Espías

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Hay un supramundo que parece existir al margen de la ley y que se infiltra, con más intensidad de la que creemos, entre los cimientos básicos que nos sustentan. Un ejército -muchos ejércitos-, paralelo y en la sombra que, sin embargo, está dando muestras de desintegración. Por lo peor que –para sí mismo- puede mostrar el espionaje: la notoriedad. (Y nada edificante).

Me despedí anoche con harto dolor de Stieg Larsson que no escribirá más. Tres libros para -con lenguaje de imán- denunciar disfunciones y corrupciones de esta “hermosa” sociedad que hemos formado. El último va directo a la yugular de los servicios secretos, la llamada –nunca he sabido por qué- Inteligencia. Hasta desliza la sospecha de que fuera este servicio –una cápsula, por supuesto- el autor del nunca aclarado asesinato del primer ministro socialdemócrata Olof Palme en 1986.

Los espías se enseñorean de las noticias estos días. Los datos privados del Jefe de los espías británicos, publicados en Facebook por su esposa. Expedientes olvidados, chapuza sin fin. España no se queda atrás. La máxima autoridad, Alberto Saínz, pillada en ostentosos gastos privados a cargo del departamento, pero denunciado –a un medio informativo- por su personal. Saínz que pretende hacer purga y expulsar a 60 de sus subordinados. Estimable cifra que no habla precisamente bien del funcionamiento de los servicios secretos españoles.

En un ámbito más privado o semiprivado –sin emplear la excusa de la seguridad nacional-, Berlusconi espía al G8, el magnate de la prensa Murdoch a políticos y famosos. La dictadura cubana utilizando la acusación de espionaje como argumento de purga. Corren los espías por la Comunidad de Madrid en litigios de partido, denunciados también desde dentro de sus filas. El tesorero acusado del PP, arrampla con papeles comprometedores hurtados.

Y la película hecha realidad: el infecto Cheney, de la infecta etapa Bush, oculta un plan antiterrorista al Congreso para capturar y matar a supuestos miembros de Al Qaeda, sin juicio ni nada que se le parezca.

La airada tesis de Larsson es que el espionaje –de altos vuelos y de andar por casa- puede terminar por vivir al margen de la ley y sin control, algo que no puede permitir un sistema democrático. Es una de las tantas excepciones que socavan la enferma estructura de nuestra sociedad.

Mirar, escuchar, trampear, para hacer presión, chantaje y daño. En el que algunos de mis lectores –por lo que he visto- llaman mi mundo utópico -que sí busca, al menos, la claridad-, sería uno de los principales males a erradicar. Termitas imperceptibles, cada vez más chapuceras, más impunes, que comen el caballo de Troya al que nos han trasladado a vivir, pero a es a nosotros, a la sociedad, a quienes piensan asaltarnos.

La culpabilidad de los indiferentes

Lloraba, vulnerable por sus largos años de secuestro, Ingrid Betancourt -con el premio Príncipe de Asturias en las manos-, al reflexionar, sobre cómo los alemanes fueron capaces de dejar ir a los asesinos encañonando a sus víctimas. Todos ellos formaban parte de una mayoría amorfa, que nunca se mueve y consiente todos los atropellos, porque nunca quiso significarse. La componen seres humanos, pacíficos –se denominan a sí mismos-, incluso “apolíticos”, tendencia que se define como “me importa un bledo lo que le pase al conjunto de la sociedad”. Gentes que no quieren enterarse de que fue cierto que “un día vinieron a por mí y ya no había nadie”, como avisó Bertolt Brecht ante el genocidio nazi.

Alguna vez, alguien reacciona colectivamente. Desde el Fuenteovejuna español a la sublevación contra la tiranía de los franceses, pasando por todas las revoluciones y resistencias. publicitadas o ignoradas, que han poblado y pueblan nuestro injusto mundo.  Denunciar, una tarea peligrosa, dice hoy El País. El riesgo de denunciar, titula otra noticia, casualmente al lado. Ése parece ser el problema: tomar partido implica peligros, incluso el de quedarse sin opción de saborear toda la tarta, y no la parte escogida. Pero esa actitud entraña, en mi opinión, una mayor amenaza: perder la dignidad.

 Y daños a otros. Un día, no hace tanto, algunos trataron de impedir que una niña de 14 años fuese lapidada en Somalia, y tras ser violada para mayor oprobio. Si se hubiera levantado toda la concurrencia, la cría estaría viva. No lo está. El arrojo es un bien escaso.

La pasividad se enseñorea del mundo consumista, nos han aleccionado, a conciencia, para hacernos sumisos y poco o nada comprometidos. Guerras, hambre, desplazados, niños y adultos que mueren en las pantallas de los televisores, mientras miramos para otro lado… ricos objetos de consumo que nos consuelan, cuentas sin pagar en el primer mundo, trampas, demagogia interesada, inyecciones de dinero a los causantes del cataclismo financiero, todo nos toca. Pero… “deprime leer los periódicos, o ver y escuchar cualquier informativo, es más cómodo no hacer nada”, dicen.

Todo se gesta desde un ámbito mucho más cercano. Conflictos en los que una discreta postura -no mojarse, no opinar, ocultarse, no preguntar, ni querer saber, negarse a analizar, a valorar los datos-, garantiza una buena colocación, cuando, al solventarse los problemas, haya un ganador. O cerrar los ojos, porque, sí, es más cómodo. Inicialmente, porque ahí se empieza a perder la primera batalla contra los enemigos de la justicia y la ética.

Acabo de leer que Telemadrid ha empezado a cobrar la información. La televisión regional ha creado «Ciudades por Madrid”, una fórmula en la que los Ayuntamientos se ven obligados a pagar para poder tener presencia en su programación. 30.000 euros le ha costado a Alcobendas, ahora en manos del PP, que los programas estrella de Telemadrid como «Alto y Claro» -sencillamente abominable-, «Madrid Opina» o «Madrid Directo» se emitieran desde esta localidad. 40.000 ha pagado al ayuntamiento de Móstoles para que su alcalde, también del PP, participara como colaborador en el programa de Curry Valenzuela. La denuncia la ha hecho el PSOE y Telemadrid no lo desmiente. Lo argumenta así: “no se obliga a pagar a ningún Ayuntamiento, sino que se les permite la opción de publicitarse por si quieren aprovechar la ocasión”. ¿Y cómo se habla de una ciudad que ha pagado? ¿Objetivamente o pensando que el cliente siempre tiene razón? Es el fin de la información. Y el último episodio… por el momento.

   Llueven trajes y coches de lujo regalados a cambio de prebendas, asquerosas manipulaciones, corrupciones, conchabeos, privatizaciones de la sanidad, la educación, y hasta del agua que bebemos… una interminable lista de impunidades que hemos engullido. Hace años escribí un “manual para tragar sapos”. Les hacemos ascos al principio, pero con sal, pimienta y limón terminan entrando. Hasta los digerimos y preparamos el estómago para que no sufra tanto la próxima vez.

Cada día me convenzo más de que los indiferentes, los cautos, ¿los cobardes?, son los culpables de la situación en la que vivimos, desde la planta del edificio en el que residimos al mundo que hemos creado, pasando por todos los estadios intermedios. Unas risas, una ironía, un autojustificarse, una crítica «equidistante», siempre hay consuelo para el tibio que evita los jardines, la realidad y el compromiso.

Atentos a la burbuja turística

El turismo ha descendido en España y se prevé que lo siga haciendo. Lo anticipaba en mi libro: España ha dejado de ser el paraíso encantador que conocieron. En su lugar tenemos playas enladrilladas de cemento en construcción anárquica, precios desorbitados, mal servicio -en algunos casos de no profesionales- y malas caras. Me habían comentado algunos extranjeros especialmente ese punto, la poca amabilidad en el trato en contraste con el pasado: «Parece que te perdonan la vida».

Berlín me ha sorprendido, después de varios años sin visitarlo, por lo asequible que es cenar fuera en coquetos restaurantes, no de lujo extremo. Estoy hablando de un sólo plato –enorme- que viene con todos los acompañamientos. Y, en concreto, de un cordero en un restaurante turco, una parrillada de carne a la brasa otro día, una exquisita caldeirada portuguesa o un servicio de delicatessen alemanas frías, desde quesos a embutidos con ensalada –de tal tamaño que en España tomaríamos cuatro personas-. Con cerveza y sin postre, sale entre 16 y 20 euros comensal. No cobran el pan. Y estoy hablando de zonas caras, las hay más baratas. Mesa con mantel y velas, ni una palabra más alta que otra en el salón o la terraza (salvo cuando el grupo es numeroso y han tomado demasiada cerveza). Y servicio extremadamente atento. Tardan en traerlo, los platos los hacen al momento, sin recalentarlos.

  Al margen de comparaciones, el problema de España es que hemos matado la gallina de los huevos de oro, o la hemos enfermado seriamente. Los monumentos -y la alegría y espontaneidad españolas también- seguirán atrayendo imperecederamente. Nadie dejará de ir a Toledo, Santiago, Barcelona, Madrid, Córdoba y todo lo que vosotros queráis en esa línea. Pero, para vacaciones de playa o descanso, en Túnez o Punta Cana ofrecen lo que antes ofertaba España. Mejores precios que en casa, belleza sin alterar por la atroz especulación inmobiliaria, y buen trato.

Cuando uno cae en pendiente, dispone de la posibilidad de parar y remontar. Hay que ponerse a la tarea. Fuente esencial de nuestra economía, tampoco nos podemos permitir perder sus puestos de trabajo.

Impuestos: que todo siga igual

Si no leo, oigo y veo mal desde Berlín, el PSOE ha retirado un acuerdo por el que se proponía elevar los impuestos a los más ricos. Argumenta que IU no le garantiza su apoyo en los presupuestos. ¿Y qué? ¿Entendemos que, por tanto. pagamos una trifulca política todos… menos los ricos?

Lo hemos comentado varias veces. Con los sueldos más bajos de la Europa anterior a la ampliación, a excepción de Grecia y Portugal, con una alegre subida de la inflación desde la entrada del euro que nos equipara casi en precios a los más ricos, el 34% de media de impuestos no es poca cosa. Lo peor es que el tramo entre el más y el menos es más corto que en otros países y deja con el 42% a las rentas más elevadas, cuando en Dinamarca u Holanda, en Suecia también –dentro de Europa- pagan el 60%, los demás no. Y en Grecia, por ejemplo, cuyo pico alto está a la par que el nuestro, las rentas bajas no llegan a pagar el 10% de sus ingresos.

Primero quitaron el impuesto de patrimonio, ahora renuncian a subir los impuestos a los ricos. CIU se oponía. Atentos, CIU se oponía, no lo olviden sus votantes con temor a perder el empleo. De igual modo que ya han confesado todos los partidos conservadores que son partidarios de “la reforma laboral”: despido barato y bajada de sueldos. Recuérdenlo también con la papeleta en la mano. La precariedad de acuerdos parlamentarios del PSOE nos está saliendo muy cara.

Ayer, con toda emoción, regresé al puente de Bolrnholmer, donde hace 2 décadas asistí a la apertura del Muro de Berlín. Bien abierto para insuflar libertad. Pero allí empezó a morir también la izquierda. El capitalismo dueño y señor de nuestros destinos. Pero a la ciudadanía de otros países les pilló mejor preparados y con las espaldas más cubiertas.

Tomando tierra en Berlín

21 grados a mediodía, dormir con edredón. He venido a respirar Europa más cerca de su corazón y tratar de reencontrar escenarios y personas que tanto me impactaron hace dos décadas cuando cayó el muro de Berlín ante mis ojos. Para bien y para mal, cuesta encontrarlos. La piqueta ha trabajado lo suyo. No en todos los casos. Las casas derruidas junto a la pesada frontera, que no podían ser habitadas por razones obvias, se han convertido en un precioso barrio de vanguardia, tiendas pijas de diseño y pequeños restaurantes. El Mitte, la mitad. Es una recuperación altamente simbólica. Pero aún persiste la división entre Este y Oeste en la mentalidad.

Alexander Platz, la joya de Berlín Oriental parece más pequeña que el recuerdo. No he llegado aún mucho más lejos. Espero hacerlo hoy.

Mi alojamiento en el Oeste me permitió ayer escuchar a muchos españoles que están en visita turística. Con mi metro ochenta y el pelo rubio paso por alemana. Un grupo de matrimonios daba limosna, muy convencidos ellos, para reconstruir la vieja iglesia de la Paz (protestante) que fue símbolo occidental de la guerra. En realidad es para mantener abierto el monumento. Señoras maduras salen –también en grupo numeroso- cargadas de bolsas con compras pero diciendo: “España es mucho mejor” –palabra-. Y “¡Qué caro!”.

Los precios de todo oscilan por zonas, pero en efecto son superiores a España. Aunque vi mi famoso patrón oro de la cesta de la compra –tomates- a 1,99 euros. Hermosisimos. Eran polacos. Ahora tenemos mucha más competencia.

De cualquier forma los alemanes cobran el doble que nosotros y sus precios no se han duplicado, ni mucho menos. Leo que el Sr. Trichet, que reside en Francfort, tiene la osadía de pedir regulación de los sueldos españoles y despido aún más libre. Las obras de Berlín Oriental las hacen ciudadanos del Este europeo, no alemanes, como en casi todas partes. Es que siempre ha habido clases ¿no? Nosotros estamos en la de cobrar la mitad.

Orange no me dio el servicio contratado y he estado sin Internet. No me dio nada, ni un minuto de conexión. Espero que no lo cobre. Y, ahora, con otro, no consigo colgar las fotos. Pero todo puede esperar. Menos Berlín. Hoy tengo pogramados grandes choques con la nostalgia.

¿Qué era lo que había que cambiar?

Mi reciente viaje a Roses, y prácticamente todos los muchos anteriores a lo largo de mi vida –personal y profesional-, indican que añoro paraísos lejanos porque la realidad que vivo no me gusta. Me empecino en proyectos de cambio a todos los niveles, pero la verdad es tozuda: resido en una ciudad enferma, de un país mediocre y cargado de defectos que nunca solucionará porque los ignora, o, al menos, los esconde debajo de la alfombra para que no los vean las visitas.

Personalismos, divismos, mentiras, trapicheos, afanes personales de lucro, camarillas entre iguales, destruyen los proyectos. Un país que vota a corruptos, que intensifica su apoyo por creencias, pasiones y ausencia de razones, que confiesa los pecados en la intimidad y cree redimirse en las urnas, al margen de la ley, sufre serios problemas estructurales. Y bastaría con referirme –a la espera del resultado de procesos más recientes- al 71% de los alcaldes reelegidos tras ingresar en la cárcel, acusados de corrupción, entre vítores y aplausos.

País de la corrupción -que la tolera, la alienta y la envidia-, la chapuza y el trabajo mal hecho, de la hipocresía y la mala educación. De la impunidad sobre todo. En ningún país serio se hubiera tolerado la manipulación interesado de los atentados de Madrid o el uso político del terrorismo. Aquí se les compran periódicos y se les vota. En este país hay gente maravillosa, pero también mala gente, sin paliativos. Educados en el católico disimulo –en ningún país, ni en Italia, tiene tal poder la Iglesia de Roma-, crece, eso, la mala gente.

La educación como origen. Nuestra lectura de periódicos –antes de la crisis de la prensa bien reciente- fue situada por la UNESCO en “el umbral del desarrollo”. Es el único país donde los incultos presumen de su condición, por no citar nuestro flagrante fracaso escolar infantil. Labor premeditada de quienes precisan muchos burros para poder cabalgar mejor, la mala educación se manifiesta desde en el hablar a gritos y no escuchar a los demás, a los egoísmos del tráfico, desconocer idiomas que abren puertas de comunicación, no contestar emails o llamadas, a no pensar en el bien común como hace el verdadero patriotismo.

Tenemos los políticos, la justicia, la prensa, las instituciones que merecemos, y ellos la ciudadanía que se han trabajado. Y cuando algún gobernante intenta cambiar las cosas, se encuentra un manto de incomprensión, y una resistencia profunda a cualquier alteración del estado vigente. Igual sucede en múltiples tentativas: no sabemos trabajar en equipo. No sabemos, tampoco, distinguir el grano de la paja. Y sobre nuestra cacareada valentía, tengo mis dudas. Porque la ciudadanía responde como nadie ante los conflictos serios, pero de cerca no afronta las palabras, ni da la cara. Lo peor es que tendríamos remedio, si nos embarcaramos honestamete en proyectos comunes.

Hasta un libro he escrito, segura de que todos aquellos que creen en una España mejor, y un mundo mejor, podrían reunirse para cambiar la tendencia de nuestra desgraciada trayectoria. Pero empiezo a pensar que he errado el objetivo del cambio. Soy yo la que debe mudar, o, mejor, mudarse. Yo no quiero vivir en un país con esta derecha que se encamina al poder, que ya lo detenta en algunos territorios y que ya he experimentado –la de los Fabra y los Camps y las Ritas y buena parte de los demás- Acepto democráticamente los resultados de las urnas, pero nadie me obliga a quedarme aquí. Tampoco pueden echarme, bien es cierto. Pero acaricio la idea, porque no son sólo ellos, sino el entorno, lo que respiro.

   No olvidemos a la «izquierda». Izquierda Unida, según informa la Cadena Ser, ha cerrado un trato con el PP  de la Comunidad de Madrid para que pueda designar al Presidente de Caja Madrid, decidiendo el largo contencioso que le enfrentaba incluso con ayuntamiento de la capital. A cambio se asegura una vicepresidencia y un cargo más en la ejecutiva. Y, espero, que una huída masiva de votos.

Europa es azul hoy, pero sus derechas son civilizadas, y sus ciudadanos algo más educados y responsables. Al menos, sus gobiernos conservadores no son las míos, no me dolerán.

Toda la vida hice mío este poema de Salvador Espriu:

 Poema Ensayo De Cántico En El Templo de Salvador Espriu

¡Oh, qué cansado estoy

de mi cobarde, vieja, tan salvaje tierra,

y cómo me gustaría alejarme,

hacia el norte,

en donde dicen que la gente es limpia

y noble, culta, rica, libre,

despierta y feliz!

Entonces, en la congregación, los hermanos dirían,

desaprobando: «Como el pájaro que deja el nido,

así el hombre que abandona su lugar»,

mientras yo, bien lejos, me reiría

de la ley y de la antigua sabiduría

de mi árido pueblo.

Pero no he de realizar nunca mi sueño

y aquí me quedaré hasta la muerte.

Pues soy también muy cobarde y salvaje

y amo, además,

con desesperado dolor,

a esta mi pobre,

sucia, triste, desdichada patria.

Versión de José Corredor-Matheos

Y, como él, por eso siempre quedé. Y aún no sé si lo seguiré haciendo.

España no es Madrid

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Amanece brumoso en Roses (Girona) después de una semana de sol amable. Un barco blanco de vela blanca –como corresponde- surca la bahía, junto con algunas pequeñas motoras. Las gaviotas –esa sabia especie inmisericorde con las jóvenes inexpertas- graznan llamando a la vida porque por algo estamos en primavera. Con una insistencia realmente digna de encomio -entre angustiada, gozosa y provocadora- revolotean buscando pareja, como si sólo eso les importara. 20.000 habitantes, la mayoría –sí, la mayoría- emigrantes. El comercio –muy retrasado respecto a la vecina Figueres en el interior-, ha mejorado en los últimos tiempos, con boutiques regentadas… por franceses. En casi todas, tallas grandes porque hay un turismo senior que se refugia en España, sobre todo en invierno.

Amenaza a Roses un proyecto urbanístico apoyado por los partidos mayoritarios, contra el que clama la población informada. A cuatro pasos, tres parques naturales donde se prohíbe edificar. Calas, de diversos tamaños y accesos, para elegir. Y las montañas del pirineo a tiro de excursión de un día. Aquí saben cuando sopla el viento del mar o de tramontana. Y cómo repercute en el color del agua. Si las nubes amenazan lluvia o pasarán de largo. Se ven por la noche las estrellas, un lujo que no se disfruta en la capital de España. No hay atascos. Ni pitan desaforados los cláxones de los coches. El aire está limpio, se respira. Realmente se nota, hasta en los sufridos pulmones de los fumadores, que no entra veneno.

En el puerto de pescadores, se puede adquirir el pescado que pocas horas antes nadaba en el mar. El gallo de San Pedro o las escórporas. Y las deliciosas gambas autóctonas llegan moviendo sus patas a la sartén. El cordero es de primera calidad. Frutas y verduras como en muchos otros lugares.

Aquí saben a quién llamar –con rostro, nombre y apellidos- cuando algo deja de funcionar y presumiblemente acude sin grandes demoras. Se afanan en su trabajo, pero disponen de la riqueza del tiempo. Una barbacoa improvisada reúne a un grupo de amigos. Uno pesca en el mar con su hijo porque es festivo, pero se acerca en poco tiempo aportando las piezas logradas. Pioneros del turismo en su día, en la reducida mesa hay cuatro nacionalidades distintas. Rica conversación, apasionada en diferentes criterios, pero sin crispación. Y otros puntos de vista. Una gran relativización. Recelos del centralismo. Agravios del dedo permanente introducido en el ojo. Hasta el “cuando llueve en Madrid, llueve en toda España”.

Decía mi sociólogo de cabecera, Fermín Bouza, que es en Madrid donde existe la crispación, quizás porque es donde se ubican las sedes de todos los partidos nacionales, y de todos los medios informativos. Porque alberga el poder con todos sus males. Pero también, para el ciudadano de a pie, porque en la capital hay demasiada gente, demasiados coches, demasiadas tiendas, demasiadas ofertas y un dinero desigualmente repartido para adquirirlas.

Madrid espejo y agujero negro que nos engulle. El mayor de los pueblos españoles, sin ninguna de sus ventajas. Tendemos a definir España por lo que sucede en Madrid, en efecto. E ignoramos el clima vital de otros lugares, desde la paradisíaca Cádiz, a la austera Usón en Huesca, a esa Roses de los paraísos accesibles. A principios del siglo XIX, España contaba con 10 millones de habitantes, menos de la media europea. Hoy somos 46 millones. La población fue rural hasta el éxodo que impuso el desarrollismo de los sesenta. Hoy, es urbana, predominantemente. Más aún, el 80% de la población se concentra en sólo 1.200 municipios. Más de mil pueblos se han perdido en este camino hacia lo que se entendió por progreso.

Definitivamente hoy el sol huye para despedirme, pero siempre nos queda el “Si us plau”, el clásico local al borde de la playa, que aún conserva el sabor del vanguardismo de sus inicios.. Seguir mirando el mar, con los surcos de las pequeñas embarcaciones desplazándose despacio, sin prisa. Definitivamente, España no es Madrid. Por fortuna.

Antonio Machado en el cuaderno de viaje

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Nunca le faltan flores frescas, ni recuerdos españoles de sus visitantes. Hace 70 años que fue enterrado en esta humilde tumba del cementerio de Collioure, Sur de Francia. Hoy, Antonio Machado, recibía a un instituto de Barcelona y reconforta ver que no le hemos olvidado. Una veintena de jóvenes leían sus poemas con cierto nerviosismo por ser escuchados. Retomo los pasos del caminante que sabe que sólo así se hace camino, del que se fue ahíto de equipaje sin ambicionar la gloria, del intelectual que dejó España porque aquí nos estábamos matando y él mismo no era visto con buenos ojos. No era cosa de andar con bromas, Lorca acabó en una fosa común. Aunque fue llegar a Francia y morir, y no regresar ni en cenizas. Esas tumbas de ignominia que molestan y que llevan al Juez Garzón ante los tribunales, con la bendición del Partido Popular.

En el viaje hasta Coilluore, los pirineos catalanes hablan de Historia. Ancestral. Por aquí pasó el cartaginés Aníbal con sus 37 elefantes –200 años antes de la era cristiana-, vigilando la flota, perfectamente visible desde lo alto para conquistarnos tal como suena. De los exiliados españoles a Francia en el “apacible” franquismo, de los que vinieron huyendo de los nazis -aunque camino de Portugal-, que incluso tienen un monumento en la pista entre forestal y asfaltada que separa Francia de España en ese punto. Ya no hay aduanas en parte alguna, mucho menos donde nunca las hubo. Quizás entre un país que huele a terminado, pintado, ordenado, y otro al que le falta mucho por llegar a ese estado.

Querer enjuiciar al franquismo es materia de demanda al que lo promueve, me entero aunque –de vacaciones- quiera desconectar. Y la jurisdicción universal se suaviza, se abandona, porque molesta a muchos países esas inquinas de los jueces españoles, que –como la de Garzón- amargó los últimos días del dictador chileno Augusto Pinochet. Gracias a eso, a que otros sí “abren heridas”, otros países considerados por nosotros menos desarrollados tomaron fuerzas para acabar con la impunidad, y, por ejemplo, van a procesar al asesino de Víctor Jara, 36 años después de los hechos. Acuerdo de Psoe y PP, anunciado cuando Israel protestó -o así lo vimos el 1 de Febrero-, ya podremos dedicarnos a nuestras cosas que no es cierto lo del mundo globalizado y cada país entierra su mierda o le pone un marco, según le interese.

Pero El Ampurdá es maravilloso, el agua azul, verdosa, y transparente, y vivir aquí el triple título del Barça fue una experiencia impagable: la visualización de la felicidad. ¿Qué más se puede pedir?

Aunque

España, patria, himno, bandera

Hubo un tiempo en el que el himno de España traía la imagen asociada de un señor bajito y rechoncho con el brazo derecho –por supuesto- en alto y la mano abierta. Con muchos otros afines que le rodeaban en idéntica posición. Había también una sola televisión, a las emisoras de radio se les prohibía realizar información, y, sólo Radio Nacional de España emitía “el parte”, propaganda del régimen con apariencia de noticias. Los periódicos sufrían, asimismo, censura, y, por supuesto, no existía Internet.

Esa televisión única usaba un bucle para dar algunos acontecimientos, con presencia popular, en diferido más o menos ostensible, por si había protestas –que las había igualmente-. Así les daba tiempo a cortarlas.

Alguna mente preclara decidió retrotraernos al viejo sistema, silenciando las pitadas al himno nacional en la final de la Copa del Rey, que –“maldita suerte”, se lamentaban algunos, muchos- disputaban dos clubes periféricos y con vocación nacionalista. Pero el campo informativo derribó hace tiempo todas las vallas y la torpe jugada ha acabado con el gol en la propia exigua y ficticia puerta. El himno protestado –más protestado que nunca- se ha visto en todo el mundo –también más que nunca-, repetido, analizado, sacando los colores a los poco informados censores que no previeron las consecuencias de su torpe acción.

  TVE ha cesado a media mañana al director de deportes, Julián Reyes, responsabilizándole del «error humano» cometido. Le recuerdo como una de las numerosas caras que llegó a la redacción de Torrespaña en tiempos del PP. En este caso para hacese cargo del área de deportes en informativos. Debe ser un gran profesional porque ahora había llegado al puesto máximo en su especialidad: jefe de deportes de la cadena. Bien es cierto que dudo que Reyes estuviera en el control de realización durante el partido. Parece más lógico que la idea -o cadena de «errores»- partiera de algún mando intermedio.

Intento situarme en la mente de quien dio la orden de silenciar la secuencia y colocarla más tarde –sin pitada- alegando un «error humano» como explicación de la censura inicial. Y repetirlo de nuevo al final sin subsanar tampoco el tercer «error humano»: seguir sin emitir el sonido de protesta que era información.  Demasiados errores y del mismo signo para no atener más al resultado que a las explicaciones.  ¿No sabía que quien quisiera podría verlo y escucharlo igualmente y que se afearía su conducta… o no quería “herir susceptibilidades”? Conociendo el percal me inclino por la segunda explicación, con altas dosis de la primera.

Conceptos como España, patria, himno, bandera… en nuestro país enfrentan, lo que no sucede en otros. Y algunos se han trabajado a fondo esta situación. Vivimos una realidad compleja que muchos se empeñan en ignorar. Los mismos que quieren imponer los símbolos a la brava. La resolución del conflicto pasa por solventar el fondo, no tapándolo con enseñas.

Los últimos años han registrado un recrudecimiento de la exaltación de los emblemas. Esa descomunal bandera de España -21 x 14 metros- en la Plaza de Colón de Madrid que erigió Trillo en connivencia con Alvárez del Manzano.  Bono –o Gallardón que son parecidos- dejan allí la enseña. Trillo quería izarla cada mañana con una salva de fusiles.  A tanto no llegó. Y es el futbol, casualmente, el que la reivindica para España en los Campeonatos de Europa que, por una hábil propuesta publicitaria, pasa a llamarse “la roja”. Todas las ideologías se hermanaron debajo de esa bandera. Curioso tema a analizar.

Nunca ha habido en la calle tantas rojigualdas –incluso con aguilucho franquista- como en la artificial crisis de la pasada legislatura. Los actos de la derecha terminan con el himno nacional, aunque, de nuevo, Trillo lo prohibiera reservándolo para actos de Estado. En una palabra: una de las terribles dos, tres, Españas, se ha apropiado los símbolos. Sí, porque hay una tercera de la que no se habla, que no tiene nada de terrible, por cierto, sino de esperanza. La que los miró como símbolos de la democracia en la Transición porque era lo único que habían visto, dada su edad cronológica y que tambien enmarca a gentes de mentes abiertas.

A mí no me conmueve ningún trozo de tela, ni el español, ni el catalán, ni el vasco, ni siquiera el aragonés. Y prefiero para moverme el Imagine de John Lennon que el himno nacional de cualquier parte. Aunque confieso que simpatizo con La Marsellesa como tema musical vibrante, con un contenido literario un poco extremo pero reivindicativo. Y, sin embargo,  también entiendo su existencia y, por ello, los acepto de buen grado. (De hecho termino el capítulo dedicado a este asunto en mi último libro, con esto que sigo pensando):

Lo que está claro es que los símbolos lo son de una tierra y una idea. De todos los ciudadanos que la habitan y la comparten. Para identificarnos –si queremos ser identificados- para respetarlos sin demagogia como se hace en los países civilizados. Son la representación figurada de un concepto que distingue de otros. Los símbolos remarcan lo que uno es en comparación siempre con el resto. También los queremos. Como iconos de una sociedad que ha de seguir construyendo, sin la eufemísticamente llamada picaresca española, con ciudadanos que no tengan sólo memoria instantánea de pez, sin crispaciones artificiales, con educación, sin envidia ni prepotencia, con amplitud de miras.

El virus del populismo

El virus ha llegado ya incluso a la civilizada Suecia. La crisis golpea a todos los partidos en el poder que, en Europa, son conservadores, con la excepción de España, Portugal, teóricamente Gran Bretaña, y ahora Islandia. Domina en las grandes locomotoras –casi sin fuelle en este momento- Francia y Alemania, y en el Parlamento Europeo. En Suecia, tras décadas de la socialdemocracia en el poder, ganaron los liberales. Nunca habían conocido allí tales dificultades económicas, achacables como en el mundo entero en gran medida a la debacle financiera internacional. Y los liberales suecos bajan en intención de voto. Pero también lo hacen los socialdemócratas. Quienes están subiendo son los llamados Demócratas Suecos (SD), un partido populista, nacionalista y de derechas. En la vecina Dinamarca sucede lo mismo, con el Dansk Folkeparti, Partido del Pueblo Danés.

Nacido, como casi todo en política, en la antigua Grecia, el brote poplista mutado con los peores gérmenes, resurgió en America Latina. Según los teóricos hay un populismo positivo y otro negativo, lo cierto es que ideológicamente zigzaguean sin ningún complejo y basan su poder en la manipulación emocional del pueblo, en la más pura demagogia.

Cuando llegó al gobierno de Venezuela Hugo Chavez, yo presentaba el telediario internacional de TVE, donde informábamos a diario de sus hazañas, como de las de todo el continente americano. Me sorprendió que un militar golpista se proclamara de izquierdas, pero me aterré al ver que una de sus primeras medidas fue dar instrucción militar a los niños en los Colegios. No sé si persiste en ello. Y no lo sé porque es extremadamente difícil encontrar información de innumerables aspectos decisivos en el mundo que no sean la media docena que deciden las Agencias de Prensa internacionales.

Un ejemplo. Tras una hora entera de buscarlo, apenas me queda claro cuál es la ideología de Rasmussen, presidente danés, próximo Secretario General de la OTAN y opción de la izquierda europea –a excepción de Zapatero- para presidir la Comisión en pugna con Durao Barroso, que no es poca su potencial influencia, Al final concluyo que es un liberal con tendencias socialdemócratas al estilo británico. Pero no soy capaz de encontrar con quién formó gobierno de coalición en su país, si lo hizo con el populista de derechas. Están ahí al lado y no nos cuentan nada. Pero ésta es otra historia.

Bien, Panamá acaba de elegir a un multimillonario presidente de Gobierno. Es conservador, pero lo primero que ha declarado es que “no es de derechas, ni de izquierdas”. Otro populista.

En España tenemos a Rosa Díez, populista de manual, beneficiándose de la crisis de los partidos tradicionales. Son ellos los culpables de su miseria –que se convierte en la nuestra-, con sus estructuras obsoletas, con sus peleas fuera de la realidad que hastían a los ciudadanos. Se sitúan en una urna de cristal en la estratosfera, de donde bajan para utilizar también técnicas populistas –ejemplo paradigmático: Esperanza Aguirre, pero son muchos los que lo practican-.

La política vendría a ser la forma de afrontar las vías para lograr un fin determinado dirigido a la sociedad, su bienestar y su progreso. Y la hay de izquierdas y de derechas. Más o menos impuestos, mayor o menor gasto público, para afrontar medidas sociales o suprimirlas, primar los intereses de los trabajadores o los de la clase dominante que genera mayor riqueza en el país, son, como todos sabemos, las diferencias.

Nos impregna la política, nos satura, y, sin embargo, no es de política de lo que nos hablan buena parte de los políticos. Por eso triunfa el peligrosísimo populismo.

La Cuarta página de El País hoy nos cuenta, en un artículo esencial, el fracaso de las políticas, el desprestigio del capitalismo, las desigualdades como germen de una auténtica prerevolución en ciernes, y nuestro enclaustramiento en los límites de nuestro propio Estado como causa principal. Así concluye:

“La vida misma ha perdido el control en ese anhelo permanente de obtener cada vez más y más. Ahora cabe preguntarse: ¿dónde están los movimientos sociales que esbozan una modernidad alternativa? De lo que se trata es de cosas tan concretas como de las nuevas formas de energía regenerativa, pero también de fomentar un espíritu cívico que supere las fronteras nacionales. Y de cualidades como la creatividad y la autocrítica, para que temas clave como la pobreza, el cambio climático o civilizar los mercados tengan un lugar central”.

En resumen: el papel de la sociedad no puede ser suplantado por el populismo político -siempre reductor y localista, amén de otros muchos males-. La sociedad, la política y la prensa deben quitarse las orejeras que dirigen la vista al propio ombligo y tener mayor amplitud de horizontes. El nuestro es Europa. Y la política tiene que reaccionar acercándose a los ciudadanos, tratándoles como adultos, y haciendo política, si es que algunos recuerdan ya lo que era. Porque es mucho lo que todos nos jugamos.

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