Nube tóxica tras la «exclusiva» de El Periódico

La noticia es que un diario presenta un documento falseado, sin advertirlo, para poner en cuestión a la policía catalana. Afirma que recibió una información sobre el atentado de La Rambla sugiriendo que la ignoró. La noticia es que ese diario, El Periódico, hace pasar como  documento (y de la CIA norteamericana) lo que resulta ser la transcripción de una comunicación oral, según aclara el director una vez detectados sus errores de bulto. La noticia es que los Mossos afirman rotundamente en rueda de prensa inmediata: “Lo que ha publicado El Periódico es un montaje”. Y nadie lo lleva a titulares.

Lo clamoroso es que no haya una reacción masiva del periodismo, de sus profesionales, ante hechos de tal gravedad. Más aún, que, cuando la hay, sea de corporativismo ciego y selectivo. La FAPE, Federación de Asociaciones de la Prensa de España, ha tachado de «intolerables» los ataques del conseller de Interior catalán y del mayor de los Mossos contra El Periódico. Lo enormemente relevante es que los medios conviertan en noticia el contenido de lo publicado en el diario en cuestión, dándole cancha incluso cuando era visible la treta (nadie disfraza un documento por casualidad, y no cabe obviarlo). Lo reseñable es que se sucedan las entrevistas en los programas punteros de radio y televisión.

No es algo que ocurra fácilmente con exclusivas serias de otros medios. Pueden seguir el recorrido de varias de eldiario.es que tuvieron escaso eco –o ninguno- . Por ejemplo sobre los SMS de los reyes a su amigo López Madrid, dándole apoyo en una de sus imputaciones delictivas, la que le implicaba en las Tarjetas Black. Por ejemplo, en varios extremos de los Correos de Blesa, silenciados tanto los procedentes de eldiario.es como de Infolibre. Las Cloacas de Interior de Público. Los Papeles de Panamá sufrieron también profundas mutilaciones al ser servidas en grandes medios.

Para gustarles tanto las noticias, como escriben, algunos medios hacen enormes sacrificios de privación. Por tanto, el hedor que desprende la “exclusiva” de El Periódico y el tratamiento por sus colegas adquiere características de nube tóxica.

Ya saben que pasaron por alto la especie de spanglish en la que estaba redactada “The Nota”. Al final ni era la CIA, sino, dice ahora el director de El Periódico, NCTC, el Centro Nacional Antiterrorista de EEUU, y ya no es comunicación verbal sino escrita. A esta ni le dieron credibilidad Generalitat y Gobierno Central, ambos. Hemos sabido que se reciben cientos de alertas similares. Lo hemos sabido quienes leemos eldiario.es o Twitter, no la mayoría que sigue grandes medios. Esta noticia, vaya por dios, no ha merecido su atención. La verdad en estos tiempos parece un valor en quiebra.

Compaginan con total desparpajo el supuesto aviso de la CIA, o quien sea, en Mayo, con lo que llamaron “reacción improvisada de los terroristas al ver volar su arsenal de Alcanar”. Muy relevante lo que apunta Íñigo Saénz de Ugarte en este artículo y las preguntas que suscita el segundo documento publicado hoy en El Periódico:

 ¿Por qué los servicios norteamericanos envían en agosto el aviso que ya habían enviado en mayo a un organismo que también lo había recibido en mayo?”. “¿Lo pidió el CITCO que dirige el comisario José Luis Olivera, implicado en algunas de esas operaciones policiales sospechosas con marcado acento político? ¿Necesitaba alguien que apareciera la palabra «Mossos» en una reproducción del aviso de mayo?»

Nada detiene la bola, sin embargo. Crece. Este viernes portadas, editoriales, sermones de episcopados mediáticos, tertulias, siguen con la versión del director de El Periódico. Lanzando sospechas sobre la actuación de la policía autonómica catalana, sobre la lucha antiterrorista en sí, en uno de los mayores ejercicios de irresponsabilidad que quepa imaginar. ¿Deberán pedir responsabilidades los numerosos países de donde procedían las victimas mortales y los heridos? ¿En qué país ha ocurrido semejantes desparrame de intereses? ¿Cómo reaccionarán los terroristas?

Noticia es que todo esto ha tapado por completo la sesión del Congreso en la que Rajoy debería haber dado explicaciones por la financiación ilegal del partido que preside, en el contexto de la trama de corrupción Gürtel. Bochornosa comparecencia, plagada de mentiras, como detalló Ignacio Escolar. Un despliegue de altanería y desprecio de muchos de sus opositores que llegó en ocasiones a la humillación, cuyo acatamiento es preocupante noticia. Y de nuevo la prensa, radio y televisión afín al PP, cada vez más numerosa, dan cuenta en tono triunfal de la gesta conseguida por el presidente de un partido plagado de corrupción. La noticia, la muy mala noticia, es lo que está defendiendo esta prensa llevando en alzas a Rajoy.

Cómo será lo que está ocurriendo en España que otro periódico, La Vanguardia, publica en portada: «El Gobierno prepara con el TC una suspensión exprés”, en relación al referéndum de Cataluña. ¿El poder ejecutivo «prepara» con el judicial y ni merece comentarios?

La 1 de TVE cortó la emisión del Congreso cuando hablaba Pablo Iglesias en nombre de Unidos Podemos. Para conectar con la Tomatina de Buñol. Sin apenas reacción de periodistas o políticos sobre lo que es un hurto de la información para favorecer la presencia de Rajoy.  Es lo que importa más allá de las ideologías. La FAPE no se ha pronunciado sobre esto. Esa televisión pública que el Congreso prometió cambiar en tres meses, agota su plazo en poco más 20 días,  arreciando en sus manipulaciones.

Si estarán impresionados los mandos del PP en TVE por las críticas a su gestión que, tras el episodio del Congreso, han destituido a José Luis Regalado, editor de La 2 Noticias, el único informativo de la Cadena sin denuncias de censura y manipulación. Modélico, de hecho. La sociedad española precisa urgentemente recibir información accesible  como es la televisión, con ese rigor.

La ya histérica campaña, cuyo único objetivo parece desprestigiar a los Mossos, se inscribe en una guerra de poder e intereses que debería ser ajena al periodismo. En las formas, se está imponiendo en España la comunicación tosca y panfletaria del diario que pergeña Eduardo Inda. El Breitbart estadounidense que aupó a Trump. Cada vez son más medios los que caen en ese pozo de portadas grotescas, mentiras y medias verdades. Es rentable, siempre hay alguien que se cree los bulos y los defiende y amplifica.

Agobia ver en esta contienda a periodistas dilapidando el prestigio que tanto cuesta obtener. O la equidistancia, preocupante ante hechos graves y de trascendencia social. Grupos muy poderosos llevan las riendas – a tenor de lo que publican- y su peso coarta. Borra el hambre para mañana ante el pan de hoy.

En Spotlight, Oscar a la mejor película 2016, se preguntan cómo el periodismo tragó durante dos décadas  con una auténtica epidemia de pederastia en la Iglesia católica de Boston, hecho real. La repuesta a quien intentaba informar de los abusos durante tan largo tiempo era:

– ¿Y tú dónde vas a ir después de esto?

Por ese silencio cómplice, decenas de niños fueron violentados sexualmente durante años, sodomizados. Un pequeño grupo de reporteros del Boston Globe lo publicó pese a todo al final y los nombres de los responsables salieron a la luz acabando sus prácticas.

¿Hemos pensado qué consecuencias tiene lo que está ocurriendo en España?

Los catalanes no son menores de edad y los demás tampoco

Entre presuntas encerronas y negadas inocencias seguimos avanzando en el duro tránsito hasta el 1 de Octubre, fecha del no menos presunto referéndum catalán. Los dramáticos atentados del terrorismo yihadista han venido a extremar la confrontación. Como punto culminante, la manifestación del sábado en Barcelona. Por ahora. La comparecencia, este miércoles, del presidente del PP y del gobierno, Mariano Rajoy, en el Congreso para responder por la Gürtel brindará a buen seguro nuevas ocasiones para imaginativas estrategias de acción y ocultación.

Moncloa cree que hubo una encerrona titula o mensajea la prensa de Madrid y alguna de Barcelona. ¿A quién? ¿Al PP que situó a sus figuras más destacadas rodeando a Felipe VI? ¿Al monarca? ¿Tampoco sabía el Rey de España a qué iba y por qué? ¿Desconocen que la etiqueta de la cortesía que aparca los conflictos no rige en la calle abierta? ¿Cabe menospreciar más a los ciudadanos que contarles la fábula de la encerrona? Lo que sí hemos hecho es aprender un poco más sobre este país en el que vivimos, sobre quienes lo gobiernan o quienes cuentan lo que ocurre.  Partamos de varias confusiones difundidas, varias de ellas –no todas- con total intencionalidad.

1º) Una manifestación no es un funeral.

Ya hubo su funeral oficial católico, para víctimas de distintas culturas por cierto. Y algunos más. En uno de ellos, en Madrid, el cura se volcó tanto en la unidad, la repulsa del terrorismo y la caridad cristiana que pidió el procesamiento de la alcaldesa Ada Colau, por no poder los bolardos que, según él, le ordenó el gobierno. Y para Manuela Carmena la edil de Madrid porque le cae mal y ya es suficiente razón.

2º) Una manifestación es política.

La vida de los ciudadanos se desarrolla en política. La política no muerde, ni siquiera cuando la hacen los contrarios limpiamente. Y de manifestaciones politizadas a lo grande y una se llenan las hemerotecas.

3º)   La reclamada unidad es una entelequia.

La sociedad no está unida, no es uniforme y difieren sus intereses. Lo cual, por cierto, enriquece. La unidad que reclama el intenso pensamiento dominante es la suya. Todo lo que se aparte de su idea es reprobable. Y en su unidad no cabe mayor táctica política. En la manifestación por las víctimas del terrorismo exigían la unidad de su concepto de España, como la exigen para sus políticas, formas y métodos. ¿Que el independentismo movió sus bazas? Por supuesto. Y los medios de forma ostentosa,  tan unánimes a favor de las tesis del PP de Rajoy y cuanto representa. Creo que muchos ciudadanos, muchos, miles de ellos, fueron con toda inocencia a plantar cara al terrorismo, a acompañar a las familias de los muertos y heridos.

4º) La Santa Inocencia.

Es la que no ha visto o no quiere ver el insistente juego sucio del ultranacionalismo español, tan vinculado a unas políticas concretas: muy conservadoras, muy injustas, muy tiznadas hasta de corrupción. Tampoco las fuerzas independentistas están limpias, y ni, por lo más remoto, lo que ofrecen es la panacea. Los errores del Procés retumban. Pero todo esto se sabía, se ha visto venir y crecer. Y ya está encima. Y toca lanzar sermones episcopales de unidad. Cuando, desde las portadas a los editoriales, pasando por artículos de variada intención, no hacen sino agrandar el problema. Que viene muy de lejos, y está muy enviciado y muy vapuleado.

Llama la atención que hasta catalanes de probada sensatez se apunten al asombro y la preocupación discriminada. Porque invariablemente, en la pretendida equidistancia, la mayor culpa recae en un solo lado. ¿No lo vieron venir? ¿No han asistido a la larga  historia de provocaciones y agravios? Hasta grabaciones existen de la guerra sucia desde Interior. Por no decir cómo calentaba el ambiente la prensa de Madrid hablando ya de boicot y acusando a Puigdemont en los días previos a la manifestación. Las cosas son como son y no como gustaría fueran.

5º) El paternalismo.

El factor más inadvertido, de enorme gravedad, germen de muchas conductas. Las declaraciones de los políticos españolistas y los titulares de la prensa de Madrid, han venido asegurando desde la manifestación de Barcelona que el independentismo boicoteó el acto, organizó la protesta. Algo que no ha destacado en absoluto la prensa internacional. El problema es que confieren al independentismo una capacidad de acción desmesurada para dirigir a las personas. A pobres seres sin voluntad propia que, con la dirección adecuada, van donde les lleven. Demuestran su propio pensamiento. Es muy evidente que ellos, esa prensa “de parte”, lo busca. Prensa, radio y televisión, y políticos de su círculo. Y deben creer que funciona. A ellos de alguna manera sí, pero las maniobras son tan burdas que presumiblemente algún día la gente se tropezará con ellas anudadas a su garganta e igual, antes de ahogarse, reacciona.

Lo preocupante es que hasta episcopados decentes y preocupados con causa estén llamando a una especie de autoridad que lo resuelva. Debe ser la educación en dictadura o  el profundo alejamiento que las élites demuestran tener del común de los mortales. La tentación del padre estricto no deja de crecer. Ocurre más en tiempos de desconcierto. George Lakoff lo definía muy bien en No pienses en un elefante, (UCM, 2004). Se ha impuesto la dirección y el castigo a compaginar con el despojo y el “apáñate como  puedas”.

Manténganse atentos porque el presidente prudente, el que no responde a las afrentas, el que se encuentra en una encerrona con el Rey rodeado de figuras de su partido y todos silbados por un grupo magnificado en su número, sin que nadie pudiera sospechar tal reacción, prepara más leyes restrictivas. Nueva vuelta al Código Penal propone. A ciertas ideologías siempre les da por lo mismo. Ningún país logra detener por completo los atentados, pero amordazar a sus ciudadanos se lleva mucho, es la moda del momento. Sánchez, secretario general del PSOE, ha pactado con Rajoy  “mantener una posición conjunta” ante, lo que llaman el «desafío soberanista catalán». Será cosa del bipartidismo. O del sentido de Estado del bipartidismo.

En conclusión, desconfiemos del patriotismo de personas para quienes la única patria es el dinero y el poder. En cualquier territorio.

Llegados a este punto de enconamiento, la salida más razonable sería celebrar la consulta. Posiblemente saldría que no. Si siguen echando leña a la hoguera va arder toda esperanza. En genérico. Ya ni estamos en el escenario en el que otros países llevaron a cabo un referéndum  en circunstancias parecidas. Y la mala noticia es que en ningún caso se resolverán las fracturas. Ni la catalana, ni la española, ni la relacionada con ambas estructuras.

Los ciudadanos en general somos seres adultos  y responsables. No necesitamos un papá que nos guíe más allá de los 12 años. Ni una mamá siquiera. Créanme, salvo unos cuantos -millones incluso pero no al punto de representar la mayoría-, sabemos lo que queremos, y no nos gusta que nos manipulen, ni nos engañen.

La tentación recurrente de sacar provecho del terrorismo

El terrorismo ha vapuleado a España como a pocos países. Ha segado vidas. Las de aquellos a quienes arrancó el aliento y la de quienes se quedaron con esa ausencia doblemente traumática. El terrorismo dejó sin piernas, ojos, dañados órganos esenciales, quemada la piel, el cuerpo, la fuerza y la esperanza. El terrorismo ha mutilado la existencia de muchas personas, arrebatando hijos, maridos, esposas, padres, hermanos, amigos. Ha forzado hasta la extenuación la capacidad de entender, de asombro, de ánimo para seguir viviendo. España lo ha sufrido de distintas procedencias, igual de atroz.

Piensen en las familias de Xavi y Julian, los niños asesinados en La Rambla, del estadounidense que celebraba en Barcelona su primer aniversario de boda, de la anciana portuguesa que enseñaba la ciudad a su nieta, de los jóvenes italianos, del cooperante solidario, de la zaragozana que cayó en Cambrils. De todas y cada una de las víctimas. Imaginen las secuelas del centenar de heridos en estos atentados de los que, en el horror, apenas queda tiempo para hablar. De la onda expansiva de dolor llegada a distintas partes del mundo, desde Australia a Granada en España. Es lo que busca el terrorismo. Lo mismo pasó en Madrid el 11 de Marzo de 2004.

Cerca de dos mil familias pueden hablar en primera persona de lo que truncaron aquellas bombas en los trenes de cercanías de Madrid. Casi dos centenares de muertos, también de numerosas nacionalidades, desde Chile y Perú, a Polonia o Filipinas. El hijo inolvidable para tantos de Pilar. El chileno que acababa de traer a su mujer y a su hijo para darle estudios. La niña árabe de 13 años que no llegó a su Instituto de Lavapiés. De todas las procedencias, de todas las edades, de todas las profesiones.

Entre los heridos, un gran número quedó con los pulmones dañados y graves lesiones en otros órganos y en las extremidades. Secuelas que merman capacidades. Personas que tuvieron que aparcar sus carreras, sus proyectos. Y que no han vuelto a sonreír con plenitud nunca más. Cuánto más podríamos contar de sus carencias tras aquellas puertas que se cerraron para el interés mediático.

Pues bien, sobre todo este dolor se edificaron fortunas y leyendas para cimentar poder y aplicar políticas bien específicas. Se ha hecho y se está intentando repetir, con una guerra sucia bochornosa que pone en cuestión la Seguridad, a quienes se encargan de esa tarea de servicio público, las intencionalidades políticas, hasta los Derechos, como en un gran saco. Cuando precisamente los ciudadanos parecen haber recuperado la confianza en los Cuerpos que nos defienden. Los volquetes de basura que están echando sobre los Mossos, en particular, con verdades a mediasenvilecen a sus propagadores. Investidos de la falsa moralidad que se atribuyen, los actores de la manipulación interesada no andan lejos de la perversidad de los terroristas. Son los carroñeros que se aprovechan de los atentados.

Rajoy ha querido templar la cuestión, hablando de la confianza del gobierno en todas las fuerzas de seguridad y alabando la gestión de la policía catalana. Siquiera formalmente. Lo cierto es que la campaña y la división  ya ha llegado a medios internacionales solventes. El propio presidente catalán acusaba en Finantial Times a Rajoy de « hacer política con la seguridad«.

Comparecía Rajoy ante la prensa y ha declarado, también, como quien no quiere la cosa: « Si hay que modificar el código penal para combatir el yihadismo, lo haremos«. Poca pena más queda por meter que la Cadena Perpetua que ya introdujo con el Pacto Antiterrorista, y poco más que endurecer y recortar en derechos -de todos- en una legislación de las más restrictivas de Europa.  Es otro clásico.

El arranque estelar de la utilización del terrorismo sin tapujos se sitúa en el que es aún el mayor atentado yihadista sufrido en Europa, el 11M en Madrid.  Apenas un mes después, el 23 de Abril, fecha que conmemora las grandes y menos grandes creaciones literarias,  nace la teoría de los «agujeros negros». Se gesta en el diario El Mundo y su primer difusor es un periodista ya fallecido. Curiosamente desaparece de las firmas y toma el relevo Luis del Pino que escribiría tres libros y sería empleado en la Telemadrid de Esperanza Aguirre para dar cumplida cuenta de su teoría. Además del staff de dirección de El Mundo, el propio director, Pedro J. Ramirez, participa de forma entusiasta. A él se debe su inolvidable «el yerno que todos querríamos tener» dedicado a José Emilio Pérez Trashorras, uno de los principales condenados.

La conspiranoia del 11M se basaba en eso, exculpar a unos y sembrar dudas –más bien certezas- sobre varias  pruebas decisivas: el explosivo, la furgoneta Kangoo de Alcalá de Henares, la mochila de Vallecas, los teléfonos móviles. Sin ninguna prueba. El fin es culpar a ETA que parece convenir más al PP. Ha perdido las elecciones del 14 de Marzo, gracias en alguna medida a su gestión nefasta de la información de los atentados. Así lo  señalaba la prensa internacional. Volvimos a acudir a ella, como en los peores tiempos. Desde el mismo día 11 apuntaron a la autoría del terrorismo islamista. Los conspiranoícos intentaban también culpabilizar al PSOE, sugiriendo que movió hilos a su favor para salir triunfador en las urnas.

Era la forma de dar consistencia a la línea que mantuvo el PP los cuatro días de Marzo, desde el «No hay duda: ha sido ETA» del ministro del Interior Ángel Acebes en la mañana de los atentados, hasta casi la hora de votar. Complementada con gestiones diplomáticas en embajadas y  en la ONU, o con la llamada personal de Aznar, el presidente del gobierno, a los directores de los periódicos forzando titulares.

Fue una utilización fraudulenta de los atentados de Madrid con fines político y de lucro económico. Impune. Y en cierto modo exitosa, porque caló en ciertas personas proclives a la credulidad. Todavía hay quien sospecha de manos ocultas, a pesar de la rigurosa sentencia judicial. Se extendería con la concurrencia de otros profesionales de la intoxicación.  Y el PP. El partido llegó a presentar en el Congreso 215 preguntas al gobierno del PSOE, basadas en la Teoría de la Conspiración.  Cuando era el PP quien estaba en el gobierno. A ratos, el ambiente se hizo irrespirable.

El propio magistrado Gómez Bermúdez se molestó en dedicar al tema unas líneas en la sentencia: «Como en muchas otras ocasiones de este proceso, se aísla un dato, se descontextualiza y se pretende dar la falsa impresión de que cualquier conclusión pende exclusivamente de él, obviando así la obligación de la valoración conjunta de los datos, las pruebas»… Cierto, digno de Goebbles. Y se ha convertido en modus operandi habitual. Debemos recordarlo porque ahí empezó la táctica y la anomalía que hoy vivimos.

Otra lamentable víctima fue Rodolfo Ruiz, entonces comisario en Vallecas, lugar en el que se depositaron mochilas recogidas en la explosión del Pozo del Tío Raimundo. El meritorio agente se jugó la vida investigando la famosa mochila y logró descubrir que aportaba pruebas concluyentes de la autoría. No había sido ETA esta vez. En lugar de las alabanzas que mereció, le hicieron la vida imposible. Al punto que su mujer se suicidó y su hija precisó tratamiento psicológico. Cuesta encontrar vileza mayor.

Buena parte de los autores de esta deleznable página de nuestra historia siguen ahí. Recibiendo votos y gobernando o trabajando en los medios, incluso en puestos destacados. Para desgracia del periodismo español, algunos más se están sumando en esta ocasión y desde algún tiempo dado el éxito anterior. Y gran parte de la sociedad lo sabe, y lo acepta.

A veces impactan la memoria imágenes del daño que el terrorismo nos ha hecho. Las más recientes se añaden a las que no olvidamos. Los abrasados en el Hipercor de Barcelona.  Las familias de las casas cuartel de la Guardia Civil. La de aquel joven guardia en un pequeño pueblo de Burgos que cayó con sus compañeros en la plaza de la República Dominicana de Madrid. La de aquel conductor de autobús suplente que se dejó la vida en una calle de mi casa. Las miradas truncadas de los supervivientes del 11M.  La serpiente mortal de la furgoneta en La Rambla de Barcelona. Los huesos quebrados, la carne quemada, los cristales rotos, las vidas rotas.

Frente al terrorismo hay que actuar con todos los medios legítimos, contra los carroñeros de cuello blanco también. Su siembra de odio interesado ya ofrece resultados. Crecen los ataques islamófobos. Pensemos en la mujer agredida en Usera, Madrid, o en esos críos de Fitero, Navarra, a los que dos indeseables molieron a palos cuando salían de guardar un minuto de silencio por las víctimas de Cataluña. Explíquenles porqué.

Como en todas las grandes tragedias numerosas y notables muestras de generosidad, incluso en las familias de los asesinados, han venido a reconciliarnos con el género humano. Son ya muchos los países víctimas de terrorismo. Pero quedan grupos decisivos que se comportan de muy diferente forma. Reaccionar como hienas que se alimentan de los atentados ocurre en España. Usar a  las víctimas, el dolor, la indignación y el miedo de los ciudadanos para su interés político y sus réditos, solo ocurre en una sociedad enferma.

Demagogia, enemigo invisible

Por fin está llegando a la sociedad más información sobre las raíces del terrorismo.  No se puede separar, como si no tuvieran relación, los atentados de quienes financian el fanatismo yihadista que los perpetra. Pero la vida oficial lo hace con absoluto desparpajo. Los trapos sucios y los muertos en el armario no se mencionan en las reuniones de los notables, ni en las crónicas de los eventos. Y, así, de tanto estirar la hipocresía, la sociedad va a terminar estrangulada.

«El rey que visitó la Barcelona atentada por yihadistas es el mismo rey que visitó la Arabia Saudí que los adoctrina y los capta», escribía Ruth Toledano aquí, marcando la gran contradicción que llevan en el cuerpo con porte airoso gran número de líderes occidentales. Desde España a Francia o EEUU: «Las ganancias económicas que genera son ilegítimas y las pérdidas humanas que provoca, irreparables», añadía. Y no se pueden deslindar por más que lo intentan. Iñigo Sáenz de Ugarte explicaba –una vez más– el mecanismo que conduce de pagar para abonar el radicalismo al caldo de cultivo que lo hace cuajar y materializarse en violencia. Porque eldiario.es y sus periodistas abordan desde hace años, junto con otros pocos profesionales y medios, este tema esencial para entender el trágico fenómeno. De 2015 es este texto de Olga Rodríguez, experta sobre el terreno: «Cómo surge el ISIS, cómo se financia, quiénes hacen la vista gorda«.

Y ahí tenemos encabezando a Arabia Saudí, con quien los reyes españoles intercambian besos y regalos, lo mismo que presidentes de gobierno y ministros. O a Turquía, país en manos de Erdogan que está practicando una auténtica purga contra los disidentes ideológicos y al que la España de Rajoy ayuda en su razia. Ha detenido a dos escritores y periodistas que ningún otro país quiso encarcelar para mandárselos, en su caso, al presidente turco que ha apresado ya a más de 50.000 personas.

Así funciona esto, pero la mayoría de la prensa tradicional no lo cuenta. Cuando es evidente que cerrando el grifo de la financiación, peligrosísima en el adoctrinamiento, algunas cosas cambiarían en el terrorismo. No contarlo y, por el contrario, maniobrar sobre las emociones para obtener un fin político es demagogia. Y la demagogia causa daños, irreparables incluso.

Un sacerdote católico nos ha mostrado, en Madrid, cómo se genera el adoctrinamiento fanático desde un púlpito. Se trata de Santiago Martín, exjefe de religión de ABC –ABC tiene al parecer jefes de religión– y exconductor de Testimonio en La 2 de TVE. Ha acusado como culpable del atentado a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, por no poner bolardos, y a Manuela Carmena por ser tan «comunista» como su colega de Barcelona y ambas «respetuosas con la libertad de los asesinos». Así operan los imanes del fanatismo yihadista. Exactamente igual. Como ya se ha dicho, algunos llevan los bolardos en su cabeza. Martín pertenece a una organización, la iglesia católica, a la que sufragan con nuestros impuestos. El Arzobispado de Madrid le ha desautorizado, con mucha menor repercusión.

No ha sido el único, el partido ultraderechista Vox ha presentado una denuncia ante la Fiscalía, y el alcalde de Alcorcón, Madrid, del PP, ha declarado que Colau «había allanado el recorrido» a los terroristas. Barcelona en Comú ha publicado el documento de Interior donde se instaba al Ayuntamiento a colocar bolardos  de forma transitoria durante las Navidades.

Los atentados de Barcelona y Cambrils han caído en un momento extremo. Con el proceso de consulta independentista que vive Catalunya. El ultranacionalismo español ha salido como los toros del toril. Con la misma fuerza bruta y los cuernos mucho más retorcidos que los animales de su fiesta nacional. Políticos, periodistas, y afición tuitera y de barra de bar exigen hablar en español, solo en español, incluso a los Mossos, la policía autónoma catalana, cuya actuación ha sido decisiva en la resolución del caso. Eficaces pese a las restricciones que les han venido imponiendo los gobiernos de Madrid. Ejemplares, hasta informando en tres idiomas.

Han emergido de sus catacumbas la plana mayor de la extrema derecha que anida en el PP, cantantes en horas bajas y activistas de la ultraderecha mediática dispuestos a iniciar una nueva Reconquista, tirados al monte con lanza si se tercia. Editoriales de la prensa tradicional siguen en el nivel ácido y desmesurado de sus últimas empresas. Es una temible explosión de intolerancia y de manipulación de las emociones de sus audiencias.

La tergiversación de la entrevista que Carlos Alsina, en Onda Cero, hizo al presidente catalán Carles Puigdemont va mucho más allá. Le entrecomillaron como afirmación: «Los atentados no van a cambiar la hoja de ruta sobre el procés». Y no lo había dicho. Lo que dijo fue que no cambiarían la política de seguridad y protestó por mezclar los temas en un momento tan delicado. Varios medios repitieron el falso titular y el dibujante Peridis lleva una cruzada de viñetas en serie con el tema. No son errores ni bulos, parece más una actividad política que periodismo. Nadie ha rectificado.  Y la bola sigue y sigue hasta transformarla en certeza.

La demagogia es un enemigo no tan invisible como titulo. De hecho, se escribe muy a menudo con trazos gruesos, visibles para cualquiera que preste atención y se estime como ser racional. Excita y provoca reacciones viscerales en personas proclives o simplemente de buena fe y con poco interés por la verdad. El fin es siempre instrumentalizarlos con un interés político. Aristóteles fue el primero en definir la demagogia como la «forma corrupta o degenerada de la Democracia», y encaja perfectamente en otras corrupciones que nos devastan.

El solo hecho de informar empieza a ser un problema en nuestro país desde las reformas legislativas del PP: Ley Mordaza y Código Penal. En él se blinda a la Corona de toda crítica. Reporteros Sin Fronteras denunciaba que «los tribunales se han convertido en España en un instrumento de censura y coacción». No desdeñemos la coacción que induce la autocensura.

El colofón es el uso político de la derecha y sus voceros mediáticos hasta de los terribles atentados de Cataluña. Han entrado de lleno en la crítica a las formaciones que no suscriben el ahora llamado ahora «Pacto antiyihadista» –antes antiterrorista–. Suscitó grandes críticas en los partidos progresistas en su momento por su recorte de libertades, de todos en la práctica. Incluso el PSOE mostró sus reticencias inicialmente. Entró con él la cadena perpetua (inconstitucional), es ambiguo en atajar las fuentes de financiación y nada dice de la venta de armas a los terroristas. Académicos y magistrados fueron extremadamente críticos con él. En la práctica ha servido para detener titiriteros y tuiteros o para pedir penas desmesuradas a los bravucones de Alsasua.

El Ministro Zoido andaba hace un mes diciendo que no había ningún peligro de atentado, algunos indicios pueden no ser detectables pero el Pacto tampoco parece la panacea de eficacia. Lógicamente, con el dolor de las víctimas tan intenso y vivo lo adecuado es insistir en la unidad de las fuerzas políticas. Pero habría de centrarse más en aspectos efectivos que en la fachada. Imprescindible, intensificar la prevención. Y no usar demagógicamente el Pacto, haciendo ver que el rechazo es a actuar contra el terrorismo. Ni por compasión con las víctimas dejan de ver cómo sacar tajada.

Como hecho objetivo, sin que lo pida o no lo pida nadie, parece claro que no es siquiera estético compaginar las condenas al terrorismo con la amistad de quienes lo financian. Ni los negocios con países y personas que no respetan los derechos humanos. No se comprende que personas adultas no establezcan lo que son relaciones tan evidentes: acción y consecuencia. Con la manipulación se logra que millones de ciudadanos obren en contra de sus propios intereses. Cuando hablamos de la inseguridad que se ha clavado como esencia de nuestro tiempo, de peligros reales, del odio creciente de unos y otros y otros, vemos el enorme riesgo que representa en sí misma la demagogia.

 
 

Y si el odio está aquí para quedarse

 

Cuentan testigos presenciales que el sujeto que atentó en La Rambla de Barcelona lanzó su furgoneta contra un niño de 3 años que encontró a su paso en la multitud presente en La Rambla, dejando un terrible balance de muerte y dolor. Cuesta entender tamaña maldad hacia desconocidos, hacia una criatura que comenzaba a vivir. Apenas unos días antes Christopher Cantwell, un portavoz de la marcha supremacista de Charlottesville en EEUU, había dado la clave por la que ni le conmovía el asesinato de una mujer por uno de los suyos: «Estaba justificado», «nuestros rivales son un puñado de animales que no saben apartarse«.

Ocurre que los asesinos no sienten a sus víctimas como sus semejantes.

De un lado tenemos esa falta de empatía que define al ser humano, del otro el odio que se ha instalado con extraordinaria virulencia en las relaciones sociales. Y es tan intensa su presencia que habremos de abordarlo como primer objetivo, porque no para de crecer. Se abona a sí mismo, sin cesar. Y saca lo peor del género humano en individuos proclives.

La indignación es lógica cuando nos vemos sacudidos por atentados, por el desgarro que causa la muerte de inocentes, la muerte en sí, el dolor, el daño. La persecución de los terroristas, la investigación, la acción judicial, la condena son ineludibles. Pero no bastan. Si bastasen se hubiera acabado con la lacra hace tiempo, o al menos hubiera dejado de crecer. Nos hallamos ante un problema vital destinado, al parecer, a quedarse. Ya nadie está libre de caer a manos de esta sanguinaria irracionalidad. Es y va a ser una forma de vivir. Insistamos en la base de que la seguridad absoluta no existe. Vamos camino de acrecentar precisamente la inseguridad. De ahí que sea imprescindible hacerse muchas más preguntas y buscar más respuestas y soluciones que la reacción emocional.

Hay que encontrar las raíces del odio, que no se explican solo por una maldad innata en ciertos sujetos. Bastan unos pocos para sembrar el caos, no es una actitud generalizada, y menos en los millones de personas de comparten país o religión con los asesinos. Atendamos a cómo crece también la repuesta de odio en quienes lo llevan previamente en su ser presto a lanzarlo como arma a sus oponentes. Ese odio reconcomido que salta cada vez que encuentra oportunidad. El que estamos viendo, aquí, en España, en una serie de desaprensivos con notable altavoz en los medios. Bochornoso espectáculo que clama por las víctimas mientras las sirve descuartizadas para el morbo y el lucro, o que usa independentismo o «turismofobia» para culpar a los propios afectados. De forma que se pide rendición ante el turista y a la vez echar a todo el que llegue a nuestro suelo pobre o con un color de piel inadecuado a su gusto.

Odio, Hate, es la palabra que estremece hoy a los Estados Unidos de América y no dejan de indagar en su historia para saber por qué ha llegado a nuestros días tan vigoroso. Por las heridas que no se cierran como deben cerrarse, valoran. El historiador Richard Hofstadter analiza en Time –que le ha dedicado al odio casi un monográfico– que «siempre hay una guerra para volver a América grande, porque siempre hay quienes creen que la grandeza americana está bajo asalto de ‘la otra». Es regla común a todos los torpes, simples y peligrosos maniqueísmos. O blanco o negro. El bien o el mal. Tú o yo. Claramente es lo que arma al yihadismo feroz. Y a las ideologías ultras que salen a palo ciego cada vez que tienen ocasión. «El portavoz paranoico trafica en el nacimiento y muerte de mundos enteros, órdenes políticos enteros, sistemas enteros de valores humanos», dice Hofstadter. Ahí pueden ver las fauces de muchos analistas españoles y de quienes siguen su línea –en las redes por ejemplo– sin hacer muchas más preguntas.

En cada atentado, los políticos posan para la imagen de unidad. Rajoy y la plana mayor de los líderes explican que los terroristas quieren cambiar «nuestros valores y nuestro sistema de vida». Ahí hay otra clave decisiva. Hemos de preguntarnos con urgencia qué hemos hecho con nuestros valores y nuestro sistema de vida, si realmente permanecen. Sabemos que el terrorismo yihadista se financia desde países amigos de muchas autoridades occidentales, en intercambios comerciales que obvian su contribución al terror. Y sabemos que existe la misma dualidad entre quienes abrazan a las víctimas de la barbarie terrorista mientras besan a sus promotores. Hay momentos en los que asalta la terrible sospecha de que el terrorismo también es un negocio, o es usado para ese fin.

Los portadores del odio que mata no sienten a sus víctimas, decíamos, como sus semejantes. Los valores de los que presumen nuestros portavoces tampoco parece que las estimen demasiado. No se dispara a tus semejantes cuando los ves en el agua intentando llegar nadando a la costa. No les pones alambradas de espinos. Y desde luego no parece que toda la Unión Europea considere sus semejantes a los refugiados que se hunden en el Mediterráneo, pagando a guardacostas libios que a su vez quieren echar testigos como las ONG. No es sin duda el reinado de un fanatismo ciego, pero, si lo miramos bien, entre «nuestros valores» cada vez existe menos la solidaridad y ni siquiera la justicia cuando se saquean las arcas públicas o se gobierna para unos pocos en detrimento de otros. Las políticas de la desigualdad han dejado muchas víctimas. El mundo no es como lo cuentan en las declaraciones solemnes. Y es temible adónde puede llevarnos este pulso entre actitudes de brutal deshumanición.

Ahondemos a ver si el odio crece por la pérdida de valores reales. Se ha dado la vuelta a la escala que los clasificaba, siquiera que los aglutinaba. Y por los instrumentos que se usan para enmascarar el nuevo orden. El egoísmo atroz del sistema no es un valor, ni la banalidad, ni la búsqueda del beneficio económico como suprema aspiración. Solíamos entender como valores otros conceptos: la búsqueda de la equidad, la justicia, la honestidad, la ética, la educación integral, el idealismo, los derechos humanos, los derechos civiles, los que ayudan a disfrutar de la vida en salud, la generosidad, la libertad.

Muchos españoles portan estos valores aunque la mugre parezca ocultarlos. En los atentados del 11M, Madrid, España, fue un ejemplo para el mundo de valentía, madurez y coraje. Y así se destacó en los foros internacionales. Ahora lo es en Barcelona y las buenas gentes de toda la Tierra lloran con nosotros. De nuevo hemos visto en Barcelona, en Cambrils, en Catalunya, en España a todo ese sólido entramado de los servicios civiles volcados en ayudar y resolver. Los que practican la cooperación, otra característica humana fundamental. Los Mossos, policía autónoma, en particular que evitaron una catástrofe mayor en Cambrils entrada la madrugada. Fallaron algunos periodistas, cada vez ocurre más. Pero, por cuanto nos jugamos en ello, hay que aislar a las personas tóxicas, no permitir que copen el discurso y se aúpen hasta sobre las víctimas de atentados para obtener sus fines. Portavoces paranoicos… o mercenarios. No tenemos tiempo para ellos.

«La inseguridad está en proceso de ser convertida en el sujeto principal –quizás en la razón suprema– que moldea el actual ejercicio del poder», escribía Zygmunt Bauman. Muchos viven de ello. Muchos están muriendo por ello. Es muy difícil aunar el temor, la prudencia y la razón, pero es a lo que la amenaza del odio nos aboca.

Miles de personas coreando «No tinc por», no tengo miedo, en el corazón de Barcelona este viernes –con los muertos aún sin enterrar, las heridas sin curar y el odio asesino suelto–, merecen el más grande abrazo solidario y soluciones racionales y efectivas. Si el odio está aquí para quedarse, hablamos de otra dimensión.

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Nos han herido en Barcelona

Tendremos que hablar de lo que nos está pasando. Del odio que crece y se está convirtiendo en uno de los más poderosos motores de este mundo. Motor de destrucción, por supuesto. E insistir en la batalla del miedo, de quienes lo siembran, de aquellos que lo combaten y de los que se dejan vencer por él. De los miles de muertos que, en muy diferentes lugares, produce la irracionalidad. Pero hoy tenemos una herida profunda en el cuerpo, la que nos han abierto en canal por Barcelona.

Hoy entendemos por qué el dolor y la muerte cercanos duelen más. Nos pasó en Madrid aquellos terribles días de marzo. Y resulta que, aun no residiendo en la capital de Catalunya, Barcelona forma parte esencial de nosotros a poco que lo pensemos. Desde luego, forma parte de mi vida sin que lo hubiera advertido con tanta intensidad.

Precisamente, además, en Las Ramblas, en el Barrio Gótico que termina por acercarse casi hasta el mar. Allí nos asombramos de las calles empedradas y los solemnes edificios. Y de los edificios y tiendas de solera cotidiana. Aquella que vendía casas de muñecas, o las de los turrones de verdad. Luego llegarían borrando huellas las cadenas de tiendas, pero sin lograrlo por completo. Allí entrevisté, como periodista, a un Jordi Pujol que todavía era honorable. O a un Lluís Llach que, hablando de la utopía, aseguraba que toda rebeldía nace del amor. Y a Ferrán Adriá en su laboratorio de sueños más que comida, antes de ser famoso y tener varias nominaciones como mejor cocinero del mundo. Con el trabajo de base que, en un piso del barrio gótico, elaboraba junto a aquellos maîtres que tanto crecieron también.

Ya no hablemos de la época de apertura y lucha en la que Barcelona nos enviaba auténticos huracanes de vanguardismo, cultura y progreso.  De libertad. Y, tantos años después, aquel libro que rompió moldes, con avisos fundamentados del futuro que llegaba, y que presentamos primero en Barcelona. Por un tiempo pareció que la sociedad… reaccionaba. No fue así. No del todo. No aún.

Las Ramblas llenas de flores que me contaban mis padres, cuando se pasaron un tiempo a ver si prosperaban desde el depauperado Aragón, parecían un paraíso europeo. Y así las vi las primeras veces. Al otro lado, la Boquería, a la que amamos seguramente porque allí tuvimos siempre a Maruja Torres y nos contagió su pasión. Porque Maruja es Barcelona y el mercado que, de popular a rabiar, se vistió de exquisito antes que nadie. La riqueza que vale.

Han quedado tantas historias por sus esquinas, las que se fueron dejando como garantía de solidez los edificios imperturbables, las calles, el mar de fondo. Ese, siempre igual, al que vistieron en los bordes de edificios preciosos, y de grandes explanadas de paseo, y de bicicletas. Y allí vuelven a salir expresiones y sonrisas de momentos vividos, de enormes afectos. Incluso nuevos que arraigaron con solidez, con la peculiaridad de la fuerza y  nobleza catalanas. Cada uno tiene su Barcelona, las víctimas de la Rambla la tenían también.

Nos han herido en el cuerpo por la parte de Barcelona. Hay 13 muertos y un centenar de heridos y, ni siquiera sabemos a esta hora, sus nombres y sus historias. Los ha matado el odio. Ese que germina por todas partes. Hasta en los empeñados en hacerse notar volcando más odio como gasolina. Y está la parafernalia de las condolencias que no siempre parecen sinceras.

Sus familias, sus amigos, no olvidarán nunca este 17 de agosto. Ni quienes corrían despavoridos, ni quienes abrazaban a sus hijos para ponerlos a salvo. Ni quienes no salen de su asombro. Nos duele tanto lo ocurrido.

Y cuando me he puesto a escribir, solo me salía amor -pido disculpas-. El amor que domina el duelo. Aun por encima de las explicaciones y la justicia que habrá que buscar. Porque lo cierto es que es lo que la ciudad y sobre todo sus gentes emanan a poco que se sienta sin prejuicios. Hay tantos que taponan los sentidos. Por eso se sobrepondrán con el tiempo a la tragedia. El amor mata al odio. Lo dijo Martin Luther King varias veces, precisamente.

Pero del odio tendremos que hablar. Para buscarle causas y atajarlo. Es ineludible. Primero hay que secar las lágrimas.

 

Fascismo, la complicidad del silencio

Agosto se nos tiñó de nazi. Se desparramó el depósito que a duras penas lo contenía. Y se plasmó el sábado 12 de agosto en la ciudad universitaria de Charlottesville, en el Estado de Virginia que albergó la capital de los Confederados en la Guerra de Secesión norteamericana. Una nutrida representación, masculina, blanca, violenta, irracional, fascista, armada hasta con fusiles de asalto, sembró de odio y sangre las calles para hacer alarde de la superioridad que creen ostentar. Una mujer –Heather Heyer, 32 años– asesinada, una veintena de heridos, múltiples apaleados, una sociedad con una profunda brecha en el corazón. Las impactantes imágenes grabadas por HBO dejan poco lugar a la imaginación para saber la dimensión de lo qué está ocurriendo.

«Una injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas partes», decía Martin Luther King, el líder de los derechos civiles que caería abatido por esta misma intolerancia en 1968. El despertar del nazismo latente en un país es una amenaza para todo el mundo libre, podríamos parafrasear. No es insignificante lugar los Estados Unidos de América, lo que le añade gravedad. Y no cabe tregua. El sábado en Charlottesville emergió cuanto se venía gestando, lo que llevó a Donald Trump al poder. El presidente que tardaría 48 horas en condenar la violencia de los partidarios de la supremacía blanca, obligado por una intensa condena a su reacción inicial. Cuando, hablando de «distintas fuentes», enarboló la bandera de la falsa equidistancia siempre, siempre, culpable. Este martes recuperó la versión de «las dos partes», culpables ambas y con buena gente ambas en su interior, y dijo que la prensa había tratado injustamente a los manifestantes neonazis a los que justificó. Trump no abandona a los suyos. Las felicitaciones más efusivas -dentro de un clima de desolación- han sido las de un par de líderes del KuKluxKlan  agradeciendo a Trump «la condena a los matones de izquierda que nos atacaron». 

El brote estadounidense se produce en la sociedad de la confusión, donde voces insistentes tratarán de minimizar y establecer paralelismos con cualquier otra tendencia. No la hay. El fascismo destruye la sociedad. Basado en la idea de la supremacía, de la superioridad de la raza blanca sobre las demás, buscan imponer su dominio por la fuerza. Tras la raza superior van los hombres superiores sobre las mujeres inferiores, y todas las «perfecciones» que se atribuyen. Salen al calor de Trump, sin duda. Muchos lo han señalado. Los nazis precisan un líder y el tosco personaje que ocupa la Casa Blanca jugó todos los números para serlo.

Vean el equipo de Trump en la presidencia. La ultraderecha extrema, enmascarada como Alt-Right, con Steve Bannon y similares. Vean de quién se nutre y a quién sigue el twittero compulsivo que calló precisamente el sábado como señalaría la escritora J. K. Rowling. Un escueto número que copa su familia, sus colaboradores, sus empresas, líderes religiosos y Fox. Fox&Friends, el programa favorito del hoy presidente de EEUU que en la misma noche del sábado defendía la supremacía blanca. « Trump era esto: el terrorismo nazi de Charlottesville«, escribía aquí Ruth Toledano, pues claro que sí.

La historia se repite. Una crisis económica por abusos del sistema financiero –no de los ciudadanos– desencadena precariedad para la mayoría. La derecha más radical, el fascismo en todas sus vertientes, la aprovecha a su favor. Cuantos callaron por su auge en los años 30 ofrecían como excusa el temor a caer en manos del comunismo que se había ido extendiendo desde la Revolución de 1917. Pensado que, tras utilizarlo, en último extremo lograrían contener al nazismo. Ahora cuentan como enemigos a ofrecer con Corea del Norte y Venezuela y a Trump como exaltado a moderar. Y cuela aún menos.

La gran diferencia hoy es la manipulación masiva y la deseducación que deja inermes a millones de ciudadanos, de todos los países. El abandono de grandes capas de la sociedad. El embrutecimiento que viene a recordar a los epsilones de Aldous Huxley creados en Un mundo feliz (1958) para ser usados en trabajos arduos. La casta inferior del sistema. De un sistema de castas explícitamente, en efecto. De la desigualdad como sistema. En donde los implicados la acatan encantados. «Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda», advirtió Martin Luther King.

Estados Unidos se ha sobrecogido con la explosión de odio que vieron, ven y saben existe en las raíces de su historia. El periódico británico The Guardian recordaba en su editorial del lunes ( El fracaso moral que avergüenza a América) que, «escribiendo Mein Kampf en la década de 1920, Adolf Hitler elogió el racismo institucional de Estados Unidos como un modelo del que la Alemania nazi podía aprender». El tiempo ha pasado, con avances de desarrollo, pero quedan raíces irreductibles que germinan en huecos seres susceptibles de interpretar en ese sentido el «América, grande otra vez». No por casualidad como se ve en su propio inspirador, Donald Trump.

La preocupación es intensa en quienes son capaces de entender lo que hay tras esa explosión de odio y elogio de la desigualdad. Lo que se palpa en las calles de muchas ciudades y pueblos de Estados Unidos con su rechazo al extranjero, al diferente. Se nota en el ambiente. En miradas y en gestos, como cuentan los residentes. «En zonas donde tu color de piel y tu acento te delata como no bienvenido. En ataques racistas en los lugares más insospechados, como la cola de un supermercado», relata entre otros muchos detalles de alta significación Diego E. Barros en Ctxt.es.  Allí están los votantes que encontraron en Trump el líder a medida que les llovió del cielo. El que dice las cosas como son.

Mayor peligro aún ofrecen quienes, en favor de los más espurios intereses, se apuntan a amparar el fascismo norteamericano y cuantos están floreciendo en Europa. España incluida. Las reacciones tibias a los terribles sucesos de Charlottesville han sido muy significativas en la prensa tradicional española. Incluso han compartido el «distintas fuentes» de Trump, y han hablado de altercados entre radicales de distinto signo. Fascistas y luchadores por la igualdad en el mismo plano. Delirante. Preocupante.

Y la complicidad con la profunda inclinación autoritaria exhibida por el PP. Su ideología que ya no se priva ni de abstenerse cuando Sada, donde se ubica el muy regalado Pazo de Meirás, declaró persona «Non grata» a la familia Franco. Realmente hay lugar a poca duda, hace años Mariano Rajoy proclamó por escrito en el Faro de Vigo su creencia en la superioridad por estirpe, que, al parecer él mismo personifica con su brillante inteligencia.

Fox News se reencarna en 13TV. Con más medios, sin duda. O en Intereconomía y la COPE. TVE se ha convertido en otra 13tv o Fox News, sin que una dirección que acabe con las prácticas manipuladoras termine de llegar como se prometió. Y se encuentra también en tertulianos que participan en los llamados debates de otras cadenas. Los que enarbolan más que nadie «la libertad de expresión» pero solo del discurso que les gusta, como dice esta columna de The New York Times. Cristina Cifuentes nació al estrellato político en 13TV y similares. En pareja línea ideológica, Albert Rivera o Begoña Villacís, también. Y no es difícil atragantarse en un zapping con la presencia de altos cargos del Gobierno e incluso el presidente en las cadenas de ultraderecha. Así se van sembrando los  Charlottesville.

Martin Luther King señaló en todos los tonos la enorme complicidad del silencio. En todos los conflictos. «Llega la hora en que el silencio es traición», «al final, recordaremos no las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos» o «no nos parecerá lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas», «el estremecedor silencio de los bondadosos».

Ahí estamos. El fascismo se ha plantado en nuestras caras en pleno agosto. Cuanto se veía venir llegó y con creces, por muchas risas que provocaran las advertencias. Va a más. Pero no es irremediable si se ponen los medios. Muchos están hablando hoy, muchos que no lo hacían en EEUU. La indignación y el valor han vencido al miedo y el silencio. Martin Luther King consciente de las dificultades dijo también: «Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano». Y, no, podemos asegurar que no vivió en vano. Y que el fascismo se destierra con la justicia social, la verdad y la cordura.

 

2017, verano sobre un polvorín

Desde hace 6 años, el rito del verano se inicia en España con una comparecencia de Mariano Rajoy que evidencia lo desolador de nuestro destino. Presente, al menos. El presidente del gobierno se ha permitido volver a dar un concierto de autoalabanzas extremas a su gestión. Ninguna autocrítica, ningún dato comprometido. Un insulto a las víctimas de sus políticas, un recordatorio a quienes, como Ciudadanos, el PNV, CC, NC -o el PSOE con su abstención- consiguen que Rajoy se enorgullezca de manejarse tan bien “en circunstancias poco habituales”.

Leía un discurso a los asistentes a la rueda de prensa: “Señoras y señores”, reiteraba Rajoy en su mitin para informadores. Ni un requerimiento de aclaración al Viva Yo entonando por el presidente se le ha pedido. La abrumadora mayoría de las preguntas han sido en torno a Catalunya que debe ser el primer problema con el que se enfrentan los periodistas de toda España al despertarse. Apenas se ha abordado lo que realmente afecta a los ciudadanos cada día. Y cuando sí se le ha planteado la corrupción del PP, Rajoy ha utilizado la táctica de no nombrar lo que no quiere. La peor noticia es que nuestros problemas no se limitan a Rajoy.

El cuento del lobo nos enseñó, de niños, que no basta con cerrar los ojos para que la amenaza se evapore. El verano de 2017 nos sitúa en uno de los escenarios más complicados desde hace décadas. Vivimos en un polvorín que se ha ido armando por múltiples decisiones erráticas. Y no mejorará por inhibirse.

En EEUU tenemos a un presidente, Donald Trump, literalmente desatado. Alimentando una crisis con Rusia que los turbios contactos familiares se han encargado de acrecentar. Como los césares locos de Roma, sus caprichos y fobias personales están afectando gravemente la imagen de la presidencia. Ahora le ha tocado al Fiscal General y no hay más que ver sus caras. El nuevo favorito de Trump, Anthony Scaramucci,  se estrenó en el cargo llamando al jefe de Gabinete del presidente “ jodido paranoico esquizofrénico” y dijo de Bannon, cuyas acciones suben y bajan ante el financiero llegado a político: “Yo no intento mamármela como él”. Pocas horas después, Trump cesaba, por medio de Twitter, a su jefe de gabinete, Rince Priebus.

Más peligroso aún, si cabe, es que Trump pretende arrogarse el poder de perdonar delitos, incluso a él mismo y sus colaboradores. Un gravísimo atentado a la democracia, un total desatino como nos contaba la profesora Verónica del Carpio, que está pasando desapercibido en la frivolidad reinante.

Habrá que ver si la sensatez logra parar la deriva emprendida por Trump. De momento, el Senado ha tumbado de nuevo su ley para anular la reforma sanitaria de Obama y dejar sin seguro médico a 20 millones de personas. El senador McCain acudió a votar NO a la propuesta de Trump, desde el hospital y con una grave enfermedad. Pero los McCain no abundan.

A los focos habituales de preocupación, se unen otros. En Europa, Hungría y Polonia han ungido con el mando directamente a la ultraderecha. Bruselas critica en particular la reforma que lleva a cabo el partido Ley y Justicia, en el gobierno de Varsovia, que le aleja de la democracia. Masivas manifestaciones rechazan en la calle las medidas, pero como todo gobierno autoritario el de Polonia arguye que otros se quedan en casa. El presidente del país ha tumbado una parte de la ley cuestionada. La jefa del gobierno dice que no lo acatará. La mala noticia es cuánto se parece esa reforma antidemocrática a lo que rige en España de facto en la justicia. Elisa Beni, como es habitual,  dio cumplido detalle en este diario. 

Aquí al lado hemos de contar también a Turquía. Miles de encarcelados, torturados algunos, con la excusa del golpe a Erdogan, atestiguan la feroz purga que está llevando a cabo el presidente. Ya no se para ni ante organizaciones de derechos humanos, como Amnistía Internacional o Avaaz, ni ante periodistas. A pesar de todo esto, la Turquía de Erdogan insiste en entrar en la UE para cobrar el favor de recibir a refugiados que le sobran a Europa. Bruselas ha expresado a Turquía su “reproche”, tal cual,  reproche, por sus preocupantes tendencias. Acaba de confirmar que le mantiene el estatus de país candidato.

  En Francia, el presidente Macron no para tampoco con sus reformas. En la típica “una de cal y otra de arena” que en modo alguno compensa las medidas de involución. Va a distinguir entre migrantes económicos y refugiados, acogiendo únicamente a estos últimos. A ese fin se propone establecer controles de registro y selección, hot spots, en países africanos, comenzando por Libia. Su popularidad ha caído en picado, a niveles de récord. Solo Chirac sufrió ese despeñe en 3 meses. Lo peor es que también se ha apuntado a reformas de la justicia que suscitan intensas críticas. Sus detractores aseguran que recortan libertades.

Preocupadas por la idea del periodismo que compartimos, Olga Rodríguez y yo solemos comentar la importancia de la información internacional tan menospreciada en nuestro país, de lo que sucede fuera. Permite hasta explicar la deriva involucionista de la España del PP que recibe la ola mundial sin haberse movido apenas de ella. Se avecinan tiempos muy duros y es preferible saberlo y tomar alguna medida.

   En España tenemos a Rajoy, con su mitin-rueda de prensa fin de curso. Cuando aún está caliente la insolencia que desplegó en su declaración en la Audiencia Nacional. Sus mentiras o afirmaciones falsas, no admisibles penalmente en un testigo. La insólita actuación del presidente del Tribunal. Dónde sentaron a Rajoy para remarcar sus privilegios y abofetear con ellos al común de los ciudadanos. Y finalmente el cortejo mediático a su persona que se ha permitido hasta burlarse de la justicia y de los defensores de ella. En ABC y La Razón fue un aquelarre pero el resto de las antaño grandes cabeceras estuvo en un nivel muy próximo.

Con esta prensa -esa prensa, hay otra- no está garantizado el derecho a la información. Con esa prensa, radio y televisión apuntada a similares labores. Una prensa que se desangra a diario perdiendo lectores e ingresos pero que parece preferir su tarea de propaganda política mientras dure. El PP ha llegado al nivel de esperpento al comparar su gestión del paro con la llegada del hombre a la luna y la caída del Muro de Berlín, y su corifeo no ha dicho ni media palabra. Imaginen si lo hubieran hecho otros. El paro, la realidad también es otra. Sus voceros merecerían uno de esos contratos de una hora que se computan como empleo. La posverdad de los Trump tiene poco que envidiar al PP de Rajoy, sin un McCain que nos consuele.

 Toca que nos cuenten que mucha gente se va en viaje de vacaciones, olvidando que no toda puede. Pero no es un verano más. Cuecen distintos conflictos, pugnan intereses ciegos, la verdad y la justicia cada vez importan menos y han caído muchas caretas que mal disimulaban la complicidad en temible descaro. Toca, como alternativa inmediata, descanso si se puede para tomar fuerzas,  sentidos alerta, no dar cabida a estupideces varias y separar lo esencial de lo urgente como prioridad absoluta.

 

Rajoy, culpable

Hoy es día de hablar de la declaración de Rajoy, todo un presidente de gobierno, ante la Audiencia Nacional.  Un Rajoy que ha precisado ayuda legal y asesoría -a las que añadirá su acreditada desfachatez- para actuar tan solo como testigo en la trama que sacude a su partido. En una de ellas, la Gürtel.  El presidente de la Audiencia Nacional  tiene previsto – como contaba Elisa Beni – salir a recibir al testigo, abrirle la puerta del coche y acompañarlo hasta la sala de vistas. Bajo palio, mejor, sí, que suben las temperaturas. Tengamos en cuenta que al ciudadano Mariano Rajoy Brey, no al presidente del gobierno,  le « obligó el Tribunal a declarar presencialmente», como titulaba la prensa.

Es importante lo que el tribunal le pregunte y lo que Rajoy conteste. Un pequeño paso para la justicia y uno grande para aliviar la sensación de impunidad.  Pero raro será que se salga de su manual y no responda con un constante «esa corrupción de la que usted me habla», alabe su propia gestión azote de corruptos y descargue culpas en otros. Arropado desde afuera por declaraciones exculpatorias de miembros del PP, portadas y artículos de apoyo, sin descartar alguna Venezuela, Catalunya, o escándalo sobrevenido para distraer la atención.

Ocurre, sin embargo, que España es un país, hoy por hoy, agobiantemente corrupto. Ese conglomerado que aglutina a los diversos poderes y que, como en un cesto con cebollas podridas, ha alcanzado unas cotas de putrefacción difícilmente superables en un país desarrollado. Pueden contar y cantar, disuadir, distraer pero la realidad se muestra cada día más tozuda. Y alguien tiene la culpa. No solo Rajoy, pero Rajoy, desde luego, por sus cargos y porque siempre ha estado ahí.

Resulta que el último detenido, Ángel María Villar, llevaba treinta años treinta, rebañando millones para sus bolsillos, según el auto judicial. Ya hemos arrinconado el caso de Luis Pineda y Ausbanc , con otros veinte años como mínimo extorsionando a empresas poderosísimas –lo más granado del país como BBVA y Santander entre otras- que pagaban y callaban ¿por qué? ¿De esto no se hablaba en los palcos de negocios de altos vuelos? ¿No se comentaba en otros cenáculos del poder?

De las tramas de corrupción «vinculadas al PP», como se dice cortésmente, ya hemos perdido la cuenta. Las más gruesas parecen Gürtel, Púnica y Lezo, pero arrastramos una amplia soga de múltiples nudos que se extiende por toda España prácticamente.  No hay semana que no aflore de los sumideros un nuevo atraco al erario. Casos aislados, dicen. Vamos, anda.

Estos días andan declarando ante el juez –sin que merezca mayor atención informativa-,  investigados en la Operación Prisma, también conocida como Arpegio, parte de Púnica. Haría falta una guía detallada para seguir la corrupción española. Ésta es en la Comunidad de Madrid y se vincula a « la voracidad de Granados por “un botín de 3.000 millones de euros».  Según cabe deducir,  buena parte de quienes pasaban por el tema, pillaban. Como en el resto de las tramas, es el modus operandi. Casualidades de la vida, uno de los dossieres extraviados últimamente es de Arpegio y atañe al hoy numero 3 de Cifuentes, González Taboada.  Cifuentes gobierna gracias a Ciudadanos que ha tenido una contundente reacción:  Pide a Cifuentes que custodie mejor los documentos. 

Borrado de los discos duros de Bárcenas -35 veces, una tras otra-, asaltos a domicilios de fiscales, incluido al nuevo Fiscal Anticorrupción mientras tomaba posesión como marcando territorio, desaparición continuada ya de dossieres judiciales completos sobre casos de corrupción de miembros del PP,  implicados muertos en extrañas circunstancias ¿qué país se traga esto como normal? ¿Qué sociedad con todos sus estamentos desde el más alto al común de la gente es capaz de vivir en esta pocilga?

La otra gran pata de la corrupción atañe a la propia democracia. A estas alturas de la historia está documentada la existencia de una política “política” al servicio del PP para tratar de eludir sus imputaciones por corrupción y para atacar a sus enemigos políticos.  Hechos y personas que revelan una red impropia de un Estado de Derecho. Presuntos periodistas,  aún en ejercicio y estrellato, que difunden informes falsos. O, a modo de ejemplo simplemente de concomitancia, en una de las empresas privadas del Comisario Villarejo impartían clases dos altos cargos de Justicia: Moix y Maza, (minuto 41,56).

Los periodistas de Público Patricia López  y Carlos Enrique Bayo investigaron esta policía política del PP  hasta elaborar el documental “ Las cloacas de Interior”, lo que a su vez llevó a una comisión parlamentaria saldada de forma un tanto vergonzante.  Aunque con frutos, saber por ejemplo los premios con falsos destinos a agentes de Fernández-Díaz.

 El documental, concluido en 2016, empieza a tener amplia difusión a pesar del escaso interés mostrado por él en los medios. Su contenido alcanza tal nivel de escándalo que algún periodista de prestigio intachable llegó a preguntarse: “¡Es acojonante! ¿Cómo puede no ocurrir nada?”.  Pregunta retórica sin duda: Esto pasa porque el PP cuenta con numerosos y estratégicos cómplices.

El País sale de la parquedad para decir que “al gobierno deberían preocuparle las prácticas dañinas de Interior en la etapa de Fernández Díaz”. Un gobierno que preside Rajoy y que nombró a ese ministro al que reiteró su apoyo en toda controversia. Un ministro que en una de las conversaciones grabadas afirma queel presidente lo sabe pero es un hombre muy discreto.

La corrupción española acumula larga solera, es una forma de vivir y, en la etapa posterior a la Transición, nos ha ido invadiendo, colonizando, durante varias legislaturas y gobiernos. La muerte de Miguel Blesa ha vuelto a situarnos ante el “Aznarato”  y su asalto al poder. Uno de sus periodistas afines, descontento después, lo contaba en ABC.  Y nunca tiene repercusiones de entidad.

No las va a tener para Rajoy su declaración como testigo privilegiado.  Ni judicial, ni socialmente. Al margen de lo que añada a nuestro conocimiento del personaje.  Solo abundará en las causas profundas de nuestra situación y la atribución de responsabilidades.

Rajoy es culpable, solo y en compañía de otros. Son culpables de haber convertido España en un cenagal putrefacto e indigno. Del bochorno que sentimos muchos ciudadanos por tener semejantes linajes, aristocracia de la caspa, en el ejercicio del poder.  De la vergüenza ajena, tan honda y cercana en el caso de los medios, que enrojece como propia al ver impúdicas complicidades. De haber cultivado ese submundo de siervos manejables que se apunta hasta acallar el sentido común. De habernos hecho perder prácticamente la esperanza de una regeneración.  Así que lo que diga Rajoy e interpreten las crónicas monclovitas casi es lo de menos.

Las cloacas del periodismo

Empecemos ahondando en misterios insondables de la realidad española. La pensión media subirá 3 euros al año hasta 2022, al incrementarse el mínimo previsto por la reforma del PP que desvinculó las prestaciones al IPC. Lo calculó Airef, Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal. Otros estudios estiman en 200 euros anuales lo que cada pensionista perderá en ese mismo periodo. La franja de edad en la que arrasa el PP en las elecciones es de 60 años en adelante. ¿Cómo es posible que prefieran esa opción que merma su poder adquisitivo? ¿Cómo, viendo que repercute en la ayuda que muchos ancianos prestan a sus hijos y nietos afectados por los recortes, bajos sueldos o directamente el paro atribuibles a las políticas seguidas? Porque creen que otros les dañarían más. Un amplio porcentaje está convencido de ello. Le han convencido de ello. Lo ven tan cierto como que existe el día y la noche.

Un gran número cierra los ojos, además, a la corrupción de su partido favorito. A los daños que causan sus políticas. «Personas de orden», según se ven, tragan el desorden como quien bebe un refresco. Los valores de la derecha no pueden incluir, honestamente, semejantes desviaciones. Así vemos a religiosas llevar a votar a ancianos seniles con la papeleta cerrada. Son millones los conservadores que se apuntan a una moralidad de fachada, sepulcro blanqueado de nuestros tiempos. El golpe en el pecho y el incienso no pueden tapar el saqueo público. Quieren creer quizás, como les dicen algunos, que «todos lo hacen» aunque sea clamoroso lo que realmente sucede y aunque, en decencia, nunca es una excusa.

Lo cierto es que la labor de los medios de propaganda del PP y del sistema en general –que pasan por ser informativos– constituyen hoy pieza clave de la situación que atravesamos en España. El referéndum celebrado en Venezuela por la oposición a Maduro ha sido ejemplo paradigmático. Ningún país europeo compartió la febril pasión de la prensa oficial española en sus portadas. Ni siquiera en Latinoamérica registró la noticia tal unanimidad. País por país, algunos medios la traían y otros no. La prensa argentina fue la que más espacio le dedicó. Pero no mayoritariamente como aquí. Tiene que tener una explicación, la tiene y es obvia.

Son, de continuo, titulares valorativos, intepretativos, opinativos, editorializados. Una de las primeras reglas del periodismo era, es, que la separación entre información y opinión ha de permanecer nítida. Es la prensa escrita, y las radios en machacona impenitencia, las televisiones, las tertulias en la que no suele faltar el desaprensivo que osa, desde la más acreditada bajeza moral, llamar miserable a la ex magistrada Manuela Carmena, hoy alcaldesa de Madrid por una formación de izquierdas. Y ahí entramos ya en las otras batallas de esta prensa activa en objetivos políticos. Cierra el círculo dominante Catalunya para evidenciar cómo algunos ciudadanos son capaces de engullir que hay votaciones ilegales malas, en Catalunya, y votaciones ilegales ejemplares como en Venezuela.

Cualquier persona con unas mínimas exigencias intelectuales –y éticas– vería la maniobra que ya muestran sin pudor. A toda esa gente que nos «instruye» no les importan ni en lo más mínimo los venezolanos, ni los catalanes, ni –si me apuran– seriamente las víctimas del terrorismo. No tanto como sus réditos políticos.

Pero se encuentran enfrente con esa ciudadanía desactivada capaz de comprar sus discursos, con todas sus comas, entonaciones y frames completos. Bruselas pide más ajustes cuando es clamoroso que las políticas del PP se han ensañado con los españoles para cuadrar sus cifras y encima no lo han logrado. Lean a Claudi Pérez. Con dos dedos de frente en uso, se cotejaría el aumento de la riqueza de los ricos en el mismo tiempo. Hasta la compra de coches de lujo. Sí, somos campeones de la desigualdad.

Y sin embargo millones de personas son capaces de preferir ese paquete a un cambio. Les han hecho temerlo más. Escuchar insultos a la inteligencia como los que despliega Pablo Casado –entre otros– deberían ser una poderosa llamada de alarma. Pero si les funciona con el número suficiente de seres votantes, les basta.

Se observan movimientos de periodistas, activos garantes del sistema y sus corrupciones implícitas entre ellos, abriendo una alternativa al PP que pase por el PSOE y un Podemos moderado. La vieja doctrina del Mal Menor que tanto daño ha hecho a este país. Es evidente que, en el actual estado de la situación, con tales injerencias y dopajes, ese gobierno nominalmente progresista represente la posibilidad más viable.

Un gobierno PSOE/Unidos Podemos debería acometer con urgencia dos medidas esenciales: tratar de rehacer RTVE y replantear las subvenciones y regalías que el gobierno reparte entre su prensa afín con nuestro dinero. Es lo mínimo en aras del derecho a la información e incluso a la libre competencia.

Llama la atención, en cambio, el escaso respeto que siguen mostrando los dirigentes de RTVE a las decisiones del Congreso. Articulado ya que habrá una presidencia por consenso,  ni se han inmutado ante las críticas a la manipulación que despliegan y justifica la urgencia de la medida. Se diría que la han acrecentado. Ese descaro va más allá del «manipula mientras puedas». No parece que exista el menor temor a perder la batuta. Si ya es difícil recuperar el prestigio demolido de RTVE, en estas condiciones sería su fin. Y el caso es que una radio y televisión públicas rigurosas ofrecerían una opción imprescindible a la ciudadanía.

Cribar las subvenciones para que dejen de ser instrumento político al servicio del que las otorga es medida ineludible para recuperar el derecho a la información. Sería interesante ver los nuevos babeos al surtidor del dinero.

Victoria Prego llamaba desde la Asociación de la Prensa de Madrid a resistir. Desde el servicio a la derecha, loas a distinguidos fiscales, ominosos silencios, hay quienes al parecer se sienten acorralados. No sé qué más pueden solicitar. Hasta el defenestrado director de El Mundo, Pedro Cuartango, dice que hay « menos libertad de expresión que en la Transición«. Las denuncias de Patricia López de Público por la odisea que se ha visto obligada a padecer al investigar la cloacas del Estado deberían haber suscitado un escándalo. Por no hablar de las denuncias de otros profesionales de toda solvencia como Rosa María Calaf Olga Rodríguez. Esto demuestra, por cierto, que hay periodismo y periodistas que ejercen su labor, lo injusto de las críticas generalizadas y que quien quiera obtener información rigurosa la encuentra.

«La neutralidad, el silencio y el miedo no son las mejores opciones ni para el periodismo, ni para la vida», dice el periodista de origen mexicano Jorge Ramos en una charla TED memorable Cuestionar y desafiar a los poderosos es regla para el periodismo. Lo que es azul es azul, pero «la neutralidad no me va a llevar a la verdad», explica quien comenzó desafiando al poder con 24 años en México y se vio insultado y expulsado en su madurez en Estados Unidos por los guardaespaldas del racista Trump.

La dirección está clara. Y si no son capaces de enfrentar esos desafíos profesionales, al menos que no colaboren de parte. De parte del poder. Es exigible que la desinformación interesada deje de ser un problema para la sociedad española.