Gobierno Sánchez: Del júbilo a la cautela

Ha sido una jugada maestra. Pedro Sánchez ha aprovechado los cauces que abre la sociedad actual, sensible a los golpes de efecto, a ilusionarse y desanimarse sin pensarlo dos veces. Lo ha hecho en el momento perfecto, cuando La Moncloa, el Parlamento, las instituciones supuraban corrupción insostenible. Incluso algo más tarde, con la podredumbre ahogando a las personas decentes hasta la impotencia. Tan larga impotencia.  Para los partidos con un mínimo de sensibilidad por el bien común resultaba imperioso apoyar la salida del PP. Expulsar al PP del gobierno era una exigencia ética. Ha quedado demostrado que sí se podía… bajo determinadas condiciones.

Una sociedad -y más la española- no puede pasar de llenar sus calles de procesiones con ministros que cantan El Novio de la muerte a un gobierno de izquierdas. Pero sí podía saltar, de la involución en todas sus manifestaciones, a romper ciertos moldes. Este gobierno con mayoría de mujeres ha dejado boquiabierto al mundo. Con un astronauta, dicen, en realidad un apasionado de la ciencia y la lógica frente a la promoción de la homeopatía.

Cambiar del PP a un gobierno presentable era fácil. Si se sabía hacer, como en todo. Pasar de mediados del siglo XX -adonde nos había devuelto el PP-  a esta modernidad no podía más que ser un éxito. Apenas esbozado, no lo olvidemos. Solo ha pasado una semana desde que Pedro Sánchez quedó proclamado presidente del Gobierno español. Y hemos recuperado el interés por la política, por la información. En muchos casos, la esperanza. En particular, hemos sentido alivio. Sin la tenaza al cuello es más fácil respirar.

Soñemos primero pero sin separar los pies del suelo. Está todo tan medido, tan pensado, que, por pura racionalidad, se impone mantenerse atento. Los abundantes relatos sobre Pedro Sánchez y el desarrollo de la operación, van desde la épica a la tragedia. Estos últimos, los menos, dado que gran parte de la derecha está encantada con este gobierno. Avancemos que una sociedad ilusionada como está, no tolera ahora agoreros ni plañideras. Agoreras y plañideros, si prefieren. Quiere disfrutar. Que ya toca. Quiere “darle una oportunidad a Sánchez”. Sobrevolando los condicionantes de quiénes en la práctica otorgan las oportunidades.

Pocos políticos, salvo los de izquierdas, han sido vapuleados por la prensa como Pedro Sánchez. Y no solo por la prensa. En el PSOE hicieron con él una carnicería. Hasta con aquel innoble fusilamiento un 1 de Octubre, fecha de grandes hitos en este país. Su saco de los agravios debe estar a rebosar. Y, sin embargo, habla de diálogo y humildad. Parece haber modelado su carácter de forma extraordinaria. El hombre que eligiera a César Luena y Antonio Hernando en su primera andadura, nos ha llenado el gobierno de profesionales de gran solidez. Salvo alguna cosa.

De los relatos de la peripecia, llama la atención la coincidencia en que Sánchez llamó a Grande-Marlaska, su fichaje más polémico precisamente, hace meses. No ha sido ninguna improvisación. Preocupa su trayectoria y más para el ministerio del Interior. Como Borrell frente al independentismo catalán. Ha previsto, señalan, equilibrios con otros miembros del gabinete. Y está claro que Máxim Huerta está ahí para hacer de sparring y señuelo que se lleve los golpes de atención.

La maniobra se pensó al detalle. Durante meses. Nombres claves entraron en escena. Sobre todo Iván Redondo, nombrado hoy director del Gabinete de la Presidencia. Experto asesor que trabajó para Garcia-Albiol en su campaña de “limpiando Badalona”, para Monago, PP, Extremadura, o Basagoiti, PP vasco.  Una labor profesional, eficaz. No son tiempos para la lírica.

Se trataba de escuchar el sonido de la sociedad. No de hacer encuestas telefónicas como el partido de Albert Rivera. De escuchar a las mujeres, las demandas sociales, la incomodidad con la corrupción. Y al mismo tiempo a Cataluña y a sus detractores, parciales y totales. A quienes demandan “Orden” y a quienes se quejan de las mordazas.

El gobierno de Pedro Sánchez es sobre todo un cartel electoral. Aprovechando la coyuntura que obligaba a tumbar al PP. Para decir: estos somos, esto hemos hecho, si quieres más, vótanos. Para señalar a quien interfiera. Al nuevo gobierno le llueven las peticiones.  Se ha abierto la puerta de un mausoleo cerrado a cal y canto. Y es un gobierno que suena bien, sin apartarse de la línea que previamente mantenía Pedro Sánchez. Aprobará medidas de efecto, difíciles  de rebatir salvo quedar tocado. Habrá gestos en temas conflictivos. Como el levantamiento del control previo de las finanzas de Catalunya de este primer consejo de gobierno. Pero es más complejo. No debe abusar, como el PP, del Decreto Ley. Algunos apoyos le van a costar. Las zancadillas son seguras.

Pedro Sánchez  tumbó al Partido Popular  y, a la vez, a Ciudadanos, como ya señalé. Aún ha sido más rotundo en esta semana trepidante. Cada medida deja más noqueado al partido de Rivera. El tuit de Garicano, que parece una de las cabezas de más entidad, fue demoledor:  “Esto es parte del cambio que hemos querido traer”. Ellos, Ciudadanos. El gobierno de Sánchez ofrece además mujeres y hombres con unas carreras espectaculares que empequeñecen a los modelos de diseño de Ciudadanos.

No se debe olvidar quiénes mandan en España desde hace décadas, por no decir siglos. La alternancia del bipartidismo. La hábil maniobra tiende a reforzarlo.

Unidos Podemos debe reflexionar, a fondo y con sagacidad, sobre su estrategia. Lamentarse porque Sánchez les ha desplazado –como se preveía- no es táctica que funcione ahora. Esa parte de la ciudadanía que vive un cuento de hadas está en lo alto del suflé.  No quieren aguafiestas. También existen quienes aspiran a medidas profundas de cambio. Incluso a la lírica de la política.

La sociedad se ha transformado. Le gusta oír que las deferencias son “guiños”. Que la igualdad de oportunidades puede llevar al espacio a un chico de San Blas con enorme coraje. Y también que se triunfa por ser parte de la cultura… del espectáculo. Todos debemos saberlo. Ser conscientes de los votos que hay tras las pantallas, tras la frivolidad, tras las estrategias, para usarlo o cambiarlo. De las herramientas que existen. De las prioridades, siempre.

Confirmarnos que sí, se podía. Y es la base para seguir pudiendo.

Suerte y acierto para las buenas intenciones. Soñar y mantenerse alerta. Tener la cabeza en las nubes, sin separar  los pies del suelo.  Hace años descubrí que era la forma de ser alta. Esa altura que permite mirar con la amplitud de los ojos de águila.

Pedro Duque, mente lógica y abierta

Es el nuevo ministro de Ciencia de Ciencia, Innovación y Universidades del gobierno de Pedro Sánchez. El astronauta e ingeniero aeronáutico español Pedro Duque, tendrá a su cargo lo que probablemente son tres de sus grandes pasiones. Lleva en las venas la lógica, el premio al esfuerzo y la igualdad de oportunidades. Por tanto combate la pseudociencia.  «Defender la homeopatía es más sangrante que negar que pisamos la Luna», ha declarado. Y cree que no todo es opinable. Algo que tanto cuesta entender.

Nació el 14 de Marzo de 1963 en Madrid, en el Barrio obrero de San Blas. Hijo de un controlador aéreo, pronto reveló su vocación y sus extraordinarias aptitudes para el estudio. Se licenció con matrícula de honor –y nota media de 10- en Ingeniería aeronáutica en la Politécnica de Madrid. Mientras estudiaba, trabajó como becario en diversos proyectos del Laboratorio de Mecánica del Vuelo. Contratado por una empresa privada, empezó a colaborar con la Agencia Espacial Europea en 1986, en Alemania. Se especializó en programas de órbitas de naves espaciales y participó en el control de vuelo de los satélites ERS-1 y EURECA.

Fue seleccionado como astronauta entre 6.600 aspirantes y se preparó en EEUU, en la NASA. Voló al espacio por primera vez en 1998 durante 9 días, en el Trasbordador espacial ‘Discovery’. Se trataba de investigar el Sol y la falta de gravedad. Cinco años después regresó al espacio a bordo de la nave rusa ‘Soyuz’, que le llevó a la Estación Espacial Internacional. El astronauta español desarrolló un extenso programa experimental -25 trabajos- en las áreas de biología, fisiología, física, observación de la tierra, educación y nuevas tecnologías.

Era el año 2004 y Pedro Duque apenas acababa de regresar a establecerse de nuevo en España. Mi pasión romántica por la ciencia me llevó a llamarle para un libro en el que pregunté a hombres muy diversos sobre la mujer. Fue una entrevista en la que nos costó entrar por la temática infrecuente para un científico, pero muy ilustrativa. Duque es una persona que responde con absoluta racionalidad y puede resultar demoledor por ello, y a la vez tiene un punto de ironía en la mirada y hasta una cierta piedad por las preguntas que no le encajan.

Como todo, su feminismo es resultado de la lógica, del equilibrio también como solía repetir. «Yo no entiendo cómo se puede decir que el 50% de la población es raro, desde el punto de vista estadístico es una contradicción muy grande. Es imposible», me dijo sobre los grandes tópicos de los hombres sobre las mujeres.

Le había visto rodeado de centenares de niños, celebrando el Día de la Ciencia en el Recinto Ferial Juan Carlos I de Madrid, atendiendo sus preguntas y primándolas sobre las de los periodistas. Feliz de ese contacto. Duque cree que todo empieza en el colegio, en la familia, de niños. Desde luego, la prevención del machismo.

– «Los únicos esfuerzos que van a valer de algo son los que se hagan en los colegios de primaria. Todos los demás, son solo parches y paliativos. Lo que hay que hacer es enseñar a los niños y a las niñas a convivir de otra manera y a no tener relaciones jerárquicas entre ellos. Hay que empezar desde pequeño. La labor del maestro es fundamental y de tías y abuelas, de tíos y  abuelos…»

A sus alumnos les contaba cosas tan interesantes y prácticas como que, si la tecnología espacial se extendiera a la aeronáutica, se podría volar de Londres a Nueva York en 35 minutos, saliendo de la atmósfera y volviendo a entrar. A mí me pareció fascinante.

No le asustan las mujeres inteligentes como a otros muchos hombres, lo que sin duda le va a venir muy bien en el Consejo de Ministros.  Al pedirle que me citara un nombre de mujer a la que admirase, Pedro Duque no recurrió, como se hacía hasta hace poco única e invariablemente, a Marie Curie. Recordó a una de las más injustamente olvidadas: Ada Augusta Byron, hija del escritor con el que apenas convivió, condesa de Lovelace, la precursora de la programación informática por intuición y deducción. A mediados del XIX.

– «Lo que sí es admirable es que personas, sean hombres o mujeres, a quienes no les han dado formación, se hayan impuesto a sí mismos disciplina, tirar para adelante y demostrar que podían llegar a grandes cosas»

En sus tuits recientes sigue en la misma tónica: «La educación pública y realmente gratuita es la base para el desarrollo. No perdamos a los genios, una de esas niñas podría ser muy grande».

La mujer, su mujer, el apoyo de alguien, el contrapunto. «Es completamente innatural estar todo el tiempo tratando de tomar las decisiones solo. Siempre tiene que haber alguien que tenga otro punto de vista. Es interesante contrastar todas las decisiones. Contar con quien tengas confianza absoluta».

Pedro Duque ha saludado su nombramiento como ministro con un tuit que le resume y que emociona.

Pedro Duque@astro_duque

Ojalá estuviera mi madre. Siempre @forges

Sed de cambios y trampas para frenarlos

Un 5 de junio espectacular. Era cuestión de mover una ficha para provocar cambios. Un gobierno del PSOE, con mayoría de mujeres, la suma de partidos que lo han hecho posible, puntos de partida impensables hace solo unos días. La retirada de Rajoy de la política activa es otro hito notable y podría constituir el fin de una época. Mejor o peor según aprendan las lecciones. A otro nivel, hasta el periodismo entra en giros decisivos si se confirma el relevo en la dirección de El País, diario de referencia español.  Soledad Gallego-Díaz, periodista de enorme solvencia, podría acabar con la deriva de este medio. La marcha se ha emprendido ya, aunque hay que  consolidar los nuevos rumbos enfocando con acierto los riesgos.

No es porque Pedro Sánchez no le haya echado valor y avance buenas intenciones, pero sería suicida no tener presentes las inercias de este país y las mochilas con las que cargan los políticos. La composición del gobierno atrapa por el protagonismo de las mujeres pero da también algunas señales de alarma. El futuro vendrá determinado por lo que los protagonistas de este momento histórico consideren prioritario: si el gobierno de Sánchez debe funcionar y cuáles son las alternativas.

La primera cuestión a no olvidar es que el líder del PSOE no sería presidente sin el apoyo de los 180 diputados que dijeron sí a su moción de censura. Este gobierno no es como el de Portugal, convertido en modelo ejemplar. Aquí la suma de fuerzas fue para echar a Rajoy, no lo es –de entrada- para sustentar el gobierno.  Fue una labor ineludible, tras la sentencia de la Gürtel como punta de un iceberg monumental.

Acreditados periodistas de la prensa internacional explican a sus lectores que lo auténticamente raro es que Rajoy aguantara tanto tiempo en el poder. Lo hace desde  Giles Tremlett en The Guardian  a  Olle Svenning en  Aftonbladet, el diario que lee la cuarta parte de la población en Suecia. La corrupción en España es una lacra que nos sepulta, está muy arraigada y vinculada al franquismo sociológico que encarna el Partido Popular.  Con cómplices necesarios que se mencionan menos.

Cultivado a fondo el sustrato con medios afines, con Ciudadanos y algún famoso con tirón popular y nulo conocimiento de la Constitución, aparece Rajoy para despedirse y deslegitimar al Gobierno con las mismas consignas de sus colaboradores oficiosos. Mienten. Una vez más. Hay mucho en juego y lo han perdido. El gobierno de Pedro Sánchez es absolutamente legítimo por los apoyos de los que dispuso. España es una monarquía parlamentaria, no un sistema presidencialista.

A Sánchez, dicen, no le ha votado nadie, no representa a nadie  y la falacia cuaja en algunos sectores. Algo que nos muestra hasta qué extremos alarmantes de ignorancia y oscurantismo se enseñorean de sectores de la sociedad. Hasta qué punto prácticas de corrupción,  políticas y mediáticas, hacen mella en una parte de la población que ni conoce, ni valora, ni ama la democracia. Dado que la democracia es fundamento del sistema, no debemos consentir que también se pervierta. Más de lo que está. El paso siguiente ya lo están dando algunos países y está muy cerca del fascismo.

Es comprensible que Pedro Sánchez apueste por un gobierno monocolor de su partido. El primer campo de batalla en el que lidiar lo tiene en el propio PSOE. Ese segmento del PSOE que no parece ser consciente de su derechización y que le puso zancadillas de muerte hasta echarlo. Cualquiera se hubiera desanimado y, bien es cierto, Sánchez siguió en la brecha lo que es un aval a tener en cuenta.

Un gobierno del PSOE, sí, pero sin coces a quienes le han ayudado a sentarse en la Moncloa. Preocupa oír a periodistas que pasan por ser progresistas menospreciando gratuitamente a soportes imprescindibles de este gobierno. Las ilusiones independentistas han apoyado a Pedro Sánchez, lo quieran ver o no. Lo mismo que el partido de Pablito o Pablo Manuel es imprescindibles para la continuidad del gobierno del PSOE. Nunca oímos hablar, por cierto, de Pedritos, Albertitos o Marianitos; de Sorayitas, sí, pero esto es por ser mujer. Algo que tampoco alcanza a las Inesitas. Siempre hay clases.

El gobierno de Sánchez avanza objetivos altamente positivos para cualquier progresista, para cualquier persona sensata. La apuesta por las mujeres y en carteras de peso. La igualdad, la lucha contra la pobreza infantil y los grandes desequilibrios que el PP propició. El fin – debería ser total- de las leyes Mordaza. La apuesta por el derecho a la información, liberando a RTVE de las garras letales del PP, al menos. Recuperar la sanidad pública y atemperar la salvaje reforma laboral que dejó a la intemperie a los trabajadores españoles. Aunque el PSOE carga con su mochila de responsabilidades, se podrían revertir. Educación, ciencia, cultura, progreso. Suena mejor. A poco que dure y a pocos que sean sus aciertos, el gobierno de Pedro Sánchez  lo cambiaría  todo, aunque también puede patinar mañana.

Sin el apoyo catalán ni hubiera sido posible, ni funcionará. Claro que es posible encontrar el de PP y Ciudadanos para acciones puntuales. Lo justificarían en aras de los intereses de su concepción de España. Han votado juntos muchas veces, pero ahora el PSOE les ha desbancado del gobierno. Su ayuda vendría envenenada. Su  alma escorpión nunca defrauda.

Más aún, fuera de intereses partidistas, lo sucedido en Catalunya exige diálogos y reparaciones inaplazables. Entre los juegos semánticos no cabe ser progresista y demócrata y mantener encarcelados en larga prisión preventiva a políticos por hacer política. Aquí sí que no se puede nadar y guardar la ropa.

El nombramiento de Josep Borrell como ministro de Exteriores es un agravio a los partidos nacionalistas catalanes. Inteligente, preparado, Borrell tranquiliza en Europa y a los más apasionados de la unidad de España, incluso a los a por ellos. Con lo que quita todavía más fuerza -de la ya perdida- a Ciudadanos. Pero sus insultos a los soberanistas y su presencia en aquel infausto festejo de Social Civil Catalana, no son nada fáciles de tragar.

Pedro Sánchez se encuentra con múltiples dificultades que acomete con valor. La prensa convencional al degüello. Los poderes alerta con la zancadilla preparada. PP y Ciudadanos compitiendo en bajeza como reacción insana al revés sufrido.  Incluso el gélido acto de la toma de posesión, marcó las diferencias con ocasiones anteriores. ABC se encargó de resaltarlas. Se ha iniciado una especie de cohabitación, entre el gobierno y la Jefatura y poderes del Estado que en rigor no debería de existir. Esa confrontación solo ocurre, nos dicen, en los países donde el más alto cargo lo es por elección. Y en Portugal ni siquiera: el jefe del Estado actual, conservador, colabora con el proceso progresista.

España es un país enfermo, con una sociedad enferma, por convivir y tragar tanta corrupción. Las mochilas del pasado pueden regenerar sus errores  con limpieza y buena voluntad. Hay mucha gente sana, con ganas de luchar, de salir adelante, de echar una mano con generosidad en esta tarea. Políticos también. Nadie debe olvidar la influencia de las movilizaciones de pensionistas y de las mujeres. Desde distintas ideologías se dio la unión ante situaciones inadmisibles. La corrupción también lo es.

Lo mejor es que este país enfermo ha empezado su terapia. Lo peor es que puede recaer.

Un presidente que gobierne en minoría no es una goma de la que se pueda tirar en todas las direcciones. Salvo el de Rajoy que hasta la sentencia de la Gürtel vino a gobernar como si dispusiera de mayoría absoluta redoblada por sus apoyos políticos y mediáticos. Lo normal es que tirando desde direcciones opuestas, la goma se rompa. Es lo que algunos intentan. Otros priman otros intereses y exigencias legítimas. Igual no es el momento del qué hay de lo mío, ni de los reproches, tampoco de las provocaciones, ni de los cheques en blanco. Complejo, no imposible.

Quienes quieren que este gobierno marche deben ser racionales y pragmáticos para lograr los objetivos. Lo secundario ha de esperar  para abordar primero lo importante: que el gobierno de Pedro Sánchez funcione. Con esta oleada que trae consigo, fruto de muchas ganas contenidas. En caso contrario, lo que la moción de censura ha derrotado puede renacer y desandar lo andado. El efecto rebote sería el peor de los zarpazos.

 
 

 

La España real vence a la trama Frankenstein

Hemos contenido la respiración hasta que a las 11.30 del viernes 1 de junio, 180 votos a favor de Pedro Sánchez le convertían en presidente del gobierno de España. Cómo habrá penetrado la corrupción en las entrañas del Estado que millones de personas temían ver surgir un “tamayazo” que desbaratase la elección del secretario general del PSOE.  El propio Mariano Rajoy se encargó  de dejar en evidencia a quienes de alguna forma le amparan. Acribillado su partido por la corrupción, le faltaba dar la nota final: el desprecio al Congreso de los Diputados, depositario de la soberanía popular con una espantada intolerable.

No cabe despedida más infame que agarrar la cartera, salir del hemiciclo sin que la presidenta hubiera  suspendido hasta la tarde la sesión, y “recluirse” – como titulaba RTVE-  en un restaurante cercano 8 horas, mientras caían hasta cuatro botellas de whisky. Con ministros entrando y saliendo, a un kilómetro de un Congreso que  debatía su moción de censura. Y salir apimplado, ya de noche.

Cualquiera hubiera pensado que la prensa generalista se volcaría en la necesidad ineludible de apartar a semejante presidente de las tareas de gobierno. Pero no. Su preocupación máxima era que Pedro Sánchez iba a sustituir a Rajoy en La Moncloa. Los medios internacionales titulan con los hechos: el presidente del gobierno español ha sido depuesto por corrupción. Los españoles siguen con su campaña de presiones para mantener su modelo.

Ya no pueden defender a Rajoy, pero sí a lo que representa. Las críticas al presidente censurado se alternan con durísimos ataques a Sánchez. Como objetivo: elecciones inmediatas que, en la confusión del momento, elijan la continuidad. No cabe peor solución ahora. Los tenebrosos augurios que plantean no tienen otro fin que dejar todo igual, esta vez con Albert Rivera al frente. U otro candidato del PP que sume fuerzas con Ciudadanos.

El Pedro Sánchez que dimitió incluso de diputado es acusado de “ambiciones monclovitas”. Le culpan de “recitar todos los desgastados comodines del lenguaje político: consenso, estabilidad, diálogo”. De demoler al PP. Aún apelaban en los diarios del viernes al “sentido de Estado” de un Mariano Rajoy que se pasó la tarde del jueves de larga sobremesa, recibiendo visitas de ministros y altos cargos interesados por su futuro. Estremecidos, temen su gobierno “inviable” y “temerario”. El que llaman “Gobierno Frankenstein”. El gobierno de Sánchez se vería, dicen, “tiranizado por los requisitos del PNV -Partido Oportunista Vasco-“. Esto último es de El País que un día fue un periódico serio.

Este viernes el escenario es distinto a hace dos días siquiera. La moción de censura ha tumbado al PP y ha señalado a la trama corrupta que ha invadido las entrañas de este país. La que ha  sembrado  de focos infecciosos las instituciones y los pilares fundamentales. Pase lo que pase, es ya así.

El otro notable resultado de la moción ha sido la bajada del suflé Albert Rivera, lastrado por su no a la moción, de alivio al PP. El líder de Ciudadanos  llegó a decir a los nacionalistas catalanes: Aprovechen estos meses de gobierno Frankenstein para violar derechos y libertades, para acosar, señalar  y que no se pueda defender la libertad y la unión. ¿Qué vendrá después? ¿Los tanques? Rivera y sus soflamas extremas dan cada vez más miedo.

España es un país al que los defensores del sistema corrompido no conocen. Porque ni siquiera la miran. No conocen a su sociedad y cómo vive y siente hoy. Todo lo que no sea su modelo es ETA, separatistas, podemitas y populistas. Mientras ellos se ven a sí mismos ejemplares y dignos de imitar.

Su modelo, a tenor de sus ataques, es un Estado centralista, uniforme, manejable, obediente, disciplinado. Blanco si pudieran, de superioridad masculina, si pudieran que ya no. De personas que hablen español, cumplan las normas protocolarias en el atuendo, y sueñen -si es el caso- sin estridencias. Uno, grande y atado.

Para esa sociedad que no existe hacen planes desde los despachos, los palcos o las cenas exquisitas para estómagos estragados. No escuchan sus acentos. No los admiten. Les repugnan. Desprecian cuanto se aleje de su prototipo altamente estereotipado. Y los señalan como si todos los ciudadanos compartieran el asco que ellos sienten por los que ven diferentes.

Los Frankestein son ellos. El PP, sus medios, sus tertulianos casposos, sus jueces, sus policías. Los que desde la llegada de Rajoy al poder aumentaron la desigualdad, el autoritarismo, las mentiras como norma de funcionamiento, la inseguridad en el futuro. Los que con su intransigencia incrementaron el independentismo catalán del que tanto se aprovechan con fines electorales.

El Dr. Victor Frankenstein fue el malvado que construyó un ser bueno aun hecho de retazos inservibles. que ni siquiera tenía nombre. No al revés. El pueblo inculto acudió en masa al castillo a destruirlo. Por ser deforme y distinto. Una metáfora completa. Lean el libro que escribió Mary Shelley en 1818.  Y dejen de poner rótulos fuera de sus propias cabezas.

No sabemos cómo nos irá con Pedro Sánchez  pero de entrada puede afirmarse que infinitamente mejor que con Rajoy o cuantos se le parecen. Sánchez ha sorprendido por su audacia y tenacidad. Y su iniciativa ha cuajado en un momento de hartazgo insuperable que los causantes no llegaban a ver, o pensaban iba a ser sofocado una vez más. Gente muy diversa se ha unido, es cierto, la real, la que puebla las calles de España con el mismo derecho que esas élites endiosadas. Las que han quedado desnudas y caducas, súbitamente, de nuevo. Aunque hay que estar atentos a sus coletazos y descalificaciones.

Lo difícil y “complejo” es gobernar con sus zancadillas.  Con sus medios ferozmente en contra. El aplauso tras ganar la moción, con personas que jamás pensaron votar al PSOE felices en la tarea común, con diputados de Unidos Podemos coreando ¡Sí, se puede!  Es inédito en España. E ilusionante. En Portugal lo han logrado. Se precisa “mano izquierda”, en todos los sentidos. Habrá que aprender las nuevas dinámicas hasta para enjuiciar este gobierno, ejercido por el PSOE y sustentado por una suma de minorías que precisan unas de otras y han de saber su lugar.

De Pedro Sánchez y esta etapa se espera que no defraude las esperanzas que han nacido con este cambio. Han de ser contenidas, pragmáticas. Aprendiendo de los errores pasados, propios y ajenos.  Basta ese primer paso. Con cautela y fuerza. Orillando reproches  como hará de continúo la oposición. El PP y Ciudadanos son ya la oposición ¿pueden creerlo?

Expulsar al PP del gobierno es una exigencia ética

Lo terrible de este país es que se dude de la ineludible necesidad de deponer al gobierno del PP.  O se obstaculice. Ya es inaudito en una sociedad democrática que Rajoy no haya dimitido y convocado elecciones. Pero, dado el comportamiento continuado del Partido Popular, es la actitud esperable. No ha habido ningún error. Lo alarmante, por tanto, es que no sea  un clamor, político, mediático, ciudadano y de todas las instancias, que el PP no puede seguir en Moncloa.

Nos encontramos ante una organización que ha parasitado el país. Con una red, apenas invisible, de apoyos mediáticos y empresariales. Incluso ha infectado a la sociedad que la aguanta como normal. Todos saben lo que han hecho.  Saben de la Caja B del PP, acreditada en la sentencia de la Gürtel, y cómo han usado ese entramado con los principales condenados. Corrupción desde hace casi 30 años. Y, lo juzgado, es solo una primera parte de Gürtel, queda ese abecedario de casos que desde Púnica a Lezo ha saqueado el erario público. Cómo será que ha sido condenado a tres años y medio de cárcel un ex vicepresidente autonómico, de Castilla León, y ha pasado hasta desapercibido.

Sonroja ver salir a toda la cuadrilla de notables con esa cadena de mentiras, blanqueo de la corrupción y ataques a Pedro Sánchez que les ha presentado una moción de censura.  Cospedal, con su potente ministerio de Defensa tras ella, acusa al líder del PSOE,  de ser “Enemigo del Estado de Derecho”.  Un Estado de Derecho en el que la número 2 del PP ha llegado hasta a rechazar la sentencia de la Gürtel y descalificar a los jueces.  La vieja y chirriante táctica que no hace sino confirmar la urgencia de echar al PP del gobierno.

En todos los tonos, han ido destacando que con la moción peligra la estabilidad de España. Es decir, que la estabilidad de España es la corrupción. Insultante y doloroso si se tiene un mínimo de decencia. Dastis, ministro de Exteriores, dice que “quién esté libre de pecado –pecado- que tire la primera piedra”. Desde el PSOE, el expresidente extremeño Rodríguez Ibarra declara que «le importa más el independentismo que lo que haya robado el PP».  Esa laxitud moral es causa de no pocas deficiencias en España.

Nada hay  que desestabilice más que la corrupción y, con ella, la falta de escrúpulos con la que se acepta. Han salido ministros, portavoces. Individuos que son considerados personalidades y reciben tratamiento de excelentísimo en muchos casos. Esta España de la que nos obligan a enorgullecernos, bajo patriotismos de banderas  y no por valores esenciales,  arrastra una indecencia secular en sus élites.

Es tremendo el silencio  sobre la corrupción del PP de intelectuales, organizaciones varias, la privilegiada jerarquía católica de quien se espera salvaguarde como mínimo la moralidad. Del jefe del Estado que tan presto y decisivo fue en octubre para la dura reacción contra el referéndum del 1-O en Catalunya. Dado que entonces se pronunció, no se entiende que no lo haga ahora.

La moción de censura es de resultado incierto. Podría salir, digan lo que digan. Con el voto de los nacionalistas, sin duda. Como ha hecho, cuando le ha convenido, el PP. Conservando los acuerdos que les dio Rajoy  al PNV (los iban a tener igual si siguiera el PP). Unidos Podemos y Compromís suman 71 diputados y dan apoyo sin condiciones.

En principio el apoyo del PSOE lo tiene también, aunque con las reticencias habituales de barones, baronesa y vieja guardia.  A los independentistas, ni agua, vienen a decir, cuando necesitarían sus votos. Las conversaciones iban marchando, a salvo de torpedos que pueden ser lanzados en cualquier momento, como éste de Borrell.

El obstáculo fundamental para la moción del PSOE está en Ciudadanos -que marca la agenda política con 32 diputados y… las encuestas-. No quiere que Sánchez sea presidente, quiere elecciones que supone le harían ganar o conseguir más escaños.

El Ibex ha irrumpido sin tapujos a su favor y al del partido de la Caja B. Plantea un pacto de estabilidad Rivera-PP de 12 meses antes de ir a elecciones. Un directivo dijo: «Esto no puede seguir así».  ¿La corrupción? En absoluto. En «la economía» que va tan bien. Para ellos. La presunta recuperación económica es tan sesgada, que un informe del Banco de España certifica  el constante aumento de la desigualdad y el  enriquecimiento desproporcionado de las grandes fortunas con “la crisis”. A costa del resto de la población, por supuesto.

Sí, echar a Rajoy es una exigencia ética y nada justifica demorarlo.  El resultado de una moción de censura, de toda decisión democrática, está en las mayorías. Si gana Sánchez y forma gobierno será un resultado impecablemente democrático. Y no lo es descalificar a diputados elegidos por millones de personas como hacenAlbert Rivera y varios miembros de Ciudadanos y del PP.

Un gobierno sin Rajoy de inmediato

Tenemos los políticos que tenemos, insisto una vez más. No son esperables milagros, no existen. Pero hay grados. Imaginen, por un momento, que el sábado, ya no es presidente del gobierno Mariano Rajoy, con cuanto implica. Ya no toca sufrir las filípicas de Soraya de Santamaría y sus maniobras orquestales en la oscuridad. Ya no se ocupa de la Defensa María Dolores de Cospedal.  Ni adoctrina niños en valores castrenses,  junto al portavoz y ministro de Educación, Méndez de Vigo y ambos pueden cantar con el ya ex ministro de Interior, Zoido, y el ex de Justicia, Rafael Catalá, El novio de la muerte en la intimidad.

El sábado puede no ser Ministro de Hacienda Cristóbal Montoro. Ni Fátima Báñez tener a su cargo el empleo, el paro y las reformas laborales. No representarnos fuera de España, Dastis. Que el portavoz Rafael Hernado se guarde sus coces para repartir desde su escaño. Que no se ocupe de agricultura, pesca, alimentación y medio ambiente, García Tejerina, si alguna vez lo hizo. Ni de la sanidad, Dolors Monserrat.  El sábado o poco después todo ello, cuando establece el reglamento el relevo.

La semana próxima RTVE puede tener un presidente que devuelva la libertad de expresión y el derecho a la información. Piensen en cuántos organismos podrían ser renovados para cumplir el servicio a los ciudadanos. Cuánta labor se puede hacer por recuperar los derechos y aventar las mordazas.

No hacen falta prodigios. La política, la sociedad, están muy tocadas por  la degradación.  Cualquier persona preparada, honesta, consciente de su papel como servidor público, es mejor que quienes han secundado esta larga etapa de ignominia.

¿Ocurrirá así? No es fácil, aunque no imposible. Es posible, aunque hay muchos dispuestos a impedirlo. Pero ¿a qué es hermoso el sueño posible de que llega el fin de la pesadilla? Porque implicaría el comienzo de otra etapa, con dificultades sin duda, para construir sobre terreno más limpio, al menos.

Carmen Sarmiento, el periodismo, la mujer y la memoria

sarmiento.calaf.maruja

Esta mañana he experimentado un fenómeno que suele llamarme la atención: la percepción selectiva. O dos fenómenos. El otro es cómo siguen escuchando la Cadena SER amigos y familiares progresistas de  “cierta edad”, con la fidelidad que exige hacerlo un domingo a las 8 de la mañana. En “A vivir”  y en la sección de Ramón Lobo han estado tres grandes, enormes, periodistas: Carmen Sarmiento, Rosa María Calaf y Maruja Torres.  Carmen me ha mencionado y varias personas me lo han contado por diversas vías y habiendo escuchado, en lo mismo, algo distinto. Desde el elogio a lo peyorativo.

Hablaban de que «Ser mujer y periodista nunca ha sido fácil». Mucho menos lo fue cuando las mujeres éramos la excepción en las redacciones. Aún más, en los inicios, unos pocos años antes en el caso de ellas. Vivo Franco incluso. Y del gozo y la esperanza que da que se haya reaccionado masivamente al machismo y que se denuncie lo que antes –y desde luego en España- era inimaginable. Una entrevista muy interesante porque si hay tres personas a las que merece la pena oír son ellas.

Contaba mi querida amiga Rosa María Calaf –que previamente a periodismo estudió Derecho- que le prohibían ir con pantalones a la Facultad y que en algunos temas de la asignatura de Derecho Canónico no les dejaban entrar a las mujeres. Han relatado esas experiencias comunes que se vivieron y siguieron viviendo en periodismo y en la vida. La condescendencia con la que nos tratan, decía Maruja Torres. El paternalismo, añadía Carmen Sarmiento. Los abusos. Los abusos sexuales.

Carmen ha explicado que, cuando llegó al telediario, solo había dos mujeres más. Y… un redactor jefe que se ofreció a acercarla desde Madrid a lo que hoy es la Casa de la Radio en Pozuelo, entonces también TVE y los informativos. Había que cruzar la Casa de Campo y un día el tipo se abalanzó sobre ella. Y forcejeando pudo salir del coche. Entonces no se denunciaban las agresiones sexuales. Pero a Carmen Sarmiento le obligó a pedir un cambio de turno porque “A ver con qué cara vas al telediario, después de eso».

Y ahí ha sido donde he aparecido la referencia hacia mí. Varios años después, a finales de los 80´, hice un reportaje de Informe Semanal sobre el acoso sexual. Y al parecer hubo cierta polémica con su intervención. La llamé. Los entrevistados los elegíamos los reporteros, claro está. Carmen Sarmiento ha contado al detalle lo sucedido dejando por delante que considera soy “una estupenda periodista”.  Quienes me han llamado es lo que han oído en su mayoría y se han alegrado de ese reconocimiento de una profesional tan valiosa. Yo también. Pero algunos han reparado –solo- en el resto, en el lamparón que suponía una cesión al intento de censura.

Es curioso lo que conserva la memoria a través del tiempo, de tanto tiempo. Yo no recuerdo esa polémica. Ella sí. Y probablemente en mi caso es porque no guardé el asunto en mi memoria como algo problemático. Ni siquiera el nombre de su agresor, cosa que ahora me intriga. Al parecer, le ocurrió con otros dos tipos más.

Mi admiración y afecto por Carmen Sarmiento es total. Siempre ha sido un referente,  una inspiración. Y, por tanto, por cómo es, sé que no había ninguna crítica deliberada hacia mi actuación en este reportaje. Cómo seremos que a mí lo que me ha quedado es  que pocos periodistas hacían reportajes en los años 80 sobre acoso sexual, por no decir ninguno. De igual forma que pocos periodistas trataban temas como el aborto o el adulterio en los 70, en el final de la dictadura y en la Transición. Y que sí soy consciente de censuras en otros reportajes, no en ése ni en esa etapa, en las que se censuró uno de principio a fin -no se emitió- por mencionar “coito anal”, que consideré imprescindible dado no estaba tipificado como violación y de eso tratábamos.

Mi reacción, por cierto, y tras tres reportajes con muchos problemas, muchos problemas, sobre una huelga larga de estudiantes, fue pedir tres meses de permiso más vacaciones y marcharme a Nueva York.  Yo  creo que no cedí nunca a presiones.  No sin intensas negociaciones en algunos casos. Es una elección que tiene sus costes. Era más fácil que ahora, no había igual tanto riesgo. Tanto, quiero decir. Al regresar, me mandaron a Sábado Revista que era nada, aunque el castigo fue corto. Y, en efecto, me ha sorprendido este emerger de una historia así del pasado.

Pero también quiero reivindicar a Ramón Colom. Con los defectos que pueda tener –como todo jefe- aguantó las presiones ministeriales con el asunto de la huelga de estudiantes, ganándose todo mi aprecio. Les toreó. Colgó teléfonos. Me extraña mucho que, tras haber autorizado como responsable de programas no diarios, el reportaje del Acoso sexual luego le pusiera cortapisas.  Comentaba Carmen que su intervención se dio, “con una entradilla” en la que se decía que la agresión sexual no era un caso general en TVE.  Y así era, por supuesto. Recuerdo que el realizador fue Luis Martín del Olmo, que fue complicado buscar imágenes y encontrar testimonios, pero poco más. No lo archivé como tema con conflicto suficiente para entrar en esa carpeta. En mi cabeza quiero decir. En el disco duro del cerebro no cabe todo.

Me he quedado dando vueltas a todo esto de la memoria selectiva que fija hechos durante décadas, o que los anula en sus detalles. Sobre la percepción selectiva también. Lo que se oye y lo que no se oye. Sobre la sensación de quienes te quieren con lo que escuchan.

Y, sí, así nos iba.  No fue fácil entonces, no lo es ahora. Creo que incluso es peor, con menos jefes que defiendan el trabajo, con menos libertad en los profesionales. Hemos vuelto a la “Sociedad amordaza”, se dice en la entrevista de la SER que recomiendo. Carmen Sarmiento, Rosa María Calaf, Maruja Torres, grandes pioneras, brillantísmas profesionales, que mantienen la lucha por la dignidad del periodismo y el derecho a la información de todos los ciudadanos.

 

 

Prioritario: Atajar la corrupción del PP y la de sus cómplices

La sentencia de la Gürtel ha tenido consecuencias políticas. El PSOE ha cumplido lo que era ya un deber ineludible y ha estado a la altura de las circunstancias presentando una moción de censura a Mariano Rajoy. Bien encauzada, al proponer un  gobierno de Pedro Sánchez que repare algunas graves fracturas sociales, para, después, convocar elecciones. Unidos Podemos le ha ofrecido «apoyo incondicional». Los números están muy justos y obligan, en los diferentes bandos, a la flexibilidad. Es esencial extremar la atención porque el problema de la corrupción no acaba en el PP como partido.

Tenemos el país que tenemos, la sociedad que tenemos profundamente afectada por tantos años de corrupción y de mirar para otro lado. Hay infección y contagio. Muchas rémoras se arrastran y no se ve un horizonte idílico, pero  cualquier opción es mejor que vivir en este estado que ha corrompido hasta la vida diaria. Es indispensable saber que la trama viene actuando desde diversos flancos y que nuestra única esperanza es la decencia. Nada menos. Y, por tanto, desactivar la engrasada maquinaria corrupta que acompaña al PP, con información, con denuncias, apelando a la ética, a la honestidad.

La corrupción del PP no hubiera sido posible sin todos aquellos que la apoyan. Los corruptores empresariales, los cómplices mediáticos y la propia sociedad que sustenta estas prácticas delictivas con su silencio e incluso sus votos. La sentencia de la Gürtel está sirviendo de catalizador para detectarlos con toda nitidez. Es uno de los aspectos nada secundario que acarrea la decisión judicial. Y no tienen más que ver las portadas de los diarios tradicionales para saberlo. La postura de Rajoy, sus tenebrosas amenazas, su desprecio a Pedro Sánchez priman de tal forma que la condena por corrupción parece algo irrelevante.  Una temible crisis institucional  nos  golpea y es por la moción de censura.

Ver imagen en TwitterVer imagen en TwitterVer imagen en TwitterVer imagen en Twitter

Rosa María Artal💜@rosamariaartal

El Mundo, ABC, La Razón y El País. Cualquiera diría que este ejército mediático sale en defensa de Rajoy y la corrupción del PP.

El PP ha reaccionado con las técnicas habituales. Las conocemos. Acaba de pasar por el proceso Cristina Cifuentes como antes lo hiciera José Manuel Soria, salvando las distancias. Es un protocolo reglado. Minimizar la acusación (en este caso la sentencia), mentir sin freno, agarrarse a  presuntos eximentes: “casi no es una condena” –lo dijo Hernando- y al voto particular de un magistrado. A continuación,  esparcir basura, atacar y despreciar a los oponentes políticos que les critican,  para seguir encandilando a los del “todos lo hacen”.  Creer este cuento a estas alturas, tras toda una vida de corrupción institucionalizada -desde 1989 ha sido acreditada judicialmente-, no cuela. No existe gente tan estúpida, tan corrupta en su permisividad, sí.

El protocolo debe incluir ocuparse de nombramientos judiciales. En 9 años de instrucción han sufrido los rigores del PP en el poder policías, fiscales y jueces. El magistrado del voto particular, el juez Ángel Hurtado, defendió que estuvieran en el tribunal con él los constantes Enrique López y Concepción Espejel, se opuso a que fueran apartados por su vinculación al PP,  intentó sin éxito que Rajoy no fuera citado como testigo y retrasó la publicación de la sentencia hasta, casualmente, la aprobación en el Congreso de los presupuestos.

Los más destacados lavanderos del PP que operan en los medios quedan en evidencia al leer la sentencia. Hay que saber que existen y valorar su papel, son tentáculos del propio Partido Popular. La sentencia habla de “corrupción institucional a través de mecanismos de manipulación de la contratación pública”. Del procedimiento: “Mediante el inflado de precios que se cobraban de las distintas administraciones públicas afectadas”. De la finalidad “la obtención ilícita de importantes beneficios económicos a costa del erario público”. Del alcance “La sentencia acumula 28 delitos de prevaricación, 24 de cohecho, 26 de blanqueo, 36 de malversación de fondos públicos y 20 contra la Hacienda pública”. Es solo una parte de lo que extrae como  hitos probados, el director de eldiario.es Ignacio Escolar.

El periodista Carlos Hernández sintetiza las coordenadas del PP: “Rajoy ha mentido en sede judicial, en sede parlamentaria y en los medios de comunicación”. “El PP ha hecho de la mentira su único medio de supervivencia.” “El PP usó su caja B para pagar a periodistas mercenarios”. Acreditado el caso de la empresa de Jimenez Losantos, la ultraderechista Libertad Digital, ¿cuánto más habrá por lo que vemos con solo abrir los ojos? Rajoy  siempre estuvo ahí. Hay un M.Rajoy que cobró. La Caja B esconde muchas mordidas en forma de sobre.

Ahí siguen agitando sus puñitos los seguidores de esa pléyade de periodistas y tertulianos, contratados para echar colonia sobre la basura del PP y distraer de la verdad una y otra vez. Para hacer dudar al menos a los que quieren creer, no saber.  Hacen caja y las empresas que los llaman hacen caja con ellos. Es uno de los principales daños que estamos sufriendo. Cuando la opinión no es tal sino una venta de un producto defectuoso.

Tenemos un buen surtido en pocas horas. Consignas del PP, tal cual, sin cambiar ni una coma,  y las de cosecha propia. El Tribunal se ha excedido. A ver si lo arregla el Supremo. La recuperación económica del PP, que también es mala suerte recién publicado el informe del Banco de España que señala graves lagunas.   Luego siempre ganan las elecciones, sin mencionar el dopaje de la corrupción. Penas durísimas, mayores que por violaciones o asesinatos.  Es falso. Y llama la atención que se atrevan a decir eso por un micrófono. La corrupción mata, viola, daña. Las opiniones decentes deben hacer ver esa relación o al menos no disuadirla. Los recortes en sanidad, matan. Los copagos farmacéuticos para quienes no pueden costearlos, también. El frío también. La precariedad, la angustia por el permanente temor a perder el empleo. Es repugnante que se desligue la corrupción de sus consecuencias.

El Portavoz del PP Martínez Maíllo y el propio  presidente Rajoy han insistido mucho en que esta moción debilita a España. Las páginas de los medios internacionales están llenas de la condena sin precedentes a un partido político en el gobierno por sus sucias prácticas. Y deben sentirse atónitos de ver las tragaderas morales de buena parte de la sociedad española y algunos de sus políticos y periodistas.

Con aires de superioridad,  ambos dirigentes del PP se han referido a la mochila con la que cargaría Pedro Sánchez: los independentistas y Podemos. Los dos cocos para asustar a los españolistas que traguen bien el robo del dinero de todos. Nada deslegitima más a un partido que la corrupción, aprovecharse de los cargos públicos para robar a los ciudadanos. Y de esos tienen unos cuantos en el PP, además de su condena explícita como partido.

A Pedro Sánchez le han caído todas las iras. El PP se ha mostrado irritado con su decisión. Cambia de opinión. Como Rajoy o  Albert Rivera, en modo extremo. Como Pablo Iglesias o Irene Montero.  Pero el ojo mediático derecho solo ve incoherencias en la izquierda. No ve, parece, ni los daños sociales de la corrupción.  Quizás porque forma parte de ella.

Ciudadanos ha quedado descolocado. No apoyará la moción de censura del PSOE. Le vienen mejor elecciones aunque en Madrid no tomara esa postura. Un gobierno, más o menos progresista, que corte el grifo a tanta corrupción, a tanta arbitrariedad,  tanta potenciación de la desigualdad, que devuelva la libertad de expresión al menos a RTVE, dejaría muy en evidencia el mensaje único de Ciudadanos del «ay, se rompe España», común al PP.

Parece un sueño. Igual se queda en eso. Vistas las reacciones del clan dominante, lo van a poner muy difícil. De momento, disponemos de una rara oportunidad para limpiar las cloacas y desalojar a una derecha que nos ha llenado de inmundicia la España que tanto dicen amar. Inconvenientes habrá, los lavanderos mediáticos harán horas extra para presentar un PP aceptable. Las armas electorales sucias ya se han visto desde el primer minuto. La maquinaria trabaja a todo gas.

Para que la Moción triunfe y se consolide, todos deberán aprender de errores pasados. Y sumar, porque lo básico es salir del pozo. Quién sabe si con aires más limpios, se recupera la dignidad y la decencia que no toda la sociedad atesora. Muchos deberían hacerse ese favor, hacérnoslo a todos.

La España que no ama Albert Rivera

Tenemos un político, con aspiraciones a presidir el gobierno, que solo ve españoles allá por donde camina. Las bromas sobre su visión de la realidad -ni rojo, ni azul; ni viejo, ni joven; ni trabajadores, ni rentistas- no deben enmascarar el profundo problema: Albert Rivera solo ve españoles de su cuerda. Los que le caben en su mirar de un solo ojo profundamente derecho como evidencian sus palabras y  sus decisiones políticas. Rivera ha reeditado el discurso del fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera. Y ha asustado hasta a sus mentores. Lo lanzó en un acto que tuvo su momento culminante, nos dicen,  con Marta Sánchez y “los versos que ella misma ha puesto a la Marcha Real». Es como si todo fuera una versión de segunda mano del más antiguo y nefasto ultranacionalismo de siempre.

Es doblemente trágico en un momento en el que la derecha revienta por el PP y su nuevo detenido de peso: Eduardo Zaplana. Seguro de su triunfo (demoscópico), Rivera ya manda. Manda hasta incorporar delitos de ingeniera legal. Anticipatorios. O ampliando, por la brava, el artículo 155 de control al gobierno electo de Catalunya.  Pedro Sánchez en nombre del PSOE, se ha apuntado con fruición. Y al PP no hace falta animarle. Lista la gran coalición con la que soñaban los poderes del sistema. Se suelta tinta de calamar desde las cloacas del Estado contra los obstáculos – con motivo o sin él- y aquí gloria y después guerra.

Los expertos, sociólogos y politólogos, apuntan dos causa principales de este aparente viraje de la sociedad española hacía las posiciones retrógradas que acaudilla Rivera. La primera, que muchos lo ven como lo han vendido: de centro derecha, más a la izquierda del PP. Que ya es usar el modelo de Gafas Naranja. Y la otra, fundamental, que lleva a preguntarse: “ ¿Puedo mantenerme fiel a mi ideología o puedo votar por una vez a Ciudadanos para defender mi identidad”.  Esto se da, principalmente, entre votantes del PSOE, que han descubierto en su alma una bandera rojigualda de bandas anchas que lo tapa todo. Les oyes y parece que les va la vida en ello. Como a Ciudadanos y a PP.

Desde hace meses se advierte que el gran triunfo del “a por ellos” y, por tanto de Ciudadanos, está basado en llenar identidades perdidas o no halladas. En la necesidad de un sentido de pertenencia. Al margen de un notable rechazo hacia los diferentes. Vamos, lo que es todo nacionalismo excluyente. Todo. Pero cuesta creer que personas progresistas compartan la idea de España que abanderan Rivera o Cospedal como máximos exponentes del movimiento.

Es la España de los novios de la muerte, los toros, el eterno cerrado y sacristía, las banderas y los himnos. A los que se ha sumado Marta Sánchez , con sus “ versos” de fin de curso en Colegio concertado, gran aportación de 2018. La España de hacer la vista gorda a las trampas, a la desigualdad, a nada que perturbe el “así ha sido toda la vida”.

Con suerte, los  “patriotas civiles” –en definición de otra potente ideóloga del movimiento: Inés Arrimadas-  se pasan a la España de Campofrío, a lo alegres que somos.  A que nos dan las tantas en la calle.  A que compartimos un plato entre muchos. Aunque los mismos miren para otro lado al conocer las carencias reales de esos 10 millones de personas que en España viven bajo el umbral de la pobreza. Aunque otros se lo quiten de la boca y lo compartan fuera de los focos. Así somos. Como la mayoría de los pueblos.

Lo prioritario es la unidad –que renquea desde el nacimiento de España como nación- a la fuerza y sin condiciones.  Nos encontramos en pleno pulso suicida. Una cerrazón histórica –mutua- en busca de réditos electorales ha desembocado en un monstruo incontrolable ya, y que no lleva signo alguno siquiera de rebobinarse al menos hasta el aciago día en el que Rajoy llegó a la Moncloa.

En España hay viejos y jóvenes, mujeres a no excluir de los listados, y una notable diversidad de culturas y colores de piel.  Bastante más enriquecedora que la uniformidad que buscan. Más aún, hay zotes a barullo y gente inteligentísima. Personas honradas y auténticos forajidos. Mujeres y hombres  solidarios y generosos, y… políticos como muchos de los que ahora copan grandes espacios del escenario.

Nacer en un lugar o en otro es una cuestión accidental. De las definiciones de patriotismo clásicas, comparto la de George Bernad Shaw: “Patriotismo es tu convencimiento de que este país es  superior a todos los demás porque tú naciste en él”. Y ése es todo el argumento. Es cierto que a muchas personas, a la mayoría, el lugar donde se ha nacido y crecido les crea potentes lazos afectivos, vinculados a su desarrollo como seres humanos.  Pero de ahí, a construir todo un edificio de caracteres y superioridades sin tino va un trecho.

Nos están volviendo a vender una España de catálogo costumbrista y no la que empezaba a crecer. Una España abierta, con imaginación y creatividad. Con una capacidad de improvisación inigualable, debido a la falta de planificación previa concienzuda, en su caso. Siempre de una forma relativa, porque el peso de la España inamovible siempre se pega a los cimientos.  Y de abiertos y creativos tienen bien poco.

En la España que nos venden somos campeones en tolerancia a la corrupción. En autocomplacencia.  Lideramos la nueva lacra de los trabajadores pobres  que acaba de descubrir, aterrada, la Francia que salió de Manuel Valls para entrar en Emmanuel Macron. Compartimos con Hungría o Polonia leyes autoritarias que abochornan. Tenemos condenados por cantar. Encarcelados durante largo tiempo en prisión preventiva y privados de sus derechos por hacer política. Bajo delitos que varios países no consideran tales y por eso no entregan a los que se fueron. Por mucho que insistan como hace el juez Llarena.

Llevamos camino, como los EEUU de Trump, de un Hagamos grande España otra vez, la de la pandereta y el autoritarismo que tantas  veces ha acabado mal. Cuando podríamos  hacer una España habitable y prospera de la que sentirse orgulloso de verdad. La que, desde la Justicia a menudo obstaculizada, ya obtiene logros en su lucha contra la corrupción. La que se vuelque por la ciencia en lugar de frenarla. Por la cultura, que tanto nos ha dado a pesar de las trabas. Por la educación que es el auténtico punto de apoyo de toda sociedad civilizada. Por los ciudadanos libres y conscientes. Una España que ría, escriba y cante sin miedo. Que respete a las personas en lugar de intentar embrutecerlas para usarlas. Que no se empecine en tomarnos por idiotas. Que apueste de una vez por la decencia y erradique a tanto miserable que pudre hasta las entrañas del Estado. Por la cooperación. Por el entendimiento. Que no frene el progreso apenas lo ve despuntar. Que se quite la caspa y la gomina, o, al menos, no la imponga como modelo. Que aviente la envidia y el odio.

En pocas palabras, la idea de España que yo y muchos otros amamos, no es la España de Albert Rivera. Pero múltiples fuerzas apuestan por ella y contra nosotros.

Federico Mayor Zaragoza: Recuerdos para el porvenir

Fue como encontrar la brújula guardada en un cajón y recordar dónde está el norte. Y, naturalmente, el sur, el este y el oeste. Agobiada por la deriva que está adoptando nuestra sociedad, un acto, un libro, una persona -y cuantas van con ella-  abrieron una ventana. Federico Mayor Zaragoza acaba de presentar  “Recuerdos para el porvenir”, referentes y valores para el siglo XXI. En un momento el que los Derechos Humanos están siendo seriamente vapuleados –y lo que es peor, obviados, ignorados-  es incluso saludable escuchar a quien ha hecho de su defensa razón de vida.

Federico Mayor Zaragoza es uno de esos escasos compatriotas contemporáneos que han dotado a la Marca España de auténtico prestigio y dignidad. En la cumbre de la madurez,  ha cuajado un libro en el que escribe de personas que “le han dejado una huella indeleble”. Habla de referentes y de valores, de ética, dignidad, humanidad, confraternización… Un discurso radicalmente opuesto a la mediocridad reinante, a la pérdida del norte y la brújula que caracteriza este tiempo. Un discurso profundamente constructivo e inspirador.

La sociedad no debería quedarse inerme en manos de estos forajidos que nos colonizan. Políticos que olvidan hasta los trazados de la democracia en aras de su propio interés y de aquellas élites a las que representan. Gobernantes saqueadores de lo público gracias a su cargo. Estafadores de todo principio de honestidad. Periodistas manufactureros de carroña al servicio del poder. Ciudadanos tibios, inconscientes del mal que causan. Hay otros, menos visibles a lo mejor, que trabajan seriamente cada día sin producir esa otra insufrible repugnancia.

Lejos de un tópico y frío relato de vidas ejemplares, Mayor Zaragoza evidencia que en todo tiempo ha habido y hay personas que han hecho realidad las utopías.  En el grado que sea. Y creo que es una luz para retomar el camino.

Aprender de Nelson Mandela el valor de la reconciliación.  De Mijail Gorbachov, la imaginación.  De Rigoberta Menchú o M´Bow, la existencia y defensa de los Derechos Humanos Universales. De Mario Soares, la visión global. De Arafat, Simon Peres e Isaac Rabin que la paz es posible. De José Luis Sampedro y Stéphane Hessel, la implicación, el compromiso. El mismo que tiene Mayor Zaragoza. Una de las pocas voces que clama contra las atrocidades que está cometiendo ahora mismo Israel con los palestinos y critica el silencio de la Unión Europea y de nuestro gobierno.

Permanente defensor de los derechos de la mujer. En constante denuncia de la pobreza y el gasto en armamento. Una vida intensa en la que Mayor Zaragoza ha estado con nombre propio en escenarios esenciales y que le ha permitido conocer de primera mano a quien importa, grande o pequeño. Para aprender y compartir lo aprendido. Siempre le he visto, en todos los actos, tomando notas en un pequeño cuadernillo.

“Los que no bajan a la calle y se funden con la sangre de su pueblo, con el barro de su tierra, con las manos de sus gentes… de displicencia mueren “,  le escribió a Indira Gandhi.

“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su procedencia o su religión. El odio se aprende, y si es posible aprender a odiar, es posible aprender a amar”, decía Nelson Mandela,  de quien repasa múltiples vivencias compartidas.

Federico Mayor Zaragoza es un referente para mí. Lúcido, valiente, comprometido, nunca falsamente neutral, positivo.  Forma parte de un hecho importante en mi vida, además, que tuvo trascendencia. Surgió en una manifestación contra la pobreza en la que ambos leíamos un manifiesto. Hablamos mucho en las pausas de las paradas. De aquel libro de Hessel, Indignáos, que recién publicado arrasaba en Francia. España precisa muchas más indignaciones y a todas las edades, pensé. Y de ahí surgiría más adelante la idea de Reacciona, el libro español de no ficción más vendido en 2011. Con Sampedro y Mayor Zaragoza, y otros autores rotundos. “En un momento en el que los seres humanos comenzaban a inquietar a los poderosos”, escribe Federico Mayor.

“Tendréis que cambiar de rumbo y de nave”, destaca de José Luis Sampedro, otro enorme ejemplo y afecto esencial.  Y muchas de sus grandes ideas, guías  permanentes: “Tapona tus oídos contra toda sirena, átate al duro mástil de tu barca y, obediente a tu brújula secreta, pon rumbo a la aventura irrenunciable: el viaje hacia ti mismo”.

Regresar a la actualidad soez, de gritos y mezquindades,  es un duro choque. Aunque más fácil con pautas para sobrevolarlo, para ver el profundo error de dejarse succionar por esa mugre.  Con los pies hundidos en el chapapote es arduo andar, no digamos ya, volar. Bien distinto sería si al menos media docena de ideas de entidad, de reflexiones, de valores, ocuparan lugar destacado diariamente entre el adocenamiento mediático, político y, como consecuencia, social.

Es posible. Una y otra vez recuerda el que fuera Director General de la UNESCO el peligro mayúsculo de los fascismos. Una y otra vez, brinda como llave el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuando nos remite a no tener miedo.

Rigoberta Menchú saluda sus mañanas diciendo: “Perdona, amanecer, por no haberte recibido como mereces”. Mayor Zaragoza con ese recopilatorio que se hace al abrir los ojos, pensando en los instrumentos y pautas disponibles. Para “cada mañana, abordar la hoja de ruta del milagro de la vida”, dice.

“Los ojos se habitúan a lo tenue, la espalda, a estar sin alas”, cita de Mario Benedetti en la introducción. Limitaciones que coartan hasta cierto punto cuando se sabe volar.

Yo me agarré a una frase suelta en el aire cuando Mayor Zaragoza hablaba de la poderosa creatividad del ser humano, de sus logros cuando se lo propone:

“Lo inesperado es nuestra esperanza. Ojalá surja algo”.  Otra vez. Porque así ha sido a lo largo de la historia. Y ni todos los camiones de inmundicia han logrado parar el mundo. Darle una buena sacudida, sí. Y así estamos ahora. En un momento crítico en el que peligran pilares fundamentales. Una larga trayectoria permite ver, sin embargo, como dice Mayor Zaragoza, que “los “imposibles” hoy pueden ser realidades mañana».

La democracia puede desvanecerse de la noche a la mañana

Dejemos de llorar por el 15M. Dejemos de pensar en lo que puedo ser y no fue, porque lo que hoy amenaza nuestro presente aterra. Dejemos de llorar por la leche derramada dado que estamos en trance de verter lágrimas de dolor irreparable. Múltiples y muy claros síntomas apuntan a un camino que conduce al fascismo. Con algunos matices diferentes, la versión fascismo siglo XXI. Y a una creciente campaña para su normalización. Algunos de sus exponentes están ya en la agenda mediática. Y en los propios medios incluso.

La ultraderecha actual viene envuelta en modelos de diseño y una vaciedad de mensajes que se inscribe en lo pueril. Es lo que cuadra a la sociedad, a una parte de la sociedad, que se ha dejado formatear a esa misma imagen. El cuñadismo al poder que podría caer en la tentación de saltarse buena parte de los procesos imprescindibles en democracia. Abusar de los atajos, de las fakenews que al mismo tiempo dicen combatir en un redoble del cinismo. Temibles sus señalamientos y su irresponsabilidad. Trump es el prototipo, pero no está solo. El modelo se está expandiendo y brotan esquejes por medio mundo. En Europa. En España. Sin reparar en la extrema peligrosidad del fenómeno.

Nuestro país es proclive a esa tendencia. Un artículo de The New York Times se preguntaba hace unos días  por qué se están rompiendo tantas democracias y citaba en la primera frase a España: “Italia, Polonia, Hungría e incluso España: la democracia europea está en ruinas”. Luego venía un listado de los habituales.

Una de las razones fundamentales -explicaban los autores y  lo comparto completamente- está en el poso que dejan las dictaduras. “Más de dos tercios de los países que han pasado a la democracia desde la Segunda Guerra Mundial lo han hecho bajo las constituciones escritas por el régimen autoritario saliente”, dicen. En esas circunstancias han procurado  salvaguardar a las élites y darles una ventaja en política y en competencia económica. “Para lograr estos fines incluyen factores como el diseño del sistema electoral, los nombramientos legislativos, el federalismo, las inmunidades legales, el papel de los militares en la política y el diseño del tribunal constitucional”.

En este contexto y con una severa recesión económica puede ocurrir que “el descontento ciudadano cristalice en furia e incite a los votantes a expulsar en masa a los partidos políticos tradicionales”. Y “conducir finalmente a la desaparición democrática” cuando los actores principales de la política apelan a la demagogia.

En España, clavan el diagnóstico. Nosotros tenemos viejos y nuevos entusiastas adictos a la demagogia. Además.

El sustrato antidemocrático, impregnado de corrupción, nos lleva a asistir a hechos espeluznantes que no hubieran sido admitidos hace bien poco. No en el famoso 11M del 11.  Ahí tenemos vigente y renacido un Ducado de Franco que se están comiendo todas las élites y que, como decía nuestro compañero Carlos Hernández, no será tan difícil de suprimir cuando Felipe VI le quitó a su hermana y a su cuñado el Ducado de Palma.  Es un conjunto inmenso  donde el viejo franquismo y la eterna ultraderecha sientan sus reales sin el menor pudor. Un sector de la justicia se muestra tuerta al enjuiciar sus atropellos.

Es un país en donde está a punto de entrar en la cárcel una persona por cantar. Se juzga a una revista por un chiste. A la mínima –y a causa de las reformas que votaron y no retiran PP, PSOE y Ciudadanos- cualquier cosa puede ser considerada terrorismo. Es un país en el que el bocazas mayor del reino propone desde los micrófonos bombardear Barcelona, atentar en Alemania, o descargar una  escopeta sobre políticos que le cae mal, en total impunidad.

Es un país en el que los líderes de Ciudadanos, Rivera y Arrimadas en cabeza, presionan para saltarse la voluntad de la mayoría de los catalanes y los propios mandatos constitucionales y no solo seguir sino intensificar la soga del artículo 155 en Catalunya. Pedro Sánchez, reunido con Rajoy, se apunta al tutelaje. Se ha mostrado dispuesto a activar el 155 con contundencia, si el Govern toma el camino de Torra y  a mantener el control de las cuentas públicas de la Generalitat . Desde el PSOE,  Pepe Blanco propone que Rajoy nombre presidenta a Arrimadas (el gran plan del sistema) porque es «lo normal». ¿En serio no chirría todo esto a los demócratas?

Denunciarlo no es apoyar las ideas y los excesos del nuevo presidente catalán, Quim Torra. O cualquier disyuntiva excluyente entre blanco o negro. Salvo la que preserva  valores fundamentales como la verdad, la justicia, la democracia. Precisamente los que no admiten medias tintas. El problema es que la torpeza malintencionada actual no entiende o no quiere entender que el maniqueísmo se supera al término de la infancia. Esta puede ser la gran falla de base que nos está conduciendo a un futuro realmente temible.

Hablamos ya un día de El cuento de la criada ( The Handmaid’s Tale), publicado por la escritora canadiense Margaret Atwood en 1985, y renacido en 2017 al convertirse en serie de televisión. En una nueva introducción, la autora apunta ideas clave: “Como nací en 1939 y mi conciencia se formó durante la Segunda Guerra mundial, sabía que el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana”. Asegura que no sirve decir “esto aquí no puede pasar”. Porque, “en determinadas circunstancias puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”.

Cita Atwood los temores que suscitó Trump desde que puso el pie en la Casa Blanca. Con él se instaló “la percepción de que las libertades civiles básicas están en peligro junto con muchos de los derechos conquistados por las mujeres”. Porque “las mujeres y sus descendientes han sido la piedra de toque de todo régimen represivo de este planeta” a lo largo de la historia. No ocurre solo en EEUU ni mucho menos. Repasen la lista de las democracias en ruinas.

Añade la autora de El Cuento de la Criada que “muchos regímenes totalitarios han recurrido a la ropa -tanto prohibiendo unas prendas, como obligando a usar otras- para identificar y controlar a las personas. Así resulta mucho más fácil señalar a los herejes”.  No pienses en amarillo, se podría añadir. Usa rojigualda en bandas anchas o estrechas.

Ve Margaret Atwood  al alza –también-  “la proyección del odio contra muchos grupos”.  Muchos. Los extremistas solo ven odio en el odio ajeno. Y no olvida hablar de la complicidad con la tiranía de algunos entre las propias víctimas. Los que aceptan la merma de sus derechos a cambio de una cierta protección.

La democracia, toda tu vida, se puede ir al traste en un momento, en cualquier momento. Te pueden matar a sangre fría en una protesta cuando se abre una cadena de resultados previsibles. Eligen a Trump, un necio, ególatra y malintencionado. Por sus intereses personales cambia su embajada a Jerusalén en el polvorín israelí.  El Ejército mata  a 49 palestinos. Hiere a más de 2.400. Así, precisamente, triunfaba la involución en El Cuento de la Criada.

El principal valor de escribirlo ayuda a que no se cumpla, dice  Margaret Atwood, quizás para alentar la esperanza. A buscar resortes para salir de ese canal de bordes elevados que nos impide ver el conjunto y el rumbo, desde luego.

En 2011, una gran parte de la sociedad española entendió, tras la indignación de las plazas del 15M, que no debía votar otra vez al gobierno del PSOE. No atendió tanto a la segunda parte del enunciado: tampoco al PP.  Y así le dio mayoría absoluta. Manos libres para cuanto quiso y quiere hacer.

Ahora mucha gente va comprendiendo que el diluvio de destrozos, insultos y desfachatez del PP hacen insostenible su gobierno. Y se disponen a solucionarlo –dicen las encuestas y los medios, dicen, dicen que no sé yo- entregando el poder a Albert Rivera y sus Ciudadanos. Cada vez que España tiene un problema serio, se va más a la derecha.  Y a una sociedad más banal, más perdida.