El virus del populismo

El virus ha llegado ya incluso a la civilizada Suecia. La crisis golpea a todos los partidos en el poder que, en Europa, son conservadores, con la excepción de España, Portugal, teóricamente Gran Bretaña, y ahora Islandia. Domina en las grandes locomotoras –casi sin fuelle en este momento- Francia y Alemania, y en el Parlamento Europeo. En Suecia, tras décadas de la socialdemocracia en el poder, ganaron los liberales. Nunca habían conocido allí tales dificultades económicas, achacables como en el mundo entero en gran medida a la debacle financiera internacional. Y los liberales suecos bajan en intención de voto. Pero también lo hacen los socialdemócratas. Quienes están subiendo son los llamados Demócratas Suecos (SD), un partido populista, nacionalista y de derechas. En la vecina Dinamarca sucede lo mismo, con el Dansk Folkeparti, Partido del Pueblo Danés.

Nacido, como casi todo en política, en la antigua Grecia, el brote poplista mutado con los peores gérmenes, resurgió en America Latina. Según los teóricos hay un populismo positivo y otro negativo, lo cierto es que ideológicamente zigzaguean sin ningún complejo y basan su poder en la manipulación emocional del pueblo, en la más pura demagogia.

Cuando llegó al gobierno de Venezuela Hugo Chavez, yo presentaba el telediario internacional de TVE, donde informábamos a diario de sus hazañas, como de las de todo el continente americano. Me sorprendió que un militar golpista se proclamara de izquierdas, pero me aterré al ver que una de sus primeras medidas fue dar instrucción militar a los niños en los Colegios. No sé si persiste en ello. Y no lo sé porque es extremadamente difícil encontrar información de innumerables aspectos decisivos en el mundo que no sean la media docena que deciden las Agencias de Prensa internacionales.

Un ejemplo. Tras una hora entera de buscarlo, apenas me queda claro cuál es la ideología de Rasmussen, presidente danés, próximo Secretario General de la OTAN y opción de la izquierda europea –a excepción de Zapatero- para presidir la Comisión en pugna con Durao Barroso, que no es poca su potencial influencia, Al final concluyo que es un liberal con tendencias socialdemócratas al estilo británico. Pero no soy capaz de encontrar con quién formó gobierno de coalición en su país, si lo hizo con el populista de derechas. Están ahí al lado y no nos cuentan nada. Pero ésta es otra historia.

Bien, Panamá acaba de elegir a un multimillonario presidente de Gobierno. Es conservador, pero lo primero que ha declarado es que “no es de derechas, ni de izquierdas”. Otro populista.

En España tenemos a Rosa Díez, populista de manual, beneficiándose de la crisis de los partidos tradicionales. Son ellos los culpables de su miseria –que se convierte en la nuestra-, con sus estructuras obsoletas, con sus peleas fuera de la realidad que hastían a los ciudadanos. Se sitúan en una urna de cristal en la estratosfera, de donde bajan para utilizar también técnicas populistas –ejemplo paradigmático: Esperanza Aguirre, pero son muchos los que lo practican-.

La política vendría a ser la forma de afrontar las vías para lograr un fin determinado dirigido a la sociedad, su bienestar y su progreso. Y la hay de izquierdas y de derechas. Más o menos impuestos, mayor o menor gasto público, para afrontar medidas sociales o suprimirlas, primar los intereses de los trabajadores o los de la clase dominante que genera mayor riqueza en el país, son, como todos sabemos, las diferencias.

Nos impregna la política, nos satura, y, sin embargo, no es de política de lo que nos hablan buena parte de los políticos. Por eso triunfa el peligrosísimo populismo.

La Cuarta página de El País hoy nos cuenta, en un artículo esencial, el fracaso de las políticas, el desprestigio del capitalismo, las desigualdades como germen de una auténtica prerevolución en ciernes, y nuestro enclaustramiento en los límites de nuestro propio Estado como causa principal. Así concluye:

“La vida misma ha perdido el control en ese anhelo permanente de obtener cada vez más y más. Ahora cabe preguntarse: ¿dónde están los movimientos sociales que esbozan una modernidad alternativa? De lo que se trata es de cosas tan concretas como de las nuevas formas de energía regenerativa, pero también de fomentar un espíritu cívico que supere las fronteras nacionales. Y de cualidades como la creatividad y la autocrítica, para que temas clave como la pobreza, el cambio climático o civilizar los mercados tengan un lugar central”.

En resumen: el papel de la sociedad no puede ser suplantado por el populismo político -siempre reductor y localista, amén de otros muchos males-. La sociedad, la política y la prensa deben quitarse las orejeras que dirigen la vista al propio ombligo y tener mayor amplitud de horizontes. El nuestro es Europa. Y la política tiene que reaccionar acercándose a los ciudadanos, tratándoles como adultos, y haciendo política, si es que algunos recuerdan ya lo que era. Porque es mucho lo que todos nos jugamos.

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1 comentario

  1. Excelente artículo, después de leerlo.., cualquier cosa que se diga son palabras vanas.

    Felicidades, Rosa María.

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