales se arrastran y punto, pero ante una pandemia que lo ataca todo, nos quedamos en el esqueleto. Y no se pueden ocultar.

 Y para colmo, la crisis de 2008, la de la tijera implacable porque nos dijeron ¿recuerdan? que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Nuestras posibilidades de mantenerlos a cuerpo de rey. Van recordando, ¿verdad? Llegan los recortes. Los inició Rodríguez Zapatero en aquel furibundo ataque de la austeridad impartida por la Troika. Rajoy se dio un festín con ellos. Los implementó nada más llegar al Gobierno. De las ciencia e investigación a la dependencia. El gran tijeretazo de 10.000 millones en Sanidad y Educación, anunciado mediante una nota de prensa sin más, no vino solo. Ambos departamentos acababan de sufrir mermas en los primeros PGE. En los de 2013, fue Sanidad el que registró mayor rebaja: un 22,6 % más. Y así siguieron porque en 2017, el gobierno de Rajoy consiguió el mínimo histórico de inversión en Sanidad: un 5,8%, la primera vez que bajó del 6%. Zapatero en 2011 lo había dejado en el 6,47%. Las CCAA hicieron su propia labor, la CAM en particular. ¿Sabían que la sanidad es la tercera gran fuente de ingresos del PIB español? Contando la pública y la privada.

Todo esto ha pesado enormemente en los destrozos causados por el coronavirus. Una de las principales causas de muerte ha sido la escasez de recursos. También para, ante la saturación por la avalancha, poder atender otras dolencias graves desplazadas por la pandemia. A modo de ejemplo, Madrid se quedó con 500 camas de UCI para 6 millones de personas.

Es curioso que desde Luis de Guindos, hoy vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), a destacados banqueros de la Reserva Federal de los EEUU, pidan una Renta Mínima de supervivencia o “mantener a todos, hogares y empresas, enteros con el apoyo del gobierno“, y que la Renta Vital -la que llaman #paguita- que va a aprobarse aquí reciba críticas tan mezquinas. La ley del embudo es otra peculiaridad de ese sector.

No deja de ser sino un somero esquema. Además, hemos ido recuperándonos, prosperando incluso, por el impulso de mentes bastante más abiertas –hasta de los que tuvieron que irse fuera “por la crisis”-. Nunca del todo, ni mucho menos todos. El bache social se ahondó, los ricos se hicieron más ricos y los pobres, más pobres. Ahora pasaría igual de mandar la derecha. Pero los tiempos cambian y hoy muchos ciudadanos viven y quieren vivir en el siglo XXI. Entendiendo qué nos pasaba y qué queríamos. Por encima de una propaganda infernal llegada por todos los altavoces de esa derecha que lastró a la España que tanto dicen querer y defender. Por eso se eligió una mayoría de progreso en las urnas, por cinco convocatorias consecutivas, que no ha dejado de recibir ataques.

Y llega el coronavirus y nos da de lleno con todos esos huecos en la despensa, con los cimientos resentidos a causa de cuantos chupan de ellos sin pensar en el resto. ¿Cómo creen que con esos antecedentes, lo bien que les ha ido y su falta de escrúpulos, se lo van a perder? Lo peor es ese despliegue de insidias sin pensar ni en los enfermos ¿les han oído lo que piden y preguntan en el Congreso la derecha y la ultraderecha? Produce tal sonrojo que lo hace irrepetible.

En estos días terribles de lluvia y llanto, de encierro, de futuros nublados, de alegrías también nacidas de luchas y esfuerzos de quienes empiezan a levantar cabeza, debemos tomar decisiones trascendentales. No permitan que el virus de esta derecha les perturbe más de lo que ya estamos. Coloquen las soflamas en el contenedor marrón de las soflamas y piensen en cuestiones esenciales. ¿Vamos a dejar, como tanto buscan y presionan, que gestionen nuestro dolor, nuestro presente y futuro como suelen y ya es la marca de la casa? Ojalá contáramos con una derecha española homologable, pero no la tenemos. De momento, vamos a ver si levantan el pie de los cuellos, doblemente angustiados por la virulenta explosión de mentiras y odio, lanzada sobre los ciudadanos. Prueben a zafarse por cualquier método.

Lo tenemos crudo pero si hay algo diáfano y rotundo es que el camino a seguir es el radicalmente opuesto. No más remiendos. La reconstrucción ha de implicar cambios fundamentales que nos doten de raíces sólidas de progreso. No se puede volver a lo mismo.

 

*Publicado en Eldiarioes

Tras el coronavirus ¿fascismo o Estado social?

Prestemos atención primero a unos datos. Casi dos millones de contagiados y 121.000 muertos. Apenas tres meses después de que la OMS comunicara la existencia de una “neumonía de causas desconocidas” en la ciudad china de Wuhan, los balances se van precisando. Hace un mes, tan solo, el 10 de marzo, todavía eran 114.000 los casos y 4.000 los fallecidos en todo el mundo. Desde entonces el coronavirus despegó en crecimiento exponencial y arrastró pilares esenciales de la convivencia.

Cierre de fronteras, confinamiento, paralización de la actividad, sin futuro concreto de un tratamiento curativo no hacía falta ser un experto para saber que el mundo se disponía a entrar en una recesión económica sin precedentes. Temporal, en principio. El FMI le ha puesto cifras y nombre –sin ellos no podemos vivir-: El Gran Cierre. España es uno de los países más afectados con una caída del 8% del PIB, que se reduciría a la mitad en 2021, y una subida del paro hasta el 20,8%, según las estimaciones. Recordemos que con la crisis de 2008 –ésta se quedó únicamente en fecha- subimos al 27%. Ahora toca atender a lo que se cuece bajo todos estos datos tremendos. Y estar alerta, como nunca lo estuvimos antes, por cuanto se juega en este envite.

La batalla se libra cada día, palabra a palabra, plano a plano, bulo a bulo, razón a razón. Sobre la incertidumbre, la angustia, el dolor, la muerte e incluso la esperanza. No es una cuestión de ideología académica, son concepciones de la vida diferentes, opuestas, que se palpan en el transcurrir de la humanidad. Hoy, con la pandemia del coronavirus, se han agudizado. Lo cierto es que, conmocionados por un brutal choque, volvemos –porque no es la primera vez- a estar extremadamente vulnerables para ser usados. Aunque, también mucho más conscientes de lo que ocurre, por qué, y qué es lo que realmente importa.

Estamos sobrecogidos por un mazazo imprevisto. De nuevo expuestos a “la doctrina del shock”. La que se practicó de la mano de Milton Friedman, el padre de la escuela neoliberal de Chicago, quien argumentaba que “solo una crisis –real o así percibida- puede producir un auténtico cambio”. La investigadora canadiense Naomi Klein lo explicó en su memorable libro del mismo título que, publicado en 2007, anticiparía lo que estaba próximo a suceder en el gran crack económico de 2008. Esas crisis de las que hablaba Friedman producirían los efectos deseados si se orientaban en la forma debida para aprovecharse de la fragilidad social ante una catástrofe. Y lo había corroborado.

Vivimos uno de los momentos más críticos de la historia, con una mezcla de factores que exige tomar decisiones. Porque cada paso que demos hoy irá en una dirección u otra, marcando un camino que tardará en revertirse y condicionará nuestra vida. “Nos enfrentamos a elegir entre vigilancia totalitaria y empoderamiento ciudadano“, escribía hace unos días también Yuval Harari (el acreditado autor de Sapiens). Porque los nuevos fascismos tiene diferentes versiones y matices.

España vive ese fascismo tosco y corrupto tradicional. Aunque utilizando todas las redes de la propaganda actual y un cuantioso presupuesto. Recordemos el millón de euros que la fundación de Abascal ingresó en 10 años en una cuenta opaca, o la financiación iraní admitida por ellos al ser publicada. Vox ha fagocitado a un PP sumido en la deriva por Pablo Casado y Cayetana Álvarez de Toledo. Con aspiraciones de poder a cualquier precio, esta derecha extrema practica una oposición delirante cargada de bulos y agresiones. Tiene su público. Uno, capaz de engullir este paquete y hasta las barbaridades de algunos de sus miembros como decir que el Gobierno de Pedro Sánchez ha practicado la “eutanasia” en las residencias de ancianos. Ese pozo negro de gestión a cargo o supervisión precisamente de ellos, de la tripe derecha en gobiernos como la Comunidad de Madrid, con el aterrador balance de miles de ancianos muertos. No se puede ser más perverso. Hasta llegar a preguntarnos, como hacía el escritor Suso de Toro, de dónde procede esta gente, los líderes y –añado- sus seguidores para llegar a estos extremos denigrantes. El problema es que la crisis sanitaria y económica existe y con estos especímenes poniendo zancadillas va a ser doblemente duro. Y no hay derecho.

El coronavirus ha “sorprendido” en el poder a una serie de dirigentes de corte similar a nuestros ultras. Bolsonaro anda enloquecido por las calles de Brasil abrazando a sus seguidores y todos ellos sin medida de protección alguna, mientras militares están empezando a tomar el control en su lugar. La presidenta golpista de Bolivia deja la curación en manos de Dios. En Chile, el presidente Piñera declara –pueden oírlo– que ha incluido en la lista de pacientes “recuperados” a los fallecidos porque “ya no contagian”. El colmo está más arriba, en Estados Unidos, donde Donald Trump anda absolutamente noqueado.

Se había acabado previamente la cooperación internacional. La crisis del coronavirus ha demostrado muchas cosas, entre ellas el fracaso de los nacionalismos proteccionistas del tipo que impulsaba Estados Unidos como primera potencia. Y verán en este amplio y excelente artículo de eldiario.es lo que ahora se dilucida: “quién se hará con el liderazgo del mundo posterior al virus, China o Estados Unidos”. Patrick Wintour, editor diplomático de The Guardian, concluye que la batalla la está ganando Oriente: “estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur, de mentalidad autoritaria derivada de su tradición cultural basada en el confucionismo. Sus habitantes son menos dados a la rebelión y más obedientes que en Europa”.

La tendencia autoritaria ya se advierte en las medidas de control social impuestas en muchos otros países, en principio por la enfermedad. En todo el mundo, pocos se salvan.Google y Apple ya tienen organizado un seguimiento telemático… del coronavirus. Perdiendo privacidad. La doctrina del shock, presunta seguridad a cambio de libertades. Son compañías norteamericanas. Probablemente, sin Trump que es ya un estorbo para todo, no se haría China con esa hegemonía y tienen mucho poder. A estos niveles se está moviendo el mundo. Lo seguro es que Europa pierde como tal, incrementa la deriva a la que la ha llevado una UE inoperante que sigue sin admitir lo que el club formado le exige en momentos como éste.

Por países va siendo distinto. Portugal está dando una lección impagable de cooperación y democracia entre sus fuerzas políticas. Y lo cierto es que hasta Macron en Francia o Merkel en Alemania ponen ya en valor el papel del Estado desde ideologías conservadoras. El Gobierno español lo intenta, con esa fuerte oposición que conocemos, que parece influir en alguna medida menos decidida que otras países. Una renta básica o similar ya se ha implantado fuera, hasta con gobiernos de la derecha, mientras aquí la que proponía Unidas Podemos no ha salido adelante en el Consejo de Ministros. De cualquier modo, los decretos del Gobierno han sido en ayuda de los más perjudicados. El de Conte en Italia también lo ha hecho. Y ha desactivado, según leo, al fascista Salvini, lo que no se consigue aquí. Quizás por el apoyo mediático que tiene la ultraderecha –toda la derecha- o las peculiaridades de un sector de la sociedad española.

Confinados en casa, acechados por temores de supervivencia en la salud y en la pobreza, vamos viendo cuán necesario era contar con un Sistema de Sanidad Publica fuerte que el neoliberalismo hegemónico desde 1989 desmanteló. Resulta que nuestra salud era un negocio. Se ha constatado ahora, en algunos países en sus propias carnes, que curar enfermedades “caras” no está al alcance de los salarios de cualquiera. También se tocó la educación –y con más hondo alcance ideológico- y otros servicios públicos. Las carencias en los sistemas sanitarios han sido decisivas en el abordaje de la pandemia. Lo vistan como lo vistan, es la realidad.

De repente, millones de personas han caído en la cuenta de que los profesionales más necesarios son los especialistas en todas las ramas de la medicina, en cuidados y protección, en servicios elementales. Algunas de las profesiones menos valoradas y peor pagadas han pasado a ser imprescindibles. De repente, los héroes son los sanitarios, productores de alimentos, transportistas, empleados de supermercado y toda la lista que se ha hecho visible en su esfuerzo, y no los famosos varios, ni todos los especializados en predecir el pasado. Desde luego, no los bufones de medio pelo al servicio del más de lo mismo, que sobresalen en el periodismo que ha hecho de todo un espectáculo.

Puede ocurrir, sin duda, un regreso al timo de 2008. Es la situación más similar por el destrozo económico. Superado el primer susto por el desastre económico al que la crisis del capitalismo había llevado al mundo, los líderes mundiales formaron el G20 ampliando el G8 para buscar soluciones. “Vamos a refundar el capitalismo”, dijo Sarkozy desde Francia. “Ha llegado el principio del fin de los paraísos fiscales”, anunció Zapatero con su sempiterna buena voluntad. Luego lo pensaron mejor, particularmente Merkel y Sarkozy, y decidieron que mejor se las compusiera cada uno como pudiera y que era hora de usar la tijera con los ciudadanos para que fuéramos nosotros, los ciudadanos, quiénes pagáramos sus facturas.

Volver a lo mismo no sería exactamente al punto de hace dos meses siquiera, sería con mayores controles y más perdida de libertad. Es otra de las fases de la Doctrina del shock. Mucha gente lo acepta sin saber que tampoco gana seguridad. Recuerden el 11S, hubo un espectacular aumento del militarismo y de leyes represivas. Y, fíjense, casualmente y por el contrario, fue el auténtico despegue del terrorismo.

Pocas veces ha estado más claro en nuestras vidas el camino a tomar, el signo del camino a tomar, al menos. Debemos ocuparnos de lo que constituye nuestra vida. El capitalismo feroz es un fracaso, constatado hasta por el escaso equipamiento del que disponía para afrontar algo como un virus. Con las transacciones financieras no se combate la enfermedad. Ni se vive sin respirar aire limpio. Ni con las incertidumbres que estamos padeciendo. Es una sociedad para los ciudadanos lo que se precisa, donde pagar impuestos –recabados y distribuidos con justicia- sirva para cubrir las necesidades esenciales. Y no para subvencionar parásitos que terminan yendo en contra de ese bien común. Ni para dejar el Estado limitado a las fuerzas de seguridad como preconiza la ultraderecha, con el fin de que a su mando controlen las protestas.

Nos queda un largo camino por recorrer y es una carrera de fondo. Que sea hacia un futuro mejor, que el dolor padecido nos sirva para llevarnos a la luz depende en buena medida de nuestras decisiones de hoy. Es posible pero hay muchos dedicados a impedirlo en provecho de su propio negocio. Y una cantidad relativa, pero muy ruidosa y agresiva de mastuerzos, dispuestos a seguirles hasta el abismo. Es labor nuestra no permitírselo. No hay equidistancia posible para la escoria que puede desbaratar el futuro. Hay que reconstruir lo derruido y levantarlo sólido y firme.

 

*Publicado en Eldiarioes

Todo se para menos la estulticia, menos la grandeza

El 26 de abril. O más. Parados, en una carrera cuya meta se aleja una y otra vez. El coronavirus nos ha encerrado en casa. Ha dejado las calles básicamente vacías con aisladas muestras de actividad. Ha interpuesto un velo artificial entre el oxígeno del aire y nuestros pulmones. Llenado de colas y guantes las tiendas para comprar alimentos. Cerrado los parques con vallas y cintas. No es fácil convivir con ese silencio opaco que se rompe en algunos momentos y no siempre para bien Ni con la incertidumbre de una enfermedad desconocida sin tratamiento concluyente. Ni con las incógnitas que de ello se derivan. El abrumador número de datos que cada día nos llenan con estadísticas y porcentajes, tomados según criterios diversos, apenas nos permiten saber que los infectados, curados y muertos son todos los que están, pero que no están todos los que son. Y que la pandemia de coronavirus permanece muy viva. Aun así, este lunes 13 abril las actividades no esenciales vuelven al trabajo.

  Y, a la vez, seguimos confinados. Parados, enclaustrados, en pisos amplios o de apenas cuatro paredes. En la calle o en chalets de lujo en la andaluza Marbella o en Valdáliga, Cantabria. En hospitales para curarse y para curar. En lo que no es un hogar, encerradas muchas mujeres con sus maltratadores. En el hueco de una ausencia que ya no se cubrirá. En el rectángulo marcado en el suelo de un aparcamiento (véase Nevada, en Estados Unidos). En los campos de refugiados con media docena de grifos para miles de personas. Hay pueblos, como en Sudáfrica, que hasta agradecen el canal torcido por el que les ha llegado el agua corriente que siempre necesitaron.

El confinamiento ha ralentizado los contagios, la curva se aplana. Y es positivo. Aunque no basta por sí solo. La solución está en la ciencia, en las vacunas y tratamientos eficaces, en la inmunización lograda por los contagiados que hayan creado anticuerpos para servir de escudo al virus. Porque Wuhan, el foco de la pandemia, se abre y viaja ya tras 76 días de haber echado el cierre a la ciudad. Los miras, en este reportaje de Mavi Doñate de TVE, y ves que son ciudadanos en libertad condicional de alguna manera. El camino es largo y aún queda mucho por andar.

Sería más llevadero contando con certidumbres que permitan avanzar sobre terreno firme. Nunca fue seguro caminar sin saber el suelo que se pisa. Sin conocerlo palmo a palmo, hasta con sus socavones encubiertos, aunque no siempre es posible. Conocemos al coronavirus en sus líneas básicas. Lo que podemos esperar y lo que no, según se actúe. Volver a la calle implicaría un repunte de la enfermedad. Alargar en el tiempo, sus consecuencias negativas. La OMS teme un “rebrote mortal” si se levanta el confinamiento demasiado rápido. Pero, siendo realistas, el confinamiento total tiene un elevado coste, psicológico y en el vivir de cada día hacia proyectos personales. Hay que dejar muy claras las opciones y las decisiones.

El trabajo, la forma de vida, los ingresos de hoy y de mañana son un tema esencial para borrar los nubarrones. Precisamos o tener actividad productiva o un respaldo económico provisional. O una mezcla de ambos. Las medidas del Gobierno en ese sentido ayudan a una buena parte de la población. Seguro que hay sectores a donde no llega la luz, si vemos esas calles con las persianas echadas, o ventanas más arriba aguardando encargos. La ultraderecha y derecha neoliberal opta por mandar a trabajar caiga quien caiga y considera un dispendio los subsidios o medidas de apoyo a los trabajadores y pequeños autónomos. Ana Patricia Botín, presidenta del Banco de Santander, dictamina que “hay que planificar la vuelta al trabajo cuanto antes de jóvenes e inmunizados y generar crecimiento económico que impulsará nuestro negocio”.

No se ve igual salir a la calle y al riesgo desde un chalet en la costa que desde el hogar que no puede pagar facturas. Muchos en los trabajos esenciales ya han seguido a pie de obra todo el tiempo, no sin costo. EEUU va por los 16.5 millones de parados a un ritmo creciente por días, que además se quedan sin seguro médico en un daño para sí y para el resto al que pueden contagiar. A falta de Eurobonos, la ayuda que la UE ha arbitrado finalmente de 540.000 millones de euros sacada con fórceps será útil aquí, en lo que toque para España. Aunque puede venir con contrapartida sin definir aún. Nada peor que la inseguridad para mirar al futuro y, aunque no puedan darse todas las certezas que se precisan, al menos algunas en las que apoyarse, sí se necesitan.

La disyuntiva es tan dura que duele.  Dudo que podamos vivir por largo tiempo en el silencio y la mascarilla. En los aplausos de la noche que ya tapan los gritos de la música estentórea y algún batir de cacerola fascista. Igual es que no se termina de ver en el coronavirus una pandemia terrible que ha enfermado a la sociedad de muchas formas, sobre todo a los que tenían patologías “sociales” previas.

El periodismo y los propios lectores deberían evitar, de una vez, irse por las ramas de la realidad y acudir directamente al tronco. Las astracanadas de políticos y famosos de medio pelo, de tan alto consumo, forman una maraña que enturbia la visión de lo fundamental. Si lo añadimos a la sobreabundancia de datos, la ciudadanía puede llegar a perderse. Importan los hechos esenciales, los acuerdos y las tendencias que marcan o entorpecen el camino. Y es imprescindible estar muy atentos a quienes deliberadamente obstaculizan la claridad y las soluciones.

Esta sociedad tiene graves patologías previas, como digo. Una derecha fascistoide sin escrúpulo alguno, como grave problema de convivencia. Lo mismo, aunque en menor medida, que Italia y Francia con los fascistas Salvini y Le Pen. Son los tres países que sufren la lacra de esa “oposición” descarnada e interesada. Aunque allí numerosos ciudadanos les plantan cara. El doble inconveniente en España son las personas infectadas con el mismo virus, añejo en muchos casos. Y los poderes que se sirven de todo ello, con gran actividad en el sector mediático.

Todo se para, menos ellos. Ya avisaron. El 3 de enero, cuando quedaban apenas unos días para formar el gobierno progresista, Casado y Álvarez de Toledo mandaron a la sociedad prácticamente a una sublevación en las calles. Porque no aceptaban el resultado democrático. La pandemia de coronavirus con todos los daños que ha traído les ha servido de más munición al tener a tanta gente con las defensas emocionales bajas.

El 3 de enero nuestra vida era completamente distinta a hoy. El futuro se podía planificar con los pasos y certidumbres que ahora han quedado en suspenso. Seguro que habrá otro mañana y se reconstruirá gran parte de lo derruido. Y de bases nuevas que se alumbran. Si nos dejan. Si queremos que nos dejen. Los que puedan.

Tampoco se detienen quienes buscan soluciones. Difíciles, complejas. En la salud, los ingresos, el futuro. En las heridas de la sociedad. Equilibren al límite cada paso, aunque sea esquivando zancadillas. Igual ayuda caminar a dos a metro y medio. Abrir una vía en los parques. Dar aire a los niños y a los más abrumados. Todo sería más fácil si se pudiera apelar al espíritu cívico pero, aunque lo hay y con toda la grandeza, también convivimos con piedras de estulticia y maldad incrustadas en el camino.

Los daños invisibles

Como cabe la remota posibilidad de que los desestabilizadores den una tregua durante estos días de Semana Santa, les propongo prestar atención a las emociones. A ese torbellino desatado por una enfermedad devastadora que se extiende por el mundo. Desde la pérdida y la muerte a la pasión por vivir, pasando por la soledad, los miedos, la solidaridad, el cansancio; desamparos y consuelos, en fin. Reconocerlos, siempre ayuda.

Las noticias nos traían hoy un aumento espectacular de los fallecimientos en España. Desde el 17 de marzo al 4 de abril, que viene a coincidir con una época dura del coronavirus, pero también con el estado de alarma para frenarlo y otros factores a tener en cuenta. Los propios expertos piden tiempo para relacionar si este enorme repunte de la mortalidad está relacionado directamente con la pandemia o no. El caso es que la mortandad ha aumentado un 47% como media sobre los últimos años, pero en las dos Castillas anda entre el 155% y casi el 200% más.

Aunque no solo ellos, han caído sobre todo los mayores de 75 años, seguidos de los de 65 en adelante. La sanidad pública está haciendo un esfuerzo sobrehumano a través de sus profesionales, que supla las carencias a las que le sometió la tijera del PP, pero la mayor parte de los esfuerzos van dedicados a atender la gravedad de la pandemia. En Madrid, Díaz Ayuso ha cerrado 46 centros de atención primaria, un sector esencial como remarcan en su protesta los propios profesionales. La España vaciada también debe sufrir esas mermas por lo que ya arrastraba.

Son datos pero falta evaluar actitudes. Estamos viviendo la salud de una forma muy distinta. Probablemente, ya no se va al médico salvo para casos graves. Y las enfermedades no han desaparecido, menos aún las crónicas. Algunas se habrán agravado por la menor actividad física y la ansiedad. Me cuenta una enferma de cáncer que le han suspendido temporalmente las sesiones de quimioterapia.

Para los más ancianos ha tenido que ser un golpe tremendo lo ocurrido en las residencias: las muertes y el abandono. La sensación que se ha transmitido desde los altos pilares de la economía neoliberal es que sobran por improductivos. No hay recursos si hemos de atender primero al lucro e incluso a la codicia. Todos estamos implicados en ese orden inhumano. A cualquier edad. Como seres humanos con sensibilidad y como posibles víctimas. De los que siguen considerando la “economía” un objetivo prioritario sobre las personas y las medidas sociales, un perjuicio para el desarrollo. Ahí estamos los sujetos a sus designios evidenciados ya tan caducos frente a la realidad: un sistema público fuerte afronta mucho mejor impactos como una pandemia que el sálvese quien pueda.

Vayamos más allá. Dudo si no habrá muchas personas que sientan como abusar o distraer recursos requerir atención médica si no es coronavirus lo que padecen. Neurología sí ha notado un descenso de un tercio en los ingresos por ictus. Lo que sí sé con seguridad es el miedo que tienen los padres de contagiar a los hijos y los hijos a los padres (y no digamos ya los abuelos), porque ocurre hasta estando asintomáticos.

Veo cómo la soledad y los temores van quebrando la fortaleza de muchas personas inmensamente fuertes. Con seres queridos enfermos, o por el propio miedo a caer también. Sé que el confinamiento es muy duro –quizás para unas personas más que para otras– y que a veces una opresión en el pecho, un estornudo, se disipan hablando, contándolo, sacándolo, porque no precisaban otro tratamiento. Ocurre con más frecuencia de lo que cada uno cree, menos quizás a las hienas.

Y la incertidumbre del futuro. El trabajo, el medio y la forma de vida, qué acabará y qué permanecerá. Y quién triunfará en la lucha que se libra en el mundo: más codicia y más fascismo, o por fin un equilibrio social. La realidad es palmaria pero el miedo y la inseguridad enturbian el juicio.

Vivimos sensaciones intensas que se agolpan unas sobre otras y ese desconcierto está siendo aprovechado en España por aves de rapiña. Para desestabilizar al Gobierno de coalición y sacar tajada. Ni siquiera la estupidez justificaría un aval semejante. Hablamos de la vileza de usar la conmoción de una sociedad para dar un golpe, con todas las comillas que quieran ponerles.

Por eso, cada bulo que se propaga hiere a la decencia social. Cada golpe en la cacerola –afortunadamente escasos- aporrea la sensibilidad democrática. Y cada aullido de las hienas, la lógica. Y todo acentúa la angustia. Esa ultraderecha que enfrenta a la convivencia con alevosía en las provocaciones que anda soltando sin cesar, constituye el peligro que pretende ser. No por su inconsistente realidad, sino porque ha impregnado a una derecha torpe y sin escrúpulos, y a unos poderes en la sombra que siguen incitando cambios precisos desde algunos medios. Sufrimos hasta de indignación e ira por tanta felonía.

La solidaridad que se ha desplegado es, por el contrario, un soporte que nos mantiene y la mejor baza para asentar el futuro. Tanto más útil, cuanto se dote de un análisis claro, altura de miras, y madurez. Es importante la madurez para abordar problemas de envergadura. Con las emociones solas se tiende a ciertas reacciones pueriles, desplegadas en balcones o en los vídeos de autoayuda. Mejor, bases racionales. Mejor, conocer la situación real palmo a palmo, cómo es para bien y para mal. No hace falta estar cantando y bailando todo el tiempo, ni con los niños. No desestimen el poder de una explicación con argumentos realistas.

Sufrimos de daños invisibles más allá de los que impone el coronavirus y su tratamiento que no son pocos precisamente. Estamos preocupados, tenemos miedo, inquietud por la falta de certidumbres que, si todo futuro trae, el que viene llega doblemente cargado. Nos agobiamos, claro que sí; y luego respiramos hondo. Decaemos, nos levantamos, alguien nos da una mano, nosotros la ofrecemos también. Hasta el día que se aclaren las incógnitas y acordemos cómo vamos a seguir. Porque eso es esencial preverlo.

 

*Publicado en eldiarioes

Luis Eduardo Aute: la coherencia, el arte, el amor y la vida

Ser como Luis Eduardo Aute se inventó en el Renacimiento, cuando la razón y la creación salían con rabia y fuerza a vencer la ruina oscurantista de la Edad Media.  Como aquellos creadores, este filipino afincado de toda la vida en España, supo templar con tiento todas las disciplinas. Músico completo –compositor, letrista y cantante–, pintor, escultor y cineasta. Y, además, comprometido, innovador y humano en toda la profundidad de la palabra. Un mito para una generación ansiosa de libertad tras aquella noche tan larga que venía con hambre atrasada. Sumidos en una pandemia, confinados en nuestras casas, muere Aute en Madrid a los 76 años, aunque un brutal infarto hace casi cuatro años le dejó muy afectado.

Luis Eduardo Aute patentó la barba de tres días, la imagen de un hombre nuevo, sensible y moderno, ya desde aquellos años setenta en los que íbamos a cambiar el mundo. Un proyecto colectivo que soñaba con llevar la imaginación al poder, ser realistas pidiendo lo imposible hasta clamar que se “prohibiera prohibir”. Como la mayoría, terminó entendiendo que “bajo los adoquines no había arena de playa”. Pero no se rindió. Aute frecuentó la bohemia y la lucha antifranquista y siempre fue coherente y defensor de los derechos humanos. Acudió a toda convocatoria que requiriera una presencia comprometida. Le encontré hasta cantando en “el metro”, en un escenario de la estación de Príncipe Pío de Madrid. No recuerdo qué tocaba defender aquella noche. Dejó para la historia el gran himno de libertad y democracia que constituye “Al alba”.

Conocemos a Luis Eduardo Aute como músico y cantautor pero abarcaba muchas más facetas. Pintor notable de vibrante colorido, redondas formas sexuales, miradas profundas y desgarradas. Con la pintura se dio a conocer en España. Su primera exposición en nuestro país fue en Madrid en 1960, cuando solo tenía 17 años.

Más adelante empezó a rodar cortometrajes, a menudo con los amigos, que culminarían con una obra maestra en el 2001 llamada “Un perro llamado dolor”. Un largometraje dibujado plano a plano y animado en digital 2 y 3 D por su autor, que le llevó más de cuatro años realizar. A través de siete historias, Aute reinterpretaba las relaciones de pintores con sus modelos. Goya, Duchamp, Sorolla, Romero de Torres, Frida Kahlo, Rivera, Dalí y Velázquez y el perro como hilo conductor. “A León Trostski lo mató Diego Rivera en un ataque de celos al encontrarlo en la cama con Frida mientras Sergei Einsenstein lo filmaba desde la ventana”, dice uno de los capítulos. En el largometraje, Aute incluyó a una mujer, a Frida. La enorme pintora mexicana llamaba “Dolor” a sus perros para ahuyentarlos y domesticarlos como le hubiera gustado hacer, y de hecho hacía, con los suyos propios.

A la música, llegó más tarde. Quizás se puso a cantar para difundir sus poemas –es autor de varios libros de poesía y literatura–. Lo cierto es que la música de Aute acompañó nuestra vida. Y como le ocurre a Joan Manuel Serrat, algunas de sus canciones por sí solas justifican una carrera. Las niñas solitarias queríamos tener una cita con un chico a las “cuatro y diez” para ver ‘Al Este del Edén’. Esa película y no otra, porque se trataba de besarle, de dar y recibir el primer beso, mientras James Dean, el díscolo e incomprendido, el rebelde con causa, tiraba piedras a una casa blanca.

Mucho después nos mandó a desnudarnos de prejuicios, arrojando vestidos, flores… y trampas. Mientras él y todos los ellos hacían lo mismo. Y a apurar cada grano de arena, sintiendo ruido de brasas en las venas, “recorriendo las espumas hasta el fin del Universo, donde nace el Universo, cuando estalla el Universo”. Y olvidar “de alguna manera” –si se podía–, y volver a pasar por si la vieja ventana ofrecía rescoldos. Asegurarnos de no estar solos al alba de la muerte y la injusticia.

A lo largo de los años numerosos periodistas conocimos el chalé de Aute, en la Fuente del Berro, enfrente de TVE, del Pirulí. Una casa de gusto exquisito y vivido. Biblioteca elegida, sin nada dejado al azar. Dos ambientes de sofá en el salón, siempre alguien que entraba y salía. No solía faltar Maruchi, su mujer, y casi siempre había una pareja o dos de amigos. Aparecían y desaparecían los hijos. Los dos perros venían a saludar. Abajo, los distintos estudios de trabajo para pintar, escribir y componer. Luis Eduardo solía mostrar una calma sin impaciencias ni siquiera en el montaje de los equipos de televisión que en el muy cuidado Informe Semanal de TVE se llevaban un buen rato. Su casa era como él.

Le entrevisté muchas veces. Hasta para un libro de varios personajes en una charla mucho más relajada. De ahí he extraído varios de los datos y recuerdos. En la conversación le pregunté por una canción que a mí me parecía paradigmática en la que podía venir la conclusión de las canciones que empezaron a las cuatro y diez. En su texto dice: “Quiero que me digas, amor, que no todo fue naufragar por haber creído que amar era el verbo más bello. Dímelo, me va la vida en ello”.

–Me eduqué con ese concepto de que amar era el verbo más bello, se trataba de eso, de amar, no de competir, no de odiar, no de matar, no de mentir. Por lo menos la gente de mi generación se educó con los deseos o los ideales de construir una sociedad en la que hubiera solidaridad y generosidad y hubiera amor, y ahora es todo lo contrario– respondió. Aquella canción, como tantas otras, la hicieron suya otros intérpretes. Silvio, con el que tantas veces cantó, por ejemplo.

Luis Eduardo Aute se va de este mundo en uno de sus momentos más complejos. Cuando apenas se puede despedir a los seres queridos con el funeral y sosiego que se precisa en esos momentos. Creo que supo vivir. Y como somos la historia de lo que absorbemos, él fue un prodigio que bebió de la literatura, de la historia del arte, de sus propios cuadros y de todos los demás, del cine que retrata la realidad y la recrea, de la música que hila con armonía, del amor y del sexo, de los seres humanos, de la vida. Y sin duda hizo mucho mejor la vida de quienes disfrutamos de cuanto creaba.

 

*Publicado en eldiarioes

 

Y con la pesada mochila facha

Un millón de personas infectadas y 55.000 muertas con coronavirus en todo el mundo. Una región china inició esa senda que ha ido invadiendo países y sociedades enteras. Unos antes, otros después; con distintas bases para afrontarlo, con actitudes diversas. Es hora de ver en los otros y nosotros el largo y tortuoso camino que nos queda por recorrer, aprender de las respuestas y reacciones, de las gentes. De lo positivo y negativo que cabe esperar. España sufre la terrible desgracia añadida de tener que andar cargando la pesada mochila “facha”. Ese eufemismo casi dulce que esconde involución, codicia, corrupción, ineficacia, malas artes y una total falta de escrúpulos.

Solo en España se ha visto, al menos con tanta intensidad, a ese sector que agrupa básicamente a la derecha política y mediática al servicio de algunos poderes económicos y fácticos, lanzado a la yugular del Gobierno para tumbarlo y sustituirlo por uno de su conveniencia. Sin reparar en qué más arrasan. Su ofensiva ha agudizado la angustia y el miedo de una ciudadanía que en líneas generales se está comportando con una admirable madurez y comprensión. Las manadas de hienas son contundentes, aunque minoría, y están empezando a perder la batalla ante la sensatez de tantas personas que entienden lo que ocurre. El fracaso absoluto de la última cacerolada contra el Gobierno fue un índice notable.

Una vez que se empezó a comprobar la virulencia del coronavirus se fueron demostrando varias tesis:

–Nadie estaba preparado para un ataque así.

–Faltaban medios en un mundo dirigido por políticas a corto plazo y priorizando el lucro económico sobre el bienestar de las personas.

–El Sistema de Sanidad Publico ha sido determinante en la evolución de la enfermedad, para bien y para mal. España lo había debilitado bajo mandato del PP, a pesar de las protestas de los profesionales en la Marea Blanca. En los países que apenas existe, se vive un desastre

–La gran disyuntiva ha sido y es paralizar la actividad para detener los contagios o continuarla aunque ocasione más víctimas humanas. La economía, primero. Economy, First.

–Las consecuencias sobre la economía son dramáticas, sí. Previsiblemente, temporales. Un tejido social sólido, con los derechos de los trabajadores protegidos marcaría grandes diferencias. En España también lo habían debilitado las Reformas Laborales.

–La auténtica salida pasa por la investigación científica. Se trabaja intensamente en tratamientos y vacunas. España cuenta, porque la ciencia española es puntal, a pesar de los hachazos sufridos. A modo de ejemplo, el gobierno de Rajoy recortó un 26.38% el presupuesto de ciencia e investigación, dejándolo en 6.320 millones de euros en 2012. Al año siguiente, otro 6.3% , para bajar a 5.926 millones, y en el 2014 preelectoral lo subió un 3,26% y dejarlo en 6.140 millones. Son datos de ReaccionaDos (Aguilar, 2014)

Controlar el coronavirus precisa, además de los tratamientos, la suficiente inmunización de la parte de la sociedad que ha vencido al virus, desde asintomáticos a graves, que servirá de escudo. Y es cuestión de tiempo y de operar con los menores daños posibles.

Estados Unidos –adonde emergió más tarde la pandemia– avanza a un ritmo acelerado de contagios y ya acredita más de 200.000 casos. Fueron, de la mano de Trump, adalides del Economy, first. Como el Reino Unido de Johnson o el Brasil de Bolsonaro. El grito de la derecha española y todo el bloque de la mochila facha contra el gobierno es por haber priorizado la protección de los trabajadores y los más vulnerables del Sistema. Echan chispas.

Esto es durísimo. Estamos viendo cadáveres por las calles de Guayaquil del Ecuador desprotegido de servicios sociales y dirigido por un visionario. Chile y otros países latinoamericanos no tienen una sanidad pública digna de tal nombre. Fueron los laboratorios de la Escuela de Chicago neoliberal desde el Golpe de Pinochet en los 70, y así siguieron muchos de ellos.

El confinamiento funciona aunque tiene consecuencias. Va creciendo la ansiedad si no se racionaliza. Se agudiza la soledad de quienes viven solos. Y el temor a salir a la calle o al mismo ascensor de los contagios. Se nota el huir del otro como si todos fueran apestados. En Italia se han ido extinguiendo hasta los cantos de los balcones. Y empiezan a aislar, ¡atención!, a los vecinos que trabajan en la sanidad. También está ocurriendo en India. País del que se muestran imágenes de personas fumigadas con chorros desinfectantes en el suelo. Pasa el tiempo y las reacciones van derivando. Mucho cuidado. En Portugal, los ciudadanos se apuntaron por propia iniciativa a prevenirse antes de que lo hiciera el gobierno y las desviaciones no reciben ni multas, ni represión policial alguna como aquí. Con esto sí que hay que acabar en España, con algunas cargas improcedentes. Quizás hay demasiado justicieros de balcón que lo reclaman. Igual que en Italia, casualmente.

Ante una catástrofe como la de esta intensa pandemia, ayuda contar con gobiernos que piensen en los ciudadanos. Canadá pagará 1.300 euros mensuales a quienes hayan perdido su empleo por el coronavirus durante cuatro meses y Japón, 300.000 yenes (algo más de 2,500 euros) de una vez a los hogares más afectados. Ambos con gobiernos liberal conservadores. España se ha volcado en medidas de apoyo. El PP pide más… para las empresas. Como explicaba José Sanclemente, al final “esto no lo pagamos entre todos”: los fondos de inversión o los que eluden al fisco en paraísos fiscales contribuirán en menor medida. Y aun así se quejan.

En España a toda la angustia inevitable del temor a la enfermedad y sus consecuencias económicas, se añade la desalmada tarea de la mochila facha por sembrar el camino de minas, provocar indignación y acrecentar el dolor. Es mucho ya. Estamos viendo convertido en fardo el cuerpo que deja la única vida que tenemos y llevado en un furgón a las morgues de hielo que un día sirvieron para deslizarse en alegría. Ocurre en ciudades saturadas, como Madrid. O ese trato a los ancianos, desahuciados en la aglomeración, desde los sectores despiadados de la economía pragmática en varios países. Añadir incertidumbres por intereses propios resulta de tan ruin, deleznable. Lo que está haciendo la extrema derecha española, que ya es toda la derecha, es inhumano, denigrante, bestial.

Es irracional cargar con semejantes culpas al Gobierno, hasta querellas, si miramos alrededor y vemos lo que ocurre en el resto del mundo. Y es doblemente absurdo pensar que puede solucionar las consecuencias de esta crisis la extrema derecha o la derecha neoliberal que está en el origen de muchas carencias. Hasta los más tibios analistas serios –eso sí, los serios– ven herido de muerte al capitalismo salvaje. Aunque también ahora intentarán mantenerlo como sea. Lo mismo que en la crisis de 2008.

El brazo mediático está siendo sonrojante para quienes sentimos el derecho a la información de los ciudadanos. Se han desplegado a fondo. Desde el osado alarde de los pasquines de ultraderecha –que involucran al rey en un cambio de gobierno que no le compete–, a las portadas infames que machacan a diario como cualquier díade ABC y similares. Hasta llegar a más sutiles o elegantes peticiones de ese gobierno de concentración con el que sueña el poder que nos carga con su mochila.

De análisis editorial de #Covid19,
De análisis editorial de #Covid19,

La idea es –se deduce– que se “concentren” el PSOE de los buenos chicos y chicas, sin nadie díscolo, con el PP que tiene derecho a un trato que ahora Sánchez no le dispensa. Ayer mismo, el partido de Pablo Casado, a quien como siempre parecen preferir de vicepresidente en lugar de Pablo Iglesias, se adscribió a la ultraderecha fascistoide. Se negó a apartar del PPE a Viktor Orban que ha acabado con la democracia en Hungría, como sí hicieron otros 13 partidos de su grupo. Cuesta creer que un PP, con un dirigente que cada día evidencia cuál es su calidad humana, demostrable en la oposición que practica, sea bien visto para ese papel. Los españoles votaron a partidos progresistas con conciencia social y no encaja cambiar su voluntad, en defensa de no se sabe qué intereses.

No lo conseguirán, a menos que la sociedad española se lance a ese abismo de las hienas que terminan sobrepasando todos los límites. Al punto de inventarse bulos que distribuyen profusamente en las redes para crear crispación. No es tan fácil a pesar de la insistente campaña. Si se pueden sacar conclusiones positivas de esta desgracia, vemos que en estos días tan duros hemos estrechado lazos con personas a las que queremos, algunos han comprendido por fin qué es lo que importa. Los niños españoles y los que se comportan como tales han aprendido el valor de la responsabilidad, que no todo es un cuento de hadas y que de los problemas graves se sale mejor con colaboración, esfuerzo y honestidad. Hasta entendemos mejor la muerte y tenemos mas ganas de vivir que nunca.

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