La felicidad en Navidades

Probablemente la más viva imagen de la felicidad exultante y embriagadora la dan en estos momentos en España Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría. Y a continuación el resto de los ministros, casi todos los pesos pesados del PP (siempre que no hayan sido defraudadas sus expectativas de cargo), incluso muchos de sus confiados votantes. En breve lloverán longanizas y el cinturón apretado en la yugular que ellos han propiciado será –dirán- por nuestro bien. Pues mire, mejor apriéteselo solo Vd. dado que ha sido su deseo.

Imagino que también son muy felices quienes abarrotan las tiendas y, entre ellos los que más, quienes asisten en ingente número desde que abrieron las puertas de los grandes supermercados al cocido de mariscos “in situ” a precio triple del habitual. A los puestos de carne y envasados con fuertes elevaciones del coste también. Al acarreo de carritos, bolsas repletas y colas. “Un día es un día”, derrochemos como si se acabara el mundo. Proporciona tanta felicidad.

Es todo tan bonito. La familia, los reencuentros. Los hay. No siempre. Leo consejos para no fastidiarla en nochebuena y el resto de las comidas festivas, vienen a decir que está prohibido hablar de nada que tenga alguna trascendencia. Pueden saltar chispas en caso contrario. Qué felicidad tan estupenda.

En la UE ha triunfado (gracias al desinterés general) un golpe neoliberal que desprecia los mecanismos democráticos, pero no son días de hablarlo. Tampoco del imparable ascenso de la ultraderecha en numerosos países europeos, de los cambios que se consuman en las Constituciones. Huele a fascismo que empacha. En España también. Los alevines de facha y algunos otros que dan peligrosamente la talla se muestran envalentonados con el triunfo electoral de quienes consideran sus afines. Aquí ya no se advierte ni siquiera felicidad, sino ese odio rancio acumulado en los genes y solidificado durante décadas.

Mientras escribo este texto suenan petardos en la calle, como si hubiera ganado un partido el Real Madrid. Siguen llegando emails al correo con trineos (extranjeros) que se mueven, portales de Belén, chistes decididamente racistas que envían las amigas talluditas (proliferan últimamente hasta el susto), buenos deseos en listas colectivas… de gente que sabes te detesta.

Lo primero que publiqué en mi vida, con 17 años y en un periódico desaparecido llamado Aragón Express –adonde me presenté con mi texto por la buenas-, fue un alegato contra la hipocresía de la navidad. En el diario me apodaron: la rompedora de tópicos. Ha llovido mucho desde entonces. Y va hacia diluvio que empapa, si no ahoga.

Y sin embargo la felicidad existe. El bienestar también. Y tienen poco que ver con crustáceos recién cocidos, ver la posibilidad de jorobar a alguien y demás ejemplos relatados. Salvo quizás el de pillar poder para hacer lo que uno quiere hacer, en donde cabe toda la gama de motivaciones desde la búsqueda del bien común… a todo lo que sabemos y padecemos. Quiero pensar que la diferencia de matiz algo debe influir en la calidad de alegría, pero sé de antemano que es un ingenuidad.

Tampoco me parece saludable creerse salvadores universales y abandonar amigos, familia, obligaciones, formas, para –amargados de la mañana a la noche- caer en el derrotismo de una tarea que desde la pequeñez no se puede abarcar. Ese espíritu casi religioso debe tener poco que ver con el verdadero altruismo y más con la incapaz de sentir reacciones auténticamente personales, de piel, de cercanía. Es una opinión, claro.

Somos pequeños, sí, vulnerables, cometemos errores, desfallecemos, nos levantamos, nos expandimos también, y volamos si se tercia. Más si un punto de apoyo despierta la fuerza y la ilusión. Usando la cabeza –y la memoria de la experiencia- sabemos que normalmente las cosas funcionan mejor en equipo. Todo. Hasta el amor.

La mayor parte del tiempo nos alimentamos, en cambio, de sentimientos sin base real. De “esperanza” por ejemplo, que según nos cuenta la RAE es ese “Estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”. Incluso “Esperar, con poco fundamento, que se conseguirá lo deseado o pretendido”.

Si lo pienso llego al balance anual (creo que racionalmente eso son las navidades) con muchos más logros de los esperados –diría que hasta esplendorosos-, con nuevos afectos que son bienes raros de adquirir y por tanto mucho más valiosos, con mayores certezas. Buen punto de apoyo. Pero la verdad creo que aún serían mejores estas fechas (o cualquiera otras) si se reviviera ese milagro que lo es mientras dura y que lleva a decir por un hoy tal vez desconocido, una cosa así…

 

 

¡Feliz lo que resta de enero and so on!

1. LAS BUENAS INTENCIONES

Hoy quiero desearos amor y paz, mucho amor y mucha paz. ¿Ya tenéis todo listo para esta noche? ¿Con quién la vais a pasar? ¿Habéis llamado ya a vuestras amistades para conocer sus planes de hoy? ¿Y para desearles mucho amor y mucha paz?

¿Cuántos sms habéis recibido y mandado? “Que el mes de enero, y el de febrero, y todos los demás hasta enero de 2012 –que renuevo el deseo- te sean propicios”. “Feliz lo que resta de Enero, etecé”.

Mi menú, os cuento, incluye carabineros que no probé en Navidad. Resulta que entonces estaban a 72 euros el kilo y ahora a 32. Y los compré sin ninguna aglomeración. Ya tengo cava en el frigorífico y hace un frío de temblar el monario como debe ser.

En tanto llega la hora de la celebración, saldré a la calle. Lo estoy deseando porque resulta adorable ver esa expresión de felicidad en todos los rostros, esos buenos deseos y propósitos. “A ver si las cosas cambian”, “hay que disfrutar”, “Este año será mejor, lo siento así”, “a ver si es verdad”, “es que peor ya no puede ser”, “¡a pasar buena noche!”…

Me falta aún comprar algunos regalos, menuda suerte, ahora están de rebajas. ¿Y en la tele qué pondrán? ¿Estará Mota? ¿Y “las Berlusconi girls”? Perdon, “las Vasile girls”. A ver qué opinan todos mañana sobre la programación. Y la cena. Y la compañía.

Buen viaje si os vais al otro extremo del mundo, como marcan los cánones. Cuidado con los controladores, esos asalariados privilegiados a los que odiamos.

Venga, contadme ¿os han llamado ya todos vuestros familiares y amigos? ¿Tenéis todos los ingredientes para la cena? Que no falte de nada, que sobre, que sobre a espuertas, empapuzaos sin tino. ¡Los niños! ¿Están preparados sus regalos? Pobrecitos míos que llevan ya 15 días por lo menos sin recibir ninguno. Es tan bonito ver su cara de ilusión.

Mis mejores deseos para el resto de enero, y febrero y marzo y abril and so on.

¡Mucho amor, mucha paz y mucha felicidad! ¡A pasar buena noche!

2.  LOS PREPARATIVOS

He estado en varias tiendas para concluir los preparativos de la cena hasta que, al final, he recalado en El Corte Inglés de Castellana (Madrid). Sí, lo sé :(. Calculo que los precios han subido en torno al 25%. El salmón ahumado que costaba 3 euros, ahora ronda los 4 y pico e incluso 5 y 5 y algo. Y una pechuga de pavo limpia de 800 gramos salía por unos 9 euros (en este caso sí es un precio similar al navideño que ya les vale).

La tienda rezumaba ofertas y ¡superofertas!  tan irresistibles como ésta, prestad mucha atención:

Cuando se acerca la hora de comer es temerario encontrarse en un supermercado. Así que mis ojos (espejo del estómago) se han abalanzado a la sección de platos preparados. He pedido una ración de ensaladilla rusa y otra de ensalada westafalia (que he pronunciado como es, en alemán: “vestafalia” y no “uesfalia” en inglés, lo que ha ocasionado que la dependienta me mirara de reojo con una leve sonrisa no precisamente de admiración por mi don de lenguas que sospecho no ha apreciado en absoluto). Eran las más baratas. Un cartel rezaba: 2,40 ración de 200 gramos. Algunas de sus vecinas triplicaban el precio.

Al tomar el paquete, veo que sube a 8,99 euros. Lo dudo ¿me lo quedo? ¿No me lo quedo? (en este país la mayoría lo hubiera tirado en cualquier rincón antes de pasar por caja) y se lo devuelvo diciendo:

-Mire, no me lo llevo, me parece muy caro.

Una selecta clienta y una selecta dependienta han iniciado la crítica mientras yo me iba:

-Bien claros están los precios, antes de pedir las cosas se miran.

-Es querer y no poder.

Tras un titubeo –quien me manda a mí educar al personal- he regresado:

-Mire Vd. yo no sé lo que pesa una ración de ensaladilla cocinada. Si Vds marcan 2,40 se sobreentiende que es una cantidad razonable para comer. Por tanto, están jugando al equívoco.

-200 gramos es una cucharada y un poco- responde la selecta dependienta- y yo le he puesto casi 400 en cada recipiente.

– Entonces deberían escribir: ración de 400 gr. 4,80. Y no, no me avergüenzo de devolver algo por caro y menos cuando percibo intención manifiesta de engañar-. Ahí he solicitado ayuda visual a un señor que tenía sus ojos puestos en mí, pero me ha devuelto una gélida desaprobación.

El caso es que toda la mañana pensaba sonriendo qué diría la gente si le dedicara un sentido:

-A pasar buena noche…

Por un momento, me ha pasado por la cabeza decirlo… Lo confieso, no me he atrevido. He temido que llamaran a seguridad :).

Pero no me arredro ¡Mucho amor, mucha paz y mucha felicidad para todos! ¡Y una noche maravillosa!

Objeto volante invade espacio aéreo español

Lo tenemos crudo. Saqueados los centros comerciales por los consumidores como si les fuera la vida en ello (una vez más), una peligrosa incertidumbre más se cierne sobre nosotros. Se ha detectado en el espacio aéreo español un OVEI, objeto volante que empieza a ser identificado. El primer informe dice:

“Un anciano grueso, vestido de rojo, a lomos de un trineo, invade espacio aéreo”. Los controladores han dado aviso a sus superiores: los militares que dirigen el asunto en el estado de alarma en el que –aunque no lo creáis- vivimos. En algún momento se ha valorado dispararle sin más, pero como, ya somos muy civilizados, simplemente lo van a neutralizar. Y, como hay que comer langostinos, no se espera una resolución inmediata del problema. La nochebuena está perdida.

¡Dios mío! Los árboles de navidad se van a quedar sin regalos. Los niños españoles habrán de prescindir de su primera tanda (de tres) de obsequios. Igual se frustran y se paralizan ¿qué haremos? Los telediarios preparan conexiones en directo para, hoy, mostrarnos la calle Preciados desolada en paisaje de bolsas caídas. Los periodistas, atónitos, desnortados, sin poder incitar a la compra desaforada.

Papa Noel está enfadado. En realidad, no nos quiere. Es demasiado reciente el cariño español por él para un personaje milenario. Se prevén heladas, y él ya está encapsulado en una bolsa de malla, entre aviones que cruzan de un lado para otro. Grita, grazna, ora en nórdico, ora en inglés. Ni siquiera le ven, ni lo oyen, desde la vecina nube en la que viven las huestes del langostino. Lo peor será el despertar, siempre lo es, de la irrealidad.

Feliz Navidad, pese a todo, o lo que quiera que celebréis o no celebréis. La vida es una de las cosas mejores para brindar. Vaya por vosotros¡

De insultos y navidades

Cuando era pequeña inventé una forma de insultar a mi abuela materna absolutamente impune. La adoraba porque lo merecía en grado sumo y porque ya entonces intuía lo injusta que fue con ella la vida. Y el cariño era mutuo. Pero en los momentos de incordio algo hay que hacer para liberarse. Yo le decía: “¡Oliva!” en el tono adecuado para que entendiera perfectamente mi intención. Acudía entonces ella a mi madre:

-La niña me ha insultado.

-¿Qué te ha dicho?

-Oliva.

-Eso no es un insulto- respondía mi madre zanjando la cuestión.

Todavía no sabía yo que en el resto de España, llamaban aceitunas a las olivas, que, en absoluto hubiera sido lo mismo. ¿Cómo iba yo a llamar “aceituna” a mi abuela? Pero oliva sí, a mí me gustaba especialmente la palabra. Constituía por tanto un insulto cariñoso. Y a la vez reivindicativo. Y muy femenino en la línea que siempre nos han enseñado a las mujeres: el camino sinuoso, nunca directo, para lograr objetivos. 

Solo que… hubo un día que lo olvidé. Todo. Hasta llegar a desaprender las más hipócritas “armas de mujer”, perder el tiempo en disimulos, acosar dando vueltas, e insultar adecuadamente (cada digo más tacos y soy más políticamente incorrecta).

Toda la retahíla de improperios viene a mi mente ante tantos atropellos que contemplo. Sólo que la mayoría desmerecen también a colectivos completos. No tiene por qué considerarse despreciable ser hijo de puta, ni cabrón, ni marica por supuesto, ni hay que cargar a las familias con las culpas de uno de sus miembros defecando sobre ellos. Ni siquiera es un demérito ser tonto o insustancial, viene en el pack de nacimiento. Sinvergüenza, canalla, vendido, corrupto, putrefacto, inmundo, miserable, nauseabundo, sucio, repugnante, traidor… todos esos resultan más precisos. Aunque, a veces, se quedan cortos y, tal vez, sería preferible adquirir nuevos, con nombres propios. Seguro que se os ocurren unos cuantos. A ver quién resistiría imperturbable que le llamaran Berlusconi, pongo por caso. O Mayor Oreja, me califican a mí de “una Mayor Oreja” y me hunden en la miseria. Por cierto, los franceses ya pueden seguir increpando con el apellido Le Pen. Al ultraderechista de pata negra, le ha nacido un esqueje: una hija que barre en audiencias.

Comprendo que debería empezar a inundarme ya de paz y amor. Pero es que, al estado general de la cuestión, se nos da por añadidura la navidad. Un convencionalismo destinado a consumir desde hace ya décadas. Y a que familias y amigos que se quieren estén en juntos, si pueden, para olvidar por unas jornadas lo que ellos u otros tienen encima. O a que se junten por obligación quienes se llevan a matar. O a compartir la felicidad, que también puede ser.

Y por más que uno no quiera, no escapa. Sucede que esto de las navidades siempre ocurre los 24 y 25 de diciembre y los 31 de ídem y el 1 de enero. Y, claro, uno recuerda más por las fechas exactas lo que tuvo y no tiene o lo que podría tener o vaya Vd a saber. Aunque le suceda lo mismo el 11 de enero o el 7 de Noviembre, pongo por caso.

Y que ya está encima. Con los grupos de vociferantes ganadores de la lotería, dando saltos y bebiendo cava, rodeados de micrófonos y cámaras para que nos cuenten la gran novedad que supone ganar un dinero extra, y el delicado proceso de la compra del billete.  El mundo feliz. Vd. también puede. Compre lotería. Privatizada. Parcialmente, ya sé.

Los príncipes de Holanda se van a la Patagonia ¿Dónde disfrutarán de las fiestas los inauguradores del AVE? ¿Y los "mercados"?

Con posibles, es fácil huir de la navidad convencional. Pero ni eso, aunque, al lado de la miseria de tanta gente, uno no debe quejarse. Trataré de ser buena, dar y recibir felicitaciones, y, como me gusta cocinar, me esmeraré aún más en los menús sin gastar mucho dinero.

De momento, lo que la navidad me provoca, por infinidad de razones -de todos los colores y calideces-, es decirle: ¡Oliva!

Fues eso. Feliz Navidad. A mi familia felina, le encanta este vídeo:

Paseando por el centro de Madrid

Los intensos atascos por doquier, me disuaden de dejar el coche en un aparcamiento del centro adonde pretendo ir. Caminaré, es muy saludable. Encuentro sitio frente al hotel Ritz que goza de zona completamente azul, 2,80 euros por dos horas, en lugar de 2,10 una hora como ocurre en la verde.

Enfilo la carrera de San Jerónimo. Algunas de sus señorías abandonan el Congreso y toman un taxi, salen también un par de enormes coches oficiales. Turistas intentan la foto imposible de la enorme puerta y los leones, y su chica, o su chico, en el centro que terminará con la imagen microscópica de su allegado en una vista parcial de la fachada del lugar donde, nominalmente, reside la soberanía popular.

Largas colas en Casa Mira para comprar turrón, del que se hace con buenos materiales, a 43 euros el kilo de jijona o alicante, según veo de refilón. Un cartel advierte que tengan cuidado con bolsos y monederos.

Hasta tres mendigos sin piernas pidiendo en la fachada del Palacio de la Puerta del Sol donde, también nominalmente, reside la soberanía popular de la región. Nuevas revelaciones de Gürtel, esa cosa tan fea que no impregna a los dirigentes de Madrid, me vienen a la cabeza recién leídas antes de salir de casa. Millones de euros en diluvio se nos han hurtado, de la forma que sea. ¿Pagará alguien por ello? ¿Prescribirá o se anulará por algún defecto formal?

Las colas en las administraciones de lotería de Sol superan a las del turrón de calidad. Un enano poco más allá, no vende ni un décimo con recargo en su chiringuito. Multitudes de hombres anuncio pregonan que compran oro. En el Ritz venden lingotes en máquina expendedora.

Afluencia en las tiendas, tanto de productos caros como de baratos. En la del fumador, donde acudo a comprar filtros, un matrimonio mayor adquiere una máquina eléctrica de hacer cigarrillos. 38 euros. Es para el hijo. El televisor al fondo, perennemente sintonizado en Telemadrid, muestra a Isabel San Sebastián, no veo al tertuliano de los coñitos. Pero está. Sigue colaborando. No puedo evitar informar –en voz baja lo hago- que el tabaco de liar ha subido esta mañana.

-¿Mucho? Pregunta el dueño, algo alarmado.

Contesto afirmativamente pero no digo la cuantía: más del 45%. Pronto venderán tabaco, de cultivo propio, en las esquinas de la noche.

 Pero las auténticas multitudes se agrupan en la puerta de unos grandes almacenes. Disfrazados algunos -que “se lleva” mucho esta temporada-, la mayoría con cara de felicidad aparente. Bajo el enorme monumento a la chabacanería en el frontal, exhiben un espectáculo igual de horroroso que el personal aplaude. Mi paseo me ha arrojado al mundo real, valiente estupidez la mía intentando informar de entelequias. Y queda hacer el camino de regreso.

Oh, dulce Navidad

14 de Septiembre. La máxima de hoy en Madrid ha debido rondar los 34º. Todavía no han vuelto todos los niños “al cole”. Aún regresan amigos de vacaciones. Muchos no habrán terminado de pagar lo que les han costado… y ¡ya ha llegado al correo el primer anuncio para preparar la Navidad, la exaltación del hiperconsumo!  Con sus estrellitas de todos los tamaños y todo. Apenas había logrado olvidar la pesadilla que se repite cuando termina cada año, pero una cosa es soportarla un mes, dos como últimamente, y otra esto ¿Casi 4 meses vamos a estar disfrutando de la entrañable Navidad?

   Hace poco Iñaki Gabilondo terminó un comentario de su programa Hoy, en CNN+, diciendo:

España sólo tiene tres salidas: por tierra, por mar y por aire.

Pues eso.

Navidades de paz y amor

 

Lo cuenta mi querido amigo Juan José Aguirre en su blog:

“Llueve con fuerza, así que nos acercamos al mercado de San Miguel, junto a la plaza Mayor. Una hermosa muestra de la llamada arquitectura de hierro con crestería de cerámica en sus cubiertas, construido a principios del S. XX. Con la última remodelación en mayo pasado dejó de ser un mercado popular para convertirse en un centro comercial elitista, con tiendas de gourmet y exquisiteces. Un lugar de lujo y refinamiento, digno de ser visitado.

Ya digo, llueve como no suele llover en esta ciudad. Deambulamos por entre los puestos, observando las instalaciones, los productos, los precios… Hay mucha gente, turistas con cartera generosa y clase media con la paga extra recién estrenada y con ganas de darse algún capricho. Todo perfecto, hasta que vemos junto a uno de los accesos a un empleado del mercado que forcejea con un tipo desarrapado. El desarrapado blande una muleta y se empeña en que le dejen entrar. El empleado, joven, le sujeta los brazos y le empuja hacia la salida. El desarrapado se resiste a los empujones del hombre joven, hasta que llega corriendo otro empleado y entre ambos lo tiran a la calle. Lo tiran, no lo sacan. El pobre de pedir sale volando sin tocar los cuatro o cinco escalones que hay desde el mercado a las baldosas de la calle, y cae al suelo agarrado a su muleta. Cuando todavía no hemos sido capaces de reaccionar, sale corriendo otro empleado, éste además de joven es fuerte, salta los escalones y le propina dos patadas en la espalda al desarrapado de la muleta que está tirado sobre el pavimento. Este ni grita ni se queja; se levanta y se va renqueando a un portal donde hay dos pobres más guareciéndose de la lluvia.

Algunas de las personas que estamos allí, por fin, somos capaces de reaccionar y le gritamos al héroe que le está dando las patadas al mendigo. Le amenazamos con llamar a la policía y denunciarle, y de algo sirve: sólo han sido dos patadas. Le grito mi protesta al individuo de las patadas: a ver si, porque el otro es pobre y mísero, él tiene algún derecho a darle una paliza. El héroe de los patadones en la espalda del mendigo se pierde entre el remolino de gente y dice al pasar junto a mí: “pues llame a la policía”. La impunidad está asegurada.

Nos acercamos al portal donde los mendigos. El que ha recibido la paliza se ha dejado caer sobre unas bolsas, junto a sus dos compañeros. Observo que tiene varios dedos de la mano derecha vendados; una de tantas heridas en la lucha por sobrevivir. Ahora, posiblemente, tenga además, alguna costilla astillada o rota. Teresa le pregunta, él ni responde; apenas se lamenta un poco, tirado sobre las bolsas. Intentamos un diálogo con los otros dos, pero nos observan con indiferencia. Ante la insistencia de Teresa, uno de ellos responde que ya le había advertido a su compañero que no intentase entrar. El otro saca un par de cigarrillos y le tiende uno al que se ha molestado en hablarnos”.

Esto sucedió ayer en Madrid. En Granada –también con alcalde del PP-, el Ayuntamiento acaba de aprobar una “Ordenanza de convivencia ciudadana”. Destaco algunas de las normas:

Prohibida “toda manifestación de arte espontáneo”: mimos, pintores, cantantes, guitarristas y otros músicos tienen negado su derecho a tocar en la calle sin un permiso del ayuntamiento y una licencia bajo riesgo de multa y requisación de instrumentos, material y ganancias.

– Prohibido “cualquier trabajo o relación monetaria entre personas en la vía pública”.

– Prohíbido dormir en la calle, cualquier petición de limosna y, en definitiva, toda actividad que se asocie a “pobreza y mendicidad“, por supuesto, con multas asociadas.

– Prohibida “toda muestra de actividad sexual, dejando la valoración de qué es “actividad sexual” al Policía Local.

Ocurre en Navidad, los días de paz y amor, y también a partir de ahora durante todo el año. Y eso que Berlusconi sólo ha llegado a la cadena de televisión Cuatro. Y eso que Franco lleva 35 años muerto.

Belén para tiempos de crisis

Circula por mensaje de Internet y promete ser éxito estas navidades. Os lo traslado para distender el ambiente viendo de hacer algunas aportaciones. Trabajo colectivo.

Este fin de semana me dispongo a poner el Belén en casa. Opuesta a la fiesta del consumismo, de algún pequeño adorno conmemorativo no puedo privar a la familia, a las visitas y a cómo he sido educada. Pero, dados los tiempos que vivimos, hay que planificar bien y aquilatar el gasto. 

PASTORES:

Para nadie es un secreto que en todos los belenes hay más pastores que ovejas, parece absurdo, pero siempre ha sido así. Por supuesto, me veo obligada a deshacerme de todos, menos de uno que se adapte a las nuevas condiciones laborales: suplir a los despedidos por el mismo sueldo. Instalaremos pastores eléctricos (cercas electrificadas) con el fin de controlar a las ovejas, aunque se plantea la posibilidad de sustituir, el próximo año, al pastor por un perro con experiencia.

PERSONAJES GREMIALES:

Es sorprendente la cantidad de artesanos que puede llegar a haber en un belén: el herrero, el panadero, el de la leña, el carpintero (haciendo una desleal competencia a San José que se ha pedido baja paternal), el tendero,… y sin embargo es, también, asombroso contemplar los pocos clientes de los que dispone la zona. No es lógico, somos consumidores, no trabajadores, pero en ese punto el belén se ha quedado arcaico. La decisión que hemos tomado en casa es despedir a todos los artesanos. Es duro, pero no ha quedado otro remedio. En su lugar hemos contratado a un chino, que en un pequeño comercio fabricará (o importará) y venderá todos los objetos que antaño nos suministraban los artesanos. (Si el chino decide subcontratar 15 menores para sacar el trabajo es un tema en el que no nos debemos meter).

POSADERO.

El chino se hará cargo también de la posada. Además, últimamente habían llegado quejas de atención al cliente por parte de José y María quienes, considerados inmigrantes, no fueron aceptados.

LAVANDERAS:

Que manía tienen en los belenes con lavar la ropa, con lo fría que debe estar el agua con tanta nieve. Se suprimen los trabajos de lavanderas, que además eran ocupados siempre por mujeres. Cada uno se lavará su ropa en los ratos libres, potenciando así la equiparación de sexos en cuestión de tareas domésticas.

ÁNGEL ANUNCIADOR:

Suprimidos casi todos los pastores, no tiene sentido la figura de un ángel anunciador. Se sustituye por un anuncio luminoso, en donde además podremos anunciar las ofertas del chino.

CASTILLO DE HERODES:

A Herodes le mantengo en su puesto, no es que haga mucho, pero manda, y no es cuestión de ponerse a despedir directivos, ni autoridades, que nos hacen un plante patronal o administrativo y se nos va a pique el Belén. Soldados, me quedo con dos por razones de seguridad, (que bastante calentita está la zona) pero los externalizo. Los contrataré por medio de Prosegur Castillos, para que me presten servicio como guardas de seguridad. Ahorro en costes fijos y gano en flexibilidad.

PASEANTES VARIOS:

No deja de ser curioso ver la cantidad de personajes que abundan en un belén sin hacer nada, absolutamente nada, ni comprar. Y por ahí no podemos pasar. Todos despedidos. Esto lo teníamos que haber hecho hace tiempo.

PASEANTES CON OBSEQUIOS:

He observado que otro grupo de paseantes, algo menos ociosos, pero no mucho más productivos, se dirige hacia el portal con la más variada cantidad de objetos. Uno con una gallina, otro con una oveja, otro con una cesta, otro con un hatillo (¿qué llevará el misterioso personaje del hatillo?)… Puesto que todos tienen el mismo destino, organizaremos un servicio de logística, para rentabilizar el proceso. Despediremos a todos los paseantes, uno de ellos se quedará con nosotros por medio de una ETT, y con ayuda de un animal de carga recogerá las viandas cada tres días y las acercará al portal.

REYES MAGOS:

Por supuesto con un solo rey es más que suficiente, para llevar el oro, el incienso y la mirra. Eliminamos dos reyes, dos camellos y los pajes. Posiblemente nos quedemos con el rey negro para no ser acusados de racistas, además es posible que quiera trabajar sin que le demos de alta. Tengo que estudiar, también, la posibilidad de dejar tan solo el incienso y vender el oro y la mirra a otra compañía e ingresar los beneficios en un paraíso fiscal. Además, así nos apuntamos a la economía sostenible potenciando el incienso, oloroso y apenas contaminante, y reducimos al máximo la inversión en regalos de empresa.

MULA Y BUEY:

La única función de estos animales es dar calor. Esta función será desempeñada por una hoguera, que gasta menos combustible, o un calentador de oferta en Mediamark. Realizaremos un assessment center con los dos animales, y el que lo superé trabajará como animal de carga en el servicio de logística antes citado.

SAN JOSÉ Y LA VIRGEN MARÍA:

Está más que demostrado que el trabajo que hacen ambos en el portal puede ser desempeñado por una sola persona, y evitamos dos bajas de maternidad/paternidad. Por razones de paridad nos quedamos con la Virgen María y, lamentablemente, tenemos que despedir a San José (con lo que había tragado el hombre en esta empresa).

EL NIÑO JESÚS:

A pesar de su juventud tiene mucho potencial, y además parece ser que su padre es un pez gordo. Le mantenemos como becario con un sueldo miserable, hasta que demuestre su valía.

EL BELÉN QUEDA PUES DE LA SIGUIENTE FORMA:

Un pastor, con ovejas en un cercado, un chino con un comercio/posada de 24 horas, Herodes y dos guardas subcontratados, un paseante por ETT con regalo, la mula (o el buey) haciendo repartos, el rey negro (ilegal), la virgen y el niño.

En cuanto al árbol de Navidad -imprescindible hoy en España, además del belén-, he decidido mantenerlo, con su Papa Noel y todo,  por la necesaria cuota de mercado estadounidense y europeo (por una buena política exterior), pero también con restricciones: Mejor que el árbol, una rama de romero o de tomillo que nos pueden ir siendo útiles para los asados de estos días.

(Y gracias al autor o autores anónimos, si están por ahì que se identifiquen)

Ya está aquí la Navidad ¡la gran fiesta del consumo!

Uno no podría vivir sin fiestas y paréntesis lúdicos. Y la Navidad, tránsito de un año del calendario a otro –aunque en medio de una estación y un curso que no parece aportar cambios decisivos-, se celebra con fruición en todo el mundo. Fue el tema del primer texto que publiqué en mi vida, en un periódico llamado Aragón Exprés, con 16 años. Ya entonces era… la gran fiesta del consumo.

Los carteles de “Hay lotería de Navidad” nos asaltan desde el verano, apenas ha habido un semestre de pausa. A partir de Octubre podemos encontrar lazos rojos y bolas de colores, grandes cestas destinadas a regalo en los centros comerciales. Y, ahora, a finales de Noviembre, prende la iluminación: mes y medio de luces engalanando la ciudad. Cueste lo que cueste que “un día es un día”, aunque se convierta en 45 seguidos, o algo más. Ya sabéis que la gente madura suele –o solemos- decir que “antes” las Navidades comenzaban con el sorteo del 22 de Diciembre, y que en menos de tres semanas nos habíamos liquidado el evento. Los años han ampliado los plazos, han intensificado las ofertas.

Ya está aquí la Navidad. Luces blancas, de colores, serpentinas, adornos rojo y oro, rojo y plata, verde musgo, transformando absolutamente el paisaje urbano. Los arbolitos con guirnaldas, las ventas de pobres arbolitos desgajados del suelo, apretados en su agonía inapelable por cuerdas que hacen más fácil su transporte a los hogares. Los juguetes, las cajas de brillantes envoltorios, todas con lazos rojos. Los atascos históricos, el no ver avanzar el coche durante horas, el peregrinaje a un punto en el centro de la ciudad donde parecían confluir todos los caminos. Existen establecimientos de venta a lo largo y ancho, diría que a lo alto y bajo de cualquier ciudad, pero estas fiestas inducen a acudir al centro, donde hay más gente, para fundirse en el calor de las masas humanas.

Llegará enseguida, la ceremonia de bajar de los altillos o comprar el arcaico belén, tributo a la nostalgia de la niñez; la búsqueda desenfrenada de regalos, objetos inservibles muchas veces, a doble costo del habitual. El griterío de los niños en las grandes superficies, con la voz más atiplada que de costumbre. Los nervios de los papás, los nervios de las parejas, los nervios de las personas solas, el llanto de los abuelos añorando irreparables pérdidas. El bombardeo de SMS en toda la escala posible del ingenio, a mayor gloria de las compañías de telefonía móvil. Y todo ello aderezado con canturreos machacones, imparables, de cuatro notas, cuatro tópicos, sonando por todos los altavoces. La bestia continúa inapelable su estrategia: adormecer, narcotizar, debilitar a las víctimas.

Todo sigue su curso. La inevitable comida o cena de compañeros de trabajo, de amigos, de familiares lejanos, de antiguos alumnos, de socios del gimnasio, del yoga, del taller literario, de la fila en la caja del supermercado, de vecinos teóricamente bien avenidos. Unos y otros, todos, sepultando en el alcohol las rencillas que pueden haber aflorado durante el ágape. O disfrutando –que también, enhorabuena- de la compañía de seres queridos o apreciados.

Y ¡por fin! el arranque oficial aún: la lotería. Comprar afanosamente billetes, salvoconducto a la riqueza, todos cuantos nos ofrecen por si acaso les toca a otros y no a nosotros. Los voceros de la bestia nos mandarán a dormir entre esperanzas de logros. Por lo general -y es una regla de tres-, la cansina serenata de números pasará de largo una vez más. No para algunos, que cantarán en las puertas de los bares sin temor al ridículo por la limosna de una suerte repartida. Los demás se consolarán con que gozan de salud, aunque les duela la espalda, los sabañones, el estómago y el alma.

Pero es que la Navidad ¡les gusta tanto a los niños!, ¡les hace tan felices! No será a los hijos de padres separados que sufren un desgajo inolvidable al vivir las tensiones de “este año te toca a ti la nochebuena, no que me toca la nochevieja”. Y los abuelos varios que también reclaman su cuota y que suelen terminar frustrados. Pero vamos a compensarles a estos crios, y a engatusar a los vástagos de familias felices, a educar a todos, con muchos regalos. Entre costumbres propias y foráneas, estarán las criaturas –y muchos mayores- tres semanas abriendo paquetes. Saturados, estragados. También, aunque menos, sentirán cierta ausencia -paliada con la presunción de su dicha- los padres de hijos con pareja que se reparten entre familias.

Habrá que pensar en los menús de cenas y comidas. Compitiendo como en una guerra, aguardando interminables colas, nos afanaremos en comprar langostinos con boro, ostras caducas, sucedáneo de angulas, pavos, corderos y cabritos, turrones plagados de colesterol, pagando el doble o el triple de su precio. Las vísperas del evento, los supermercados parecerán –como siempre- el escenario posterior a una guerra mundial: cajas vacías tiradas por el suelo, estanterías desabastecidas, restos incompletos de lechugas, cardos y coles desmayados supervivientes del naufragio sobre cualquier mostrador, con un terrible olor a viejo en el ambiente, con los villancicos sonando sin cesar.

Inapelable, vendrá la primera noche, el primer bombardeo de sensiblería anunciada. Conjuros de felicidad y bondad flotarán en un mundo de tensiones, guerras, desmanes, crisis, e injusticias. Por un mientras dura la cena, sin preguntas al más allá o al más acá de uno mismo. El Rey nos hablará para, como siempre, no decir nada, pero sus palabras serán cuidadosamente analizadas por si esconden mensajes secretos -con lo fácil que es contar las cosas como son-. Los niños correrán vestidos de Papá Noel. Vino y cava para forzar la alegría. Refugio artificial de la soledad en muchos casos.

La chiquillería continuará disfrazada los días posteriores: de piratas, hadas, guerreros, princesas, muchas princesas; y con caretas, pitos, espumillones trenzados, confeti, gritando desaforados. Que es bueno despertar la imaginación o la añoranza de ser alguien distinto de quien se es.

Y, más allá, nos aguardan las uvas y el dejar de fumar… un par de días, los Reyes Magos, y más atascos, y más compras y más histeria colectiva. Y la “cuesta de Enero” imprevisora. Ha merecido la pena el gasto ¡lo hemos pasado tan bien! O nos hemos desgarrado tanto por nuestras carencias que no se disipan, que incomprensiblemente se acrecientan en estas entrañables fiestas.

Pues nada chicos, ¡Felices Navidades!

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