Periodistas en Berlín

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Berlín tiene playa. A orillas del río han habilitado deliciosos espacios con arena y tumbonas, sofás-cama, tules. La prensa federal da nombre a uno. Paradisiaco. ¡Barato! Aquí acude quien lo desea, pero también periodistas y políticos, dado que se encuentra ubicado cerca de todo el conglomerado gubernamental y mediático. Sin escoltas, sin problemas. Me cuentan que uno puede tumbarse en el césped –poco más allá- mirando la ventana de la Canciller Angela Merkel, apoyarse en la fachada, sin que nadie les moleste. Ese espacio, dicen, es de la ciudadanía. Cierto que no les sacude un terrorismo casero, pero hay también otra cultura cívica y democrática, un sentir como propio el país, el verdadero patriotismo -como he dicho tantas veces- que no exige alardear de banderas. Cierto, igualmente,  que ni los políticos conservadores cuestionan sus logros adquiridos.

He conocido en Berlín dos periodistas jóvenes que me han impactado: Patricia Sevilla –hija de mi amiga Camino Ciordia-, fotógrafa, y Aitor Lagunas, paisano de Zaragoza. Ambos –a los que he llegado por distintas fuentes- coinciden en varias cosas: dejaron su país para buscarse la vida, aprender idiomas, respirar otras culturas y, tras unos pocos años de profesión, poseen un rigor y un perfeccionismo que me admira. Buscar incasablemente fuentes y contrastarlas, ponerlo todo en cuestión, trabajar a fondo para lograr el mejor resultado. Mientras los grandes medios mandan a sus corresponsales a casa para ahorrar dinero, jóvenes como éstos buscan horizontes con la mejor preparación posible. Ésa es la clave. Merecen un futuro consolidado. Sospecho que lo conseguirán. Tienen el espíritu luchador e inconformista que tuvimos, en su día, quienes de repente empezamos a hacer periodismo en España de la nada. Hoy el marco es Europa, el mundo.

    Y, en la ciudad sin prisas, descansar aquí en las pausas, es bien apetecible.

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4 comentarios

  1. Rosa, envidio mucho su relación histórica con Berlín y hubiera querido acompañarla en el puente de la Bornholmer cuando la caída del muro. Veraneo todos los años en el bario de Prenzlauer Berg, para recongraciarme con la existencia y el género humano. Déjeme que aproveche para transcribir unas líneas dedicadas a la ciudad más viva de Europa, con su permiso:

    En Berlín, muchas son las cosas que llaman la atención al visitante y que, como nexo común, revelan la presencia de un alto grado de cultura cívica que, por desgracia, en España apenas existe. Son detalles que pueden perfectamente pasar desapercibidos, como el hecho de no oír nunca un claxon proveniente del tráfico que fluye silencioso y sin signos de agresividad aparentes. Otros saltan inmediatamente a la vista, como la constatación de que no existen barreras físicas en los accesos al metro -es muy fácil colarse- o que los animales de compañía -sobre todo los perros- tienen libre acceso a los transportes públicos y a los bares. En los arenarios de los parques suele haber juguetes -rastrillos, palas, coches, pelotas- que nadie se lleva a su casa, porque se entiende que son de uso comunitario. Mi hija tuvo el impulso natural de llevárselos, pero le hice ver que eran de todos y que los niños que vinieran al parque también querrían contar con ellos. Lo comprendió enseguida. (más en http://tartardesalmon.blogspot.com/2009/05/el-cielo-sobre-berlin.html)

  2. Qué gusto da leerte, querida rosartal, torrente de palabras, idioma con música, todo como un orgasmo repetido y puntual. Ya sabes que te sigo desde cualquier punto de los mapas, allí donde se encienden las ideas que no comparto o en el más acá tranquilo de la amistad y el silencio sin mácula de nada.

  3. La gente es muy respetuosa con el medio ambiente -es la ciudad más ecológica de Europa- y con el espacio vital de los demás. El mobiliario urbano sufre un desgaste normal, ajeno al vandalismo enrrabietado que nos es familiar. La ciudad, pese a ser una capital de mundo con casi la extensión de Gran Canaria, se mantiene en una escala humana y amable -Berlín huele a bosque-; los grafittis proliferan por todas partes y lucen como la forma de expresión artística que son. No es extraño ver a ancianas con el pelo teñido de azul y piercings en la nariz desplazándose en bicicleta por las avenidas. En verano, la gente se vuelve loca con el sol y se baña sin ropa en las fuentes públicas. Nadie les recrimina por ello. La consigna parece ser: “Vive y deja vivir”. Pero lo mejor de todo es que, en Berlín, es muy difícil ver signos de ostentación. Sin ir más lejos, yo he visto más Lamborghinis y Ferraris en Las Palmas de Gran Canaria en un solo día que en todo el tiempo que he estado en la capital alemana. De hecho, allí no he visto ninguno. Y no es porque no haya ricos -que los hay, y muy, muy-, sino porque la ostentación del dinero o de los símbolos de poder son considerados una cosa muy vulgar y, en cualquier caso, el sentido común de una sociedad altamente cívica dicta que lo último de lo que se puede presumir es de tener dinero.

    http://tartardesalmon.blogspot.com/2009/05/el-cielo-sobre-berlin.html

  4. pablo

     /  2 julio 2009

    La verdad que todos quedamos encantados con esta ciudad, os recomiendo una guía alternativa que recoge infinidad de tendencias culturales de la ciudad:
    http://www.minispace.com/es_es/projects/mini-city-guide/berlin/?utm_source=s_ja_159
    Hay un video de 360º interactivo que está muy bien, que pena que el tiempo no acompañase, por que cuando sale el sol, la ciudad gana muchísimo.
    Espero que os sirva, grüsse!

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