De la minifalda culpable a La Manada bruta

Vuelta a empezar. Una y otra vez. La lucha de las mujeres por nuestros derechos en España, de las mujeres como tales, brinca hacia atrás al menor descuido. El juicio en Pamplona a 5 sujetos, apodados a sí mismos “La manada”,  acusados de la violación grupal a una chica de 18 años durante los Sanfermines de 2015, parece la continuación de una larga historia. Con algunos agravantes. Ahora el caso se retransmite en directo por todas las pantallas y, convertido en circo, se abre a la opinión de los espectadores. En culpabilizar a la víctima no hay diferencia, es un clásico.

Es tan largo el camino que una se resiste a volver a hurgar en las carpetas archivadas y, sobre todo, en los recuerdos que empujan vivos como recién nacidos en cada nueva agresión. Sí, esto viene de muy lejos, y cuesta encontrar un punto de hasta dónde se remonta. Quizás a aquellas mujeres que empezaban a respirar en derechos y oportunidades, cuando el tajo fatal del franquismo les cortó las alas para atarlas al hombre, a la casa, y a un destino subordinado. Nuestras madres, vuestras abuelas, hasta bisabuelas hay ya. Por cierto a muchas las castraron para siempre, hasta en los genes educacionales que reproducen, otras siempre dejaron encendida la llama de la libertad.

  En una gran elipsis nos vamos hasta la famosa Transición. Todo lo hicimos prácticamente solas. Las gradas del Parlamento estaban llenas de hombres casi en exclusiva. Como todos los centros de poder, todos. Hubo que protestar, plantarse, luchar, insistir, trabajar. Cada una como pudo. Que la mujer adúltera no siguiera siendo penada con cárcel se consiguió gracias al empecinamiento de una abogada de Zaragoza: Gloria Labarta. La doctora Elena Arnedo, entonces esposa de Miguel Boyer, fue decisiva en la aprobación de los anticonceptivos que estaban prohibidos. Tantas y tantas, desde cualquier lugar y cometido, un trabajo de muchas en realidad. Algún hombre lo citó. Antonio Fraguas, Forges, recalcó en un reportaje esa lucha solitaria de las mujeres españolas, lo injusto del desinterés masculino. Y todo lo esencial fue llegando.

  Un reportaje. Hubo unos cuantos. Míos, de otras mujeres, pocas veces un hombre trató el tema. La mentalidad tardó mucho más en cambiar. Porque sí cambió algo. El machismo iba surcando las leyes y la interpretación de las leyes. Así llegamos, en otro salto con pértiga, hasta 1989 –el año de todos los hitos- cuando un juez de Lérida, dicta una sentencia por agresión sexual que supuso un antes y un después: la sentencia de la minifalda.

La sentencia de la minifalda, un revulsivo

Ya no los decía Manolo Escobar que no solo interpretó el “Que viva España”, himno indeseado -hasta por su familia- de esa mayoría que se arrastra de siglo en siglo afirmando sus esencias. Escobar advertía que no nos pusiéramos minifalda para ir a los toros, la bestia no solo estaba en el ruedo.  De ahí que la Audiencia de Lérida dictara una sentencia en la que una joven de 17 años, menor de edad, María José, “pudo provocar, si acaso inocentemente, al empresario J**** F******* por su vestimenta” para que el hombre, su jefe, le metiera mano desde el borde de la falda hasta el escote por así decirlo. Le pusieron una multa de 40.000 pesetas, pero la culpa popular fue para la agredida “que iba provocando”.

 No toda. La sentencia causó una reacción notable, un hasta aquí hemos llegado de muchas mujeres hartas de ser castigadas doblemente por despertar la libido -incontrolable al parecer- de algunos machos de la especie humana. Y su cuajo de aprovecharse de su situación de superioridad, jerarquía laboral en este caso.

Solo era violación la penetración vaginal

Otra de las leyes que cambiaron a raíz de poner el foco en el machismo judicial, fue la que consideraba que la violación con coito anal era únicamente un abuso deshonesto.  Años anduvimos oyendo -con sordina bien es verdad por hipócritas remilgos- los ataques a mujeres con todo tipo de vejaciones saldadas con una pena mínima. Y al empacho de saber que solo era violación la penetración vaginal. Solo lo que puede originar una gestación o restar la prioridad de otro varón a la siembra procreadora. La mujer como objeto por todos los conductos. En 1989 se retiró del Código Penal esa distinción. Y en 2003 se incluyó como violación las penetraciones con cualquier miembro corporal -no solo el pene-, básico en las agresiones a niñas.

No resistirse en una violación no es eximente para el agresor

La abogada María José Varela fue otro de los nombres clave. Ella y la Asociación de Abogadas del Colegio de Barcelona impulsaron avances decisivos, como los citados. Varela logró la primera condena por acoso sexual. En 1998. Como quien dice anteayer. Y, previamente, e n 1986, retirar de la jurisprudencia -nunca estuvo en el Código Penal- que la no resistencia de la víctima a la violación sea un eximente para el agresor. Algo de lo que no quiere enterarse mucha gente. Una joven violada en el portal de su casa inició con Varela el pleito porque era discriminatorio, porque a nadie le exigen no resistirse a un robo para ser tenido en cuenta el delito.

Costó que calara, de hecho no lo ha hecho, permanece el estigma. Y seguían las  sentencias escandalosas. La de una chica de 25 años que fue violada por cinco hombres en el Parque Güell de Barcelona -lugar al que la arrastraron desde un barrio cercano-, absueltos porque ella no mostró resistencia, precisamente.  El fallo judicial fue en 1986. Alguno de los acusados admitió la violación y que la amenazaron con una navaja. Le robaron además el bolso. “Temía por mi vida, claro que no me resistí”, explicó ante la cámara. El caso más parecido al de La Manada en Pamplona. Todos los prejuicios aparecieron. Hasta  “la discreta energía con que el varón vence el pudor de la doncella que en realidad desea y consiente”, contaba Varela en este artículo, pieza valiosa para entender de dónde venimos. 

El bebedero del perro, un animal muy limpio

En torno a los 90 -y siempre en reportajes para Informe Semamal de TVE-  hablé con casi todas las partes de otro caso flagrante de violencia machista. Salvo con la mujer, con la víctima, que sí se defendió de su pareja mordiéndole un dedo, lo que le acarreó condena a ella. No seguí después si la cumplió. El maltratador, encarcelado, me contó que la tuvo atada, sí, durante 24 horas, y que le daba agua en el recipiente del perro, “un animalito muy limpio, no había que ponerse así”. Luego la cosa fue a más, a mucho más, una brutalidad sin límite.  “Se me fue la cabeza”, creo que dijo. Ella tardó tiempo en curarse de lesiones gravísimas en los genitales, le quedaron secuelas.

La acusación pidió para él la calificación de intento de asesinato, pero el juez sentenció “detención ilegal” y “lesiones”. Un año de prisión menor por la primera, y cuatro por lesiones.  Aprovechó la sentencia para dictar esta otra: “es norma de cultura, al parecer imposible de erradicar, nacida de mitos y creencias religiosas que dibujan a la mujer como formada del único material desechable del que puede prescindir un hombre y que ello define su inferioridad. Todo ello y otras consideraciones similares explican que no justifican estos hechos”, concluía.

El juez mantenía que eran las leyes las que habrían de ser cambiadas. Llegó a estar en televisión respondiendo a la alarma social creada por sentencias judiciales varias en casos de agresión a mujeres. En un plató en donde “cayó sobre él toda la ira de las mujeres maltratadas que no han encontrado justicia en la justicia”, escribió un afamado comentarista de televisión. Año 2002.

El legado

De todo eso venimos. Del lastre y de los esfuerzos por remontarlos. Cuánto se avanzó y a qué velocidad retrocedemos. Pareció durante un tiempo que algo había cambiado en el machismo feroz. Pero tiene una poderosa fuerza de regeneración por la complicidad social. Ahí siguen los empresarios ofreciendo trabajo a cambio de sexo, hasta un político al que ayuda en su campaña una mujer joven, nuevo valor de su partido que luego da lecciones de ética. Siguen las creencias ancestrales basadas en mitos o bulos absurdos. La culpabilización de la mujer por las turbas censoras, reverdecidas de nuevo. La agresión como espectáculo. Indignos opinadores disparando encuestas contra la víctima. Los tribunales que admiten el testimonio de un detective privado que un acusado contrató para espiar a la víctima, para darle otra vez.  Y siguen los machos cada vez más violentos y organizados. Con cloroformo, los reinoles, las cuerdas… para no cogernos los dedos porque después queremos violar todos. La violación como botín de guerra o botín de fuerza bruta.

Otra actitud destaca enfrente. Un cambio notable respecto a otras épocas. Lleva el impulso de tantas otras  mujeres de todos los tiempos, la energía de las alas que nunca les abatieron. La razón que sustenta y reafirma cuando se trata de luchar por los derechos y la justicia. Aumenta, en número y decisión, nuestro querer ser, querer poder.

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Respirar por las heridas del feminismo

Alertaba algún miembro de la Administración hace poco sobre un movimiento que niega la desigualdad de la mujer, citando varios ejemplos. Dentro de la involución generalizada que vive la sociedad mundial y la española en particular, parece probada la existencia de una corriente que intenta la contrarreforma machista utilizando múltiples vías. Destacar, por ejemplo, la violencia de género de mujeres contra hombres, cuando las cifras atestiguan la disparidad de porcentajes en la misma condenable actitud. Otra vía es ridiculizar jocosamente las pretensiones de igualdad. De ahí nace el neologismo “feminazis” que ha cosechado tanto éxito.

La frase con la que titulo este artículo –respirar por las heridas del feminismo- es otra de las muletillas usadas por ese sector. Malo eso de las heridas ¿no?, indica la existencia de una agresión. ¿Y quien la inflige? ¿Quién insulta y desautoriza a una mujer por opinar? En poco estiman la larga serie de atropellos sufridos por las mujeres de mucha mayor entidad y consistencia.

Lo realmente curioso es que me metan a mí en ese saco. Por ninguna razón en concreto –quizás sólo porque me gustan poco las etiquetas-, jamás me he englobado en el concepto feminismo. En nada lo desdeño. El machismo afirma la superioridad del hombre sobre la mujer, mientras el feminismo aspira a la igualdad. El machismo es agresivo y el feminismo no. Durante mucho tiempo ha sido defensivo y constructivo. Pero siempre he preferido denominarme “mujer”, que no es poco. Esta tribuna en El País, va a hacer ya 2 años, concluía con una frase de Gioconda Belli, llamando a aunar esfuerzos. Os recomiendo el poema completo: Nueva tesis feminista. Más aún, también he criticado –“Ellas según Ellos”, Espejo de Tinta, 2005- cómo muchas mujeres poderosas lo son copiando el roll masculino. Y citaba el caso de diputadas británicas que se inyectaban testosterona para ser más combativas en el Parlamento –eso afortunadamente parece que empieza a cambiar y se ven mujeres sin testículos en puestos destacados-. Mi sangre no me pide testosterona más que en el partner amoroso, me siento muy orgullosa de ser mujer.

Sobre el periodismo tengo las ideas muy claras -ojalá fuera así en todo-, le he dedicado gran parte de mi vida. No existe controversia alguna en ese punto con otro periodista con el que algunos se han empeñado en enfrentarme (de esa forma excluyente y maniqueísta tan primitiva). En una lista que fuera de los deleznables a los que valoro, no ocuparía en modo alguno un puesto destacado. Al fin y al cabo fue precursor de un tipo de periodismo que hoy hace furor y que, como todas las copias, ha degenerado en caricatura. Sí creo en cambio que la corriente neomachista lo ha tomado como uno de sus líderes. O inventó, o usa con profusión, el término “feminazi”. Y eso ya me parece suficiente para criticarle. Nazi = fascista, imperialista, totalitario, genocida.

El machismo visceral –del que participan muchas mujeres- sigue entendiendo la vida como una carrera de fuerzas físicas, de valor… de hombría. Los periodistas no somos toreros, no tenemos que acreditar -por divertir al personal- que nos jugamos la vida en cada acto profesional (aunque muchas veces lo hagamos y ni siquiera en los momentos que parecen más propicios par ello). Eso no es periodismo, sino espectáculo (ficción más que hechos). Como decía Piezas en el post anterior, “la culpa la tiene Hollywood“. Y no sólo el cine, sino la infantilización de la sociedad. Ha sido abocada a ello. Le machacan cada día para dirigirle como en “1984” de Orwell, y algunas otras obras anticipatorias. Parecería que ya no sabe protegerse del frío o del calor si en la tele no le dicen cómo. Así son manipulables, así compran más y sostienen el sistema. Pero hay que entretenerles para disipar atisbos de pensamiento crítico. Muchos insistimos, desde hace tiempo, en que el periodismo se ha vuelto espectáculo. Y precisa tiros, riesgo, niños destrozados bajo escombros, cuando, como bien decía “aparejaabierta” en el blog, miles mueren a diario de hambre sin que nadie les eche un ojo, ni una lágrima. Siempre trivialización: pensar no conviene al sistema.

    Hoy, un artículo titulado “Un mundo de mujeres” de la escritora Monika Zgustova, tras citar muchos logros en los que la mujer está superando al hombre, decía que ya no necesitamos muletas (eufemismo de apoyo, porque cojas estamos pocas). Feliz mundo en el que vive que parece ignorar los gravísimos problemas de nuestro género en el Tercer Mundo –ése que ocupa dos tercios de la Humanidad-, y aún en el desarrollado. Sobre la dignidad y derechos de las mujeres sólo escribimos, hablamos, hacemos –en porcentaje abrumador- las propias mujeres, es hora de que se apunten también los hombres. Sin efectos especiales, sin heridas de ningún tipo, en el día a día que comienza por el respeto y el conocimiento y reconocimiento de la realidad.

La política igualitaria de Pérez Reverte

Relata Arturo Pérez Reverte, en una de sus muy seguidas crónicas, lo acontecido a un amigo suyo llamado Manolo en Vigo. Pretendió cubrir un puesto de auditor en su empresa. Para ello, publicó un anuncio en la prensa local diciendo: «Se necesita auditor para empresa solvente». Y, según Pérez Reverte, “empezó el circo”: Inspecciones y consultas por no haber especificado el sexo.

El afamado escritor comienza por llamar “pava” a una inspectora de Trabajo. Y sigue con este párrafo: “No añade, porque es chico educado y tampoco quiere broncas, que no es asunto suyo, ni de su empresa, que una pandilla de feminazis oportunistas, crecidas por el silencio de los borregos, la ignorancia nacional y la complicidad de una clase política prevaricadora y analfabeta, necesite justificar su negocio de subvenciones e influencias elevando la estupidez a la categoría de norma, y violentando a su conveniencia la lógica natural de un idioma que, aparte de ellas, hablan cuatrocientos millones de personas en todo el mundo”.

Malo es que haya de ser especificado el género de un optante a trabajo, salvo que sea de paridera –caso de existir como a veces creo el empleo-, o de que se pretenda pagarle menos por la misma labor –hecho que sucede en la práctica-. Irrelevante en mi opinión asirse al léxico para cambiar situaciones sociales. Las primeras juezas de la historia de España en la Transición, eran llamadas “la Juez” y el femenino terminó por imponerse. Inútil pérdida de ese espacio vital que paga el dinero y la escasa atención del lector –a juzgar como criterios a valorar o no-, distinguir entre “vascos y vascas”, “compañeros y compañeras” o, sí, incluso, la frase convertida en chiste de “miembros y miembras”. Pero de ahí, a utilizar la excusa de la semántica para llamar “pava”, “feminazis”, “oportunistas”, “creadas por el silencio de los borregos”, “prevaricadores” y demás calificativos, a quienes alteran su tranquilidad masculina, va un abismo. Claro, que el machismo se cultiva en círculos endogámicos. Cada uno tiene los amigos que tiene, generalmente afines en algún aspecto. “El pobre Manolo” –relata el escritor- le dice, «lo mismo voy a juicio, colega, me toca una juez feminista y encima me jode vivo».

Arturo Pérez Reverte, además de machista de rancio poso, un crianza gran reserva, es académico de la lengua. Y nos explica el funcionamiento de tan insigne institución: “la norma no se impone por decreto, sino que son el uso y la sabiduría de la propia lengua hablada y escrita los que crean esa norma; y que las academias, diccionarios, gramáticas y ortografías se limitan a registrar el hecho lingüístico, a fijarlo y a limpiarlo para su común conocimiento y mayor eficacia. Porque no es que, como afirman algunos tontos, las academias sean lentas y vayan detrás de la lengua de la calle. Es que su misión es precisamente ésa: ir detrás, recogiendo la ropa tirada por el suelo, haciendo inventario de ésta y ordenando los armarios”. De ahí, que aceptaran palabras como guay, jope, tropecientos, currante o flipar, poner algunos ejemplo, y se resistan a otras que, en efecto, impondrá la costumbre, pero que duelen algo más.

El sábado, en Informe Semanal, un magnífico reportaje de Juan Antonio Tirado nos mostró por primera vez –decía- imágenes de una sesión de la Academia. El plano recogió a personas conocidas –aunque luego las entrevistas buscaran contenidos-. Teníamos a Luís María Ansón, Antonio Mingote, o el propio Pérez Reverte, en ese universo de trajes y corbatas masculinas que es la RAE. No dudo de los méritos de casi ninguno para estar allí, pero tampoco les otorgo a todos, por trayectoria y resultados, categoría de sabios ex cátedra. Ni me parece que ordenen demasiado bien los armarios, tras recoger la ropa tirada por el suelo, ni que no les fuera exigible algo más de iniciativa. Él es un ejemplo. Pero es que no debo entenderlo. Seguramente Pérez Reverte utiliza el lenguaje de la calle, de la calle española cargada de prejuicios y tan inculta como la que él vitupera al escribir: pava, feminazi, silencio de los borregos, contribuyendo a afianzar la carga en profundidad que en numerosas ocasiones revela una discusión semántica.

Pérez Reverte viene a concluir así su alegato: “Esto es España, líder de Europa y pasmo de Occidente: el continuo disparate donde la razón vive indefensa y cualquier imbecilidad tiene su asiento”. Y en ese punto estoy absolutamente de acuerdo con él, aunque no en la misma dirección.

  Si alguien tiene algún interés en ver el artículo completo de Pérez Reverte, está aquí.

Actualización 16,15

  El asunto suscita aún -siglo XXI- una alta controversia por lo que veo. Se aprecia en los comentarios del blog. Y, muy aumentada, en meneame, estado de opinión social anónima. En este portal, el artículo de Pérez Reverte, es el más votado del día superando los 200 comentarios, muchos de ellos incendiarios:

http://meneame.net/story/chantaje-genero-arturo-perez-reverte

El mìo ha tenido que ser cerrado hundido por los comentarios y votos negativos:

http://meneame.net/story/politica-igualitaria-perez-reverte

  Afortunadamente, en los comentarios argumentados e informativos de este blog, se encuentran bastantes claves. En el de Gabriel, por ejemplo.

Ah, y yo me reafirmo en todo lo dicho punto por punto, especialmente en la carga ideológica que suelen llevar las discusiones “semánticas”.

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