Crisis, malvada crisis

Teclear en google “la crisis provoca” resulta un interesante ejercicio sociológico. Veamos. Una caída del 6% en las ventas del sector del libro. El 60% de las matriculaciones en autoescuelas. Una escalada de cierres de negocios de autónomos. Un exceso de oferta de pisos y un descenso de la demanda. Despidos y regulaciones de empleo diversos. Entre ellos, como consecuencia, de los vigilantes de seguridad, que son menos contratados. Un 6% de bajada en el consumo de gasolina. La desconexión rural de Internet y un descenso general del número de internautas (¿). No todos opinan lo mismo: Google al recibir el Premio Príncipe de Asturias, dijo que la crisis provoca un aumento de usuarios. Incremento de los robos en supermercados -lo que en una treintena de periódicos califican por igual como «robos famélicos»-.  Un aumento de la economía sumergida. Que se disparen los timos en reparaciones a domicilio. Devoluciones masivas de libros en Asturias. Sí, en Asturias, eso pone. ¡Cómo son los asturianos! Claro que los lectores optan por ediciones de bolsillo, que no parece mala cosa.“Overbooking” de aspirantes a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Un “boom” de ventas de lotería. Un 30% de mayor agresividad y nervios en los conductores -¿más?-.  Que desciendan las adopciones. Vaya. Que el 76% de los españoles cambien o cancelen sus reservas de vacaciones. Que las empresas descarten construir parkings subterráneos –fue un negocio altamente lucrativo-. Un aumento de solicitudes para ingresar en “Gran Hermano”. Asuntos serios, buena parte de ellos, no todos.

Pero también atribuyen a la crisis, mencionada siempre con harto dolor y preocupación, todos estos asuntos: Hizo que las familias y hogares españoles ahorraran en el primer trimestre del 2009 más del doble de lo que lo hicieron un año antes, hasta una tasa del 7,9%.   Que la gente venda sus objetos de lujo Que los trabajadores –los que sí tienen empleo- estén más satisfechos con su labor. Un refuerzo del control del gasto en las PYMES. Un descenso del 10% en el absentismo laboral. Un aumento del interés por el arte y la cultura, visitas a museos –gratuitos o baratos-… en Gran Bretaña. Un descenso del 30% en el uso del taxi. Atentos: descenso en las ventas de jamón ibérico. Una caída del 74% en los beneficios del diseñador Adolfo Domínguez, que “sólo” ganó el año pasado 4 millones de euros. Menos visitas a centros de belleza y bricolage casero, en lugar de llamar a reparadores profesionales para todo. Una vuelta a las aulas en busca de títulos y mejor cualificación. El regreso de los abuelos desde sus exilios en residencias para cuidar a los nietos. Un 5% de descenso de salidas a los campos de golf –esos que se comen el agua y proliferan como setas en otoño-. Cambios en el mundo publicitario ¿A mejor o a peor? Se ha frenado la deforestación del Amazonas.

Y consecuencias, atribuidas a la crisis, aún más cuestionables que algunas de las que preceden:

Un descenso de los muertos en accidentes laborales. Nos lo cuentan “con un par…”. Vamos, que al reducirse el empleo, mueren menos.

Crisis en las churrerías. Que resulta venía gestándose desde 20 años atrás.

Un aumento del número de suicidios y asesinatos. ¿Por la crisis?  Sí causa más inseguridad y más miedo.

La caída del deseo sexual, ¡anda ya!

El aumento de la obesidad entre las mascotas de los estadounidenses, porque sus dueños los alimentan ahora con productos más baratos y menos saludables. De cualquier forma, se sigue gastando más en Viagra y en comida para animales, que en mejorar la calidad de vida de los africanos

Lo positivo: Vivíamos con una sobredimensionada oferta que acarreaba gastar sin tino. Ojala se mantenga el buen juicio si un día cede la crisis.

Y lo más negativo: Muchos –pero muchos, muchos- han sacado tajada: han aprovechado la excusa de la crisis para hacer reestructuraciones insolidarias, mejor toleradas en un mundo revuelto.

Crisis, malvada crisis, cajón de sastre revuelto. Tópico cíclico que no ha cambiado la mayor parte de nuestras actividades pero nos ha hecho añadir el vocablo. «Vivo… a pesar de la crisis«.

Esta recopilación de viñetas de El Roto nos explica mejor que nadie lo que ha pasado.

La culpabilidad de los indiferentes

Lloraba, vulnerable por sus largos años de secuestro, Ingrid Betancourt -con el premio Príncipe de Asturias en las manos-, al reflexionar, sobre cómo los alemanes fueron capaces de dejar ir a los asesinos encañonando a sus víctimas. Todos ellos formaban parte de una mayoría amorfa, que nunca se mueve y consiente todos los atropellos, porque nunca quiso significarse. La componen seres humanos, pacíficos –se denominan a sí mismos-, incluso “apolíticos”, tendencia que se define como “me importa un bledo lo que le pase al conjunto de la sociedad”. Gentes que no quieren enterarse de que fue cierto que “un día vinieron a por mí y ya no había nadie”, como avisó Bertolt Brecht ante el genocidio nazi.

Alguna vez, alguien reacciona colectivamente. Desde el Fuenteovejuna español a la sublevación contra la tiranía de los franceses, pasando por todas las revoluciones y resistencias. publicitadas o ignoradas, que han poblado y pueblan nuestro injusto mundo.  Denunciar, una tarea peligrosa, dice hoy El País. El riesgo de denunciar, titula otra noticia, casualmente al lado. Ése parece ser el problema: tomar partido implica peligros, incluso el de quedarse sin opción de saborear toda la tarta, y no la parte escogida. Pero esa actitud entraña, en mi opinión, una mayor amenaza: perder la dignidad.

 Y daños a otros. Un día, no hace tanto, algunos trataron de impedir que una niña de 14 años fuese lapidada en Somalia, y tras ser violada para mayor oprobio. Si se hubiera levantado toda la concurrencia, la cría estaría viva. No lo está. El arrojo es un bien escaso.

La pasividad se enseñorea del mundo consumista, nos han aleccionado, a conciencia, para hacernos sumisos y poco o nada comprometidos. Guerras, hambre, desplazados, niños y adultos que mueren en las pantallas de los televisores, mientras miramos para otro lado… ricos objetos de consumo que nos consuelan, cuentas sin pagar en el primer mundo, trampas, demagogia interesada, inyecciones de dinero a los causantes del cataclismo financiero, todo nos toca. Pero… “deprime leer los periódicos, o ver y escuchar cualquier informativo, es más cómodo no hacer nada”, dicen.

Todo se gesta desde un ámbito mucho más cercano. Conflictos en los que una discreta postura -no mojarse, no opinar, ocultarse, no preguntar, ni querer saber, negarse a analizar, a valorar los datos-, garantiza una buena colocación, cuando, al solventarse los problemas, haya un ganador. O cerrar los ojos, porque, sí, es más cómodo. Inicialmente, porque ahí se empieza a perder la primera batalla contra los enemigos de la justicia y la ética.

Acabo de leer que Telemadrid ha empezado a cobrar la información. La televisión regional ha creado «Ciudades por Madrid”, una fórmula en la que los Ayuntamientos se ven obligados a pagar para poder tener presencia en su programación. 30.000 euros le ha costado a Alcobendas, ahora en manos del PP, que los programas estrella de Telemadrid como «Alto y Claro» -sencillamente abominable-, «Madrid Opina» o «Madrid Directo» se emitieran desde esta localidad. 40.000 ha pagado al ayuntamiento de Móstoles para que su alcalde, también del PP, participara como colaborador en el programa de Curry Valenzuela. La denuncia la ha hecho el PSOE y Telemadrid no lo desmiente. Lo argumenta así: “no se obliga a pagar a ningún Ayuntamiento, sino que se les permite la opción de publicitarse por si quieren aprovechar la ocasión”. ¿Y cómo se habla de una ciudad que ha pagado? ¿Objetivamente o pensando que el cliente siempre tiene razón? Es el fin de la información. Y el último episodio… por el momento.

   Llueven trajes y coches de lujo regalados a cambio de prebendas, asquerosas manipulaciones, corrupciones, conchabeos, privatizaciones de la sanidad, la educación, y hasta del agua que bebemos… una interminable lista de impunidades que hemos engullido. Hace años escribí un “manual para tragar sapos”. Les hacemos ascos al principio, pero con sal, pimienta y limón terminan entrando. Hasta los digerimos y preparamos el estómago para que no sufra tanto la próxima vez.

Cada día me convenzo más de que los indiferentes, los cautos, ¿los cobardes?, son los culpables de la situación en la que vivimos, desde la planta del edificio en el que residimos al mundo que hemos creado, pasando por todos los estadios intermedios. Unas risas, una ironía, un autojustificarse, una crítica «equidistante», siempre hay consuelo para el tibio que evita los jardines, la realidad y el compromiso.

Pensar, práctica en desuso

Las calculadoras como muletas en la resolución de problemas, el pensamiento mascado para ser mejor digerido. Pocos parecen enfrentarse a la realidad con ojos nuevos cada día para hacerse preguntas y encontrar respuestas, para equivocarse y volver a replantearlas, para tratar de ver, asociar y sacar conclusiones. Lanzarse a la aventura de descender una montaña hasta el mar del conocimiento como río nuevo, en lugar de seguir – en barca sin piloto identificado- todos los canales establecidos. Más aún, como razona Ignacio Escolar, entrar en el jardín secreto está penado por la sociedad.

Varios amigos coetáneos míos coinciden en resaltar que ahora ya no parecen existir grandes pensadores, cuyas palabras aguardar con interés. Los Aranguren, Madariaga, Marías, de nuestra juventud, publicaban artículos, eran entrevistados en grandes medios. Ahora, en efecto, no pueden proliferar más los “opinadores” de oficio, tediosos repetidores de tópicos, pero faltan los elaboradores de ideas. Se ha perdido -se diría- la práctica de pensar.

Es un mal general, los filósofos han sido sustituidos por los sociólogos –de meritoria labor sin duda- en una corriente que trata como máximo de analizar los hechos, pegarse a la realidad. Pareciera que la última corriente de pensamiento filosófico notable fuera la del Círculo de Viena y data de la primera mitad del Siglo XX. De otro lado, se recupera la “matematización”, las matemáticas como eje e instrumento: Todo lo que no puede reducirse a variables cuantitativas se rechaza.

Descubrí en un reportaje el valor capital de las matemáticas sin embargo. Origen de todas las ciencias, ofrece un punto clave: “Es una cuestión de entrenamiento”, me decía la matemática Marta San-Solé, “un deportista de élite no llega a serlo si no hay un entrenamiento muy duro detrás. Y, si uno no se rompe la cabeza resolviendo problemas desde niño, problemas sencillos, pero que sirvan de entrenamiento al racionamiento, pues evidentemente no va a tener una cultura matemática”.

Ni de vida. Hay que trabajar para abrir cauces, pero si no se ejercita, el cerebro se extingue. En un mundo global, con sobre-información, las ideas nuevas se diluyen en el conjunto. Con la crisis, no hay tiempo para pensar –precisamente, cuando sería más necesario-. La Universidad hoy busca el pragmatismo urgente, piezas que encajen en empresas, en lugar de primar ser lo que siempre fue: un foro para el desarrollo de ideas. Pero la causa principal puede estar en los medios de comunicación. Los espacios culturales de los telediarios ya no informan sobre cultura, sino que promocionan industrias o productos propios. Productos, no cultura. Los medios más serios no se arriesgan con experimentos. Los debates políticos han quedado reducidos a lo que el sociólogo Fermín Bouza denomina «píldoras»: «la televisión ha contribuido a un proceso de debilitamiento de las ideologías porque ha impedido el discurso ideológico. Es un discurso de píldoras, sintético, rápido, y ha formateado al resto de la sociedad a su manera”. 59 segundos para sintetizar una idea, la audiencia ya no aguanta más tiempo atendiendo.

 Vivimos en una sociedad trivializada y, por tanto, más vulnerable. Ella da de comer a los medios también, en un bucle que se retroalimenta. El fin último es fomentar el consumo, como dice una intelectual innovadora, ésta sí, Naomi Klein.

Aún tenemos en España, mejor en la península ibérica, a Saramago, Sampedro, José Vidal-Beneyto o Federico Mayor Zaragoza. Mezclados, y tapados, con las hordas “cristianoronaldas”. Un cerebro para toda la vida. Anquilosado y lánguido por falta de uso. Cuestionarlo todo, volver a mirar, asociar y concluir para hallar nuevas soluciones. Fortalecer el cerebro, entrenarlo. Para abordar también problemas prácticos, sí, esos que nos acucian. Empequeñecios y más accesibles a un pensamiento maduro.

Consumada la fechoría: ya está aquí Cristiano Ronaldo

BPCAK1HZMDCALHYHTACA1QTWRECAD2OD7JCAICRZE6CAJDVN7KCA23YS36CAD10GV1CAG7LCTICAMJB2MZCALWDTGNCA7M7KB2CAZT2E39CAECV973CANVJEC8CA8YYEFBCAPUBHYDCAYO80ES9ZCARYS8O1CA3A3VUDCAX7H0I4CAM13QCBCA4QFMNNCAUM61JVCA3NH2Z5CAEUCXGKCAO7T029CAAFQQYJCAUHOTTCCAX73XQQCA6IQG60CANMN3FVCAAJM7SACA821R9GCAV45IQXCA1QMXD3

Me he cruzado por expulsión de otras vías –Madrid rebosaba de gente en la calle- con las hordas que se dirigían a ver a Cristiano Ronaldo en el estadio Bernabeu, y a avalar con su presencia que se hayan dilapidado con él 94 millones de euros, en un mundo cuajado de pobreza e injusticias. Grupos numerosos, convertidos en chusma, arrasan a los vehículos, la calle es suya, el mundo es suyo. Sólo porque van a ver a un niñato vestido con la camiseta de su equipo. No importa que luego vuelvan a incorporarse a su mediocre vida.

Setenta y cinco mil personas. Los había de todas las edades, predominantemente jóvenes. Un padre con traje llevaba de la mano a su hijo. Ha cruzado, educadamente, entre los coches y he estado tentada de preguntarle: ¿Va a enseñar a su hijo cómo se triunfa en la vida? ¿Solidaridad? ¿Valores?

Macarrilla, musculado –puede que operado-, Cristiano Ronaldo es un paso más allá en el modelo que creó Florentino Pérez para el Real Madrid. Sólo que ya caricatura, degeneración, un Beckam rural –que ya es poner el listón bajo-. Mujeriego, vacío, todo un modelo a imitar. La capital, España, se va a enterar de quién es éste muchacho. En los lugares por donde ha pasado suelen celebrar con fiestas su despedida. Yo no soy una seguidora habitual del fútbol. Sólo sé que se enfrentó al Barcelona en una final, perdió y a él ni se le vio. Pero da dividendos selectivos –particulares- en la tierra de la desmemoria, que se extiende a la política, a la economía, a la sociedad.

Setenta y cinco mil personas, cadenas retransmitiendo en directo, alguna de ellas financiadas con dinero público. España se para, e Inglaterra respira. Los aficionados del Real Madrid borran de su recuerdo, los tres años sin títulos, al Presidente saliendo por piernas del club con un agujero económico insostenible, tras haber levantado para sus arcas, cuatro torres altísimas. Hoy siento una pena inmensa por esta sociedad, por el ser humano que no recuerda, ni piensa, ni se conmueve por el injusto mal de los otros. Carne de cañón para los desaprensivos.

Actualización, martes, 7 de Julio:

  No os perdáis esto:

«Eso te lo has gastado tú comiendo una mariscada con cuatro golfas que no conoces de nada»… ¿la afición al fútbol seca las neuronas? ¡Dios qué país!

      http://www.as.com/futbol/video/nueva-campana-abonados-valladolid-i/dasftb/20090706dasdasftb_7/Ves

El gozo de escribir (o de hacer algo)

Venía yo elucubrando un asunto, mientras hacía “recados”, sobre un muro suspendido en el aire que sabía iba a empujarme hacia una de sus dos vertientes: lo positivo y lo negativo. En el supermercado de mi barrio hay un abuelo que pide en la puerta como cumpliendo un horario. Hoy, que he bajado al abrir, ya estaba. No es un desarrapado. Lo imagino en su casa, madrugando, desayunando, pensando en la labor diaria que un día tuvo y que, ahora, de alguna forma recupera. Su tarea –de remuneración imprevisible- es extender la mano. Tengo localizado otro, algo más joven,  que se juega la vida entre los coches de María de Molina, el acceso a Madrid desde la Nacional II o el aeropuerto. A éste le apasiona su actual labor:  rezuma optimismo. Y nunca falla. Me preocupa, sin embargo, un tercero que ha desaparecido de su puesto. Hace ya tiempo. Argumentaba con ímpetu su reivindicación. Se enfadaba si no alcanzaba el éxito.

Pensaba en mí misma, privada de un trabajo diario en el periodismo, que se consuela plantándose en la puerta de la blogosfera, pendiente de la mañana a la noche más de una vez, para dotarme de una cierta sensación de que sigo ejerciendo. Ya sé que yo dispongo de medios de subsistencia y, posiblemente, estos hombres que piden no. Pero hay algo en su actitud que me hace pensar que hay algo más: la necesidad de la rutina, la obligación, sentirse útil, sentirse en el mundo.

Y llego a casa, y, vía Toño Fraguas lafragua.blogspot.com, he encontrado la solución. Y he saltado de mi muro hacia un colchón de esperanza. Este post va a ser inmensamente largo. Porque así debe ser. Toño ha descubierto un artículo maravilloso. A mí me sirve. Cada cuál busque su mejor acomodo.

ESCRIBIR A DIETA

Juan Villoro

Diario REFORMA . Ciudad de México

(19-Jun-2009).-

Hace años, en todos los periódicos trabajaba un gordo dedicado al arte de corregir la puntuación. Mientras otros sudaban en el lugar de los hechos, él leía con ojos de cazador. De tanto en tanto, chupaba un lápiz como quien prueba una golosina y tachaba un gerundio. No necesitaba consultar diccionarios porque había engordado a fuerza de adquirir palabras.

El corrector obeso era la versión extrema del periodismo sedentario. Su cuerpo expresaba autoridad. Aunque odiáramos sus enmiendas, lo veíamos como a un Buda cuyo paradójico don consistía en suprimir el adjetivo que tanto nos gustaba.

En un diario español conocí a uno de esos gordos, que además tenía el tino de apellidarse Grasa. Nadie se burlaba de él. Su nombre parecía heráldico, digno de su especialidad.

Los correctores perdieron importancia desde que la computadora prometió hacer esa tarea. El gran gordo desapareció mientras las redacciones se llenaban de gorditos.

Los reporteros se ejercitan menos; ya no persiguen las noticias a pie, sino que las buscan en las pantallas. Un oficio de flacos (recordemos al periodista famélico dibujado por Abel Quezada) se ha convertido en una tarea donde la barriga ya no es exclusividad del corrector en jefe.

Internet ha traído numerosos cambios culturales. No vamos a demonizar aquí algo bueno e inevitable, como la lluvia o el teléfono, pero es un hecho que los inventos ponen nerviosa a la gente. La fotografía anunció el fin de la pintura, el cine el fin de la fotografía, la televisión el fin del cine y la computadora el fin de la televisión. El resultado suele ser el opuesto. Cada nueva tecnología prestigia a la anterior: el plástico ennoblece al vidrio, el vidrio al bronce y el bronce a la piedra.

Las fotos polaroid, que parecieron el non plus ultra de lo moderno, acaban de desaparecer para siempre, convirtiendo a sus cultores -de Andy Warhol a David Hockney- en artistas de una edad pretérita.

Dentro de 50 años será imposible encontrar un sistema operativo para leer un CD con la información que hoy podemos grabar. En cambio, se leerán libros caligrafiados hace 2 mil años.

Internet refrendó la fuerza de la cultura de la letra. No podemos vivir sin escritura. La constelación que una vez se trazó con tinta de calamar, ahora brilla en nuestras pantallas.

Sin embargo, ante la galaxia Google, el periodismo impreso ha tenido un ataque de ansiedad. En vez de realzar sus recursos, imita los ajenos. Como la información en línea es muy solicitada, los periódicos tratan de parecer páginas web (menos letras, más imágenes, tips que simulan ser links…).

La reacción debería ser la contraria. Si en la pintura el abstraccionismo mostró lo que no puede hacer la fotografía, el periodismo impreso debería ofrecer lo que no funciona en la red: textos larguísimos para gente que conoce la calma. El periódico italiano La Reppublica es un buen ejemplo al respecto. Se lee al ritmo que impone el papel. Hace poco, uno de sus temas de portada fue la descripción de un beso. Es cierto que el autor era Orhan Pamuk, pero pocos diarios lo hubieran considerado digno de primera plana.

Lo curioso es que mientras se reduce el periodismo de investigación y se eliminan suplementos, las revistas ganan adeptos, demostrando que hay gente dispuesta a leer textos más extensos que los de las cajas de cereales.

La red se ha convertido en su propio tema: es el horizonte de los acontecimientos. En vez de acudir al lugar de los sucesos, el reportero vigila la realidad virtual. Como todos pueden llegar ahí, la competencia se basa en la homologación. El triunfo de conseguir algo único es menos decisivo que la derrota de perder lo que los demás consiguieron. La novedad tiene un criterio estándar.

Otro efecto secundario de internet es la disminución de corresponsales extranjeros. La red es una plaza sin patrias donde se intercambian datos de todas partes. Los enviados especiales se han vuelto caros y en cierta forma desconfiables: ven de manera peculiar un mundo que aspira a la norma.

Para colmo, en muchas ocasiones el reportero debe escribir un texto aplicable a varios formatos (el periódico impreso, la información en línea, el boletín de radio o televisión). Por lo tanto, ofrece una materia neutra donde los giros personales se evitan como grumos en el arroz con leche.

El periodismo sin señas de identidad permite que alguien comente: «ese texto es demasiado literario». La frase debería ser tan rara como la de un chef que dijera: «ese guiso es demasiado gastronómico». Casi siempre, la objeción se refiere a que el texto es complicado. La claridad es un requisito de la prensa (el desembarco en Normandía no se puede comunicar como un poema dadaísta), pero el miedo a la diferencia ha llevado a renunciar a los adverbios y los adjetivos.

Al alejarse de su esencia, la prensa escrita pierde lectores en todas partes. Mientras los periódicos adelgazan, los periodistas engordan.

No será por mucho tiempo. No hay vida sin historias. Nada más urgente que la crónica de un beso

Las debilidades del mito

berlin 473

No había planeado visitar esta ciudad que, según me dijeron, se llamaba Aachen y siempre me ha producido una sensación de aventura y suspense encontrarme en un lugar donde, si la lógica funcionase, no debería estar. El tema lo trató Tom Wolfe en “La hoguera de las vanidades”, en este caso como origen de un cúmulo de tragedias.

Tren Colonia-París. 10,45 de la mañana, llegaré a comer a la capital francesa y dispondré de tiempo para dar una vuelta por el barrio latino e insuflarme una vez más la belleza de Notre Dame. El convoy, de la compañía Thalys, tiene sus años. Transcurrida media hora, el jefe de tren dice en cuatro idiomas –ninguno de ellos el español- que se ha producido una interrupción de la vía poco más allá y nos van a llevar en autobuses a otra estación para salvar el obstáculo.

berlin 467

Un autobús urbano aguarda nuestra llegada. Urbano, tal y como suena. Igual que los que conducen de Goya a la Puerta del Sol en Madrid pongamos por caso, y vamos a viajar por carretera. Las maletas colapsan enseguida el espacio y la mitad de los pasajeros nos quedamos en tierra. Inicio conversación con una pareja que resulta ser de Colonia y, poco a poco, se van haciendo animados corrillos, salvo unos pocos que permanecen aislados de todo contacto con los demás. Me explican que “no es inusual” que sucedan fallos en los trenes alemano-belga-franceses. Y que el principal problema es que siguen sin estar preparados para eventualidades. “En Londres hubiéramos tenido aquí 6 autobuses al momento, aquí vamos a tener que esperar que el autobús que se ha ido, regrese”, dice la mujer, Clara. Pienso que en España también tendríamos, probablemente, 6 autobuses, somos los reyes de resolver conflictos imprevistos por la facilidad en la improvisación.

En efecto, el vehículo tarda algo más de una hora en volver y nadie nos ha avisado. Estamos atados a la maleta y a la posibilidad de que alguien subsane el problema, mande otro autobús, que podría marcharse sin alguno de nosotros. No se puede ni ir al baño, ni a tomar nada, tampoco. Hago fotos desde el mismo lugar donde me encuentro, pegada a la estación.

Hoy sé que Aachen es Aquisgrán, el corazón de Europa, y que Carlos El Grande del que me hablaban, era Carlomagno, y que su Universidad es una de las más punteras de Alemania.. Vaya oportunidad perdida. ¿La torre sería un extremo de la Catedral?

Por un precioso sendero verde nos llevan finalmente a Bélgica. Pero no es una estación convencional, sino un apeadero. No hay servicio alguno, ni ascensor. El error de una señora con gorro ferroviario nos hace transitar a varios por empinadas escaleras, acarreando la maleta, de ida y de vuelta a la vía donde finalmente saldrá un tren para París. Varios caballeros me ayudan con el bulto a su iniciativa, pero no en todas las ocasiones.

Amarrado el tren adecuado, nos ubicamos donde nos parece, todos en el mismo vagón –dado que los viajeros del primer autobús no están allí-. Vamos a tardar otros tres cuartos de hora en arrancar. Hay un cierto revuelo. Un “enterado” de manual –que ha pasado el tiempo de espera trayendo «noticias»- dice que nos devolverán el importe del billete. Bajo a fumar y, con un par de alemanes, conversamos con el nuevo jefe de tren, un belga, que se bajaría con su equipaje en Bruselas. Le comentamos el asunto de la compensación económica con toda corrección. Pero él repara en mi acento y me pregunta de dónde soy. Me pide el billete. Sólo a mí. Sin saber dónde me he sentado, me dice que tengo que ir al último vagón, que me asigna el asiento 28. Le pregunto que por qué sólo a mí y que quién me va a llevar la maleta hasta allí. Lo piensa mejor y me envía al vagón cafetería adyacente, donde han instalado dos filas de asientos. Mi asombro crece cuando sube al vagón y envía conmigo a una familia de raza negra, compuesta por el padre, cuatro mujeres jóvenes, un chico adolescente y un bebé. De todo el tren, separa a una española y a una familia negra. Un nazi.

Son casi las dos de la tarde. Ni soñar en comer en París. Tengo hambre y se me está terminando el agua. Preguntó al nazi si dispone de comida y bebida. Responde: “Sí, pero es para los pasajeros de primera, vd. viaja en turista”. La cafetería abre a las 3 de la tarde en Bruselas, acumulando una disuasoria fila de viajeros.

Antes ha aclarado que la interrupción de la vía –el incendio de una conducción eléctrica- se ha producido en Alemania, y Thalys no se hace responsable de nada. Habremos de reclamar al Deutsche Bank, que, casualmente, es propietario de ese servicio. ¿Juegan al Monopoly los bancos de todo el mundo? Clara y su marido se encargarán de gestionar por mí cómo lograr el cobro en otra larga cola que se forma en la estación de París Nord. Me lo contarán por email.

Mi tiempo se había acabado. Notre Dame lo vi de refilón más imaginándolo que otra cosa. Y regresé a España sin problemas.

Más que nunca en el pasado, compruebo las graves deficiencias del sistema para cualquier lado que uno quiera mirar. Ahora tengo que emprender reclamaciones contra varios entes que han incumplido lo suscrito. Orange, cuyo servicio de Internet nunca funcionó, pero te tienen medias horas al teléfono para no resolver nada. Eso lo he solventando dando orden al banco de que no paguen la factura. Iberia por facilitar un servicio de seguro de viaje que roza lo fraudulento. Y –si no me olvido de nada más- contra los ferrocarriles centroeuropeos por el retraso, y la empresa Thalys por llevar a un nazi a cargo de uno de sus trenes. Para diez días de viaje no está mal el porcentaje. El sistema está podrido. Y, por más que luche -que lo haré- lo más probable es que no consiga nada porque los ciudadanos estamos indefensos ante el monstruo que nos agrede con total impunidad.

Madoff: preguntas tontas

Todos muy contentos porque Bernard Madoff ha sido condenado a 150 años de cárcel: estafó 50.000 millones de dólares. A clientes millonarios, en su mayoría. Como conozco a algún afectado, puedo presuponer que, muy pocos, se han arruinado: habían diversificado sus fuentes de inversión y ni de lejos se han quedado con lo puesto.  Millones de personas, en cambio, sufren los efectos del neocapitalismo desbordado y sus fraudes hasta pasar serios apuros para subsistir.

Mis dudas son:

¿Hubiera sido la Justicia de forma tan rápida y contundente de haber no haber sido ricas sus víctimas?

¿Lo ha hecho en el caso de quienes han arruinado empresas y usuarios más modestos?

¿Lo hará alguna vez… o todo seguirá igual?

¿Reaccionará en algún momento la sociedad?

Michael Jackson, muñeco blanco roto

Como tantos otros niños prodigio, trabajó desde que apenas se mantenía erguido. Usado por sus progenitores, sus productores y sus espectadores que nada cuestionan. En un país y un mundo con sus prioridades y sus esquemas. La errática vida personal de un artista genial, Michael Jackson, parte, sin duda, de ese convencimiento inducido que muestra el vídeo entre lo que es bueno y es malo. Su durísimo esfuerzo se vio recompensado con la fama. Había llegado el momento de comprar lo que le había negado la naturaleza: ser el muñeco bonito, el aceptado, el deseado. Aquel guapo muchachito negro perdió el color, la nariz, los labios, el peso adecuado… la razón. Y hubo profesionales de la medicina que secundaron su locura a cambio de dinero.

Cambió todos los esquemas en la música, innovó incluso en la técnica audiovisual y se perdió en un marasmo de insatisfacción y soledad –también soledad, probablemente- que le hizo perder la inspiración y cometer atrocidades. Ese esqueleto patético, pálido, estirado, toscamente remodelado, enfermo de mente y cuerpo, ya no era Michael Jackson. Responsable de sus actos, de cualquier modo, fue un fruto de nuestro tiempo. Muñeco blanco podrido, muñeco feo.

Bailan ya sobre su tumba, reviviendo éxitos ya olvidados. Alguien hará negocio, de nuevo, con Michael Jackson. Cometió el error de no morir antes de que entrara en su vida el bisturí y la medicina transformadora. Pero sí lo hizo. Y muere otra vez su fastasma, a tiempo para reeditar royalties. Muñeco blanco roto, muñeco malo, muñeco inmensamente feo.

Periodistas en Berlín

089

 

Berlín tiene playa. A orillas del río han habilitado deliciosos espacios con arena y tumbonas, sofás-cama, tules. La prensa federal da nombre a uno. Paradisiaco. ¡Barato! Aquí acude quien lo desea, pero también periodistas y políticos, dado que se encuentra ubicado cerca de todo el conglomerado gubernamental y mediático. Sin escoltas, sin problemas. Me cuentan que uno puede tumbarse en el césped –poco más allá- mirando la ventana de la Canciller Angela Merkel, apoyarse en la fachada, sin que nadie les moleste. Ese espacio, dicen, es de la ciudadanía. Cierto que no les sacude un terrorismo casero, pero hay también otra cultura cívica y democrática, un sentir como propio el país, el verdadero patriotismo -como he dicho tantas veces- que no exige alardear de banderas. Cierto, igualmente,  que ni los políticos conservadores cuestionan sus logros adquiridos.

He conocido en Berlín dos periodistas jóvenes que me han impactado: Patricia Sevilla –hija de mi amiga Camino Ciordia-, fotógrafa, y Aitor Lagunas, paisano de Zaragoza. Ambos –a los que he llegado por distintas fuentes- coinciden en varias cosas: dejaron su país para buscarse la vida, aprender idiomas, respirar otras culturas y, tras unos pocos años de profesión, poseen un rigor y un perfeccionismo que me admira. Buscar incasablemente fuentes y contrastarlas, ponerlo todo en cuestión, trabajar a fondo para lograr el mejor resultado. Mientras los grandes medios mandan a sus corresponsales a casa para ahorrar dinero, jóvenes como éstos buscan horizontes con la mejor preparación posible. Ésa es la clave. Merecen un futuro consolidado. Sospecho que lo conseguirán. Tienen el espíritu luchador e inconformista que tuvimos, en su día, quienes de repente empezamos a hacer periodismo en España de la nada. Hoy el marco es Europa, el mundo.

    Y, en la ciudad sin prisas, descansar aquí en las pausas, es bien apetecible.

095

ETA: Fuera del tiempo

De todos los males que asolan a esa “España” fuera del mundo civilizado y fuera del tiempo, el peor es el terrorismo de ETA. Un país capaz de parir a Vicente Ferrer, entregado a las más justas causas, coherente, inasequible al desaliento en sus objetivos, alumbra también a ese grupo de desequilibrados fanáticos –incluyendo en él a quienes les apoyan-. No pueden ser más españoles, de la peor estirpe, de la que poblaba nuestro suelo semicubierta con pieles, garrote en mano, en tiempos de las cavernas.

Cada vez que el “urgente” salta y leo que un ser humano ha sido asesinado por ETA, me sacude la sensación de que no vivo en Europa, ni el siglo XXI. Ayer fue aún más desolador, cuando escuché que a Eduardo Puelles le habían quemado vivo. Sólo la sin razón puede actuar así.

He reflexionado ampliamente a lo largo de mi vida acerca de ETA. Residí en el País Vasco, por trabajo, en el momento crucial en el que Franco murió y empezó una nueva historia. Apasionante tramo en el que, como periodista –y rodeada de otros periodistas que estaban llamados a ser la élite de la profesión en España- conocí muchos entresijos. Mucho tiempo más tarde, un atentado me sacudió de cerca en Madrid. Murieron cuatro personas, una de ellas un conductor de autobús que dejó su cerebro en el suelo. El paisaje, de cascotes y cristales rotos, era el de la desolación. Comparable a una guerra que no respondía a ese lugar ni a esa época.

Y, sin embargo, he reiterado sin descanso algunos puntos a considerar.

-En 40 años ni el Estado –dictatorial o demócrata- ha conseguido erradicar a ETA, pero tampoco la organización terrorista ha logrado sus objetivos. Ese tema enquistado exigirá medidas más imaginativas.

-En cuatro décadas, las cúpulas y los miembros se han renovado continuamente. Los primeros etarras peinan canas o han muerto, pero siempre hay descabezados jóvenes que se unen a la idea. Es una parte de la sociedad vasca quienes les alimenta para que crezcan. Se trata de, con todo dolor, pero también con toda firmeza e inteligencia, sentar las bases para que no hoy, ni mañana, los nietos de los que hoy matan y los nietos de los son asesinados, no se vean enfrentados nunca más, de impedir que hereden y perpetúen los viejos rencores.

-Por último, el tratamiento informativo y político del terrorismo. La utilización que de ello hizo el PP en la pasada legislatura fue vergonzosa, además de negativa. Acrecentaba la tendencia mediática de amplificar las acciones terroristas que es el principal objetivo que persiguen. No hablo de silenciar, hablo de priorizar la búsqueda de causas, base social.

Treinta años después de dejar de vivir en el País Vasco, regresé a ahondar en su situación, como suele hacerse en un reportaje –se mira con ojos diferentes al del turista-. Lo encontré… mucho más triste. Y los relatos de quienes allí se enfrentan al riesgo de hacer política –es un riesgo en el País Vasco-, resultaban altamente preocupantes. Un catedrático respondió a algunas cuestiones esenciales. No cito su nombre porque él no hablaba para mi blog, pero me parece interesante reseñar lo que dijo:

“La violencia siempre ha sido un componente importante de un sector del nacionalismo, lo que pasa es que eso sólo explica una parte. El declive del nacionalismo de la izquierda abertzale en los últimos años se puede medir y se puede cuantificar. Cuando ETA ha declarado una tregua, o ha tenido otra forma de expresarse que no sea mediante atentados o la utilización de la violencia, sus expectativas electorales se han visto favorecidas”. (…) “Yo creo que la mayor parte de la izquierda abertzale apoya la violencia, continua apoyándola, ETA siempre ha sido un referente para la izquierda abertzale y continua siéndolo. Lo que pasa es que si miramos la evolución histórica, vemos que cuando ha declarado una tregua por ejemplo han subido sus expectativas electorales y cuando se ha incrementado la violencia, progresivamente se ha ido minando su apoyo social”.

Ahí es dónde se precisa actuar. Y no se trata de ilegalizar ideas. La sociedad vasca se ha comprometido de alguna manera con otro proyecto en las últimas elecciones. Tibiamente. Entiendo que no es nada fácil allí enfrentarse a la irracionalidad, al miedo, pero ha marcado un ligero cambio de tendencia.

Las palabras y la expresión del rostro del Lehendakari López me aportan, al menos a mí, cierta esperanza. Le habían matado a “uno de los suyos”, a “uno de los nuestros” y se comportó como un ser cercano y muy humano.

Siglo XXI. Europa. Civilización. Ya no queda en parte alguna (que responda a esos conceptos), la pistola, la bomba, la crueldad extrema, por, supuestamente, defender una idea. En el mundo, hoy, sólo el atraso y el fundamentalismo, lo practican. La razón tiene que terminar por imponerse.

Y dicho esto no creo que vuelva a tocar este asunto. Por coherencia.