Toda mi vida he luchado activamente contra los juicios paralelos en cuya nombre se han hecho auténticas tropelías. Por una razón fundamental: la defensa de la Justicia. A ella apelo una vez más.
En el caso de Camps se dan varios hechos:
El auto de Garzón que vio indicios de delitos.
También, “El juez instructor, José Flors, -según recopila El País- encontró numerosos indicios de la existencia del cohecho, pero no investigó si los regalos se hicieron a cambio de los contratos logrados por la empresa Orange Market, dirigida por Álvaro Pérez, El Bigotes. Entre los regalos que la investigación ha acreditado que recibió Camps había trajes, zapatos, pulseras, relojes, juguetes caros y entradas para el Circo del Sol. El principal contrato que Orange Market obtuvo cinco años consecutivos fue el montaje del pabellón de Fitur en Madrid. La empresa de El Bigotes logró también 40 adjudicaciones, la mayoría a dedo o fraccionadas en contratos inferiores a 12.000 euros para evitar el concurso público».
«La sala tiene que decidir aún si incorporar a la causa –sigue diciendo El País- a los cabecillas de la trama – Francisco Correa, Pablo Crespo y El Bigotes,- por un delito de cohecho activo al haber hecho los regalos a los cargos de la Generalitat y del PP valenciano, después de que la semana pasada el Tribunal Superior de Justicia de Madrid se inhibiera a favor del de Valencia en este apartado de la investigación». Luego no cuenta con todos los datos.
En el auto, el Tribunal valenciano parece dar por hecho la existencia de regalos, aunque no los vincula al cohecho. Dice que “no ha quedado acreditada esa vinculación”, pero no ha investigado toda la trama. Considera legal, además, recibir regalos por valor de miles de euros, aunque medien contratos que adjudican los destinatorios de los caros presentes. Añade entre comas: «con independencia de otras posibles valoraciones de tipo ético». Y también admite que puede haber varias versiones verosímiles, aunque de facto se ha inclinado por la de Camps y sus colaboradores.
De los tres magistrados, Juan Montero, propuesto en su día por el PP, ha dejado constancia de que tiene sus dudas de que los hechos que se imputaban a Camps, Campos y Betoret, que no a Ricardo Costa, no sean constitutivos de delito. A favor del archivo definitivo han estado Juan Luis de la Rúa, presidente del TSJCV y de quien Camps dijo que era «más que un amigo«, y José Francisco Ceres, magistrado conservador cuyo nombramiento fue en su día impugnado y a quien, posteriormente, se repescó.
Cabe preguntarse si todo ha funcionado como debiera. Leo que la Ley Orgánica del Poder Judicial dice en su Artículo 219, referido a las causas de abstención de un juez y, en su caso, de recusación: “Apartado 9. Amistad íntima o enemistad manifiesta con cualquiera de las partes.” Sin embargo, el CGPJ no actuó y la Fiscalía Anticorrupción se negó a exigir la recusación de De la Rúa.
Mariano Rajoy se ha apresurado -demasiado, porque la sentencia no es firme- a declarar que “ha triunfado la justicia y el sentido común”, y que ha terminado la Inquisición a la que han sido sometidos. Si se negó la existencia de regalos y el tribunal los admite, Camps habría mentido y no es para sentirse muy feliz. Si, además, existe una cercanía probada entre jueces y acusados, mentar a “la justicia”, precisamente, produce cierta estupefacción, cuando no irritación. Por otro lado, » la Inquisición” -con la que quiere terminar, ha dicho, aunque no ha detallado cómo- la habrían ejercido, primero un militante del PP insatisfecho que grabó conversaciones y denunció los hechos, y, después, dos jueces en ejercicio, no vinculados emocionalmente al principal acusado. Y lo seguirán haciendo en el Supremo. Aunque lo preside Dívar, el beato que vota según sus creencias, nombrado ingenuamente por Zapatero, en ese juego al que asistimos estupefactos los ciudadanos en el que el poder judicial no es independiente del poder político y legislativo. Y ¿Qué debía hacer la prensa? ¿Lo mismo que Telemadrid y Canal Nou?
Y hay un asunto estético. Los ciudadanos nos pagamos nuestros trajes, zapatos, relojes o bolsos. Solemos ir de rebajas, incluso. No hacemos traer trabillas del extranjero, ni recibimos al sastre en nuestros aposentos del Hotel Ritz, a casi 600 euros la noche en habitación standar, y a 2.621 la suite. Y los políticos son meros representantes de los ciudadanos, no serían nada sin nosotros. La felicidad de Rajoy, presidente de un partido con diez millones de votos, tampoco parece tener en cuenta esa significativa aclaración del Tribunal: (legal recibir regalos) «con independencia de otras posibles valoraciones de tipo ético».
Y sobre todo: Que España sea el reino de la comprensión con la corrupción o con las corruptelas -que nos significa en el mundo entero, en el mundo entero tenemos fama de corruptos-, nos ha hecho un daño quizás irreparable como país, como sociedad. Dado que van a presentarse recursos ante el Supremo, la opinión pública, la alarma social –al menos en sectores no vinculados al Partido Popular- exigen que se llegue hasta el final. «Presuntamente», algo huele a poco ortodoxo en este caso. Sólo que el proceso no ha terminado. Sólo que… la confianza es mínima.
Pero ahora ya comprendo por qué se reían cuando fueron a declarar.

Ver: Hijos de la picaresca