Doblar el cabo, un viaje a la madurez

Me pide Gabriel que hable en el blog de los ancianos, que le ayude en su loable empeño de mantenerlos activos e ilusionados. Y… yo tengo un problema con ese asunto. Cada día contemplo el paso del tiempo en los rostros, cuerpos –y en algún caso en las mentes- de personas que conozco, y no lo encajo. Ver al lúcido Antonio Mercero –y a tantos otros- convertidos en bebés, me produce una pena infinita. Qué decir del brillantísimo -y tan injustamente tratado- Adolfo Suárez.  Y de tener que despedir para siempre  a personas que quieres, o aprecias, o valoras. No entiendo la injusta cinta sin fin que nos va arrojando al abismo para hacer sitio, y mucho menos el deterioro como guinda al pastel. Posee un cierto equilibrio sádico: la cinta no se para, a todos toca antes o después, aunque durante gran parte de la vida parezca algo muy lejano. Para eso, como consuelo, inventó la mente humana la fantasía de otra vida sobrenatural. Doblar el cabo, un viaje a la madurez. Era el título de uno de mis primeros libros que la desquiciada editorial dejó… en otra cosa. Me preocupaba ya el tema. A las mujeres nos obligan a envejecer desde los 35 años.

Aunque las mujeres, como digo, nos vemos más afectadas en la consideración social al envejecer, todos los seres humanos parecen ser víctimas de un virus maligno cuando llega el mediodía de la vida, la hora de doblar el cabo, entre los 40 y los 50. Nos ha tocado la peor época posible para ser maduros: vivimos en el reinado de la juventud y la belleza, aunque luego se fustigue a sus poseedores con toda suerte de trabas y carencias.

Tras el regalo que trajo el desarrollo de prolongar la juventud, o con más precisición, detener la vejez, en cuanto asoman arrugas y canas se nos arrincona en el gueto de los fósiles. Los psicólogos decían que a esa edad es cuando suelen abandonarse los sueños. Soportamos un tiempo, sin embargo, en el que nadie parece tenerlos. Puede que sean más vibrantes todavía en aquellos hijos del rock and roll y la represión, afanados en luchar y construir contra todas las dificultades.

Betty Friedan, en “Las fuentes de la edad”, se hacía una pregunta interesante: “¿Por qué el ser humano es la única especie que tiene un período de vida tan largo, de 20 a 30 años, después de la etapa de la reproducción? ¿Es la vejez un accidente o un avance evolutivo? ¿Y por qué unas personas, después de los sesenta, continúan tan jacarandosas y otras andan decrépitas y asustadas?” La lotería de la salud (física y mental) escasea sus números de la suerte conforme avanzan los años, se tienen más enfermedades y achaques. Pero parece cierto que los intelectuales suelen mantener su capacidad de raciocinio hasta edades muy prolongadas. No siempre, no es regla fija.

El escritor José Luis Sampedro es un anciano joven, lúcido y luchador. Acaba de cumplir 93 años y continúa haciendo alegatos contra todas las injusticias, sigue poniendo su fama y su prestigio en una serie de causas que regala a los que seguirán en la búsqueda de un mundo mejor.

Tengo algunos referentes más. La madre de mi amigo Juanjo, de 94 años. Compra, cocina, cose, corta patrones, y piensa y razona con enorme perspicacia. Y Miguel Cruz. Él no lo sabe, pero cada vez que voy a nadar le busco, porque verle me reconforta. Le entrevisté para un reportaje –premiado- sobre “Un cuerpo para toda la vida”. Así supe de él, no suele relacionarse con nadie. Deben ser 92 años los que tiene ahora. Cada día toma su autobús, va al gimnasio, hace pesas, va al agua siguiendo un medido ritual. Camina ligero y seguro. Es catedrático emérito de Historia del pensamiento islámico, y me cuenta que de vez en cuando aún le llaman para dar conferencias. O Enrique Meneses con un alma luchadora y el periodismo puro en la sangre que obvia las limitaciones de su salud. Mi querido José Antonio Rodríguez, más joven que éstos, rodeando el mundo y saboreando paraísos ignotos, como un chaval… sabio.

Son muchos, ahora que lo pienso. Cada vez más. En general, la llamada tercera edad ha sido rescatada del olvido y el arrinconamiento, exprime el jugo de los días e incluso se lanza a repescar el amor que la tradición les niega. Todos ellos viven como quieren vivir, saboreando la vida hasta el último día. Aunque no dejo de pensar, como tantos otros, que “envejecer es una putada” a la que hay que echar filosofía. Es mejor estar que no estar. Casi a eso se reduce.

“¿Qué queda? Más música, más libros, más ideas, más afectos”, me respondió un día George Moustaki. O Manuel Vicent, en el mismo reportaje que Cruz: “Para mi ser joven es simplemente tener una salud aceptable, según la edad, y sobre todo tener proyectos, proyectos que no sean darle migas al canario en un parque, ni jugar a la petanca, proyectos aportativos, que te levantes con una idea de que estas aportando algo positivo a la sociedad”.

Desde hace algún tiempo prefiero el otoño sobre todas las estaciones, y agradezco cuando –como ahora- nos lo regala la primavera. Lluvia apaciguadora, frescor en la cara, la experiencia del tiempo transcurrido, la -siempre incierta- promesa del futuro. Apuntalando las alas si es preciso, porque, con ellas quebradas, no se puede volar. La sabiduría como savia para engrasarlas. Pero… todavía no lo asumo.

SATURNO

Es adusto y es taciturno

Dueño del tiempo, tiempo cruel

Nombre hermoso el de Saturno

Pero es un dios, cuidado con él.

Y si el tiempo al seguir su rumbo

De vez en cuando al descansar

Se entretiene matando rosas

Es por matar tiempo sin más.

Y hoy a ti te tocó mi amada

Pagar el pato de su crueldad

El tiempo no perdona nada

Y en tu pelo una cana más.

Los poetas todos cantaron

Las flores del tiempo otoñal

Cuando te miro, yo proclamo

Flor de mi dicha, que es verdad.

Ven otra vez, mi amor, mi vida,

Ven, vamos juntos al jardín,

A deshojar la margarita

Del veranillo de San Martín.

Si tú eres la preferida

Que pase el tiempo que más da,

Deja a Saturno vivir su vida

La nuestra en nuestro amor está

Y las mocosas de hoy en día

Por mi pueden irse a pasear.

Quién mejor la cantó fue su autor: George Brassens (no permiten insertar el vídeo directamente).

18 comentarios

  1. Gracias. A mí también me gusta el otoño y la balada de Serrat y la gente que vive cada día de su vida como si fuera el último.

  2. Y sin embargo vos seguís soñando, estimadísima. Y por mucho tiempo.

    A cambio, el mundo se ha hecho con una notable carga de jóvenes jubilados de la lucha, a costa de que el sistema les convenció de que lo suyo es jugar con la Play y dejar de joder a los mayores.

  3. En esas estamos, amiga Rosa, embarcados en este navío que navega empujado por los años que vamos cumpliendo. Lo malo de ésto no es envejecer, cosa irremediable, sino no ser conscientes de ello. Es como vivir a dos velocidades: la del tiempo real, marcado por el reloj biológico, que llevan a la servidumbre del desgaste físico y el anonadamiento final, y la del tiempo mental; ese reloj absurdo que te dice que queda mucho por vivir, muchos mundos por descubrir y que dispones de tiempo, aún.
    Algunos, creo, vivimos instalados en ese limbo entre el cronómetro que camina a buen paso, y la pretensión de que el reloj corre para los demás y nosotros tenemos bula de perpetuidad.
    Sea como fuere, confiemos en disponer de vientos prósperos que nos ayuden a doblar el cabo. Y que este sea el de Buena Esperanza, no el de las Tormentas…

  4. Paula

     /  12 junio 2010

    Y ojala al doblar el cabo podamos sentir el sol de otoño sin que nada lo nuble. Cómo me he acordado de Ángel González al leer este post…

    Yo lo noto: cómo me voy volviendo
    menos cierto, confuso,
    disolviéndome en el aire
    cotidiano, burdo
    jirón de mí, deshilachado
    y roto por los puños
    Yo comprendo: he vivido
    un año más, y eso es muy duro.
    ¡Mover el corazón todos los días
    casi cien veces por minuto!
    Para vivir un año es necesario
    morirse muchas veces mucho.

  5. Víctor

     /  13 junio 2010

    Ser anciano. Complicado en una sociedad regida por la rapidez, la instantaneidad, la continúa y superficial búsqueda de una belleza vacía. Los años, de por sí, no hacen a las personas sabias, mejores. Pero cualquiera que tenga curiosidad, capacidad de vivir y reflexionar sobre la experiencia, a medida que avanza los años acumula un bagaje personal fantástico. Con todas las alegrías y frustraciones que tiene la vida. Pensar sobre la ancianidad, sobre la decadencia física, sobre la alegría vital y los terrores que conlleva, es pensar sobre vida misma. Sobre nuestro profundo ser contradictorio siempre marcado con un tiempo limitado. Un tiempo, que a partir de doblar un cabo indeterminado pero muy concreto, se sabe que tiene un final.

  6. Hay otra canción de Serrat que no puedo escuchar sin emocionarme: mi madre crió canas, pespunteando pijamas; mi padre se hizo viejo, sin mirarse al espejo… Es mejor verse e irse reconociendo en los pequeños cambios del día a día, aunque desconcierte y duela. Para quienes no creemos en más trascendencia que la de este instante justo, el final siempre está escrito, lo que está por hacer es el camino. Verso a verso, paso a paso. Con más canas y arrugas, tan bellas cuando la persona que las luce lo es, y con la dignidad intacta. Lo último, supongo, es lo que más nos preocupa a casi todos. Lo que no está en nuestra mano.
    Salud, Rosa

  7. Es bonito,pero sólo a veces.La ancianidad vivida en soledad ,sin que nadie te haga caso ni escuche tus preciosas batallitas es un horror.Las actuales familias post-nucleares no están llevando a sus abuelitos al asilo ,que también,ahora se les llama residencias asistidas,si no directamente al olvido.El número de ancianos ,en Europa,mejor diluir el problema para evitar que nos enfrentemos solos a la realidad,no para de crecer.Y no es que no se mueran, ni a tiros, que decía mi vecino.Los pobrecitos se mueren cuando les toca.Pero muchos de ellos en una soledad preocupante,el número de los que aparecen en su piso sólos tras días semanas o algún año sin que nadie reparara en que nos habían dejado ,no para de crecer.
    Claro que aún quedan los que viven rodeados de familiares y amigos,los más afortunados,pero con un grave problema para sus cuidadores cuando las familias no tienen recursos suficientes y siempre le toca al mismo hacer de cuidador.La problemática es tal que se aprobaron normas (Ley de Dependencia etc) para intentar paliar y comprometer a la sociedad políticamente organizada en el asunto,pero la crisis y sus “daños colaterales”,van a ralentizar el proceso de ayudas.
    Los ejemplos de ancianidad “brillante”, esto es que todavía funciona de forma admirable a los ojos de la sociedad,siempre son ejemplo para toda la tropa que vamos,eso espero,detrás…pero no hay que olvidar que detrás de todo ello: ancianos que se matriculan en la Universidad,que continúan con sus trabajos o asesorando a los jóvenes etc hay muchos que ya no se acuerdan ni de como se llaman ni quien es ese nieto que no ha ido a visitarles,o de cómo se llama la señora que les ha lavado…

  8. Joan

     /  13 junio 2010

    Como tantas veces te leo entre asombrado y emocionado…….cada palabra en su justo sitio, cada giro, cada frase, nada sobra, nada falta……y como tantas veces que algo me llega, me emociona, lo leo en voz alta a mi compañera…….y las palabras, tus palabras, flotan por el aire de esta casa y nos entran por debajo de la piel, en nuestro torrente sanguíneo y viajamos con ellas, nos emocionamos y compartimos…….

    ¿Es esta la señal, tu señal, de que doblaste el cabo? Bienvenida sea tu lucidez y tu experiencia.

    Cuantas veces he visto y constatado como la belleza de la juventud, ligada íntimamente al deseo sexual, al más mínimo traspiés es como una calabaza hueca, de regusto vacío y amargo, y decepciona tanto como promete. En cambio cuantas veces he quedado seducido por la belleza, paz y equilibrio que emanan del buen envejecer.

    Esta claro el envejecer no presupone ninguna sapiencia, es un arte, y como todo arte hay que trabajarlo y practicarlo. Claro esta, si los números de la lotería nos acompañan, sin estos, no hay arte que valga.

    Me ha venido a la cabeza una pareja de ancianos muy pequeñitos, siempre cogidos de la mano, que andan por mi barrio. Se apartan cuando uno llega con el coche, siempre con una sonrisa infinita, subyugante, siempre saludando…….

    También he pensado con una cita de Tolstoi (cito de memoria):

    Lo importante no es creer o no creer en el más allá, lo importante es darle un significado tal a nuestra vida, que la muerte no pueda arrebatárnoslo.

    No se Rosa, donde empieza o acaba esta cinta, ni para que, o cual es su significado. Y estoy como todos nosotros instalado entre un pasado que ya fue y un futuro, siempre incierto. Pero me gusta cuando me emociono, cuando siento, cuando comparto, cuando el yo se vuelve muchos, y somos todos los que estamos aquí y por un momento vislumbro un sentido y todo encaja, todo esta en su sitio…….

  9. rosa maría artal

     /  13 junio 2010

    Gracias a todos 🙂

  10. tayron

     /  13 junio 2010

    Lo mejor no es ser mayor, es no dejar de ser como niños.
    Gracias a ti por tus escritos, porque salen del corazón.

  11. Soto

     /  13 junio 2010

    Hola Rosa y amigos contertulios:
    En Agosto::( si llego alli) cumpliré 64 años.lo llevo todo ( de momento) bastante bien,estoy activo en mis actividades ocio-culturales y siempre tengo curiosidad por el saber,pero ultimamente cada vez(sin quererlo) parece que “cai de la burra” de que ya voy entrando en edad y yo no quiero aceptarlo y me fastidia pensar que “queda menos”.No cabe duda de que tendré que ir aceptando esa realidad pero sin dejar que la curiosidad “se apague y el de intentar seguir teniendo como motor vital ser util a los demás;´como dice un amigo mio ,”con curiosidad de saber hasta el ultimo suspiro.
    Lo que si me duele mucho es lo mal que lo pasa mucha gente a estas edades al no disponer de medios.Buen Post ,y , muy oportuno,RosaPor cierto ,emulemos a los Sampedro ,Meneses y muchos más ,cuanto más sabio mejor se acepta la realidad.

    Apertas agarimosas

  12. Muy buen artículo, Rosa.

    Yo, como el tango, hace tiempo que he doblado esa esquina metafórica en la que dejamos la juventud y pasamos a ser pre- algo.

    Realmente, nunca me preocupé de mi edad, pero al cumplir los 35 me dio una llorera que pá qué -no sé todavía si consecuencia del chupito de whisky que no debería haber tomado o por un bajón-; pero a partir de ahí ni me acuerdo. Me gana Soto por los pelos: acabo de cumplir, en mayo, los 61 y mientras la mente funcione medianamente bien, no pienso en si soy joven o vieja.

    Sólo espero cumplir con dignidad una de esas frases que escribo de vez en cuando y en las que creo; por ejemplo ésta que está dedicada a Joan Baéz:

    “Admiro a las personas íntegras que saben defender, durante toda su vida, sus ideales”.

    Un abrazo
    Rita

    Nota: Si el traductor de Google no engaña, esta canción va bien con el tema y quién la canta se ajusta al saber envejecer con dignidad al que me refería.

  13. rosa maría artal

     /  14 junio 2010

    Preciosa la versión de Joan Baez, yo la puse un poco más arriba por Dylan, con la letra incluida. Forever, sí…

  14. Víctor

     /  14 junio 2010

    ¡¡¡Noooo!!!! La canción que pusiste no es Forever Young de Dylan. Es una versión más “pastelosa” de un grupo de los 80. Esta es la versión de Dylan de la maravillosa película The Last Waltz
    http://vids.myspace.com/index.cfm?fuseaction=vids.individual&videoid=3758159

  15. rosa maría artal

     /  14 junio 2010

    No sale. Por eso no lo puse. Hay ya muchas cosas resgringidas en internet. 😦

  16. Rosa, a la izquierda donde dice código incrustado: <font face="Arial etc, etc. En fin, ganas de complicar el código.

    Disculparme, ya que no sabía que el tema era el mismo. Mi inglés siempre pasa por Google. Cuando las canciones son interpretadas en un idioma distinto del gallego o el español, me fijo en la música o en sentimiento que pone el o la cantante.

    Un abrazo
    Rita

  17. toscoman

     /  18 junio 2010

    Magníficas valoraciones, como siempre, las que desarrolla en este artículo. Una pequeña pega. Es difícil hacerla, teniendo en cuenta la circunstancia en que se encuentra el personaje que criticaré, pero es de justicia decir que Suárez no es alguien “menos respetado” de lo que merece. Ni mucho menos.

    Leer algún libro como “La sombra de Franco en la transición” puede ayudar a entender que alguien del “movimiento” no puede luchar contra quienes formaban parte de él. Suárez ordenó pinchar teléfonos, controlar televisiones y lo que hiciese falta por defender a los suyos. Y los suyos eran él mismo y sus correligionarios, no la ciudadanía.

    Su persona me da pena, pero su pasado de sicario de la post-dictadura no. Creo que es bueno que se sepa.

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