Telediarios en 1997

Repasar vídeos antiguos ofrece curiosas perspectivas. Hoy os traigo algunas noticias emitidas en los telediarios internacionales de TVE en 1997, hace 13 años, que –además- engrosan mi “egoteca.”

  •     La ONU andaba buscando cómo afrontar una reforma que la hiciera más eficaz. Koffi Annan, algo más brioso que su sucesor, se lo propuso, pero…
  •     Bruselas decía que la economía española iba bien –todas las «de siempre» lo iban entonces-, y, sin embargo, «necesitábamos ciertas medidas para crear empleo» ¿cuáles? Moderar los –decrépitos– salarios y… ¡flexibilizar el mercado laboral!, la Europa azul no cambia su discurso, lo endurece… Y España creó empleo a pesar de todo, de forma espectacular… cimentada en el «ladrillazo«, con su dinero negro -negro en el pago de los trabajadores que erigen los edificios, negro en la compraventa (al menos en una parte), negro en las comisiones-.

Israel, actualidad infinita. Con el mismo Benjamin Netanyahu al frente, y con idénticas políticas, y el mismo acatamiento a las resoluciones de la ONU. Con el proceso de paz que nunca concluye. Hace 13 años, recuerdo.

El tramo final de los telediarios se distiende. Con Tom Martín Benitez, que se incorporó a lo largo del año, damos cuenta de un par de subastas solidarias. Pertenencias de famosos. En ausencia aún del euro, solía empeñarme en traducir a dólares a nuestras discretas pesetas, no fuera a ser que más allá del Atlántico no supieran de qué cantidades hablábamos. Ayer como hoy, alguien quería tener un objeto perteneciente a alguien conocido. Tampoco es que pagaran cantidades desorbitadas por ello, pero había un cierto morbo: saber qué celebridad «tiraba» más. Año 1997. Aznar en la Moncloa cuando todavía su minoría parlamentaria le llevaba a hablar catalán en la intimidad…

¿Qué ha cambiado en 13 años? ¿Podrían emitirse estos telediarios como actuales sin que nadie notara la diferencia? Sospecho que sí. Los viejos problemas siguen enquistados… pero se han añadido algunos más de enorme gravedad (hablamos de ellos a diario). Y a casi nadie parece importarle. 

 ( Personalmente, ver esto me produce una mezcla de relativa nostalgia y una pizca de frustración. Y, a pesar de ello… redobladas ganas de seguir en la brecha 🙂 Creo yo, no sé).

Abierto el tema a todo tipo de comentarios….

«Cambiar el mundo»

Ha muerto el escritor que quería cambiar el mundo, dice Cuarto Poder. Y recuerda la famosa frase de Saramago antes de recibir el Nobel:

Espero morir como he vivido, respetándome a mí mismo como condición para respetar a los demás y sin perder la idea de que el mundo debe ser otro y no esta cosa infame”.

 También quería hacerlo -con pasión ilusionante- José Vidal-Beneyto, desaparecido hace poco, constante azogue de conciencias:

Sólo una movilización popular e intelectual, insistida y de gran calado, podrá ayudarnos a acabar con tanta patraña y tantas desvergüenzas… (…) ¿Cuándo dejaremos de tolerar tanta ignominia, cuando pondremos fin a tanta abominación?”.

Aún tenemos a José Luís Sampedro alertando contra la «tecnobarbarie» y la degeneración del liberalismo,  allá donde se le requiera. O a Federico Mayor Zaragoza, llamando a reaccionar “porque estamos al borde de un precipicio”. Pero se van apagando voces.

Cambiar el mundo suele ser una labor solitaria y bastante ardua. Los destinatarios de las obras de estos y otros intelectuales, parecen tener asumida la separación entre unas páginas impresas y sus propias vidas. Incluso aman las tramas negras sin reparar en cómo tiznan sus pies y hasta sus conciencias cuando depositan un voto ciego. Las organizaciones progresistas realizan labores parciales, meritorias, pero temo que no tengan espíritu de equipo, de la gran colectividad, de la urgencia del momento, si es eso lo que detiene una reacción conjunta. Es decir, que «cambiar el mundo» es también mover la inmensa losa de los que permanecen quietos o desorientados.

Hay quien piensa que, por muy mal que vayan las cosas, siempre hay un cierto orden que regenera el caos. En la antigua civilización griega ya se planteaban que el mundo no seguiría en pie mucho más tiempo debido a sus errores. Y aquí estamos. La catarsis llega, ciertamente, en buena parte de los casos, con terribles guerras, y hasta plagas, que diezman la población y estimulan el propósito de enmienda.

Hace poco, cuando andábamos buscando “el pensamiento crítico” –no se si en juegos malabares-, Mayor Zaragoza, precisamente, recordó el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada en 1948, por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Salían de una guerra devastadora, de los fascismos, de una de tantas barbaries. Aquello había que pararlo y que nunca más se repitiera, había que “cambiar el mundo”. Este párrafo del preámbulo, resulta hoy muy significativo:

«Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión

Sí, los franceses desempolvaron en su día las guillotinas –para luego aclamar a Napoleón, bien es cierto-, las víctimas de la Segunda Guerra mundial –toda la población- quisieron sentar las bases de una nueva convivencia, con uno de los propósitos mas hermosos que se hayan intentado y ¿Hoy? ¿Qué vigencia tendría apelar a que el hombre “no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”? Atada a las hipotecas, al consumo, a la adocenadora neolengua que sirven todos los muchos portavoces del sistema, la sociedad en su conjunto parece que va a contentarse con las migajas que les echen, si les sobra, y si les parece a los mandamases del «sistema».

Tras tantos siglos, han aprendido las técnicas más sutiles de dominación. Pero Saramago vive en sus libros para seguir abriendo ojos. Y Vidal-Beneyto. Y todos los demás. Y cada ser humano que en cualquier esquina anónima lucha por un mundo mejor. ¿Cambiarlo? El enemigo se ha perfeccionado y sofisticado. Nunca como ahora ha sido labor más apremiante.

Adiós José Samarago

José Saramago ha muerto hoy a los 87 años de edad. Le tomo la palabra a Ramón Lobo. Me he quedado sin ganas de escribir.

Hay dos tipos de escritores: los que se asilan del mundo y tratan de modificarlo desde sus libros y personajes sin otro compromiso que la búsqueda permanente de la excelencia; y los que como José Saramago, que además de escribir obras esenciales como El memorial del convento, El año de la muerte de Ricardo Reis, los dos ensayos, el de la ceguera y el de la lucidez, y la maravillosa Caín, entre otras, son capaces de salir al mundo y tratar de cambiarlo con sus propias manos. Esa generosidad quijotesca la debió heredar de su abuelo, quien antes de morir hace ya muchos años se levantó de la cama, abrazó a los cuatro árboles que tenía en su huerto y se fue en paz, con la tranquilidad del deber cumplido.

Saramago nunca se escondió. Renunció a muchas líneas escritas en su atalaya de Tías, en Lanzarote, desde donde se ve el mar, por salir a la calle y dar voz a los que no la tienen, a los que nadie escucha, a los que nadie ve. Estuvo en todas las batallas en las que había un ser humano al que abrazar, fuese en Chiapas o en Haití, en Argentina, Chile o Uruguay, donde dictaduras sangrientas y crueles dejaron la huella de la otra cara del hombre. Libró batallas en favor de África, del continente oscuro y silenciado por una globalización informativa que solo habla de las cosas del hombre blanco, y otras en favor de sus inmigrantes desde su Lanzarote adoptiva, frontera primera para los que huyen de las guerras, la miseria, las enfermedades y la pobreza. También tomó partido por Palestina y los palestinos, cuya persecución y desgracia comparó con la que sufrieron muchos judíos en la Europa nazi y que le granjeó la beligerante enemistad de todos los gobiernos israelíes.

José Saramago sabía que el premio Nobel de Literatura no era sólo un galardón, el más importante para un escritor, era sobre todo una responsabilidad. Un gran altavoz para una voz que siempre habló en favor de los desfavorecidos, de los que escribió y duplicó en personajes extraordinarios como Baltasar y Blimunda en El memorial, seres que habitaron sus libros dándoles el sentido transcendente de las grandes obras.

Seguir leyendo El escritor que abrazaba hombres

Por Iberia, maestro. Por Pilar. Por los sueños perdidos que habrán de ser retomados una y otra vez.

El aula de información meteorológica

El periodismo ha cambiado mucho en los últimos años. Con un encomiable espíritu de utilidad social, nos informan –por ejemplo- de todas las inclemencias del tiempo. Y de una forma vibrante, con el reportero “in situ”. En televisión, llamamos “entradilla” al relato del periodista, en imagen, desde el lugar de los hechos. A veces, bien es cierto, lo que cuenta es sólo la cara del informador con “lo que sea” detrás, como se ve en inefables “entradillas” que me vienen a la memoria. Pero, en el caso de los fenómenos meteorológicos, la tónica general es que alguien, micrófono en mano, acuda realmente al lugar donde llueve, hace frío o hace calor, y nos lo cuente. Sin descanso. Esto me hace sospechar que en las actuales facultades de periodismo, han habilitado un aula, con simuladores virtuales, para preparar a los periodistas en este apasionante cometido.

Imprescindible, imagino, aprender el uso del paraguas, que no tape la cara ni le haga sombra. En posición estática y con viento. Presupongo que existirán en la clase ventiladores de distintas velocidades para la ocasión.

Ante la eventualidad de huracanes, entiendo que las mejores facultades se habrán hecho con potentes turbinas de aviones en desecho por ejemplo. Algún profesor de yoga acudirá a dar lecciones sobre la verticalidad. E, incluso, un contorsionista, si se quiere acentuar la venta del peligro.

Indispensable –y dudo que no lo hayan previsto-, una cámara frigorífica para acostumbrar al estudiante a las entradillas en nieve. 2 minutos el primer día, que irán aumentado paulatinamente hasta llegar a la hora o algo más –y no cuento el tiempo del viaje- que se precisa para llegar a lo alto de algún monte, instalar el equipo, esperar la conexión, hablar 20 segundos, 30 quizás, en plano que ocupa al menos un tercio de la pantalla, cuando no la mitad. Tras el cual, el espectador vibrará al ver asomar algunos copos blancos (lluvia, en el caso de los temporales de idem, o un termómetro para el calor). Esenciales, en la lección sobre el frío, un alpinista y un logopeda, para mostrar como se desentumece el rostro y se articulan palabras a varios grados bajo cero.

El trabajo, realmente, lo harán los reporteros gráficos, tomando imágenes de lo que está ocurriendo y sus efectos, pero el periodista presencial es ineludible en el nuevo rumbo de la profesión. Antes, acudíamos a ver cómo se abría el Muro de Berlín sin ir más lejos. O cómo surgían la vida y la muerte. Aún hay quien sigue en ese empeño. Con gran riesgo. Pero cada vez menos. No sería desdeñable tampoco tener muchos más periodistas «in situ» buscando claves y respuestas, al hacer preguntas incisivas a todos aquellos que nos destrozan la vida -que sucede al margen de las inclemencias del tiempo-. Pero, ahora lo vital es tener un informador, ocupando la pantalla, durante escasos segundos, allí donde llueve o hace calor. Incluso donde la naturaleza se desata realmente, no siempre para tomar en las manos la tragedia humana.

Estoy convencida de que, de no existir, ese aula de información meteorológica es necesaria. A este reportero azteca, le hubiera venido bien saber, por ejemplo, dónde está la cámara que le inmortaliza y dónde pone los pies.

Lágrimas

Refugiados de Kirguistán, seleccionada por Javier Bauluz

Para encontrar una foto, esta foto, con la amargura de las victimas de un nuevo conflicto, Kirguistán, he tenido buscar y buscar para recalar en donde sí suponía que la tendrían: www.periodismohumano.com, seleccionada por el Pulitzer español, Javier Bauluz. Son esos «flashes» que atrapan entre la maraña de imágenes de los telediarios. Veo estos días las lágrimas de un nutrido grupo de seres humanos que caminan con las pertenencias que pueden acarrear por un camino. Han tenido que abandonar su casa y su tierra. Han perdido familiares en la huída. He visto llorar a hombres y mujeres, con un sentimiento tan hondo que estremece.  Y ahí queda durante horas, durante días.

   Las noticias de hoy, como las de cada día, arrojan sangre, siegan vidas, las cambian sustancialmente. De punta a punta del planeta. Y todos lloran en el mismo idioma.

Cuando ríen, también lo hacen igual. Otro impacto visual me mostró ayer la sonrisa arrebatada del seleccionador de fútbol de Corea del Norte. Para él no hay foto en parte alguna. Atribulado país, al límite de lo soportable y aún más, y un simple juego arranca la imagen espontánea de la felicidad de un momento. Tampoco hay fotos de archivo para quien ríe desde el alma y no por que el cámara se lo pide.

     Ya escribí esa constatación de cuánto nos parecemos unos y otros, aunque la costumbre imponga fronteras de todo tipo, y dónde radican las diferencias no esenciales:

   Probablemente, cada uno de nosotros nos entenderíamos mejor, de conocernos, con alguien afín de Dinamarca, Grecia o California –aquél con quien compartiéramos ideales, gustos o hábitos- que con el vecino que vive en la puerta de al lado del ascensor. Aquí y más allá, todos queremos atrapar la utopía de la felicidad y cruzamos los dedos –aliviados y satisfechos- al toparnos con el más realista bienestar. Queremos amar y ser amados, compartir, con o sin dependencia, según el gusto. Huimos del dolor y las penalidades, nos esforzamos en mayor o menor medida por conseguir objetivos. Esperamos ganar la meta que cubra nuestras necesidades; algunos, que las colmen y las rebasen. Aspiramos a descansar y divertirnos. Reímos con el ingenio humorístico, aunque no todos con el mismo. Lloramos con lo que nos rasga el corazón, que es muy personal, pero a veces estalla en un sentimiento colectivo. Hay quien precisa la cultura para respirar y hay a quien le resbala como el agua en la ducha. Unos miran más allá y sueñan con mejorar el mundo, y otros aspiran a que el mundo se pliegue a ellos para satisfacerles. Nos atrapa la familia para quererla o discrepar, pero casi todos daríamos la vida por los hijos. En Sudán y en Australia, en Islandia y en Irán, en San Petersburgo y en Medellín, en Sierra Leona y en Santiago de Chile, en Oviedo y en Tenerife, en el Barrio de Salamanca y en Vallecas, en la calle de al lado y en la nuestra, en casa donde de nuevo pensamos que puede haber un alma gemela en Manila, más cercana, más cálida, que aquel español que vota a otro partido.

    Pero, sinceramente, hoy cargo, sobre todas las cosas, con el hatillo de esa mujer de la foto, de la que la contempla, de todos los que en Kirguistán caminan, ahora mismo, a un incierto destino. Algo habrá que hacer para que estas cosas no ocurran. Alguien lo está haciendo muy mal.

Haciendo caja

No dispongo de otra Caja registradora... por el momento

Nada más despertarme, he conectado la radio como suelo hacer a diario. Había anuncios (lo que sucede en un alto porcentaje de ocasiones). Y he empezado a hacer caja mentalmente de lo que tienen que pagarme por escucharlos, dado que ellos hacen negocio con ello:

  • En la Comunidad de Madrid cuentas con apoyo para crear tu empresa… Plan de emprendedores… 30 euros.
  • Una funeraria privada… 40 euros
  • Y alguien que une hipotecas para pagar un único credito… 50 euros que esto tiene mayor delito, dados los estudios que indican que el sistema encarece la deuda total –lo hicimos en Informe Semanal-.

He desconectado hasta que fuera la hora en punto, pero aún me ha pillado un anuncio más. Pegado a las noticias me han dicho que compre unos productos de perfumería para ser “Beautifull”. 30 euros.

  • En twitter alertan, enlazando con El País, Aguirre forzó las valoraciones para dar las TDT a sus afines. Madrid penalizó a los grupos de comunicación frente a cadenas de teletienda o naturismo. Libertad Digital sacó la mejor nota en «pluralidad informativa». La información la leo sin costo, es útil confirmar la sospecha, pero por el contenido de la misma, por la acción desarrollada por Aguirre, cobro 2.000 euros y lo pongo barato.
  • Periódicos. El Mundo en 2 minutos. Esto ha sido voluntario, para ganar pasta. Anuncio previo. 50 euros aunque ni he visto que vendían. Pedro J. dice que solo el Banco Central europeo nos presta dinero, porque los bancos no se fían de nosotros. Los alemanes son muy malos con España. Lo son. Especulan con bulos. El director de El Mundo apoya con énfasis la reforma laboral. En buena parte de lo que dice –la especulación financiera- tiene razón, pero escuchar a Pedro J vale 1.000 euros, él cobraba 6.000 por acudir a 59 segundos en TVE.
  • El bien pagado Francisco González, presidente del BBVA da una conferencia con estos argumentos: «los mercados de financiación están cerrados para la mayoría de empresas y entidades», «los mercados financieros han retirado su confianza en España», «nuestra alta deuda exterior se ha convertido en nuestro problema más agobiante», “ las recetas que España necesita: austeridad y crecimiento”. 6.000 euros por escucharle. González percibió en 2009 una remuneración global de 5,3 millones de euros, aunque –generoso- se ha congelado el sueldo y la pensión (79 millones de euros).
  • Todos los argumentos de los sindicatos para convocar un a huelga general el 29 de Septiembre, «con  un par» y su celeridad habitual: 1.000 euros.
  • Leer o escuchar las palabras «Díaz Ferrán»: 2.000 euros.
  • ABC: Merkel ofrece el «paraguas» del rescate a Zapatero El diferencial entre el bono español y el alemán vuelve a superar los 200 puntos básicos. Por prestar atención a esta “versión” de la especulación alemana sobre España, 3.000 euros como mínimo.
  • Ojear La Razón, someramente, 2.000 euros.
  • Blogs. Aplicaciones para leer noticias en un iPad. Análisis de cuatro aplicaciones de lectura en el nuevo dispositivo. Es un negocio. Del que el autor del texto no se beneficia. Sí la empresa que promociona, él, y muchos otros. ¿1.000 euros?
  • Escuchar lo que dijeron ayer, Aznar, Acebes y Rajoy, no habría dinero para pagarlo, así que paso, pueden cantar La Traviata.
  • El milagro del turismo español: Benidorm. Los vecinos de un rascacielos sufren graves problemas por los errores y defectos que se cometieron al construirlo: corruptelas en todo su apogeo. Corrobora  y es buen reportaje, lo leo gratis. Tampoco cobro por el hecho –serían millones de euros-.

Encaro la mañana habiendo acumulado 18.200 euros, que, inmediatamente, constituyo en deuda a negociar. Es el primer día, todavía me resulta difícil ajustar los baremos de que lo que me adeudan. Y todavía no han llegado los «argumentadores» del «sistema» en persona. Cada vez que lo intenten, responderé: ¿Cuánto pagas por escucharte?… estás defendiendo un negocio. Quiero mi parte.

   Os invito a que hagáis vuestros propios estadillos de cuentas y vamos estudiando estrategias para cobrar y, desde luego, para entrar con nuestro dinero en débito (que nos deben) en los «mercados». 

Recordad:

SOMOS VALORES ECONÓMICOS ¡QUE PAGUEN!

Somos valores económicos ¡Que paguen!

 

La situación mundial exige soluciones imaginativas. El sistema en el que vivíamos ha sido atacado. Una serie de personas, ocultas bajo el eufemismo de “los mercados” y sus distintos portavoces, han dado un golpe de mano, obligando a los gobiernos a acatar sus órdenes: mermar los derechos sociales y económicos de los ciudadanos para lograr en su beneficio mayor lucro. Los políticos han entregado la soberanía popular a “los mercados”. Da igual a quién se vote, no son ellos quienes deciden. Éste no es el sistema que conocimos. Con todos sus defectos, pasaba por ser democrático. Por tanto, habría que restituir su equilibrio, lograr incluso que subsane los graves errores que ya padecía.

No es fácil conocer el número de quienes manejan el mundo. Las listas que los ensalzan hablan de 100, 500, 1000. Aunque fuesen 100.000, no podemos permitir que dominen a más de 6 mil millones de personas. Los gobiernos ceden al chantaje de “los mercados” por temor, por presión. ¿Qué pasaría si usásemos los mismos métodos desde dentro del nuevo régimen? Si somos valores económicos ¡Que paguen!

Campo temporal de actuación: mes de Julio.

Primeras acciones a realizar:

1) PROPAGANDA

a) Cambiar, apagar, cerrar, no mirar, las soflamas “neocon”. Si quieren que lo hagamos para no perder audiencia, que paguen por nuestra atención. ¿Os dais cuenta de que les escuchamos gratis cuando ellos sí obtienen ganancias?

b) No atender a publicidad alguna, por los mismos métodos, y las mismas razones.

c) Contra propaganda activa: no admitir “argumentos” neocon, con una razón sencilla: “Defiendes un negocio ¿cuánto pagas por escucharte?”

2) CONSUMO

El 1 de Julio sube el IVA.

a) Se trataría de hacer acopio de víveres y cuanto podamos necesitar hasta que esa fecha llegue, y no comprar después –dentro de lo posible- más que productos perecederos que, además, conservan un IVA reducido. Sólo pan, frutas y verduras. El resto se hallará en el congelador. En todo caso, reducir el consumo.

b) Llenar el depósito de gasolina en los días precedentes y utilizar en cuanto sea posible transporte público.

c) No comprar ninguna prenda de vestir –sirve todo lo del año anterior-, ni comer o cenar en restaurantes que no sean de menú.

d) Aconsejar a pequeños y medianos empresarios que tomen vacaciones en julio para no verse perjudicados. A la larga se beneficiarán de un sistema más justo.

e) Prever el dinero en metálico a necesitar para no hacer uso ni una sola vez de las tarjetas de crédito.

Deberían pagar porque retornásemos a seguir sus requerimientos. La propuesta contra el IVA hace campaña al populismo neocon, pero serán ellos quienes consuman y atiendan la propaganda. Cuando vieran que lo hacían gratis y nosotros no, presupuesto su altruismo, puede que se apuntaran a cobrar por mantener el «nuevo sistema”. Y, en todo caso, sería difícil discernir por qué motivaciones se haría la huelga de consumo.

Todo serían ventajas. Ahorraríamos. Aprenderíamos una vida más sobria. Y prepararíamos nuevas acciones –exigir pago por usar todos los servicios privatizados de sanidad, educación; lo mismo por justicia, industria cultural, por acudir al trabajo en condiciones precarias, por tener hijos y perpetuar la especie, etc.- que culminarían con pedir ser remunerados por nuestro voto o entregarlo nulo. Si no podemos elegir al FMI, “los mercados”, “Bruselas”, sino a los ejecutores de sus órdenes, que paguen por ello. Todos ellos obtienen beneficios de esta situación, nosotros no, sólo perjuicios.

Invertir en costear a más de 2 mil millones de personas para que sean clientes de sus propuestas –dado que el resto apenas puede ni comer-, es repartir el negocio con sus métodos. Si éste es el “sistema” actual, juguemos todos.

No seríamos nosotros quienes atacaríamos al sistema, ya lo han hecho unos pocos –con éxito- previamente. Tenemos que restablecer la soberanía popular por el bien de la mayoría.

Entendiendo cuánto hay de utopía en esta sugerencia, recuerdo que nada que no se intente sale adelante. Y… que el momento es crítico.

(Antes de –en su caso- amplificar la campaña, serán bien recibidas matizaciones y sugerencias).

Cospedal con pañuelo palestino

   Ataviada con un pañuelo palestino, la secretaria general del PP, Dolores de Cospedal, ha vuelto a insistir en el que el PP es «el partido de los trabajadores«.

   Por un momento, he dudado de si se trataba realmente de un pañuelo palestino o de un trapo de cocina -en ambos casos «de marca«, por supuesto-. Por eso, he acudido a las fuentes originales:

  Y, ellas, me han llevado a descubrir ¡qué están «de moda«!, varias firmas ya los diseñan ( para vaciarlos y despojarlos de su sentido -como a todo-). Distintas texturas y colores -nos dicen las crónicas-, más o menos flecos, y hasta abalorios colgantes.

   ¿Entenderá el jefe Aznar y la prensa proisraelí española que sustenta al PP este «simpático» guiño de la osada Cospedal?

Probablemente, sí, el PP ha cambiado. Ahora y de repente, se ha convertido en el partido defensor de todas las causas justas y de todos los oprimidos. A ratos. Para los que no, Cospedal tendrá en Zaplana, por ejemplo, alguien que la asesore en indumentarias. Así se expresaba al respecto, el hoy millonario ex portavoz del gobierno en este vídeo visto en los comentarios de www.escolar.net

Doblar el cabo, un viaje a la madurez

Me pide Gabriel que hable en el blog de los ancianos, que le ayude en su loable empeño de mantenerlos activos e ilusionados. Y… yo tengo un problema con ese asunto. Cada día contemplo el paso del tiempo en los rostros, cuerpos –y en algún caso en las mentes- de personas que conozco, y no lo encajo. Ver al lúcido Antonio Mercero –y a tantos otros- convertidos en bebés, me produce una pena infinita. Qué decir del brillantísimo -y tan injustamente tratado- Adolfo Suárez.  Y de tener que despedir para siempre  a personas que quieres, o aprecias, o valoras. No entiendo la injusta cinta sin fin que nos va arrojando al abismo para hacer sitio, y mucho menos el deterioro como guinda al pastel. Posee un cierto equilibrio sádico: la cinta no se para, a todos toca antes o después, aunque durante gran parte de la vida parezca algo muy lejano. Para eso, como consuelo, inventó la mente humana la fantasía de otra vida sobrenatural. Doblar el cabo, un viaje a la madurez. Era el título de uno de mis primeros libros que la desquiciada editorial dejó… en otra cosa. Me preocupaba ya el tema. A las mujeres nos obligan a envejecer desde los 35 años.

Aunque las mujeres, como digo, nos vemos más afectadas en la consideración social al envejecer, todos los seres humanos parecen ser víctimas de un virus maligno cuando llega el mediodía de la vida, la hora de doblar el cabo, entre los 40 y los 50. Nos ha tocado la peor época posible para ser maduros: vivimos en el reinado de la juventud y la belleza, aunque luego se fustigue a sus poseedores con toda suerte de trabas y carencias.

Tras el regalo que trajo el desarrollo de prolongar la juventud, o con más precisición, detener la vejez, en cuanto asoman arrugas y canas se nos arrincona en el gueto de los fósiles. Los psicólogos decían que a esa edad es cuando suelen abandonarse los sueños. Soportamos un tiempo, sin embargo, en el que nadie parece tenerlos. Puede que sean más vibrantes todavía en aquellos hijos del rock and roll y la represión, afanados en luchar y construir contra todas las dificultades.

Betty Friedan, en «Las fuentes de la edad», se hacía una pregunta interesante: “¿Por qué el ser humano es la única especie que tiene un período de vida tan largo, de 20 a 30 años, después de la etapa de la reproducción? ¿Es la vejez un accidente o un avance evolutivo? ¿Y por qué unas personas, después de los sesenta, continúan tan jacarandosas y otras andan decrépitas y asustadas?» La lotería de la salud (física y mental) escasea sus números de la suerte conforme avanzan los años, se tienen más enfermedades y achaques. Pero parece cierto que los intelectuales suelen mantener su capacidad de raciocinio hasta edades muy prolongadas. No siempre, no es regla fija.

El escritor José Luis Sampedro es un anciano joven, lúcido y luchador. Acaba de cumplir 93 años y continúa haciendo alegatos contra todas las injusticias, sigue poniendo su fama y su prestigio en una serie de causas que regala a los que seguirán en la búsqueda de un mundo mejor.

Tengo algunos referentes más. La madre de mi amigo Juanjo, de 94 años. Compra, cocina, cose, corta patrones, y piensa y razona con enorme perspicacia. Y Miguel Cruz. Él no lo sabe, pero cada vez que voy a nadar le busco, porque verle me reconforta. Le entrevisté para un reportaje –premiado- sobre “Un cuerpo para toda la vida”. Así supe de él, no suele relacionarse con nadie. Deben ser 92 años los que tiene ahora. Cada día toma su autobús, va al gimnasio, hace pesas, va al agua siguiendo un medido ritual. Camina ligero y seguro. Es catedrático emérito de Historia del pensamiento islámico, y me cuenta que de vez en cuando aún le llaman para dar conferencias. O Enrique Meneses con un alma luchadora y el periodismo puro en la sangre que obvia las limitaciones de su salud. Mi querido José Antonio Rodríguez, más joven que éstos, rodeando el mundo y saboreando paraísos ignotos, como un chaval… sabio.

Son muchos, ahora que lo pienso. Cada vez más. En general, la llamada tercera edad ha sido rescatada del olvido y el arrinconamiento, exprime el jugo de los días e incluso se lanza a repescar el amor que la tradición les niega. Todos ellos viven como quieren vivir, saboreando la vida hasta el último día. Aunque no dejo de pensar, como tantos otros, que “envejecer es una putada” a la que hay que echar filosofía. Es mejor estar que no estar. Casi a eso se reduce.

“¿Qué queda? Más música, más libros, más ideas, más afectos”, me respondió un día George Moustaki. O Manuel Vicent, en el mismo reportaje que Cruz: “Para mi ser joven es simplemente tener una salud aceptable, según la edad, y sobre todo tener proyectos, proyectos que no sean darle migas al canario en un parque, ni jugar a la petanca, proyectos aportativos, que te levantes con una idea de que estas aportando algo positivo a la sociedad”.

Desde hace algún tiempo prefiero el otoño sobre todas las estaciones, y agradezco cuando –como ahora- nos lo regala la primavera. Lluvia apaciguadora, frescor en la cara, la experiencia del tiempo transcurrido, la -siempre incierta- promesa del futuro. Apuntalando las alas si es preciso, porque, con ellas quebradas, no se puede volar. La sabiduría como savia para engrasarlas. Pero… todavía no lo asumo.

SATURNO

Es adusto y es taciturno

Dueño del tiempo, tiempo cruel

Nombre hermoso el de Saturno

Pero es un dios, cuidado con él.

Y si el tiempo al seguir su rumbo

De vez en cuando al descansar

Se entretiene matando rosas

Es por matar tiempo sin más.

Y hoy a ti te tocó mi amada

Pagar el pato de su crueldad

El tiempo no perdona nada

Y en tu pelo una cana más.

Los poetas todos cantaron

Las flores del tiempo otoñal

Cuando te miro, yo proclamo

Flor de mi dicha, que es verdad.

Ven otra vez, mi amor, mi vida,

Ven, vamos juntos al jardín,

A deshojar la margarita

Del veranillo de San Martín.

Si tú eres la preferida

Que pase el tiempo que más da,

Deja a Saturno vivir su vida

La nuestra en nuestro amor está

Y las mocosas de hoy en día

Por mi pueden irse a pasear.

Quién mejor la cantó fue su autor: George Brassens (no permiten insertar el vídeo directamente).

Víctimas de la «consumopatía»

¿La civilización actual?

¿La civilización actual?

Una noticia de 20 minutos ha confirmado –entre líneas- lo que sospechaba: Madrid es la comunidad con más centros comerciales por habitante: 97. Habla, por supuesto, de grandes megacentros que acogen a grandes estructuras que, a su vez, diseminan sucursales por toda la ciudad. Son como el hiper de los centros comerciales. Yo voy cuando necesito anestesiarme. Es mano de santo. Música alta para que no se oíga, que compite en ordinariez. E infinitas ofertas que uno termina por no ver. Pero ya no hay cabida para ningún pensamiento elaborado. Es un descanso. Degradante, como el sistema que nos envuelve.

Lo escribí cuando las calles se fueron quedando sin cines, para llevarlos, por supuesto a estos templos del consumo. Hasta los años 80 no conocimos su existencia. Los primeros fueron hipermercados de alimentación. La cosecha desde entonces ha sido fecunda, desbordante. Cada carretera de salida dispone de su conglomerado de centros. Siempre los mismos, aunque ostenten nombres diferentes: Las Rozas Village, Madrid Xanadú, Plenilunio, Espacio Torrelodones, La Gavia, Rivas Futura… y dentro, siempre, Carrefour, Alcampo, Mercadona, Caprabo, Eroski, Media Mark, todos juntos o en cuotas. Una vez dentro, uno no distingue si se encuentra en Vallecas o en San Sebastián de los Reyes, en Valencia, o en Cádiz. En los cascos urbanos sucede lo mismo. Cada cuatro pasos un Zara, un H&M, un C&A. Cada cuatro pasos. Se derrumba un cine, y aparece una tienda. Se tumba un teatro y emerge otra tienda más. O un banco, por supuesto.

En las ciudades europeas, encontramos el mismo paisaje: todas se han uniformizado. Y no sólo las capitales de país. En Malmo (Suecia) en Colonia (Alemania), Zara, H&M, C&A. Preguntas en cualquier parte adonde viajes, en España y fuera de ella, por el centro histórico. Y la nube de cadenas comerciales, ropa, bisutería, zapatos, bolsos, te envuelve. Todas son iguales. El comercio local, que aportaba alguna diferencia (estética y hasta de oferta), ha desaparecido prácticamente. Apenas he visto algo en Santander, Salamanca o Girona. Por el momento, pronto llegarán los carteles de “liquidación total por cierre del negocio”. ¿Se cierran los grandes centros comerciales? Apenas, desgraciadamente.

 La necesidad creada del consumo, del hiperconsumo, es el eje en el que se asienta el sistema. Nadie me ha explicado aún –y creo que es pregunta fundamental- ¿cómo seguiremos comprando con sueldos y pensiones mermadas, en paro? Probablemente endeudándonos más. Vendiendo hasta un riñón, una córnea, para seguir con la “consumopatía”.

El consumismo nació como vocablo en el siglo XX –una de sus grandes aportaciones- como consecuencia del capitalismo y el nacimiento de la publicidad. Se liga a la acumulación de bienes o servicios considerados innecesarios. Etimológicamente, la palabra consumismo proviene del latín «consumĕre» que significa gastar o destruir. Los griegos al parecer no supieron de ella.

Una gran paradoja que me viene sorprendiendo: los grandes autores de ciencia ficción anticipatoria no osaron imaginar una sociedad de individuos entregado al consumismo voraz, encandilados con su botín, pero arriesgando su propio dinero y su estabilidad. Más dependientes y vulnerables, por ello, que los epsilones de Huxley con todas sus necesidades materiales cubiertas. ¿Quién induce tal ceguera? Otra neolengua, como la que ideó Orwell, logra ya anular el pensamiento crítico, el gozo de pensar y decidir. Y, paradójicamente, en aras de una libertad quimérica.

De la mañana a la noche, día tras día, el gran motor y colaborador del sistema, la publicidad, nos bombardea. Todos enormemente contentos -y en tono más elevado que el resto de la programación- nos crean necesidades que no tenemos. Esa sucesión chirriante es nociva para la salud.  Especialmente -pero no sólo- la mental.  Calculada, premeditada. Es el instrumento para vender, y -para que penetre mejor- se diluyen los mensajes que nos harían pensar. La telebasura, la información trivial (a mí me produce náuseas y más cuando presumen de ella), como soporte para el mensaje publicitario literal (o encubierto), para la expansión infinita del sistema. La publicidad es spam y sus mensajes no son fiables, no están contrastados, no aportan pruebas de la eficacia del producto. En muchos casos, mienten.

Entre el ascetismo y esta locura ¿no hay un punto medio?