LA FÁBRICA DE SUEÑOS (A los compañeros de CNN+)

 Hace ahora 3 años justos que terminó mi trabajo en RTVE, y, lo que era mucho peor, en Informe Semanal. La vida siguió y siguió bien, explorando nuevos horizontes que resultaron -algunos- luminosos.

 Quiero dedicar a los compañeros de CNN+ (que hoy concluyen también una etapa) fragmentos de un largo relato mío de esos que se escriben como terapia: ÚLTIMO TRABAJO EN LA FÁBRICA DE SUEÑOS. Y no es casual recurrir al tópico de los sueños.

Va para todos. Y en particular para mi amigo del alma Juan Tortosa que ha pedido directamente el finiquito porque no quiere trabajar para Telecinco. Para Iñaki Gabilondo figura cumbre del periodismo español, hombre tan comprometido como entrañable. O para Antonio San José. Para la coherencia de todos ellos. Que es duro a estas edades pensar en los cambios.

  Pero también lo dedico a quienes tienen todo el futuro por delante con un presente (de esos que nadie puede quitar) esplendoroso como Silvia Intxaurrondo. O Carmela Ríos. Con esas ganas de trabajar base del genuino periodismo. En fin, a todos. Porque entiendo muy bien cómo se sienten.

La fábrica cierra sus puertas. O hace tiempo que lo hizo. O ya no las abrirá más para mí. Pero, si lo pienso bien, tampoco para los otros, los que cada día irán y ficharán la entrada y la salida como si todavía se elaborase el producto. Debo pensar en lo positivo: he sido una privilegiada, pocos consiguen vivir de lo que le gusta. Yo sí: me pagaban por trabajar en una fábrica de sueños. Los inventábamos de todos los colores y tamaños y, aún hoy, en este mundo que mira pero no ve, la empresa sigue acreditando una trayectoria consolidada en el mercado. Cada vez menos, eso es cierto. Nosotros fuimos los pioneros pero luego -al calor del negocio- surgieron muchos competidores. Sus departamentos de finanzas hablaban de una tarta a repartir y, aunque pareciera un contrasentido, no lo era probablemente asemejar ese dulce jugoso, colorido y siempre tan apetecible, a la fría contabilidad de los números. Porque no manufacturábamos tuercas en serie, ni siquiera embutidos, y me gusta creer que toda la entidad estaba impregnada del mismo espíritu.

(…)

Puede que nunca los sueños que fabricábamos hayan volado completamente libres o quizás sólo salieron algunos, a determinadas horas de la madrugada o, sí, justo en el momento de cerrar los ojos, con alas de águila que penetraban en las mentes dormidas de los clientes llenándoles de luz. La tomaban del reflejo de una montaña en una cumbre nevada, fresca y virgen y la depositaban al lado de su almohada. Recuerdo que una vez le pusimos a la luz color de magia, olor de tierra mojada y sabor –dulce y amargo- a cilantro, era una mezcla muy original. La luz es básica en un sueño. Abre horizontes, relaja. Los sueños oscuros en cambio suelen desembocar en un despertar constreñido y con mal sabor de boca. Como mínimo hay que poner una luna llena o dejar suficiente paz, tiempo y distancia como para que el cliente se sienta iluminado por las estrellas y aprecie los contornos. En esos casos el sueño oscuro puede dar un resultado excelente, pero es muy difícil dar con el tono justo, depende de numerosas variables. Se logra quizás por un sexto sentido o por experiencia. Ambas cosas, una u otra.

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Lo importante sin embargo -y a veces se olvida al trabajar con material tan etéreo- es el contenido, dulcificar una realidad o un temor que angustia o convertirles en sultanes o sultanas de un harén de belleza. Sí, eso es precisamente lo más preocupante. El trabajo se dirige a seres humanos vulnerables al estar dominados por el subconsciente y haber desaparecido sus defensas racionales. Creo que aquí radica su trascendencia y la gran responsabilidad de los creadores, de los directivos, de todos. Hay que tener mucho cuidado, por ejemplo, con no llegar a crear adicciones y obsesiones. Los clientes que las padecen merecen un trato exquisito. Algunos piden casi cada noche alas y que les lleves sobre mares y montañas sin detenerse jamás. No se puede volar dormido eternamente para despertar en la misma cama y en las mismas cuatro paredes, para ir a la misma problemática fábrica seguramente. No se puede correr toda la noche, y noche tras noche, en busca de un sueño en el sueño o huyendo de un miedo. No es saludable nadar sin destino ni siquiera en aguas transparentes o vagar en barcos que nunca llegan a puerto. Y he comprobado que tras un período de sueños raquíticos con alfombras rojas donde ser aclamado o viajes narcotizantes a fiestas y saraos, quien más quien menos termina por aferrarse a sueños de vuelos interminables o travesías de conejo persiguiendo una zanahoria inexistente. Hay que ser muy preciso. A estos clientes se les debe dar, con mucho tacto, variaciones, opciones diferentes. Ni el sueño más hermoso sirve si se convierte en obsesión. Procuro, hasta para mí, aprender a distinguir la frontera entre el sueño y la realidad. Hacer que el uno sea soporte de la otra y ambos se alimenten para crecer.

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A estas alturas de la Historia ya no sirven nuestros sueños, son otros los que venden y puede que nosotros no supiéramos elaborarlos.

Pero ya no sé con qué soñaré ahora. Habré de buscar alguna pequeña industria artesanal donde empezar de nuevo de alguna manera. Una producción selectiva para algunos amigos, mi familia y para mí misma. Porque todo lo que van a ofrecerme en las grandes factorías consolidadas para mi disfrute son sueños delgados, famélicos, con urticaria y alzheimer, desteñidos, con olor a salfumán y estiércol, con sabor a lejía, bellota verde y pez de río crudo. Y pesadillas, muchas pesadillas que, luego, maquillan y entran como pueden en las mentes indefensas que duermen para destilarles la idea imprecisa de un mundo mejor, que ya no es un sueño, ni una verdad. Mi último trabajo en la fábrica teje pues imágenes de naturaleza, tiempo, trascendencia, una brizna de esperanza. Mezclaré todos los resortes que conozco y, para imbuir mayor nivel de exigencia a los clientes, concluiré con un colofón (“tariro” le llamabamos, ya ves qué confianzas) esperanzador, para hoy y para siempre:

Sueño es la caracola de mar que te lleva al paraíso para retomar la mañana y el “cafeconleche” con energía. Sueño es Segismundo sin salir de su encierro y sin ojos de la razón para saber. Quisiera seguir soñando en que los sueños que he de seguir fabricando como pueda, construyen pinceladas de ilusión que adornan la vida. Mi sueño es soñar con sueños que vuelan y que caen como semillas en quienes saben que los sueños no son ciertos, pero ayudan a vivir. Ven conmigo -quienquiera que seas- a bañarnos en la luna y las estrellas, a alimentarnos del agua de mar desalado con sabor a proteína de fuerza, a perfumarnos con el magma de la tierra, a teñir de rojo sediento y lluvia de paz los días. Nos levantaremos descansados e iremos a trabajar -o a cobrar el subsidio- para poder comprar pollo, lechuga, aceite y sal y, ahorrando, esa pequeña oficina que construya sueños de mentira -reales mientras duren- para soportar la realidad.

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