Demagogia, enemigo invisible

Por fin está llegando a la sociedad más información sobre las raíces del terrorismo.  No se puede separar, como si no tuvieran relación, los atentados de quienes financian el fanatismo yihadista que los perpetra. Pero la vida oficial lo hace con absoluto desparpajo. Los trapos sucios y los muertos en el armario no se mencionan en las reuniones de los notables, ni en las crónicas de los eventos. Y, así, de tanto estirar la hipocresía, la sociedad va a terminar estrangulada.

“El rey que visitó la Barcelona atentada por yihadistas es el mismo rey que visitó la Arabia Saudí que los adoctrina y los capta”, escribía Ruth Toledano aquí, marcando la gran contradicción que llevan en el cuerpo con porte airoso gran número de líderes occidentales. Desde España a Francia o EEUU: “Las ganancias económicas que genera son ilegítimas y las pérdidas humanas que provoca, irreparables”, añadía. Y no se pueden deslindar por más que lo intentan. Iñigo Sáenz de Ugarte explicaba –una vez más– el mecanismo que conduce de pagar para abonar el radicalismo al caldo de cultivo que lo hace cuajar y materializarse en violencia. Porque eldiario.es y sus periodistas abordan desde hace años, junto con otros pocos profesionales y medios, este tema esencial para entender el trágico fenómeno. De 2015 es este texto de Olga Rodríguez, experta sobre el terreno: “Cómo surge el ISIS, cómo se financia, quiénes hacen la vista gorda“.

Y ahí tenemos encabezando a Arabia Saudí, con quien los reyes españoles intercambian besos y regalos, lo mismo que presidentes de gobierno y ministros. O a Turquía, país en manos de Erdogan que está practicando una auténtica purga contra los disidentes ideológicos y al que la España de Rajoy ayuda en su razia. Ha detenido a dos escritores y periodistas que ningún otro país quiso encarcelar para mandárselos, en su caso, al presidente turco que ha apresado ya a más de 50.000 personas.

Así funciona esto, pero la mayoría de la prensa tradicional no lo cuenta. Cuando es evidente que cerrando el grifo de la financiación, peligrosísima en el adoctrinamiento, algunas cosas cambiarían en el terrorismo. No contarlo y, por el contrario, maniobrar sobre las emociones para obtener un fin político es demagogia. Y la demagogia causa daños, irreparables incluso.

Un sacerdote católico nos ha mostrado, en Madrid, cómo se genera el adoctrinamiento fanático desde un púlpito. Se trata de Santiago Martín, exjefe de religión de ABC –ABC tiene al parecer jefes de religión– y exconductor de Testimonio en La 2 de TVE. Ha acusado como culpable del atentado a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, por no poner bolardos, y a Manuela Carmena por ser tan “comunista” como su colega de Barcelona y ambas “respetuosas con la libertad de los asesinos”. Así operan los imanes del fanatismo yihadista. Exactamente igual. Como ya se ha dicho, algunos llevan los bolardos en su cabeza. Martín pertenece a una organización, la iglesia católica, a la que sufragan con nuestros impuestos. El Arzobispado de Madrid le ha desautorizado, con mucha menor repercusión.

No ha sido el único, el partido ultraderechista Vox ha presentado una denuncia ante la Fiscalía, y el alcalde de Alcorcón, Madrid, del PP, ha declarado que Colau “había allanado el recorrido” a los terroristas. Barcelona en Comú ha publicado el documento de Interior donde se instaba al Ayuntamiento a colocar bolardos  de forma transitoria durante las Navidades.

Los atentados de Barcelona y Cambrils han caído en un momento extremo. Con el proceso de consulta independentista que vive Catalunya. El ultranacionalismo español ha salido como los toros del toril. Con la misma fuerza bruta y los cuernos mucho más retorcidos que los animales de su fiesta nacional. Políticos, periodistas, y afición tuitera y de barra de bar exigen hablar en español, solo en español, incluso a los Mossos, la policía autónoma catalana, cuya actuación ha sido decisiva en la resolución del caso. Eficaces pese a las restricciones que les han venido imponiendo los gobiernos de Madrid. Ejemplares, hasta informando en tres idiomas.

Han emergido de sus catacumbas la plana mayor de la extrema derecha que anida en el PP, cantantes en horas bajas y activistas de la ultraderecha mediática dispuestos a iniciar una nueva Reconquista, tirados al monte con lanza si se tercia. Editoriales de la prensa tradicional siguen en el nivel ácido y desmesurado de sus últimas empresas. Es una temible explosión de intolerancia y de manipulación de las emociones de sus audiencias.

La tergiversación de la entrevista que Carlos Alsina, en Onda Cero, hizo al presidente catalán Carles Puigdemont va mucho más allá. Le entrecomillaron como afirmación: “Los atentados no van a cambiar la hoja de ruta sobre el procés”. Y no lo había dicho. Lo que dijo fue que no cambiarían la política de seguridad y protestó por mezclar los temas en un momento tan delicado. Varios medios repitieron el falso titular y el dibujante Peridis lleva una cruzada de viñetas en serie con el tema. No son errores ni bulos, parece más una actividad política que periodismo. Nadie ha rectificado.  Y la bola sigue y sigue hasta transformarla en certeza.

La demagogia es un enemigo no tan invisible como titulo. De hecho, se escribe muy a menudo con trazos gruesos, visibles para cualquiera que preste atención y se estime como ser racional. Excita y provoca reacciones viscerales en personas proclives o simplemente de buena fe y con poco interés por la verdad. El fin es siempre instrumentalizarlos con un interés político. Aristóteles fue el primero en definir la demagogia como la “forma corrupta o degenerada de la Democracia”, y encaja perfectamente en otras corrupciones que nos devastan.

El solo hecho de informar empieza a ser un problema en nuestro país desde las reformas legislativas del PP: Ley Mordaza y Código Penal. En él se blinda a la Corona de toda crítica. Reporteros Sin Fronteras denunciaba que “los tribunales se han convertido en España en un instrumento de censura y coacción”. No desdeñemos la coacción que induce la autocensura.

El colofón es el uso político de la derecha y sus voceros mediáticos hasta de los terribles atentados de Cataluña. Han entrado de lleno en la crítica a las formaciones que no suscriben el ahora llamado ahora “Pacto antiyihadista” –antes antiterrorista–. Suscitó grandes críticas en los partidos progresistas en su momento por su recorte de libertades, de todos en la práctica. Incluso el PSOE mostró sus reticencias inicialmente. Entró con él la cadena perpetua (inconstitucional), es ambiguo en atajar las fuentes de financiación y nada dice de la venta de armas a los terroristas. Académicos y magistrados fueron extremadamente críticos con él. En la práctica ha servido para detener titiriteros y tuiteros o para pedir penas desmesuradas a los bravucones de Alsasua.

El Ministro Zoido andaba hace un mes diciendo que no había ningún peligro de atentado, algunos indicios pueden no ser detectables pero el Pacto tampoco parece la panacea de eficacia. Lógicamente, con el dolor de las víctimas tan intenso y vivo lo adecuado es insistir en la unidad de las fuerzas políticas. Pero habría de centrarse más en aspectos efectivos que en la fachada. Imprescindible, intensificar la prevención. Y no usar demagógicamente el Pacto, haciendo ver que el rechazo es a actuar contra el terrorismo. Ni por compasión con las víctimas dejan de ver cómo sacar tajada.

Como hecho objetivo, sin que lo pida o no lo pida nadie, parece claro que no es siquiera estético compaginar las condenas al terrorismo con la amistad de quienes lo financian. Ni los negocios con países y personas que no respetan los derechos humanos. No se comprende que personas adultas no establezcan lo que son relaciones tan evidentes: acción y consecuencia. Con la manipulación se logra que millones de ciudadanos obren en contra de sus propios intereses. Cuando hablamos de la inseguridad que se ha clavado como esencia de nuestro tiempo, de peligros reales, del odio creciente de unos y otros y otros, vemos el enorme riesgo que representa en sí misma la demagogia.

 
 
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Gadafi: sangre, petróleo, armas e hipocresía internacional

 

Este fantoche que afirma su presencia en Trípoli frente a las “mentiras de las emisoras de los perros” y que termina diciendo que “llueve“, ha llenado las calles con la sangre de sus conciudadanos. Centenares ya de manifestantes han sido abatidos incluso por cazabombarderos. La llamada Comunidad Internacional está “muy preocupada”. Se reúnen en cómodas estancias para expresar lo preocupados que están. Concretamente, la Alta Representante Catherine Ashton se ha pronunciado así en nombre de la Unión Europea sobre los acontecimientos en Libia:

“La Unión Europea está extremadamente preocupada por el desarrollo de los acontecimientos en Libia y la muerte de un número muy elevado de los manifestantes. Condenamos la represión contra los manifestantes pacíficos y deploramos el uso de la violencia y la muerte de civiles. Expresamos nuestras condolencias a las familias y amigos de las víctimas.

La UE insta a las autoridades a la moderación y a la calma, y pide que se abstengan inmediatamente de seguir haciendo uso de la violencia contra manifestantes pacíficos. La libertad de expresión y el derecho de reunión, tal y como se establece en la Convención Internacional de Derechos Civiles y Políticos, son derechos y libertades fundamentales de todo ser humano que han de ser respetados y protegidos”.

A las autoridades”, según la excelente cadena de noticias Euronews, Italia y Chekia se opusieron a la condena expresa a Gadaffi (De hecho Berlusconi está muy preocupado con los problemas de Gadafi). En parte alguna figura esa referencia, ni siquiera en las notas de prensa que regularmente me envía la Oficina de la Comisión Europea en Madrid.

34 aviones norteamericanos, 34, bombardearon Libia con misiles en 1986. Los mandó el presidente republicano de EEUU Ronald Reagan porque entonces Gadafi era considerado un terrorista. Se decía –parece que con gran fundamento- que estuvo implicado en los atentados de los aeropuertos de Viena y Roma en 1985, que apoyó al terrorista palestino Abu Nidal, y que también tuvo que ver en el atentado (1986) contra el vuelo UTA 772, entre Brazaville y París, que dejó 170 muertos. La gota que colmó el vaso fue el atentado dirigido contra la Discoteca La Belle de Berlín en 1986, frecuentada por norteamericanos, y en el que murió un sargento –uno- de esa nacionalidad. Los misiles de Regan descargaron sobre Libia 11 días después.

Gadafi, que había perdido una hija de año y medio en el bombardeo norteamericano, quedó noqueado una temporada, pero en 1988 también fue acusado de haber intervenido en el atentado del vuelo de la Pan Am sobre la localidad escocesa de Lockerbie con un balance de 270 víctimas mortales, de 21 países, con mayoría norteamericana.

Los tiempos cambian. Gadafi se ha codeado ya con los principales líderes internacionales. Libia produce el 2% del petróleo mundial. De muy alta calidad, puede ir directamente a las gasolineras. Es clave en el suministro de Europa. Tercer proveedor de crudo para España, la mitad del petróleo que consumen Francia o Alemania, más del 40% del de Italia, es libio. Las petroleras están muy preocupadas por la rebelión de los ciudadanos libios. Sus empleados empiezan a dejar el país y son entrevistados, por ejemplo por el TD2 de TVE, a su llegada a los aeropuertos, para que veamos lo malísimas que son las rebeliones que desembocan en “guerra civil”. Más aún, la mayor parte de los medios informativos destacan hoy cómo se ha “disparado” el precio del crudo. Ha llegado a los 108 dólares esta mañana. En Julio de 2008 este mismo referente registró su precio máximo de 147.25 dólares. Sin revoluciones populares ni nada. Nadie se alarmó, ni recriminó, ni entrevistó víctimas por tanto. Dos meses después, se derrumbaba Lehman Brothers y todo el sistema financiero internacional. Hoy reedificado, con mando en plaza, sus culpas las pagamos nosotros.

Pero también tienen nuestros gobernantes y las empresas que les dirigen algunos otros negocietes con dictadores: las armas. Javier Pérez de Albéniz se ha molestado en recopilar algunos datos:

“¿Dónde consiguen los dictadores las armas con las que matan a la población civil? En los países democráticos. España aumentó un 44% su venta de armas durante la crisis, exportando en 2009 material militar por valor de 1.346 millones de euros. Durante años, casi la mitad de las armas que hemos vendido han tenido como destino países no democráticos.

Los estados del Magreb y Oriente Próximo, esos cuyas poblaciones se están rebelando contra la tiranía, la corrupción y la injusticia social, son unos excelentes clientes. Por si usted no lo sabía, Libia e Irán suman el 50% del material de doble uso, militar y civil, vendido por España en 2009. Y el país de Gadafi utiliza tecnología vasca para sus armas y programas nucleares. Es más, en estos momentos España está a punto de cerrar la venta de 250 carros de combate a Arabia Saudí, otro país sin elecciones y con manifestaciones y disturbios, por 3.000 millones de euros, el mayor negocio armamentístico de la industria militar española. Finalmente le recordaré que las exportaciones de armas a Marruecos, un país en el que soplan vientos de cambio, crecieron un 923% durante 2008, pasando de 11,13 a 113,90 millones de euros, aumento que convirtió a la dictadura más próxima a nuestro país en el tercer cliente de la industria militar española, con el 12,2% del total de exportaciones”.

   Derrocar dictadores que controlan materias primas y lucrativos negocios le sienta mal a la economía, a la UE, a España, a quien por ignorancia o no perder la poltrona en los poderes mediáticos, nos venden una historia hecha a su medida.  Solo que, por lo que parece, esta vez no la podrán parar.

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