El nuevo quijote español (Forges)

Con el permiso del maestro, sonrisa de buenos días vía El País.

forgesquijote

¿Adónde nos vamos?

Estoy planteándome mudarme. En lugar de seguir la utopía de cambiar lo que me rodea, cambiarme yo. De residencia. Elegid al azar -los no habituales- entradas de este blog y comprenderéis las razones –corrupción, tolerancia a la corrupción, incultura, elogio de la ignorancia, malas artes, demagogia, chapuza, señalados fracasos como país-. Los fijos lo sabéis y hasta pedís auxilio conmigo. Añadamos decepciones: la labor de intentar nuevas maneras que impriman un giro en la tendencia –aunque se demuestre una y otra vez errónea- choca con la realidad, apenas nadie quiere mover nada, ni toleran a quien lo osa. Y listos, aprovechados, cínicos, trepas, envidiosos, vanidosos, corruptos, indiferentes, dominan la situación. Parece que todo proyecto conjunto –desde la tópica asociación de vecinos a la organización política, económica o mediática del Estado- termina en lo que un amigo me definió muy gráficamente: “¿Sabes que es un camello? Un dromedario fabricado en equipo”.

Cambiar de ciudad o de país es una tarea compleja. Máxime cuando la cuenta bancaria no permite dispendios. Quemar las naves sin avistar tierra, una temeridad. Barajo opciones y veo lo que perdería y lo que ganaría, lo que ganaría pero también lo que perdería, lo que perdería, pero las ventajas que obtendría en el cambio, ahí giro y giro sin encontrar solución. Por eso hay que planificarlo bien. Con ayuda. La vuestra. Aún creo que hay gente diferente –lo veo aquí y en muchos otros lugares sin gran audiencia pública-, que quiere intentar nuevos métodos, atrapar ambiciones éticas, utilizar la imaginación, huir del tedio y el abotargamiento, ser feliz sin tener que avergonzarse de cómo contribuye a la injusticia. ¿Utopía? A lo mejor no tanto. Aún es posible fabricar camellos cuando el objetivo es fabricar camellos. Mi amigo José Antonio Rodríguez, está a punto de embarcar para Australia en su vuelta al mundo. Y es muy feliz.

¿Quién se viene? Estudiemos adónde. La prudencia no aconseja grandes choques, mejor un país de similar o superior desarrollo y en un aproximado entorno cultural. Europa, se me ocurre Europa. Porque para el EEUU de Obama es muy cara la mudanza incluso de lo más imprescindible. Imaginad. Poner la tele y que no aparezca Rajoy, ni Esperanza Aguirre, ni De Cospedal, ni Ana Rosa Quintana, ni «Lozanitos», ni Boris Izaguirre, ni un tal Risto o algo así, ni Belén Esteban, ni prácticamente ninguno de los políticos, periodistas y famosos españoles. Y que no griten los anuncios, que no ofendan el buen gusto. Saber que a los corruptos los llevan a la cárcel, que sus dictaduras –si las tuvieron- no quedan impunes, que los medios informativos son algo más responsables y veraces, que nadie, ni la Iglesia católica, se opone a que los niños estudien Educación para la Ciudadanía , clave para salir del hoyo bimilenario de la caspa, y que la sociedad clama porque así sea, que se compromete en la marcha del país con los codos, no con la boca. Países terminados, que funcionen, que no amparen la desidia. Sus políticos y sus errores serían suyos además, no nos dolerían tanto.

Fuera de los prejuicios que nos imbuyen, mi amiga Camino pasa temporadas en Berlín para ahorrar, dice. Pero, aún así, nuestros miserables sueldos y subsidios, nos plantean un problema. Entonces opto por Portugal, el elegante y sufrido vecino cuyo sueldo mínimo es –eso sí- la mitad que el nuestro, por eso los portugueses cruzan la frontera sólo para trabajar aquí, pero residen en su país. Están irrumpiendo los depredadores de la burbuja inmobiliaria española, pero a lo mejor aún llegamos a tiempo. Islandia podría ser un buen destino también. En la debacle financiera, daría las oportunidades de un nuevo Dorado, y en verano huimos del horno en el que llevamos viviendo –yo sí- hace más de 3 meses. La chimenea y la tertulia en invierno. Valoremos opciones, pros y contras. Dejemos a la una, grande y libre donde siempre estuvo hasta que se hunda.

Hay otra opción para no perder el supermercado de enfrente, los encantadores farmacéuticos, el emprendedor chico del videoclub, la listísima peluquera, el avispado quiosquero de periódicos, los buenos periodistas, incluso algún político bien intencionado, la gente que sin saberlo nos hace la vida cálida. ¿Cuál? Que se vayan ellos. Todos los racistas, populistas, desvergonzados, ultraderechistas, inmovilistas, clasistas, demagogos, botarates, engañabobos, bobos sumisos y adocenadados, ignorantes a propósito, horteras, tienen un sitio en Italia. Los problemas de racismo que sufran por ser extranjeros pueden serles muy instructivos. ¿No dicen que esto es una dictadura y les aprisionan rodillos, maquinarias y comandos? ¡que se vayan!, o pongámonos seriamente de acuerdo para echarlos. A la democracia perfecta de Berlusconi. Que vengan los italianos desesperados a emprender con nosotros la nueva tarea de reconstruir un país y convertirlo, al menos, en decente. Los gays ya lo han pedido.

Algo hay que hacer. Ninguno de nosotros puede irse solo, ni quedarse solo. Necesitamos calor, proyectos, imaginación, pasión, ideas, luchar por el periodismo, la ciencia, la educación, la justicia, todo el trabajo que contribuye a la mejora de la sociedad, dromedarios y camellos posibles. ¿Hay algo, muchas cosas, que no te guste? Empecemos de nuevo. Lo que no resisto más es la caspa y las dos Españas. Ni que una eminencia de la medicina, honrado y ético, me diga, con el gesto más triste que le he visto nunca: “Rosa, no vamos a cambiar el mundo”, porque, me cuentan otros, le ha humillado el diseño de sanidad especulativa de Esperanza Aguirre. Ahí he comprendido que la búsqueda de soluciones es urgente: ¿Adónde nos vamos? o ¿adónde les echamos?

Estado de derecha

Cuarta Página de El País de Ignacio Sánchez-Cuenca,  profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

Corrupción, boicoteo al Estatuto catalán, a la renovación del CGPJ o a la Ley de Dependencia. El PP se siente más cómodo con el ‘Estado de derecha’ que con el imperio de las leyes. ¿Dónde están sus liberales?

   Entresaco párrafos:

La utilización de la idea de Estado de derecho por el Partido Popular ha llegado a ser agobiante. Se ha recurrido al Estado de derecho para rechazar el Estatuto catalán y el proceso de paz con ETA, para exigir la dimisión de cargos socialistas, y obsesivamente en la lucha antiterrorista, incluso de forma antropomórfica («confío en que el Estado de derecho mande a los terroristas a veranear a la cárcel», dijo hace poco un dirigente popular).

(…)

Los acontecimientos de los últimos años han mostrado que nuestro Estado de derecho no sólo está excesivamente manoseado, sino que además ha quedado vapuleado por sus más aguerridos defensores.

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Últimamente la atención se centra en los escándalos de corrupción, que son abundantes y algo pintorescos. Quizá el más llamativo de todos sea el de Carlos Fabra, el presidente de la Diputación de Castellón. Ha habido Fabras al frente de esa Diputación desde 1875, cuando la ocupó su tío-tatarabuelo Victorino Fabra, conocido como el Agüelo Pantorrilles. El actual Fabra está acusado de falsificar documentos oficiales, de cobrar cuantiosas comisiones, de fraude fiscal, y de manipulación del censo electoral de diversos municipios. Por si todo esto no fuera suficiente, Fabra se jacta de sus prácticas caciquiles: «Porque el que gana las elecciones coloca a un sinfín de gente. Y toda esa gente es un voto cautivo. Supone mucho poder en un Ayuntamiento, en una Diputación. Yo no sé la cantidad de gente que habré colocado en 12 años, no lo sé». Son palabras suyas que quedaron grabadas y que darán mucho juego a los historiadores del futuro que quieran establecer paralelismos con la época de la Restauración.

El juzgado de Nules (Castellón) que lleva su caso es una especie de triángulo de las Bermudas en el que los jueces van desapareciendo misteriosamente uno tras otro. Hasta ocho jueces han pasado por allí desde el año 2004. La gran esperanza de Fabra se llama Jacobo Pin, un juez que se ha presentado voluntario al puesto y cuyo padre es un abogado muy próximo al PP (fue cabeza de lista al Congreso en las elecciones de 1977). Seguro que este nuevo juez sobrevive a los extraños torbellinos que se llevaron a sus predecesores.

(…)

Esta llamémosla «afinidad» entre algunos acusados de corrupción y los jueces que les juzgan resulta extremadamente inquietante. Francisco Camps se siente feliz de tener una relación con el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Valencia, Juan Luis de la Rúa, que, en sus propias palabras, va más allá de la amistad. El vínculo de De la Rúa con Camps no se limita a la esfera personal, pues el juez intervino en un acto preelectoral del PP valenciano en 2007. Camps cuenta también con la ayuda y el apoyo del vicepresidente del Consejo General del Poder Judicial, Fernando De Rosa, quien se reunió con el presidente de la Generalitat Valenciana para ayudarle a perfilar una estrategia un día después de que la prensa se enterara de que Camps estaba implicado en la trama de corrupción y financiación ilegal del PP. De Rosa, que ha sido consejero de Justicia en el Gobierno valenciano, insinuó que Garzón estaba prevaricando al no abstenerse de instruir la causa.

(…)

Quizá estas «afinidades» entre políticos y jueces contribuyan a explicar el descaro de Esperanza Aguirre, quien, en un pleno parlamentario, ante las acusaciones de corrupción que le lanzaba la oposición, extendió los brazos y las manos diciendo «¡Mirad cómo tiemblo!». En ese gesto se resume la gran incógnita de la democracia española: si estamos verdaderamente en el Estado de derecho tan anhelado por nuestros liberales o si nos encontramos más bien en un Estado de derecha. Creo que a la derecha, en el fondo, le convendría, por su bien, que en España hubiera un Estado de derecho. A los socialistas, en su momento, les costó reconocerlo y estuvieron a punto de deshacerse por ello. El Partido Popular parece de momento sentirse más cómodo con el Estado de derecha, aunque suponga acabar definitivamente con sus credenciales «liberales».

Yo creo

Creen que la tierra no es redonda, porque va contra las enseñanzas de Alá. Y creen que la lluvia es un regalo de Dios y no un resultado de la evaporación del agua que se condensa y cae. Tampoco creen en la evolución. Es la secta Boko Haram de Nigeria que se traduce como “La educación es un pecado” . Y lo es, según ellos, porque contraviene los postulados de Alá y los profetas. Su líder, el clérigo musulmán, Mohammed Yusuf, ha ganado adeptos incluso entre los universitarios.

Sus pintorescas creencias están teniendo muy serias repercusiones. En un incesante goteo diario, han asesinado a 300 personas desde el domingo. De forma indiscriminada, para presionar. La “sharia”, ley islámica, impera en los Estados del Norte del país. Los rebeldes quieren imponerla a toda Nigeria. En su nombre lapidan por ejemplo a adulteras, que lo son por concebir hijos estando divorciadas o tras ser violadas. La presión internacional salvó a Safiya Husseini y Amina Lawall, pero muchas otras atrocidades permanecen ocultas. En el mayor productor de petróleo del continente africano, el 90 por ciento de su población vive bajo el umbral de la pobreza. El petróleo está en el Sur, en el Delta del Níger, y lo explotan multinacionales holandesas, británicas, norteamericanas y francesas. Genera unos ingresos de 300.000 millones de dólares anuales, de los que Nigeria se queda 5.000 que van a parar a las élites corruptas.

Todas las religiones están basadas en que, mediante una entelequia llamada fe, uno admite por ejemplo que se apartan las aguas de un mar sin ayuda de gigantescas presas hidráulicas. La religión es, desde tiempos inmemoriales, una tabla de salvación para asimilar la gran incongruencia de la muerte, y es humano asirse a ella. Lo incomprensible es que dicte normas de comportamiento de por vida. Y, menos aún, que sus adeptos quieran imponerla a los demás.

Vivimos tiempos de creencias frente a ciencia y datos. Y de una proliferación de las «conspiraciones» asumidas por la sociedad. Paradójicamente cuando la información asiste a un momento de esplendor y se extiende por todo el mundo. Yo lo experimento a diario. Una querida amiga me dice respecto al post de ayer sobre China: yo no creo que vaya a suceder nada con China. ¿En qué te basas?, pregunto conociendo el percal. “Nunca ha pasado nada hasta ahora. Hay tiempos buenos y malos pero la humanidad siempre sale adelante”. Y lo afirma convencida. Incluso me reta a ver quién acierta al final. Impredecible resultado, sin duda, pero basarse en la experiencia sin atender a datos nuevos y proyectarlos, parece más emotivo que racional. Además, la experiencia histórica también nos habla de nacimiento de Imperios. 

Escucho sin cesar afirmaciones como: “Yo no creo que Camps haya facilitado contratos por unos trajes”. ¿Por qué? Interpongo siempre. “Es muy poco valor para pringarse. Y los bolsos de Rita menos”, aseguran con rotundidad. Y no quieren ni escuchar datos u argumentaciones. “No lo creo”, insisten. De igual modo, algunos logros del Gobierno -o de quien sea- son rechazados, aunque se faciliten cifras, bajo la poderosa racionalización de «No lo creo».

Ya vimos a toda una secretaria general de un partido poderoso, María Dolores de Cospedal, no creer en la sentencia del 11M. O a Rajoy que, en plena jornada de reflexión el 13 de Marzo de 2004, aparecía en El Mundo entrevistado por Victoria Prego y Casimiro García-Abadillo declarando: «Tengo el convencimiento moral de que ha sido ETA». (No os perdáis esta entrevista, es muy jugosa).

Las consecuencias del cambio climático o la energía nuclear son objeto preferente de creencias. Uno se surte de opiniones que encuentra más afines, llena el saco de su criterio, y ya está dispuesto a afirmar que cree o no cree en tal cosa, respirando satisfecho. La creativa duda parece haber desaparecido de la sociedad actual.

Proliferan las familias que creen que dios salvará a sus hijos enfermos sin intervención de la medicina. Los ven caer muertos sin cesar, algunos son incluso castigados por ello, pero lo creen y basta, y proyectan su fanatismo sobre la vida que alumbraron sin consultar al interesado.

Nunca antes ha habido tantos «opinadores» profesionales. Las tertulias invaden radios y televisiones. En los pueblos especialmente, según he podido comprobar, las siguen con devoción religiosa. Un poso de tradiciones arraigadas, falta de datos, sirven de caldo de cultivo a una opinión que cala y fermenta. Lo asombroso es la seguridad con la que sus receptores “creen” o “no creen” cualquier situación, porque les avala un señor o una señora con un título que habla en los medios. Les reafirma. “Éste es de los míos, ésta de los tuyos”. Dos amplios sacos sin matices para surtirse. Y los hechos no importan. En absoluto. La opinión ajena puede aclarar, pero uno necesita su propia base de información, de datos reales.

La génesis no es la misma. La fe –religiosa, política, social- tiene un corto recorrido: una idea que se acepta sin ninguna comprobación, un dogma. La ciencia, cuando no entiende algo, investiga, fruto de ello elabora una hipótesis; si consigue demostrarla por medio de comprobaciones prácticas, ha encontrado una tesis o teoría, pero, de no suceder así, busca nuevas hipótesis y vuelve a intentar la demostración para encontrar la verdad. La ciencia -cuando su modelo entra en conflicto con la realidad- trata de ajustarse a ella, la busca; la fe, -si la realidad le contradice- rechaza la realidad. Su fe no es creer en lo que no se ve, sino no creer en lo que se ve.

Mundo desnortado que termina por matar para imponer una creencia.

nigeria

La culpabilidad de los indiferentes

Lloraba, vulnerable por sus largos años de secuestro, Ingrid Betancourt -con el premio Príncipe de Asturias en las manos-, al reflexionar, sobre cómo los alemanes fueron capaces de dejar ir a los asesinos encañonando a sus víctimas. Todos ellos formaban parte de una mayoría amorfa, que nunca se mueve y consiente todos los atropellos, porque nunca quiso significarse. La componen seres humanos, pacíficos –se denominan a sí mismos-, incluso “apolíticos”, tendencia que se define como “me importa un bledo lo que le pase al conjunto de la sociedad”. Gentes que no quieren enterarse de que fue cierto que “un día vinieron a por mí y ya no había nadie”, como avisó Bertolt Brecht ante el genocidio nazi.

Alguna vez, alguien reacciona colectivamente. Desde el Fuenteovejuna español a la sublevación contra la tiranía de los franceses, pasando por todas las revoluciones y resistencias. publicitadas o ignoradas, que han poblado y pueblan nuestro injusto mundo.  Denunciar, una tarea peligrosa, dice hoy El País. El riesgo de denunciar, titula otra noticia, casualmente al lado. Ése parece ser el problema: tomar partido implica peligros, incluso el de quedarse sin opción de saborear toda la tarta, y no la parte escogida. Pero esa actitud entraña, en mi opinión, una mayor amenaza: perder la dignidad.

 Y daños a otros. Un día, no hace tanto, algunos trataron de impedir que una niña de 14 años fuese lapidada en Somalia, y tras ser violada para mayor oprobio. Si se hubiera levantado toda la concurrencia, la cría estaría viva. No lo está. El arrojo es un bien escaso.

La pasividad se enseñorea del mundo consumista, nos han aleccionado, a conciencia, para hacernos sumisos y poco o nada comprometidos. Guerras, hambre, desplazados, niños y adultos que mueren en las pantallas de los televisores, mientras miramos para otro lado… ricos objetos de consumo que nos consuelan, cuentas sin pagar en el primer mundo, trampas, demagogia interesada, inyecciones de dinero a los causantes del cataclismo financiero, todo nos toca. Pero… “deprime leer los periódicos, o ver y escuchar cualquier informativo, es más cómodo no hacer nada”, dicen.

Todo se gesta desde un ámbito mucho más cercano. Conflictos en los que una discreta postura -no mojarse, no opinar, ocultarse, no preguntar, ni querer saber, negarse a analizar, a valorar los datos-, garantiza una buena colocación, cuando, al solventarse los problemas, haya un ganador. O cerrar los ojos, porque, sí, es más cómodo. Inicialmente, porque ahí se empieza a perder la primera batalla contra los enemigos de la justicia y la ética.

Acabo de leer que Telemadrid ha empezado a cobrar la información. La televisión regional ha creado «Ciudades por Madrid”, una fórmula en la que los Ayuntamientos se ven obligados a pagar para poder tener presencia en su programación. 30.000 euros le ha costado a Alcobendas, ahora en manos del PP, que los programas estrella de Telemadrid como «Alto y Claro» -sencillamente abominable-, «Madrid Opina» o «Madrid Directo» se emitieran desde esta localidad. 40.000 ha pagado al ayuntamiento de Móstoles para que su alcalde, también del PP, participara como colaborador en el programa de Curry Valenzuela. La denuncia la ha hecho el PSOE y Telemadrid no lo desmiente. Lo argumenta así: “no se obliga a pagar a ningún Ayuntamiento, sino que se les permite la opción de publicitarse por si quieren aprovechar la ocasión”. ¿Y cómo se habla de una ciudad que ha pagado? ¿Objetivamente o pensando que el cliente siempre tiene razón? Es el fin de la información. Y el último episodio… por el momento.

   Llueven trajes y coches de lujo regalados a cambio de prebendas, asquerosas manipulaciones, corrupciones, conchabeos, privatizaciones de la sanidad, la educación, y hasta del agua que bebemos… una interminable lista de impunidades que hemos engullido. Hace años escribí un “manual para tragar sapos”. Les hacemos ascos al principio, pero con sal, pimienta y limón terminan entrando. Hasta los digerimos y preparamos el estómago para que no sufra tanto la próxima vez.

Cada día me convenzo más de que los indiferentes, los cautos, ¿los cobardes?, son los culpables de la situación en la que vivimos, desde la planta del edificio en el que residimos al mundo que hemos creado, pasando por todos los estadios intermedios. Unas risas, una ironía, un autojustificarse, una crítica «equidistante», siempre hay consuelo para el tibio que evita los jardines, la realidad y el compromiso.

¿Es España un país de profesionales capacitados?

El ex alcalde de Marbella, Julián Muñoz, va a participar como ponente en un curso de verano de la Fundación Universidad Rey Juan Carlos. Se celebrará este verano en Aranjuez. ¿De qué hablará Muñoz? De corrupción. “Periodismo y corrupción política” es el tema del seminario que contará con otros expertos en la materia. Julián Muñoz lo es. La poco dinamizada Universidad española ha tenido esta vez una idea revolucionaria que, por otro lado –o por el principal-, asegura a este curso un éxito mediático: llamar a un perito en corrupción, alguien que lo ha vivido como autor protagonista, conoce sus entresijos, la optimización de los recursos de los que dispone para delinquir. Un auténtico profesional.

 No vivimos en un país de especializaciones, de profesionalidad. Al menos en algunos terrenos fundamentales. Analizemos el atrapado lapsus del Presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, este miércoles. El micrófono abierto ante un millar de empresarios permitió escuchar lo que piensa: el problema de la economía no es «la grave crisis, sino los años de Zapatero» y quien realmente sabe es la ultraliberal Esperanza Aguirre que es “cojonuda”. Díaz Ferrán fue elegido para representar a sus colegas, alma de una economía de mercado. Le son exigibles criterios técnicos y no son permisibles opiniones emocionales. Ésas deben quedar para el café con los amigos. Su frase revela que el presidente de los empresarios ignora muchos puntos fundamentales:

La crisis financiera mundial provocada por sus homólogos del llamado mundo civilizado, incuestionablemente. La génesis de la debacle económica española –con la burbuja inmobiliaria inflada por muchos de los suyos, alentada por la Ley de 1998 del PP, tolerada ampliamente por los gobiernos del PSOE-. Si no ha interiorizado que las economías sólidas se basan en industrias productivas, y no en la fabricación de aire, y eso ataña a las políticas empresariales. Si no sabe que las empresas españolas se sitúan a la cola de Europa en inversiones en innovación y que eso representa el futuro.  Si no ha advertido que ningún país del mundo osa ahondar en recetas neoliberales para paliar la crisis. Si desconoce también que no se puede seguir pidiendo sacrificios a los trabajadores peor pagados de la Europa de los 15, de los que llevan casi un cuarto de siglo en Bruselas, superando en salarios sólo a los de Grecia y Portugal. Si todo eso queda nublado por su pasión política dedicada a aquellos que pueden perpetuar al límite la situación. Pero, a la vez, si no se ha enterado de que las cosas se han llevado a tal extremo que hasta los organismos internacionales alertan de un estallido social sin precedentes… es que no está preparado para el cargo que ocupa. No es un auténtico profesional de la presidencia de un colectivo tan decisivo.

En España tenemos también a periodistas y dirigentes de medios informativos que confunden el periodismo con la propaganda y los intereses económicos. A sacerdotes y obispos que dan mítines políticos en lugar de predicar la doctrina de su fundador, Jesucristo. A jueces y demás profesionales del Derecho que también se guían por criterios emocionales. Políticos como Vidal-Cuadras que optan a repetir en Europa alabando al Berlusconi de las modelos descerebradas porque “dan espectáculo” y Europa, piensa, lo necesita. Si somos el reino de la chapuza en muchos oficios… ¿nos podemos llamar un país de expertos y profesionales? ¿Ofrecemos garantías? ¿Se puede confiar en nosotros? ¿Y en nuestro futuro?

Afortunadamente hay médicos que se dedican a curar, vendedores capacitados, agricultores que se dejan la piel en el campo, jóvenes innovadores, buenos profesionales en muchas materias que, a veces, tienen que luchar en exceso por superar la tendencia general. Ellos son el tejido que argamasa este país. Pero obstaculizando el camino se encuentran quienes ocupan puestos decisorios sin capacitación real para el puesto. La Universidad Rey Juan Carlos ha encontrado para hablar a un auténtico experto: Julián Muñoz. De la corrupción. Ahí si podemos presumir de avezados especialistas. Incluso con fama internacional.

Actualización 8 de Mayo.

   Julián Muñoz no actuará como ponente en los cursos, seguramente ante el revuelo armado. El director del curso Juan Luís López Galiacho, dice ahora la socorrida frase de que se «malinterpretó» y que el ex alcalde marbéllí nunca fue contemplando como ponente. Sin embargo…

 » El dossier de prensa que se entregó a los periodistas que asistieron ese día a la presentación de los cursos, en Madrid, incluía también al ex alcalde de Marbella en el apartado de «otros ponentes» del curso «Periodismo y corrupción política», que se celebrará en Aranjuez entre el 6 y el 10 de julio».

Se han acabado los paraísos fiscales… y estudio mudarme a Gibraltar

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¿No era tan difícil acabar con los paraísos fiscales? Pues la OCDE, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, lo ha hecho en menos de una semana. Fue uno de los puntos más llamativos y esperados de la reunión del G20, el 2 Abril: terminar con la impunidad de ciertos Estados o territorios que aplican un régimen tributario intensamente favorable a los ciudadanos y empresas no residentes, que se domicilien a efectos legales en el mismo. Las ventajas que dan a sus nuevos ciudadanos -que ni están obligado a pisar su suelo- son una exención total o una reducción muy significativa de los principales impuestos. La segunda característica esencial es que estos países consagran el secreto bancario y la protección de datos. Nadie te pregunta de dónde obtienes tus ingresos.

Con estas premisas no es fácil saber el dinero que en ellos se esconde, pero el FMI hizo una aproximación en 1999 -hace diez años nada menos- y concluyó que los activos extraterritoriales incluidos en sus balances generales alcanzaron los 4,6 billones de dólares, de los que 0,9 billones estaban en el Caribe, 1 billón en Asia y la mayoría de los restantes 2,7 billones correspondían a los centros financieros internacionales, es decir, Londres, los servicios bancarios internacionales (IBF) estadounidenses y el mercado extraterritorial japonés (JOM). Pongamos un ejemplo, en Gibraltar, que lo tenemos bien cerca, las empresas allí asentadas fiscalmente pagan entre 200 y 300 libras al año en un único pago fijo. Poco más de 200 ó 300 euros anuales, dado que la libra se cotiza a 1,04 euros.

Pues bien, la OCD acaba de anunciar que ya no hay ningún país en la «lista negra», ya no hay paraísos fiscales. Uruguay, Costa Rica, Filipinas y Malasia, los cuatro únicos países que figuraban en ella hace una semana, han prometido ser buenos chicos y cumplir las normas.

La OCD es, en contra de lo que pueda parecer, un organismo serio. Compuesto por los 30 Estados más ricos y desarrollados del planeta (acaparan el 70% del mercado mundial), lleva casi medio siglo dedicado a coordinar las políticas económicas y sociales de estos Estados. Elabora informes, aconseja, dicta. Es decir, que ellos se lo guisan, ellos se lo comen.

No es que no les preocupen los paraísos fiscales, no, para demostrarlo, la OCDE dispone también de listas grises de varios tonos. En la»gris oscura» se encuentran 36 Estados, incluidos Andorra, Gibraltar, Liechtenstein, Barbados, Liberia, Bahamas, Bahrein, Belize, Bermudas, Islas Cayman y Panamá -y los cuatro recién reivindicados-. En la «gris clara» se sitúan, Austria, Bélgica, Brunei, Chile, Guatemala, Luxemburgo, Singapur y Suiza. Las listas de colores se comprometen a «intercambios de información suficientes como para situarse en la parte gris». Y todos tan contentos.

El secretario general de la OCDE, el mexicano Ángel Gurría, se muestra, de hecho, feliz con haber echado lejía a su lista y aclarado el negro -la han lavado igual que al dinero sucio-. El G20 había amenazado -nada más que eso- con sancionar a los paraísos fiscales. Gurría dice que, en todo caso, no habría que llegar a tanto: es partidario de olvidarse de las sanciones porque «el clima ha cambiado» en las últimas semanas. Para Gurría, más importante que las sanciones es el hecho de que todos los países tachados de paraísos fiscales se hayan comprometido a colaborar con la OCDE y estén firmando acuerdos bilaterales para intercambiar información y salir de la opacidad bancaria.

Contando con que, además, para obtener esa información había que solicitarla de paraíso en paraíso, me planteo un dilema: ¿Contribuyo a la laxitud general del planeta o a la de España en particular? Porque mudarse a Gibraltar, con sol, mar y playa, una colina, monos, y la posibilidad de pasar uno a tomar pescaítos todos los días a La Línea de la Concepción, practicando inglés para que no se oxide, viajes baratos a Londres que me encanta… no parece mal plan. Es el territorio británico más próspero y estable, y uno de los países y territorios con mejor calidad de vida y niveles de seguridad del mundo, según el estudio Jane’s Country Risk de 2008, realizado por el Jane’s Information Group, nada menos. Está además excluido de la «armonización» del IVA. Pagar 200 ó 300 euros anuales de impuestos. Viendo la BBC en lugar de las cadenas de televisión españolas. Sin la obligación de escuchar en todos los telediarios a Rajoy y el «este dice, el otro dice». Además, no es un paraíso fiscal, no existen los paraísos fiscales, no contravengo ninguna norma ética. Es una opción en principio apetecible.

   La otra opción es intentar que la corrupción se acabe con continuas denuncias. Pero no parece que sirvan de mucho y estoy ya muy mayor.

gibraltar

Más críticas a la corrupción española

Dos artículos confluyeron estos días en El País hablando de la corrupción española. Uno era mío y el otro de Victor Lapuente, profesor de Ciencia Política en el Quality of Government Institute de la Universidad de Gotemburgo (Suecia). Lapuente mantenía que oír noticias de corrupción en España «no representa ninguna sorpresa». Para él, la razón última está en el clientelismo político:

«En España toda la cadena de decisión de una política pública está en manos de personas que comparten un objetivo común: ganar las elecciones. Esto hace que se toleren con más facilidad los comportamientos ilícitos, y que, al haber mucho más en juego en las elecciones, las tentaciones para otorgar tratos de favor a cambio de financiación ilegal para el partido sean también más elevadas».

 Frente a la situación española, en otros paises ocurre al revés: «En muchas ciudades europeas sólo tres o cuatro personas son nombradas por el partido ganador» o «En EE UU el alcalde no puede colocar a mucha gente. El Ayuntamiento lo gestionan profesionales». Estados Unidos, nos cuenta, tenía similares niveles de corrupción, pero lo solucionaron a finales del siglo XIX, principios del XX, evitando, precisamente, que los políticos extendieran sus tentáculos sobre la Administración y otros centros de poder, nombrando a sus afines.

Vemos en España que hasta las Cajas de Ahorros están dominadas por políticos, con mayoría según el resultado de las urnas. Esto explica lo sucedido en Caja Castilla La Mancha, o las peleas fratricidas en torno a Caja Madrid, entre facciones del PP, que pueden atentar frívolamente contra su estabilidad financiera.

La sanidad y la educación -temas de Estado- también dependen de las mayorías políticas en las Comunidades Autónomas. La neoliberal Esperanza Aguirre opta por la privatización, y poco hay que hacer. Intentar remendar el desaguisado si un día deja de ocupar ese puesto. Algo extremadamente difícil, rehacer las presas derribadas exige un doble esfuerzo. Me contaba un médico porqué con un ejemplo práctico:  «si has externalizado la lavandería, a ver cómo ahora la vuelves a meter en el Hospital». Todo esto, no ocurre en Europa.

La corrupción española ha merecido también el dudoso honor de ocupar un espacio en el The Economist británico. Un fluido debate se ha desencadenado en el foro.

«La corrupción en España y sus descendientes culturales es bastante fácil de explicar. La tradición en forma de la presencia de la Iglesia Católica, y la herencia romana, donde la corrupción es socialmente aceptada. La otra razón es la falta de información sobre el funcionamiento del Estado».

Otros hablan de las calificaciones de Transparency International -que yo citaba- donde recibimos un notable entre los países menos corruptos. Pero esta organización basa sus estudios en opiniones de expertos y no en datos.

Alguien con nombre español, duda de que el periódico El País sea el mejor diario español como asegura el semanario británico, y sacando a colación hasta los trajes de Camps que ascendien -dice-  a 13.000 euros, concluye:

  «Que una carrera política pueda estar en peligro a causa de tal crimen dice mucho del nivel de exigencia que se requiere en estos días a una posición política en España».  (¿Existe ese nivel de exigencia en la sociedad? ¿Está la carrera política de Camps en peligro a requerimiento de la sociedad?)

Con todo, se incluye en el foro de The Economist, también, este terrible pensamiento que aún persiste:

«¿España? Monarquía, el catolicismo y los toros. ¿Qué se puede esperar? Sólo su proximidad geográfica lo califica para ser miembro de la comunidad europea. Por lo que su nivel de corrupción no debe sorprendernos».

A mí se me cae la cara de vergüenza. Pero no se trata de taparlo o mirar para otro lado, como han hecho políticos y numerosos medios de comunicación con la condena al urbanismo español por parte del Parlamento europeo. O de sacar nuestro orgullo patrio y asegurar que en nuestra isla vivimos como nos place y que todos los demás tienen porqué callar. Algo -o mucho- de verdad hay. Tenemos que cambiar actitudes y limpiar nuestra imagen. Las luchas entre partidos por el poder restan tiempo, esfuerzo y medios, a las tareas esenciales.

Hijos de la picaresca (2)

El Congreso acaba de rechazar una propuesta para que los deportistas «residentes» -para impuestos- en paraísos fiscales no compitan por España. Era una proposición de ley de Iniciativa per Catalunya Verds (ICV) -que suelen ser francamente creativos en su trabajo-, y que sólo ha obtenido el voto a favor de su diputado Joan Herrera. Éste es un ejemplo más de cómo en España no se quiere atajar la corrupción.

Estos días leo también por ahí que lo de Camps, el «presunto», no tendría importancia -caso de confirmarse lo que declara su sastre-. «Total por unos trajes, cómo va a pringarse por unos trajes». Por algo se empieza. Y lo que probaría, precisamente, es una costumbre en aceptar regalos a cambio de algo. Como el coche de Touriño. Nadie dice nada, por cierto, salvo Nacho Escolar, y pocos más, de que el Presidente valenciano se aloje en Ritz cuando viaja a Madrid. Esto viene de antiguo, yo me encontré, hace tiempo, a dos presidentes autonómicos, residiendo en el Hotel Plaza de Nueva York en sus visitas a la «capital» del mundo. Tenía el mítico hotel un bar muy coqueto para tomar copas a media tarde. Y allí los vi en distintas épocas, hablé con ellos y me contaron dónde estaban alojados. Mis amigas y yo nos pagábamos nuestras consumiciones. Estos presidentes manirrotos, tan amantes del lujo, lo hacen con nuestros impuestos.

En el libro recopilo también decenas de muestras que dibujan un sombrío panorama de cómo campan en España la trampa y la corrupción, sin que a nadie le importe -sólo el 2% de los ciudadanos lo cita como problema en las encuestas del CIS-:

Es el país europeo donde circulan más billetes de 500 euros -emblema del dinero negro-. Suponen el 65% del dinero en España. Algún alto cargo extranjero incluso de ha mofado de esta circunstancia.

Un colegio concertado que infla el número y horas lectivas de los profesores para cobrar más subvenciones. Lo hizo el San Isidoro de Granada, y se le multó por ello. Pero, en un país serio, los padres hubieran retirado a sus hijos de un centro sin ética ¿Qué les van a enseñar a sus criaturas? Cómo prosperar en España, sin duda.

Subastas de voto en ebay para las elecciones.

Dueños de pisos que suben el alquiler al saber que el gobierno ayuda a los jóvenes con 210 euros.

Empresarios que contratan a discapacitados para cobrar ayudas y luego no les pagan. De esos hay a decenas.

La comunidad de regantes de un pueblo de Alicante, Villena, que vende 700 millones de litros anuales de agua para embotellar a la empresa Danone, cuando piden, agriamente, al gobierno un trasvase del Ebro para regar. La planta, además, se instala, al menos en parte, sobre unos terrenos propiedad del presidente de los regantes villenenses.

   La mayoría -por ser benevolentes- de las compañías sobre todo las de telefonía, con sus contestadores automáticos y sus «errores» siempre a favor de la empresa.

O minucias para sonrojar. Un portal de reservas de hoteles hace un sondeo entre clientes españoles y británicos, ambos pueblos sustraen objetos de los establecimientos donde se alojan, desde los miserables jaboncitos al eventual albornoz. Los españoles ganan por goleada, casi el 80% lo hace de manera habitual. Hay quien saquea el minibar entero, o el  kit de limpieza de la cocina -en el caso de apartahoteles-, incluyendo el estropajo usado.

Del estropajo usado al ladrillazo, pasando por los trajes y por todo lo que venga. Y lo peor es que la gente se ríe en lugar de indignarse, y algunos dicen: «yo de mayor quiero ser como Fabra».

Mientras no cambiemos de mentalidad no habrá nada qué hacer. Todo esto es lo que no me cupo en la Tribuna de El País. Llevamos siglos así, sin que los poderes públicos intervengan dando la terrible sensación de que muchos forman parte de la misma desidia en torno a la corrupción o de que tienen alguna razón para no atajarla. Lo mismo que periodistas, jueces, es todo el entramado social, mientras el pobre hijo de vecino paga y trata de llevar -o no- una vida decente.

Lázaro de Tormes, el más famoso de nuestros pícaros, acaba -después de padecer a siete amos- de marido tapadera para los refociles de un alguacil arcipreste quien le aconseja: «Lázaro de Tormes, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas, nunca medrará. (…) Por tanto, no mires a lo que pueden decir, sino a lo que te toca, digo a tu provecho.» Un clérigo. Por ahí comienzan nuestros males.

La mafia de Telefónica en el país de la corrupción consentida

A finales de 2008 quise dar de baja una línea de Movistar. Jamás contestó el teléfono durante 15 días, insistiendo en distintos horarios. Me atendía un primer empleado, me traspasaba al único departamento que podía gestionar la petición, y la llamada sonaba interminablemente sin que nadie la cogiera. El 5 de enero opte por enviarles un burofax. La factura llegó igualmente en Febrero, y ha llegado en Marzo. Son 3 euros de contrato y 4,31 de diferencia de consumo mínimo de la línea (todo, porque no hice ni recibí ni una sola llamada).

30 minutos de llamada al 609 me ha costado aclarar, o no aclarar, las cosas. Primero me han dicho que la línea se dio de baja el 16 de Enero y había habido un error con las facturas. He preguntado que si me devolvían el dinero cobrado de más. Han consultado la largamente y han dicho que no. Me han pasado entonces a otro departamento. Nunca recibieron el burofax -dicen- y mi teléfono no estaba dado de baja. Lo han tramitado con la celeridad de un artrítico que atasca sus dedos en el ordenador -esa gestión ha podido llevar unos 15 minutos-. Otro departamento ha reiterado que, puesto que jamás estuvo de baja, no me devuelven el dinero. No es el primer litigio que gano a Telefónica a través de la la Secretaría de Estado de Comunicación y para la Sociedad de la Información. Y prefiero gastarme el equivalente en papel, tinta y gasolina que alimentar a una mafia.

Múltiples reclamaciones a todos los estamentos, demuestran que para dar de baja una línea hay que sufrir un calvario. Porque no cogen el teléfono por la vía habitual, porque no «reciben» ni los burofax oficiales, porque siempre cometen «errores» y siempre a su favor. ¿Qué nombre tiene esto?

Si a mí me roban 20 euros, más 3 de emotion en otra línea que no he usado, y cuentan con casi 9 millones de usuarios, hagan la suma del cuantioso negocio fraudulento -debido a «errores», dicen, aunque no demostrables- que se lleva esta empresa, antaño pública y entregada en su momento a un amigo del colegio de Aznar. A las personas que me han atendido hoy, les he dicho que comer no justifica participar, ser colaborador necesario, en un negocio corrupto y que hay formas más honestas de ganarse la vida. Se han ofendido mucho. Y eso que no les he aclarado lo que realmente pensaba, que en la Calle de la Montera de Madrid, o en el Raval de Barcelona, se puede conseguir un dinero más digno que el que se obtiene contribuyendo a que timen a los ciudadanos, que alli solo joden su propia dignidad.

Si España funcionara no se tolerarían estas prácticas. Los poderes públicos no lo permitirían. Aquí se asumen del primero al último ciudadano. Vemos a diario a políticos, representantes de los votantes y no votantes, que se alojan por no menos de 600 euros diarios en el lujoso Hotel Ritz de Madrid -con cargo al erario público- y que reciben al sastre para que les haga trajes, «presuntamente» regalados por una empresa. Que se favorece con negocios millonarios a profesores de padel, que se cierran comisiones de investigación por la ley de la apisonadora de la mayoría absoluta. ¿Qué va a importar que Teléfonica, en «errores» siempre a su favor, se apropie de 23 euros de cada uno de sus nueve millones de clientes? Individualmente, es una minucia por la que nadie va a reclamar, pero que puede llegar a representar un beneficio adicional para la empresa de 207 millones de euros mensuales. La media vendría dada porque los «errores» en algún caso son de menor monto y en otros de mayor.

Si hablo de mafia es apoyada por un burofax oficial. Además he grabado todas las llamadas en donde me aclaran que la línea se dio de baja en enero pero hubo un error en las facturas. Apoyada también en los millones de reclamaciones a todas las instancias de casos similares.

Este es el país donde circulan más billetes de 500 euros, el del dinero negro, el de los escándalos urbanísticos, en el que basta tener un amigo con poder para forrarse, el que sigue votando a políticos encausados por corrupción, el que -sobre todo- cuenta con una ciudadanía que no reacciona. Grano a grano, los corruptos edifican sus fortunas, grano a grano tenemos que desmantelar la España podrida.

   Os recuerdo una de mis frases favoritas. Aquella versión de la Ley de Clark que utilizó un empleado de la NASA:

» La incompetencia suficientemente avanzada es indistinguible de la mala voluntad». Y la mala voluntad organizada para obtener beneficios fraudulentos -añado- tiene un nombre: mafia.