¿Tibieza o compromiso?

Tengo un amigo que ha dedicado su vida, entre otras cosas, al trabajo en un medio informativo. Pero no siente el menor interés por el periodismo, ni siquiera aprecio, cree que incluso lo detesta porque encuentra prepotencia en muchos de sus representantes. Sigue la actualidad a diario, pero como alguien que no hubiera hecho de ella su profesión durante tantos años. Dice ahora  que «hay vida fuera de los blogs», cuando manifiesta su voluntaria ignorancia por casi todas las nuevas tecnologías y formas de comunicación.
Ha desempeñado variedad de facetas relacionadas con los medios informativos y ha ocupado cargos de responsabilidad. Pero desconoce formas y personas que laten en el mundo actual. Juega al squash y al golf, se manifiesta prácticamente siempre prudente en sus comentarios y atesora una gran cantidad de amigos. Es una persona muy valorada y apreciada. Entre otras, por algunos que han hecho del compromiso social una razón de vivir.
Mi amigo opina que «deprime leer los periódicos» y trata de minusvalorar -no sé si conscientemente- mi nueva ocurrencia del blog. Comparte conmigo la opinión sobre que el mundo marcha mal. Pero rebate que hay muchos luchando por convertirlo en algo mejor, desde la medicina, la abogacía o multitud de actividades y que, incluso, tiene amigos que se van con alguna ONG a Mozambique a ayudar a quien lo necesita.
No veo obstáculo en ser médico y comprometido, ser enfermera y comprometida -como otra de mis amigas- y alabo a quien posee el coraje de irse a echar una mano al hambre y la desesperación en condiciones muy incómodas. Muchas de esas necesidades perentorias se solucionarían cambiando el rumbo en el origen. Pero sin duda es más lento.
Mi amigo hace gala de la tibieza o, al menos, la valora tanto como la dedicación a tratar de cambiar la sociedad por medio de las palabras. Diría más: infravalora el periodismo, y, si lo miro, así lo ha confesado. Yo creo que su planteamiento vital es egoísta.
El poeta Manuel Celaya escribía hace muchos años, en tiempos difíciles -no se sin tan difíciles como estos-: «porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser, sin pecado, un adorno: estamos tocando el fondo». «Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse».
En el extremo opuesto está el genial personaje de la película «Mr. Chance» -que fue la única que otro tibio histórico, Peter Sellers, protagonizó con cierta pasión-. Alguien cuyo lenguaje desconcertante hablando sólo de jardinería, es interpretado como pensamientos profundos causando un gran impacto no sólo en su entorno, sino mediático al más alto nivel, e incluso un cambio social.
¿Son variados los caminos para llegar al mismo fin? Mi «filosofía» de andar por casa busca que la gente, las personas olvidadas y no, se involucren en el proyecto de cambiar la sociedad. Quienes tienen en sus manos nuestro destino lo están haciendo muy mal. Incluso que se eche al ruedo este tibio amigo, calido sin embargo en los afectos. Me gustaría abrir un debate sobre ello. ¿Tibieza o compromiso? Y también: ¿El periodismo es un gran fraude, el más injustamente valorado canto de sirena? Yo no lo creo. ¿Y tú?
Pero mira más abajo y hoy… no dejes de obamizarte.

Obamicémonos

omama Veinte de Enero. El gran día. Aunque es difícil decidir si porque se va Bush o porque llega Obama. ¿Demasiadas expectativas? Las suficientes para estar esperanzado. Creo que lo que más me gusta del mito es que es un proyecto colectivo. Ha llegado a lo más alto porque muchos creyeron en él y se arremangaron camisas, jerseys, batas, hasta chaquetas, para trabajar por su triunfo. La gente es quien podrá cambiar el mundo, si llega a convencerse de su fuerza. Por primera vez seguramente un político que utiliza los medios -internet, todas las tecnologías, el siglo XXI sin más- que usan sus conciudadanos. Uno de los nuestros. O al menos, lo parece.

 Entretengamos la espera con este juego. Pincha aquí.

¿Son coherentes los seguidores del R.Madrid?

El fútbol es un tema sobre el que todo el mundo tiene opinión. No requiere un gran esfuerzo intelectual por la simplicidad de sus contenidos y, para mí, ésa es la principal razón de su éxito. No hablaré de fútbol sin embargo pues con seguridad miles de personas me superan en información. Pero sí de cómo contempla una profana el espectáculo del Real Madrid.
Su presidente Ramón Calderón se ha visto obligado a dimitir, entre lágrimas, presionado por acusaciones de fraude electoral y no sé cuántas cosas más que él niega. Los aficionados toman partido, le insultan como nunca antes lo hicieron con otro presidente. Y eso que tuvieron a Lorenzo Sanz –recientemente detenido con cheques falsos por un presunto delito de estafa- o a Florentino Pérez y sus fructíferos negocios inmobiliarios relacionados con el club.
La presidencia del Real Madrid ha sido siempre un nido de millonarios, altamente conservadores, muy altamente conservadores, que han de llegar con mucha pasta bajo el brazo y que suelen salir con más. Los jugadores suelen formar otro club de nenes malcriados con sueldos que sonrojan. El Real Madrid es el club más rico del mundo, se forra con la venta de su marca. Quien esto escribe ha viso en otro club –el Valencia- a asalariados firmando camisetas en nombre de las estrellas del balompié. Porque ni en ese trabajo extra se molestan los admirados jugadores. Fue en una entrevista para otro tema cuando contemplé el fraude.
Al parecer, ha habido un complot para desalojar de la silla a Ramón Calderón. Familias mediáticas y tanto o más altamente conservadoras no querían a este señor y apostaban por otros candidatos. Se habla hasta de José María Aznar, el ex presidente español de nefasto recuerdo, de su antaño amigo y beneficiado con las becas de las privatizaciones, Juan Villalonga, Florentino Pérez –autor del hundimiento del Madrid y de su fortuna propia-, y hasta el piloto Carlos Saínz que acude a las manifestaciones del PP, e incluso a defender la piscina de Pedro J.Ramirez en Mallorca. Un edificante personal. Pero alguna tajada espera cuando hay tanta pugna.
Desde luego que la hay. Cuando me cruzo con las mareas humanas que van a ver los partidos, con las colas para sacar las entradas… cuando veo apasionarse con ahínco por todos los avatares –que son muchos del Real Madrid-, sólo pienso que sus seguidores con bastante imbéciles, dicho con todo respeto. Con sueldos mileuristas buena parte de ellos, alimentan un monstruo. Ayudan a mantener un emporio que podría resolver la crisis económica. Como tantas cosas en esta sociedad, había que dar la vuelta al calcetín y empezar de nuevo por la base. Pero, a buen seguro, ésta será una de las más reticentes a ello. Vamos, tarea imposible. Espero que los hinchas no se sientan, al menos, satisfechos de su obra. Porque es su obra, son colaboradores necesarios. Comprendo que es un entretenimiento, pero les sale -y nos sale- carísimo. Para algunos -más descerebrados aún-, habría que hablar de auténtica razón de sus vidas.

El día en el que me convertí en una paria

Fue el 30 de Septiembre de 2008. Ese día un «cruce informático» decidió que yo estaba trabajando como autónoma y que no me correspondía el subsidio de desempleo, derivado del ERE de RTVE. Mi mala cabeza con los números y los papeles, hizo que me enterara hace nada, el 13 de Enero, cuando ya la cuenta bancaria gritaba.
Pero la historia no iba a acabar ahí. Lo que parece un pequeño desajuste puede provocar un cataclismo. La mala nueva de ayer fue que, por esa razón -no cotizar al sistema- y haber transcurrido 90 días, estaba excluida de la Seguridad Social. Me lo contaron, tras dos horas de cola -nadie, ni el impreso de la ventanilla exigía fotocopias de los documentos, el Centro de Salud carecía de fotocopiadora, y tuve que dejar la fila, volver, y hacerla otra vez-. Había compartido charla con un jubilado que atribuía todos los males posibles a Zapatero, incluso la espera en una dependencia gestionada por la Comunidad de Madrid que preside Esperanza Aguirre.

Absolutamente presente en mi charla con la funcionaria, gritó para ayudarme: ¡Pero cómo no va tener derecho a médico esta señora si Vds atienden a todos esos que vienen a España! Hay excepciones, pocas, pero una de ellas es la «mía»: no ser asalariada ni estar en el paro. También había hablado con una chica que me antecedía, a quien contaron que su número de DNI lo tenía también otra persona. La mandaban a aclararlo a la policía. Ella razonó que hablaran con esa otra persona, no fuera a haber un error.

Experimenté qué es un ataque de nervios. Y, como decía aquel verso, «entonces comprendí porqué se llora, entonces comprendí porque se mata». El poeta aseguraba que era por amor, también puede suceder por IMPOTENCIA.

El martes os contaba que disponemos de 2.500.000 funcionarios en España, frente al millón que había antes de la descentralización del Estado. Loable empeño que, como tantas cosas en España, se ha hecho mal. Un artículo de El País cuenta con detalle como «Las 17 Españas no se entienden», especialmente en la Sanidad con feroces agravios comparativos. Pero esa historia es para otro día.
Un certificado de Hacienda asegurando que no trabajo ni para mí ni para nadie, y que por tanto me corresponde el subsidio de desempleo, viaja estos días porque su conducto reglamentario de entrega es el correo certificado. Con él habré de ir a la Tesorería de la Seguridad Social a recuperar mi derecho a asistencia sanitaria, al Centro de Salud a por la Tarjeta, y al INEM. El martes fueron 3 horas de espera, con otros desgraciados como yo que no tienen trabajo -y que seguramente tampoco disfrutan de la beca que al menos a nosotros en RTVE nos ha correpondido-. De pie. El número de parados ha aumentado, sin duda, pero el sistema adolece de graves fallos.
No se puede hundir la moral de un parado diciéndole que su tiempo no vale nada, cuando en activo sí lo valía. No se pueden tolerar errores que privan del subsidio -y en mi caso sin avisar como es reglamentario-, cuando todo el mundo tiene compromisos que cumplir con el dinero con el que cuenta cada mes. No es de recibo que el pesado engranaje no funcione y que no se subsane el error de un día para otro. No es entendible la celeridad para comunicar a todos los organismos que una no tiene derechos, cuando cumple sus obligaciones, y ha sido el error de quien ha hecho dejación de ellas, el culpable de su situación.

La chica del DNI duplicado me dijo un tanto inquieta: ¿Y si un día todo el sistema informático se cae, se colapsa y desaparecemos? Podría suceder. Nos quitarían todo y las oficinas seguirían expidiendo números -donde los hay- para comunicar las decisiones, no para solventar los problemas.

Quizás me convertí en una variente de los parias el día que nací en España. Hubiera sido peor hacerlo en Zimbabue, en el Congo, en Myanmar, en muchos otros lugares, sin duda. Pero mucho mejor, hacerlo en Suecia, por poner un caso.
España ha dado pasos de gigante desde que vivimos en democracia, pero es incapaz de conseguir hacer las cosas bien. Organizarse, planificar, ejecutar con precisión y orden. Tener respeto por los demás. Con un enorme potencial, mi queja -y la de muchos otros que se resignan diciendo que no tiene remedio- es que no nos encontramos ante un mal IRREMEDIABLE. Un sector corporativista pone estos días en jaque al Gobierno por espurias razones. Lo cuenta muy bien Juan José Millás, también en El País. Seguramente habrá que echar la casa abajo y construir de nuevo, mucho desperdicio a la basura, buena mano de pintura, abrir bien las ventanas, mesas nuevas, trabajadores motivados, ordenadores bien conectados. El siglo XX nos trajo el milagro informático. Sólo hay que querer, y priorizar las inversiones hacia lo que hace más fácil la vida a los ciudadanos. Es nuestro derecho.

La calle es mía

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Una plaza de Madrid, bajo el letrero «propiedad particular». Está cerca del Estadio Santiago Bernabeu, patrimonio de un afamado club de futbol… privado. En realidad es una calle con forma de «ese». Además de la cámara de vigilancia, está vallada por ambos extremos. ¿Cuándo la ha vendido el Ayuntamiento? ¿Lo permiten las leyes?

La viñeta de Forges, hoy, en el País, está patrocinada por REPSOL. O así lo parece. No sé si es la primera vez. Amarillo de rabia se advierte al gran personaje.

La mayor parte de las noticias en vídeo que ofrecen los periódicos digitales, obligan a pagar un peaje: unos segundos de publicidad.

Ya no hay quien vea la televisión convencional. Abruman tantos «consejos» y sugerencias de compra. La calidad de los programas se ha envilecido porque la irrupción de las cadenas privadas abrió a la voracidad eso que llaman la tarta publicitaria. Hay que repartir los ingresos, adocenemos al personal con mensajes triviales y será más vulnerable al consumismo.

La televisión concebida como negocio no ha sido inocua. España es el tercer país del mundo en consumo de anuncios de televisión, tras Estados Unidos e Indonesia. Más de 33.000 impactos al año, un 32% superior a la media mundial. El día que se «patrocinó» -respaldó, favoreció… pagó en definitiva- un informativo, llegó el fin de la información. Ahora es «otra cosa», espectáculo, vehículo, reclamo.

Y, mientras, la privatización supera hasta las concepciones más esencialistas del concepto Estado, como «el monopolio de la violencia legítima» de Max Weber. Todo hoy se queda corto ante la realidad: ya se ha privatizado hasta la guerra. La principal empresa, Blackwater, dispone de 20 aviones de guerra y más de 20.000 soldados, entrena a 40.000 agencias privadas «listas para entrar en combate», y en su página web se publicitan así: «la más completa compañía de militares profesionales para tareas de refuerzo de la ley, seguridad, pacificación y operaciones de estabilidad, en todo el mundo». Dirigida por un ultraconservador cristiano, financió a Bush. Cuando él, con la ayuda de Blair y Aznar, invadió Irak, la proporción era de 10 soldados profesionales estadounidenses por uno privado, ahora, hay desplegados 180.000 contratados, frente a 160.000 militares, en palabras de Naomi Klein, autora de «La estrategia del Choque».

Me niego -y todos deberíamos hacerlo, con todos los instrumentos de los que dispongamos- a que mi vida y hasta mi muerte se decidan en consejos de administración privados, pese a la ultramontana defensa que los liberales hacen de ese sistema. Todos pagamos ahora el fiasco económico mundial, dirigido desde las plantas nobles de los más grandes edificios. El fin de una empresa es el lucro privado, no el mío, no el tuyo.

En un Madrid cada día màs privatizado. uno puede, según la prueba gráfica -que, seguro, tiene alguna explicación ¿cómo va a ser lo que figura textualmente?-, y pese a que las leyes -¿qué leyes?- no lo permitan, plantar un letrero y hacerse con la tierra, igual que en el lejano Oeste. Como en la foto: propiedad particular… o «la calle es mía».

La basura burócratica

Este martes y 13 me he desayunado con que el subsidio de desempleo que cobraba había sido dado de baja. RTVE decidió prescindir de sus trabajadores mayores de 50 años -sin tener piedad de quienes desde la realización, la imagen o el periodismo han marcado y dirigido la historia del medio en este país- en un ERE «voluntario». Para no engrosar la cuenta de resultados de la Corporación, una parte la pagaría durante dos años el INEM. Pero mi subsidio ha desaparecido.

Cuando he llegado a la oficina del INEM aguardaban un par de centenares de personas. De pie la mayoría. Faltaban más de cien números para que me correspondiera turno. Cuando, transcurrida la hora de cierre del establecimiento, una amable -sin duda- funcionaria me ha atendido, ha argumentado que se había producido un cruce informático en el que yo figuro en activo, trabajando, y que «suponía» se resolvería. «¿Para el mes que viene?», he preguntado con candidez. «Supongo» ha respondido evidenciando que no era ese tiempo el estimado para solventar el error. Y entretanto ¿de qué como?

Por la tarde he intentado resolver la carencia de médico de la Seguridad Social, no vaya a ser que la angustia me provoque un espasmo. En los Presupuestos Generales del Estado y en no sé cuantos Reales Decretos, con sus barras y todo, se han derogado las colaboradoras, era el caso de nuestra ex empresa. Me han dicho que precisaba un justificante de empadronamiento. Que no servía el carné de identidad -donde figura mi domicilio- porque eso era de otro negociado. Ni la tarjeta censal para votar, ni recibos del piso, nada… Hay que acudir a la Junta Municipal. Lo haré, de forma «presencial», y aguardaré más números y más colas, si quiero resolver pronto el asunto.

En los albores de la Transición, España contaba con un millón de funcionarios, ahora tiene dos millones y medio, de los cuales, la mitad pertenecen a las Comunidades Autónomas. El porcentaje es de un funcionario cada dieciocho habitantes, similar al resto de los países europeos, y algo menos que en Francia que, sin embargo, es puro centralismo. Pero ¿ha mejorado el funcionamiento del Estado? No lo parece, por el contrario se diría que ha aumentado la burocracia y la ineficacia, por no hablar del gasto.

Las aglomeraciones de desesperados, las interminables esperas parecen querer doblegar la voluntad del usuario, hacerle saber que es un número sin dignidad y sin apenas derechos.

Hoy se cumple un año del asesinato de Mari Luz, la niña de Huelva a cuyo presunto asesino no mandó el Juez Tirado enviar a la cárcel por una sentencia anterior, error -si se nos permite llamarlo así- sancionado con 1.500 euros. Nos enteramos entonces que había casi millón y medio de sentencias sin ejecutar. Y de que los Juzgados apenas disponen de ordenadores, trabajan con legajos escritos a mano como en el siglo XVI. Los Jueces se plantean ir a la huelga en solidaridad con su compañero expedientado, y España debate si la Constitución se lo permite o no.

¿Y nuestros derechos? Mientras España no erradique la basura burocrática -gusano que entorpece la digestión democrática, cáncer que nos pudre-, no será un país civilizado. La octava potencia económica mundial no puede permitirse, en el siglo XXI, este funcionamiento administrativo. En días como estos, una llega a pensar que se trata de un sistema deliberado.  Como aquella versión de la Ley de Clark que utilizó un empleado de la NASA:

       » La incompetencia suficientemente avanzada es indistinguible de la mala voluntad»

De turismo en El Corte Inglés

Rematé, ayer, la tarde de rebajas -de mirar y no comprar- en el supermercado de El Corte Inglés. A esas alturas de pasear por un centro comercial, los sentidos están algo abotargados y una nube se instala en el cerebro. A pesar de ello, de repente me fijé en un muchacho negro, sin cesto, que contemplaba las estanterías de productos cárnicos. Con un grueso gorro calado hasta las orejas, seguramente era un recién llegado a nuestra tierra y acusaba más el frío. Fuerte, nutrido, aspecto decidido e inteligente, parecía un investigador en culturas foráneas.

Me fijé en lo que miraba: buey, ternera, añojo, cerdo ibérico y plagadito de grasa, pollo en sus distintos despieces, pavo, hasta avestruz ofrecían. Metros y metros de oferta, a varias alturas para aprovechar el espacio.

El muchacho estaba serio, me pareció advertir que irritado. Escudriñada la sección, se fue con paso rápido. La tarde de rebajas mermó mis reflejos para preguntarle. Alguien, algún compatriota, le habría mandado a hacer turismo a el Corte Inglés: «lo verás y no lo creerás. Con lo que hay allí expuesto se alimentaría todo tu pueblo, un mes».

Hubiera querido saber de dónde venía, cómo lo hizo, cuáles son sus expectativas. Pero intuyo que ese festín de comida, le provocó náuseas.

África es un continente muy rico: petróleo, oro, diamantes, madera, coltan -para los indispensables móviles-, pescado, que está quedando como almacén de materias primas para las grandes multinacionales, que los esquilman. Los africanos tienen que competir para su comercio con las subvenciones agrícolas que EEUU y la UE destinan a sus terratenientes, mil millones de euros diarios. De esta forma, llega a costarles menos comprar el arroz, por ejemplo, de la exportación que el producido por ellos mismos. Son las reglas del comercio internacional.

Cuando escuchamos que, generosamente, a veces se les condona la deuda contraída -¿por qué?- ignoramos tal vez que es a costa de entregar sus servicios públicos al monopolio de multinacionales extranjeras. Rafael Díaz- Salazar, profesor de Sociología de las Desigualdades Internacionales, de la Universidad Complutense de Madrid, concretaba un caso entre muchos, en un reportaje en el que le pregunté:

«El FMI obligó a Uganda a privatizar todas sus empresas públicas. Los expertos británicos calcularon el valor esas empresas en 500 millones de dólares. La venta se materializó en 2 millones. Y exigieron a los ciudadanos de un país, tan pobre, que pagaran tasas por los servicios, incluidos los de salud».

Tienen gobiernos corruptos, qué mala suerte ¿sustentados por nadie? Pero el cartel de crisis que les mostramos al llegar, la cárcel injusta, la deportación, no les detendrá. Primera visita turística, o de sesuda investigación: nuestro dispendio, en fortísimo agravio comparativo. Un día África, y todos los países subdesarrollados, estallarán y será tarde para poner barreras al campo.

Nieve sobre Madrid

Parque del Capricho, Madrid

Parque del Capricho, Madrid

Nieve sobre Madrid. Un regalo postnavideño que nos ha dejado atónitos a quienes aquí vivimos. Ningún fenómeno atmosférico como éste para cambiar la faz del paisaje: remarca los árboles y las casas, y viste casi de miriñaque a las estatuas. El blando resplandor, el gran merengue goloso para los sentidos. Los españoles del centro del país salen a la calle como niños expectantes. A tirar bolas y construir muñecos y, dados los tiempos, a hacer fotografías digitales a cientos. No estamos acostumbrados a la nieve. Y por ello, la ciudad y la provincia, se colapsan. Como no debiera suceder en la capital de la octava potencia económica mundial. Ni calles ni carreteras se construyen para la eventualidad de la nieve, ni existen medios suficientes para combatirla, ni –en el país de la improvisación- se anticipa el fenómeno.

Grandes espacios diarios dedican las televisiones a informarnos del tiempo. Bailarinas frustradas y sus clones, desgranan mapas e isobaras, pero no se enteran de que va a nevar en Madrid como pocas veces ha ocurrido. Ni ellos, ni ningún hombre o mujer del tiempo. Porque a pesar del gran teatro que escenifican todos se limitan a copiar el parte de la Agencia Estatal de Meteorología –según se ha demostrado-, y el organismo oficial desbarró por esta vez. Y todas las administraciones implicadas que se culpan de la debacle unas a otras. El aeropuerto de Barajas –cuarto de Europa- cierra. Por cinco centímetros de nieve… y por los males que acumula. Hay viajeros que viven prácticamente en su recinto desde antes de Navidad.
En el precioso parque del Capricho –parque de la época romántica y muy poco concurrido- aún hay nieve virgen al día siguiente cuando ya el sol comienza a derretir los hielos. Oxígeno para el espíritu. Y falta hace, porque tocamos la nieve para comprobar que es real y no caspa, en un país que la fabrica a toneladas hasta impregnar la vida cotidiana.

Incomunicación

Esta mañana he coincidido con mi vecina de la izquierda en el ascensor. Y le he comentado lo que, de vez en cuando, venía pensando: “hace mucho que no veo a tu marido”. Nos había pasado por la cabeza en casa, incluso que se habían separado. Ella me ha mirado con un punto de asombro y ha respondido como tratando de no herirme: falleció. Tras un titubeo, ha continuado: hace 3 años, en noviembre. Fue de un ataque cerebral. A los 53 años.
Solíamos hablar siempre en el ascensor, un largo trayecto porque partíamos del último piso. A veces nos parábamos en la puerta un momento. Llegó a contarme alegrías y desgracias, no sólo el estado del tiempo. Al igual que suelen hacer sus dos preciosas hijas, a las que he visto crecer. Ella es más reservada.
¿Cómo no me enteré entonces? Quizás estaba de viaje. Nadie me lo dijo, ni el portero. ¿Cómo han podido pasar más de tres años hasta echarle someramente en falta? ¿Dónde vivimos? ¿Qué hacemos?
Ocho plantas, y ocho pisos por planta en dos escaleras. No lo justifica. Llevo casi dos décadas viviendo aquí. También hablo con dos ancianas deliciosas, con la hija de una de ellas, con un vecino muy simpático que aparcaba a mi lado, con el que me alquila la plaza de garaje y que acaba de emparejarse en la tercera edad. Pero no nos relacionamos, realmente. Ni siquiera nos hemos pedido nunca un poco de harina.
Nada parecido ocurriría en un pueblo, ni en los edificios de municipios más pequeños, pero vivo en Madrid, el inhóspito Madrid pese a su fama acogedora. El 80% de la población española residimos en ciudades y la mayoría en sólo 1.200 municipios. Cada vez más lo hacemos solos, o casi solos.
Y, mientras, muchos hablamos y escribimos con un ordenador, buscando la comunicación global. En silencio, y en mayor soledad. Llegan a formarse islas para cada uno de los habitantes de la casa, que por fortuna se saltan en las cenas o veladas compartidas.
Mi vecino –cuyo nombre no sé si llegué a saber- ha muerto hoy para mí, cuando ya su familia enfila el futuro, recuperada. Ya no han lugar los abrazos de condolencia. Las relaciones reales parecen más virtuales que las que se fraguan en la red. No vivimos en una aldea global, sino en un rascacielos de hielo que ni cruza miradas en el largo ascensor. Me gustaría, esta noche, llamar a la puerta de algún vecino, si acaso aún hubiera tiempo para el intercambio de ideas y afectos. Con calor, con piel. La auténtica comunicación.

Reyes Magos en 2009

Evolución histórica de Israel

Evolución histórica de Israel

Los niños españoles contemplan ahora la cabalgata de los Reyes Magos. Se disponen a pasar una de sus muchas noches de ilusión. Llevan 3 semanas de fiesta continua. Las tiendas se encuentran desabastecidas de juguetes, al punto que en una, según mostraba hoy un informativo, han rellenado las estanterías con cajas vacías para no dar mal aspecto. Los niños españoles están estragados de juguetes, alegrías y halagos. Por eso, quizás no entienden lo que leen, según demuestra el último informe PISA. Por eso, sacan vergonzantes notas en matemáticas. Por eso, no querrán comer otra cosa que pasta y golosinas.

El pueblo al que Dios prometió una tierra donde asentarse fue brutalmente gaseado por el nazismo. El mundo se conmovió, aún nos conmueve y nos irrita aquella atrocidad perpetrada hace más de 70 años, pero el tiempo ha convertido a Israel en mano exterminadora. Otro Dios alienta a los palestinos -según arengan sus líderes-, pero no hay nada ni nadie más, realmente eficaz, de su lado. El holocausto no puede servir de coartada para justificar acciones similares. Y, menos aún, el silencio cómplice de todos los gobiernos supuestamente civilizados. Cuando el «querido gobierno» israelí mata, está quitando la vida. No hay dos versiones, dos lados, dos visiones. Treinta y cinco resoluciones de la ineficaz ONU y sus antidemocráticos derechos de veto piden a Israel volver a las fronteras iniciales y nadie les obliga a cumplirlas. Menos aún debería justificarse su sangrienta expansión. Riqueza frente a pobreza desde el principio, ilustración frente a incultura, poder frente y con el odio ciego, fanatismo a partes iguales.

Algo no funciona en el mundo. No podemos vivir en el siglo XXI con la ley del más fuerte, o la del talión. Con Obamas soñados que callan ante el lobby judío.

Llegan los Reyes Magos esta noche. A estragar y entontecer, más aún, a los niños españoles y a los padres que así los crían. Una sociedad que no reacciona, que mira hacia otro lado en su ceguera y su miedo. No me quito de la cabeza las dos imágenes infantiles de los telediarios de hoy: lluvia de juguetes para unos, lluvia de muerte para otros. Es evidente que ninguno de ellos podrá lograr un mundo mejor.