Robo de la clave de una tarjeta de crédito: el sistema aboca a la indefensión

¿Ha leído Vd. a Kafka?” Hacer esa pregunta a una teleoperadora da idea del grado de desesperación al que había llegado tras haber repetido 4 veces la misma historia. Hubo varias más, vayamos con la enésima. Resulta que ayer al revisar los cargos de mi tarjeta de crédito –simplemente porque me llamó la atención la cifra a día 5-, me encuentro uno de 60 euros justos con origen en Bélgica. La empresa parecía ser una mediadora de pago por Internet. Y yo… no había comprado nada en esa fecha. Ni por ese medio. Casi nunca lo hago. 60 euros no van a arruinarme, pero el método empleado abre la puerta a que se lleven lo que puedan. Y además por principio no se puede consentir.

Con una prisa enorme por un compromiso que implicaba a varias personas, lo primero que hago es llamar a mi banco. Cualquiera lo haría ¿no? No conozco a ningún empleado, los cambian con tanta asiduidad para que no se encariñen con las víctimas –se diría- que en este momento no hay nadie de referencia para mí en ese oficina. Bueno, sí. Un empleado me resolvió –no sin varias gestiones- un asunto de un cobro indebido, aunque de web conocida y con el reconocimiento del error por parte de la empresa.

Ayer, llamo al banco pues y me responde una voz de mujer. Le explico el caso y me dice que si no paso por la oficina no se puede hacer nada. Pregunto por el hombre que me atendió a ver si tengo más suerte, me dice que está ocupado. Pero como advierto que si no me dan una respuesta satisfactoria cancelaré la cuenta, me pasa no sin protestar: “Y encima me amenaza con cerrar la cuenta, qué carácter”.

En esta ocasión su compañero tampoco me resolvió el problema. Se me ocurre entonces buscar y llamar a la central de tarjetas del banco. Voy bien orientada. Una mujer, con voz inexperta –eso sí-, me dice que si he cancelado la cuenta porque no puede acceder a ella, “algo raro pasa”. Miré, facilíteme su teléfono y la llamarán mis compañeros, igual hoy o mañana.

¿Cómo?, bramo. ¿Me voy a quedar a esperar que me llamen sus compañeros cuando me habla de cosas raras y cancelaciones de cuenta con la tarjeta abierta a que me saqueen? Insisto de forma que parece dar resultado: me pasa con otra señora

Ésta, muy suelta, me pide todo tipo de datos, creo que hasta qué número de zapato calzo. Ha de asegurarse de que soy quien digo ser: la titular de la tarjeta. En los interludios yo insisto con mi historia, ya le he dicho varias veces los números finales de mi tarjeta y ella sigue a lo suyo preguntándome datos. Finalmente dice: ah, pero Vd. ya no tiene tarjeta con nosotros.

¿Cómo? Repito en un alarido. Veo que es una que cobraba un interés abusivo y la retiré. “¿Entonces porque figura en mi extracto este número al que he llamado?” deduzco y pregunto como una náufraga que ve en la lógica una tabla de salvación. Como sigue hablando sin concretar nada es cuando echo mano hasta de Kafka, pero a eso ni me responde.

Dado que es la misma empresa, que es la Central de tarjetas de mi propio banco, esta teleoperadora no tenía más que enviar la llamada al departamento que sí se ocupaba de la mía, de la que le había estado facilitando los números finales de continuo. Transferirme a la persona adecuada. Marcar un número, de eso solo se trataba. Lo hizo por fin. La quinta interlocutora, sí me atendió. Indagó –en otro departamento más, eso sí- datos sobre la empresa que me había cobrado lo que yo no reconocía. No sonaba bien y  apuntó los pasos a seguir: bloquear la tarjeta, ir al banco, presentar una denuncia. Ella lo haría también, y asimismo –a su iniciativa- una queja a la dirección por el trato que había recibido.

A las 9,30 he salido esta mañana a culminar las gestiones. He ido al banco en primer lugar. Pero… no se puede tramitar nada si no presento denuncia en comisaría. Me hace la reclamación a expensas de que yo luego le envíe la denuncia. La empleada que ayer me largó a las primeras de cambio, se acerca y se ofende mucho de que haya dudado de su trabajo del que siente “muy orgullosa”: su trabajo no es solo captar dinero de los clientes, es atenderlos también si tienen un problema, le digo. Y aviso que presentaré una reclamación. Ahí sí se esmera en darme los datos de dónde enviarla: sabe que no servirá para nada, ni tendrá consecuencias.

Salgo hacia comisaría. Allí en la propia puerta me paran para preguntarme cuál es mi denuncia. Muestro los papeles como me piden. Y el policía me dice: Aquí le falta la firma. Ha de tener el sello y encima la firma. Así lo pide el Juez. En ese momento, una se dice:vale, abandono, es lo que quieren.  Pero no, seguiré. Al final “todos desisten” y así nos vemos como nos vemos. Ya está bien. 

Eran las once y pico cuando he llegado de nuevo al banco. La reclamación estaba firmada, pero como parecía que debía ser coincidente sello y firma, ha puesto los requisitos a pares.

Y de nuevo a comisaría. Esta vez me cuesta más encontrar aparcamiento –iba en coche gran parte del trayecto, y aún así estoy bastante cansada del trajín-. Y decido dejarlo “un poco mal”. Es en la puerta de un aparcamiento privado que se llama algo así como “Casa de la Virgen”. Palabra. Dos vigilantes uniformados observan la maniobra. No tapo en absoluto la entrada del garaje. Pero me salgo un palmo del espacio delimitado en la calle. Esperan a que concluya completamente la maniobra. Y, una vez que he terminado, uno de ellos, el de mayor vocación de general con mando en plaza, se acerca y me dice que no lo puedo dejar ahí y empieza medir con su mano lo que me salgo de la marca que señala el aparcamiento que no es en absoluto de su incumbencia. He pensado desistir del empeño. Todo me abocaba a ello. Todo aboca a la indefensión y la impunidad en España. Pero he decidido que seguía aunque no podía permitirme discutir también con ese garrulo, así que me he ido a buscar otro sitio. Por cierto al terminar todo, he visto quehabía autorizado a aparcar a un mini -de esos que son como medio coche- que sí cabía.

En comisaría ya puedo avanzar hasta la mesa de recepción, unos dos metros más que la primera vez. Y allí un empleado muy amable me explica que tengo como una hora de demora. Espero, salgo, entro, paseo, tuiteo, y finalmente me toca entrar pasadas la 1 de la tarde. Se tramita la denuncia, por cuadriplicado, y con todos sus sellos y firmas, y ya se podrá tramitar también la reclamación del banco. Esta condición me parece demencial para esta cuantía. Tiene la policía cosas mucho más serias que investigar. Pero es que te obligan a firmar otra cláusula disuasoria: si la denuncia es falsa incurres en responsabilidad penal. Yo estoy preguntando a mi banco a qué corresponde ese cargo que no reconozco y la única vía para que mueva un dedo es ir a la policía. Lo lógico es que el banco indague y si se confirma el carácter fraudulento presentar la denuncia. La alternativa que queda es o tragar y comerse el posible robo o afrontar “responsabilidades”. Un desastre. Por cierto, comentamos por allí que se están produciendo muchas denuncias similares de robos de claves y en cantidades pequeñas que se notan menos. Estad atentos.

Si miré la cuenta ayer fue por el palo observado en el saldo. Mire a ve cuál de los compromisos del aciago –para pagos- Noviembre había caído ya. Era el impuesto revolucionario de Montoro, llamado en su terminología legal Impuesto de la renta de las Personas Físicas. Nunca he pagado tanto como ahora. Ni tan a gusto al ver cómo ayuda al bienestar de mis conciudadanos y el mío propio para el mantenimiento de nuestros servicios básicos. O cómo, por ejemplo, -y en este punto pagar impuestos me hace especialmente feliz- la Fiscalía no considera cohecho el que donantes del PP reciban contratos de las administraciones que gestiona el PP porque no hay datos explícitos que relacionen ambas acciones. Es decir, no pone en la entrega de dinero al PP: “Vale por una adjudicación”. O mejor aún, “Vale por un cohecho”.

Estamos viendo robar a manos llenas ante nuestros propios ojos y nuestra propia indefensión  y no se puede hacer nada, al parecer. Denunciar los robos menores que acometen a cualquier mortal que no goza de esos privilegios, es como, acabo de relatar, una odisea. En realidad le pasa a mucha gente, todos los días, por mucha mayor cuantía en gran parte de las ocasiones, y todas las víctimas han de seguir el calvario marcado por el sistema para abandonar la reclamación en algún momento. No se puede tolerar, ya digo. Nadie debería callarse. Hay que dejar desnudo el sistema.

A las 2 menos cuarto llego a casa. 4 horas y cuarto después de haber salido. Era cuestión de dignidad. En alguno de los trasiegos -creo que ha sido la segunda vez que he llegado a comisaría- me han dicho: esto si hubiera venido antes de las 10 se lo hubiéramos hecho en un momento. O sea, cuando he salido de casa.

El día en el que me convertí en una paria

Fue el 30 de Septiembre de 2008. Ese día un “cruce informático” decidió que yo estaba trabajando como autónoma y que no me correspondía el subsidio de desempleo, derivado del ERE de RTVE. Mi mala cabeza con los números y los papeles, hizo que me enterara hace nada, el 13 de Enero, cuando ya la cuenta bancaria gritaba.
Pero la historia no iba a acabar ahí. Lo que parece un pequeño desajuste puede provocar un cataclismo. La mala nueva de ayer fue que, por esa razón -no cotizar al sistema- y haber transcurrido 90 días, estaba excluida de la Seguridad Social. Me lo contaron, tras dos horas de cola -nadie, ni el impreso de la ventanilla exigía fotocopias de los documentos, el Centro de Salud carecía de fotocopiadora, y tuve que dejar la fila, volver, y hacerla otra vez-. Había compartido charla con un jubilado que atribuía todos los males posibles a Zapatero, incluso la espera en una dependencia gestionada por la Comunidad de Madrid que preside Esperanza Aguirre.

Absolutamente presente en mi charla con la funcionaria, gritó para ayudarme: ¡Pero cómo no va tener derecho a médico esta señora si Vds atienden a todos esos que vienen a España! Hay excepciones, pocas, pero una de ellas es la “mía”: no ser asalariada ni estar en el paro. También había hablado con una chica que me antecedía, a quien contaron que su número de DNI lo tenía también otra persona. La mandaban a aclararlo a la policía. Ella razonó que hablaran con esa otra persona, no fuera a haber un error.

Experimenté qué es un ataque de nervios. Y, como decía aquel verso, “entonces comprendí porqué se llora, entonces comprendí porque se mata”. El poeta aseguraba que era por amor, también puede suceder por IMPOTENCIA.

El martes os contaba que disponemos de 2.500.000 funcionarios en España, frente al millón que había antes de la descentralización del Estado. Loable empeño que, como tantas cosas en España, se ha hecho mal. Un artículo de El País cuenta con detalle como “Las 17 Españas no se entienden”, especialmente en la Sanidad con feroces agravios comparativos. Pero esa historia es para otro día.
Un certificado de Hacienda asegurando que no trabajo ni para mí ni para nadie, y que por tanto me corresponde el subsidio de desempleo, viaja estos días porque su conducto reglamentario de entrega es el correo certificado. Con él habré de ir a la Tesorería de la Seguridad Social a recuperar mi derecho a asistencia sanitaria, al Centro de Salud a por la Tarjeta, y al INEM. El martes fueron 3 horas de espera, con otros desgraciados como yo que no tienen trabajo -y que seguramente tampoco disfrutan de la beca que al menos a nosotros en RTVE nos ha correpondido-. De pie. El número de parados ha aumentado, sin duda, pero el sistema adolece de graves fallos.
No se puede hundir la moral de un parado diciéndole que su tiempo no vale nada, cuando en activo sí lo valía. No se pueden tolerar errores que privan del subsidio -y en mi caso sin avisar como es reglamentario-, cuando todo el mundo tiene compromisos que cumplir con el dinero con el que cuenta cada mes. No es de recibo que el pesado engranaje no funcione y que no se subsane el error de un día para otro. No es entendible la celeridad para comunicar a todos los organismos que una no tiene derechos, cuando cumple sus obligaciones, y ha sido el error de quien ha hecho dejación de ellas, el culpable de su situación.

La chica del DNI duplicado me dijo un tanto inquieta: ¿Y si un día todo el sistema informático se cae, se colapsa y desaparecemos? Podría suceder. Nos quitarían todo y las oficinas seguirían expidiendo números -donde los hay- para comunicar las decisiones, no para solventar los problemas.

Quizás me convertí en una variente de los parias el día que nací en España. Hubiera sido peor hacerlo en Zimbabue, en el Congo, en Myanmar, en muchos otros lugares, sin duda. Pero mucho mejor, hacerlo en Suecia, por poner un caso.
España ha dado pasos de gigante desde que vivimos en democracia, pero es incapaz de conseguir hacer las cosas bien. Organizarse, planificar, ejecutar con precisión y orden. Tener respeto por los demás. Con un enorme potencial, mi queja -y la de muchos otros que se resignan diciendo que no tiene remedio- es que no nos encontramos ante un mal IRREMEDIABLE. Un sector corporativista pone estos días en jaque al Gobierno por espurias razones. Lo cuenta muy bien Juan José Millás, también en El País. Seguramente habrá que echar la casa abajo y construir de nuevo, mucho desperdicio a la basura, buena mano de pintura, abrir bien las ventanas, mesas nuevas, trabajadores motivados, ordenadores bien conectados. El siglo XX nos trajo el milagro informático. Sólo hay que querer, y priorizar las inversiones hacia lo que hace más fácil la vida a los ciudadanos. Es nuestro derecho.

La basura burócratica

Este martes y 13 me he desayunado con que el subsidio de desempleo que cobraba había sido dado de baja. RTVE decidió prescindir de sus trabajadores mayores de 50 años -sin tener piedad de quienes desde la realización, la imagen o el periodismo han marcado y dirigido la historia del medio en este país- en un ERE “voluntario”. Para no engrosar la cuenta de resultados de la Corporación, una parte la pagaría durante dos años el INEM. Pero mi subsidio ha desaparecido.

Cuando he llegado a la oficina del INEM aguardaban un par de centenares de personas. De pie la mayoría. Faltaban más de cien números para que me correspondiera turno. Cuando, transcurrida la hora de cierre del establecimiento, una amable -sin duda- funcionaria me ha atendido, ha argumentado que se había producido un cruce informático en el que yo figuro en activo, trabajando, y que “suponía” se resolvería. “¿Para el mes que viene?”, he preguntado con candidez. “Supongo” ha respondido evidenciando que no era ese tiempo el estimado para solventar el error. Y entretanto ¿de qué como?

Por la tarde he intentado resolver la carencia de médico de la Seguridad Social, no vaya a ser que la angustia me provoque un espasmo. En los Presupuestos Generales del Estado y en no sé cuantos Reales Decretos, con sus barras y todo, se han derogado las colaboradoras, era el caso de nuestra ex empresa. Me han dicho que precisaba un justificante de empadronamiento. Que no servía el carné de identidad -donde figura mi domicilio- porque eso era de otro negociado. Ni la tarjeta censal para votar, ni recibos del piso, nada… Hay que acudir a la Junta Municipal. Lo haré, de forma “presencial”, y aguardaré más números y más colas, si quiero resolver pronto el asunto.

En los albores de la Transición, España contaba con un millón de funcionarios, ahora tiene dos millones y medio, de los cuales, la mitad pertenecen a las Comunidades Autónomas. El porcentaje es de un funcionario cada dieciocho habitantes, similar al resto de los países europeos, y algo menos que en Francia que, sin embargo, es puro centralismo. Pero ¿ha mejorado el funcionamiento del Estado? No lo parece, por el contrario se diría que ha aumentado la burocracia y la ineficacia, por no hablar del gasto.

Las aglomeraciones de desesperados, las interminables esperas parecen querer doblegar la voluntad del usuario, hacerle saber que es un número sin dignidad y sin apenas derechos.

Hoy se cumple un año del asesinato de Mari Luz, la niña de Huelva a cuyo presunto asesino no mandó el Juez Tirado enviar a la cárcel por una sentencia anterior, error -si se nos permite llamarlo así- sancionado con 1.500 euros. Nos enteramos entonces que había casi millón y medio de sentencias sin ejecutar. Y de que los Juzgados apenas disponen de ordenadores, trabajan con legajos escritos a mano como en el siglo XVI. Los Jueces se plantean ir a la huelga en solidaridad con su compañero expedientado, y España debate si la Constitución se lo permite o no.

¿Y nuestros derechos? Mientras España no erradique la basura burocrática -gusano que entorpece la digestión democrática, cáncer que nos pudre-, no será un país civilizado. La octava potencia económica mundial no puede permitirse, en el siglo XXI, este funcionamiento administrativo. En días como estos, una llega a pensar que se trata de un sistema deliberado.  Como aquella versión de la Ley de Clark que utilizó un empleado de la NASA:

       ” La incompetencia suficientemente avanzada es indistinguible de la mala voluntad”

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