Adiós George W. Bush

Invadió dos países –Afganistán, buscando a un Bin Laden que nunca encontró- e Iraq –bajo el pretexto de unas inexistentes armas de destrucción masiva y una falsa vinculación con el 11S que aconsejaría la intervención-. En ambos casos murieron miles de civiles, sin que EEUU lograra sus objetivos. Todo lo contrario: los talibanes afganos son más fuertes, e Iraq es, hoy, “campo de entrenamiento” de Al Qaeda. Ha propiciado o al menos alentado la mayor crisis económica que ha conocido su país, y el mundo por extensión, desde 1929. Creó una cárcel sin ley y con torturas en Guantánamo. Dice John Carlin en El País, que gran parte de su nefasta obra se debe a Dick Cheney, que incluso fue el autor de recortar los impuestos a los más ricos. Lo cierto es que George W. Bush ha sido el peor presidente de la historia norteamericana, como demuestran sus escasos índices de aceptación.
Hasta el último día ha demostado ser, además, un títere en manos de los poderes fácticos. El lobby israelí, por ejemplo. Iñigo Saénz de Ugarte en Público da cuenta de cómo Condoleezza Rice había llegado a un acuerdo en el Consejo de Seguridad de la ONU que pedía el alto el fuego inmediato en Gaza. Una llamada de Ehud Olmert, el presidente israelí, a Bush transformó el voto afirmativo en abstención. No contento con ello, Olmert lo contó en una conferencia, en lo que ha sido calificado como “una indiscreción”.
“Es buena persona”, dice Barack Obama, con una elegancia política que nos corroe de envidia al compararlo con la realidad española. Empiezan, sí, a caer mantos de comprensión sobre Bush, “el pobre”. De hecho, Obama se muestra partidario de no enjuiciarlo por sus actos como algunos, muchos, piden.
Esta buena persona ha mandado matar a miles de sus congéneres, torturar a decenas, ha hundido en la miseria el sistema económico internacional… no ha hecho su trabajo, lo ha hecho rematadamente mal para los ciudadanos, y, muy bien, para quienes -unos pocos privilegiados sin escrúpulos- se han lucrado con todos y cada uno de sus errores. ¿Se va a ir de rositas?
En mi primera y única novela, en 2002, -y a pesar de ser una historia romántica- inserté una alerta desesperada sobre el entonces encumbrado y apoyado George W. Bush. Sus antecedentes hacían temblar: en su época de Gobernador de Texas había duplicado –autorizándolas- el número de ejecuciones a condenados. El carnicero de Texas ha terminado siendo la peor peste que ha conocido el mundo. Adiós –en buena hora-, George W.Bush, a muchos nos gustaría verte en los tribunales. Junto a todos tus colaboradores y beneficiados. Y, si hubiera Justicia, así sería.

¿Son coherentes los seguidores del R.Madrid?

El fútbol es un tema sobre el que todo el mundo tiene opinión. No requiere un gran esfuerzo intelectual por la simplicidad de sus contenidos y, para mí, ésa es la principal razón de su éxito. No hablaré de fútbol sin embargo pues con seguridad miles de personas me superan en información. Pero sí de cómo contempla una profana el espectáculo del Real Madrid.
Su presidente Ramón Calderón se ha visto obligado a dimitir, entre lágrimas, presionado por acusaciones de fraude electoral y no sé cuántas cosas más que él niega. Los aficionados toman partido, le insultan como nunca antes lo hicieron con otro presidente. Y eso que tuvieron a Lorenzo Sanz –recientemente detenido con cheques falsos por un presunto delito de estafa- o a Florentino Pérez y sus fructíferos negocios inmobiliarios relacionados con el club.
La presidencia del Real Madrid ha sido siempre un nido de millonarios, altamente conservadores, muy altamente conservadores, que han de llegar con mucha pasta bajo el brazo y que suelen salir con más. Los jugadores suelen formar otro club de nenes malcriados con sueldos que sonrojan. El Real Madrid es el club más rico del mundo, se forra con la venta de su marca. Quien esto escribe ha viso en otro club –el Valencia- a asalariados firmando camisetas en nombre de las estrellas del balompié. Porque ni en ese trabajo extra se molestan los admirados jugadores. Fue en una entrevista para otro tema cuando contemplé el fraude.
Al parecer, ha habido un complot para desalojar de la silla a Ramón Calderón. Familias mediáticas y tanto o más altamente conservadoras no querían a este señor y apostaban por otros candidatos. Se habla hasta de José María Aznar, el ex presidente español de nefasto recuerdo, de su antaño amigo y beneficiado con las becas de las privatizaciones, Juan Villalonga, Florentino Pérez –autor del hundimiento del Madrid y de su fortuna propia-, y hasta el piloto Carlos Saínz que acude a las manifestaciones del PP, e incluso a defender la piscina de Pedro J.Ramirez en Mallorca. Un edificante personal. Pero alguna tajada espera cuando hay tanta pugna.
Desde luego que la hay. Cuando me cruzo con las mareas humanas que van a ver los partidos, con las colas para sacar las entradas… cuando veo apasionarse con ahínco por todos los avatares –que son muchos del Real Madrid-, sólo pienso que sus seguidores con bastante imbéciles, dicho con todo respeto. Con sueldos mileuristas buena parte de ellos, alimentan un monstruo. Ayudan a mantener un emporio que podría resolver la crisis económica. Como tantas cosas en esta sociedad, había que dar la vuelta al calcetín y empezar de nuevo por la base. Pero, a buen seguro, ésta será una de las más reticentes a ello. Vamos, tarea imposible. Espero que los hinchas no se sientan, al menos, satisfechos de su obra. Porque es su obra, son colaboradores necesarios. Comprendo que es un entretenimiento, pero les sale -y nos sale- carísimo. Para algunos -más descerebrados aún-, habría que hablar de auténtica razón de sus vidas.

El día en el que me convertí en una paria

Fue el 30 de Septiembre de 2008. Ese día un «cruce informático» decidió que yo estaba trabajando como autónoma y que no me correspondía el subsidio de desempleo, derivado del ERE de RTVE. Mi mala cabeza con los números y los papeles, hizo que me enterara hace nada, el 13 de Enero, cuando ya la cuenta bancaria gritaba.
Pero la historia no iba a acabar ahí. Lo que parece un pequeño desajuste puede provocar un cataclismo. La mala nueva de ayer fue que, por esa razón -no cotizar al sistema- y haber transcurrido 90 días, estaba excluida de la Seguridad Social. Me lo contaron, tras dos horas de cola -nadie, ni el impreso de la ventanilla exigía fotocopias de los documentos, el Centro de Salud carecía de fotocopiadora, y tuve que dejar la fila, volver, y hacerla otra vez-. Había compartido charla con un jubilado que atribuía todos los males posibles a Zapatero, incluso la espera en una dependencia gestionada por la Comunidad de Madrid que preside Esperanza Aguirre.

Absolutamente presente en mi charla con la funcionaria, gritó para ayudarme: ¡Pero cómo no va tener derecho a médico esta señora si Vds atienden a todos esos que vienen a España! Hay excepciones, pocas, pero una de ellas es la «mía»: no ser asalariada ni estar en el paro. También había hablado con una chica que me antecedía, a quien contaron que su número de DNI lo tenía también otra persona. La mandaban a aclararlo a la policía. Ella razonó que hablaran con esa otra persona, no fuera a haber un error.

Experimenté qué es un ataque de nervios. Y, como decía aquel verso, «entonces comprendí porqué se llora, entonces comprendí porque se mata». El poeta aseguraba que era por amor, también puede suceder por IMPOTENCIA.

El martes os contaba que disponemos de 2.500.000 funcionarios en España, frente al millón que había antes de la descentralización del Estado. Loable empeño que, como tantas cosas en España, se ha hecho mal. Un artículo de El País cuenta con detalle como «Las 17 Españas no se entienden», especialmente en la Sanidad con feroces agravios comparativos. Pero esa historia es para otro día.
Un certificado de Hacienda asegurando que no trabajo ni para mí ni para nadie, y que por tanto me corresponde el subsidio de desempleo, viaja estos días porque su conducto reglamentario de entrega es el correo certificado. Con él habré de ir a la Tesorería de la Seguridad Social a recuperar mi derecho a asistencia sanitaria, al Centro de Salud a por la Tarjeta, y al INEM. El martes fueron 3 horas de espera, con otros desgraciados como yo que no tienen trabajo -y que seguramente tampoco disfrutan de la beca que al menos a nosotros en RTVE nos ha correpondido-. De pie. El número de parados ha aumentado, sin duda, pero el sistema adolece de graves fallos.
No se puede hundir la moral de un parado diciéndole que su tiempo no vale nada, cuando en activo sí lo valía. No se pueden tolerar errores que privan del subsidio -y en mi caso sin avisar como es reglamentario-, cuando todo el mundo tiene compromisos que cumplir con el dinero con el que cuenta cada mes. No es de recibo que el pesado engranaje no funcione y que no se subsane el error de un día para otro. No es entendible la celeridad para comunicar a todos los organismos que una no tiene derechos, cuando cumple sus obligaciones, y ha sido el error de quien ha hecho dejación de ellas, el culpable de su situación.

La chica del DNI duplicado me dijo un tanto inquieta: ¿Y si un día todo el sistema informático se cae, se colapsa y desaparecemos? Podría suceder. Nos quitarían todo y las oficinas seguirían expidiendo números -donde los hay- para comunicar las decisiones, no para solventar los problemas.

Quizás me convertí en una variente de los parias el día que nací en España. Hubiera sido peor hacerlo en Zimbabue, en el Congo, en Myanmar, en muchos otros lugares, sin duda. Pero mucho mejor, hacerlo en Suecia, por poner un caso.
España ha dado pasos de gigante desde que vivimos en democracia, pero es incapaz de conseguir hacer las cosas bien. Organizarse, planificar, ejecutar con precisión y orden. Tener respeto por los demás. Con un enorme potencial, mi queja -y la de muchos otros que se resignan diciendo que no tiene remedio- es que no nos encontramos ante un mal IRREMEDIABLE. Un sector corporativista pone estos días en jaque al Gobierno por espurias razones. Lo cuenta muy bien Juan José Millás, también en El País. Seguramente habrá que echar la casa abajo y construir de nuevo, mucho desperdicio a la basura, buena mano de pintura, abrir bien las ventanas, mesas nuevas, trabajadores motivados, ordenadores bien conectados. El siglo XX nos trajo el milagro informático. Sólo hay que querer, y priorizar las inversiones hacia lo que hace más fácil la vida a los ciudadanos. Es nuestro derecho.

La calle es mía

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Una plaza de Madrid, bajo el letrero «propiedad particular». Está cerca del Estadio Santiago Bernabeu, patrimonio de un afamado club de futbol… privado. En realidad es una calle con forma de «ese». Además de la cámara de vigilancia, está vallada por ambos extremos. ¿Cuándo la ha vendido el Ayuntamiento? ¿Lo permiten las leyes?

La viñeta de Forges, hoy, en el País, está patrocinada por REPSOL. O así lo parece. No sé si es la primera vez. Amarillo de rabia se advierte al gran personaje.

La mayor parte de las noticias en vídeo que ofrecen los periódicos digitales, obligan a pagar un peaje: unos segundos de publicidad.

Ya no hay quien vea la televisión convencional. Abruman tantos «consejos» y sugerencias de compra. La calidad de los programas se ha envilecido porque la irrupción de las cadenas privadas abrió a la voracidad eso que llaman la tarta publicitaria. Hay que repartir los ingresos, adocenemos al personal con mensajes triviales y será más vulnerable al consumismo.

La televisión concebida como negocio no ha sido inocua. España es el tercer país del mundo en consumo de anuncios de televisión, tras Estados Unidos e Indonesia. Más de 33.000 impactos al año, un 32% superior a la media mundial. El día que se «patrocinó» -respaldó, favoreció… pagó en definitiva- un informativo, llegó el fin de la información. Ahora es «otra cosa», espectáculo, vehículo, reclamo.

Y, mientras, la privatización supera hasta las concepciones más esencialistas del concepto Estado, como «el monopolio de la violencia legítima» de Max Weber. Todo hoy se queda corto ante la realidad: ya se ha privatizado hasta la guerra. La principal empresa, Blackwater, dispone de 20 aviones de guerra y más de 20.000 soldados, entrena a 40.000 agencias privadas «listas para entrar en combate», y en su página web se publicitan así: «la más completa compañía de militares profesionales para tareas de refuerzo de la ley, seguridad, pacificación y operaciones de estabilidad, en todo el mundo». Dirigida por un ultraconservador cristiano, financió a Bush. Cuando él, con la ayuda de Blair y Aznar, invadió Irak, la proporción era de 10 soldados profesionales estadounidenses por uno privado, ahora, hay desplegados 180.000 contratados, frente a 160.000 militares, en palabras de Naomi Klein, autora de «La estrategia del Choque».

Me niego -y todos deberíamos hacerlo, con todos los instrumentos de los que dispongamos- a que mi vida y hasta mi muerte se decidan en consejos de administración privados, pese a la ultramontana defensa que los liberales hacen de ese sistema. Todos pagamos ahora el fiasco económico mundial, dirigido desde las plantas nobles de los más grandes edificios. El fin de una empresa es el lucro privado, no el mío, no el tuyo.

En un Madrid cada día màs privatizado. uno puede, según la prueba gráfica -que, seguro, tiene alguna explicación ¿cómo va a ser lo que figura textualmente?-, y pese a que las leyes -¿qué leyes?- no lo permitan, plantar un letrero y hacerse con la tierra, igual que en el lejano Oeste. Como en la foto: propiedad particular… o «la calle es mía».

La basura burócratica

Este martes y 13 me he desayunado con que el subsidio de desempleo que cobraba había sido dado de baja. RTVE decidió prescindir de sus trabajadores mayores de 50 años -sin tener piedad de quienes desde la realización, la imagen o el periodismo han marcado y dirigido la historia del medio en este país- en un ERE «voluntario». Para no engrosar la cuenta de resultados de la Corporación, una parte la pagaría durante dos años el INEM. Pero mi subsidio ha desaparecido.

Cuando he llegado a la oficina del INEM aguardaban un par de centenares de personas. De pie la mayoría. Faltaban más de cien números para que me correspondiera turno. Cuando, transcurrida la hora de cierre del establecimiento, una amable -sin duda- funcionaria me ha atendido, ha argumentado que se había producido un cruce informático en el que yo figuro en activo, trabajando, y que «suponía» se resolvería. «¿Para el mes que viene?», he preguntado con candidez. «Supongo» ha respondido evidenciando que no era ese tiempo el estimado para solventar el error. Y entretanto ¿de qué como?

Por la tarde he intentado resolver la carencia de médico de la Seguridad Social, no vaya a ser que la angustia me provoque un espasmo. En los Presupuestos Generales del Estado y en no sé cuantos Reales Decretos, con sus barras y todo, se han derogado las colaboradoras, era el caso de nuestra ex empresa. Me han dicho que precisaba un justificante de empadronamiento. Que no servía el carné de identidad -donde figura mi domicilio- porque eso era de otro negociado. Ni la tarjeta censal para votar, ni recibos del piso, nada… Hay que acudir a la Junta Municipal. Lo haré, de forma «presencial», y aguardaré más números y más colas, si quiero resolver pronto el asunto.

En los albores de la Transición, España contaba con un millón de funcionarios, ahora tiene dos millones y medio, de los cuales, la mitad pertenecen a las Comunidades Autónomas. El porcentaje es de un funcionario cada dieciocho habitantes, similar al resto de los países europeos, y algo menos que en Francia que, sin embargo, es puro centralismo. Pero ¿ha mejorado el funcionamiento del Estado? No lo parece, por el contrario se diría que ha aumentado la burocracia y la ineficacia, por no hablar del gasto.

Las aglomeraciones de desesperados, las interminables esperas parecen querer doblegar la voluntad del usuario, hacerle saber que es un número sin dignidad y sin apenas derechos.

Hoy se cumple un año del asesinato de Mari Luz, la niña de Huelva a cuyo presunto asesino no mandó el Juez Tirado enviar a la cárcel por una sentencia anterior, error -si se nos permite llamarlo así- sancionado con 1.500 euros. Nos enteramos entonces que había casi millón y medio de sentencias sin ejecutar. Y de que los Juzgados apenas disponen de ordenadores, trabajan con legajos escritos a mano como en el siglo XVI. Los Jueces se plantean ir a la huelga en solidaridad con su compañero expedientado, y España debate si la Constitución se lo permite o no.

¿Y nuestros derechos? Mientras España no erradique la basura burocrática -gusano que entorpece la digestión democrática, cáncer que nos pudre-, no será un país civilizado. La octava potencia económica mundial no puede permitirse, en el siglo XXI, este funcionamiento administrativo. En días como estos, una llega a pensar que se trata de un sistema deliberado.  Como aquella versión de la Ley de Clark que utilizó un empleado de la NASA:

       » La incompetencia suficientemente avanzada es indistinguible de la mala voluntad»

De turismo en El Corte Inglés

Rematé, ayer, la tarde de rebajas -de mirar y no comprar- en el supermercado de El Corte Inglés. A esas alturas de pasear por un centro comercial, los sentidos están algo abotargados y una nube se instala en el cerebro. A pesar de ello, de repente me fijé en un muchacho negro, sin cesto, que contemplaba las estanterías de productos cárnicos. Con un grueso gorro calado hasta las orejas, seguramente era un recién llegado a nuestra tierra y acusaba más el frío. Fuerte, nutrido, aspecto decidido e inteligente, parecía un investigador en culturas foráneas.

Me fijé en lo que miraba: buey, ternera, añojo, cerdo ibérico y plagadito de grasa, pollo en sus distintos despieces, pavo, hasta avestruz ofrecían. Metros y metros de oferta, a varias alturas para aprovechar el espacio.

El muchacho estaba serio, me pareció advertir que irritado. Escudriñada la sección, se fue con paso rápido. La tarde de rebajas mermó mis reflejos para preguntarle. Alguien, algún compatriota, le habría mandado a hacer turismo a el Corte Inglés: «lo verás y no lo creerás. Con lo que hay allí expuesto se alimentaría todo tu pueblo, un mes».

Hubiera querido saber de dónde venía, cómo lo hizo, cuáles son sus expectativas. Pero intuyo que ese festín de comida, le provocó náuseas.

África es un continente muy rico: petróleo, oro, diamantes, madera, coltan -para los indispensables móviles-, pescado, que está quedando como almacén de materias primas para las grandes multinacionales, que los esquilman. Los africanos tienen que competir para su comercio con las subvenciones agrícolas que EEUU y la UE destinan a sus terratenientes, mil millones de euros diarios. De esta forma, llega a costarles menos comprar el arroz, por ejemplo, de la exportación que el producido por ellos mismos. Son las reglas del comercio internacional.

Cuando escuchamos que, generosamente, a veces se les condona la deuda contraída -¿por qué?- ignoramos tal vez que es a costa de entregar sus servicios públicos al monopolio de multinacionales extranjeras. Rafael Díaz- Salazar, profesor de Sociología de las Desigualdades Internacionales, de la Universidad Complutense de Madrid, concretaba un caso entre muchos, en un reportaje en el que le pregunté:

«El FMI obligó a Uganda a privatizar todas sus empresas públicas. Los expertos británicos calcularon el valor esas empresas en 500 millones de dólares. La venta se materializó en 2 millones. Y exigieron a los ciudadanos de un país, tan pobre, que pagaran tasas por los servicios, incluidos los de salud».

Tienen gobiernos corruptos, qué mala suerte ¿sustentados por nadie? Pero el cartel de crisis que les mostramos al llegar, la cárcel injusta, la deportación, no les detendrá. Primera visita turística, o de sesuda investigación: nuestro dispendio, en fortísimo agravio comparativo. Un día África, y todos los países subdesarrollados, estallarán y será tarde para poner barreras al campo.

Parar a Israel

demostrando el hartazgo

demostrando el hartazgo

Detener el exterminio que practica Israel sobre los palestinos. Esa era la consigna. 250.000 personas en Madrid, según los organizadores, el resto ni se molesta ya en corroborar o desmentir y los medios hablan de «decenas de miles». Hay gente de toda edad y condición, como sucede siempre que unos hechos conmueven hondamente a la opinión pública. Apenas se enterará de ello la televisión, obligada -por tiempo- a servir cuarto y mitad de noticia y -por impericia- a simplificar. En uno de los canales, la redactora ha dicho que «la mayor parte de los asistentes tenían familia en Gaza». Algo que obedece a que se ha ido bajo la pancarta más bulliciosa -de hispano-palestinos- y no ha mirado más.

A 2 grados sobre cero, sorteando obras y restos de nieve helada, una auténtica y variopinta multitud se desliza mostrando qué le ocurre y porqué protesta. Lo que más irrita es la impunidad de la que disfruta Israel para su masacre.: manos libres para unas actuaciones que conculcan todas las normas legales y de derechos humanos existentes. Pensar en el millón y medio de palestinos bombardeados, encarcelados, sin poder huir a parte alguna, sin comida, sin medicinas… sin periodistas que nos muestren las auténticas dimensiones de lo que está ocurriendo en Gaza. Y, al mismo tiempo, molesta la pasividad de las potencias internacionales. La Puerta del Sol se venía abajo en la lectura del comunicado final cuando se hacía referencia a ello, a la pasividad.

Y no ha pasado nada más. Ese polvorín multianalizado, seguirá estallando, Israel seguirá matando sin oposición efectiva, no irá con grilletes al Tribunal de la Haya, ni la ONU desplegará allí -como debiera de inmediato- cascos azules. Y lo sabemos. Nos cansaremos de gritar, o nos engullirán los tibios. Dentro de poco pasaremos otro manto de silencio más, tal como llevamos haciendo durante años.

Nieve sobre Madrid

Parque del Capricho, Madrid

Parque del Capricho, Madrid

Nieve sobre Madrid. Un regalo postnavideño que nos ha dejado atónitos a quienes aquí vivimos. Ningún fenómeno atmosférico como éste para cambiar la faz del paisaje: remarca los árboles y las casas, y viste casi de miriñaque a las estatuas. El blando resplandor, el gran merengue goloso para los sentidos. Los españoles del centro del país salen a la calle como niños expectantes. A tirar bolas y construir muñecos y, dados los tiempos, a hacer fotografías digitales a cientos. No estamos acostumbrados a la nieve. Y por ello, la ciudad y la provincia, se colapsan. Como no debiera suceder en la capital de la octava potencia económica mundial. Ni calles ni carreteras se construyen para la eventualidad de la nieve, ni existen medios suficientes para combatirla, ni –en el país de la improvisación- se anticipa el fenómeno.

Grandes espacios diarios dedican las televisiones a informarnos del tiempo. Bailarinas frustradas y sus clones, desgranan mapas e isobaras, pero no se enteran de que va a nevar en Madrid como pocas veces ha ocurrido. Ni ellos, ni ningún hombre o mujer del tiempo. Porque a pesar del gran teatro que escenifican todos se limitan a copiar el parte de la Agencia Estatal de Meteorología –según se ha demostrado-, y el organismo oficial desbarró por esta vez. Y todas las administraciones implicadas que se culpan de la debacle unas a otras. El aeropuerto de Barajas –cuarto de Europa- cierra. Por cinco centímetros de nieve… y por los males que acumula. Hay viajeros que viven prácticamente en su recinto desde antes de Navidad.
En el precioso parque del Capricho –parque de la época romántica y muy poco concurrido- aún hay nieve virgen al día siguiente cuando ya el sol comienza a derretir los hielos. Oxígeno para el espíritu. Y falta hace, porque tocamos la nieve para comprobar que es real y no caspa, en un país que la fabrica a toneladas hasta impregnar la vida cotidiana.

Incomunicación

Esta mañana he coincidido con mi vecina de la izquierda en el ascensor. Y le he comentado lo que, de vez en cuando, venía pensando: “hace mucho que no veo a tu marido”. Nos había pasado por la cabeza en casa, incluso que se habían separado. Ella me ha mirado con un punto de asombro y ha respondido como tratando de no herirme: falleció. Tras un titubeo, ha continuado: hace 3 años, en noviembre. Fue de un ataque cerebral. A los 53 años.
Solíamos hablar siempre en el ascensor, un largo trayecto porque partíamos del último piso. A veces nos parábamos en la puerta un momento. Llegó a contarme alegrías y desgracias, no sólo el estado del tiempo. Al igual que suelen hacer sus dos preciosas hijas, a las que he visto crecer. Ella es más reservada.
¿Cómo no me enteré entonces? Quizás estaba de viaje. Nadie me lo dijo, ni el portero. ¿Cómo han podido pasar más de tres años hasta echarle someramente en falta? ¿Dónde vivimos? ¿Qué hacemos?
Ocho plantas, y ocho pisos por planta en dos escaleras. No lo justifica. Llevo casi dos décadas viviendo aquí. También hablo con dos ancianas deliciosas, con la hija de una de ellas, con un vecino muy simpático que aparcaba a mi lado, con el que me alquila la plaza de garaje y que acaba de emparejarse en la tercera edad. Pero no nos relacionamos, realmente. Ni siquiera nos hemos pedido nunca un poco de harina.
Nada parecido ocurriría en un pueblo, ni en los edificios de municipios más pequeños, pero vivo en Madrid, el inhóspito Madrid pese a su fama acogedora. El 80% de la población española residimos en ciudades y la mayoría en sólo 1.200 municipios. Cada vez más lo hacemos solos, o casi solos.
Y, mientras, muchos hablamos y escribimos con un ordenador, buscando la comunicación global. En silencio, y en mayor soledad. Llegan a formarse islas para cada uno de los habitantes de la casa, que por fortuna se saltan en las cenas o veladas compartidas.
Mi vecino –cuyo nombre no sé si llegué a saber- ha muerto hoy para mí, cuando ya su familia enfila el futuro, recuperada. Ya no han lugar los abrazos de condolencia. Las relaciones reales parecen más virtuales que las que se fraguan en la red. No vivimos en una aldea global, sino en un rascacielos de hielo que ni cruza miradas en el largo ascensor. Me gustaría, esta noche, llamar a la puerta de algún vecino, si acaso aún hubiera tiempo para el intercambio de ideas y afectos. Con calor, con piel. La auténtica comunicación.

Aznar y el exotismo histórico

Habló Aznar y nuevamente dio la nota. Le sucede como al italiano Berlusconi, proclive también a los excrementos verbales. El ex presidente español ha calificado el triunfo de Obama de “exotismo histórico”, el italiano habría destacado el color de la piel del próximo ocupante de la Casa Blanca para mofarse de él. Probablemente, Aznar también alude a la calificación de exótico porque la raza negra del presidente electo estadounidense no es la de la mayoría blanca del mundo occidental. Por mucho que viaje e imparta clases, Aznar no ha debido entender que no somos el patrón oro: el amarillo domina en la poderosa China, y el negro en África, el mundo es multicolor y poliédrico, incluso polimorfo. Pero el racista, el poco ilustrado, separa y elige lo mejor identificándolo con él mismo.

Ahora bien, Aznar se refiere a un “exotismo histórico”. Es decir, algo extraño, chocante, extravagante, algo excepcional en definitiva. Ése es el problema. “De toda la vida” han mandado unos y no lo han hecho otros. La mayoría se alzan con el poder por pertenecer a un grupo o casta, el caso de George W. Bush, que se situó en el punto de mira de quienes iban a usarle para sus fines por ser rico e hijo de ex presidente y, seguramente, por sus escasas luces intelectuales y sus pocos escrúpulos éticos. Otros llegan a la cúspide luchando, Atila, por ejemplo. En los partidos políticos españoles, suele darse una mezcla de ambas habilidades –aunque no siempre-. La pelea en esta ocasión es contra los propios compañeros que pugnan por la misma silla. Aquí nos encontramos a Aznar.

Obama es un proyecto colectivo. Enamoró a los norteamericanos hartos de élites y de lobbys, y muchos se dejaron el dinero y la piel porque triunfara. Seguramente sentían que triunfaban con él. Se propone hacer una política diferente a Bush –sólo por eso sería bien recibido-. Y Aznar espera que en lugar de facilitar el dinero a los ricos, preferiblemente amigos, como hizo Bush y él mismo, reparta un poco las oportunidades. Por eso, el sagaz analista cree que EEUU “irá al desastre económico”. ¿Se puede hundir más un país de lo que ha hecho éste con Bush?

¿Esta situación va a ser exótica, extraña, y por tanto caduca? No lo creo, o no lo debemos consentir. Una vez conocidos por sus palabras y por sus hechos, se demuestra su incapacidad para el cargo que ocuparon. Pensar que nuestros destinos estuvieron en manos de esta clase de sujetos, produce escalofríos. Estos presidentes envueltos en vanidad y naftalina no han debido leer la Constitución de sus países: el poder emana del pueblo. Ha llegado un nuevo tiempo, un cambio, un giro radical: más ciudadanos y menos poltronas.