La más precisa metáfora del terrible momento en el que estamos viviendo: termina un canal de noticias riguroso y progresista, con el dolor pero también la valentía de quienes se ven obligados a despedirse, y, sin dejar ni el respiro de un segundo, inunda la pantalla el ojo del Gran Hermano de vía ínfima, el de la basura, precisamente del que previno el premonitorio libro de Orwell. Y ni siquiera tanto. Más próximo al Mundo Feliz de Adoulx Huxley plagado de epsilones, a la memoria borrada de Farenheit 451 de Ray Bradbury, a todo lo que advierten pensadores actuales, minoritarios, al ser arrollados por la maquinaria de la cochambre que busca dinero a cualquier precio. Ha sido una de las imágenes más espeluznantes a las que puede asistir un periodista, o cualquier persona con sensibilidad y pensamiento crítico. Una bofetada.
Tenía recopilados numerosos hechos que han convertido este año en el de los inocentes. En sus peores acepciones, inocente equivale a tonto, necio, incauto, bobo, inexperto. Las redes sociales se llenan de las mismas bromas, que se resumen en una: se ha decretado la barra libre para los poderosos que, lejos de pagar los daños que causaron, oprimen a la población en un festín de incremento de los precios de todo lo esencial, de merma de derechos, de injusticias y agravios, mientras siguen sacando tajada -como nos cuentan de pasada, sin llamar mucho la atención, tantos medios informativos cómplices- para volver a cometer y aumentar si cabe las mismas tropelías que nos han traído hasta aquí. De momento, que el camino es largo y la usura voraz como pocas cosas. Y los políticos no solo lo consienten sino que nos venden el piano de cola para apartamentos de 30 m2, con una soltura de un jilguero en primavera. Y lo consentimos. ¿No somos inocentes, tontos, necios, incautos, jautos, bobos, inexpertos, mentecatos, sandios, memos, lilas, mamelucos, panolis, pánfilos, incapaces, inútiles, borricos, mendrugos, mostrencos, ineptos, memos, memos, memos? Cum laude.
No sé si es el tiempo de la risa. Ayuda, relaja, distiende. Sí, totalmente, de la tranquilidad y de la vida (es demasiado corta). Y de la lucha responsable. Inocentes somos también los ingenuos, candorosos, llanos, sinceros, honrados, confiados… idealistas. Y a mucha honra. El lenguaje se pervierte día tras día para vaciar los conceptos. Para señalar lo más peyorativo… ¿o es que no consideran los establecidos que ser ingenuo, candoroso, natural, honrado e idealista es ser cretino absoluto?
Una lucha de convicciones, el egoísmo y la generosidad, el yo y el bien común, el aquí me las den todas y el voy a ver qué puedo hacer. También por los imbéciles que nos lastran. No me hablen de buenos y malos, de Hobbes y de Russeau, conceptos morales maniqueos. Háblenme, quizás, de inocentes y culpables. Para lo segundos debe existir la justicia. Hordas masivas de idealistas, ingenuos y honrados para descarar las desvergüenzas. Cualquier día, casi todos los días, no hoy, hoy es nuestra fiesta.
Había luchado desde el centro regional de TVE de su Galicia natal porque España no fuera solo un Madrid con apéndices. Desde otras esquinas del país, otros jóvenes periodistas hacíamos lo mismo. Y, no únicamente eso, también defender el periodismo, casi inventarlo entonces, para lograr una sociedad responsable. Luis Mariñas fue un pionero maravilloso. Ha muerto hoy a los 63 años.
Dicen que las necrológicas se escriben para hablar de uno mismo, de cómo uno “le” conoció, pero puede que sea la única forma de que sepáis lo que sí sabemos quienes le tratamos. Un periodista excelente, y clave en la Transición. Hasta ese punto. Desde un singular “regional” para “19 provincias”, primero, donde se informaba en serio, desde el que se colaban las noticias de toda España en los telediarios nacionales, cuajando una aventura apasionante, también de camaradería. Aprendí mucho en aquella etapa.
Jefe de Nacional cuando Iñaki Gabilondo ocupó la Dirección de Informativos en un tiempo irrepetible. Director del TD2 con Manuel Campo Vidal presentando, tras el triunfo del PSOE. Le recuerdo, les recuerdo a todos, a gatas, ayudando en mi primer TD3, cuando Eduardo Sotillos, como portavoz, nos contó en directo en el estudio, entrando con el programa comenzado, que el Gobierno había expropiado Rumasa, lo que supuso una gran conmoción. Fue él quien me recomendó para ese puesto, y nunca me lo dijo.
Más telediarios, uno de los periodistas que más tiempo ha estado en pantalla. Luego llegarían las otras cadenas, poner en marcha los informativos de Telecinco, Telemadrid, la vuelta a TVE para iniciar “Los desayunos”, de los que lo echaron malamente.
Noté que algo había cambiado en esta sociedad cuando la gente empezó a confundirlo con “el otro Mariñas”, cuando la zafiedad anuló su recuerdo. No era un periodista más, incluso entrevistó a Sadam Hussein o Gorbachov y moderó uno de los primeros debates electorales entre Felipe González y José María Aznar. González le concedió la primera entrevista televisada tras perder las elecciones y abandonar la Moncloa.
Era enormemente atractivo desde sus ojos azules (que apenas se veían así en cámara), cálido, sensible, progresista, inteligente y culto, irónico, divertido, cautivador, y alguna vez sus fantasmas le vencieron. Ahora estaba bien, llevando una vida sana y esperanzado. Lo cierto es que empieza a doler demasiado ver como amigos y brillantes profesionales desaparecen. Estas edades son muy malas. Y uno se queda un poco tronchado. Aunque con el convencimiento de que hay que aprovechar de la vida cada segundo. Al menos, que alguien recuerde el auténtico valor de Luis Mariñas. Luis, que nadie se confunda.
La Audiencia Provincial de Castellón ha sobreseído la mayor parte de la causa abierta contra Carlos Fabra, presidente de la Diputación de Castellón. En concreto, considera prescritos delitos fiscales cometidos entre 2000 y 2003, años en los que no justificó ingresos por valor de 3.7 millones de euros, defraudando -según la acusación- una cuota de un millón de euros. La fiscalía anticorrupción le pedía 15 años de cárcel.
Los peritos de Hacienda analizaron 17.000 operaciones económicas de Fabra. Las cuatro veces que dijo le había tocado la lotería en 5 años, estarían justificadas como ingresos, no así esos casi 4 millones de euros. Los magistrados no discuten que los supuestos delitos se hayan cometido.
Ningún particular, aunque sea objeto de una injusticia, puede embarcarse en años de litigios pagando caros abogados… sin contar con condicionamientos añadidos. Si la administración de justicia precisa reformas y acciones que mejoren su funcionamiento, acometánlas.
A mí ya no me vale tanta impudicia y desvergüenza, cuando además se están recortando de tal forma nuestros derechos y, sin ir más lejos, nos van a subir la luz un 10%. Ni mucho menos los chistes con la «suerte»de Fabra. Este sujeto y todos los que lo secundan, si son afortunados realmente es porque la sociedad no reaccione y les trate como merecen. Máxime al ver que, como en tantas otras cosas, no actúan los poderes del Estado.
“Cierto es que casi todos los organismos internacionales han constatado la correlación entre corrupción y deterioro de la democracia, y han llamado a atajar lo que, dicen, no puede contemplarse en ningún caso como comportamientos individuales desviados, sino como putrefacción del ordenamiento social. A gran o pequeña escala, afirman esos organismos, se roba el dinero de todos. Incluso aquí hay enemigos de tradición tan acrisolada. «La corrupción es incompatible con la democracia, hiere gravemente a los propios fundamentos del sistema», afirma Carlos Jiménez Villarejo, nuestro primer fiscal anticorrupción. Pero ¿a quién le importan todas estas jeremiadas?”
Una sociedad que no reacciona está realmente enferma, derrotada, es carne de basura. La culpa de que todo esto suceda es nuestra, del pesado lastre que suponen para todos quienes ni ven, ni oyen, ni se implican en nada. De todos por no impedir este estado de cosas. Y en modo alguno es motivo de risa.
Actualización:
La Fiscalía anticorrupción recurrirá la sentencia de Fabra.
Los consumidores que promovieron la investigación afirman que la prescripción se suspende en el momento en el que se inicia la investigación.
González Pons encantado con la sentencia de Fabra, y acusando a los «fans de los banquillos mediáticos».
Paul Krugman, premio Nóbel de Economía 2008, publica en el New York Times un largo artículo con ése sugestivo título que, por cierto, toma prestado de un escritor. Krugman no tiene nada de «peligroso izquierdista«. Como alguien dijo en #contrATTACando, «¡cómo estará el mundo para que Krugman sea considerado de izquierdas!». U Obama, añado. Entresaco ideas para estimular neuronas aunque estemos abducidos por la Navidad.
«Cuando los historiadores miren atrás, a los años 2008 al 2010, lo que más les intrigará, yo creo, es el extraño triunfo de las ideas fallidas. Los fundamentalistas del libre mercado se han equivocado en todo, y, no obstante, ahora dominan a fondo la escena política como nunca antes.
¿Cómo pasó eso? ¿Cómo, después de que bancos fuera de control pusieron de rodillas a la economía, terminamos con Ron Paul, quien dice: “No creo que necesitemos reguladores”, a punto de encargarse de un panel clave de la Cámara de Representante que vigila a la Reserva Federal? ¿Cómo, después de las experiencias de los gobiernos de Clinton y Bush –el primero aumentó los impuestos y presidió un espectacular crecimiento en el empleo; y el segundo redujo los impuestos y presidió un crecimiento anémico incluso antes de la crisis–, terminamos con un acuerdo bipartidista para aún más recortes fiscales?»
(…)
Los fundamentalistas del libre mercado han estado tan equivocados sobre los acontecimientos en ultramar como en los de Estados Unidos –y padecido, por igual, pocas consecuencias–. En 2006, George Osborne declaró que “Irlanda es un ejemplo reluciente del arte de lo posible en el diseño de políticas económicas a largo plazo”. Uups. Sin embargo, Osborne es hoy el principal funcionario de economía de Gran Bretaña.
Y en su nuevo cargo, se dispone a emular las políticas de austeridad que implementó Irlanda después que reventó su burbuja. Después de todo, los conservadores en ambos lados del Atlántico pasaron gran parte del año anterior elogiando la austeridad irlandesa como un éxito rotundo. “El enfoque irlandés funcionó en 1987 a 1989, y está funcionando ahora”, declaró Alan Reynolds del Instituto Cato en junio pasado. Uups, de nuevo.
(…)
Sí, la política es el arte de lo posible. Todos entendemos la necesidad de lidiar con nuestros enemigos políticos. Sin embargo, una cosa es hacer pactos para hacer avanzar los objetivos, y otra, abrirle la puerta a las ideas zombis. Cuando se hace eso, las zombis terminan comiéndose el cerebro, y, muy posiblemente, también a la economía.»
Y para quien disponga de arrestos para acometer el artículo entero, aquí lo tenéis.
Y la sociedad adocenada, manipulada, siempre confundiendo el detector de zombis.
Lo tenemos crudo. Saqueados los centros comerciales por los consumidores como si les fuera la vida en ello (una vez más), una peligrosa incertidumbre más se cierne sobre nosotros. Se ha detectado en el espacio aéreo español un OVEI, objeto volante que empieza a ser identificado. El primer informe dice:
“Un anciano grueso, vestido de rojo, a lomos de un trineo, invade espacio aéreo”. Los controladores han dado aviso a sus superiores: los militares que dirigen el asunto en el estado de alarma en el que –aunque no lo creáis- vivimos. En algún momento se ha valorado dispararle sin más, pero como, ya somos muy civilizados, simplemente lo van a neutralizar. Y, como hay que comer langostinos, no se espera una resolución inmediata del problema. La nochebuena está perdida.
¡Dios mío! Los árboles de navidad se van a quedar sin regalos. Los niños españoles habrán de prescindir de su primera tanda (de tres) de obsequios. Igual se frustran y se paralizan ¿qué haremos? Los telediarios preparan conexiones en directo para, hoy, mostrarnos la calle Preciados desolada en paisaje de bolsas caídas. Los periodistas, atónitos, desnortados, sin poder incitar a la compra desaforada.
Papa Noel está enfadado. En realidad, no nos quiere. Es demasiado reciente el cariño español por él para un personaje milenario. Se prevén heladas, y él ya está encapsulado en una bolsa de malla, entre aviones que cruzan de un lado para otro. Grita, grazna, ora en nórdico, ora en inglés. Ni siquiera le ven, ni lo oyen, desde la vecina nube en la que viven las huestes del langostino. Lo peor será el despertar, siempre lo es, de la irrealidad.
Feliz Navidad, pese a todo, o lo que quiera que celebréis o no celebréis. La vida es una de las cosas mejores para brindar. Vaya por vosotros¡
Hace ahora 3 años justos que terminó mi trabajo en RTVE, y, lo que era mucho peor, en Informe Semanal. La vida siguió y siguió bien, explorando nuevos horizontes que resultaron -algunos- luminosos.
Quiero dedicar a los compañeros de CNN+ (que hoy concluyen también una etapa) fragmentos de un largo relato mío de esos que se escriben como terapia: ÚLTIMO TRABAJO EN LA FÁBRICA DE SUEÑOS. Y no es casual recurrir al tópico de los sueños.
Va para todos. Y en particular para mi amigo del alma Juan Tortosa que ha pedido directamente el finiquito porque no quiere trabajar para Telecinco. Para Iñaki Gabilondo figura cumbre del periodismo español, hombre tan comprometido como entrañable. O para Antonio San José. Para la coherencia de todos ellos. Que es duro a estas edades pensar en los cambios.
Pero también lo dedico a quienes tienen todo el futuro por delante con un presente (de esos que nadie puede quitar) esplendoroso como Silvia Intxaurrondo. O Carmela Ríos. Con esas ganas de trabajar base del genuino periodismo. En fin, a todos. Porque entiendo muy bien cómo se sienten.
La fábrica cierra sus puertas. O hace tiempo que lo hizo. O ya no las abrirá más para mí. Pero, si lo pienso bien, tampoco para los otros, los que cada día irán y ficharán la entrada y la salida como si todavía se elaborase el producto. Debo pensar en lo positivo: he sido una privilegiada, pocos consiguen vivir de lo que le gusta. Yo sí: me pagaban por trabajar en una fábrica de sueños. Los inventábamos de todos los colores y tamaños y, aún hoy, en este mundo que mira pero no ve, la empresa sigue acreditando una trayectoria consolidada en el mercado. Cada vez menos, eso es cierto. Nosotros fuimos los pioneros pero luego -al calor del negocio- surgieron muchos competidores. Sus departamentos de finanzas hablaban de una tarta a repartir y, aunque pareciera un contrasentido, no lo era probablemente asemejar ese dulce jugoso, colorido y siempre tan apetecible, a la fría contabilidad de los números. Porque no manufacturábamos tuercas en serie, ni siquiera embutidos, y me gusta creer que toda la entidad estaba impregnada del mismo espíritu.
(…)
Puede que nunca los sueños que fabricábamos hayan volado completamente libres o quizás sólo salieron algunos, a determinadas horas de la madrugada o, sí, justo en el momento de cerrar los ojos, con alas de águila que penetraban en las mentes dormidas de los clientes llenándoles de luz. La tomaban del reflejo de una montaña en una cumbre nevada, fresca y virgen y la depositaban al lado de su almohada. Recuerdo que una vez le pusimos a la luz color de magia, olor de tierra mojada y sabor –dulce y amargo- a cilantro, era una mezcla muy original. La luz es básica en un sueño. Abre horizontes, relaja. Los sueños oscuros en cambio suelen desembocar en un despertar constreñido y con mal sabor de boca. Como mínimo hay que poner una luna llena o dejar suficiente paz, tiempo y distancia como para que el cliente se sienta iluminado por las estrellas y aprecie los contornos. En esos casos el sueño oscuro puede dar un resultado excelente, pero es muy difícil dar con el tono justo, depende de numerosas variables. Se logra quizás por un sexto sentido o por experiencia. Ambas cosas, una u otra.
(…)
Lo importante sin embargo -y a veces se olvida al trabajar con material tan etéreo- es el contenido, dulcificar una realidad o un temor que angustia o convertirles en sultanes o sultanas de un harén de belleza. Sí, eso es precisamente lo más preocupante. El trabajo se dirige a seres humanos vulnerables al estar dominados por el subconsciente y haber desaparecido sus defensas racionales. Creo que aquí radica su trascendencia y la gran responsabilidad de los creadores, de los directivos, de todos. Hay que tener mucho cuidado, por ejemplo, con no llegar a crear adicciones y obsesiones. Los clientes que las padecen merecen un trato exquisito. Algunos piden casi cada noche alas y que les lleves sobre mares y montañas sin detenerse jamás. No se puede volar dormido eternamente para despertar en la misma cama y en las mismas cuatro paredes, para ir a la misma problemática fábrica seguramente. No se puede correr toda la noche, y noche tras noche, en busca de un sueño en el sueño o huyendo de un miedo. No es saludable nadar sin destino ni siquiera en aguas transparentes o vagar en barcos que nunca llegan a puerto. Y he comprobado que tras un período de sueños raquíticos con alfombras rojas donde ser aclamado o viajes narcotizantes a fiestas y saraos, quien más quien menos termina por aferrarse a sueños de vuelos interminables o travesías de conejo persiguiendo una zanahoria inexistente. Hay que ser muy preciso. A estos clientes se les debe dar, con mucho tacto, variaciones, opciones diferentes. Ni el sueño más hermoso sirve si se convierte en obsesión. Procuro, hasta para mí, aprender a distinguir la frontera entre el sueño y la realidad. Hacer que el uno sea soporte de la otra y ambos se alimenten para crecer.
(…)
A estas alturas de la Historia ya no sirven nuestros sueños, son otros los que venden y puede que nosotros no supiéramos elaborarlos.
Pero ya no sé con qué soñaré ahora. Habré de buscar alguna pequeña industria artesanal donde empezar de nuevo de alguna manera. Una producción selectiva para algunos amigos, mi familia y para mí misma. Porque todo lo que van a ofrecerme en las grandes factorías consolidadas para mi disfrute son sueños delgados, famélicos, con urticaria y alzheimer, desteñidos, con olor a salfumán y estiércol, con sabor a lejía, bellota verde y pez de río crudo. Y pesadillas, muchas pesadillas que, luego, maquillan y entran como pueden en las mentes indefensas que duermen para destilarles la idea imprecisa de un mundo mejor, que ya no es un sueño, ni una verdad. Mi último trabajo en la fábrica teje pues imágenes de naturaleza, tiempo, trascendencia, una brizna de esperanza. Mezclaré todos los resortes que conozco y, para imbuir mayor nivel de exigencia a los clientes, concluiré con un colofón («tariro» le llamabamos, ya ves qué confianzas) esperanzador, para hoy y para siempre:
Sueño es la caracola de mar que te lleva al paraíso para retomar la mañana y el «cafeconleche» con energía. Sueño es Segismundo sin salir de su encierro y sin ojos de la razón para saber. Quisiera seguir soñando en que los sueños que he de seguir fabricando como pueda, construyen pinceladas de ilusión que adornan la vida. Mi sueño es soñar con sueños que vuelan y que caen como semillas en quienes saben que los sueños no son ciertos, pero ayudan a vivir. Ven conmigo -quienquiera que seas- a bañarnos en la luna y las estrellas, a alimentarnos del agua de mar desalado con sabor a proteína de fuerza, a perfumarnos con el magma de la tierra, a teñir de rojo sediento y lluvia de paz los días. Nos levantaremos descansados e iremos a trabajar -o a cobrar el subsidio- para poder comprar pollo, lechuga, aceite y sal y, ahorrando, esa pequeña oficina que construya sueños de mentira -reales mientras duren- para soportar la realidad.
Campanas repicando por la Ley Sinde derrotada desde la silla de casa. Empecinamiento épico en aprobarla, digno de mejores empeños. Y seguirá en un próximo asalto. Previo pago en especias, seguramente.
Alguna lección…
El temor a la desconocido. Hay quien no consigue hincarle el diente de la comprensión a las maduras tecnologías con más de 40 años a sus espaldas, aunque sea lo único cierto que se multiplican por esporas.
Y sobre todo ¿Que no sirve de nada luchar?
¿Y lo que de verdad importa? ¿Dónde está la obstinación política para salvarnos, para mantener la dignidad de todos? ¿Dónde la respuesta masiva y anónima para lograr cambios profundos? ¿Dónde la elección inteligente y justa de la búsqueda beneficios?
Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.
Cancionero y romancero de ausencias
Miguel Hernández
En la clase estamos muy preocupados. Algunos, bien es verdad. A la mayoría de los chicos se les ve muy entretenidos con piruletas, la nintendo, móviles y ordenadores en los que husmean el tuenti. Nos los dieron a todos, pero unos pocos preferiríamos estudiar, ya que estamos aquí, para llegar a ser adultos de provecho. Cada cosa a su hora.
Hoy ha venido una profe adjunta y nos ha dicho que está muy feo descargarse cosas por Internet. Que eso es robar. Y que no lo vamos a poder hacer nunca jamás. Claro que la hemos visto por los cristales hablar muy compungida con unos catedráticos norteamericanos que mandan mucho en el colegio, no sabemos por qué, y que gritaban ni se sabe. La profe ha señalado a unos cuantos de la clase con el dedo y hemos podido deducir que pedía ayuda a sus superiores estadounidenses para que convencieran a los díscolos. Entre los líderes de grupo, naturalmente, los chicos normales que protestan no veas las palizas que se llevan. En eso el profesorado es muy ejemplarizante, hasta al ejército han llamado en algunos casos.
Con ser desagradable el incidente, no es ni con mucho lo peor que nos está pasando. Porque día sí, día no, se presentan en la clase unos tipos con muchas ínfulas. Se llaman “mercados” nos ha contado el profe, todos los profes nos lo cuentan. A veces vienen ellos en persona, otras -las más- nos mandan a sus delegados que disponen de muchos.
En lo que va de curso, nos han quitado los libros y los cuadernos, las mochilas, la pizarra, una pata de cada silla –con lo que es un suplicio mantenerse en equilibrio-, el bocadillo de media mañana y el postre. Las nintendo y todo eso no, el profe asegura que las necesitamos para estar contentos. A algunos nos parece que el profe sufre, pero es que todos vociferan mucho y bastante tiene con ir como una peonza por todo el recinto a atender lo que pide quien presiona más.
Ahora han venido, en medio de semejante guirigay, unos gafapastas que dicen ser de la OCDE ¿qué será eso? Sector mercados, sin duda. Han dado un empujón al profe y se han sentado en su mesa. Nos dicen que vamos a tener que dejar la escuela porque el mundo nos necesita trabajando. Ya. Para cobrar una pensión a los 70 años, precisamos emplearnos desde muy jovencitos. Anuncian que lo de los subsidios ya veremos, de todos modos, que se gasta mucho en eso. En realidad, vamos a tener que pagar por trabajar y muchas otras cosas que nos andamos pasando unos alumnos a otros en notas, muertos miedo, porque muertos de miedo estamos todos: los mercados lo exigen, para ganar ellos mucho dinero, y comprarse muchos coches, y pisos, y joyas, y manjares, y viajes paradisíacos.
El profe, que parecía tan majo, anda de lado a lado del aula. Nos están quitando los zapatos, los guantes, las bufandas, los anorakcs, mientras, él sonríe para que no se enfaden los mercados.
Muchos alumnos siguen jugando con el ordenador. Algunos aprovechan el desconcierto, para mangar las tizas, los punteros, la pantalla, las mesas, que eran de todos. Nos cobrarán entrada hasta para salir al recreo, y el que quiera jugar a la pelota, o subirse a un columpio, tendrá que cotizar lo que ellos estimen. Los veo muy espabilados, creo que van para mercados. Y se entrenan desvalijando cuanto pillan. A mí, sin ir más lejos, unos chicos me han vaciado el bolso. Ni el móvil me han dejado.
Algunos de mis amigos dicen que esto hay que pararlo. Unos proponen romper los ordenadores en protesta por eso de Internet, otros dicen que hay que centrarse en que no nos sustraigan las simientes del jardín, los más que habría que asomarse a la ventana a pedir ayuda a ver si alguien nos oye.
En la puerta aguarda un profe nuevo. Con venerable barba cana. Da un paso hacia delante, otro hacía atrás, y vuelta a empezar. Dice que nos enseñará el Catón, origen de todos los principios, y que preguntará a todos lo que queremos, para ver si le dejan hacerlo. Los mercados le sonríen y le dan palmaditas en el hombro. Se ve que el profe nuevo es un hombre feliz, nunca soñó que llegaría a ocupar ese puesto, en realidad él iba para registrador de la propiedad ¡qué edificante historia de superación personal! Por eso, está radiante. No como el todavía titular, esta pobre, hoy, marioneta, que sigue deambulando por el aula, tapando agujeros, y destapando todos los boquetes que le piden sus superiores.
Cada día estoy más preocupada. En realidad, de lo que más tengo ganas es de gritar. Y eso que por todas partes me aconsejan que no me inquiete. Apenas nos queda nada. Sólo una enorme pantalla de televisión. Con voces muy sonoras, tranquilizadoras y monocordes. Y, en efecto, en ella nos aseguran que todo va bien.
Cuando era pequeña inventé una forma de insultar a mi abuela materna absolutamente impune. La adoraba porque lo merecía en grado sumo y porque ya entonces intuía lo injusta que fue con ella la vida. Y el cariño era mutuo. Pero en los momentos de incordio algo hay que hacer para liberarse. Yo le decía: “¡Oliva!” en el tono adecuado para que entendiera perfectamente mi intención. Acudía entonces ella a mi madre:
-La niña me ha insultado.
-¿Qué te ha dicho?
-Oliva.
-Eso no es un insulto- respondía mi madre zanjando la cuestión.
Todavía no sabía yo que en el resto de España, llamaban aceitunas a las olivas, que, en absoluto hubiera sido lo mismo. ¿Cómo iba yo a llamar “aceituna” a mi abuela? Pero oliva sí, a mí me gustaba especialmente la palabra. Constituía por tanto un insulto cariñoso. Y a la vez reivindicativo. Y muy femenino en la línea que siempre nos han enseñado a las mujeres: el camino sinuoso, nunca directo, para lograr objetivos.
Solo que… hubo un día que lo olvidé. Todo. Hasta llegar a desaprender las más hipócritas “armas de mujer”, perder el tiempo en disimulos, acosar dando vueltas, e insultar adecuadamente (cada digo más tacos y soy más políticamente incorrecta).
Toda la retahíla de improperios viene a mi mente ante tantos atropellos que contemplo. Sólo que la mayoría desmerecen también a colectivos completos. No tiene por qué considerarse despreciable ser hijo de puta, ni cabrón, ni marica por supuesto, ni hay que cargar a las familias con las culpas de uno de sus miembros defecando sobre ellos. Ni siquiera es un demérito ser tonto o insustancial, viene en el pack de nacimiento. Sinvergüenza, canalla, vendido, corrupto, putrefacto, inmundo, miserable, nauseabundo, sucio, repugnante, traidor… todos esos resultan más precisos. Aunque, a veces, se quedan cortos y, tal vez, sería preferible adquirir nuevos, con nombres propios. Seguro que se os ocurren unos cuantos. A ver quién resistiría imperturbable que le llamaran Berlusconi, pongo por caso. O Mayor Oreja, me califican a mí de «una Mayor Oreja» y me hunden en la miseria. Por cierto, los franceses ya pueden seguir increpando con el apellido Le Pen. Al ultraderechista de pata negra, le ha nacido un esqueje: una hija que barre en audiencias.
Comprendo que debería empezar a inundarme ya de paz y amor. Pero es que, al estado general de la cuestión, se nos da por añadidura la navidad. Un convencionalismo destinado a consumir desde hace ya décadas. Y a que familias y amigos que se quieren estén en juntos, si pueden, para olvidar por unas jornadas lo que ellos u otros tienen encima. O a que se junten por obligación quienes se llevan a matar. O a compartir la felicidad, que también puede ser.
Y por más que uno no quiera, no escapa. Sucede que esto de las navidades siempre ocurre los 24 y 25 de diciembre y los 31 de ídem y el 1 de enero. Y, claro, uno recuerda más por las fechas exactas lo que tuvo y no tiene o lo que podría tener o vaya Vd a saber. Aunque le suceda lo mismo el 11 de enero o el 7 de Noviembre, pongo por caso.
Y que ya está encima. Con los grupos de vociferantes ganadores de la lotería, dando saltos y bebiendo cava, rodeados de micrófonos y cámaras para que nos cuenten la gran novedad que supone ganar un dinero extra, y el delicado proceso de la compra del billete. El mundo feliz. Vd. también puede. Compre lotería. Privatizada. Parcialmente, ya sé.
Los príncipes de Holanda se van a la Patagonia ¿Dónde disfrutarán de las fiestas los inauguradores del AVE? ¿Y los "mercados"?
Con posibles, es fácil huir de la navidad convencional. Pero ni eso, aunque, al lado de la miseria de tanta gente, uno no debe quejarse. Trataré de ser buena, dar y recibir felicitaciones, y, como me gusta cocinar, me esmeraré aún más en los menús sin gastar mucho dinero.
De momento, lo que la navidad me provoca, por infinidad de razones -de todos los colores y calideces-, es decirle: ¡Oliva!
Fues eso. Feliz Navidad. A mi familia felina, le encanta este vídeo: