Un mundo perfecto

  Al hilo de lo que hablamos estos días en anteriores entradas, he recordado un cuento que escribí en 2001. Así que hoy un poco de literatura. Entresaco los párrafos fundamentales:

“Más que nunca ¡era necesario actuar!, iniciar una revolución nueva, que no recordara en nada parámetros conocidos. Y poco a poco -ni sé cómo sucedió el milagro- nos unimos. Primero nos fuimos reconociendo. De dos en dos. Por una palabra, un gesto. Alguno encontró a otros dos y esos a otros y a muchos más. Tejimos ondas de ideas por el aire de Internet, a media voz en el trabajo, a corazón roto en casa y con los amigos.
(…)
El día de la cita para la primera reunión, nadie sabía cuántos íbamos a acudir. Y fue hermoso ver cómo salían de las alcantarillas o de los grandes edificios, de las tiendas, las fábricas, se apeaban del autobús, volaban a nado por el mar, aterrizaban sin peso goteados desde el cielo, cerraban el cajón de la mesa de al lado en tu propio trabajo para ir a buscar a los otros. Parecíamos hormigas, surgidas de todas las esquinas, dirigiéndose con destino firme a buscar la brizna de pan que, casual, había caído de una mesa. Igual de pequeño e intangible vivía nuestro sueño, pero éramos muchos, muy cercanos algunos, más de los que pensábamos. Teníamos fuerza… y razón.

(…)
Nos centramos básicamente en dos programas, formulados con astucia en inglés para que despertaran menos sospechas : el “Pure Power Extractor” y el “Put in the place of the other“.

El primero consistía en despojar a todo poder de sus aditamentos. Políticos, empresarios, estrellas de la más variada condición, podían, si querían, ejercer su liderazgo pero carecerían de la consideración del resto, nadie les admiraría ni les envidiaría, no gozarían de prebenda alguna. Una humilde casa, un sueldo base, un coche utilitario, ni una cámara resaltando su imagen. Los futbolistas trabajarían, meterían sus goles, se defenderían del acoso del contrincante, por el salario de una cajera de un supermercado. No habría fichajes, ni traspasos. Supermodelos, actores y cantantes, percibirían una cantidad similar. Los financieros deberían vivir con el sueldo de su más modesto contable. Los políticos no acudirían ni a cenas, ni a recepciones, jamás saldrían en televisión, adaptando sus gastos a los de la clase media de su país.

Cuando se comenzó a aplicar el programa hubo muchas bajas, sólo quedaron unos pocos altruistas. Pero se solucionó su necesaria presencia estableciendo un turno rotatorio entre todos los ciudadanos. Muchos, claro, no sabían cantar, o dirigir una empresa, o un gobierno, o no podían ni con su alma cuando corrían por un estadio de fútbol, entonces se pasaba turno a otro. La medida se previó provisional, se trataba sólo de que el poder quedara desnudo y la gente que lo ejercía amara su función por ella misma. Pero la igualdad de oportunidades hizo emanar muchos talentos. Surgió una apreciable y sana competencia, que mejoraría el ejercicio del poder cuando volviera a aplicarse sin restricciones. Los peor parados fueron los aduladores, los que siempre pululan como buitres olisqueando el sabor de la presa, no sabían qué hacer, quedaron muy desorientados. Incluso lo intentaron con alguno de nosotros, incluso hubo alguno de nosotros que cayó herido de vanidad. Afortunadamente, fueron pocos.

Con el tiempo, se pudo aplicar el salario social. Todo el mundo tenía lo suficiente para vivir y sólo trabajaba quien lo deseaba, le gustaba o quería ganar más. Y como es lógico los empleos más duros, más arriesgados, se pagaban mejor. Un minero cobraba lo que antaño un notario.
(…)
Por supuesto, los que vieron alterado negativamente su status, protestaron. No les sirvió de nada. Teníamos un gran apoyo popular. Todo esto no hubiera sido posible sin la aplicación simultánea del “Put in the place of the other”. Aquí sí obramos sin contemplaciones. A esas personas a quienes se escucha pregonar -aunque estén hablando de fresas o paraguas- que no son racistas pero no quieren negros en su país porque les quitan el trabajo y no desearían tenerlos de yernos, las catapultamos de golpe a Somalia, Yemen, Sierra Leona, donde pudimos. Y tuvieron que permanecer un tiempo, largo, sintiendo en su piel el hambre y la guerra, el desdén y la injusticia, la impotencia. Los hicimos viajar en pateras después de haber pagado el sueldo de media vida a un desaprensivo, con noche y frío, con miedo y desesperanza. Y no los ahogamos en las aguas del estrecho, porque -aún siendo una revolución- teníamos descartada la violencia. Pero sí les azuzamos con policías y focos para que, viendo ya la costa prometida, se exprimieran de pánico.

 
Ese era el punto más duro del programa. Para los recalcitrantes. Para dictadores, racistas… y egoístas superlativos, para los que empleaban su vida toda en ir de vacaciones a las Fidji o adquirían, como quien va al supermercado, hoy un traje de Versace, mañana de Yves Saint Laurence o se gastaban miles de dineros en comprar lo inútil, pasando de largo por el dolor ajeno. Para los que dejaban morir sin emitir un gesto. El trabajo de campo se centró en pequeños detalles. A veces muy simples, como rayar los coches de quienes con un objeto punzante dañan los ajenos.

Progresivamente la actuación creció en otras direcciones y llegamos a abarcar multitud de problemas no resueltos. Les hicimos oír sobre ellos las palabras hirientes que habían proferido sobre otros. Les dejamos solos cuando precisaban ayuda, o, simplemente, necesitaban hablar. Encerramos en las paredes de su angustia a los que coartaban la libertad. Les pusimos en situación de ser pisoteados, sometidos, sojuzgados, si ésa era su actitud con los demás. Fuimos injustos, arbitrarios, déspotas, si ellos lo habían sido.

Logramos que sintieran el peso de un poder que dolía para que se ahogaran en su garganta las palabras de rabia y tuvieran que añadir al quebranto, la humillación. Tragaron sapos en crudo, con alioli, a la parmesana, al pil pil y con juliana de verduras. Los mismos que ellos habían arrojado a las gargantas de los demás, cerrándoles la boca. Contaminamos a los contaminadores y descargamos sobre sus casas y jardines lluvia ácida. Pusimos a confeccionar ropa, durante 12 horas diarias por un sueldo ínfimo, a todos los que la usaban sin saber que había sido labrada con dolor en países muy lejanos. Tapiamos a los talibán machos en cuerpo y vida. Conseguimos que cada persona, antes de fastidiar, en mayor o menor medida, al prójimo pensara que podía ser un escupitajo arrojado en vertical al cielo”.

   El final, desesperanzado, se pregunta por la influencia en el proceso de “la condición humana”. El hombre es un lobo para el hombre, o todo el mundo es bueno, o es preciso un pacto entre caballeros.  Para teorías más realistas, mirad las otras entradas.

Entrada anterior
Los comentarios están cerrados.
A %d blogueros les gusta esto: