Nieve sobre Madrid

Parque del Capricho, Madrid

Parque del Capricho, Madrid

Nieve sobre Madrid. Un regalo postnavideño que nos ha dejado atónitos a quienes aquí vivimos. Ningún fenómeno atmosférico como éste para cambiar la faz del paisaje: remarca los árboles y las casas, y viste casi de miriñaque a las estatuas. El blando resplandor, el gran merengue goloso para los sentidos. Los españoles del centro del país salen a la calle como niños expectantes. A tirar bolas y construir muñecos y, dados los tiempos, a hacer fotografías digitales a cientos. No estamos acostumbrados a la nieve. Y por ello, la ciudad y la provincia, se colapsan. Como no debiera suceder en la capital de la octava potencia económica mundial. Ni calles ni carreteras se construyen para la eventualidad de la nieve, ni existen medios suficientes para combatirla, ni –en el país de la improvisación- se anticipa el fenómeno.

Grandes espacios diarios dedican las televisiones a informarnos del tiempo. Bailarinas frustradas y sus clones, desgranan mapas e isobaras, pero no se enteran de que va a nevar en Madrid como pocas veces ha ocurrido. Ni ellos, ni ningún hombre o mujer del tiempo. Porque a pesar del gran teatro que escenifican todos se limitan a copiar el parte de la Agencia Estatal de Meteorología –según se ha demostrado-, y el organismo oficial desbarró por esta vez. Y todas las administraciones implicadas que se culpan de la debacle unas a otras. El aeropuerto de Barajas –cuarto de Europa- cierra. Por cinco centímetros de nieve… y por los males que acumula. Hay viajeros que viven prácticamente en su recinto desde antes de Navidad.
En el precioso parque del Capricho –parque de la época romántica y muy poco concurrido- aún hay nieve virgen al día siguiente cuando ya el sol comienza a derretir los hielos. Oxígeno para el espíritu. Y falta hace, porque tocamos la nieve para comprobar que es real y no caspa, en un país que la fabrica a toneladas hasta impregnar la vida cotidiana.

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1 comentario

  1. Viator

     /  11 enero 2009

    Pues sí, yo también he palpado esa nieve y he podido comprobar con satisfacción que no es caspa patria. Entre la imagen poética y la crítica política del escrito de Rosa, la nieve cubre nuestras calles, carreteras, aeropuertos y todo deja de funcionar. En cuanto nuestro transcurrir climático se sale de la mediocridad establecida, al país le da un aire, se alela, y cada cual echa la culpa al vecino por la falta de previsión. Es tanto como echar ese puñado de caspa patria sobre la nieve para ocultar lo que de hermoso hay en ella.

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