El alcalde de Zaragoza dedica una calle al fundador del Opus Dei

Una encendida polémica recorre Zaragoza por la pretensión del alcalde de la ciudad, Juan Antonio Belloch, de dedicar una calle al fundador del Opus Dei, el oscense José María Escrivá de Balaguer, hoy Santo. 43 nuevas denominaciones están en camino. Algunas suprimen nombres vinculados al franquismo, en aplicación de la Ley de Memoria Histórica. Es el caso de General Sueiro, ubicada en lo más granado de Zaragoza. Allí se yergue una dependencia de la Institución y el alcalde se habría comprometido con uno de sus responsables a servirles el nombre a la medida.

 Por una u otra razón, todos los partidos protestaron por la decisión del alcalde, incluso los socialistas que amenazaron, con poco disimulo, con no repetir a Belloch en la candidatura a la alcaldía. Hasta hoy, dedicar esa vía a Escrivá era un empeño personal del alcalde. Argumentó que “a un señor no se le pone una calle por consenso, sino por méritos, y la verdad es que los tiene: ser santo”. Ya sabemos el rigor científico con el que se otorga esa consideración en la Iglesia católica, pero a Belloch le basta. Y no es extraño: en las primeras primarias del PSOE llevó al candidato Josep Borrell a rezar ante la Virgen del Pilar porque es una costumbre que él mismo practica.

Miembros del PSOE, del CHA y de IU han recordado la vinculación con el franquismo de Escrivá de Balaguer. Carmen Solano, ex parlamentaria de UCD, va más allá. Tras arremangarse para recoger firmas en contra de la denominación casa por casa, argumenta: “General Sueiro fue un cooperador del franquismo, es mucho más grave la obra de Escrivá: fundó una secta”. Solano se lamenta de que el consistorio haya decidido otorgar una calle a Adolfo Suárez en un barrio del extrarradio: la Venta del Olivar.

Hoy Belloch arría velas. Estaría dispuesto a llevar a San José María al Portillo, otra zona noble del corazón de Zaragoza. El Santo no se queda sin calle.

Nunca supimos en Aragón de la ascendencia turolense de Belloch – fuertemente vinculado al País Vasco-, hasta que su declive político -fue Ministro de Justicia, dimitido por la fuga de Roldán- le llevó a buscar un acomodo en la tierra que le vio nacer, primero como senador y luego como candidato a la alcaldía de Zaragoza, cargo que finalmente lograría. Su hito más importante:  la Expo del Agua -proyecto al que se sumó-, desarrollada en 2008 con resultados que no respondieron a las expectativas creadas.

Zaragoza tuvo una aceptable presencia en el contexto nacional cuando la vertebración autonómica nos hizo saber a todos los españoles que existían otras tierras además de Madrid y Barcelona. Ahora suena por la Expo, por la polémica decisión de dedicar una calle al fundador del Opus Dei, o por suprimir -en un gesto caciquil- la publicidad institucional a Heraldo de Aragón -el periódico decano- debido a su política informativa contraria a sus intereses. Argumentando como razón la manoseada crisis, testigos atestiguan que el propio alcalde dio la orden por su descontento con la información del Heraldo.

Como Don Guido, aquel personaje de Antonio Machado “de mozo gran jaranero, muy galán y algo torero, de viejo gran rezador”, algunas personas no saben envejecer, manteniendo sus ideales, si alguna vez los tuvieron. El poder, con sus bambalinas de flashes y rendevús distorsiona la realidad. Mala mezcla que empobrece, una vez más, la política y, con ella, la democracia.

La calle es mía

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Una plaza de Madrid, bajo el letrero “propiedad particular”. Está cerca del Estadio Santiago Bernabeu, patrimonio de un afamado club de futbol… privado. En realidad es una calle con forma de “ese”. Además de la cámara de vigilancia, está vallada por ambos extremos. ¿Cuándo la ha vendido el Ayuntamiento? ¿Lo permiten las leyes?

La viñeta de Forges, hoy, en el País, está patrocinada por REPSOL. O así lo parece. No sé si es la primera vez. Amarillo de rabia se advierte al gran personaje.

La mayor parte de las noticias en vídeo que ofrecen los periódicos digitales, obligan a pagar un peaje: unos segundos de publicidad.

Ya no hay quien vea la televisión convencional. Abruman tantos “consejos” y sugerencias de compra. La calidad de los programas se ha envilecido porque la irrupción de las cadenas privadas abrió a la voracidad eso que llaman la tarta publicitaria. Hay que repartir los ingresos, adocenemos al personal con mensajes triviales y será más vulnerable al consumismo.

La televisión concebida como negocio no ha sido inocua. España es el tercer país del mundo en consumo de anuncios de televisión, tras Estados Unidos e Indonesia. Más de 33.000 impactos al año, un 32% superior a la media mundial. El día que se “patrocinó” -respaldó, favoreció… pagó en definitiva- un informativo, llegó el fin de la información. Ahora es “otra cosa”, espectáculo, vehículo, reclamo.

Y, mientras, la privatización supera hasta las concepciones más esencialistas del concepto Estado, como “el monopolio de la violencia legítima” de Max Weber. Todo hoy se queda corto ante la realidad: ya se ha privatizado hasta la guerra. La principal empresa, Blackwater, dispone de 20 aviones de guerra y más de 20.000 soldados, entrena a 40.000 agencias privadas “listas para entrar en combate”, y en su página web se publicitan así: “la más completa compañía de militares profesionales para tareas de refuerzo de la ley, seguridad, pacificación y operaciones de estabilidad, en todo el mundo”. Dirigida por un ultraconservador cristiano, financió a Bush. Cuando él, con la ayuda de Blair y Aznar, invadió Irak, la proporción era de 10 soldados profesionales estadounidenses por uno privado, ahora, hay desplegados 180.000 contratados, frente a 160.000 militares, en palabras de Naomi Klein, autora de “La estrategia del Choque”.

Me niego -y todos deberíamos hacerlo, con todos los instrumentos de los que dispongamos- a que mi vida y hasta mi muerte se decidan en consejos de administración privados, pese a la ultramontana defensa que los liberales hacen de ese sistema. Todos pagamos ahora el fiasco económico mundial, dirigido desde las plantas nobles de los más grandes edificios. El fin de una empresa es el lucro privado, no el mío, no el tuyo.

En un Madrid cada día màs privatizado. uno puede, según la prueba gráfica -que, seguro, tiene alguna explicación ¿cómo va a ser lo que figura textualmente?-, y pese a que las leyes -¿qué leyes?- no lo permitan, plantar un letrero y hacerse con la tierra, igual que en el lejano Oeste. Como en la foto: propiedad particular… o “la calle es mía”.

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