Michael Jackson, muñeco blanco roto

Como tantos otros niños prodigio, trabajó desde que apenas se mantenía erguido. Usado por sus progenitores, sus productores y sus espectadores que nada cuestionan. En un país y un mundo con sus prioridades y sus esquemas. La errática vida personal de un artista genial, Michael Jackson, parte, sin duda, de ese convencimiento inducido que muestra el vídeo entre lo que es bueno y es malo. Su durísimo esfuerzo se vio recompensado con la fama. Había llegado el momento de comprar lo que le había negado la naturaleza: ser el muñeco bonito, el aceptado, el deseado. Aquel guapo muchachito negro perdió el color, la nariz, los labios, el peso adecuado… la razón. Y hubo profesionales de la medicina que secundaron su locura a cambio de dinero.

Cambió todos los esquemas en la música, innovó incluso en la técnica audiovisual y se perdió en un marasmo de insatisfacción y soledad –también soledad, probablemente- que le hizo perder la inspiración y cometer atrocidades. Ese esqueleto patético, pálido, estirado, toscamente remodelado, enfermo de mente y cuerpo, ya no era Michael Jackson. Responsable de sus actos, de cualquier modo, fue un fruto de nuestro tiempo. Muñeco blanco podrido, muñeco feo.

Bailan ya sobre su tumba, reviviendo éxitos ya olvidados. Alguien hará negocio, de nuevo, con Michael Jackson. Cometió el error de no morir antes de que entrara en su vida el bisturí y la medicina transformadora. Pero sí lo hizo. Y muere otra vez su fastasma, a tiempo para reeditar royalties. Muñeco blanco roto, muñeco malo, muñeco inmensamente feo.

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