Han sido muchos años de ver mujeres acuchilladas, quemadas vivas o arrojadas por el balcón por quienes un día amaron. De asistir a sus entierros y ver las caras de sus familiares. Es un martilleante goteo que no cesa. El Informe Semanal de la televisión pública siempre les ha prestado atención. Antes de que llegara eso que eufemísticamente llamaron “pluralidad informativa”, o la carroña televisiva, podíamos entrar hasta en las cárceles a tratar seriamente el problema.
Hablé con un maltratador condenado tras probar el juicio que mantuvo atada a su mujer varias horas, le daba de beber agua del recipiente del perro y terminó por coger un objeto de hierro candente y quemarle la vagina.
El sujeto me dijo que “el perro era un animal limpio, tampoco es para ponerse así”, que “vio unos papeles, se les ocurrió encenderlos, y, sí, la quemó, fue un momento de ira, igual ahora no lo volvería a hacer”. ¿Qué delito había cometido ella? le pregunté. «Me había ofendido, había besado a otro«. No se le aplicó la pena máxima que establecía la ley, la víctima no quiso hablar “avergonzada”, según dijo su abogada, y, descubrí que en la ley social carcelaria un maltratador no sufre rechazo alguno de sus compañeros como sí sucede cuando han cometido otros delitos.
En todos esos puntos citados está la clave de porqué sigue produciéndose la violencia machista. El maltratador tipo –y no podéis imaginar cuán de cerca conozco su actuación, aunque jamás lo he sufrido en mi propia carne, ni tampoco mis familiares- es básicamente un cobarde que se aprovecha de su fuerza o de la impunidad y que por lo general se justifica a sí mismo. La víctima se culpabiliza en buena parte de los casos y además dice «es que le quiero mucho«. La justicia, aunque las nuevas leyes son mucho más duras, no deja de ser impartida por miembros de una sociedad machista, y la sociedad… pasa, mira para otro lado –salvo excepciones que incluso se pagan- como siempre que se siente impotente. Y se puede asistir al duro contraste de bajar en el ascensor con el estómago revuelto por la visión de un maltratador que te amenazó por intervenir –por supuesto en llamada anónima cuyo origen descubrió la policía y el juez- y llegar al portal y ver sonreír al portero y al presidente de la comunidad que engullen el problema sin más complicaciones. Y hasta es lógico: no se consigue solucionarlo.
Dediqué un amplio apartado al maltrato en mi libro “Ellas según Ellos” (2004), donde entrevisté a hombres muy conocidos y admirados. Por aquellos días nuestros obispos acababan de decir que la violencia de género era “fruto amargo de la revolución sexual”. Todos mis personajes lo condenaban. Ambas cosas, el maltrato y esa injerencia dañina de la iglesia. Pero, pasado el tiempo, veo que las mujeres admiradas que me citaron eran actrices, periodistas, y de la historia: Madame Curie fue recurrente, o la Madre Teresa de Calcuta. Tan solo el cirujano estético Enrique Monereo eligió a una escritora, y el astronauta Pedro Duque a Ada Augusta Byron, condesa de Lovelace, precursora de la programación informática por simple intuición (en la primera mitad del siglo XIX), dado que “desde niña, tenía una mente superdotada”.
Harían falta 255.000 policías para cubrir los tres turnos de vigilancia a las mujeres que han de moverse con protección policial, lo he escrito ya muchas veces. Solo acabaremos con esta lacra con un cambio de mentalidad y no van por ahí los tiros. Los logros de la mujer están en retroceso de nuevo. La educación diferenciada por sexos vuelve a abrirse paso, impulsada por el ultraconservadurismo político. Abdicado ya de tantos ideales, Zapatero convoca a 30 empresarios y todos son hombres. Aunque en realidad porque solo hombres mandan sobre el dinero en este pais. Esos jocosos escritores que nos llaman “feminazis” y todos los machistas que les siguen embelesados están haciendo un inmenso daño. Igual que las voces, pederastas incluso, que ampara Esperanza Aguirre en Telemadrid. Porque también hay muchas mujeres inmensamente machistas, las de la «mujer-mujer«, las (y los) del “algo habrá hecho”. Ella, por supuesto.
Un altísimo porcentaje de chicas jóvenes cree que los novios celosos que las llevan a raya es “porque las quieren”. Y la educación sexual y afectiva de los niños en los colegios sigue siendo presa de enormes tabúes.
Mi programa de Word no reconoce, marca en rojo de error, la palabra maltrador, tampoco, curiosamente, vagina. Y algo más. Os propongo un ejercicio: a ver qué porcentaje de hombres y qué porcentaje de mujeres hablan del maltrato o de cualquier problema femenino. Algún hombre sí lo hace, los que nunca defraudan. Y, más aún, de qué escriben las mujeres en los medios. En abrumadora mayoría las mujeres hemos de hablar “de cosas de mujeres” y apenas solo lo hacemos nosotras. Por cierto, este artículo tendrá menos visitas de las habituales en el blog. Esto no interesa, aburre. Así están las cosas. De momento.


Vicente Romero nos habla de la fiesta que este sábado se celebra en el poblado gitano de El Gallinero. Cita que allí viven 300 niños entre miseria y basuras, a solo 12 kms. de la Puerta del Sol. Hacen una fiesta de los pobres.











