Neoliberalismo para todos

Nos han convencido: el neoliberalismo es nuestro camino. Fracasado el comunismo, el mundo ha abrazado el sistema de libre mercado llevado hasta sus últimas consecuencias. O no tanto. Todavía se puede perfeccionar el modelo. De haber alcanzado la excelencia, no vivirían 4.000 millones de personas (dos tercios de la población) en situación de extrema pobreza, muriendo literalmente de hambre por los rincones del planeta. Ni pagarían los privilegiados ciudadanos occidentales –restringiendo su nivel de vida y sus derechos adquiridos– los daños económicos que no han provocado. Urgen, por tanto, soluciones nuevas e imaginativas que proponer a los políticos –nuestros representantes–, quienes, por afinidad ideológica u obligación, acatan e imponen los dictados neoliberales. Nos hemos enamorado todos de la libertad desbocada y queremos disfrutarla al máximo. Si la palabra justicia –imprescindible antaño en el concepto– puede provocar urticaria, atengámonos a las reglas empresariales. Y logremos libertad de hablar, crear, creer, vender, comprar, negociar… y hasta comer para todos.

    Existen posibilidades de beneficio hasta ahora inéditas. El ciudadano medio no ha caído en la cuenta de que, cada vez que presta atención a un anuncio o adquiere lo propuesto, está colaborando en un negocio. Ninguna ética empresarial aceptaría que en la cadena productiva quedara sin cobrar alguno de los integrantes del proceso. Por tanto, el consumidor debe hacer valer su papel activo en los rendimientos del proveedor y exigir remuneración por cada impacto publicitario, por cada acto de compra. Una cantidad siquiera testimonial, pero irrenunciable, que compensara el tiempo y recursos invertidos.

Del mismo modo, quienes nos vemos impelidos –sólo por vivir despiertos– a atender, en los medios informativos y por doquier, la propaganda de una ideología destinada (casi exclusivamente) a generar ganancias privadas, debemos obtener participación en las plusvalías. ¿Alguien negaría el pago al hombre anuncio que promociona un producto en la calle? ¡Cuanto menos a quienes, gratis hasta ahora, consolidamos el modelo que a otros aprovecha suculentamente! Oír, repetir, gastar energía en algún caso requiere devengos. Debemos preguntar: ¿cuánto pagas?

El Estado adelgaza en el nuevo orden mundial. Y en curiosa amalgama, se hace más fuerte para reclamar el cumplimiento de sus postulados y castigar la disidencia. Desde los países de la UE –controlados por Bruselas– a los Estados y los gobiernos autónomos. Los servicios públicos se alquilan a empresas privadas con ánimo –y recaudo– de lucro. ¡Cobremos por usarlos! De nuestra participación depende su cuenta de resultados. Decidir en un sentido u otro para cualquier acto de nuestra vida –desde beber un vaso de agua a tomar un avión, acudir a un hospital o estudiar en determinado colegio–, todo, nos convierte en valores económicos a postular en el mercado. Seamos emprendedores. Hay materias primas aún sin explotar: el aire. De broma recurrente, ha pasado a cotizar en bolsa, recién privatizado su tránsito para volar. Luego no es una entelequia que llegue a comercializarse como elemento esencial en la respiración. Urge su aprovechamiento social antes de que se anticipen: una cooperativa de ciudadanos gestionándolo lograría ganancias incalculables. Y apenas quedan otros bienes de libre acceso. Aprendamos de los maestros. En realidad, debemos cobrar por cada músculo, por cada neurona que movamos generando ganancias a otros. Y explorar ignotos campos susceptibles de originar réditos.

¡Facturemos por nuestro voto! Si no podemos elegir directamente al FMI, mercados o agencias de calificación, sino a los ejecutores de sus órdenes a favor de negocios particulares, nos cabe exigir una cuota de beneficios.

Estas retribuciones enunciadas equilibrarían un tanto el acceso a la libertad de todos. Y todavía se puede –y se debe– ir más allá. Si la crisis se ha producido, como aseguran los neoliberales extremos, porque el mercado está aún “demasiado regulado”, ¡suprimamos todo control del Estado! Dejémoslo como mero gestor de mínimos servicios. El contable que anota y calla, el árbitro, el comisario de carrera. Ahora bien, nadie con un mínimo de ética admitiría que cada cual accediera al circuito por donde le pareciera. Es decir, que unos tomaran el itinerario desde la parrilla de salida, otros por la mitad y algunos a diez metros de la meta. De ahí, precisamente, nacen los desequilibrios actuales. Se impone, por tanto, hacer tábula rasa. El fin de lograr la libertad absoluta del mercado –y en consecuencia el progreso sublime– justifica algunos sacrificios iniciales. El proceso implicaría, por supuesto, contabilizar todo el dinero y propiedades existentes en el planeta –incluidos los alojados en paraísos fiscales– y repartirlo equitativamente entre los miembros de la población mundial para que cada uno lo utilizara como mejor creyera oportuno. Todos en el mismo punto de partida. Y desde ahí, la competencia en estado puro, y las habilidades personales para incrementar, mantener o perder los activos propios y dotarse de lo preciso para vivir en la forma elegida.

¿Un esperpento? ¿Cuánto más que la realidad que nos circunda? Como tantas otras grandes palabras, libertad ha resultado ser polisémica. Latiendo desde el comienzo de los tiempos, ha servido para crecer y ser mermado, avanzar y defenderse, oprimir y volar. Justicia, igualdad, responsabilidad, egoísmo bailan en su danza de sinónimos al albur de las épocas. Pero nunca como ahora se unió prioritariamente al concepto negocio: actividad para obtener lucro. Dinero… para pagar la libertad. ¿Cuál?

  Este artículo (del que soy autora) aparece con fecha 22 de Octubre de 201o en Público.

No con mi dinero

     

 La fotografía es fresca, de ahora mismo. Tras un mes con zanja, la cierran –hasta la próxima ocasión- y pintan en el paso de cebra en distinta dirección que el resto. Como veréis tampoco nadie se ha molestado en asfaltar las grietas ancestrales que pueblan la calle. Han alisado lo nuevo, pero lo han hecho, al revés, para elevar un monumento a la chapuza. Otra perspectiva.

 

 Pues bien, al entrar en casa, recibo una multa por aparcar sin distintivo en zona azul. No es cierto, siempre cojo el recibo y nunca me paso de tiempo. Libré hace unos meses batalla épica contra el Ayuntamiento de Madrid por lo mismo. En aquella ocasión –y dado que la multa figuraba en el parabrisas, no en el caso que hoy me apuntan- conservé el resguardo. El esperpento llegó al extremo de que el recurso me fue denegado pese a presentar ese recibo, y solo un buen funcionario –casi el único que trabajaba mientras el resto tomaba café- me solucionó el problema. La semana pasada tiré todos los papelillos azules y verdes que aún llevaba en el coche desde hace un par de meses. Lo justo: no tengo pruebas frente al atraco legal. Es su palabra contra la mía. He destruido las pruebas, como digo, de que no era culpable (pura democracia). La persona que ha traído la multa ha respondido a mis preguntas que lleva repartidas 60 multas esta mañana, y que sí es un fuerte incremento sobre lo habitual.

   Toca pagar el IBI y el abusivo y nuevo impuesto de las basuras ¿Hasta cuando voy a sufragar los despilfarros del Ayuntamiento de Madrid? Las sedes, los túneles, las construcciones fantasmas para Madrid 2016. O las de la Comunidad, con esa ciudad de la Justicia que languidece, como muchas otras cosas. Su infinita ineficacia. ¿Quéreis otra foto?

   Los votantes españoles quieren entregar al PP el mando de España. No tienen en cuenta, al parecer, lo que hacen en las corporaciones que gobiernan.

    Ah, «todos son iguales» me acaba de decir un vecino. Unos «menos iguales» que otros, pero, en efecto el problema es de enormes magnitudes. Estoy harta de que, en menudo y en grande, me roben a manos llenas. Harta de los cohechos, malversaciones y demás, que se llevan mi dinero. Harta del despilfarro y mala gestión. Cada vez que leo declaraciones de políticos –hace poco una consejera de Madrid en un sarao en Rimini- me digo ¡En Rímini! Y, probablemente, con mi dinero.

   Sin vacaciones este año –hay que pagar a quienes nos esquilman-, me acogen en Sevilla unos días. Estoy a punto de salir si consigo hacer la maleta. Actualizaré menos, quizás, ya veremos. Aquí os dejo el salón para que comentéis cuanto queráis y de lo que queráis.

PD.

Creo que layla no quiere que me vaya… o se apunta al viaje.

José Luis Sampedro, un premio al Humanismo

  Actualmente uno apenas puede entenderse más que con quienes emiten en la misma onda. Getafe Negro (ese magnífico ciclo sobre la novela negra) ha instituido un premio nuevo: El José Luis Sampedro de Humanismo. Ninguna definición le cuadra mejor, pocos pueden hacer honor a esa idea con tal precisión.  

  El escritor Lorenzo Silva lo propuso y en Getafe (Madrid) se ha creado eso que llaman un «microclima» para hablar y premiar nada menos que al Humanismo. Hoy, en este mundo del egoísmo y la codicia económica.  

Cualquier disciplina se puede ejercer pensando en el ser humano y atendiendo a su mejora y estímulo. Sampedro lo viene haciendo desde la literatura, la economía, el sillón F de la Academia de la Lengua, el pensamiento y, por encima de todo, como un hombre excepcional en numerosos aspectos.

    

   Como en casa. Olga Lucas, su mujer, sostiene y absorbe cada una de sus palabras. Se apoyan el uno en el otro en un proyecto colectivo, en el entendimiento y el amor. Todo eso se respiraba hoy en Getafe.  

 Cómodos, en sintonía, cuantos intervenían iban destacando lo que atesora Sampedro: su compromiso y su luz, su sabiduría y su espíritu crítico, su trabajo y su sacrificio, su honestidad.   

 Carlos Berzosa, el rector, fue alumno suyo. En los años 60 ya les hablaba de la pobreza y el hambre. Era muy provocador, ha dicho. Estimulante. Acudían a oírle alumnos de otras materias aunque no estudiaran economía. Sampedro mantenía que ésta es estructural:  sus elementos son interdependientes y no aislados, cualitativos, y es una ciencia humanista y social. Los modelos de hoy, dice Berzosa, son abstractos y alejados de la realidad. Casi en mayúsculas el rector ha agradecido que Sampedro les enseñó a pensar, a amar la libertad y luchar contra las dictaduras.  En la España franquista, de la que se autoexilió desde 1968 a 1976. 

 A eso ha vuelto a aplicarse hoy José Luis Sampedro. Emocionado por ver en la sala a tantos jóvenes (y no sólo jóvenes), ha llegado a pedirles por favor –y varias veces- que sean factores de cambio. Reivindicando como toda su vida el pensamiento libre, el que rechazan los absolutismos por todos los medios a su alcance. «Con pensamiento libre habría ciudanía y con ella no se producirían las crisis«, decía.    

Dolido esta Sampedro por la Europa que «ha perdido toda su grandeza», «ejemplo de lo que es ir hacia abajo» cuando antaño fue paradigma de los valores humanistas. «Hoy Europa es la de los intereses». «Por favor, luchemos contra eso». 

 ¿Tenemos tiempo para pensar? ¿Tenemos tiempo para vivirnos y que no nos vivan?

 El microclima, una onda humanista, estar allí porque se quería estar. Lo que más aprecio de José Luis, además de su enorme talento, es una suerte de ingenuidad, de limpieza, que me inspira una enorme ternura. Creo que nos ocurre a muchos. Huyen los grandes premios para el escritor crítico y comprometido, aunque tenga 93 años… peleones e irreductibles. Por eso, desde rincones y alturas salimos a decirle, simplemente, que le queremos y que es un privilegio tenerle entre nosotros.

La burbuja del entretenimiento

  
 El acertado título es de Federico Mayor Zaragoza que sigue como puntal de las ideas. Muchos, cada vez más, compartimos esa inquietud: se está inflando –hace tiempo ya- una burbuja para embelesarnos y adocenarnos, que, en definitiva, sólo busca aplastarnos. Como pompa de grandes dimensiones, de muy inestable soporte, nos estallará en la cara, exactamente igual que han hecho sus precedentes (la inmobiliaria, la financiera y las demás).

   Zapeé ayer por los informativos. Antena 3 y Telecinco nos ofrecían como titulares una ristra de sucesos sobredimensionados. Mucho crítico los telediarios de mi antigua casa, RTVE, pero hay una sensible diferencia. Tampoco informan a fondo, pero ofrecen interesantes destellos, y bastante  más decencia. Veremos lo que dura la televisión pública en este mundo privatizado.

  Twitter impelía anoche a mirar aquella cosa de Gran Hermano. Trending Topic del día, es decir, lo más comentado. Lo más. 12 temporadas lleva ya. Y, sí,  aún existe. Con Mercedes Milá vestida de capullo en flor y en patética caricatura deforme de la periodista que un día fue. Y con despojos humanos prestos a seguir la trama guionizada.

  Brilla el entretenimiento en los periódicos también. Estamos muy malitos y precisamos sopa caliente con mucho jerez –más jerez que caldo- para olvidarnos. Todos necesitamos diversión -no se nos malinterprete- y casi nada como la risa para desentumecer alma y cuerpo, pero ¿tanto entretenimiento? ¿sólo entretenimiento?

   Los 33 mineros chilenos fueron tocados con el halo de la suerte mediática. Para el inhóspito desierto viajaron las cámaras y los micrófonos. Y se salvaron. Aunque nada haya cambiado allí, como bien nos contó TVE.  Vicente Romero, una de mis almas afines en periodismo, lo cuenta muy bien en este artículo imprescindible. Y en este meollo:

   “Porque, para garantizar el éxito mundial, los distribuidores de esta superproducción de infoespectáculo se han esforzado –siguiendo los usos de Hollywood– en depurar sus elementos políticamente más inquietantes. Desde el principio tuvieron claro que la tragedia sería más universal, conmovería a un público consumidor más amplio, si se silenciaban o eliminaban algunos datos polémicos. Tres de ellos resultan fundamentales para una valoración correcta de la situación vivida por los mineros chilenos. Pero la regla básica del «infortainment» establece que los espectadores no tienen que entender sino limitarse a sentir. Y sus sentimientos deben de ser elementales, sin turbiedades políticas”. 

 Mayor Zaragoza, como intelectual completo –y no periodista-, profundiza en otro sentido:

 “Estamos distraídos con el ciberespacio, con la telefonía móvil, con la TV, con las “play station”, con los omnipresentes espectáculos deportivos. El fútbol a todas horas: liga, copa, supercopa, champions, Europa, mundial…! La industria del “entretenimiento» adquiere colosales proporciones y puede ser la próxima “burbuja”… Llega a ser casi una adicción… ¿Y cuándo se piensa?, ¿cuándo se imagina?, ¿cuándo se inventa?

Distraídos, olvidando lo que debería recordarse a cada paso. Deber de memoria. Deber de voz: la voz debida. Para cambiar las actuales tendencias hay que empezar por cambiarnos a nosotros, a nuestro entorno.Para movilizar a los ciudadanos, para dejar de ser súbditos, sumisos, silenciosos, obedientes, es necesario inventar otro mañana…» 

En la manifestación contra la pobreza, el público vibró y aplaudió cuando pedimos suprimir los paraísos fiscales. Cuando se mentó la especulación. Cuando se convocó a rebelarse contra la pobreza. Y clamó al ver que gran parte de los problemas actuales se paliarían si unos pocos robaran menos.

  Como dice Eduardo Galeano: «Estoy comprometido con la pasión humana y con la certeza de que somos mucho más que lo que nos han dicho que somos«.

   Un proverbio de la olvidada África se convirtió en lema y esperanza para mí desde que lo leí hace años:

  »Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo pequeñas cosas, puede cambiar el mundo«.

El chiste actualizado

 

   Visto en JRMora

Francia y los castizos

Mi paisano Goya lo pintó así. Tristes guerras si no es el amor la empresa.

Hablamos en casa de que los españoles –el grueso de ellos- sólo se movilizarían «a causa» de los franceses. No siguiendo su ejemplar protesta contra el ataque a los derechos ciudadanos que perpetran los gobiernos como brazo ejecutor de los mercados, sino para combatir cualquier cosa que hagan nuestros vecinos del norte: contra ellos.

  Hubo un momento crucial en nuestra historia. La revolución francesa venía derrotada por los Bonaparte, pero la ciudadanía gala aún respiraba progreso y un cierto glamour. Los «afrancesados» españoles eran los «antisistema» de la época, los que huían de lo rancio y de la caspa. Y a todos combatimos, sí, señor. Para traer a un deseado Fernando VII, Borbón, que restauró el absolutismo en rechazo constante a la Constitución de Cádiz o a todo lo que oliera a democracia. Hicimos un negocio estupendo. Porque los franceses echaron también a los Bonaparte y, mal que bien, se apañaron una historia en condiciones.

   Triunfaron los castizos. Estamos muy orgullosos de la gesta. Incluso el 2 de Mayo se celebra la fiesta de Madrid, como no podía ser de otra manera.

   Pues bien, hoy –y desde hace días- Francia hierve en rechazo a las medidas de Sarkozy. El muy osado, sube la edad de jubilación de los franceses de los 60 a los 62 años. Sobre los pirineos el país se paraliza. Y los jóvenes estudiantes son los primeros en salir a la calle porque «no quieren vivir peor que sus padres«. ¡Viva la difference! Aún volverán los franceses a sacarnos las castañas del fuego a todos.

Los muros

  He ido a buscar a Abelardo, el protagonista de un relato que escribí a los 25 años, el primero estructurado. Andaba el hombre agobiado por un muro que le habían construido frente a su ventana y que le impedía ver el mar. No recordaba yo con precisión, el desasosiego de Abelardo al recorrer varias veces la isla en la que vivía y toparse continuamente con agua salada para concluir en que también los sueños se erigen en barreras, aunque sean líquidas. Pocas tan disuasorias como las grandes masas de agua de un océano. Las vallas no son necesariamente de piedra.

   Lo escribí en Las Palmas de Gran Canaria. Y puede que nadara hasta la península y me adentrara por sus ríos como un salmón que, en su tenaz perseverancia, lo mismo pelea por mar que por agua dulce. Esta España de empresarios que nos mandan trabajar más –si podemos, que no todos podemos- a cambio de cobrar menos, mientras los ejecutivos ven crecer sus emolumentos, y las grandes fortunas ya no saben dónde meter las ganancias de más que atesoran, también se levanta como un muro. La de tantos desatinos casi imposibles de digerir. Pero más allá, «los mercados» que nos constriñen,  premian a sus hacedores con más y más millones, mientras los demás estamos viendo ya alterada nuestra forma de vivir por la reducción de ingresos y el aumento de los precios. Así que nueva tapia ante los ojos.

   En el infierno de Sartre, o en el infierno de los vivos de Calvino, las paredes las levantan los otros, seres humanos de carne y hueso. Uno nunca sabe en qué punto del camino decidió regar aquel ladrillo para que creciera, pero ahí se ha plantado, sólido e inamovible, imposible de traspasar.

  Después de tantos años se aprende –creo, ni sé si estoy segura- que el hormigón no se derriba a cabezazos. El tabique ni se entera y el incauto que lo intenta acaba con chichones en el mejor de los casos. Y el destino final del salmón en su esforzado nado contracorriente es un plato para ser servido ahumado, marinado, al horno o a la plancha. El David de Goliat es un cuento para niños. El invento puede funcionar con presión constante y proporcionada a la contención a derribar. Ese río que carcome hasta demoler el objetivo o abrir una brecha por la que avanzará todo un caudal soberano.  Pero hay que valorar si merece la pena el esfuerzo.

  De materiales sólidos, líquidos u orgánicos, el más empecinado constructor de muros es el laberinto y hay vidas que se obstinan en hacer de tan cautivador y engañoso lugar su casa. El truco consiste en cambiar de itinerario cuando se encuentra el impedimento. Parece que no, pero hay salida también. Una. Incluso dos: regresar al inicio. Lo más torpe es la lucha desproporcionada condenada al fracaso.

   Horadar, cambiar de rumbo… o salir volando. Hasta en una cárcel vi hacerlo a una paloma.

Pasen señores, pasen

 La estrategia se supera a sí misma. Todos los medios dedican grandes espacios a los 33 mineros rescatados en Chile. Trabajaban en condiciones infrahumanas y a nadie le importó, lo fundamental es su hazaña épica: el espectáculo. Si así lo desean, rentabilizarán su inversión –la explotación, el enterramiento y la subida a superficie- durante un buen trecho de su vida. Hasta que pasen de moda, nada más. Primero irán de gira mundial, cargados con IPADs regalados y anunciando marcas en sus ropas y accesorios. Invitados de honor en partidos de fútbol, hasta en los del Real Madrid, un crucero por las islas griegas, lo que pidan. Entrevistas a 32.000 euros. El minero del triángulo, enfermero además, invitado estelar, primadocon pluses, en las televisiones más sucias. Libros. Una película para el que ya se piensa en nuestro querido Javier Bardem. Y, quizás, Piñeira, el presidente chileno, de representante, apareciendo, con motivo, en todas las fotos.

   El tiro ha salido esbafado (palabra aragonesa a deducir en el contexto), porque la noticia más vista hoy ya no es el rescate de los chilenos, sino la muerte de Antonio Puerta, el agresor de Jesús Neira. La mujer que le alojaba circunstancialmente, se une a la nómina de la carnaza itinerante para los medios, y ya ha contratado un representante, según informa El Mundo.

   Los soportes humanos de micrófono, boli o IPAD corren de un lado para otro, en un sin vivir. Casi salen heridos en el tumulto esta mañana porque ha ido al Juzgado la tonadillera Isabel Pantoja. Le han comunicado la apertura de juicio oral contra ella por blanqueo de dinero. Noticia… de negros vuelos.

  Pasen, señores pasen. Y ahora a las ruedas de prensa sin preguntas. Y a dar cancha –más- a nuestro local «Tintorro Party» –en precisa definición de Iñaki Gabilondo-. O -menos- a ese efectivo gobierno, independiente de los mercados, combativo y ágil.

   Las estrellas del periodismo deportivo enseñando las tetillas en una promoción de los servicios médicos del Real a Madrid –a unos 1.000 euros, oiga, nos cuentan, se siente Vd. como Ronaldo… o Jesús Álvarez y otros-. Y los estantes de las librerias se pueblan – y en algunas ampliamente destacados- de engendros como éste que simplemente enlazo para no estomagar demasiado. El Tintorro Party en su apogeo.

    Los telediarios como comida de menú (de los de 7 euros) del youtube. Sin más. O sí. Con «ventes» y «trentas«, «laes» y lo que se tercie.  Sin otra alternativa que comer lo que nos ofrecen, o buscar en un más amplio menú. Menos mal que tenemos donde informarnos. Algunos. La mayoría engulle, no digiere, y defeca sumisión.

   Se pregunta hoy este artículo si cantantes consagrados, haciendo versiones del pasado,  están rindiendo un homenaje o falta creatividad. ¿Vd que cree?

 Os iba a mostrar, como ejemplo, a Ramoncín versionando a Nirvana. Pero no, es demasiado. Algo bueno de verdad. Esta canción fue compuesta en 1939 y la cantaron los mejores. Volvamos a las raíces, a las fuentes originales, y desechemos las malas copias. En todos los ámbitos, por supuesto. Nostalgias de cordura y pasiones reales.

El infierno de los vivos

El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.

(Las ciudades invisibles. Italo Calvino)

«¡Que vienen, que vienen!»

“¡Que vienen, que vienen!” era el grito en las manifestaciones del tardío franquismo –el que yo conocí-, y la Transición –también en la mitificada Transición-. El aviso para evitar persecucciones y palos. Cuando, por ejemplo, un militar íntegro y vicepresidente del gobierno con Adolfo Suárez era insultado y agredido por la ultraderecha. Se trataba del General Gutiérrez Mellado. No vienen, están aquí y nunca se fueron. Ahora han vuelto a envalentonarse ¿Sabemos por qué?

  Las crónicas del desfile en la Fiesta Nacional del 12 de octubre, hablan de que nunca se había visto un clima de tanta tensión. De banderas preconstitucionales. De niños de 15 años, vestidos con polos de marca, ideando como insultaban mejor al presidente del gobierno de su país. Estos festejos patrióticos nos dicen muy poco a muchos de nosotros, quizás por que a ellos acuden como mosca a la miel tanto impune fascista.

   Hay muchas formas de criticar a Zapatero y seguramente lo merece. Pero qué curiosa casualidad, que año tras año e in crescendo, la tierra ruja cuando el presidente se encuentra en tan grata compañía: los amantes del desfile.

   El PP en pleno, por lo que se ve, entiende que esos gritos son “libertad de expresión”. Y van mucho más allá. Cospedal ha dicho que a «unos les reciben con aplausos y a otros con abucheos«. Sí, depende en el que campo en el que se juegue. Jamás la abuchearía a ella la ultraderecha, no le abuchean en sus mítines de adeptos, y, en cambio, soy la primera en censurar su aplastante desfachatez. Es la razón, su desfachatez continuada, de que la abuchee por escrito. No sé si queda en el PP alguien que juegue en campo contrario al de la ultraderecha. O en el demagogia más sucia. Si lo hay, debería decir algo.

   Vienen. Están aquí. Y algunos guardamos muy amargo recuerdo de cuando sentaron sus reales soberanos durante parte de nuestros años y 40 seguidos de nuestros padres y abuelos.

   Pero, claro. Se ha resucitado también el discurso racista y xenófobo contra la inmigración. Lo ha hecho el PP que espera sacar réditos de la demagogia de un pueblo mal informado, poco educado y sin un gramo de memoria, a lo que se aprecia.

   Lo hace Durán i Lleida el admirado y sensato demócrata… hasta que un día salió del armario. Ya dijo hace poco que había que llevar al médico a los homosexuales para corregir su desviación. Hoy reivindicaba para CiU la paternidad de la idea de hacer un censo de inmigrantes. La coalición electoral con una masa electoral que gana 100.000 euros al año, y no quiere más impuestos. El de esos votantes, como los del PP, que temen que unas personas, casi con el culo al aire de pobreza, venidas de fuera de esa tierra que –al parecer compraron en propiedad para ellos solos por ser paridos en ella, en mala hora- les quiten algunas prebendas. 

   Nada, nosotros a seguir, fascinados, viendo salir mineros del pozo por la gracia de Dios y de la tecnología. Los dichosos mercados nos aprietan el cuello mientras tanto. Y si mucho ha cedido Zapatero, el PP y sus socios catalanes –de charlas en la intimidad- les pondrán alfombra roja.