Incomunicación

Esta mañana he coincidido con mi vecina de la izquierda en el ascensor. Y le he comentado lo que, de vez en cuando, venía pensando: “hace mucho que no veo a tu marido”. Nos había pasado por la cabeza en casa, incluso que se habían separado. Ella me ha mirado con un punto de asombro y ha respondido como tratando de no herirme: falleció. Tras un titubeo, ha continuado: hace 3 años, en noviembre. Fue de un ataque cerebral. A los 53 años.
Solíamos hablar siempre en el ascensor, un largo trayecto porque partíamos del último piso. A veces nos parábamos en la puerta un momento. Llegó a contarme alegrías y desgracias, no sólo el estado del tiempo. Al igual que suelen hacer sus dos preciosas hijas, a las que he visto crecer. Ella es más reservada.
¿Cómo no me enteré entonces? Quizás estaba de viaje. Nadie me lo dijo, ni el portero. ¿Cómo han podido pasar más de tres años hasta echarle someramente en falta? ¿Dónde vivimos? ¿Qué hacemos?
Ocho plantas, y ocho pisos por planta en dos escaleras. No lo justifica. Llevo casi dos décadas viviendo aquí. También hablo con dos ancianas deliciosas, con la hija de una de ellas, con un vecino muy simpático que aparcaba a mi lado, con el que me alquila la plaza de garaje y que acaba de emparejarse en la tercera edad. Pero no nos relacionamos, realmente. Ni siquiera nos hemos pedido nunca un poco de harina.
Nada parecido ocurriría en un pueblo, ni en los edificios de municipios más pequeños, pero vivo en Madrid, el inhóspito Madrid pese a su fama acogedora. El 80% de la población española residimos en ciudades y la mayoría en sólo 1.200 municipios. Cada vez más lo hacemos solos, o casi solos.
Y, mientras, muchos hablamos y escribimos con un ordenador, buscando la comunicación global. En silencio, y en mayor soledad. Llegan a formarse islas para cada uno de los habitantes de la casa, que por fortuna se saltan en las cenas o veladas compartidas.
Mi vecino –cuyo nombre no sé si llegué a saber- ha muerto hoy para mí, cuando ya su familia enfila el futuro, recuperada. Ya no han lugar los abrazos de condolencia. Las relaciones reales parecen más virtuales que las que se fraguan en la red. No vivimos en una aldea global, sino en un rascacielos de hielo que ni cruza miradas en el largo ascensor. Me gustaría, esta noche, llamar a la puerta de algún vecino, si acaso aún hubiera tiempo para el intercambio de ideas y afectos. Con calor, con piel. La auténtica comunicación.

Entrada siguiente

2 comentarios

  1. cocinapro

     /  8 enero 2009

    me ha gustado mucho la forma de escribir este post y la verdad es que tienes razón. la gente habla a través de internet, por redes sociales como facebook o tuenti, por el messenger…pero muchas veces ni siquiera miramos a los que tenemos alrededor. no somos capaces de levantar la vista ni un momento para preguntarle a la gente que nos rodea como está. muchas veces, incluso, a la gente que queremos…en estos tiempos hemos perdido la comunicación, tienes toda la razon!
    un abrazo

  2. Viator

     /  8 enero 2009

    Leo tu nota y pienso que, en el fondo, estás diciendo lo mismo que yo dejé dicho en la que he escrito estos días atrás. También tu comunicante viene a decir lo mismo: nos comunicamos a través de este invento, pero hemos ovlidado cómo se llama el vecino del piso de abajo.

A %d blogueros les gusta esto: