José Luis Sampedro, un premio al Humanismo

  Actualmente uno apenas puede entenderse más que con quienes emiten en la misma onda. Getafe Negro (ese magnífico ciclo sobre la novela negra) ha instituido un premio nuevo: El José Luis Sampedro de Humanismo. Ninguna definición le cuadra mejor, pocos pueden hacer honor a esa idea con tal precisión.  

  El escritor Lorenzo Silva lo propuso y en Getafe (Madrid) se ha creado eso que llaman un “microclima” para hablar y premiar nada menos que al Humanismo. Hoy, en este mundo del egoísmo y la codicia económica.  

Cualquier disciplina se puede ejercer pensando en el ser humano y atendiendo a su mejora y estímulo. Sampedro lo viene haciendo desde la literatura, la economía, el sillón F de la Academia de la Lengua, el pensamiento y, por encima de todo, como un hombre excepcional en numerosos aspectos.

    

   Como en casa. Olga Lucas, su mujer, sostiene y absorbe cada una de sus palabras. Se apoyan el uno en el otro en un proyecto colectivo, en el entendimiento y el amor. Todo eso se respiraba hoy en Getafe.  

 Cómodos, en sintonía, cuantos intervenían iban destacando lo que atesora Sampedro: su compromiso y su luz, su sabiduría y su espíritu crítico, su trabajo y su sacrificio, su honestidad.   

 Carlos Berzosa, el rector, fue alumno suyo. En los años 60 ya les hablaba de la pobreza y el hambre. Era muy provocador, ha dicho. Estimulante. Acudían a oírle alumnos de otras materias aunque no estudiaran economía. Sampedro mantenía que ésta es estructural:  sus elementos son interdependientes y no aislados, cualitativos, y es una ciencia humanista y social. Los modelos de hoy, dice Berzosa, son abstractos y alejados de la realidad. Casi en mayúsculas el rector ha agradecido que Sampedro les enseñó a pensar, a amar la libertad y luchar contra las dictaduras.  En la España franquista, de la que se autoexilió desde 1968 a 1976. 

 A eso ha vuelto a aplicarse hoy José Luis Sampedro. Emocionado por ver en la sala a tantos jóvenes (y no sólo jóvenes), ha llegado a pedirles por favor –y varias veces- que sean factores de cambio. Reivindicando como toda su vida el pensamiento libre, el que rechazan los absolutismos por todos los medios a su alcance. “Con pensamiento libre habría ciudanía y con ella no se producirían las crisis“, decía.    

Dolido esta Sampedro por la Europa que “ha perdido toda su grandeza”, “ejemplo de lo que es ir hacia abajo” cuando antaño fue paradigma de los valores humanistas. “Hoy Europa es la de los intereses”. “Por favor, luchemos contra eso”. 

 ¿Tenemos tiempo para pensar? ¿Tenemos tiempo para vivirnos y que no nos vivan?

 El microclima, una onda humanista, estar allí porque se quería estar. Lo que más aprecio de José Luis, además de su enorme talento, es una suerte de ingenuidad, de limpieza, que me inspira una enorme ternura. Creo que nos ocurre a muchos. Huyen los grandes premios para el escritor crítico y comprometido, aunque tenga 93 años… peleones e irreductibles. Por eso, desde rincones y alturas salimos a decirle, simplemente, que le queremos y que es un privilegio tenerle entre nosotros.

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

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He vivido este fin de semana entrando y saliendo de la piel de “la chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”. Es fácil entenderla, parecen caer gotas de azahar apaciguador incluso con solo pronunciar la frase y visualizar la expedita autojusticia. Dicen los autores de ese género que hoy barre en ventas -la novela negra sueca- que no es inverosímil pasar a la acción. En el supremo hartazgo, en el cruce de cables, “Vd. puede ser un… incendiario”. Aún prefiero, como Serrat, “besar a reñir”, pero la ira es un sentimiento primario que reacciona a una agresión, no bebe uno vasos de ira en solitario para alimentarse. Y es más humano revolverse al atropello, a las garrapatas incrustadas en la piel viviendo de tu sangre, que ofrecer la otra mejilla; la utopía judeomasónica que justifica la tiranía.

La segunda película Millenium –que vi en su estreno el viernes- me resultó apresurada, fría, y carente de los apasionantes matices de la novela. Un enorme globo de helio, ajeno a la cuestión, me izó minutos antes de entrar al cine hasta una altitud suficiente como para no distinguir más cerillas ni querer buscarlas. Sería una insensatez, por otro lado, acercar fuego a un gas. Dejé sola a Lisbeth Salander con sus cuitas.

Pero ella, tenaz como pocas, como yo misma quizás, no estaba dispuesta a que la obviaran. El escritor Lorenzo Silva hablaba en la radio el sábado mientras yo cortaba unas judías verdes para la comida -puro azar escucharle-. Y otra vez invocó a la chica, a todas las chicas y chicos que buscan justicia por cualquier método, y a las pasiones humanas, y a la ficción creativa. Eso fue lo que escuché en percepción selectiva del Festival Getafe negro, que Silva había organizado. A dos pasos de la capital madrileña donde resido. Costaba poco acercarse. Cultura, ideas, amenidad, en unas mesas redondas que mostraban cómo hay que expandir la cultura, lejos de la rigidez y el tedio habituales.

Escritores suecos hablaron de los orígenes de la novela negra en uno de mis paraísos soñados: se remontan a los años 60. Nació para analizar la sociedad y ejercer una crítica moral, al tiempo que se entretenía al lector. Obedece a  unos cambios  en el modelo del bienestar sueco que ellos detestan aunque ni en su perfil más empobrecido España ha llegado a alcanzar. Se quejan porque, explicaron, ellos están educados en la crítica desde la escuela. Una poderosa organización ciudadana que acostumbra a denunciar las cosas que no son perfectas para que lleguen a serlo.

Me interesaba saber por qué  a la sociedad le conmueve más un crimen, infrecuente en nuestra vida cotidiana –uno no se topa con asesinatos y atracos con la asiduidad que muestran las novelas o las películas- que los crímenes del sistema, la corrupción, la injusticia, de consecuencias devastadoras para una gran parte de la población. Hasta llegar a causar la muerte de millones de seres humanos. Porque creemos que “no nos tocan de cerca”, dijeron los autores suecos. Un terremoto en China con miles de víctimas, sólo es importante en Suecia si entre ellas hay un sueco. Pero también porque los asesinatos de la novela negra hablan de sentimientos fuertes, el odio, la venganza, la envidia, pálpitos extremos que reconocemos y que apenas podemos sacar y apaciguar. El bidón de gasolina y la cerilla al alcance la página. Y, además, por que nos ofrecen la intriga. Apenas aporta novedades saber que mientras escribo o lees esto, han muerto de hambre unos cuantos miles de personas. Desgraciadamente es así.

Anders Rönquist -el encantador y accesible embajador de un país en el que todos se tutean y resalta como contraste más llamativo al conocernos el Vd. nuestro- señaló cómo incluso se puede lograr enriquecimiento económico produciendo cultura. Le ha ocurrido a Suecia con Stieg Larsson que esta fomentando hasta el turismo. Había apuntado esa fuente -que España parece desdeñar- Lorenzo Silva. Por ejemplo, en Suecia proliferan las escuelas de narrativa específicas de novela negra a las que acuden desde aficionados a escritores consagrados. El país nórdico ha encontrado un filón en su singular literatura de investigación criminal.

Estaban también los traductores de Milenium, Juan José Ortega y Martin Lexell. Este último me dio la clave al decir que el éxito de la trilogía reside especialmente en Lisbeth Salander, una muy especial “vengadora justiciera” con la que nos identificamos a pesar de sus métodos. “Es terapéutico, me quedé como una seda”, concluyó, creo que con frase coloquial y todo, el sueco. Quizás la novela negra atraiga sobre todo por la búsqueda y esclarecimiento de la verdad, de cualquiera propuesta. Y el resarcir la trampa.

La lectura matutina de los periódicos me hace imaginar cuántos están acumulando combustible por si llega el momento propicio de hacerlo estallar. Y sé que, en esta España nuestra de relajamiento ético, ciudadanos anónimos caminan con sus historias de atropellos impunes, no sabiendo cómo canalizar su cólera. Cuántos más deberían estar indignados para que algo cambiara. El bidón de gasolina, la cerilla, una tentación que se vuelve incruenta en las letras elaboradas, o en todos los globos de helio que ponen distancia con el suelo y sus miserias. Siquiera, guardando, por prudencia, -bajo llave si se prefiere- un mechero.

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