Las máquinas sexuales, Zoido y la empatía

Dicen que el ser humano se aplicó pronto a buscar la ficción como forma de evadirse de la realidad o buscando la creatividad que la engrandeciera o ambas cosas. Ahora, una nueva vuelta de tuerca, apuesta por vivirla en sus estadios más prosaicos. Apremian a la mujer para que alquile su útero a quien pueda pagar el que le geste y alumbre un hijo. Apremian a fondo, de la mañana a la noche. La mujer probeta del mercantilismo comparte portada estos días con las robots para el sexo y el afecto, según leemos, oímos y vemos también sin cesar. Las “Loves dolls”, nos dicen, son capaces de ejecutar hasta 50 posturas sexuales y dar la sensación de respuesta que evoque sentimientos. Las robots. No hablan de penes vibradores con extensión corpórea capaces de abrazar como un oso, que es una de las aptitudes más cautivadoras de la pareja. Para estas cosas del placer y el uso siempre suele empezarse por la mujer. Aunque haya “Lover dolls” no exclusivamente femeninas y adultas.

Argumentan que servirán –como las hinchables– para tímidos y para ancianos. Así lo he escuchado. Y para desfogar conductas sexuales ilegales, lo que abre espeluznantes figuras a la imaginación. Y a modo de muñecas afectivas, con la de seres vivos que traen los sentimientos incorporados de serie. Y, hasta que lleguen a fabricarlas los chinos si es el caso, para usuarios de alto poder adquisitivo: cuestan entre 5.000 y 15.000 dólares. Sucedáneos en cualquier caso, con la mirada eternamente perdida, con emociones de silicona, con abrazos mecánicos. Un juguete descorazonado como todos, pero probablemente más descorazonador.

El avance de la robótica viene prestando grandes servicios al progreso. Faltaba avanzar en la idea, obvia, de su empleo idealizado para el placer sexual y la ilusión del amor. De hecho la promoción prioriza el “placer sentimental” al sexual. La idea es recurrente en la literatura y el cine. Lubitsch filmó The Doll ya en 1919, basada en el Ballet Coppélia de Lèo Delibes (SXIX). El español Luis García Berlanga lo abordó en Tamaño natural, de 1973. Pero es quizás Blade Runner (1982) de Ridley Scott la que  sitúa el tema en su más inquietante dimensión al mostrar a replicantes capaces de más empatía y menos hipocresía que los humanos. El director británico iba más allá que el autor del cuento original en el que se inspiró, ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’, el estadounidense Philip K. Dick. Concretamente ahondaba en esa potencialidad de sentir, más probable en los androides de Blade Runner. Nada que ver con las muñecas para el sexo en pleno lanzamiento.

La empatía es la característica humana definitoria. Pero los humanos de Blade Runner no se conmovían con el dolor ajeno, como les ocurre a millones de individuos de hoy. Ven cómo sufren y mueren miles de personas en la pobreza de los días, en el mar y en la tierra de la huida, y mucha gente prefiere mirar a las figuras que en, distintas pantallas, desvirtúan los gritos de la realidad. Tragando un anzuelo tras otro, el mayor el de su propia tibieza y egoísmo. Son legión. ACNUR denuncia que barcos mercantes y militares apagan el radar en zonas críticas del Mediterráneo para evitar verse obligados a atender las llamadas de socorro de los emigrantes.

¿Es Zoido, ministro del interior, un humano o un replicante? Si la principal diferencia teórica es la empatía, no podríamos asegurar que la albergue en su ser. En concreto el ministro no la siente por las personas que arriesgan su vida en el Mediterráneo ni por quienes luchan por salvarles. Durante este año han muerto 1 de cada 45 personas que han intentado cruzar ese mar que fue de la esperanza. Culpar a las ONG de llamarles y contravenir los planes del Gobierno es no tener un latido de afecto o consideración por ellos.

Zoido, Báñez, Catalá, Saénz de Santamaría, De Guindos, Cospedal, Rajoy,  Casado, Rivera, Girauta, todos aquellos responsables directos de la situación que vivimos… ¿Se mueven por empatía? Si se les observa detenidamente en sus gestos y en sus hechos, no demuestran sentirla por el género humano sino por la tribu de sus propios intereses. Como más arriba y más abajo en todas esas dimensiones del poder incapaces de mover un músculo sinceramente por sus congéneres, que más ricos o más pobres nacimos y morimos como todos los demás.

Esos 900.000 niños que pasan los días viendo a todos los adultos en casa, sin salir a trabajar, existen para todas las conciencias. Los que, por el contrario, regresan solos al hogar porque sus padres han de multiplicar los contratos para traer dinero a casa. Los que no cobran ni salario, ni subsidio a pesar de la feria del empleo emprendida por la propaganda. El presidente de la patronal –otro con la empatía bajo el callo del metatarso– avanza generosamente a estas alturas de la tijera que no se puede llegar a final de mes con 800 euros de sueldo. Pues los hay que se quedan en 300 euros al mes (el 22%, 1 de cada 5), y pensiones que siguen sin sobrepasar gran cosa los 300 al mes. ¿Humanos o replicantes quienes así gestionan?

¿Qué sentimiento hacia los demás, hacia sus víctimas, puede albergar quien roba el dinero de todos aprovechándose de su cargo público? ¿Y quienes obstaculizan la justicia? ¿Y quienes apoyan el repulsivo manto de corrupción y forman parte de él manipulando la verdad? ¿Y quienes, no solo no miran, sino que votan para que sean humanos de corazón piedra pómez quienes dirijan los destinos de todos? A la postre, mantener a tantos miserable en puestos de poder se debe siempre el estruendoso silencio de las “buenas personas”.

Nadie sueña ya con ovejas eléctricas, quizás con ficciones que enmascaren su realidad. Buscando salidas hasta con la muñeca de mirada ausente y silencio eterno que se deja hacer. Con vivir al abrigo de cuantos se dejan hacer. Si el mundo sigue adelante no es por ellos. Es porque también hay gente que salva a otros, que abraza al desvalido, que lo ve. Gente que se pone en el lugar del otro. Voluntarios, ONGs, periodistas freelance incluso, que se desesperan en impotencia ante lo que contemplan. Personas que se afanan en luchar por el bien común.  Personas que se rebelan ante la injusticia. Incorruptibles.

Vivimos, sin embargo, entre demasiados sucedáneos. Sucedáneos de la política, de la información, de la decencia. Quizás la posmentira está llegando demasiado lejos si ya no estamos seguros que sean verdad la justicia o los derechos. Que no sea cierta la humanidad y no sea verdad ni el amor. Veo cosas que no creeríais.

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1 comentario

  1. Estamos acostumbrados, unos más, otros menos, a vivir para resolver, proteger lo nuestro, lo particular, no lo común, no lo comunitario. Cogemos berrinches por como va todo lo de fuera, nos sentimos impotentes y volvemos a lo nuestro, bajamos la cabeza y nos volvemos a mirar el ombligo, creyendo que ahí si somos nosotros los que libremente escogemos , decidimos.

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