Los Golpes de Estado no son lo que eran

Un tribunal egipcio ha condenado a tres periodistas de Al Yazira a penas de entre 7 y 10 años de cárcel acusados de difundir noticias falsas para favorecer las tesis de los Hermanos Musulmanes. Ganadores de las elecciones tras la primavera árabe que derrocó a Mubarack , les plantaron un golpe de Estado y allí se quedaron con sus miserias. Los autoproclamados salvadores de la patria han promulgado condenas a muerte en tal número a miembros y simpatizantes del gobierno depuesto que debería causar alguna reacción internacional. Pues no, o no precisamente la esperada.

Ayer mismo leía horrorizada que el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, se presentó por sorpresa en El Cairo a rendir pleitesía al dictador Al Asisi, el autor del golpe de Estado. La administración Obama ha considerado que ya era hora incluso de descongelar la ayuda militar a Egipto por valor de 420 millones de dólares. Donde haya la paz de los beneficios que se quiten escrúpulos. De haberlos.

El alto cargo estadounidense ha viajado después a Irak que también anda revuelto estos días. La mejor jugada de la invasión de 2003, el objetivo -aprovecharse del petróleo de Irak-, lo ha puesto en peligro la milicia (suní) que salió cuando abrieron la caja de Pandora.  Mientras se matasen entre ellos no había mayor problema, pero es que ahora ha entrado en riesgo el negocio de los occidentales. Uno de los promotores de aquello, Tony Blair, ha declarado que ambas cosas no tienen relación alguna, no faltaba más, pero que ahora toca «actuar». Angels Martínez Castells lo precisa: «con una nueva «operación» contra Irak y Siria que prosiga con la liquidación de armamento del complejo occidental, con nuevas ventas a precios de escándalo, y con la reapropiación y salvaguarda de fuentes energéticas para sus amigos de los monopolios energéticos y de la seguridad privada, mientras Irak y Siria se desangran». Realmente los pobres sirios lo tienen crudo, les dan por todos los lados. Los irakíes también están siendo sufridas víctimas.

Siguen los enfrentamientos en Ucrania, en ese golpe de Estado ultraderechista -nazi, para ser precisos- que apoyaron tan contentos la UE y EEUU de nuevo.  Malo que la otra parte del conflicto sea la Rusia de Putin, otro prodigio de democracia. Y que se confundan los términos del conflicto.

Y en Tailandia también hubo en Mayo otro levantamiento militar que se pulió al gobierno legítimo. La comunidad internacional ha pasado del tema. Pero leo que estos golpistas son a la vieja usanza: han puesto en marcha una campaña que se llama «devolver la felicidad al pueblo» con un himno y todo con el mismo título. ¿Y cómo? dando en abierto todos los partidos del Mundial de Fútbol. Y un amplio programa de festejos lúdicos. El ejército dictatorial prefiere ser llamado «Consejo Nacional para la paz y el Orden».  Y busca por encima de todo recuperar el turismo, que suele ser algo timorato con estas cosas de los golpes de Estado. Los gobiernos no, como vemos, pero a la gente no suelen gustarle los tiros, cárceles y ejecuciones cuando están de vacaciones.

Y en Europa, en España que nos duele más cerca, no sé lo qué han hecho, pero las pérdidas son tan grandes y las manipulaciones tan de manual que cualquiera sabe qué está pasando.

Sin embargo, creo que tenemos un problema gravísimo por encima de todos: Podemos, Pablo Iglesias en concreto. Anda la gente de bien muy alterada con él, con ellos. Mañana escribo de eso.

El empacho monárquico

Es como si, tras darse un auténtico atracón en la fiesta, las sobras siguieran en la nevera prestas a saltar en cuanto entreabramos la puerta. Es tal la abundancia, que se desparrama el merengue revenido sobre la pizza de anchoas seca y los chorretones de miel se deslizan por los bordes de los yogures (caducados, naturalmente). Todo está pringado. Hasta en el cajón de las lechugas se ha colado el sirope de bote. Un cierto olor a vinagre y ácido. Dios, qué empacho.

Han terminado las clases en los colegios. Un tercio de los niños españoles pasan hambre y allí tenían algo que comer. Da mala imagen mantenerlos abiertos dicen los gestores del asunto, casi todos del PP. El asunto es la educación. Y el nivel de vida consecuente con el trabajo devaluado, con los recortes y repagos que aumentan el problema. ¿Y la sanidad? ¿Qué ángeles de la muerte cruzaron nuestra tierra para haberla así arrasado? ¿Y la democracia? ¿Qué ha pasado con ella que no se puede ni disentir del autoritarismo? ¿Qué desaprensivos nos trajeron esta peste y ahora miran para otro lado?

Reina la felicidad en la casa de quienes dirigen el emplasto. Reina la hipocresía en los medios. La búsqueda de la mejor hamaca para arrimarse al sol que hoy más calienta. La irrealidad que interesadamente atesoran. Reina la contradicción inmensa. Teórica, la verdad casi siempre es una.

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Como una losa pesa en nuestros estómagos la tralla orgánica convertida ya en empacho. Hay gente con dolor y muerte que sufre mucho, no podemos quejarnos, pero esas toneladas de mugre con guindas de colores impiden moverse con soltura.  Cuánta tristeza nos han escupido con tanta involución. Habrá que remontar una vez más. Como el salmón. Quitándose de encima la nata ácida, el bizcocho revenido, la crema agria, nos haremos paso otra vez si acaso. A ver si nos quedan fuerzas.

La libertad de manifestación y discrepancia en la España del PP

Mientras los medios nos inundaban de parabienes monárquicos en la entronización de Felipe VI, en la Puerta del Sol de Madrid las fuerzas de seguridad del PP reprimieron así una manifestación republicana.

La Coronación de Felipe VI desde el Periscopio

La mañana ha amanecido con Madrid convertida en una ciudad tomada. Las radios y televisiones nos hablaban de policía, preparativos militares, y periodistas para contarlo. Apenas gente.

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19j Eran tantos los efectivos policiales que la Puerta del Sol se ha convertido en aparcamiento para sus vehículos, como ha encontrado La Marea.

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La policía revisa los bolsos y hasta las maletas de los turistas que salen de los hoteles. «Cuando te descuidas, un propio te da una banderita española, además», confirma el periodista Antonio Nuño. Es que Ana Botella, la inefable alcaldesa ha encargado que repartan un montón de ellas.

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TVE dice que hay miles de personas en la calle para vitorear a los reyes…

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Se esfuerzan en dar planos cortos de grupos nutridos. Pero lo cierto es que… la gente no se anima a salir, vaya por dios.

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Juan Luis Sánchez, de eldiario.es capta esta imagen tan real.

Juan Luis Sanches, eldiarioes

Juan Luis Sanches, eldiarioes

Posadas, como presidente del Congreso, es el encargado de la entronización, y su tono suena tanto a aquél legendario que coronó a Juan Carlos «desde el recuerdo a Franco». Aún resuenan en mis oídos aquellas palabras. Pero no, son otros tiempos. Felipe VI ha hecho hoy un discurso más avanzado, aunque igualmente hubiera podido suscribirlo su padre. Ha hablado de promover la ciencia y la investigación social, la cohesión social, a la mujer ¿Cómo con el PP en el gobierno? El firmará lo que pongan en la mesa. Aquí, para los interesados en conocer todo su contenido. 

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Letizia, felicísima y muy profesional. Las niñas, encantadoras y un tanto asombradas de la parafernalia.

Rajoy, spanish president, y Pío García Escudero, Senator president, con esta cara de entusiasmo.

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Pero los auténticamente enardecidos, arrebatados de fervor, han sido los tres últimos ex presidentes. Todo el tiempo.  Esta es la imagen de sus mejores expresiones en el acto.

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Los altos poderes del Estado -imagino que todos ellos son altos poderes del Estado porque estaban arriba en la tarima con la familia real- presentaban este entregado y elegante aspecto.

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Luego, eso sí, hemos visto a la soberanía popular que Las Cortes representan desecha en aplausos al Rey.

Felipe está en su papel, no va a renunciar a esa bicoca. Parece bien intencionado. Ha tenido un tierno agradecimiento a su madre en particular. Ayer el gesto de padre e hijo delataba que no todo ha sido tan decidido por Juan Carlos, meditado y normal como quieren darnos a entender.

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El paseo en coche de vuelta ya ha sido con el coche descubierto. El rey de pie.

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Y el final, en la Plaza de Oriente, de tan aciagos recuerdos, como una vuelta a la realidad (si alguna vez la perdimos). Ahí sí que hay una multitud, con algunos claros y con la capacidad que permite el lugar.

Y ahí sí, con mucha bandera española.

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A la muchedumbre le gusta que Letizia bese a Felipe, y a ello está dedicando la jornada. Y a estar pendiente de las niñas como madre ejemplar.

Plaza de Oriente. De alguna manera la historia se empeña en recordarnos lo que le cuesta a España salir del bucle. Mucho más que buenas intenciones harán falta.

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Opositando a la Corte del Rey Felipe

Letizia y Felipe en su primera aparición pública  juntos

Letizia y Felipe en su primera aparición pública juntos

Es hijo de Juan Carlos de Borbón, el rey que nos trajo la democracia, y de esa discreta, hábil, leal, cultivadísima mujer que es la reina Sofía, esposa legítima del primero. Precisamente por su condición de varón e hijo de ambos, Felipe de Borbón va a ser entronizado nuevo Rey de España y, por tanto, jefe del Estado. No solo es el más preparado de la historia de España, es que además posee “una cercanía contagiosa”, según leo. La inminente reina, Letizia, también. Gracias a eso, sabrá salvar los escollos que se encuentre en su camino, porque no va a ser para ella un camino de rosas, según le anuncian con respeto y entusiasmo:  «La Princesa va a estar sometida, todavía más, a un escrutinio feroz que pondrá a prueba su capacidad de autocontrol. El juicio de valor permanente e insaciable que escudriñará e interpretará desde el vestuario al rictus, será una constante en su reinado. Su cuerpo hablará. Sus ojos, serán sus palabras; su gesto, la ortografía; su pose, la sintaxis». Qué cruz.

 La sentida loa le otorga a nuestra antigua compañera periodista alguna capacidad más que la mayoría  de quienes escriben sobre ella. Letizia es una perchala más cotizada de hecho, según leo en El País. Una “delgada mujer de 41 años, tipo de garza y piel traslúcida de puro tirante”.  ¿Cómo? ¿No será una crítica? No, no puede esperarse tal cosa de un periódico volcado súbitamente en la causa monárquica. Y, lejos de mostar algún reparo, la comentarista está entusiasmada con “la imagen de España en el mundo” que, en su opinión, representan Letizia y su vestuario. No es para menos si atendemos a la descripción de uno de ellos: “Un vestido de gasa liviana, unos decían que gris perla y otros que gris piedra, pegado a los flancos, la cintura marcada por una hilera de lentejuelas, perdón, pailletes que se desparramaban luego en listas hasta tocar el bajo”.

En La Vanguardia buscan también los mejores atuendos de Letizia (y lo que es peor, los “más divertidos” de su hija mayor de tan solo 8 años).  Iniciando la muestra con el “intelectual” de su primera aparición junto al príncipe, antes de que aparentemente cambiara sus prioridades vitales.  Todo el comentario que -en diferentes medios- suscita su papel en la ceremonia del 19 de Junio es saber qué vestido llevará.

 En ABC con una mano regalan un reloj sumergible por elegir –de nuevo- el mejor estilismo de Letizia. Con la otra, pasan a mayores al considerar la República un experimento fallido, en clara apología del golpismo y la tergiversación de la historia. Dónde va a parar con los logros de los cuarenta años de dictadura –tras el preceptivo levantamiento militar y consecuente guerra civil-.

En La Razón se inventan entrecomillados en portada que atribuyen “al entorno” de la princesa. Un nuevo fraude de periodismo al que tan acostumbrados nos tiene la publicación que dirige Marhuenda. Leer en ese medio que “el nuevo Rey tiene por delante la apasionante e histórica tarea de impulsar un nuevo periodo en la historia de España y afrontar los retos de una sociedad moderna, exigente y multiforme” da idea de la esquizofrenia que vivimos, que viven en las camarillas del poder. Sea. Para empezar a hablar, para empezar a andar, emprendan masivas abdicaciones voluntarias en los más altos estamentos del país e incluso una fumigación higiénica posterior a su abandono del cargo.

Aterrados por el aliento de la calle, harta de tanto atropello, los poderes han reaccionado en bloque para taparlo con kilos de merengue monárquico. Se ve que a la sombra de la Corte se vive mejor. Y por ello se han lanzado a la mayor campaña de marketing y publicidad que se recuerda en España desde hace muchos años, y mira que las ha habido descaradas. Impagable de hecho. Al menos con sus facturas bien a las claras. Es cierto que la apreciación de la Corona sube pero no en la proporción del despliegue político/mediático emprendido.

 Resulta extraño, de cualquier forma, esa pasión por adular a los nuevos reyes hasta producir sonrojo, vergüenza ajena, dado que –según no dejan de insistir- su papel decisorio es mínimo si no nulo. Felipe VI sancionará sin duda alguna las leyes misóginas de Gallardón o los atropellos a la salud, a la educación o cualquier cosa que el PP le lleve a la firma. Pero la España que retorna aceleradamente al caciquismo -que nunca abandonó- sabe que aquí lo que cuenta es arrimarse al sol que más calienta. Nutrir redes clientelares. Y qué más bonito y tradicional que una corte palaciega. Ahí está y estuvo la clave. Lástima que viniera un tal Locke en el siglo XVII a cuestionar el origen divino de la monarquía y que llegara esa plaga de los Estados modernos, el contrato social y la división de poderes. Y, pasado el tiempo, hasta el sufragio universal con lo cómodo que resulta que manden los hijos de alta cuna sin más requisitos.

 Cuantas más personas evidencian ser ciudadanos, más se lanzan a exaltar el paternalismo de la monarquía para vasallos. De un rey que no responde ni ante las leyes, lo que secundan como lo más natural quienes apoyan esta forma de organización del Estado.  Y que a la vez “reina, pero no gobierna”, hace pero no hace o viceversa. Nada sustancial ha cambiado, nada en absoluto en ese terreno.

 Han obrado con prontitud y pericia, pero –en su avidez- se les ha ido la mano. No hay tarta monárquica para todos y con la propaganda no se come, ni se sana, ni se aprende, ni se paga la luz y la vivienda, ni se detiene el expolio de nuestro patrimonio, derechos y libertades, ni se siembra el futuro. Porque lo saben, se emplean tan a fondo en tejer las redes que preserven sus privilegios.

*Publicado en eldiario.es

La reacción del dinosaurio herido

Cuesta creer que no llegue  ni a dos semanas el tiempo transcurrido desde la celebración de las elecciones europeas. Se saldaron con un resultado adverso para el bipartidismo en la UE y en España, y la irrupción notable de otras opciones (ultraderecha en Europa y una agrupación ciudadana progresista, Podemos, en España) como hitos más significativos.

¿Y qué ha hecho el dinosaurio herido? Mover ficha para mantenerse. En el continente la primera estrategia ha corrido a cargo del BCE.  Mario Dragui ha visto llegada la hora de promover estímulos a la economía, 6 años después de cuando el staff del que él forma parte (fue vicepresidente de Goldman Sachs para Europa) debió haberlo hecho, y cuando ya se nos ha infectado el Parlamento Europeo de fascistas. Ese dinero que suelta el poder neoliberal, las medidas que dice adopta el Consejo de Ministros en España, serán administradas por el gobierno de un partido tan tiznado de corrupción que ya lo confirma hasta el juez. En las mejores manos está la pasta.

Cuesta creer que haya pasado tan poco tiempo desde el soplo de esperanza que trajeron las elecciones, solo el 25 de Mayo. El tinglado, el dinosaurio, reaccionó con prontitud y contundencia. La abdicación del rey Juan Carlos resulta cuando menos extraña. La justifica en la necesidad de una nueva generación “decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana”. Y lo primero que dice su sucesor, su hijo Felipe, es que su reinado va a ser “de continuidad” y que la nueva etapa ya la inició su padre (hace 39 años).

La familia real está cumpliendo el papel para el que se ha preparado: perpetuarse de padres a hijos en la jefatura del Estado. Lo más desolador -al punto de brindarnos espectáculos auténticamente bochornosos- ha sido la reacción del resto de los poderes. Hay dos que sobresalen entre todos: el PSOE de Rubalcaba y su equipo (y su militancia que apenas pía) y la prensa oficial.

Al PP le falta poco para besar en la boca al líder de la presunta oposición (más presuntamente aún) socialista. Ya le llama Rajoy, Don Alfredo (lo escuché en El Intermedio). Se ha plegado a todo, ni libertad de voto da a los diputados de ese partido. No sé con qué espera ser recompensado por tan gran servicio a la derecha, a una política que consagra el expolio de la sociedad y por el hundimiento de un PSOE que tenía más de un siglo de historia.

Y luego está la prensa. Compitiendo a ver quién da más jabón a la monarquía. Ocultado datos esenciales para la información ciudadana.

De este modo, ese aire fresco que brotaba tras las elecciones, ha sido sepultado por 4 capas de merengue monárquico y 8 de betún y estiércol. Ya no ha faltado como símbolo la censura de la portada de la revista satírica El Jueves, y la dimisión del bloque principal de sus dibujantes, de lo que no dicen ni palabra la mayor parte de los medios oficiales. Lo que se dice una prensa libre y crítica, vamos.

¿Y qué hacemos? Cada día es un compañero periodista de los que más valoro –a otros realmente los desprecio- quien muestra su preocupación, su dolor incluso, su asco, por lo que nos está sucediendo. Hoy, sobresale, Isaac Rosa, en su “Los primeros trofeos de Felipe VI”. Así empieza, debéis leerlo entero:

“Pensábamos que la abdicación era inoportuna y precipitada, y que dañaría la institución. Pero la sensación tras solo cinco días es que la onda expansiva se está llevando por delante a otros, no a la corona, que más bien se ha venido arriba.

No sé si son daños colaterales, o buena puntería, pero quizás el rey Felipe VI tenga que ampliar el pabellón de caza nada más llegar a palacio, para que le quepan los trofeos y cabezas que ya está cobrándose casi sin mover un dedo. Y si no, veamos algunos efectos inmediatos de la operación sucesoria.

Para empezar, la maniobra ha desbaratado la agenda política: nos ha cambiado el paso, pues ya no estamos debatiendo en el mismo punto que estábamos el pasado domingo, tras las europeas. El régimen ha recuperado la iniciativa, pues ahora es dueño del calendario, marca los tiempos y los próximos pasos, y nosotros vamos a remolque. Estábamos pidiendo un proceso constituyente desde abajo, y veremos si al final no nos acaban dando proceso constituyente, pero desde arriba.

La abdicación ha supuesto también un cierre de filas mediático y político. En cuanto a lo primero, los grandes medios rivalizan en quién dobla más el espinazo. Desaparecen de la cobertura informativa las muchas sombras del reinado de Juan Carlos, se esconde el debate sobre la forma de Estado, se cargan las tintas más ridículas en la promoción del nuevo rey y señora, y se genera un estado de ánimo colectivo de fuerte carga emotiva, que prepara el terreno para que volvamos a gritarle “¡guapo!” al nuevo rey cuando lo veamos pasar.

Mal empezamos el nuevo reinado. No aprendemos la lección: después de que décadas de blindaje, censura y adulación hacia el rey dejasen como resultado un rey (y familia) que se sentía impune porque se sabía a salvo del ojo público, los primeros pasos del nuevo rey van acompañados del mismo blindaje, censura y adulación”.

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Ya se ve gente “comprando” el discurso remozado de reyes y princesitas. Se ven incluso impelidos a hacer proselitismo. Todo va bien en el peor de los mundos.

Solo espero que cuando se acabe el pastel de la entronización que no probarán, contemplen su realidad y evalúen la complicidad de algunos políticos y la prensa corrupta. Y sientan un poco de clemencia por su dignidad.

Cautivos y desarmados: la comisaria Malmström se encarga del descabello

Hoy me he despertado escuchando cómo la  Comisaria Europea Cecilia Malmström se comía con patatas sus durísimas críticas a las concertinas y procedimientos que España mantiene en Ceuta y Melilla. Más aún, Malmström ha venido para entregar al gobierno que preside Mariano Rajoy una ayudita de 10 millones de euros “para que haga frente a la presión migratoria”.  Ha sido revelador, un golpe seco, el resorte final para entender el momento que vivimos. Podía haber sido otro, sí,  ha sido éste.

La sueca Cecilia Malmström montó en cólera al conocer las circunstancias que rodearon la muerte de 15 personas en Ceuta el 6 de Febrero (y que aún sigue impune incluso políticamente). «No se les apuntó directamente, pero ello creó tal pánico que 15 personas se ahogaron. Esto es, por supuesto, totalmente inaceptable«, declaró en concreto a la radio pública de su país Sveriges Radio. Se manifestó indignada por el uso de pelotas de goma. Y añadió: “Si ha habido una vulneración de la legislación europea -de lo que hay signos- deberemos adoptar las medidas normales. Podría ser un procedimiento judicial contra España”. Ya había expresado una contundente crítica, en diciembre de 2013, al uso de las concertinas. Se había declarado, en suma, opuesta a los procedimientos que se gasta el ministerio de interior español.

Nuestro piadoso ministro se mostró muy molesto con la comisaria. Y fue a verla. Y, oiga, mano de santo. Le conocemos, es un hombre de sólidos argumentos, pura razón.

Ahora Malmström dice que esto es cosa de cada país, que cada uno utiliza la política migratoria que le parece. Venga, hermosa, esta ronda de heridas va por tu cuenta y la de la UE.

Si esta señora se traga sus propias palabras que revelaban un aparentemente profundo sentido democrático, cabe preguntarse el tamaño, alcance y estructura del tinglado que tienen montado. En Europa y en España. Acaba de ser revalidado en las urnas, aunque con menos apoyos. Un disciplinado ejército político y mediático actúa de cómplice marcando el camino. ¿Podemos cambiarlo? Ya no lo sé. Habría que moverse masivamente de una vez. Y sobre todo dejar de secundar mirando, oyendo y leyendo a quienes engañan a toda la población. Intentar abrir los ojos a otros. Pero igual ni merece la pena. Podemos. No podían tolerar el despertar de un sector de la sociedad y tienen unos cuantos resortes para adormecer y tapar.

El día ha arrojado después los habituales atropellos servidos con infinita desfachatez. Y el personal anda a lo suyo.

Escribía anoche mi querido amigo Javier Pérez de Albéniz en su Descodificador esto:

“El Rey Juan Carlos abdicó el lunes para, según la portada del diario progresista El País, “impulsar las reformas que pide el país”. Solo un día después la cifra de parados bajaba 111.916 personas, la mayor caída en un mes de mayo. Letra pequeña: el 92% de los nuevos contratos es temporal. En la Cadena SER, la periodista tertuliana asegura que “vivimos en un estado de excepcionalidad”Felipe Gonzálezhabla en esa radio de sí mismo, y de lo gran amigo que es de su majestad. En Antena 3 Rodríguez Ibarra dice que la República no solucionaría el problema del paro. En ABCrecuperan el momento en que Juan Carlos I fue bautizado por Pío XII. El socialista obrero Rubalcaba dice que “el Rey garantiza la integridad de España”. EnTelecinco aseguran que el príncipe es “impecable” y que a Juan Carlos deberemos seguir llamándole “majestad”. En “Las mañanas de Buruaga” (COPE) afirman que “el príncipe estará muy cerca de los que sufren, de los pobres y marginados”“Es capaz, lo va a hacer bien”, asegura Zapatero en La Sexta.“Tras el gesto de generosidad del rey  lo que toca es cumplir las previsiones”, pide Carmen Enríquez, periodista especializada en Casa Real“El pueblo español es monárquico”, dice Mariano Rajoy el día siguiente a la real abdicación. “En la calle se ve que hay más alegría”, insiste Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno”.

¿Qué hacemos? Javier expresa lo que algunos sentimos con tal pasión y precisión que le dejo a él decirlo:

“En ocasiones tengo la sensación de vivir en otro planeta, en otra galaxia, en aquel mundo raro de Alejandro Fernández. Un lugar donde, recuerde, no saben llorar, no entienden de amor y nunca han amado. Un mundo raro en el que soy un extraterrestre, un ciudadano de segunda, marginal, extravagante, radical, asocial. Veo una realidad distinta a la que me cuentan los grandes medios de comunicación. Tengo la sensación de que políticos, periódicos, radios y televisiones me hacen luz de gas, de que quieren convencerme de que vivo en una España diferente a la que siento cada día. En la calle, en el bar, en el colegio, en el mercado, en la librería, en la cena con los colegas… No veo alegría. Veo desencanto. No creo ni en Juan Carlos, ni en Felipe, ni en Mariano, ni en Alfredo. No siento que pertenezcan a mi especie, que estén al lado de mi gente, que luchen por un mundo mejor.

Luz de gas. Según Javier Marías, “Persuadir a una persona de que su percepción de la realidad, de los hechos y de las relaciones personales está equivocada y es engañosa para ella misma”. Siento que la clase política y los grandes medios de comunicación pretenden alterar mi percepción de la realidad, de los hechos. Niegan lo que veo con mis propios ojos, tergiversan lo que escucho, deforman lo que siento. Intentan persuadirme de que nada debe cambiar, de que el continuismo garantiza la paz, de que veo enemigos inexistentes, de que los fantasmas del pasado se han ido. Siento su fuerza, la de la desinformación.

En estos momentos tan… excepcionales, no puedo dudar de mis sentidos, de mi capacidad para razonar, de mis actos. Por mi salud mental tengo que prescindir de unas fuentes evidentemente contaminadas. Tengo que mantener el criterio, la capacidad de análisis, la lucidez. Tengo que apagar la tele, tirar la radio y dejar de comprar el periódico. Su mundo no es de este mundo”.

 

El problema es que faltan muchas abdicaciones

 Todo cuanto nace es fluido, dúctil, al principio pero luego se torna en rígido. Como ejemplo más gráfico, el cuerpo humano que se va anquilosando con los años. Hay que tener muy regado por el uso el cerebro para que no le ocurra también. No todas las personas lo consiguen. José Luis Sampedro lo logró, sin duda. Y no es el único, evidentemente. Por lo general, la vejez pierde elasticidad además de en el físico, en su mente, en el encaje de las situaciones, en el esbozo y resolución de proyectos. A ello, ha apelado el Rey Juan Carlos para abdicar en su hijo Felipe al justificarlo así: “Hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana”.

 La vejez. La más convencional, se impresiona, se aferra a lo que le presta seguridad, se repite a veces hasta la extenuación del contrario. Apenas han transcurrido unas horas desde el adiós del Rey a su cargo y ya estamos anestesiados de tanta historia repetida, tanta loa oficial sin fisuras, tanto debate en buena parte estéril porque se huye del que tiene trascendencia. Ganan por abultado tanteo a la información sobre asuntos cruciales que, sin duda, se precisa conocer ante un hecho histórico de estas características. Y luego vendrá el turno de su sucesor, con los mismos pasos. Es como la vida diaria de un anciano sin horizontes que se levanta, desayuna; si no le duele mucho alguna parte del cuerpo, sale a dar un paseo, y se compra la comida. Y charla con quien sea. Y repite, repite y repite, clavando mil batallitas. Para luego acostarse soñando que se despertará vivo y podrá ejercer las mismas rutinas. A ese esquema reduce sus proyectos. Una vejez que –con matices- se produce casi a cualquier edad porque hay ancianos de 40, 30 y hasta 20 años.

 El problema no es en este caso la edad provecta de las personas porque nadie es insustituible, la cosa se complica cuando el anciano decrépito es un país, una sociedad. No pueden abdicar en busca de soluciones. Nos encontramos en un periodo ampliamente descrito en la decadencia de las civilizaciones. Y es de manual. En las sociedades estratificadas, anquilosadas, hieráticas, no se mueve nada, no surgen proyectos ilusionantes. Quienes desempeñan algún tipo de poder dedican su esfuerzo a que todo siga igual. A levantarse, comer como esté establecido, dar un paseo por los canales encauzados, o distraer la espera con lo que no comprometa, con lo que aburra -al punto de desconectar- a la tercera repetición. Huyendo de estímulos para huir de riesgos.

 …O para mercarse leyes constitucionales de gran trascendencia sin consenso y por simple mayoría. O lo que es lo mismo, para dejar todo atado y que ese pueblo, al que consideran inmaduro y necesitado de instrucciones para decidir lo que quiere querer, no se desmande, no se aleje de sus planes.

 A estas alturas del periodo “abdicacional” ya no recordamos  con precisión que la familia real está inmersa en un proceso por corrupción contra Iñaki Urdangarín y la Infanta Cristina. Y que ello ha pesado notablemente en la decisión de Juan Carlos. No se trata tanto de vejez, ni de cambio generacional, sino de salvar los muebles que se pueda. Y de hacer la mudanza cuando la mayoría parlamentaria ofrece un servicio al gusto del consumidor, no vaya a ser que luego algo se estropee. Y las recientes noticias electorales no pintaban demasiado bien.

 La sociedad española en cambio sí se encuentra constreñida por tantas estructuras podridas que le atenazan. Acaba de dar muestras -precisamente, qué coincidencia- de una pujante vitalidad en algunos huecos del sistema pero se aprestan a enfundarle un traje. De nueva hechura, naturalmente. Hay que cuidar cómo lo emplea no vaya a ser que le apriete y termine por perder facultades ante la carencia de oxígeno.

  El Rey Juan Carlos se va pero se queda una forma de hacer política de antiguo régimen, agudizada por la involución impuesta por el actual gobierno. Algunos partidos, judicatura, iglesia, sindicatos, empresarios, periodismo, son sectores que presentan serias averías. Y ya el colmo es poner la televisión o la radio y ver aparecer a apolillados pontificadores que intentan formatear a la sociedad con sus criterios trasnochados. Todos ellos sí que precisan un cambio generacional, o con más propiedad, neuronal, de actitud ante la vida, no privativa de la juventud del calendario. Poco arreglaremos si no “abdican” también.

 Y así estamos. O nos libramos de los corsés, respiramos y hacemos acopio de savia nueva o vamos al asilo de países a esperar el final. En este Centro de Mayores de Madrid, los hombres juegan interminablemente a las cartas. Tras una puerta, las mujeres sentadas en idénticas mesas conversan o distribuyen monólogos. Ésa es su esperanza de vida. La nuestra se debate entre ese tipo de futuro o rejuvenecer. Un jefe de Estado por ser hijo de otro muy innovador no parece.

Centro de Mayores Comunidad de Madrid

Centro de Mayores Comunidad de Madrid

*Publicado en eldiario.es

El adiós del rey, ese soplo de aire fresco

2014-06-02 13.07.05

Se le conocía como “el breve” y se va por su voluntad tras 39 años de reinado, a los 76. Toda una vida para generaciones de españoles. Hasta hace apenas una década Juan Carlos de Borbón y toda la familia real vivían en una cápsula informativa a salvo de toda intromisión. “Lo institucional” era preservarlos, callarse. Costaba trabajo introducir dudas o la más leve crítica en los reportajes que hacíamos, por ejemplo, en Televisión española. A lo sumo deslizar la sonrisa cómplice de Santiago Carrillo al hablar de sus amoríos, silenciados como todo cuanto le concernía. La enrevesada trayectoria familiar que le llevó al trono. La mención a que llegó con un par de agujeros en los bolsillos y luego se hizo con un buen vivir. Era general, ningún medio publicaba nada en contra de los Borbones españoles. Los medios internacionales resaltaban durante décadas –y eso es cierto- el carácter moderno y estable de la monarquía española ¡quién nos lo iba a decir! Fue abrir la puerta y entró un vendaval.

Ocurrió quizás a partir del “cese temporal de la convivencia” de su hija mayor, la infanta Elena, con su marido. Poco a poco, se empezó a abrir la veda. Luego todo fue en cascada al punto de que el rey evidenciara explícitamente su disgusto en varias ocasiones. Su fortuna, su azarosa vida sentimental, su al menos poco claro papel en el golpe de Estado del 23F de cuyas rentas, en cambio, ha vivido tantos  años.

Luego va y le sale un yerno bien turbio y su mujercita, la infanta, del palo de las que –nos dicen en un insulto- no se enteran. Y el pobre oso ruso al que –según cuentan– emborracharon para que llevara mejor el trance de su caza y pase a la vida nula. El elefante de Botsuana. Y la rubia vividora con título marital. Y los huesos que ya no aguantan tanto trajín. Y el “lo siento mucho, no lo volveré a hacer”. Y la reina con alma en pena y cara de poker. Y Felipe tranquilo y como ausente. Y Letizia cada vez más inquieta. Un vodevil. Y no para un Oscar.

Tarda, pero la verdad es que abrir la puerta a la información, a la verdad, termina por dar frutos. Este país y esta sociedad se derrumban en su entramado oficial, ya no queda nada limpio. La abdicación del rey, de la cabeza del Estado ahogada en sombras, no puede ser sino el principio de una renovación total. Lo ha comunicado el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, el presidente de un partido al que la justicia encuentra cajas sucias y las hemerotecas flagrantes falsedades. Está de acuerdo el líder de la oposición mayoritaria, Alfredo Rubalbaca, que se va con su hálito de polilla bien patente. Gracias por este ¿último? servicio.

Es hora de cambiar la política siguiendo la estela de lo que ha evidenciado desear la gente ya de forma explícita porque ya no aguanta más recortes, ni más mentiras, ni más naftalina, ni más caspa. Hora de que nuestros representantes obren por el bien de la sociedad, su presente y su futuro tan incierto. Hora, sin duda, de regenerar la justicia comenzando por todas las trabas en las ruedas que le ha puesto el PP. Hora de reedificar tanto como se ha destruido en nuestro tejido social. El momento también de que el periodismo podrido deje sitio a la información veraz.

Santiago Carrillo me dijo en uno de los reportajes sobre el rey que Juan Carlos se hacía el tonto deliberadamente para mantenerse durante su etapa de príncipe. Para lidiar con la cueva de fieras del franquismo. Un superviviente. Que sabe cuándo ha de irse. Quizás con un cierto retraso. Le imaginamos consciente de que su hijo Felipe no lo va a tener fácil. Una vez que el aire entra con fuerza es complicado cerrar las ventanas y se abre paso la idea de la República. Se pide, al menos, un referéndum que el inmovilismo conservador del gobierno se negará a convocar y que puede querer evitar también la tan prudente oposición socialista. Veremos cómo se desarrolla todo.

De momento, una brisa fresca, saludable y constante nos roza la cara, preludio podría ser de vientos de cambio y progreso. Mantengámonos en alerta y firmes para que la vieja jaula española se oxide en un rincón sin darnos nunca más nuevos sobresaltos.

Los intolerables niveles de suciedad de especímenes políticos

Junto a dos millones de espectadores que dieron al programa de los sábados noche de La Sexta un histórico récord del 15,2%, asistí a su desarrollo por primera vez en mucho tiempo. Soy contraria a esos presuntos debates que no tratan de clarificar sino de montar espectáculo para vender. Pero esta vez, sí dejó las cosas claras: hasta qué punto se puede ser miserable por un puñado de votos… o de audiencia.

Trasciende el «entretenimiento» televisivo, para situarse en las entrañas de este país y de esa «casta» política que tanto se ofende por ser así calificada.

Aún no doy crédito a que un tal Antonio Miguel Carmona, asiduo a las tertulias por parte del PSOE, utilizara nada menos que al gran Ernest Lluch -asesinado por ETA- para tender una trampa a Pablo Iglesias, el líder de Podemos. No doy crédito tampoco a que, a estas horas, ese sujeto no haya sido desautorizado por el partido aunque esté sumido en su catarsis. Y tampoco a que una buena parte de miembros del PSOE justifiquen en las redes la deplorable actitud de Carmona y la difundan, orgullos, con el epígrafe «Brutal lección de Antonio Miguel Carmona a Pablo Iglesias», en donde -por si faltara poco- cortaban la respuesta de Iglesias-. Esta es la versión íntegra.

Eduardo Inda, alto cargo de El Mundo, también hizo lo suyo para ponerse a la altura del betún. Él acude como periodista, en realidad está vendiendo una opción política. Y manipula que es un primor. Así lo vio Javier Pérez de Albéniz, el descodificador:

«Inda acusa a Iglesias de jugar con el dolor de las víctimas del terrorismo por sentarse en una conferencia “con dos etarras”. El mundo al revés. Un periodista del periódico que durante años ha utilizado los atentados del 11-M de manera miserable, no sólo se atreve a hablar del dolor de las víctimas, sino que muestra una agresividad brutal con el líder de Podemos. Seguramente tiene razón Le Monde cuando dice que “El éxito de Podemos en España suscita el resentimiento del resto de partidos”. Yo añadiría que también el de unos medios de comunicación que, tan incapaces y corruptos como los grandes partidos, le ven como un enemigo».

Entretanto en algún lugar de España, Benicio Alonso, miembro del PP tinerfeño analiza con esta profundidad y altura la crisis del PSOE: la clave está en «el cojito de ETA».

Yo la basura la tengo en la cocina, guardada en un cubo. Voy a procurar no volver a desparramarla por el salón donde está el televisor y a veces el ordenador.