La mafia de Telefónica en el país de la corrupción consentida

A finales de 2008 quise dar de baja una línea de Movistar. Jamás contestó el teléfono durante 15 días, insistiendo en distintos horarios. Me atendía un primer empleado, me traspasaba al único departamento que podía gestionar la petición, y la llamada sonaba interminablemente sin que nadie la cogiera. El 5 de enero opte por enviarles un burofax. La factura llegó igualmente en Febrero, y ha llegado en Marzo. Son 3 euros de contrato y 4,31 de diferencia de consumo mínimo de la línea (todo, porque no hice ni recibí ni una sola llamada).

30 minutos de llamada al 609 me ha costado aclarar, o no aclarar, las cosas. Primero me han dicho que la línea se dio de baja el 16 de Enero y había habido un error con las facturas. He preguntado que si me devolvían el dinero cobrado de más. Han consultado la largamente y han dicho que no. Me han pasado entonces a otro departamento. Nunca recibieron el burofax -dicen- y mi teléfono no estaba dado de baja. Lo han tramitado con la celeridad de un artrítico que atasca sus dedos en el ordenador -esa gestión ha podido llevar unos 15 minutos-. Otro departamento ha reiterado que, puesto que jamás estuvo de baja, no me devuelven el dinero. No es el primer litigio que gano a Telefónica a través de la la Secretaría de Estado de Comunicación y para la Sociedad de la Información. Y prefiero gastarme el equivalente en papel, tinta y gasolina que alimentar a una mafia.

Múltiples reclamaciones a todos los estamentos, demuestran que para dar de baja una línea hay que sufrir un calvario. Porque no cogen el teléfono por la vía habitual, porque no «reciben» ni los burofax oficiales, porque siempre cometen «errores» y siempre a su favor. ¿Qué nombre tiene esto?

Si a mí me roban 20 euros, más 3 de emotion en otra línea que no he usado, y cuentan con casi 9 millones de usuarios, hagan la suma del cuantioso negocio fraudulento -debido a «errores», dicen, aunque no demostrables- que se lleva esta empresa, antaño pública y entregada en su momento a un amigo del colegio de Aznar. A las personas que me han atendido hoy, les he dicho que comer no justifica participar, ser colaborador necesario, en un negocio corrupto y que hay formas más honestas de ganarse la vida. Se han ofendido mucho. Y eso que no les he aclarado lo que realmente pensaba, que en la Calle de la Montera de Madrid, o en el Raval de Barcelona, se puede conseguir un dinero más digno que el que se obtiene contribuyendo a que timen a los ciudadanos, que alli solo joden su propia dignidad.

Si España funcionara no se tolerarían estas prácticas. Los poderes públicos no lo permitirían. Aquí se asumen del primero al último ciudadano. Vemos a diario a políticos, representantes de los votantes y no votantes, que se alojan por no menos de 600 euros diarios en el lujoso Hotel Ritz de Madrid -con cargo al erario público- y que reciben al sastre para que les haga trajes, «presuntamente» regalados por una empresa. Que se favorece con negocios millonarios a profesores de padel, que se cierran comisiones de investigación por la ley de la apisonadora de la mayoría absoluta. ¿Qué va a importar que Teléfonica, en «errores» siempre a su favor, se apropie de 23 euros de cada uno de sus nueve millones de clientes? Individualmente, es una minucia por la que nadie va a reclamar, pero que puede llegar a representar un beneficio adicional para la empresa de 207 millones de euros mensuales. La media vendría dada porque los «errores» en algún caso son de menor monto y en otros de mayor.

Si hablo de mafia es apoyada por un burofax oficial. Además he grabado todas las llamadas en donde me aclaran que la línea se dio de baja en enero pero hubo un error en las facturas. Apoyada también en los millones de reclamaciones a todas las instancias de casos similares.

Este es el país donde circulan más billetes de 500 euros, el del dinero negro, el de los escándalos urbanísticos, en el que basta tener un amigo con poder para forrarse, el que sigue votando a políticos encausados por corrupción, el que -sobre todo- cuenta con una ciudadanía que no reacciona. Grano a grano, los corruptos edifican sus fortunas, grano a grano tenemos que desmantelar la España podrida.

   Os recuerdo una de mis frases favoritas. Aquella versión de la Ley de Clark que utilizó un empleado de la NASA:

» La incompetencia suficientemente avanzada es indistinguible de la mala voluntad». Y la mala voluntad organizada para obtener beneficios fraudulentos -añado- tiene un nombre: mafia.

La mujer es asunto… de mujeres

La discriminación de la mujer parece competer fundamentalmente a las mujeres. 8 de Marzo, un nuevo Día Internacional para nosotras. Público es el único diario que hace un amplio despliegue para tratar la problemática femenina, pero todos sus artículos y opiniones están firmados por mujeres. A destacar «Mujeres y Poder» escrito por las presidentas de Finlandia y Liberia, rara avis en el panorama mundial donde la mayor parte de los puestos de decisión están ocupados por hombres.

 Es como si los asuntos de los niños fueran tratados únicamente por ellos mismos, o todas las minorías tuvieran que sacarse sus propias castañas del fuego. Regla de la ley de la selva, pero no de una sociedad democrática. Todos los problemas son asunto de todos. Más aún cuando la mujer es mayoría en la población mundial y vive, trabaja, sueña, sufre y ama codo con codo con el hombre.

Público comienza con un ingenuo reportaje en el que nos cuenta que las jóvenes no se sienten discriminadas. Imagino que ese espejismo se da en la Universidad, pero las cosas son distintas en la calle. Que la mujer cobra menos por el mismo trabajo es un dato, una cifra redonda. Que realiza en general el 70% de las labores del hogar, además de su ocupación fuera de casa, otro.

Es innegable el salto dado en España desde que en 1975 se estableciera como año Internacional de la Mujer y decidiéramos aprovechar las alas de la libertad para reclamar nuestros derechos. Los gobiernos de José Luís Rodriguez Zapatero -uno de los pocos hombres y (menos aún) gobernantes realmente feministas- han logrado un avance sin precedentes en la igualdad de sexos. Pero la batalla hay que darla en la sociedad, en casa incluso.

En el mundo, la discriminación de la mujer sigue siendo un problema lacerante. La mayor parte de las legislaciones del mundo tratan de forma diferente los derechos de mujeres y hombres, según informes de la ONU. En 53 países no es ilegal, por ejemplo, la violación dentro del matrimonio. Y las mujeres son dueñas de tan sólo el 1% de la tierra.

Hace tiempo que descubrí la razón última que nos ha convertido en ciudadanas de segunda a lo largo de la historia. Y así lo escribí en El País:

«Con todo, la razón fundamental de la desigualdad se centra en la capacidad de la mujer para gestar una vida. Se puede materializar o no, pero existe la «amenaza». Supuesto germen de fragilidad, nido eterno, condicionará su vida. Ese vientre -que se abulta durante nueve meses y que algunas veces, a algunas mujeres, les saca del trabajo- es un obstáculo especialmente para el desarrollo económico. Y, lo que es peor, hace reaccionar a la mujer con sentimiento de culpa porque obstruye ganancias propias y ajenas».

Sigue leyendo el artículo, si te parece. Y a ver si el año que viene una legión de hombres se apunta a hablar de la mujer, mientras nosotras nos ocupamos del resto de las cosas que nos atañen. Desde la política internacional a la física cuántica, si es el caso.

Los suecos no quieren pagar la boda de la princesa

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Los suecos se niegan a pagar el enlace de la princesa heredera, Victoria, con su novio Daniel Westling. Diversos portales acumulan firmas en contra de arbitrar un presupuesto extraordinario para el enlace real. 30.000 firmas han suscrito ya el lema «Niégate a pagar la boda de Victoria». 3.000 «No quiero pagar la boda de Victoria». Argumentan -apoyados por líderes políticos- que la asignación anual de 112 millones de coronas suecas (casi diez millones de euros) que recibe el rey Carlos XVI Gustavo, debería ser suficiente para afrontar los gastos del enlace.

 Suecia es mi tierra prometida. Con una población de 9 millones de habitantes, este organizado y discreto país, sufre la crisis económica como todos. Ha visto caer a Saab y otras marcas punteras. Y lo siente como daño propio. Pero mantiene sus grandes compromisos sociales, aun gobernando los liberales que «no son como el PP», asegura mi amigo Jan Perneval. «En Suecia el partido equivalente al PP consigue un 1% de los votos», aclara. Sus políticos saben que son representantes del pueblo y no una élite en la cúspide.  Precisamente el vivir con total normalidad y sin fastos, ocasionó que el presidente Olof Palme fuera asesinado en plena calle. O la Ministra de Exteriores Anna Lindh, cuando iba a comprar a unos grandes almacenes.

Ocupa los primeros puestos mundiales en educación, transparencia y desarrollo humano. El sueldo medio es de 2.590 euros, pagan una tasa de impuestos de hasta el 60% -las clases altas- y una casa de dos plantas, bodega y amplio jardín, cuesta 400.000 euros. Los precios de los productos básicos son similares a España, salvo los de lujo que están más gravados con impuestos.

Más de un año de baja maternal llega a sufragar el Estado. La sanidad exige un pago prudencial, pero atienden a quien carece de medios. No rechaza a los emigrantes en general -fueron los primeros en recibirlos cuando los expulsaron las dictaduras sudamericanas en los años 60/70-. Puedes dejar paquetes en el coche, sin que nadie te rompa los cristales para robarlos. Los señores sacuden a sus mujeres como en todas partes, pero llevan un riguroso control de quienes y porqué.

  En Lund, ciudad universitaria, celebran asambleas ciudadanas desde comienzos de año, entre los vecinos, políticos y profesores de la Universidad, tratando de perfeccionar en la democracia. «Hacerse el sueco» es no discutir por nada. Prefieren reconcomerse que tener un litigio. Ahora, utilizan Internet, para hacer saber a sus gobernantes el sentimiento ciudadano. Y piden de la monarquía que sufrague sus bodas como hace cada sueco.

 Son extrermadamente sobrios en sus gastos. Hace mucho frio en invierno. No hay luz en invierno. Y, en verano, es de día a las 12 de la noche y, de nuevo, a las 4 de la madrugada. Nada es perfecto.

Madrid infartado

Ayer tenía una prueba médica rutinaria en la Fundación Jiménez Díaz de Madrid, hoy Capio-Fundación Jiménez Díaz. Opté por salir hora y media antes de casa en previsión de lo que sabía iba a ocurrir. Esta clínica está situada junto al Hospital Clínico y congrega cada mañana a centenares de enfermos. A la vista de cómo están a diario todas las zonas sanitarias de Madrid, uno piensa que es una ciudad seriamente enferma, sus habitantes lo están.

Conforme uno se acerca a la Plaza de la Moncloa, se intensifica el tráfico hasta llegar a ser un auténtico colapso en la zona. Coches aparcados hasta en triple fila, con algún familiar aguardando al paciente, crean un pasillo angosto por el que no se puede ni circular. El aparcamiento oficial está lleno. En mi primera ronda conté unos 40 automóviles esperando, en torno a los 60 en otra posterior. Las calles aledañas tienen establecido parquímetro y -además de no haber sitio- es aventurado pensar que en una hora le van a atender dentro. Todos los parkings privados cercanos están completos a su vez.

La parada de metro se ubica a una distancia que puede no ser apta para un enfermo. La única solución, por tanto, es que un familiar te acerque y espere, o tomar un taxi.

Yo sabía todo lo que me aguardaba, pero confié en tener suerte y llevé el coche. Cuando la hora de mi prueba se aproximaba peligrosamente y yo seguía dando vueltas, parándome en callejones sin salida, opté por alejarme hasta encontrar un aparcamiento privado. Lo hallé en Marqués de Urquijo -a considerable distancia-. Desde allí tomé un taxi.

El conductor escuchaba Onda Cero -segunda versión de la COPE-, era un síntoma. Le conté mi odisea. Respondió que vivimos en una democracia secuestrada y que no se puede hacer nada. Lógicamente, los secuestradores eran los socialistas, pero tampoco se mostraba muy contento con nada sucedido en España desde la Transición.

«En España, es imperioso establecer la cadena perpetua», me dijo. «Esa pobre chica, Marta»… pero «los políticos no quieren». «¿Tiene Vd. idea de porqué ha tenido tanta repercusión este caso cuando cada año mueren 70 ú 80 mujeres a manos de sus parejas o ex parejas sentimentales?», alcancé a preguntarle. «No sé, quizás porque han sido cuatro los asesinos y no ha aparecido el cuerpo», plausible explicación.

El tipo era listo y comentó que yo no me pronunciaba. «Lo hago, no soy partidaria de la justicia vengativa», le dije. «Ahh», bramó, «Vd. está alentando a su enemigo, lo está alimentando, Vd. coopera con él». Admiraba a EEUU, porque allí puedes descerrajar cuatro tiros personalmente a quien te ataca. Tienen un problema eso sí: los negros, que no les gusta trabajar y sí en cambio adoran follar y engendran muchos hijos. Obama va a ayudarles y por eso no confía demasiado en él. Va a ser su principal problema.

Previos 7 euros, llegué a tiempo a mi prueba. Salió perfecta. Otro taxi me llevó de vuelta al aparcamiento -3,80, casualmente, hasta al segundo taxista le extrañó el precio del primero-. Este llevaba la radio apagada. En el aparcamiento pagué 5 euros.

¿La prioridad del gasto del ayuntamiento y la comunidad de Madrid no debería solucionar el problema de los accesos a los hospitales?

¿No deberían hacer también un examen de cultura democrática a los taxistas que son en muchas ocasiones la puerta de entrada de muchos turistas?

¿Qué sucede en esta ciudad para que haya tantos enfermos y de tan diversa etiología?

¿No resulta clamoroso que esta ciudad está infartada?

No sé qué ponerme

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  Pues nada, que he aparcado el coche delante de esta tienda. Y he visto un conjuntito muy «casual» para ir a pasear el perro por las mañanas y poco más. No sé si para acudir al gimnasio me servirá, que luego hay que tomar el aperitivo en algún lado. 

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     269 euros la chaqueta

    175 el top

    198 el vaquero descolorido

    195 la bolsa

     Dios mío ¡y faltan los zapatos! ¿encontraremos algo de 163 para redondear los 1.000 euros?

     Esta ropa la venden… porque la compran. Mientras el mundo parecía funcionar -sólo lo parecía- resaltar estos hechos era considerado demagogia. ¿Qué hacemos ahora que piden flexibilizar el empleo y abaratar el despido y que 11 millones de españoles apenas ganan, mensualmente, los 837 euros que cuesta este equipito mañanero, y 3 y medio ya están en el paro -algunos sin cobrar subsidio de desempleo-?

Me parece mentira…

"A la sombra del toro", mi último reportaje "mío", según lo considero. Está en los archivos de www.informesemanal.tve.es

"A la sombra del toro", mi último reportaje "mío", según lo considero. Está en los archivos de http://www.informesemanal.tve.es

Alguna mañana, si salgo temprano a hacer cualquier gestión, me acomete un cierto sentimiento de nostalgia al acercarme a mi coche. El portero trajina como antes, la dueña de la floristería coloca sus plantas, ya han abierto la farmacia y el videoclub, y hay una fila inmensa para sacar dinero del cajero automático. Yo voy a conducir pero no adonde solía ir a esas horas.

Ya no tengo que aguardar largo tiempo para entrar en el aparcamiento de Torrespaña, pero tampoco me espera fumando un cigarrillo y sonriendo José Manuel Falcet, el gran realizador, ni Andrés Menéndez, el enormísimo reportero gráfico. Aldo, su ayudante de sonido, no gasta bromas preparando el coche. Tampoco llega corriendo mi adorado Carlos Alonso, otro realizador con el que logré la armonía absoluta, ni Mariano Rodrigo o Juanjo Mardones, con quienes mantenía discrepancias pero resultaba un gozo viajar. Ni el encantador y excelente cámara Ramón Senent. Ni llamaré a Pilar porque no viene el coche de producción, si es el caso de un rodaje en Madrid.

No treparé por los montes calcinados buscando razones del fuego, ni sentiré el dolor de la emigración al punto de afectarme personalmente, ni podré asombrarme cada día con los hallazgos de las entrevistas y las pesquisas. Tampoco atoraré mis neuronas pensando un enfoque distinto al gran peñazo político o económico. No me desfondaré trascribiendo entrevistas, ni pasaré 10 ó 12 horas montando un reportaje que se esfuma en 10/12 minutos. No discutiré detalles con el siempre constructivo Manuel Sánchez Pereira. Alicia no me dirá que el resultado es excelente, comentando secuencias con pasión como si no hubiese leído antes el guión. Sólo habrá sido igual -parecido- el momento solitario de quedarme ante la página en blanco del Word en el ordenador.

Hoy cumplo un año fuera de RTVE, de mi inolvidable Informe Semanal. Salí en volandas de algún sueño. Y con gran empuje. Hasta he logrado estar tres meses y medio sin fumar, aunque al final haya vuelto a caer. Las cosas me han ido muy bien, quizás mejor nunca. He publicado un libro del que me siento satisfecha -hasta orgullosa-, y, como dice Juanjo, he colgado un par de cuadros o tres en el Prado -las colaboraciones en El País y Público-, porque alguien siguió creyendo en mí.

He abierto también un blog que registra un número de visitas que me asombra. Visitas… y comentarios de gran calidad. Me siento arropada de alguna manera, en red. Ayer -otros días también- incluso salí con la cámara de fotos a montar una historia para contar. Me reproducen en otros muchos blogs y páginas web. El apoyo de Nacho Escolar y de El Plural -incluyendo algunas de mis entradas o alertando sobre ellas-, de otros a quienes no conozco siquiera, ha aumentado la difusión de lo que sigo escribiendo… porque lo necesito. El periodismo forma parte de mi sangre como los hematíes.

En este día gris y lluvioso, de elecciones decisivas que no podré contar en ningún medio con amplia difusión -como no he contado otras muchas cosas que sucedieron en este intenso año-, me ha dado, sin embargo, un bajón. Parece que empiezo a enterarme de que ya no trabajo en Informe Semanal, dada mi insultante edad -más de 50 años-. Y, como en la vieja canción de amor,  me parece mentira no poder acudir, como decía, a Torrespaña y encontrar a Falcet, Andrés, Carlos, Ramón, Mariano, Juanjo, y a muchos otros. He recordado hoy más a éstos por lo que sea. El problema -y nos pasa a varios compañeros «descartados» de RTVE- es que, entre la rabia y la nostalgia, nos invade un sentimiento raro y el convencimiento de que apenas sabemos hacer otra cosa que informar, con imágenes o palabras. Y por las condiciones leoninas del ERE, por la cláusula que añadieron los sindicatos para conseguir sendos puestos en el Consejo, tampoco podemos trabajar en otro sitio de forma remunerada y constante, al menos en los dos primeros años de paro. Los jóvenes son más baratos y más manejables -en ocasiones a su pesar-.

Y hay otro problema mucho mayor: ya no están allí casi ninguno de mis amigos, los mejores profesionales, los que crearon un sello que, hoy, parece, a veces, desvanecerse. Atienden sus hobbies y sólo los Descartes de Isabel Martínez Reverte nos mantienen en contacto a algunos. Pronto pondremos en marcha Europa en Suma -estamos a punto de presentarnos-. Serán nuevas actividades, nuevos contactos. Otra forma de sentirnos útiles, vivos. Somos unos privilegiados, comparados con miles y millones de personas, pero hay algo que falta, un agujero a llenar. Y se hará.

Añoro -añoramos más de uno- lo que ya no existe. Apenas me reconozco en lo que sale por las pantallas. No de RTVE sólo, de todas las televisiones, salvo cuando veo a Iñaki Gabilondo y en algún reportaje de Informe Semanal. Extraña sensación añorar una tierra batida y quemada sobre la que se asentó gran parte de nuestra vida. A ese presente no quisiera volver.

Tengo escasas añoranzas. Pocas personas como yo miran más al presente y al futuro, y menos hacia atrás. Hoy ha cruzado una nube sin embargo. Un año justo sin obligaciones diarias. Daré mucha guerra -espero-, pero me parece mentira que tampoco hoy encontraré a mis queridos compañeros para salir a ejercer una de las cosas que más amo: el periodismo.

Aquí está ese «último» reportaje. Con Carlos Alonso, realizador. Andrés Menéndez, cámara y Jesualdo G. Box, sonido.

El reportaje «a la sombra del toro» en rtve.es

Limpiemos Madrid… pero a fondo

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Este agujero en el pavimento y la suciedad que le circunda corresponden al centro lujoso de Madrid: confluencia de las calles Goya, Serrano y la Plaza de Colón. El selecto y conservador barrio de Salamanca. A mis espaldas hay una tienda que por uno de los trajes puede llegar a cobrar -y alguien lo paga- 3.000 euros.

He salido a pasear con la cámara de fotos después de leer que el Ayuntamiento de Madrid ha aprobado, con la mayoría absoluta del PP, la nueva ordenanza municipal de limpieza. Ésa que castigará a partir de ahora a quien hurgue en las basuras para comer con 750 euros. La misma cantidad habrá de pagar quien tire migas a los patos en el parque o cigarrillos al suelo.

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Desde la misma puerta de mi casa, y durante todo el trayecto, he visto el pavimento resquebrado o apedazado visible y antiestéticamente, las marcas del suelo sin repasar de pintura durante lustros -o esa es su apariencia-.

Los edificios atesoran mierda a raudales. Todos. Grandes almacenes, bancos, tiendas de postín y no postín, hasta la sede del PP en Génova. Madrid parece una ciudad industrial. Por la contaminación, seguramente. 16.000 peronas mueren, cada año en España por esta causa, según el informe de Ecologistas en Acción. La mitad de los españoles respira agentes peligrosos. En Madrid, la comunidad más afectada, lo hacemos el 80% de los ciudadanos. Y a eso no se le pone remedio.

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Me he llegado hasta el Paseo de Rosales, uno de los lugares más hermosos de Madrid, con sus edificios señoriales, el Parque del Oeste y el Templo de Debod. Al margen de los abundantes desconchados y agujeros, el pavimento no conoce la existencia del jabón y los desinfectantes.

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Por aquí pasean las mamás con sus bebés en cochecitos, sorteando basura -que las 12,30 de la mañana ya habría sido hora para que pasara un empleado-. Corren los deportistas. Se sientan los abuelos. Comtemplando roña y cochambre. Pero es que ya ni la miramos, como no nos pongamos a ello.

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He elegido en mi visita lo más granado de Madrid, para que no se me acuse de mal intencionada. Huelga pensar como está la periferia. Un informe de la OCU afirma que la suciedad ha aumentado de forma alarmante en España en los últimos 6 años, con excepciones como Oviedo y las tres provincias vascas. Los Ayuntamientos destinan un promedio de 35 euros por habitante y año a la recogida de residuos. Y 41 para limpieza. Nos cobran 65 a cada hogar por estos servicios.

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¿La prioridad era separar bien las basuras -mediando multa de 750 euros-  cuando los responsables las recogen mal, como se ha demostrado? ¿Multar con 750 euros a los pobres que buscan algo para comer? ¿Hacer lo propio con quienes dan migas a los patos o tiran un cigarrillo al suelo, dado que no hay ceniceros? ¿Qué hacemos con el Paseo de Rosales pongo por caso? ¿Multamos a las palomas por defecar? ¿Talaremos los árboles para que no aniden las aves? ¿Mandamos con fregona a los dueños de los perros para que quiten las marcas del suelo? ¿Les ponemos un tapón en el recto a los animales? ¿Pavimentamos las calles también? ¿Pintamos las señales en nuestras horas libres? ¿Lavamos fachadas?

Siempre he dicho que Madrid es la mejor representación de España, el mayor de sus pueblos, el más genuino. Nuevos ricos sin pulir, apariencia. Hay ciudades en nuestro país mucho más bonitas y con más clase -Barcelona, San Sebastián, Salamanca, Toledo, Santiago de Compostela, Granada y muchas más-. Pero Madrid -con algunas escasas zonas de valor estético- nos encarna. Para bien y para mal.

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¿Es ésta la capital de la octava potencia mundial? Cualquiera puede comprobar que, en sus entrañas, se genera la mugre, el pringue, la porquería, la caspa. Grandes males que nos asolan en la simple vida cotidiana. Limpiemos Madrid, pero a fondo. Mandando a casa a concejalas, alcaldes y presidentas clasistas e ineptos. Y un consejo: abrid los ojos cuando caminéis para no emponzoñaros.

Presuntos presuntos

Presuntamente hace una maravillosa mañana, pero lo cierto es que se nota en la calle un presunto frío que cala. He estado en la presunta oficina de empleo a ver si por fin han arreglado mi problema, nada presunto. A las 9,30 me ha correspondido el número 99 y habían atendido 10 desde las 9. Voy a hacer tiempo leyendo los presuntos periódicos escritos por presuntos periodistas con presuntas noticias.

 El Presunto líder del PP, Mariano Rajoy, asegura categórico en El Mundo: ´»El Juez Garzón es socialista». ¿No será presunto socialista? Público cuenta que el presunto Juez De Rosa, nada presunto número dos del Consejo General del Poder Judicial, se entrevistó con el quizás pronto presunto Presidente de la Generalitat valenciana Francisco Camps, el mismo día en el que el alto cargo del presunto máximo órgano de los jueces de presunta imparcialidad, insinuó -presuntamente- que el Juez Garzón estaba cometiendo -¿presunta?- prevaricación. El mismo día en el que, sin presuntas pruebas, De Rosa afirmó que Camps era un tipo honorable -¿no presuntamente?- donde los hubiera. Presumo, presuntamente, que esto es una presunta pifia que, presuntamente, quedará impune.

¡Atentos! El País: «Correa logró cinco millones en contratos del Gobierno de Aznar». Así, con un par. ¿No debiera ser: «El presunto cabecilla de la trama de corrupción vinculada, presuntamente, al PP, Francisco Correa, logró, presuntamente, cinco millones presuntos en presuntos contratos del presunto Gobierno de Aznar?» Luego, les pasa lo que les pasa, que involucran a señores que, presuntamente aún, no tienen nada ver con la historia. Claro que, en el desarrollo de la noticia, transcriben cintas con las presuntas voces de los presuntos implicados que dicen cosas tan jugosas como éstas: «Le llevé 1.000 millones de pesetas por adjudicaciones de la época de Cascos» -Correa dixit del tesorero del PP-.

Hace unos años los asesinos eran asesinos en los telediarios, los etarras, etarras; los violadores, violadores, y los ladrones, ladrones. Quizás fue, al llegar las televisiones privadas, con su inmensa carga de calidad, y, al surgir los programas, mal llamados del corazón, cuando empezaron a desencadenarse los litigios. «¿Que yo me he acostado con Pepito el folklórico?», demanda al canto. ¡Qué ingenuidad!, habrían de llegar después los sepias de la corrupción al rosa del corazón. Y las acusaciones infundadas, y los juicios paralelos.

¿Solución? Añadirle «presunto» a todo. Así uno se cura en salud. No has afirmado la culpabilidad, es presunta nada más. «La presunta periodista Ana Rosa Quintana ha copiado presuntamente un presunto libro que presuntamente ha firmado». Ya está. Arreglado. En este caso unos presuntos se demostraron erróneos -copiar, libro- y otros no. El de presunta periodista, entre los segundos.

La presunción de inocencia figura en la mayoría de las Cartas Constitucionales, partiendo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. De varios de sus artículos. En donde mejor lo define es en el 11: «Toda persona acusada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad, conforme a la ley y en un juicio público en el que se le hayan asegurado todas las garantías necesarias a su defensa«.

La doctora Vigara, de la Complutense, explica en un quizás en exceso denso artículo, cuándo se debe usar la palabra y cuándo no. No se busca «al presunto asesino». Se busca a los asesinos -porque hay un muerto y alguien lo ha matado- que, una vez detenidos, serán presuntos culpables. No ha sido una presunta infracción muy grave, si no una infracción -que se ha cometido- presuntamente muy grave.

El presunto -como tantos tópicos en este poco instruido país- se usa a bulto. He llegado a escuchar «presuntos cadáveres», cuando los cuerpos están ahí sin hálito de vida como el cemento. Y, a veces, se usan, indistintamente, otras expresiones como supuesto o pretendido. Según caen para entendernos. Y cada palabra tiene su propio significado. Presunto en concreto lo define así la RAE (Real Academia de la Lengua: «Se dice de aquel a quien se considera posible autor de un delito antes de ser juzgado«.

Vivimos, presuntamente, en un país democrático donde suceden, a diario, cosas terribles. Sin que, presuntamente, le importen un pito más que a unos pocos. Opino que, si el PP se convirtiera de una presunta vez en una derecha homologable en Europa -no ¡por favor! como la italiana-, todos seríamos más felices.

¿He vuelto a utilizar mal la palabra «presunto»? Sí. Tengo que volver a la cola del paro. Me gustaría aguardar tomando un café con un presunto novio. Todos los que he conocido lo fueron.

La publicidad es spam

Leer, ver o escuchar lo que a uno le interesa, exige pagar un molestísimo peaje: la publicidad. Abre uno los ojos por la mañana, le gustaría saber qué ha ocurrido en el mundo durante las horas de sueño, si alguno de los grandes problemas se solucionó, si ha sobrevenido algún cataclismo. Pero no, se encuentra con max sofás y su aprovechamiento del tópico de la crisis, con el corte inglés y sus interminables rebajas, con ahorra más que vende tan sumamente barato, nos dicen. Acude al ordenador. Pincha una página y le salta un anuncio que, con sadismo, pregunta. ¿Ir a información? ¿Ir al anunciante? Y yo reflexiono si habrá algún ser humano -aparte de los dueños de la empresa- que se haya conectado para ver consejos publicitarios. En mi repaso diario, hoy he encontrado a ING que no sabe como sobrevivir, Repsol, Nokia, Ford Ka, Banesto, Cepsa. Todas las opciones cubiertas. Porque, cuando uno pretende ver la tele, le bombardean con más coches, detergentes, comidas, lugares de vacaciones, productos de belleza, colonias. Diez minutos seguidos con propuestas.

 El colmo ha llegado con algo que no sé qué vende pero que produce arcadas al ver que a una señora -vaya por dios y cómo no- le pica una oreja y se lo cuenta a su churri. ¡Dios qué ingenio! ¡qué nivel!

Y es que la publicidad paga programas, textos, sonidos, imágenes, noticias… todo. Copiando datos de mi libro, recuerdo que España es el tercer país del mundo en consumo de anuncios de televisión, tras Estados Unidos e Indonesia. Más de 33.000 impactos al año, un 32% superior a la media mundial. Las cadenas españolas obtienen pingües beneficios, y no van a perderlos. Al contrario. Aunque la eurocámara ha abierto la puerta al aumento de la publicidad, estima que España rebasa los límites establecidos. Y habla de infracciones. Europa no quiere una televisión como la estadounidense, donde los programas son pausas entre los anuncios. En teoría, porque está dispuesta a admitir que los mensajes publicitarios ocupen hasta el 20% diario de emisión, es decir casi seis horas. De anuncios. Incluyendo la teletienda, que se lleva tres horas. Establece que se podrán cortar las películas cada 30 minutos para poner anuncios, que rebaja en 15 lo permitido -y no siempre cumplido- hasta ahora. Salvo el cine, los informativos y los programas infantiles, no hay regulación para insertar «consejos». No se podrán interrumpir para nada, únicamente… los programas religiosos. El primer día que un anuncio, varios, «patrocinaron» las noticias, profanaron el espíritu de la información, pero nadie se ha preocupado de salvarla.

En la excelente película «Carta a tres esposas» de Joseph L. Mankiewicz (1949) ya se denunciaban los desmanes de la publicidad en radio en EEUU. Hoy han llegado a patrocinar los colegios o similares. Se pueden ver anuncios en las paredes de las aulas, o, en el patio, en los lavabos. «Channel One», dice, equipa «gratis» a los colegios de material audiovisual a cambio de que los alumnos presten atención a 2 minutos de publicidad. «Chips Ahoy» proporciona galletas para que los críos cuenten cuántas pepitas de chocolate contienen. Están formando nuevos consumidores, los del mañana.

La publicidad nos da, además, información no contrastada. ¿Por qué me voy a creer que un botecito de líquido blanco mejora mis defensas aunque me lo cuente una «presunta» periodista, previo pago de sus servicios? Ya he comprobado con las cremas de belleza milagrosas que no rejuvenezco, cada día, diez años. Ni siquiera diez minutos rejuvenezco. Cuándo me dicen que ese super vende más barato ¿lo acepto? Las empresas toman por tontos a los consumidores y no veo que haya leyes eficaces para erradicar la publicidad engañosa que campa a sus anchas por todos los medios. En algunos casos, como en productos que nos cuentan mejoran la salud, puede llegar a ser francamente peligrosa. Pero siempre algún incauto pica.

Ya no caben más coches en el mundo; queremos bancos que nos atiendan, no que nos vendan; compraré donde me venga bien y yo misma haya comprobado sus excelencias de todo tipo: adquiriré el teléfono que me dé el servicio que preciso por el mejor precio. ¡Estoy harta de la publicidad! Ha sido la causante indiscutible de la basura televisiva, por la competencia por atrapar el pastel del dinero. ¿Cómo vivían nuestros padres y abuelos sin apenas publicidad? ¿Podían resistirlo? A lo sumo compraban colacao. ¿Cómo lo hacían los estadounidenses antes de que los anuncios entraran en su sangre? ¿cómo consiguen mantenerse en pie los africanos sin saber de coches, televisores, spas, productos milagro?

Al final, necesitamos cuatro cosas para vivir, el resto es superfluo. La publicidad es spam y ha convertido en spam hasta las noticias, la economía, la política, la cultura, formateándola a su imagen y semejanza. Tras sortear los anuncios como puedo, encuentro a Rajoy hablando. Spam, puro spam.

Un mundo perfecto

  Al hilo de lo que hablamos estos días en anteriores entradas, he recordado un cuento que escribí en 2001. Así que hoy un poco de literatura. Entresaco los párrafos fundamentales:

«Más que nunca ¡era necesario actuar!, iniciar una revolución nueva, que no recordara en nada parámetros conocidos. Y poco a poco -ni sé cómo sucedió el milagro- nos unimos. Primero nos fuimos reconociendo. De dos en dos. Por una palabra, un gesto. Alguno encontró a otros dos y esos a otros y a muchos más. Tejimos ondas de ideas por el aire de Internet, a media voz en el trabajo, a corazón roto en casa y con los amigos.
(…)
El día de la cita para la primera reunión, nadie sabía cuántos íbamos a acudir. Y fue hermoso ver cómo salían de las alcantarillas o de los grandes edificios, de las tiendas, las fábricas, se apeaban del autobús, volaban a nado por el mar, aterrizaban sin peso goteados desde el cielo, cerraban el cajón de la mesa de al lado en tu propio trabajo para ir a buscar a los otros. Parecíamos hormigas, surgidas de todas las esquinas, dirigiéndose con destino firme a buscar la brizna de pan que, casual, había caído de una mesa. Igual de pequeño e intangible vivía nuestro sueño, pero éramos muchos, muy cercanos algunos, más de los que pensábamos. Teníamos fuerza… y razón.

(…)
Nos centramos básicamente en dos programas, formulados con astucia en inglés para que despertaran menos sospechas : el «Pure Power Extractor» y el «Put in the place of the other«.

El primero consistía en despojar a todo poder de sus aditamentos. Políticos, empresarios, estrellas de la más variada condición, podían, si querían, ejercer su liderazgo pero carecerían de la consideración del resto, nadie les admiraría ni les envidiaría, no gozarían de prebenda alguna. Una humilde casa, un sueldo base, un coche utilitario, ni una cámara resaltando su imagen. Los futbolistas trabajarían, meterían sus goles, se defenderían del acoso del contrincante, por el salario de una cajera de un supermercado. No habría fichajes, ni traspasos. Supermodelos, actores y cantantes, percibirían una cantidad similar. Los financieros deberían vivir con el sueldo de su más modesto contable. Los políticos no acudirían ni a cenas, ni a recepciones, jamás saldrían en televisión, adaptando sus gastos a los de la clase media de su país.

Cuando se comenzó a aplicar el programa hubo muchas bajas, sólo quedaron unos pocos altruistas. Pero se solucionó su necesaria presencia estableciendo un turno rotatorio entre todos los ciudadanos. Muchos, claro, no sabían cantar, o dirigir una empresa, o un gobierno, o no podían ni con su alma cuando corrían por un estadio de fútbol, entonces se pasaba turno a otro. La medida se previó provisional, se trataba sólo de que el poder quedara desnudo y la gente que lo ejercía amara su función por ella misma. Pero la igualdad de oportunidades hizo emanar muchos talentos. Surgió una apreciable y sana competencia, que mejoraría el ejercicio del poder cuando volviera a aplicarse sin restricciones. Los peor parados fueron los aduladores, los que siempre pululan como buitres olisqueando el sabor de la presa, no sabían qué hacer, quedaron muy desorientados. Incluso lo intentaron con alguno de nosotros, incluso hubo alguno de nosotros que cayó herido de vanidad. Afortunadamente, fueron pocos.

Con el tiempo, se pudo aplicar el salario social. Todo el mundo tenía lo suficiente para vivir y sólo trabajaba quien lo deseaba, le gustaba o quería ganar más. Y como es lógico los empleos más duros, más arriesgados, se pagaban mejor. Un minero cobraba lo que antaño un notario.
(…)
Por supuesto, los que vieron alterado negativamente su status, protestaron. No les sirvió de nada. Teníamos un gran apoyo popular. Todo esto no hubiera sido posible sin la aplicación simultánea del «Put in the place of the other». Aquí sí obramos sin contemplaciones. A esas personas a quienes se escucha pregonar -aunque estén hablando de fresas o paraguas- que no son racistas pero no quieren negros en su país porque les quitan el trabajo y no desearían tenerlos de yernos, las catapultamos de golpe a Somalia, Yemen, Sierra Leona, donde pudimos. Y tuvieron que permanecer un tiempo, largo, sintiendo en su piel el hambre y la guerra, el desdén y la injusticia, la impotencia. Los hicimos viajar en pateras después de haber pagado el sueldo de media vida a un desaprensivo, con noche y frío, con miedo y desesperanza. Y no los ahogamos en las aguas del estrecho, porque -aún siendo una revolución- teníamos descartada la violencia. Pero sí les azuzamos con policías y focos para que, viendo ya la costa prometida, se exprimieran de pánico.

 
Ese era el punto más duro del programa. Para los recalcitrantes. Para dictadores, racistas… y egoístas superlativos, para los que empleaban su vida toda en ir de vacaciones a las Fidji o adquirían, como quien va al supermercado, hoy un traje de Versace, mañana de Yves Saint Laurence o se gastaban miles de dineros en comprar lo inútil, pasando de largo por el dolor ajeno. Para los que dejaban morir sin emitir un gesto. El trabajo de campo se centró en pequeños detalles. A veces muy simples, como rayar los coches de quienes con un objeto punzante dañan los ajenos.

Progresivamente la actuación creció en otras direcciones y llegamos a abarcar multitud de problemas no resueltos. Les hicimos oír sobre ellos las palabras hirientes que habían proferido sobre otros. Les dejamos solos cuando precisaban ayuda, o, simplemente, necesitaban hablar. Encerramos en las paredes de su angustia a los que coartaban la libertad. Les pusimos en situación de ser pisoteados, sometidos, sojuzgados, si ésa era su actitud con los demás. Fuimos injustos, arbitrarios, déspotas, si ellos lo habían sido.

Logramos que sintieran el peso de un poder que dolía para que se ahogaran en su garganta las palabras de rabia y tuvieran que añadir al quebranto, la humillación. Tragaron sapos en crudo, con alioli, a la parmesana, al pil pil y con juliana de verduras. Los mismos que ellos habían arrojado a las gargantas de los demás, cerrándoles la boca. Contaminamos a los contaminadores y descargamos sobre sus casas y jardines lluvia ácida. Pusimos a confeccionar ropa, durante 12 horas diarias por un sueldo ínfimo, a todos los que la usaban sin saber que había sido labrada con dolor en países muy lejanos. Tapiamos a los talibán machos en cuerpo y vida. Conseguimos que cada persona, antes de fastidiar, en mayor o menor medida, al prójimo pensara que podía ser un escupitajo arrojado en vertical al cielo».

   El final, desesperanzado, se pregunta por la influencia en el proceso de «la condición humana». El hombre es un lobo para el hombre, o todo el mundo es bueno, o es preciso un pacto entre caballeros.  Para teorías más realistas, mirad las otras entradas.