Mi reciente viaje a Roses, y prácticamente todos los muchos anteriores a lo largo de mi vida –personal y profesional-, indican que añoro paraísos lejanos porque la realidad que vivo no me gusta. Me empecino en proyectos de cambio a todos los niveles, pero la verdad es tozuda: resido en una ciudad enferma, de un país mediocre y cargado de defectos que nunca solucionará porque los ignora, o, al menos, los esconde debajo de la alfombra para que no los vean las visitas.
Personalismos, divismos, mentiras, trapicheos, afanes personales de lucro, camarillas entre iguales, destruyen los proyectos. Un país que vota a corruptos, que intensifica su apoyo por creencias, pasiones y ausencia de razones, que confiesa los pecados en la intimidad y cree redimirse en las urnas, al margen de la ley, sufre serios problemas estructurales. Y bastaría con referirme –a la espera del resultado de procesos más recientes- al 71% de los alcaldes reelegidos tras ingresar en la cárcel, acusados de corrupción, entre vítores y aplausos.
País de la corrupción -que la tolera, la alienta y la envidia-, la chapuza y el trabajo mal hecho, de la hipocresía y la mala educación. De la impunidad sobre todo. En ningún país serio se hubiera tolerado la manipulación interesado de los atentados de Madrid o el uso político del terrorismo. Aquí se les compran periódicos y se les vota. En este país hay gente maravillosa, pero también mala gente, sin paliativos. Educados en el católico disimulo –en ningún país, ni en Italia, tiene tal poder la Iglesia de Roma-, crece, eso, la mala gente.
La educación como origen. Nuestra lectura de periódicos –antes de la crisis de la prensa bien reciente- fue situada por la UNESCO en “el umbral del desarrollo”. Es el único país donde los incultos presumen de su condición, por no citar nuestro flagrante fracaso escolar infantil. Labor premeditada de quienes precisan muchos burros para poder cabalgar mejor, la mala educación se manifiesta desde en el hablar a gritos y no escuchar a los demás, a los egoísmos del tráfico, desconocer idiomas que abren puertas de comunicación, no contestar emails o llamadas, a no pensar en el bien común como hace el verdadero patriotismo.
Tenemos los políticos, la justicia, la prensa, las instituciones que merecemos, y ellos la ciudadanía que se han trabajado. Y cuando algún gobernante intenta cambiar las cosas, se encuentra un manto de incomprensión, y una resistencia profunda a cualquier alteración del estado vigente. Igual sucede en múltiples tentativas: no sabemos trabajar en equipo. No sabemos, tampoco, distinguir el grano de la paja. Y sobre nuestra cacareada valentía, tengo mis dudas. Porque la ciudadanía responde como nadie ante los conflictos serios, pero de cerca no afronta las palabras, ni da la cara. Lo peor es que tendríamos remedio, si nos embarcaramos honestamete en proyectos comunes.
Hasta un libro he escrito, segura de que todos aquellos que creen en una España mejor, y un mundo mejor, podrían reunirse para cambiar la tendencia de nuestra desgraciada trayectoria. Pero empiezo a pensar que he errado el objetivo del cambio. Soy yo la que debe mudar, o, mejor, mudarse. Yo no quiero vivir en un país con esta derecha que se encamina al poder, que ya lo detenta en algunos territorios y que ya he experimentado –la de los Fabra y los Camps y las Ritas y buena parte de los demás- Acepto democráticamente los resultados de las urnas, pero nadie me obliga a quedarme aquí. Tampoco pueden echarme, bien es cierto. Pero acaricio la idea, porque no son sólo ellos, sino el entorno, lo que respiro.
No olvidemos a la «izquierda». Izquierda Unida, según informa la Cadena Ser, ha cerrado un trato con el PP de la Comunidad de Madrid para que pueda designar al Presidente de Caja Madrid, decidiendo el largo contencioso que le enfrentaba incluso con ayuntamiento de la capital. A cambio se asegura una vicepresidencia y un cargo más en la ejecutiva. Y, espero, que una huída masiva de votos.
Europa es azul hoy, pero sus derechas son civilizadas, y sus ciudadanos algo más educados y responsables. Al menos, sus gobiernos conservadores no son las míos, no me dolerán.
Toda la vida hice mío este poema de Salvador Espriu:
Poema Ensayo De Cántico En El Templo de Salvador Espriu
¡Oh, qué cansado estoy
de mi cobarde, vieja, tan salvaje tierra,
y cómo me gustaría alejarme,
hacia el norte,
en donde dicen que la gente es limpia
y noble, culta, rica, libre,
despierta y feliz!
Entonces, en la congregación, los hermanos dirían,
desaprobando: «Como el pájaro que deja el nido,
así el hombre que abandona su lugar»,
mientras yo, bien lejos, me reiría
de la ley y de la antigua sabiduría
de mi árido pueblo.
Pero no he de realizar nunca mi sueño
y aquí me quedaré hasta la muerte.
Pues soy también muy cobarde y salvaje
y amo, además,
con desesperado dolor,
a esta mi pobre,
sucia, triste, desdichada patria.
Versión de José Corredor-Matheos
Y, como él, por eso siempre quedé. Y aún no sé si lo seguiré haciendo.