El integrismo religioso vuelve a frenar la investigación con células madre

Un juez federal de EE UU ha ordenado la paralización cautelar de la financiación pública para investigar con células madre embrionarias. Un grupo de adopción religioso ha logrado detener el proyecto presentando una demanda que ese juez admitió a trámite.

La investigación con células madre fue impulsada por Barack Obama, tras los 8 años de mandato de George Bush que supusieron la congelación de estos experimentos. Bush, llamado en su día “el carnicero de Texas”, firmó, durante sus casi 6 años como Gobernador de este Estado, la ejecución de 152 reos de pena de muerte, el 30% de las llevadas a cabo en todo el país.

Vinieron después los miles de muertos de Afganistán desde el 11S, daños colaterales en la búsqueda infructuosa de Bin Laden y en combate con los integristas talibanes, los mismos que el propio EEUU se había encargado de alimentar previamente. Y los de Irak, por miles también sin precisar, dado que a la piel oscura, extranjera y pobre asesinada se la cuenta muy mal. Pero las “células madre embrionarias” -células, como su propio nombre indica-, han de ser preservadas.

Una de las primeras medidas de Obama fue restablecer la financiación pública de esta investigación que se considera vital para el tratamiento de muchas anomalías y enfermedades. EEUU es motor de experimentación ciéntífica y lo que allí se haga, o no se haga, influye en el resto del mundo. Pero el juez federal ha prestado oídos a la demanda de paralización ¿De qué nos suena esto? Curioso además es la causa de oposición de Nightlight Christian Adoptions argumentando que el uso de ese tipo de células supone la destrucción de embriones y, consecuentemente, una reducción en la cantidad de niños que podrían ser entregados en adopción a parejas que los soliciten. Por millones se mueren de hambre seres vivos de todos los tamaños a lo largo y ancho del mundo, sin que les echen un ojo.

Veo estos días la serie “Los Tudor”, y en ella se contempla con crudeza lo que tanto hemos sabido: el poder omnímodo de la Iglesia en nombre de la religión, sentada en Parlamentos e imponiendo a la sociedad como norma de vida unos postulados que deberían ser estrictamente privados y opcionales. Pero no, han de ser obligados y exigidos a toda la ciudadanía y su ordenamiento como grupo. Así fue durante gran parte de la Historia de la Humanidad. Lo sigue siendo, al parecer.

Las células humanas, las embrionarias en particular, son uno de los tabúes de los que hablaba ayer. De encendida controversia. Caracterizadas por su indefinida autorrenovación, mediante múltiples divisiones con carga genética, llevan en sí la capacidad de formar todos los tipos celulares de un organismo adulto. Sirven los embriones de 4 días. Pura célula, poco más que el óvulo fecundado por un espermatozoide salvado de la millonaria carrera al suicidio de cualquier eyaculación. Creados, además, en este caso, en laboratorio. Un inconcebible absurdo rechazar su uso científico.

Entre los Neandertales y el ruido

He apagado el insistente ruido que suena entremezclado y chirriante, en el que se reiteran sonidos como zapatero, rajoy, debate, economía y varias otras agrandadas según la ideología que marca al medio que las emite. Gritan las letras en el ordenador en similar onda. Y casi sólo llama mi atención el artículo sobre los neandertales en la excelente sección de ciencia en Público.

Lo creeréis o no pero me han interesado mucho estos homínidos toda mi vida. La evolución de especies sobre la tierra fue dejando muchas en el camino, hasta llegar a los homínidos que a su vez también fueron desapareciendo para dejar al mando al Homo Sapiens y sus descendientes: nosotros.

En prodigiosa tarea, las diferentes especies fueron aprendiendo a mantenerse en pie, a adquirir una visión frontal que facilitara su agudeza transformando incluso su morfología, a adaptarse al medio, a adquirir un comportamiento social, no solo para sobrevivir sino quizás para tratar de llevar una existencia placentera. Grandes proezas. Me fascina que la mayoría de los primates dispusieran de uñas planas en lugar de garras, porque eso prestó mayor sensibilidad a las yemas de sus dedos. Así, tocar cuanto les rodeaba, esencialmente a los otros, a sus crías, a sus compañeros sexuales, les enseñó probablemente a amar y cuidarse de los demás.

Pues bien, toda la vida menospreciando a los neandertales por toscos y obtusos -sobre todo en comparación con los cromagnones y en su día, sobre todo, con el Homo Sapiens-, y resulta que ahora sabemos que hablaban, se maquillaban, construyeron dormitorios separados de otras estancias, se llevaban restos de comida para tomar antes de dormir –lo que Público llama “tapas”-, realizaban oficios funerarios o enterraban a sus muertos con flores. Es decir, casi como actúan ahora muchos humanos, a excepción de comprar compulsivamente.

Ocurre que los neandertales desparecieron como poco hace 30.000 años, sin que nadie sepa por qué –se han esbozado distinta teorías-, pero lo que parece seguro es que su último reducto fue España. Me inquietaba que –aunque parece que no hubo cruce alguno con nuestra especie- el suelo patrio hubiera sido la última morada de unas bestias que habían aportado tan poco a la evolución a diferencia de otros colegas. Llegué a preguntarme qué restos de esa característica habían dejado en la imperecedera tierra que sigue dando frutos con los que alimentarnos.

Leo en Público también que The Guardian, el gran periódico inglés, llegó a publicar el mes pasado nada menos que un editorial pidiendo disculpas a los neandertales y no es ninguna broma. Porque también ellos habían usado la simbología neandertal para calificar a quienes consideraban retrógrados.

Conocer de la capacidad de los neandertales para organizarse, de su sensibilidad –con esas flores de despedida entristecida en la muerte- abre ciertas esperanzas. Igual hay que ahondar en el subsuelo para plantar lo que nos nutre.

Hace bien poco hablábamos aquí de que es la psicología humana y su forma de relacionarse con los otros casi lo único que no ha cambiado en la historia de la humanidad. Amamos y odiamos de la misma primitiva forma, para bien o para mal. Las piedras para lidiar afrentas o dominar al contrario han sido sustituidas por misiles y armas químicas, que supone precisamente una involución. Dudo incluso si no habremos perdido la sensación placentera del tacto, del gusto, del habla, aturdidos por tanto ruido, tanto ruido.

Dicen los investigadores que comemos lo mismo que nuestros antecesores obligados a un gran esfuerzo físico. El sedentarismo y la gula en consecuencia nos están matando. Nuestro lenguaje se acorta y empobrece, parecen hacerlo nuestras ideas y el afán por descubrir se limita a unos pocos que trabajan en ello para el resto que sestea. El ser humano se encorva de nuevo como muestra el difundido dibujo con el que ilustro este texto.

Inicio una huelga contra el ruido. Y dudo de si no será mejor volver a empezar desde una casa en paz y cómoda –aprovechando los avances de la civilización como muestra de inteligencia evolutiva-,  un barco en el mar, una parada en el desierto, para buscar el eslabón perdido del comportamiento humano. Hay esperanzas: la esencia neandertal aún debe andar bajo nuestros pies.

Ágora, ayer, hoy, y siempre

agora

Aunque Alejandro Amenabar no obtuviera otro resultado, sería encomiable su esfuerzo por volver a situarnos ante la eterna lucha entra la razón y la religión. Con la historia de Hypatía pone ante nuestros ojos la evidencia descarnada de este dilema que encoge y expande el desarrollo de la Humanidad como un chicle. Finales del siglo IV, Alejandría. Egipto forma parte de un Imperio romano en degradación. Una mujer, una pionera, imparte sus clases de filosofía y matemáticas. Escribe también de geometría, álgebra y astronomía y, sobre todo, se esfuerza por pensar, no darlo todo por hecho, e inculcar en sus alumnos ese positivo espíritu. La vemos hacerse preguntas, buscar respuestas, no conformarse, casi ajena a un mundo de insidias que se cierne a su alrededor. La pasión por la ciencia en estado puro.

De alguna manera fue Alejandro Magno el impulsor de la biblioteca de Alejandría, la más grande de su tiempo, porque sólo lo escrito afianza el saber. Fue quemada, no sé sabe con precisión cuándo, llevándose consigo los avances logrados por los pensadores. Amenabar vincula en Ágora la destrucción de la biblioteca a la época en la que vivió Hypatía y a la expansión del cristianismo. El hecho es que el fuego y los cuchillos nos han hurtado datos precisos de gran parte de lo que sucedió entonces y había sucedido hasta entonces, por ejemplo, lo relacionado con Hypatía, entregada su figura a recreaciones literarias, más o menos basadas en los textos de sus contemporáneos. Sobre todo los de su exalumno, el obispo Cirilo de Alejandría que, en la corriente vencedora, sí vio conservada su obra literaria.

Hypatía ha pasado a la Historia porque fue brutalmente asesinada y ultrajada. No parece inverosímil que el golpe de gracia se lo diera la consideración subordinada que de la mujer tenía el cristianismo. Ni que el fanatismo religioso hiciera arder el conocimiento escrito confiando la existencia humana a los designios de Dios. “Tu no puedes cuestionarte tus creencias”, le dice a Cirilo sabiendo lo que estas palabras le cuestan, “yo debo”. Entre sus hallazgos una mejora del astrolabio -instrumento que permite determinar las posiciones de las estrellas sobre la bóveda celeste-, o la invención del hidrómetro.

Vendrían poco después mil años de oscurantismo donde el saber se detuvo. Los pensadores tuvieron que empezar de nuevo, sin apenas referencias, transcurrida la negra noche de la Edad Media. Se habían borrado no menos de 10 siglos. Toda innovación registró una caída en picado entregada a la religión y su fe sin pruebas, a sus crueles métodos para imponerla a toda la población. De veinte siglos de Historia supuestamente civilizada, la mitad nos llevaron a negro.

La película de Alejandro Amenabar ya reaviva posiciones. ABC, hoy, en su Tercera Página, aporta una visión que pretende ser sosegada aún diciendo cosas como estas:  “De no ser por el modo en que fue asesinada, Hypatía habría pasado discretamente por la historia de la filosofía, pues lo poco que escribió fueron meros comentarios de tratados compuestos por otros: Tolomeo, Apolonio y Diofanto” (…) “Esta falta de originalidad es propia del final de la Escuela de Alejandría, cuyos miembros son calificados por Ferrater Mora de «epígonos» de los grandes maestros de la antigüedad. Por ello, cuando se habla de los «últimos helenos» no hay que interpretarlo en sentido romántico, sino en el de que son los últimos cultores de un modo de entender el helenismo, devotos que se resistían a aceptar que el cristianismo fuese capaz de inyectar savia nueva a paradigmas que periclitaban. De la vitalidad intelectual de la nueva fe rinden cumplido testimonio los abundantes escritos legados a la posteridad. Un ejemplo de ello, sin ir más lejos, por contemporáneo, es el de Cirilo de Alejandría, cuya producción literaria es amplísima. Diez volúmenes del Migne contienen dieciocho tratados y numerosos sermones, epístolas y cartas pascuales”. Repito “numerosos sermones, epístolas y cartas pascuales”, una gran fuente de pensamiento racional.

El Ágora de hoy -la plaza del pueblo, de enseñar, conversar y pensar-, vive un nuevo parón. Entregada al dinero, al consumo, el hedonismo, la trivialidad, la pérdida de los valores éticos –acrecentada ésta en España por la práctica y aceptación social de la corrupción-, la falta de pensamiento crítico, la exaltación de la “equidistancia” -en consecuencia- que enfrenta opiniones frente a razones, la sociedad está inerme ante los poderes organizados. El capitalismo que nos maneja -los oligarcas de siempre-, y también las vieja fe en la creencia que aumenta su poder. Un solo ejemplo patético: Carod Rovira, Rouco y Moratinos, se encuentran hoy de festejo en Roma para asistir a la santificación de dos beatos españoles, una celebración que debería quedar en el ámbito privado de los católicos a quienes asiste el derecho de organizarse como quieran, costeándolo de su bolsillo y difundiéndolo únicamente entre sus seguidores. Uno de los nuevos santos fue un beato que murió de diabetes, a los 29 años, en 1938 –casualmente, en plena guerra civil-. Fue proclamado beato por Juan Pablo II, “como modelo para todos los jóvenes del mundo”, en 1992. A partir de hoy es santo. Pues muy bien. La comitiva española se compone además de 80 personas que disfrutarán de una cena, con cargo, al igual que viajes y hoteles, al erario público.

Lo terrible del Ágora de Amenabar es que nos alerta de lo que nunca cambia.

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   De las más de 700 bitácoras adheridas a esta campaña, destaco -y es difícil elegir entre tanto bueno- esto de mi mesa cojea, que empieza así:

“La década de 2010 a 2020 es conocida como la Era Dorada de los científicos españoles, particularmente de los alquimistas, los grafólogos, los numerólogos y, en general, los capricornio.

En 2011, un español consigue el Premio Nobel de Física, lo que tiene una enorme repercusión mediática en La 2 un domingo de madrugada.

La noche del 31 de diciembre 2011, dos millones de españoles con la FP sin terminar se suicidan después de que Pedro Piqueras abra su telediario diciendo que, según el calendario maya, el mundo se acaba en dos horas. Lamentablemente, el mundo no se acaba y Telecinco lidera el mes.

En 2014, Iker Jiménez se convierte en Ministro de Ciencia e Innovación y declara que las antenas de los móviles dan cáncer porque lo ha leído en la Más Allá”….

 

¿Seguro que esta tierra es nuestra?

 

 La espeluznante secuencia da pie a elucubrar. ¿Inverosimil?

 Malos tiempos para los emigrantes. Desde el EEUU de Obama excluyéndolos de su reforma sanitaria, a España que debate una ley que, en opinión de los afectados, les convierte en mercancía y les criminaliza. Los 4 millones de seres humanos que esta mañana han desayunado telarañas, han de seguir en “su” tierra, que para eso les tocó nacer allí.

A quienes expresan su rechazo a los inmigrantes que osan venir a “su” territorio suelo preguntarles: ¿por qué consideras que esta tierra “es tuya”? Y, un tanto sorprendidos, alguno responde: “porque pago impuestos”. “Ellos también”, concluyo. Es una evasiva. En el fondo, la raíz del rechazo al extranjero está en suponer que su país les pertenece porque han nacido en él, una de tantas pequeñas certidumbres que atesora el ser humano. Pobre de miras. Podrían perfectamente haber nacido en Camerún, o en Sierra Leona, o en Haití y haberse visto obligados a subir a una patera o un avión. Otra cosa es trabajar por la sociedad en la que uno está ubicado. No es el suelo, sino la gente quienes nos marcan.

Cuando de niña abrí los primeros libros de texto sobre historia y geografía –e incluso de todas las materias científicas-, no pude pasar de los primeros capítulos en mucho tiempo. Acudí de inmediato a ampliar conocimientos a las enciclopedias, me intrigaba saber de dónde veníamos, qué nos había pasado. Quizás desde entonces –ampliado con muchos más hallazgos- mantengo la peregrina teoría de que todo el universo puede formar parte de un organismo más complejo, o incluso similar pero de mayor tamaño. En una palabra, que podemos estar gravitando en el dedo gordo de un pie de otro ser, o en un glóbulo rojo que se agita en humores. Por poner un caso, hay muchas más opciones.

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Me baso en que todo en la naturaleza reproduce sus estructuras. De un lado tenemos las fascinantes fractales, un entramado que se repite a diferentes escalas. Las hojas del pino son pinos en miniatura, las coles también, muy gráficamente. Hasta el sistema circulatorio y el cáncer son fractales. De otro, también toda la materia está constituida por átomos en los cuales los electrones gravitan en tono a un núcleo. No es inverosímil pensar que el universo formara parte de un ser que un día morirá, o de un objeto caduco, o incluso, ambos, imperecederos. A ciencia cierta, nadie sabe nada. Se estudian desde tiempos inmemoriales soles y planetas, todo el sistema cósmico del espacio y el tiempo, pero ¿nos asegura alguien dónde se ubica? Los científicos se obstinan en encontrar el vacío, la nada, y no logran encontrarlos: todo contiene algo ¿hasta dónde?

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Es una elucubración personal. Sin embargo, Gerard ‘t Hooft, ganador del Premio Nobel de Física en 1999, ha formulado esta teoría: “El universo es un autómata celular en el que la realidad es, simplemente, la interpretación de una gigantesca y fantásticamente compleja máquina de computación”. En fin, la hipótesis que os propongo sólo plantea una duda existencial que conduciría nada más a pensar cuáles pueden ser nuestras certidumbres reales. El mundo, ínfima parte del universo, puede acercarse hoy –con la ayuda de la imagen, símbolo de realidad- en Google Earth para palparlo y ver cómo se concentra en nuestro país, apartando el resto, luego en nuestra ciudad para pasar a nuestra calle y a nuestra casa. Todo es “nuestro”, necesitamos esa certeza. Aunque estén aposentados en una tierra cuyas tripas tampoco conocemos a fondo que, de vez en cuando, tiemblan y engullen a unos cuantos. La sólida masa puede ser muy frágil.

Vivimos, asimismo, con la incongruencia que menos podemos digerir: la muerte inevitable. Pero el ser humano necesita seguridades. Por todo ello, se aferra a religiones, proyectos, materias, convencimientos más o menos fundados. La incertidumbre le mata y la obvia. De hecho, las personas más felices son las que tienen menos dudas.

Yo encuentro la plenitud y la seguridad, sin embargo, en el abrazo de un ser querido, por ejemplo. Puede temblar la tierra y llover meteoritos que me siento encapsulada y ajena a todo. Quizás también en la razón que abre pequeñas vías con apariencia de ciertas. En la esquiva energía. No sé si otros experimentan lo mismo al abrazar su coche o su televisor de plasma, su político puesto en la Historia, el cuadro o la música creados, en los dioses que no hablan. Creo que sí, que algunos sí.

¿Esta tierra es mía? ¿Es tuya? ¿Expulsamos a los intrusos? ¿De qué porción? El mundo propio vendría a ser simplemente un sentimiento, un atisbo de razón, un impulso, que, sin duda, anida en alguna parte, quizás en un rincón de algo que la incertidumbre y las búsquedas han ido dando diversos nombres. Comprender la relatividad de nuestras seguridades, ayuda a ampliar horizontes. Sólo ése es el mensaje.

 Como postre opcional, una de mis obras y pasajes eternamente favoritos: soliloquio de Segismundo de “La vida es sueño” de Pedro Calderón de la Barca:

Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe,

y en cenizas le convierte

la muerte, ¡desdicha fuerte!

¡Que hay quien intente reinar,

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte!

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza;

sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

El “yo creo” aplicado a la salud

   Ignorancia y superstición -suele desembocar la primera en la segunda-. Yo “creo” frente a la ciencia y la lógica. Incautos que juegan con su salud y su vida tomando botecitos del supermercado que bajan -les dicen- el colesterol o aumentan las defensas, sin acudir a un médico y diagnosticar y tratar su problema. En casa les he llamado siempre “votantes de Bush”, lo encuentro muy gráfico. Y se puede extrapolar al país que queráis y a la materia que sea.

  Tras la hilaridad por el vídeo, acudamos a un experto que habla de las medicinas sin medicina. 

   Esto dice Robert L. Park, Departamento de Física, Universidad de Maryland:

Las llamadas terapias “alternativas”, la mayoría derivadas de tradiciones de curación antiguas y supersticiones, han tenido una fuerte atracción para la gente que se siente dejada atrás por el explosivo crecimiento del conocimiento científico. Paradójicamente, sin embargo, su nostalgia por un tiempo cuando las cosas parecían más simples y más naturales está mezclado con respecto por el poder de la ciencia moderna (Tourney 1996). Quieren creer que las prácticas de curación “natural” pueden ser explicadas por la ciencia. Los proveedores de medicina alternativa han tenido que, entonces, invocar rápidamente los símbolos y lenguaje de la ciencia. No es sorprendente que los mecanismos propuestos para acreditar la supuesta eficacia de tales métodos como el toque terapéutico, la curación psíquica, y la homeopatía involucren serias malas interpretaciones de la física moderna.

  Y aquí lo desarrolla.

Yo creo

Creen que la tierra no es redonda, porque va contra las enseñanzas de Alá. Y creen que la lluvia es un regalo de Dios y no un resultado de la evaporación del agua que se condensa y cae. Tampoco creen en la evolución. Es la secta Boko Haram de Nigeria que se traduce como “La educación es un pecado” . Y lo es, según ellos, porque contraviene los postulados de Alá y los profetas. Su líder, el clérigo musulmán, Mohammed Yusuf, ha ganado adeptos incluso entre los universitarios.

Sus pintorescas creencias están teniendo muy serias repercusiones. En un incesante goteo diario, han asesinado a 300 personas desde el domingo. De forma indiscriminada, para presionar. La “sharia”, ley islámica, impera en los Estados del Norte del país. Los rebeldes quieren imponerla a toda Nigeria. En su nombre lapidan por ejemplo a adulteras, que lo son por concebir hijos estando divorciadas o tras ser violadas. La presión internacional salvó a Safiya Husseini y Amina Lawall, pero muchas otras atrocidades permanecen ocultas. En el mayor productor de petróleo del continente africano, el 90 por ciento de su población vive bajo el umbral de la pobreza. El petróleo está en el Sur, en el Delta del Níger, y lo explotan multinacionales holandesas, británicas, norteamericanas y francesas. Genera unos ingresos de 300.000 millones de dólares anuales, de los que Nigeria se queda 5.000 que van a parar a las élites corruptas.

Todas las religiones están basadas en que, mediante una entelequia llamada fe, uno admite por ejemplo que se apartan las aguas de un mar sin ayuda de gigantescas presas hidráulicas. La religión es, desde tiempos inmemoriales, una tabla de salvación para asimilar la gran incongruencia de la muerte, y es humano asirse a ella. Lo incomprensible es que dicte normas de comportamiento de por vida. Y, menos aún, que sus adeptos quieran imponerla a los demás.

Vivimos tiempos de creencias frente a ciencia y datos. Y de una proliferación de las “conspiraciones” asumidas por la sociedad. Paradójicamente cuando la información asiste a un momento de esplendor y se extiende por todo el mundo. Yo lo experimento a diario. Una querida amiga me dice respecto al post de ayer sobre China: yo no creo que vaya a suceder nada con China. ¿En qué te basas?, pregunto conociendo el percal. “Nunca ha pasado nada hasta ahora. Hay tiempos buenos y malos pero la humanidad siempre sale adelante”. Y lo afirma convencida. Incluso me reta a ver quién acierta al final. Impredecible resultado, sin duda, pero basarse en la experiencia sin atender a datos nuevos y proyectarlos, parece más emotivo que racional. Además, la experiencia histórica también nos habla de nacimiento de Imperios. 

Escucho sin cesar afirmaciones como: “Yo no creo que Camps haya facilitado contratos por unos trajes”. ¿Por qué? Interpongo siempre. “Es muy poco valor para pringarse. Y los bolsos de Rita menos”, aseguran con rotundidad. Y no quieren ni escuchar datos u argumentaciones. “No lo creo”, insisten. De igual modo, algunos logros del Gobierno -o de quien sea- son rechazados, aunque se faciliten cifras, bajo la poderosa racionalización de “No lo creo”.

Ya vimos a toda una secretaria general de un partido poderoso, María Dolores de Cospedal, no creer en la sentencia del 11M. O a Rajoy que, en plena jornada de reflexión el 13 de Marzo de 2004, aparecía en El Mundo entrevistado por Victoria Prego y Casimiro García-Abadillo declarando: “Tengo el convencimiento moral de que ha sido ETA”. (No os perdáis esta entrevista, es muy jugosa).

Las consecuencias del cambio climático o la energía nuclear son objeto preferente de creencias. Uno se surte de opiniones que encuentra más afines, llena el saco de su criterio, y ya está dispuesto a afirmar que cree o no cree en tal cosa, respirando satisfecho. La creativa duda parece haber desaparecido de la sociedad actual.

Proliferan las familias que creen que dios salvará a sus hijos enfermos sin intervención de la medicina. Los ven caer muertos sin cesar, algunos son incluso castigados por ello, pero lo creen y basta, y proyectan su fanatismo sobre la vida que alumbraron sin consultar al interesado.

Nunca antes ha habido tantos “opinadores” profesionales. Las tertulias invaden radios y televisiones. En los pueblos especialmente, según he podido comprobar, las siguen con devoción religiosa. Un poso de tradiciones arraigadas, falta de datos, sirven de caldo de cultivo a una opinión que cala y fermenta. Lo asombroso es la seguridad con la que sus receptores “creen” o “no creen” cualquier situación, porque les avala un señor o una señora con un título que habla en los medios. Les reafirma. “Éste es de los míos, ésta de los tuyos”. Dos amplios sacos sin matices para surtirse. Y los hechos no importan. En absoluto. La opinión ajena puede aclarar, pero uno necesita su propia base de información, de datos reales.

La génesis no es la misma. La fe –religiosa, política, social- tiene un corto recorrido: una idea que se acepta sin ninguna comprobación, un dogma. La ciencia, cuando no entiende algo, investiga, fruto de ello elabora una hipótesis; si consigue demostrarla por medio de comprobaciones prácticas, ha encontrado una tesis o teoría, pero, de no suceder así, busca nuevas hipótesis y vuelve a intentar la demostración para encontrar la verdad. La ciencia -cuando su modelo entra en conflicto con la realidad- trata de ajustarse a ella, la busca; la fe, -si la realidad le contradice- rechaza la realidad. Su fe no es creer en lo que no se ve, sino no creer en lo que se ve.

Mundo desnortado que termina por matar para imponer una creencia.

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… Y sin embargo, la tierra, se mueve

El 22 de junio 1633, en el convento dominicano de Santa María sopra Minerva, Roma, Galileo Galilei es condenado por su herejía y se prohibe su obra. Ha osado contravenir la doctrina biblíca afirmando -tras largos y revolucionarios estudios- que la tierra gira alrededor del sol y no al revés como siempre se había asegurado. La teoría geocéntrica situaba al planeta Tierra en el centro de la creación y todos los astros daban vueltas en torno a ella. El salmo 93 (92) lo da a entender al afirmar ” Tú has fijado la tierra firme e inmóvil”. A Galileo un rival le  llamó textualmente: “imbécil con la cabeza a pájaros”. Alguno de sus colegas y antecesores fueron a la hoguera por mandato de la Inquisión, pero Galilero se retractó de cuanto había visto para salvar la vida. Pasaría casi siglo y medio hasta que se aceptaran sus teorías. La tierra se movía.

 Se mueve, y cruje, y engulle vidas y personas como ha demostrado un nuevo terremoto: el ocurrido en l,Aquila, en el centro de Italia. Ahora toca rescatar a quien se pueda, desescombrar, ayudar a los heridos y damnificados… y aparcar la polémica. Lo ha dicho Berlusconi, el jefe de Gobierno italiano. Porque la hay. En la entrada anterior veréis como Giampaolo Giuliani, un geofísico de la zona, alerta de la proximidad de una gran terremoto en vídeos fechados el 31 de Marzo. Había vivido una larga peripecia. El científico ha desarrollado un método, en parte propio, midiendo la presencia de gas radón en la atmósfera, hecho que se ha observado se produce antes de los seismos. Científicos norteamericanos trabajan también en los cambios atmosféricos aparejados a un cataclismo de estas características. Al parecer, ya desde los primeros movimientos de la tierra en el interior se liberan gases.

   Inmediatamente, Giuliani acudió a las autoridades pero no le prestaron atención. A los medios informativos. Tampoco. Lo difundió por Internet. Y ya se empezó a enterar la población. Salieron a la calle con coches y furgonetas y altavoces pidiendo la evacuación. Y llegaron los periodistas. Y… llegaron los políticos. Hicieron reuniones. Preguntaron a otros científicos. “No se puede prever”. En algunos casos se ha hecho. El Tsunami de Indonesia, por ejemplo. Y todos los que son previsibles ante síntomas anormales, por mostrar indicios, en lugares de alto riesgo, como era el caso de esa zona de Italia.

A Giuliani le llamaron “imbécil” -casualmente y salvando las distancias con Galileo-, le amonestaron y le obligaron a quitar sus investigaciones de Internet porque estaba causando alarma en la población. En el siglo XXI, aunque… en la Italia de Berlusconi. El experto empresario televisivo ha sentenciado: “no existen datos científicos que permitan prevenir las sacudidas”. El jefe del Instituto Italiano de Geofísica, Enzo Boschi, ha desacreditado, también, las predicciones de Giuliani. “Cada vez que hay un terremoto hay gente que dice haberlo predicho. Hasta donde yo sé, nadie puede predecir un terremoto con exactitud”.

Sólo que Giuliani sí lo hizo con anterioridad y el hecho probado es que ha habido un terremoto e Italia llora sus muertos y pérdidas económicas.

¿Tanto costaba escuchar sus argumentos? ¿Y activar, por si acaso, un plan de emergencia previo? Era caro, supongo. No hay que alarmar a la población, además. Es mejor enterrarla y socorrerla. Y decirle que no piense, con la ayuda de una prensa “equidistante”, la del “este dice, el otro dice y yo no trabajo” y el manto de olvido de actualidades más perentorias.

Giuliani espera que alguien le pida disculpas. No creo que suceda. Más bien, será proscrito en su trabajo. Han pasado siglos y nada ha cambiado. Y siempre es la misma ideología la que cercena el progreso, y siempre la sociedad la que paga y calla. Pero la tierra se mueve, por fuera y por dentro.

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